Disclaimer: La historia no me perteneces, es propiedad de Laura Lee Guhrke, una adaptación de su libro; Y entonces él la besó, en el mundo de Naruto, cuyos personajes tampoco son de mi autoría, sino del mangaka Masashi Kishimoto. Personalidades un poco OoC
CAPÍTULO 21
El santo matrimonio… es un honorable vínculo, creado por Dios… predestinado a ser bendecido por hijos… un remedio contra el pecado, para evitar la fornicación… para el bien de la sociedad, y para que cada uno de sus miembros cuide del bienestar del otro…
Celebración del matrimonio
Libro de las plegarias, 1689
Los calurosos días de agosto dieron paso a los de septiembre mucho más fríos, y Hinata y Sasuke establecieron una especie de rutina. Cada miércoles por la noche se reunían para comentar los artículos, y los viernes por la tarde viajaban de Londres a Cricket Somersby para regresar de allí los lunes por la mañana. El frenesí y la euforia del primer mes se convirtieron en algo mucho más pausado y confortable, algo que, para Hinata, era más profundo y enriquecedor.
Durante la semana, cuando estaba sola en su piso, ni el ronronear de su querido gato podía llenar el vacío de no tener a Sasuke durmiendo a su lado. De hecho, su piso ya no parecía su hogar. Era un lugar desconocido. Su hogar era ahora la casa de campo.
Trataba de evitar a la señora Shizune por todos los medios, pues cada vez que veía a su casera, tenía la sensación de que la mujer sabía todo lo que estaba haciendo. En su favor, Hinata tenía que reconocer que la mujer nunca le hacía preguntas, pero a ella cada vez le era más difícil mantener su relación en secreto.
Las cosas empeoraron cuando una tarde, a mediados de septiembre, visitó la tienda de los Kato. Fue allí con la intención de buscar algún libro que le diera ideas sobre bodas, pues se suponía que tenía que reunirse con lady Naori en menos de quince días, y aún no se le había ocurrido nada. El señor Kato la riñó por no haberlos visitado durante tanto tiempo, e insistió en que se quedara a tomar el té con ellos.
—Querida, Tsunade se pondría furiosa conmigo si permitiera que te fueras sin verla —le dijo, mientras colocaba el cartel de cerrado en el escaparate.
Así que Hinata se sentó en salón de los Kato, lo mismo que había hecho en otras muchas ocasiones, pero esa vez todo fue distinto. Ella era distinta.
—Espero que estés contenta con tu nueva vida, Hinata, querida.
Se asustó al oír esas palabras. Ladeó la cabeza y al ver a la señora Kato, se sonrojó.
—¿Nueva vida?
—Trabajar para la señora Byakugan. —Hizo una pausa y la miró directamente a los ojos—. Es mucho mejor que trabajar para ese divorciado y crápula vizconde Uchiha.
Hinata miró a la anciana, y recordó que le había presentado a Sasuke al señor Kato.
Seguro que éste le había dicho a su esposa el nombre de su acompañante. Dadas las habladurías sobre lord Uchiha, más su reputación y que la había besado en un lugar público, no era de extrañar que la señora Kato la mirara de ese modo. Si supiera cuántos besos más le había dado desde entonces…
El sonrojo fue a más, pero luchó por mantener la compostura.
—Sí, me gusta mucho mi nueva vida. Dios, hace mucho calor para ser septiembre, ¿no les parece?
Su nueva vida era una mentira. Varias, para ser exactos. No sólo era una mujer soltera que estaba teniendo una aventura, sino que además no era la secretaria de la señora Byakugan, y seguía trabajando para el vizconde Uchiha.
Una horrible y repentina melancolía se apoderó de ella, y allí, sentada en el salón del señor y la señora Kato, bebiendo té y esquivando preguntas, Hinata se dio cuenta de que no tenía a nadie con quien hablar de lo que estaba viviendo. Engañar no era sólo muy complicado, sino también muy solitario.
Como cada viernes, Sasuke la estaba esperando en el andén de Cricket Somersby. Él solía llegar antes, pues siempre cogía el tren anterior para que nadie les viera juntos en la estación de Victoria. Le cogió la bolsa y, justo cuando iban caminando hacia el carruaje, una voz masculina llamó a Sasuke.
—¡Uchiha, qué grata sorpresa!
Ambos se detuvieron, y Hinata vio de reojo a un hombre peliblanco, más o menos de la edad de Sasuke, acercándose a ellos por el andén para saludarlos.
—Espera aquí —le dijo él en voz baja, y dejó la bolsa en el suelo para acercarse al otro hombre—. Hozuki, me alegro de verte. ¿Qué diablos estás haciendo en este pueblecito? ¿Acabas de bajar del tren?
Hinata observó por el rabillo del ojo, y no se le pasó por alto que Sasuke mantenía al tal Hozuki alejado, sin duda para evitar tener que presentársela. También vio que el hombre en cuestión la estudiaba con disimulo.
Le dio la espalda y fingió estar fascinada con el paisaje, tratando de no imaginar de qué estarían hablando. Tuvo la sensación de que Sasuke tardaba una eternidad en regresar.
—¿Vamos? —preguntó él, cogiendo de nuevo la bolsa.
Hinata no se dio la vuelta para ver si el hombre seguía mirándola, sino que se encaminó con Sasuke hacia el carruaje sin inmutarse.
—¿Quién era ese hombre?
—El barón Hozuki. Nos conocimos en Harrow. —Le dio la bolsa al cochero, la ayudó a entrar, y luego se sentó a su lado.
—¿Sois buenos amigos? —le preguntó, Y cuando él asintió, bajó el tono de voz para que el conductor no pudiera oírlos—. ¿Lo bastante como para saber que no soy tu hermana o una prima?
—Sí. —Levantó la vista y se aseguró de que el cochero ya estaba en el pescante—. Póngase en marcha —le indicó.
—¿Ha preguntado quién soy?
—No, Hinata. —Al ver la mirada escéptica de la muchacha, prosiguió con la explicación—: No me ha preguntado nada sobre ti. Los hombres tenemos una especie de código de honor para estas situaciones.
—¿No preguntes lo que no quieras saber?
—Algo por el estilo.
Eso pareció poner fin a la conversación, pero Hinata sabía qué tipo de mujer había creído el barón Hozuki que era, y no le gustaba lo más mínimo.
Durante toda la velada, no pudo evitar pensar en el barón Hozuki, y en la señora Shizune, y en los Kato, y en la cruda y solitaria realidad que envolvía a toda aventura amorosa ilícita. Y se deprimió.
—Esta noche estás muy callada —dijo él mientras fregaban los platos de la cena—. ¿Te preocupa lo de Hozuki?
—No —respondió, pasándole un plato limpio y chorreante.
—Hinata, él no te conoce —la tranquilizó Sasuke mientras lo secaba—. No sabe cómo te llamas, ni nada sobre ti. Sólo está aquí porque uno de sus caballos participa en el Derby de Kent Field. No ha venido para hacer vida social. Seguramente no volveremos a verlo.
—Seguro que cree que soy una bailarina de cancán o una actriz, o una mujer de mala reputación.
—Bueno, si eso es lo que piensa, se equivoca por completo, ¿no? Mi acompañante es una mujer muy inteligente. —Sasuke dejó a un lado el trapo y se colocó tras ella para poder rodearle la cintura con los brazos—. Hozuki no hará nada que pueda dañar tu reputación. Tal como te he dicho, no sabe quién eres. Y, si lo supiera, también te he dicho que los hombres somos discretos con estos asuntos. ¿Qué importancia tiene lo que él piense?
—Me importa, Sasuke. Yo no soy como tú, ¿sabes? No puedo ignorar la opinión de los demás del mismo modo que tú.
Dejó de fregar platos y levantó la vista, y al mirar el paisaje que se veía por la ventana no pudo evitar pensar en lo limitado que se había vuelto el horizonte de su vida. Se imaginó el futuro, y le dolió comprobar que lo único que podía llegar a tener con Sasuke eran aquellos clandestinos fines de semana en el campo.
Pensó en la pareja de ancianos que siempre paseaban cogidos de la mano, y supo que jamás tendría eso con él. Ellos no envejecerían juntos. Pensó en el sobre de terciopelo rojo; y tampoco tendrían hijos. El corazón se le detuvo de repente, y comprendió que algún día su aventura terminaría, y entonces lo único que le quedaría serían recuerdos.
Sasuke la estrechó con más fuerza.
—No tiene sentido que te preocupes por lo que piense Hozuki —le dijo, besándole la frente—, y tampoco podemos hacer nada para evitarlo.
«Podrías casarte conmigo.»
Tan pronto como lo pensó, trató de borrar esa idea de su mente. Siempre había sabido que Sasuke no se casaría de nuevo, ni con ella ni con ninguna otra mujer. Cuando se embarcó en aquella aventura lo hizo con toda la información, y durante los dos meses que llevaban juntos, jamás se había arrepentido. Era feliz.
Muy feliz, se repitió a sí misma con convicción. Se secó las manos, las colocó encima de las de él en su cintura y se echó hacia atrás, recostándose en aquel torso tan tranquilizador. Más feliz de lo que había sido en toda su vida, pensó. Y eso era lo más triste de todo.
El humor de Hinata no mejoró al día siguiente. Ella jamás había sido muy habladora, pero aquel fin de semana estaba especialmente callada, y Sasuke sabía que seguía preocupada por lo que había pasado la tarde anterior. Él no cambiaría ni un pelo de ella, ni siquiera una peca, pero a veces desearía que dejara de preocuparse tanto por lo que pensaban los demás.
Apartó la vista de los contratos que estaba leyendo para mirarla sentada en la cama, junto a él, y se dio cuenta de que, aunque ella tenía su escritorio de viaje en el regazo y una pluma en la mano, no estaba escribiendo nada, sino que tenía la mirada perdida en el infinito.
Se inclinó y vio que unas cuantas gotas de tinta manchaban la página en blanco.
—Veo que estás inspirada.
—¿Humm? ¿Qué?
—Tu lista de ideas para la boda de Naori. ¿No se supone que ibas a hacerla esta noche?
¿Escribir tus ideas para su boda con Kekkei?
—Sí.
Volvió a mirar.
—¡Ah! —exclamó asintiendo, tratando de animarla—. ¿Así que los folios en blanco son lo que se lleva este año?
Ella se rió.
—Dios santo, no he escrito nada.
—Ya me he dado cuenta. ¿Qué te pasa, Hinata? ¿Sigues preocupada por lo de Hozuki?
Negó con la cabeza.
—No, estaba pensando en esa pareja.
—¿Qué pareja?
—Ya sabes, esos dos ancianos con los que nos cruzamos cuando vamos a pasear.
—Hoy no los hemos visto. ¿Qué te ha hecho pensar en ellos?
—La boda de tu hermana. Estaba sentada aquí, tratando de que se me ocurriera alguna idea brillante, y he empezado a preguntarme si dentro de unos años tu hermana y Kekkei serán como ellos, y pasearán por el campo cogidos de la mano. Y he empezado a imaginarme cómo debe de ser esa pareja, a preguntarme si estarán casados. Tal vez sean como nosotros, y vivan en pecado durante los fines de semana en su nidito de amor. Quizá en su época protagonizaron el escándalo local. Puede que…
—Mírate —la interrumpió él con una sonrisa, empeñado en hacerla cambiar de humor—. Preguntándote cosas sobre esa gente, imaginándote cómo son. Deberías escribir una novela.
—¿Yo, escribir una novela?
—¿Por qué no? Eres buena escritora. Podrías hacerlo.
—Y eso lo dice el mismo hombre que me dijo que cuando escribo los artículos de la señora Byakugan es la voz de mi tía Kurenai la que habla —le recordó sin piedad.
—Cuando te lo dije, era víctima de un ataque de frustración masculina muy agudo. Si herí tus sentimientos, lo siento.
Ella dejó de jugar con el papel.
—La verdad suele hacer daño.
—Hinata…
—Ya no estoy dolida —lo tranquilizó—. Tú mismo me dijiste que tenía que aprender a sobrellevar las críticas. Además, tenías razón. Cuando escribo las columnas de la señora Byakugan tengo la voz de mi tía en la cabeza. En realidad no es ningún problema, lo que escribo son cosas prácticas. Pero no podría escribir una obra de ficción. No tengo una voz propia.
—Sí la tienes. Lo único que tienes que hacer es encontrarla, y eso lleva tiempo. Creo que tendrías que tratar de escribir una novela. O relatos cortos, si crees que así te será más sencillo empezar.
Hinata dejó la pluma en el tintero y se dio media vuelta para colocar el escritorio en el suelo, junto a la cama. A continuación, apagó la vela de su mesilla de noche.
—Yo no sé contar historias, Sasuke —insistió, deslizándose bajo las sábanas.
—Tonterías —la contradijo él, y también dejó a un lado su trabajo—. Cuéntame una.
Ella giró la cabeza y lo miró a los ojos.
—¿Qué, ahora mismo?
—Ahora mismo. —Se apoyó en la almohada—. Inténtalo, Scheherezade.
—¿Y si no te gusta me ejecutarás al amanecer? —preguntó sonriendo.
—El peor castigo que podrías recibir de mí serían mis críticas, y ni siquiera haré eso, te lo prometo. Me limitaré a escuchar. De hecho, incluso te ayudaré a empezar. Érase una vez…
Ella gimió exasperada.
—Qué típico.
—Bueno, es sólo el primer borrador. Vamos, no te escabullas y cuéntame un cuento.
—Oh, de acuerdo. —Se tumbó y pensó durante un rato—. Érase una vez una niña que quería un diario.
—Bueno —la animó él—. Muy bueno. Sigue.
Hinata se sentó.
—Estaba muy sola, y no tenía a nadie con quien hablar. Su madre había muerto hacía cinco años y como era muy tímida no había hecho demasiados amigos. Tenía trece años y las niñas a esa edad son muy crueles. Además estaba asustada, pues cada mes sangraba y no sabía por qué. Creía que se estaba muriendo. Nadie le había contado nunca nada.
Sasuke empezó a sentir un doloroso nudo en el pecho. Esa historia no se la estaba inventando. Apoyó la espalda en el cabezal y observó cómo ella se enroscaba hecha un ovillo, sujetándose las rodillas contra el pecho.
—No había nadie a quien pudiera preguntarle nada. No le estaba permitido escribir a su tía, pues ella no se llevaba bien con su papá. Y la doncella que iba a su casa cada día era una estricta mujer alemana que le daba mucho miedo.
—Es perfectamente comprensible que quisiera un diario.
—Su padre no quería darle dinero para que se lo comprara, porque eran muy pobres, y le decía que no podían permitirse esas frivolidades. Pero la niña tenía muchas ganas de tener un diario, así que fue al barbero del pueblo donde vivían y se cortó el pelo, como un niño. Vendió su melena, y con el dinero se lo compró. Cuando llegó a casa, su papá ya se había ido al bar.
El pecho de Sasuke empezó a arder de rabia. ¿Aquel hombre no podía permitirse comprarle un diario a su hija, pero sí podía ir al bar? Bastardo.
—Esa noche, ella se quedó despierta hasta tarde, escribiendo y escribiendo sin parar. Sobre chicos y vestidos bonitos, y sobre cómo sería su boda, y todas esas cosas en las que sueñan las niñas. Al ser un hombre, no creo que lo entiendas.
—Sí lo entiendo. Tengo tres hermanas.
—Entonces tal vez sí entiendas cómo se sentía esa niña. —Hinata giró la cabeza y, con la mejilla recostada en la rodilla, le sonrió—. Fue maravilloso. Fue un alivio poder expresar lo que pensaba y sentía, y dejar allí escrito todo lo que quería en esta vida. Entonces su padre llegó y vio lo que había hecho. Ella ya lo había visto enfadado antes, pero nunca de ese modo. Al fin y al cabo, el pelo vuelve a crecer, le dijo, así que no pasaba nada. Pero su padre… no lo vio del mismo modo.
Sasuke cerró los ojos un instante. No quería saber cómo habían terminado las cosas. No quería escucharlo. Apretó la mandíbula y los abrió de nuevo.
—Continúa.
Hinata levantó la cabeza, con una mano en el cuello y la mirada perdida al frente.
—Su padre llevaba un anillo —dijo—, un anillo en forma de estrella.
Sasuke sintió náuseas.
—¿Y cuando vio lo que la niña había hecho, qué hizo su padre?
Hubo un largo silencio.
—Le dijo que era una puta por haberse cortado el pelo, le dio una bofetada y quemó el diario. No le habló durante todo un mes. —Se sujetó las rodillas con fuerza—. Esa niña jamás volvió a escribir un diario.
La rabia de Sasuke se intensificó hasta que amenazó con asfixiarle. Le dolía el pecho. Trató de pensar en algo que decir, pero las palabras se negaban a salir de sus labios. A él se le daba bien hablar de tonterías, pero era incapaz de mantener una conversación como aquélla. Y, además, Dios, ¿qué podía decir?
Pero Hinata seguía allí sentada, hecha un ovillo en medio de la cama, igual que debió de hacer aquella niña pequeña con la cara marcada. Tenía la mirada fija en el infinito, recordando lo que le había sucedido. Sasuke sabía que tenía que decir algo, y que tema que ser lo correcto.
Respiró hondo y levantó la mano para acariciarle la mejilla. La tocó para que lo mirase a él y no a la pared.
—Hinata, Hinata —la reprendió con suavidad, con toda la ternura de la que fue capaz—. Y dices que no sabes contar historias. Ella lo miró a los ojos, y le tembló el labio inferior.
—No me lo he inventado, Sasuke —susurró.
Con el pulgar, él le acarició la cicatriz en forma de estrella que tenía en el pómulo.
—Lo sé.
—Así pues, ¿por qué lo dices?
Sasuke se inclinó y le besó la pequeña marca.
—Porque si has superado todo eso, dentro de ti tienes lo que hay que tener para escribir grandes historias, Scheherezade.
Ella empezó a llorar.
—Hinata, no. —Sasuke la rodeó con los brazos y la tumbo. Le acarició el pelo, le besó las lágrimas de las mejillas, y la estrechó entre sus brazos hasta que concilio el sueño.
Apagó la vela que aún ardía en su mesilla de noche, pero no durmió. Se quedó allí tumbado a oscuras, pensando en dos cosas.
Por un lado, se alegraba de que el padre de Hinata estuviera muerto. Pero por otro, desearía que el bastardo aún estuviera vivo para poder matarlo con sus propias manos.
Notas de la autora: Esta es una nueva adaptación y aunque pueden estar un poco salidos de los personajes pensé que sería como una combinación de las personalidades originales y las de Road to Ninja, espero que les guste tanto como a mi.
Hola, no sé en que momento o lugar estés leyendo esto, pero muchas gracias por pasarte y leer esta adaptación, dejen unos reviews que siempre son bien recibidos.
Gracias por todo, ya nos leemos. Pronto, espero :D
