Los personajes de Inuyasha son de Rumiko Takahashi, Shogakukan y Sunrise studios. No recibo remuneración alguna por utilizarlos en mi trama, sólo lecturas y reviews.
…
Flores del cerezo,
flores del cerezo que cubren todo el campo,
tan lejos como llega la vista.
¿Se trata de niebla o de nubes? Perfume bajo el sol del alba.
Flores del cerezo,
flores del cerezo que cubren el cielo primaveral,
tan lejos como llega la vista.
¿Se trata de niebla o de nubes? Perfume en el aire.
¡Ven ahora, ven! ¡Admirémoslas por fin!
Canción folclórica tradicional japonesa, compuesta durante el período Edo para niños que aprendían a tocar el koto. Su letra tomó la forma que se conoce hoy en día en el período Meiji.
...
De regreso hacia la cueva, con el cabello mojado, envuelta en sus ropas, Rin caminó entre los verdes, azules, amarillos y anaranjados del bosque; acariciada por el sol; sumergida en sus pensamientos y conmovida; con la botella de cristal en una mano y el herbario de su madre entre los brazos, junto a su corazón.
Rin puso su mirada en la imponente espalda del daiyokai, quien caminaba en silencio frente a ella; miró la estela centelleante de su melena plateada. ¿Por qué Sesshomaru tenía el herbario de su madre? ¿Cómo lo había conseguido?
No lograba reunir todos los trozos de información que pertenecían a su madre en su mente. La sentía cerca y lejos a la vez.
No obstante, en medio de su desconcierto, la emoción la despertaba, se sentía más consciente de sí misma y cada vez más en contacto con quien realmente era.
Ambos atravesaron el pasadizo de rocas bordeado por cortinajes de agua que constituía la entrada a la cueva. Antes de entrar a la primera cámara, el daiyokai le cedió el paso elegantemente con la intención de mirarla pasar, con sutil atención.
Al verlos entrar, Kagome no podía dejar de reparar en el aspecto de Rin: los labios un poco hinchados, los ojos y la punta de la nariz ligeramente enrojecidos, la mirada brillante y un caminar algo diferente. Se sintió más aliviada al ver y reconocer la botella que Rin llevaba en su mano. Miró de soslayo a Inuyasha, quien se mantenía con los brazos cruzados y una expresión vigilante.
Nadie habló durante el almuerzo, pero el silencio era elocuente.
De vez en cuando, Rin levantaba la mirada y se encontraba con un dorado profundo en aquellos ojos misteriosos que la estudiaban.
Con las mejillas coloradas, se dispuso a servirle al daiyokai una copa de agua fresca, pero la intensa mirada sobre ella se lo hacía muy difícil.
Así transcurrió la tarde.
Cuando Rin observaba el herbario nostálgicamente, sintió a Inuyasha y Kagome aproximarse a ella.
—Rin, Inuyasha tiene algo que decirte —dijo Kagome.
Inuyasha miró el herbario un momento antes de decir:
—Yo la conocí en el Sengoku, a Sabine-sama… y a tu padre también.
Rin apretó el herbario entre sus manos y lo miró ansiosa.
Con un atardecer de oro y rosa, el sol se despedía hasta el próximo día fuera de la cueva. Los tres procedieron a sentarse en el abrigo fresco y silencioso que los rodeaba en la entrada de la cueva.
—Sé que fue la única que trató a mi madre con naturalidad, y hasta como una amiga, después de que yo nací —después de tanto tiempo, a Inuyasha todavía le afectaba hablar de su infancia y de su madre, pese a la hosquedad de su postura y de su voz.
—Mi mamá era de la nobleza, así que después de haber sido "deshonrada" por un mononoke perdió muchos de sus privilegios y se le permitió por "caridad" seguir viviendo en el palacio conmigo, mientras no molestáramos a nadie —. Inuyasha contó todo poniendo notas de evidente desprecio en cada palabra.
—Toda esa "caridad" le salió muy cara, nadie en ese palacio la dejó nunca olvidar que estaba "sucia", en especial por haber dado a luz algo como yo… ¡Jah! Su padre y sus hermanos hacían lo que les daba la puta gana, tuvieron un montón de hijos bastardos humanos regados por ahí y nunca tuvieron que responder por eso, pero a mi mamá le aplicaron todo el peso de su moral de mierda. No esperaron ni un día a que su cuerpo se enfriara cuando ella murió para expulsarme. ¡Jeh! Pudieron ahorrarse la molestia porque yo ya estaba listo para irme. Sólo permanecí ahí por ella, mientras estaba viva.
Rin y Kagome estaban tristes. Inuyasha miró a su alrededor; necesitaba un trago.
—Cuando yo me enfadaba, ella me llamaba, me miraba a los ojos y me decía que debíamos estar agradecidos, porque podíamos estar mucho peor… y era verdad. Mi mamá podía haber terminado en una choza de alguna aldea miserable, corriendo peligro y pasando hambre —a Rin se le contrajo el estómago—. Así que soportó todas las injusticias con dignidad, hasta su muerte.
Kagome entendió de nuevo por qué Inuyasha se había solidarizado tanto con Rin. Él no era sofisticado, ni mucho menos, pero era consciente de las injusticias sociales porque él y su madre las habían vivido. Él mejor que nadie conocía la discriminación, lo "universal" que podía ser, porque la había encontrado en el mundo humano y en el de los yokai. En una era de guerras y violencia, las mujeres eran "menos valiosas" en todos los estratos sociales. Y a Inuyasha le afectaba, no porque fuera culto o muy moderno, sino por su solidaridad con su madre, por su buen corazón.
—Pero hubo alguien que la ayudó mucho. Una dama muy joven y extraña que aparecía de vez en cuando, sola o con su esposo —Kagome ayudó a Rin para servirle a Inuyasha algo de beber, mientras ambas lo miraban expectantes.
—No sé hasta qué punto ella tenía influencia, pero hablaba con todo el mundo… ¡y lo más sorprendente es que la escuchaban!, o parecían escucharla. Mucho tiempo después, supe que era tu mamá, Rin. No se me olvida: Un día yo estaba jugando con una pelota y oí a unos guardias que estaban en corro golpeando a un muchacho. Me acerqué y la vi aparecer no sé de dónde. Ella los enfrentó. ¡Ho! ¡Mierda! Los tipos estaban idiotizados por la sorpresa. ¡No podían creer que esa mujer tan delicada les estuviera hablando así!… Lo primero que yo pensé fue: "Esa señora está loca, se va a meter en un lío". Pero ahora que lo pienso… había alguna estrategia allí. Ella estaba furiosa, pero hablaba con una extraña precisión que sólo yo notaba por mi oído. Levantaba la voz en los momentos exactos, movía las manos con énfasis, los señalaba de repente… sabía lo que estaba haciendo, no sé cómo.
Kagome se llevó un dedo a los labios, pensando en lo que Inuyasha había dicho. A Rin también le timbró algo en la mente.
—Como si nada, ayudó al caído a levantarse y mientras lo conducía para que lo curaran, me miró y me sonrió —Inuyasha parpadeó varias veces con sus grandes ojos dorados, más redondeados y menos filosos que los de Sesshomaru— Sonreía como tú, Rin; dejaba a todo el mundo encandilado —Rin miró al suelo halagada, sonriendo tímidamente—. Aunque tú te pareces más, físicamente, a tu papá.
—La vi ayudar discretamente a ciertas mujeres que eran condenadas o rechazadas por la sociedad, mujeres humildes enfermas o abandonadas por sus familias. Daba asistencia por igual a las concubinas, las sacerdotisas y las damas de la nobleza. Hasta Kaede la conoció.
Rin pasó sus dedos delicadamente por las —ahora plastificadas— notas antropológicas en el herbario de su madre.
—Fue ella quién le enseñó a mi madre cómo alimentarme. ¡Jeh! Había unas viejas locas en el palacio que le aconsejaban alimentarme sólo con sangre y cabezas de animales… cosas por el estilo y hasta peores.
Inuyasha bebió un poco y continuó.
—Pasé muchos años sin verla. Pero el día en que mi mamá murió, ella apareció ante mí. Me sorprendió que casi no había envejecido. Me miró y me dijo: "Inuyasha, tú nunca serás menos que nadie, ya eres el protagonista de tu historia y un día serás el héroe de muchos. No lo olvides."... Sé que no soy ningún héroe, pero siempre recuerdo lo que me dijo.
—Claro que eres un héroe —dijo Kagome seriamente y Rin asintió mostrando estar de acuerdo con ella.
—Ella me dijo que tenía que irse, pero que volvería en un par de días y me ayudaría, para que yo no quedara desamparado. Nos pusimos de acuerdo para encontrarnos dos días después en un lugar secreto, en el bosque.
Inuyasha adoptó una expresión sombría. Rin sintió escalofríos. Kagome sabía perfectamente que Inuyasha sí quedó desamparado por muchos años después de que Izayoi murió, así que algo tenía que haber salido mal.
—Cuando llegué al lugar acordado estaba anocheciendo. De pronto, pude olfatear a unos tipos armados con ropa extraña y a Sabine-sama. Estaban tratando de matarla.
A Rin le temblaron los labios y se llevó las manos al rostro.
—Yo aparentaba nueve años y me les enfrenté, pero no podía con todos. De repente, de la nada apareció tu padre, Rin. Tenía un objeto extraño en la mano. Todo fue muy rápido. La tomó del brazo y apenas alcancé a escucharla gritar: "¡Huye, Inuyasha. Huye! Ambos desaparecieron en la oscuridad… No tuve más remedio que huir. No entendí, en aquel momento, por qué no me habían llevado con ellos. Muchos años después, cuando buscábamos los fragmentos de la perla, supe por la anciana Kaede que ellos habían vuelto al período feudal, a otra aldea, con sus dos hijos pequeños, pero habían sido asesinados por supuestos bandidos.
Ahora, Rin lloraba abiertamente. Inuyasha se sentó frente a ella. La miró y le dijo:
—Lo lamento mucho Rin. Pasaron muchos años. Yo crecí y luego pasé mucho tiempo sellado en el árbol. Cuando te vi por primera vez viajando con Sesshomaru, en el Sengoku, no se me ocurrió que podías ser hija del Doctor Kodaira y Sabine-sama, algo me pareció familiar en ti, pero no lo creí posible.
Rin asintió y ambos permanecieron sentados un rato, compartiendo en silencio la pérdida y la incertidumbre que ambos conocían.
De pronto, un sonido puro y majestuoso comenzó a esparcirse en la atmósfera como un perfume delicado, como de miles de flores de cerezo. La melodía era sutil y no invadía ni incordiaba, pero era imposible de ignorar y tenía inmanente una fuerza transformadora. Rin comenzó a respirar con más facilidad y miró al interior de la cueva. Los tres entraron despacio a la cámara y miraron al fondo… Yu interpretaba Sakura.
Frente a la profunda mirada de Sesshomaru, Yu obsequió a Rin con su mirada magenta, sin dejar de tocar el koto. Usualmente, a Yu no le era posible abstraerse, hacer contacto visual o concentrarse como un ser humano o un daiyokai normales; pero ahí estaba, contemplando el rostro lloroso de Rin y haciendo música como si sólo respirara. Ambos, Rin y Yu compartían sin duda un vínculo único y se miraban como si supieran algo que nadie más sabía. Entonces, más aliviado de lo que quería reconocer y de lo que su rostro mostraba, vio a Rin desplegar lentamente una de sus sonrisas.
Rin se permitió sentirse desintoxicada y curada desde adentro del alma, como por un poder de otro mundo.
Horas más tarde, un poco antes de dormir. Kagome se acercó a Rin y le dijo en voz muy baja:
—Rin, no te sientas presionada, pero en algún momento tenemos que hablar...
Rin la miró con sus expresivos ojos y entendió. Las dos dijeron al unísono.
—… sobre el "proyecto Phi".
Sengoku. Siglo XVI. Japón.
Observar en actitud vigilante y esperar, era lo que le quedaba... por ahora. Una vez más, su intelecto intentaba atrapar el misterio que era Rin para él, pero chocaba constantemente con el muro de lo desconocido. Había ignorado demasiadas cosas por demasiado tiempo. ¿En qué estaban metidos Rin y su padre? Al parecer, había muchas personas involucradas… y no todos eran humanos.
Todo se hizo con gran discreción. Silenciosamente y con cierto recelo, él y su madre aceptaron las condiciones que Kodaira demandó de ellos para hacer su extraño trabajo. De no haber estado presionado por esa sensación tan ajena, el dolor por la vida de un hijo; algo que jamás tuvo en cuenta, que siempre despreció —como a todos los sentimientos— y nunca esperó conocer; habría luchado más por tener el control de toda esa situación. No estaba acostumbrado a no tener siempre el control. Era un hombre de acción y lo único que podía hacer ahora era esperar.
Mientras caminaba de un lado a otro, su poderosa silueta proyectada en un gran espejo de pared, envuelta en una mezcla de rayos de luz y sombras, contrastaba con su desconcierto interior.
Le habían dicho que Rin debía estar sola y concentrada. La ironía de lo que sucedía apenas comenzaba a sorprenderlo.
Su alta figura, cubierta por una estilizada y feroz armadura, montaba guardia ante una extraña puerta de color rojo oscuro. Con triste solemnidad, vio su mano temible, provista del engañoso poder de la destrucción, posarse con anhelo en la superficie de la puerta oscura… mientras él pensaba en Rin. Ella estaba adentro. Quería verla y entender qué estaba pasando. Las respuestas vendrían a él de la forma más insospechada.
Adentro, Rin miraba a través de una ventana un primoroso árbol de cerezo (sakura) que había sido sembrado en uno de los patios empedrados del gran palacio entre las nubes. Estaban en plena primavera y los paisajes se estaban llenando de color y de vida. Pensó en las flores de cerezo que lucían los trajes de su Sesshomaru-sama (flores que morían sin marchitarse), en lo que esas flores representaban para los nobles y para la cultura samurai. Al mismo tiempo pensó en la renovación de la vida, en la esperanza y en la belleza. Tomó papel y lápiz y comenzó a escribir un poema.
El proceso duró nueve días. Entonces, antes de partir, Rin y su padre se reunieron con él y su madre. Rin se adelantó con expresión tímida y radiante, para decir con su voz dulce:
—Le deseo lo mejor para su hijo, Sesshomaru-sama. Mis mejores deseos para usted y su… su familia. Escribí esto para el niño.
Acto seguido, le entregó nerviosa el poema que había escrito y él lo apretó lentamente entre sus dedos.
Sesshomaru la miraba imponente con expresión insondable. Los expertos confirmaban que el bebé estaba a salvo en el vientre de su madre. Pero él no entendía nada y eso le arruinaba cualquier satisfacción. Además sentía a Rin cada vez más lejos de él, como si estuviera despidiéndose. La ira por el rechazo de la joven estaba volviendo lentamente. La gratitud con que ella le hablaba últimamente, por alguna extraña razón, lo ofendía… él quería mucho más de ella que sólo ternura, cordialidad o gratitud. Algo en todo ese asunto no le gustaba nada.
La vio partir con su padre, y antes de que estuvieran muy lejos, sintió el olor tenue e inconfundible de sus lágrimas.
...
Una noche, después de una batalla sangrienta, decidió ir a villa Edo y confrontar a Rin. De ser necesario, la obligaría a explicarle por qué se había alejado de él.
Algo le extrañó al acercarse a su destino: el olor de Rin no estaba por ninguna parte, y olió... fuego.
Lo que vio al llegar a su destino le sorprendió: Inuyasha se batía solo en la oscuridad contra unos enemigos que él no conocía. Era humanos, pero tenían armas y ropas extrañas. La casa de Rin ardía en llamas.
Algo oprimió sus entrañas cuando se dirigió a toda velocidad a la cabaña. La buscó. No la sentía por ninguna parte.
Entonces, se dirigió a Inuyasha, quien ya estaba acabando con los últimos de los individuos que habían atacado la aldea. Cuando terminó con el último gruño:
—Malditos. Vengan todas las veces que quieran. Los estaré esperando.
—¿Dónde está Rin? —bramó Sesshomaru.
Inuyasha lo miró una expresión feroz. Estaba cansado y amargado.
—¡Se fueron al carajo! ¡Tuvieron que irse!
—¿De qué hablas? —le habló Sesshomaru impaciente, agarrándolo del cuello.
Estuvieron a punto de enfrentarse, pero Inuyasha no estaba de humor.
—¡Ella te hizo un gran favor! ¡A pesar de que le dijiste que tu sangre es mejor que la suya! —rugió Inuyasha.
Sesshomaru quería partirle la cara. Se le fue encima.
—¡Yo nunca dije eso, imbécil!
Inuyasha le dio un empujón y le gritó mientras se alejaba.
—¡Se lo dijiste con ese matrimonio arreglado! Le dijiste que tu sangre es mejor que la suya. Ponte los pantalones y asume que eso fue lo que le dijiste. ¡Y déjame en paz!
Ninguno de los dos estaba en sus cabales para hablar. No le interesaba acabar la noche matando al idiota de su medio-hermano.
Con la respiración alterada, Sesshomaru sobrevoló la aldea entera en pocos segundos. No estaban ni Rin, ni Kodaira, ni la miko, ni el monje, tampoco la taijiya con sus tres crías. ¡Qué demonios pasaba! Salvo por la cabaña de Rin, la aldea parecía ilesa.
Cuando tocó tierra, en los alrededores de la cabaña, sintió un olor curioso y se puso en guardia. Tres yokai de una clase que él conocía lo esperaron en la oscuridad del bosque, armados, pero sin hostilidad. Entonces, ocurrió algo que nunca habría imaginado. Escuchó una voz femenina, dulce, humana. Le dijo que necesitaba hablar con él.
Período Edo. Siglo XVII. Japón.
Millones de flores de cerezo inundaban los campos en Edo.
Rin regresaba del mercado de la aldea, camino a su cabaña en el bosque. Su padre y Kagome la esperaban en un templo que estaba de camino para hacer el camino juntos.
Cuando subía por las escaleras del templo. Escuchó una maravillosa melodía. Alguien enseñaba a los niños a tocar el koto. Se abrió paso entre una pequeña multitud de niños y vio algo asombroso: Un niño pequeño de aspecto imposible, con cabellos rosados y ojos malva tocaba extraordinariamente y tenía a todos encantados.
Al notar su presencia, el niño la miró, se acercó a ella y le puso una flor de cerezo y un viejo papel entre las manos. A Rin le saltó el corazón al reconocer el poema que ella había escrito sobre la flor de cerezo en el palacio de la madre de Sesshomaru. El niño la miraba con una enorme sonrisa, como si la conociera desde siempre.
…
Buenas noches, lectoras y lectores :)
Mi mente estuvo muy dispersa en esta dos semanas. Espero que hayan tenido una buena lectura y les pido perdón por los gazapos, si encuentran alguno.
Ayer sábado fue Día Mundial del Cáncer y decidí dedicar este capítulo a Millyh Clement (le prometí esta dedicatoria cuando nos anunció que estaba enferma, hace dos meses), por su lucha contra esta enfermedad, con el deseo de que siga curándose y de que se contagie con el mensaje de vida de los cerezos.
Un millón de gracias a todas, TODAS, la personas hermosas que me apoyan con sus comentarios o sus Pms. Siempre las leo con mucha atención y atesoro todo lo que me dicen.
Mil gracias también a quienes leen y siguen mi historia silenciosamente, también les tengo muy presentes. Gracias, de corazón.
Feliz semana :)
