Disclaimer: Los personajes de la serie de Inuyasha solo le pertenecen a la honorable Rumiko Takahashi, a quien agradezco por haber creado tan magnífico anime/manga. La historia por el contrario me pertenece a mí.

Consecuencias.

Capítulo 21, Final parte 2: "Eres todo para mí"

La mansión que pertenecía a la familia Taisho la dejó sin palabras, la misma casa de Laurent carecía de la belleza y magnitud que esta tenía. Pero aun a pesar de todo ello, Kagome tuvo la amarga sensación de sentirse atrapada; su estómago se contrajo en molestia, ansiosa por librarse del férreo agarre de Sesshomaru.

—Entra— ordenó su acompañante. El vestíbulo se encontraba ausente de movimiento, pero lleno de costosos artículos y piezas de arte. — ¡Kaede!— llamó el caballero a sus espaldas. Una mujer regordeta apareció apresurándose, sus ojos la miraron antes que a Sesshomaru y luego mostraron simpatía, Kagome se sintió incómoda; hubo una chispa de conocimiento en la profundo mirada de la anciana y entonces ella recordó el nombre de la mujer. Kaede era la mujer a quien Inuyasha guardaba aprecio. Inclinándose, dio una reverencia como saludo y recibió una sonrisa.

—Cierra las cortinas y alerta a seguridad— la orden seca de Sesshomaru alejó la atención de Kaede sobre ella —Informa a Kikyo que se mantenga lejos de las ventanas.

—La señorita Kikyo no ha regresado— indicó llena de preocupación.

Kagome se estremeció ante el conocimiento de que Kikyo estaría en ese mismo lugar.

—No importa, dada su situación espero no sea fastidiada— tomó a Kagome de la cintura y la guio hacia la segunda planta, caminaron por una largo pasillo antes de detenerse frente a una habitación de doble puertas. Ella entró asombrándose de su entorno. ¡Su antiguo departamento cabría ahí mismo!

—Permanece aquí— ordenó —Cuando Inuyasha venga, arreglaremos este asunto y será mejor que descanses para mantener las ideas claras.

La joven asintió. Sesshomaru salió y cerró la puerta de su recámara.

Los dedos de Kagome acariciaron el borde del gigantesco colchón, pasaron por la cabecera y se detuvieron un instante en la mesita de noche, su mirada café apreció el jardín desde la enorme ventana y sonrió con nostalgia. Extrañaba tanto a los padres de Laurent, a su propia familia y un poco al idiota de su amigo. Era un mentiroso tejedor de promesas, pero Kagome no podía dejar de quererlo por intentar protegerla.

Ella misma había mentido a Inuyasha.

En este preciso instante se sentía como un ave enjaulada, manipulada… casi como cuando tenía quince años; las imágenes de su adolescencia la invadieron y de pronto se vio frente al padre de Kouga. Mil sensaciones recorrieron su piel. Si esta era una trampa, ella no caería. No esta vez.

Pero, ¿qué haría si en esa trampa estaba incluido Inuyasha? Kagome ya no se sentía segura de hacerlo a un lado, al final, ambos fueron engañados. Sin embargo, sus esperanzas no aumentaron ante la realidad. El enojo, la ira, desesperación e inseguridad combatían dentro de ella; no quería seguir las órdenes de nadie. ¿Y si de pronto se viera obligada a aceptar al padre de su hijo? ¿Se negaría rotundamente? No ansiaba ser un peón en el juego de nadie, pretendía tener el poder de su vida y de sus decisiones. Kagome solo anhelaba ser feliz.

Sesshomaru descendió las escaleras meditando el nuevo conflicto, no era una novedad que Kikyo mintiera; después de estar involucrada con Naraku no creía que quedaran buenas intenciones en ese corazón, pero él ya lo sospechaba. La razón por la que no indagó en la verdad fue porque no estaba disconforme con la idea de casarse con esa muchacha. Kagome era exitosa y potencialmente una buena esposa, no albergaría sentimientos que algún día ofuscaran sus ideas como pasaba con Inuyasha o a su mismo padre.

La mujer tendría un hijo y Sesshomaru se prometió en silencio que lo guiaría en el camino correcto, la relación con Rin continuaría hasta que ella encontrara a otro hombre y entonces él se aseguraría de continuar la descendencia en compañía de Kagome. Sin embargo, no podía olvidar el reciente suceso, la declaración de aquél sujeto llamado Laurent arruinaba sus planes. ¿Quién hubiera pensado que estallaría ante la más leve provocación? El hombre era, sin duda, un debilucho.

Su padre tomaría el asunto en sus manos y él se haría a un lado. Supuso que era una buena idea que no tuviera que hacerse responsable, pero entonces, ¿por qué no estaba complacido con el resultado?

La entrada principal se abrió y entró la esposa de Inuyasha. La pálida piel de la mujer atrajo su atención, él apreció los rasgos suaves y luego la comparó con la mujer encerrada en su alcoba. Kagome era hermosa, su piel menos pálida y sus ojos más claros… Sesshomaru también hubiera preferido a la joven muchacha antes que a Kikyo y sin embargo, en algún momento de su vida, esta mujer llegó a atraerlo.

Kikyo levantó la cabeza para toparse con el escrutinio de su apuesto cuñado.

— ¿Qué sucede?— indagó extrañada.

Antes de recibir una respuesta, la puerta volvió a abrirse y esta vez Inu No entró, la mirada salvaje causó que Kikyo se alejara de su camino. Su suegro tenía la boca tensa y el rostro enrojecido, parecía que libraba una batalla contra sus demonios en pos de controlar su temperamento. Ella había podido seguir observando con admiración las facciones del hombre mayor si su corazón no se hubiese detenido en cuanto vio a Laurent.

Asustada por su presencia, trastabilló al tratar de escapar pero Sesshomaru la atrapó antes de que cayera. Dispuesta a agradecerle se percató que no la liberaba de su agarre, al contrario, la apretó y luego la llevó casi a rastras detrás de los caballeros que los precedieron. Ella ni siquiera prestó atención a Inuyasha, sus ojos apenas echaron un vistazo a su esposo y la sangre que manchaba su ropa, pero fue esta última la que logró alarmarla. Un poco preocupada, dirigió una mirada de sospecha a Inuyasha y luego a su amante, el rostro de su amado estaba inflamado y magullado, había sangre seca en su labio y también en la camiseta que llevaba. ¿Cómo era posible que hace un instante no percibió esas heridas?

Laurent emitió un suspiro ante su escrutinio. Revolvió sus cabellos rubios y luego le sonrió con aquellos labios que adoraba besar. Murmuró un lo siento y luego bajo su mirada.

Kikyo se estremeció.

El silencio se prolongó durante varios minutos, nunca antes el salón pareció tan enorme como ahora, había tanto espacio como para ocultarse de los problemas.

— ¿Dónde está Kagome?— preguntó Inu No.

—Arriba— fue la escueta respuesta de Sesshomaru. Un escalofrío corrió por su columna al escuchar ese hecho.

Inuyasha, que hasta entonces estuvo sentado, se irguió lanzando la bolsa de hielo que le trajo Kaede; la intensidad en su mirada afligió a Kikyo.

—Tú te quedarás en tu lugar— gruñó su suegro —Sesshomaru, suelta a esa mujer y trae a Kagome, debemos arreglar esto— ordenó. Kikyo se vio liberada. La muñeca le dolía por la fuerza en que fue apresada. El suspiro de Inuyasha llegó hasta ella, curiosa giró a verlo, sus ojos dorados parecía taladrarla con frialdad.

-Lo sabe- pensó -Claro que lo sabe-.

Escuchó ruidos, luego el salón se vio invadido por la presencia de Kagome. Kikyo no quería odiarla, pero los recuerdos de ella junto a Laurent no ayudaron con esa resolución.

Kagome inspeccionó a cada uno de los presentes, incluyendo a Inuyasha y Laurent. La otra dama llamó su atención un instante, su vientre abultado a causa del bebé de Laurent. Algo muy primitivo se plasmó en su corazón, esa mujer les había mentido, a todos y cada uno de este salón.

El egoísmo había ganado sobre el amor.

—Bien— el tono rudo del hombre mayor acalló cualquier sonido —Kikyo— llamó y luego señaló a Laurent — ¿Tienes idea de quién es este hombre?— la pregunta fue hecha de tal manera que la mujer se delatara a sí misma, pero Kikyo guardó silencio, mantuvo sus oscuros ojos fijos en los dorados de su suegro.

Inu No sonrió.

—Lo sabes ¿Cierto?— suspiró —Eso facilita un poco las cosas— tomó asiento meditando la situación —Ya que todo lo que este joven dijo es verdad, me temó que no puedo evitar que la prensa lo publique, pero ayudará a que el escándalo anterior pierda potencia.

Inuyasha bufó en respuesta.

—Kagome ¿Pensaste en la propuesta que ofrecí?— preguntó esta vez dirigiéndose a la otra chica.

Ella asintió. —No aceptaré— fue su repuesta. El Taisho mayor arqueó una ceja.

—Pero esa ya no es una opción— irguiéndose en toda su altura, caminó en dirección a la azabache y la tomó de los hombros —Tendrás que aceptar a Sesshomaru.

Inuyasha se levantó enfurecido.

— ¿Qué estás diciendo viejo?— conteniéndose se acercó a ambos. Su padre le brindó una mirada hostil sobre el hombro.

—No es tu asunto.

— ¿Qué no lo es? Ella es mi mujer, todo lo que concierne a Kagome es mi asunto.

—No te equivoques, Inuyasha— girándose enfrentó a su hijo —Tu mujer está justo detrás de ti, embarazada de otro hombre pero al fin del caso tu esposa. No olvides que luchaste contra tu familia y la de ella para estar juntos, decidiste casarte con la hija de la familia que más odiaba, sin importarte lo que tu padre pensaba de ellos. Ahora, toma asiento y cierra la boca. Esto ya no puedes solucionarlo.

—No lo haré, amo a Kagome y si es necesario, iré contra lo que ordenas.

— ¡Maldita sea, muchacho caprichoso! Tienes mucho coraje para retar a tu propio padre— gritó —La joven ya no es tu problema, solucionaré el tuyo en cuanto pueda dejar en mejores manos a Kagome y a mi nieto. Tú mientras tanto guarda silencio.

Las palabras dichas por su padre lo dejaron momentáneamente mudo, ofuscado miró a Kagome y poco después a aquél idiota que lo había retado. Sus ojos regresaron hasta el pálido rostro de Kagome, implorando en silencio alguna comprobación. El alivio corrió por todo su cuerpo cuando la azabache no rompió el contacto visual con él.

— Mi hijo— aseguró Inuyasha, una pequeña chispa de emoción se abrió paso en su pecho.

Inu No lo ignoró.

— Yo responderé a Kagome, no es necesario que Sesshomaru lo haga— Laurent se hizo notar, su voz llena de confianza.

El padre de Inuyasha hizo un gesto despectivo. —Eso no será posible. Tengo otros planes para ti.

—No entiende, no obedeceré ninguna de sus órdenes. Me llevaré a Kagome fuera del país.

El Taisho mayor rio.

—Eres tú el que no entiende. Kikyo tendrá un hijo tuyo y tú hiciste el favor de anunciarlo, por lo que no puedes simplemente tomar a mi nieto y huir del país. El hijo de Kagome es un Taisho y como tal crecerá en el núcleo familiar, no a kilómetros de distancia de su abuelo. Jamás permitiría eso.

Laurent apretó sus puños. Miró a Kikyo y en seguida a Kagome. Aunque no quería admitirlo, él deseaba más que nada permanecer cerca de Kikyo, era un maldito traidor por elegir a la mujer cuyas acciones habían pisoteado su corazón sobre su mejor amiga; pero a pesar de ello, no podía darle la espalda y por la reacción del padre de Sesshomaru, Kagome no estaría desprotegida.

La discusión cesó inmediatamente. Sesshomaru tomó a Kagome por la cintura y la acercó a su cuerpo. Ella se resistió y la acción despertó el instinto posesivo en Inuyasha.

—No lo harás— declaró —Antes que permita que alejen de nuevo a Kagome de mi lado, me cortaría un brazo.

—Entonces comienza buscando una katana, Inuyasha— se burló Inu No —Desafortunadamente para ti, ninguno de los dos tiene elección— expresó incluyendo a Kikyo —No olvides que la mitad de las acciones de mi empresa le pertenecen a tu esposa y si te divorcias de ella, perderemos la posesión total.

Inuyasha guardó silencio, impresionado porque ese hecho se le fuera de las manos. Cuando contrajo nupcias con Kikyo, había predestinado toda una vida con ella y por consecuente hijos, a los que algún día heredaría dicha corporación. Obviamente nunca espero conocer a Kagome, o que su magnífica esposa tuviera una amante, del cual ahora, esperaba un hijo. Las consecuencias de sus acciones nuevamente se presentaban delante de él, burlándose de su estupidez ¿Debería gritar en este momento que no le importaba la empresa? Pero si lo hacía, ¿sería capaz de dar la espalda a su padre y huir con Kagome a una vida donde no podría ofrecerle más que miseria? Observando a Sesshomaru y su maldito porte orgulloso, supo que perdió. Su hermano tenía su propia compañía, era soltero y por si fuera poco, estaba siendo un caballero al aceptar a Kagome y a su hijo.

Un hijo al que él llamaría sobrino. Pero, maldito él si no temía perder la empresa, había sido su meta colocarla en la cima y dudaba poder renunciar a esta.

—No quiero…— masculló.

— ¿No quieres qué, Inuyasha? ¿La empresa?— dando lentos pasos alrededor de su hijo hizo un ademán con la mano —Déjame dejarlo claro— murmuró —No estoy dándote a elegir. Kikyo seguirá siendo tu esposa a menos que renuncie a la mitad de sus acciones, pero, no podemos olvidar que su padre es Yuta Fukushima ¿verdad? Así que esa opción queda descartada. Puede que el padre de Kikyo odie a la familia Taisho, pero no renunciaría a la maravillosa oportunidad de vernos rogando— los ojos dorados se posaron sobre los de su hijo —Lo que me deja con la única opción, Kagome se casará con Sesshomaru, vivirán en esta mansión y veré crecer a mi legítimo nieto; mientras tú, como el marido comprensivo que eres, responderás a todas las preguntas que se hagan y culparás a la distancia de la causa de sus pequeños deslices, pero al amar tanto a Kikyo, no renunciarás a ella. La pelea de hoy fue porque estabas tan furioso de saber que otro hombre se atrevió a tocar a tu esposa. Sí, ella tendrá un hijo de su amante, al cual estás dispuesto a aceptar como tuyo; el joven extranjero podrá mantener contacto con él, pero nunca más con tu mujer— concluyó con facilidad —Inuyasha, tú no podrás acercarte a Kagome, puedes ver a tu hijo, pero tan pronto ella contraiga matrimonio con tu hermano, ese bebé se convertirá en tu sobrino y ella en tu cuñada, así que los respetarás. ¿Queda claro?

— ¿Por qué debo seguir lo que ordenas?— protestó furioso.

—Porque una vez no lo hiciste y eso te puso, a ti y a Kikyo, frente al altar— contestó molesto.

—La prensa no se tragará la historia— replicó de nuevo.

—La prensa y la opinión pública se tragará lo que yo diga. Mientras tanto, tú obedecerás por primera vez lo que tu padre manda. ¿Queda claro?— indagó con tono estricto.

El menor de los Taisho agachó la cabeza. Ni siquiera el dolor de sus heridas era tan inmenso como verse atado a esta decisión. Sin embargo, se dijo mentalmente que estaba agotado; el cansancio de una pelea con el amante de su esposa, la emoción de ver a Kagome y su posterior rechazo, lo dejaron vacío. Ausente se perdió dentro de sus pensamientos, hundiéndose más profundo en su autocompasión.

—Basta de hacer mi vida un circo— concluyó Inu No y luego asintió en dirección a su hijo mayor.

Sesshomaru sujetó a Kagome de nuevo. Ella se resistió a su agarre la primera vez, pero en cuanto los ojos de Inuyasha la esquivaron, se dio cuenta que él se había rendido y eso la dejaba en las manos del hermano mayor.

¿Pero qué esperaba? Inuyasha no la aferraría en sus brazos y mandaría todo al carajo. Menos si con ello disgustaba a su padre. Aquél hombre a quien Kagome calificó por una persona cruel mantenía el control sobre las decisiones de sus dos hijos, el poder que irradiaba su voz era impulso suficiente para someter a ambos jóvenes.

Sin embargo, ella no sería manipulada. Se había convertido en una mujer segura de sí misma y no dudaría en demostrarlo. Enderezando la columna, se liberó del agarre que la mantenía cautiva lista para dar batalla; la mirada de Sesshomaru chocó contra la suya cuando volvió a atrapar su brazo, los ojos de color ámbar la hicieron callar todas sus réplicas, sus labios se fruncieron en disgusto. Sesshomaru se mostraba obediente y sereno, pero Kagome comprendió que aquello era solo una fachada, este hombre era capaz de medir sus acciones mucho antes de tomar una decisión definitiva. Haciendo caso a su instinto, decidió adoptar la misma postura, tomó el brazo de Sesshomaru y se aferró a su orgullo; después de todo, él había sido quien la llevó lejos de la pelea entre Inuyasha y Laurent, por lo que si debía confiar en algún Taisho, sin duda sería él. A pesar de ello, las ganas de gritar improperios contra Inuyasha no disminuyeron, pero se quedaron atrapadas en su garganta, casi como un fuerte nudo apretándose cada minuto. Kagome soportó todo, incluso aquella sonrisa de satisfacción que el padre de Inuyasha le ofreció.

—Te encargo a Kagome— Inu No miró a su hijo mayor.

Él asintió, los dedos de Kagome clavándose en su brazo.

La habitación quedó con solo cuatro individuos, de los cuales, dos libraban una batalla emocional.

—Esto no soluciona nada, padre— susurró Inuyasha, una vez que su hermano desapareció con Kagome y que su mente asimiló la absurda idea de su padre —El escandalo sigue pendiente sobre nuestras cabezas y no evitará que la empresa se vea involucrada. Aún tenemos que dar explicaciones a los medios y la noticia de tu futura nuera, ¿cómo piensas aclarar el supuesto romance de Kagome con tu hijo mayor, si hace unas semanas era mi amante?— la queja de Inuyasha no logró hacer reaccionar a su padre.

—Yo no haré ninguna aclaración; tú, Inuyasha— caminó hasta tomar asiento en un largo sofá —tienes la obligación de limpiar tu desastre y salvar la empresa del ridículo. Sesshomaru se hará cargo de su futura esposa y ambos tendrán que mostrarse públicamente como una pareja oficial. No me preocupa si el público lo cree o no, pueden aceptar lo que decimos o sacar sus conclusiones. La única personita que realmente estoy protegiendo, es a ese bebé que viene en camino— explicó, su cuerpo relajado en una postura elegante —Si tengo que pararme entre reflectores y escándalos, lo haré. Es una deuda que tengo pendiente y debo cumplir.

— ¿Una deuda con quién? ¿Con mi madre?— se mofó — ¡¿Pretendes limpiar tu conciencia con esta estupidez?! Ni siquiera has preguntado a Kagome si desea quedarse en esta mansión, no deberías asumir lo que la gente piensa.

— ¡Es mi nieto!— excusó — ¡Es parte de mi familia y haré todo para mantenerlo a mi lado!— las fosas nasales de Inu No se dilataron, los ojos de Inuyasha no se perdieron las rígidas facciones de su padre y por primera vez en su vida, logró ver al temible Inu No Taisho tal cual era. Un hombre egoísta y cruel. Estaba decidido a alejar a Kagome de él y de su propia libertad por tener cerca a su familia.

—No entiendo como mi madre pudo enamorarse de ti— escupió Inuyasha —Tu maldito ego te obliga a controlar a todos, pero no somos marionetas y no puedo aceptar el sentarme obedientemente. Puedo dejar la empresa y llevarme lejos a Kagome, ni siquiera tú podrías evitarlo.

—Inténtalo, Inuyasha— fue su dura respuesta —Hazlo, convence a Kagome de elegir una vida desdichada y lleva a mi nieto a sufrir, deja que la prensa los persiga y entonces provoca la muerte de tu mujer. Porque eso es lo que lograrás. A veces, aferrarte no siempre significa amar, sino la capacidad de dejar ir a esa persona especial y observar su felicidad.

Inuyasha guardó silencio, su expresión se llenó de pesar tratando de comprender las palabras de su padre.

—Solo si tu amor propio no es más grande, puedes decir que realmente amas a Kagome —Kikyo observó a su suegro y después a Inuyasha. Ese apuesto hombre se estaba rompiendo en mil fragmentos —Desear tu propia felicidad a costa de la suya no es amar, es egoísmo— continuó Inu No.

— ¿Piensas que Sesshomaru la hará feliz?— preguntó con indignación — ¿Qué tipo de felicidad puede darle un hombre con el que nunca ha intercambiado palabras?

—No se trata de eso— Inu No suspiró — ¿No la has herido suficiente?— preguntó, su voz adquiriendo un tono grave — ¿No han sido suficientes todas la veces que la hiciste llorar? Tienes que aceptarlo hijo, no puedes robarle su brillo. Si Sesshomaru es o no el adecuado, solo ella lo descubrirá y tú, debes hacer feliz a la mujer a quien le juraste fidelidad y amor. Esa es la verdad, suena cruel, porque yo mejor que nadie sabe lo que significa amar. Después de la primera vez que entregas tu corazón, nunca lo recuperas. El resto de tu vida es sólo tú pretendiendo que todavía tienes corazón.

Inuyasha apretó sus puños, todo su ser temblando, su alma abandonando su cuerpo y las malditas lágrimas aferrándose a sus ojos. –No— pensó –Así no funcionaba esto- Se suponía que las historias de amor tenían un final feliz, incluso las más trágicas. ¿Por qué entonces debía dejarla ir? Dolía; como el infierno que dolía, podía sentir un hueco en su estómago y el atroz apretón en su pecho. La garganta se le secaba por el dolor.

Enojado con su padre y consigo mismo huyó, sus piernas casi le fallaron cuando escapó de esa habitación, el ambiente era sofocante. Todo a su alrededor era borroso, tropezó en las escaleras y se arrastró hasta la puerta de su cuarto. Dentro se aferró a lo poco que le quedaba de energía y entonces las lágrimas cayeron, una tras otra.

Nunca podría dejarla ir… porque ella era todo para él.

Kikyo había guardado silencio durante la discusión, cada palabra de su suegro incrustándose en su pecho y su mente. Su oscura mirada evitó a toda costa centrarse en Laurent y haciendo una reverencia, se retiró.

No podía luchar contra esto.

Ascendió las escaleras tan rápido su estado se lo permitía y se encaminó hacia la habitación que compartía con su marido, se detuvo antes de abrir la puerta y entonces echó un vistazo a la recamara de su cuñado, la puerta de madera estaba cerrada. Se preguntó sobre la decisión de Kagome, ¿estaría ella conforme con esta solución?

Ella negó en silencio. Nadie estaba de acuerdo con la decisión de Inu No.

Abrió la puerta, buscó a Inuyasha con la mirada y se sorprendió al encontrarlo sentado en el suelo, a un lado de la enorme cama. Ella carraspeó pero no logró atraer su atención. Con calma se acercó hasta posarse frente a él y vio las lágrimas impregnadas en sus mejillas, acarició su mentón con ternura y luego ocupo lugar a su lado, la alfombra amortiguaba el contacto con el frio suelo.

—Sé que no puedo preguntarte si estás bien— murmuró —También— continuó insegura —sé que debo disculparme— Kikyo suspiró —Por cada cosa y dolor que te he causado.

Inuyasha no se movió.

Kikyo se llevó la mano al rostro y liberó otro suspiro. Para ella era importante encontrar la forma de explicarse, deseaba señalar que el amor que sentía por Laurent para nada era un error atroz, era simplemente una manera pura de amar, aunque su egoísmo siempre pareció dominar sus emociones.

—Conocí a Laurent hace poco, la verdad es que él no fue mi primer amante— confesó decidida y sin recibir ningún gesto por parte de Inuyasha — Nunca fue mi deseo engañarte, yo realmente te amaba, aun a pesar de que mi padre casi llego a repudiarme— jugueteó con el borde su vestido — Estaba orgullosa de ser tu esposa, era la famosa Kikyo Taisho; eso sorprendía todo el mundo pero…— dudó en continuar, su mente llena de viejos recuerdos — No era suficiente. La gente escuchaba el apellido Taisho y relacionaba el poder y la belleza; sin embargo, si aparecía en alguna empresa con solo mi nombre nadie recordaba quien era, no hasta que el tuyo se relacionaba. Yo no quería eso, así que pedí a Sesshomaru que dejara de representarme y decidí abrir mi propio camino. Quería ser libre y poder explorar mis oportunidades, pero no me di cuenta que aún era ingenua.

Inuyasha pestañeó.

—La primera vez que falté a nuestro matrimonio fue con Naraku Bagashama— se sonrojó —Era un hombre amable y atento, creo que sus constantes halagos hicieron que me enamorara— Kikyo lo miró en silencio por unos minutos —comencé a necesitar de su presencia cada vez más, lo buscaba constantemente y anhelaba sus palabras. Me enamoré de él, más fuerte e intenso de lo que sentía por ti. Pensé que él también me amaba, pero no fue así y yo cometí errores contigo por su culpa— se mordió el labio inferior —Tal vez no lo recuerdes, aquella ocasión que estuviste en el hospital por intoxicación, fue mi culpa.

— ¿Qué quieres decir?— preguntó Inuyasha sobresaltándola. Los dorados ojos de su esposo ahora la miraban con intensidad.

—Compré una mezcla de polvos en el extranjero, tenía que verter un sobre completo en tu comida y esperar a que el veneno actuara por cuenta propia; de esa manera yo quedaría libre y podría regresar al extranjero con Naraku— tomó aire antes de continuar, sus dedos apretando la tela de su ropa —pero al final me acobarde y no vertí el contenido completo del veneno.

—Así que en lugar de matarme, terminé hospitalizado por una semana— finalizó por ella, su tono estaba lleno de amargura. Kikyo asintió.

—Tuve mucho miedo de que murieras, estaba desesperada por alejarme de tu lado que no medí mis acciones y fallé. Había tomado la decisión de irme, sin importar si vivías o no— ella lo miró, el rastro de lágrimas aún presente en el rostro de Inuyasha —la esposa de Miroku me confrontó. Dijo que ella sabía lo que hice y que no era la única en saberlo. No supe que pensar, era inexperta. No iba a rogar por perdón, así que hui. Sin embargo, ese hombre que solo me usó, dijo que yo había perdido la "chispa" y que se encontraba más interesado en otra mujer. Fue doloroso, no pude hacer nada para protegerme o a ti. Cuando regrese no esperaba que me recibieras con los brazos abiertos o que me dijeras cuanto me extrañaste. Pensé que a tu lado siempre sería mi lugar y sin embargo, yo seguía buscando algo en mi vida. Laurent apareció entonces, como una maldita señal y me sentí atraída, él es cálido y su presencia se sentía como un refugio, creí que era parecido a mí. Pero el odio y el rencor que tenía por haber sido ingenua, fue guiado en su dirección, involucrarme con él fue mala idea y aun así, Laurent aceptó estar conmigo sabiendo que nunca iría más allá de algo fortuito; él permaneció a mi lado como una sombra y nunca parecía opacarse— una sonrisa triste se plasmó en sus labios —Jamás pensé que llegaría a amarlo.

— ¿Por qué ocultarlo?— preguntó cabizbajo — ¿Cuál era el propósito de continuar con esta farsa si ya no me amabas?

—No lo supe hasta que regresé a Tokio, tu sonrisa ya no me recibió y tu mirada siempre estaba ausente, buscabas en los alrededores a otra persona y tuve celos. Quería toda tu atención, fuera amor o no, lo quería todo de ti.

Los ojos dorados la miraron con reproche y dolor. Inuyasha parecía culparla en silencio por ocultar su amorío, la culpaba porque ella era la causa de que ahora Kagome estuviera lejos de su alcance.

—Yo cometí errores al igual que tú y sé que nada puede justificarme, pero te pido perdón— Kikyo sonrió como consuelo —Podemos seguir adelante y tratar que esto funcione.

—Es fácil ¿cierto?— el sonido de su voz fue crudo —Juguemos a la familia feliz, mientras tú ves a tu amante cada fin de semana, yo añoraré meterme en la cama de mi cuñada. ¿Acaso no es el final perfecto? Me preguntó si Sesshomaru puede aceptar un trato, quizá y podamos hacer un trío.

—Basta Inuyasha— pidió ella —No te hagas más daño.

—No lo entiendes, ¿verdad?— él miró a su esposa, su hermosa mujer y luego descendió su mirada al que unas horas antes, era su hijo — ¿Cómo puedo aceptar la decisión de mi padre sin rechistar? No seré capaz de ver a mi hijo y que este corra en dirección a mi hermano, voy a pasar mi vida deseando que Kagome me miré o que mi hijo me diga padre. Pero no pasará.

Inuyasha se sintió exhausto, la idea de cerrar sus ojos y nunca más abrirlos le pareció tentadora.

—Tu padre tiene razón, yo entiendo cómo te sientes, pero sigo pensando que Inu No ha hecho una buena decisión— acarició con la yema de los dedos la alfombra —Después de que Izayoi muriera, creo que teme el mismo destino para Kagome. ¿No deberías sentirte igual? Trata de protegerlos.

—Mi padre es la causa de que mi madre muriera— afirmó Inuyasha —yo no cometeré el mismo error.

Kikyo negó con la cabeza.

—No lo sabes, Inuyasha— suspiró —que el verdadero asesino de tu madre no fue Inu No Taisho, sino mi propio padre.

Inuyasha irguió la cabeza, toda su atención fija en Kikyo.

— ¿Qué estás diciendo?— preguntó intrigado —Explícate— pidió, no necesitaba más tensión en su cuerpo, la cabeza amenazaba con estallarle si permitía que ella no aclarara sus palabras.

—Izayoi Konoe estaba originalmente comprometida a Yuta Fukushima— explicó con seriedad —mi padre la deseaba como su esposa más que a nada y la familia de ambos estaba complacida con esa unión. Pero Inu No Taisho apareció en escena y robó el derecho de Yuta, mi padre odio inmediatamente al tuyo y a pesar de que yo ya había nacido al igual que tú, nunca se dio por vencido con Izayoi— guardó silencio por un instante y cuando volvió a hablar, su voz adquirió un tono de angustia —Él la amaba, Inuyasha; un amor demasiado fuerte como para permitir que se lo arrebataran. No tomó buenas decisiones, mi madre acababa de fallecer y aunque la respetó mientras ella vivía, no dejo que el asunto con la familia Konoe quedara sin resolver. Así que decidió secuestrar a Izayoi.

Inuyasha negó con un gesto de disgusto —El hombre que asesinó a mi madre murió el mismo día en el que la secuestró, él está muerto— declaró. Kikyo no lo escuchó, ella parecía transportada a otro lugar, sus ojos adquiriendo un color claro.

—Eso es porque, mi padre contrató a otra persona para hacer la parte sucia del trabajo; esperaba que una vez que Izayoi lo viera de nuevo, olvidara a Inu No y decidiera continuar su vida con él. Estaba dispuesto a convertirse en tu padre si ella lo exigía, era un estúpido plan— aclaró —El error que cometió mi padre, fue nunca decirle a Izayoi a quién era llevada, ella no se esperaba ser tratada con amabilidad después de ser etiquetada como amante de Taisho. Todo mundo dice que luchó por regresar con tu padre, pero yo sé que luchó por ti; porque ella quería verte de nuevo, tú eras lo único que mantenía su mundo en pie y perderte no estaba en su mente. Entonces, el imbécil que conducía el auto perdió el control y ambos murieron en ese accidente, mi padre jamás lo superó y dudo que algún día lo haga. Él odia a Inu No tanto como tu padre odia a mi familia. Ambas familias se culpan entre sí por la muerte de Izayoi, pero la verdad es… que fueron esos sentimientos egoístas lo que provocaron su muerte, lo seres humanos que no sabemos amar somos tóxicos cuando queremos hacerlo— una mueca de dolor apareció en el rostro de Kikyo —Herimos a quienes nos aman y amamos a quienes nos hieren. Al final, somos entes peligrosos.

Inuyasha se levantó con brusquedad, todo su cuerpo temblando y sus pensamientos hechos un caos total.

— ¿Cómo te has enterado?— preguntó.

—Tuve una discusión con mi padre, poco después de convertirme en tu esposa. Él me confesó la verdad y me acusó de traición. Yo no pude decirle a nadie, pero comprendí la reacción de tu padre cada que me veía, sus facciones siempre demostraron rechazo por la hija del hombre que le arrebató a su amada.

Él soltó una amarga carcajada. Las mentiras siempre formaron parte de su vida.

—Lo único que es real para mi es Kagome y tú estás sugiriendo que debo dejarla ir. Todos me han mentido y ahora quieren convertirse en mis consejeros. ¿Cómo pueden ser capaces de tomar las decisiones en mi vida y decirme que guarde silencio?— echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos imaginó su vida justo antes de que todo esto se descubriera. Se vio a si mismo con Kagome en Atami, recordó la última noche que estuvo con ella y el maldito día en que Kikyo le mintió con su embarazo. De pronto odiaba a todos.

—Si ambos nos esforzamos, lograremos recuperar nuestras vidas— sugirió nerviosa —Haremos un acuerdo, Kagome no puede negarte el ver a tu hijo y quizá sea posible que puedas decirle la verdad, no creo que tu hijo te rechace, yo…

—Basta, por favor— pidió Inuyasha —Guarda silencio Kikyo. Yo no puedo seguir escuchando tu voz. Mi corazón duele con cada palabra que dices y mi mente me insiste en apretar tu delgado cuello hasta que dejes de respirar.

Kikyo lo miró enfadada.

— ¡Estoy tratando de ayudarte!— exclamó enojada.

—No, solo estas tratando de excusar tus acciones— dijo con voz tranquila —Quieres que ambos continuemos encerrados en esta burbuja de paz cuando tú misma nos llevaste a este desenlace— suspiró —Me parece perfecto— murmuró —Si eres capaz de vivir con un hombre roto y vacío, haremos lo que mi padre y tú sugieren. Pero nunca podré ser el de antes. ¿Entiendes? Ese hombre murió el mismo día que alejaste a Kagome de mi lado y pasaré el resto de mi vida, culpándote por ello.

—Hacerte la víctima no hará que las cosas cambien. Yo también estoy haciendo a un lado al padre de mi hijo.

—No, tienes razón. No puedo ser la víctima, porque aquí, en esta historia, las únicas víctimas son ese hombre al que mentiste y Kagome, a quien yo herí.

Kikyo lo miró con renovado coraje y odio. Sin pensarlo un poco, preparó la palma de su mano para abofetearlo y luego, repentinamente se detuvo. Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas y ella rompió a llorar en un desgarrador lamento. Tenía miedo, un miedo estúpido, el mismo temor que tuvo cuando aún era una niña de quince años y vivía bajo el cuidado de su padre. Ella no fue capaz de revelarse contra las órdenes de Yuta Fukushima y era exactamente esta la misma situación; estaba permitiendo que su suegro decidiera por ambos, porque parecía ser la manera más segura de no sufrir.

—Lo… siento— sollozó, aferrando las tela de su ropa entre sus dedos.

Pero Inuyasha la ignoró, no porque así quisiera hacerlo, sino porque como había dicho, aquél hombre que en otro momento la habría consolado, ahora estaba enterrado en lo más oscuro y profundo de su ser. Estaba dejando ir a Kagome, por las pobres razones de su padre y las tontas excusas de su esposa. También, porque comprendía que él era la principal razón de que ella no encontrara la felicidad. Ya era suficiente de ser el constante obstáculo en su vida, ella merecía algo mejor, ella necesitaba ser feliz… sin él.

La primera noche que Kagome pasó en la mansión no fue confortable, ella debía compartir habitación con el hombre a quien estaba obligada a casarse y aunque el cuarto era enorme, ofrecía un ambiente estrecho cuando Sesshomaru estaba presente. Ella sentía la fuerte esencia de él en cada rincón.

Alzó su mirada y la enfocó en el apuesto caballero, los dorados ojos se clavaron en ella de la misma manera, pero Kagome no le temía.

—Me iré tan pronto tenga la oportunidad de hacerlo— afirmó —Ni tu padre, ni todo el dinero del mundo me detendrán.

—No pienso hacerlo— fue la escueta respuesta de Sesshomaru —Puedes intentarlo justo ahora y no moveré ni un dedo para evitarlo.

Kagome arqueó una ceja. Sus sospechas aumentaron.

— ¿Qué es lo que pretendes?— indagó.

Sesshomaru solo la observó.

—Piensa Kagome— despegó su mirada sobre ella y a cambió miró al cristal de la ventana, el color rojizo del atardecer se reflejó en sus dorados ojos, haciéndolos más intensos —Deduce mi plan, al parecer eres una chica lista.

La pelinegra evitó el contacto con aquél misterioso personaje.

—A decir verdad, no tengo idea de lo que planeas— encogió sus rodillas y las rodeó con ambos brazos —Pero es algo que va en contra de los deseos de tu padre, ¿cierto?— no recibió ninguna afirmación, ella llenó el silencio con un pesado suspiro — ¿No te preocupa que tu padre se enfurezca? Por lo que vi esta tarde, todos ustedes parecen preocupados de que el gran lord no sufra ningún disgusto.

Sesshomaru se acercó hasta ella, la gran cama de pronto pareció encogerse ante la cercanía de él.

— ¿Y a ti, Kagome?— preguntó con calma — ¿No te preocupa salir de esta mansión? ¿No temes convertirte en una prisionera?— irguiéndose en toda su altura la taladró con su fría mirada.

Kagome no respondió, a cambio le ofreció una mueca de disgusto.

—No me importará hacerte mi esposa— dijo, llevando su mano hacia el suave rostro —tu hijo no es un inconveniente tampoco, al final llevará los rasgos de un Taisho y eso es suficiente. Eres una mujer con una pequeña fortuna y un gran negocio, también eres potencialmente atractiva— sus ojos dorados se deslizaron hasta su pecho —Así que no encuentro ninguna desventaja de este matrimonio. Si tu preocupación es enfadar a mi padre, entonces quédate y asume tu lugar. Tampoco tengo intención de fastidiarlo, pero escucha con atención, elije cuidadosamente lo que quieres, no estoy dispuesto a ayudarte si al final no deseas casarte—. Los largos dedos de Sesshomaru atraparon un mechón oscuro de cabello, tiró de este con suavidad y luego lo liberó con desgana. Kagome era una tentación para sus sentidos, desde el primer instante en el que la conoció e incluso ahora; la palma de la mano le picó con urgencia, una necesidad insoportable de acariciar cualquier parte de ella. Cerró los ojos, aguantando el maldito impulso.

Ella escuchó cada palabra, las sospecha elevándose como un muro dentro de su mente, ¿podía confiar plenamente en Sesshomaru? ¿Qué diferencia existía entre ambos hermanos como para aceptar su ayuda? Recelosa negó en silencio. No confiaba en Sesshomaru, pero sin duda alguna era su última opción. Claro que bien podía hablar con Sango y pedir que la llevara lejos, llamar a su madre y regresar a Niigata o en casos muy extremos, volver al extranjero; pero, ¿no sería eso arrastrar a sus seres queridos al mismo problema? El padre de Inuyasha era temible, aunque en ella no provocaba el más leve sentido de terror, lo único que realmente preocupaba a Kagome era la posibilidad de ser alejada de su hijo. El hombre mayor prácticamente había dejado en claro sus intenciones si ella se negaba a permitir que su bebé creciera a su lado.

— ¿Cuál es el plan?— preguntó con un suspiro de derrota.

El dorado se enfrentó al café.

—Huir— fue la simple respuesta.

—¿Huir?— sorprendida clavó su atención en los movimientos de Sesshomaru —¿Ese es el gran plan? Si huir es tan fácil no necesito tu ayuda.

Él le dirigió un gesto fastidiado.

—Es fácil si sabes escoger el momento indicado, no servirá de nada correr hacia la puerta en este momento; eso sería estúpido.

—Bien, ya que eres el maestro en estrategias, comparte conmigo la idea— ella se cruzó de brazos, enojada e incómoda.

—Comportarte como mi prometida— las crudas palabras encendieron la furia en Kagome —Hasta el día de la boda, si hacemos creer a mi padre que has aceptado este acuerdo sin rechistar porque te conviene, él dejará de vigilarte. Bajará la guardia y podemos salir de este enredo, cada uno por caminos diferentes—. Sus últimas palabras consiguieron tranquilizarla un poco.

—Esperar hasta el día de la boda no es una buena idea, cuando ese día llegue ya será muy tarde huir.

Sesshomaru ignoró su tono quejumbroso.

—Mi padre creerá lo mismo. Sin embargo, creer que tienes a tu presa asegurada es un error, para asegurarte que nunca más escapará, deberás cortar sus piernas y sus manos— había crueldad en el tono del hombre que erizó la piel de Kagome. Cualquiera que fuera la razón por la que Sesshomaru era frío y calculador, ella no deseaba saberla.

Asintió en silencio, sus ojos pendientes de Sesshomaru.

—Pero eso no nos hace inmune a las consecuencias.

Sesshomaru parpadeó, regresando de algún tipo de trance.

—No hay nada que perder si eso es lo que te preocupa— afirmó con paciencia.

—Lo hay para mí, he decidido creer en ti y eso me coloca en una situación más vulnerable. Sé que no estás mintiéndome, confiaré en tu palabra y colaboraré contigo, pero sería adecuado recalcar que actuaré y que diré cosas que obviamente no pienso solo para que tu padre nos crea.

Él frunció su ceño.

— ¿Estás insinuando que puedo enamorarme de ti? — preguntó con la postura tensa.

Kagome se sonrojó.

—No estoy insinuando nada, estoy consciente que solo es una estrategia. ¿Pero qué pasaría si de pronto decidieras que todo se hiciera real? Yo estaría atrapada en un matrimonio y sería chantajeada por ustedes para evitar que huya.

Él la perforó con su mirada, leyendo todas las expresiones que ese rebelde rostro le mostraba. ¿Enamorarse? ¿Él? Casi deseo reír, aceptaba que ella era sexualmente atractiva y que su cuerpo rugía por tenerla, pero existía una amplia variedad de mujeres que podrían superarla sin esfuerzo.

—No seas vanidosa— se burló —Pero si ese fuera el caso, tú serías la beneficiada, tendrías un marido con apellido prestigioso y una vida llena de lujos. ¿No es eso por lo que las mujeres deciden casarse?

Esta vez quien frunció el entrecejo fue ella.

—No discutiré contigo sobre prejuicios en la sociedad, sería una clara pérdida de tiempo. Pero quiero tu palabra, no seré obligada a hacer algo que no deseo.

—Me parece un trato perfecto— aceptó, su voz en un murmullo ronco —pero supongo que aplicarás lo mismo para ti, no me gustaría terminar atado a un matrimonio sin obtener algún beneficio.

Kagome se sorprendió por su desfachatez, sus labios abriéndose en un gesto de indignación.

—No haría nada para excitar tus impulsos, solo actuaré. No tengo que fingir que me acuesto contigo.

Sesshomaru sonrió. Un gesto que a los ojos de Kagome solo logró hacerlo más atractivo. El recuerdo de su boca sobre sus propios labios la hizo estremecer, ella ya había sido besada por él y en ese momento, en el que el silencio se extendió dentro de la habitación, la tensión aumentó. Su cuerpo respondió al estímulo, el deseo se acumuló en su pecho y descendió por su abdomen hasta explotar entre sus muslos. La cruda necesidad de poseer a este hombre casi la hizo caer de espaldas. Estiró sus piernas y pasó la palma de su mano por su cuello, la incomodidad se profundizó. Sesshomaru dejó de mirarla, aquellos preciosos ojos se deslizaron por toda la habitación, evitándola. Ella se molestó. ¿Por qué era la única afectada por su presencia?

—Te dejaré mi habitación— su profunda voz le causó un respingo —Yo tomaré la de enfrente, si necesitas algo ve directo ahí— mientras hablaba Kagome detalló su garganta y la poca piel que el traje exhibía.

Asintió, las palabras nunca salieron; estaba concentrada en controlar la extraña reacción que ese hombre le causaba.

—Bien, cierra con seguro si no quieres ser molestada— fue su último aviso antes de dejarla completamente sola. El clic de la puerta al cerrarse llenó el ambiente para perderse en unos segundos. Kagome cerró los ojos, rodeando su vientre y liberando un largo suspiro.

Afuera, Sesshomaru se pasó la mano por el rostro; su postura rígida y la frustración bullendo como lava. Ni siquiera la había tocado más de cinco minutos y su cuerpo imploró atención. Las pupilas dilatadas de Kagome y la respiración pesada causaron que sus propios instintos se despertaran, saber que estaba a poca distancia de su toque tampoco ayudó con su resolución de mantenerse alejado. A este paso, terminaría aceptando de buena gana el compromiso y si nada lograba evitarlo, terminarían consumando la relación antes de llegar al altar.

Una vez que logró tener el control de sí mismo, se alejó de la habitación, sus pasos se detuvieron ante el sonido de la voz de su padre. Su cuerpo cambió de dirección, se acercó al barandal de la escalera y logró vislumbrar al amante de su cuñada. El joven de cabellos rubios se dejó arrastrar por los guardias de la mansión y fue echado a la calle; Sesshomaru se preguntó sobre las intenciones de su padre para con él, era obvio que planeaba usarlo, pero el cómo era un misterio.

La figura de su padre apareció poco después, llevaba el ceño fruncido y el cuerpo tenso, preso de los problemas que comenzaban a aumentar sobre sus hombros. Sesshomaru observó en silencio a su padre hasta que desapareció camino a la biblioteca. Su mente fue invadida por el desazón del plan que tenía entre manos, fallaría a su padre; pero a diferencia de Inuyasha, quien se guiaba por sus estúpidos sentimientos, Sesshomaru le demostraría a su padre que era él quien tenía el control de su vida. Como hijo mayor y como hombre, nunca permitiría que nadie impusiera reglas sobre las suyas propias, esa era su manera de vivir y haría que la respetaran.

—¿Por qué siempre soy la última en enterarme?— la aguda queja de Sango atrajo toda la atención de Kagome, ella se irguió de la tumbona donde momentos antes permaneció sentada y sonrió feliz por la inesperada visita.

—¡Sango!— gritó mientras envolvía a su amiga en un cariñoso abrazo. —¿Cómo supiste que estaba aquí?— preguntó, su sonrisa se opacó cuando la otra joven alzó entre sus dedos un elegante sobre de color azul. Kagome hizo una mueca.

— Te casas— afirmó con voz tensa —Y con Sesshomaru— finalizó cruzando los brazos.

—Eso es lo que parece— musitó en un tono avergonzado.

—¿Es lo que parece?— Sango casi gritó la pregunta —Déjame decirte lo que parece…

—Sango, no es lo que piensas, bueno si, pero es diferente— balbució sonrojándose.

Su amiga suspiró, guardó con tranquilidad la invitación dentro de su bolso y luego tomó asiento donde anteriormente Kagome estuvo sentada.

—Ya lo sé todo— Sango ofreció una mirada de consuelo a su amiga —Sé que es una medida para protegerlos, pero si estás siendo obligada…

—Nada de eso— interrumpió Kagome. Su mirada caoba echó un vistazo a la mansión para cerciorarse de que nadie las estuviera espiando, luego se acercó a Sango. —Podría decir que al principio fui acorralada, pero acepté la oferta del padre de Inuyasha a causa de la insistencia de Sesshomaru— relató, recordando la muda comunicación entre ella y quien supuestamente se convertiría en su marido. —No me casaré, no con Sesshomaru al menos, es solo una actuación.

Sango hizo un mohín, luego sonrió a su mejor amiga.

—¿Tienen un plan?— preguntó interesada, Kagome asintió. —¿Y qué pasará con Inuyasha?

Kagome agachó el rostro, confusa por las emociones que aún le provocaba el nombre del ojidorado.

—No lo sé— musitó —Ha regresado con su esposa y ambos abandonaron la mansión el mismo día que se anunció nuestra boda. Lo vi una última vez, pero no hubo diferencia. Al final, él siempre volverá a Kikyo…

Sango tomó la mano de su amiga, tratando de consolarla. Aquél joven rostro se veía agotado, pero aún permanecía un brillo de lucha en los ojos de Kagome. Pensó en la mirada que Inuyasha le había dado aquella mañana en la empresa, los ojos dorados se veían ausentes de vida, rendido a los acontecimientos; como si toda oportunidad de volver con su amada se hubiera acabado.

—Kagome… ustedes todavía...

—No importa— cortó a cambio, no queriendo escuchar más al respecto. Acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja mientras deslizaba su mirada hacia la enorme alberca, el color cristalino del agua la atrapó, hundiéndola en los acontecimientos recientes.

Una semana atrás, Inuyasha se había parado frente a las cámaras y sonrió mientras tomaba de la cintura a Kikyo. Kagome odió la forma en la que aquél gesto manaba con tanta facilidad de los labios masculinos, odió el porte galante de quien presumía amarla y aborreció que su rostro pudiera engañar a miles de cámaras, declarando el infinito amor que le tenía a su esposa. La pareja explicó con calma y sin dejar de sonreír, lo que para ellos fue un desagradable suceso. Ninguno de los dos la involucró en su historia ficticia, sin embargo, el nombre de Laurent fue del dominio público; el amante de la gran Kikyo fue acosado y señalado, como el único causante de la crisis matrimonial entre Inuyasha y Kikyo. Las personas sintieron empatía por el pobre Inuyasha Taisho, que amaba demasiado a su esposa como para aceptar a un hijo que no era suyo.

Para todos los demás, los valientes que preguntaron por Kagome Higurashi, la respuesta fue simple; ella solo era la secretaría de Inuyasha, pero novia de Sesshomaru Taisho, a quien toda la familia quería proteger manteniéndola en secreto. El día del supuesto escándalo, en el que fue señalada como la amante de Inuyasha y ella huyó del país, fue descartado con una breve historia de pelea entre los enamorados. La prensa discutió el asunto una y otra vez, debatiendo las fotos y lo que pudo haber pasado en el departamento antes de su huida a Francia, pero Inuyasha negó cualquier relación íntima y excuso a su futura cuñada.

Sin embargo, ningún periodista se creyó con facilidad esa historia. Por lo que el Taisho mayor, tal como prometió, se expuso ante la opinión pública y reveló el embarazo de Kagome, explicó cómo la reacción de Sesshomaru había sido de sorpresa, causándole a la pobre modelo un sentimiento de culpa. Para la familia era más importante la protección de la madre de un Taisho que los chismes que se suscitaran. Cada pregunta fue aclarada, Kouga y su reciente prometida fueron relegados de la historia, así que Kagome dejo de ser el centro del huracán y comenzaron las felicitaciones, la falta de pruebas dio más sustento a la explicación de su futuro suegro y el regreso de la pareja hacia un final feliz.

—Sé que eres una mujer fuerte, pero no te contengas— sus brazos envolvieron a la pelinegra, trayéndola de vuelta al presente —Si deseas gritar, llorar o maldecir; tienes todo el derecho de hacerlo. ¿Entiendes?

Kagome asintió.

—Gracias, aunque hay algo de verdad en aquello que dicen— sus dedos jugueteando con el anillo de compromiso que ostentaba su dedo —pueden golpearte muchas veces pero al final terminarás cansado de que lo hagan sin ningún motivo, entonces te pondrás tu armadura y regresarás cada golpe con más fuerza, te das cuenta que las lágrimas no ayudan y menos la autocompasión. Yo quiero esto— pestañeó, negándose a sí misma el llanto —Estoy cansada de ir tras de él y no recibir lo que necesito, si en verdad me ama, ¿no debería ser Inuyasha quien corra detrás de mí? ¿No debería presentarse el día de la boda y huir conmigo? Tengo un plan y me niego a seguir las órdenes de alguien. No hay nada que pueda atarme a esta familia. Inuyasha puede elegir lo que es más importante, pero eso no hará que yo cambie mi decisión.

—¿No estás aceptando hacer este drama para demostrarle a Inuyasha que ya no lo amas?— interrogó insegura —Te apoyaré en el camino que quieras tomar, pero creo que Inuyasha aun te importa, tanto para ser parte de este show; porque ni el mismo Inu No Taisho puede ordenarte hacer algo que tú no desees.

Kagome negó en silencio.

—Nunca dije que ya no lo amara, es solo que quiero seguir adelante— un suspiro exhausto salió de sus labios, sus pensamientos en lucha con sus emociones —Amaré a Inuyasha cada día de mi vida, pero vivir es inevitable, si no lo hago, la vida me arrastrará con ella y nunca podré disfrutarla como se debe.

—Comprendo— fue lo único que pudo decir Sango. Guardó silencio por un instante antes de volver a hablar. —¿Qué hay de tu familia? ¿Están al tanto de este asunto?— indagó. Un gesto por parte de la azabache fue la confirmación.

—Mi madre fue invitada a pasar un tiempo en esta mansión, se negó alegando una enfermedad de mi abuelo. Eso hizo desistir a Inu No.

—Inteligente— apremió Sango. Irguiéndose, tomó la mano de su amiga y la obligo a levantarse con ella. —Bien, ahora dime ¿cuál es el plan?

Kagome le devolvió la sonrisa, sus ojos iluminándose de nuevo.

— ¿Me ayudarás?— preguntó, apreciando las diminutas pecas que salpicaban la nariz de su amiga y las mejillas rosadas. Sango asintió, un instante perdida en aquella expectante mirada, el recuerdo fugaz de esta chica hace unos años invadió su memoria.

—Pateemos el trasero de esta familia Kagome, justo como lo hicimos a Kouga.

Kagome rio tan fuerte acompañada de la sonrisa de su amiga.

— ¡Hagámoslo!— gritó en acuerdo, elevando su puño. La libertad a un paso más cerca.

Kikyo fue testigo de todo el alboroto que se desarrollaba en la mansión; los meseros se movían entre los invitados ofreciendo lo mejor en bebidas y siendo atentos, su aun suegro sonreía casi deslumbrando a todo el mundo, Kagome y Sesshomaru, las estrellas de esta fiesta de compromiso, recorrían el salón entero en elegantes movimientos, agradeciendo la presencia de la alta sociedad.

Ella hizo una mueca de asco, sus ojos nunca abandonaron la radiante sonrisa que aquella mujer presumía. La odiaba, había luchado contra aquellos sentimientos desagradables que Kagome le inspiraba, pero no podía hacerlo. Todo mundo estaba pendiente de la afortunada mamá, de la espléndida y poderosa mujer que había logrado atrapar a Sesshomaru Taisho. La prensa adoraba publicar sus fotos y su historia, un cuento mal elaborado por Inu No y que gracias a su gran influencia, consiguió ser pulido para que la sociedad lo creyera. Kikyo aborrecía esta situación porque ella fue colocada en la peor posición. Como esposa de Inuyasha esperaba obtener un poco de calma, pero a cambio lidiaba constantemente con los comentarios cargados de odio hacia su persona y su hijo. Su padre furioso por sus actos, le había gritado, argumentado que gracias a ella ahora cargaba un letrero de vergüenza. La humillación logró superar incluso su matrimonio con Inuyasha.

Pero sobre todo, su amor hacia Laurent se convertía en constantes noches llenas de lágrimas. La tensión en su embarazo la mantenía agotada e Inuyasha no ayudaba con su papel autoimpuesto de víctima. Kikyo estaba harta.

—Deberías estar divirtiéndote y no frunciendo ese elegante rostro— la sigilosa voz cerca de su oído elevó su presión a niveles insuperables, ella giró tanto como su cuerpo de embarazada se lo permitía y sus ojos oscuros se clavaron inmediatamente en aquél personaje. Su boca se abrió solo para liberar un jadeo de alarma.

—No deberías estar aquí— gruñó furiosa.

—¿En serio?— se mofó a cambio —Me temo que no es lo que la invitación decía. Supongo que deberías reclamar a Sesshomaru, pero dudo que logres algún cambio, yo aún sigo siendo un socio mayoritario y mi presencia es importante.

Kikyo apretó sus puños. Aquella mirada rojiza la observaba sin disimulo, Naraku estaba en ese lugar solo para sumar otro malestar a su existencia.

—Inuyasha sabe lo de nosotros, si eres inteligente mantendrás tu distancia— advirtió la pelinegra.

—Entonces es cierto aquello de que han resuelto todos sus problemas— levantó su mentón y buscó entre la multitud —Pero no creo que acuda en tu ayuda, parece demasiado interesado en su futura cuñada, algo me dice que si no lo detienen brincara sobre ella, reclamándola— comentó sonriendo con autosuficiencia y luego detalló a la mujer que alguna vez fue su amante, Kikyo seguía siendo hermosa. La piel pálida solo la hacía más deseable, no importaba que ahora estuviera a unas semanas de convertirse en madre.

Ella le volvió a gruñir como amenaza, cosa que solo le causó gracia. La delicada gatita era toda una fiera. Orgullosa como él la conocía, decidió ignorarlo e ir en dirección a su esposo, su postura revelaba la tensión por la que estaba pasando y también logró darse cuenta del rechazo que Inuyasha demostraba hacia la modelo. Pobre mujer, mendigando cariño en el lugar equivocado. Si tan solo cambiara nuevamente su objetivo hacia él, complacido la consolaría por unas cuantas noches, así volvería a levantar aquél bonito y engreído mentón. Sin embargo, era una terrible lástima que ya no fuera considerado un buen prospecto, después de todo, dentro de pocos meses contraería nupcias con otra mujer y no podía manchar su reputación. Sonriendo por la hilaridad de las cosas, cambió su rumbo hacia sus socios en el mercado, permanecería una hora más en la fiesta antes de reunirse con su futura esposa.

Kagome fue consciente en el momento justo en que Kikyo se unió a su pequeño grupo y decidió acaparar la atención de Inuyasha. Ella desvió su mirada sobre la pareja y la enfocó al hombre canoso que sonriendo le contaba anécdotas de su juventud, pretendió escuchar todo acerca de las hazañas del hombre pero fue imposible mantener su concentración, en su lugar, sus oídos parecían decididos en evitar cualquier sonido ajeno a la conversación de Inuyasha. Cerrando los ojos se dejó arrastrar por la ronca voz de él, captando apenas un delicado murmullo. El meloso sonido de un beso logró hacerla reaccionar. La emoción se borró en su rostro, abrió los párpados y fingió estar atenta al sujeto frente a ella, desafortunadamente, las cosas se volvieron más incómodas cuando su mirada chocó contra los ojos dorados de Inuyasha. El anhelo en su rostro la instó a huir de ahí.

Ofreció una amable disculpa por cortesía y sonrió elevando su mentón. Sus audaces pasos lograron llevarla lejos de la fiesta, evadiendo con educación a sus recientes amistades. Se apoyó en una pared antes de retomar su camino hacia el jardín, sus pies tropezaron cuando una mano se envolvió en torno a su codo. La mano cálida de Inuyasha acarició la piel expuesta y descendió hasta atrapar entre sus dedos la mano femenina. Kagome lo miró sorprendida y asustada.

—Kagome— su nombre emitido en un suave murmullo. Ella tironeó de su brazo, preocupada de las pocas personas que los miraban. Esbozó una sonrisa fingida mientras su mano se deslizaba fuera de la de Inuyasha, su recién estrenado anillo se atoró entre los largos dedos de su ex amante y rasgaron la piel masculina cuando al fin pudo zafarse. Inuyasha hizo una pequeña mueca de dolor, pero fue tan fugaz que pasó desapercibida para Kagome. Él la observó en silencio, acariciando sus facciones con la mirada, grabando cada rasgo femenino en su memoria. La parte más impulsiva de su ser le exigía atraparla entre sus brazos y besarla, justo en ese lugar, donde miles de personas los verían; pero la débil y pequeña parte de su raciocinio, le gritaba que se detuviera, que la dejara ir. Sus puños se apretaron a su costado, el viento azotó mechones en su rostro y liberó algunos del recatado peinado de su amada.

Suspirando alzó su mentón y enfocó su atención en la oscura noche. —Felicidades— dijo, las palabras tan amargas sobre su lengua. Ella enarcó una delgada ceja. —Eso es lo que se espera que diga— susurró —Aunque lo que realmente quiero decir es…— la frase quedó suspendida en el aire, apresándolos a ambos.

—Ya lo sé— musitó para romper el silencio que se impuso sobre ellos —No tienes que decirlo y no quiero escucharlo.

—¿Estás segura de saberlo?— preguntó con una sonrisa triste.

—Si— asintió. —Me dirás que lo sientes, te disculparás por ponernos en esta situación— la mirada café impresa con un brillo de temor —No quiero escuchar decir que lo lamentas, porque entonces, estoy segura que te golpearé y toda la furia que estoy reprimiendo explotará, aquí, frente a tu padre y los cientos de socios que fueron invitados. No creo que desees ver a una Kagome destrozar su vestido y correr desnuda alrededor de los comensales.

Inuyasha sonrió, la primera sonrisa sincera desde hace mucho tiempo.

—Dios, claro que quiero verlo, correría detrás de ti— los dedos volvieron a hormiguearle de necesidad —Me arrancaría la ropa e iría en tu búsqueda, no me importará nada más.

—Eso es algo que ya no creo— dijo a cambio, tratando inútilmente de controlar su temperamento.

—Kagome— volvió a nombrarla. Inuyasha se percató del dolor que el rostro de su amada expresaba —Lo siento…

Ella dio un paso atrás, dolida por lo que aquellas palabras significaban. Para Kagome, la disculpa de quien por meses fue su amante y el hombre a quien amo, solo profesaban el arrepentimiento, la duda y la resignación de lo que vivieron. Una clara señal de la poca importancia que tuvo en la vida del Taisho menor. El odio se acumuló en su pecho y el resentimiento ganó. La palma de su mano picó con urgencia, una cruda necesidad de estamparla sobre la mejilla masculina.

—Dilo de nuevo— pidió, preparando su mano. Inuyasha negó, acercándose con calma.

—Kagome— la voz ronca de Sesshomaru interrumpió el momento, dio una mirada de advertencia a Inuyasha antes de tomar la delicada mano de su prometida. La joven pelinegra apenas fue consciente de que era arrastrada lejos de los murmullos y las miradas ajenas, el frío abrazó su piel y la hizo estremecer, el único punto de calor era el fuerte agarre que mantenía Sesshomaru sobre ella.

Los audaces pasos de Sesshomaru la llevaron más allá de los jardines, donde apenas una tenue luz los alcanzaba. La mano masculina haciendo demasiada presión sobre la delgada cintura y los ojos dorados impresos de la poca paciencia que tenía.

Los había visto, a ella y a Inuyasha juntos, cuando era de suponer que el estúpido de su hermano mantendría la distancia para evitar más rumores y aunque Kagome se veía reacia a aceptar cualquier contacto con su medio hermano, no era menos culpable por aceptar brindarle un poco de su atención. Sesshomaru pensó en ello por los pocos minutos, en los cuales permaneció observándolos en silencio. ¿Cuál debería ser la reacción de un hombre recién comprometido que se supone había encontrado a la mujer perfecta? Si actuaba como un enamorado celoso, las personas podrían malinterpretarlo todo y dar pie en la relación de amante jefe que Kagome e Inuyasha negaron nacionalmente, así que supuso, que dejarlos convivir bajo una atmosfera amigable calmaría cualquier chismorreo. Sin embargo, en lo más profundo de su ser, la llama de posesividad se alertó; orillándolo a cometer un error. Kagome le pertenecía, por un periodo corto, pero suya al final de todo.

Kagome se alejó del contacto cálido, suspiró agotada y luego se permitió relajarse. Sonrió a la oscuridad, aspirando la débil fragancia de los árboles de cerezo y los rosales. Sus ojos buscaron a Sesshomaru, quien parecía sumido en sus pensamientos. Aunque Kagome no lo demostrara, estaba agradecida por la intervención de ese hombre, de lo contrario, habría hecho un escándalo golpeando a quien se supone sería su cuñado.

Chocó las palmas de sus manos y las levantó sobre su cabeza, arqueando con delicadeza su cuerpo, escuchó algunos huesos crujir e hizo una mueca. Sin importarle si algún espectador la miraba desde la mansión, se dejó caer al suelo húmedo y tiró de los altos zapatos que usaba, acarició un pie antes de lanzar el par de tacones hacia el jardín. Con una risa espontanea se acostó de espalda sobre el césped y estiró ambos brazos a su costado. Sesshomaru escuchó el sonido de su risa, giró y enfocó su atención en la mujer a quien debía proteger. Su ceño se frunció al verla en el suelo y luego una sonrisa se dibujó sobre sus labios.

Maldita ella, porque estaba provocándole sentimientos que se negaba fuertemente a aceptar.

—Arruinarás tu vestido— fue lo único que se le ocurrió decir.

—No importa— susurró ella, sus parpados cerrados —Puedo conseguir uno mejor y por un precio menor al de este— sonrió —Además, no era tan bonito.

El caballero de mirada dorada se acercó con pasos lentos, la miró desde su altura y prestó atención en los delicados gestos de la chica, los labios y las largas pestañas. Haciendo caso a esa parte estúpida de su cabeza, tomó asiento a lado del cuerpo femenino. El dulce aroma emanando de la piel de Kagome lo tranquilizó. Una vez que Kagome siguiera su camino, se llevaría con ella esa parte de él que estaba sedienta por su amor y eso, podría solo significar, que Sesshomaru Taisho había entregado lo último que quedaba de su frío corazón. Volvió a sonreír mientras su mirada se perdía en los diminutos detalles que la oscuridad permitía observar; justo en este momento, en ese lugar, decidió que nunca la olvidaría. Detendría el tiempo para conservarla por siempre.

Kagome giró de lado, vio los largos dedos de Sesshomaru apoyados sobre la húmeda hierba y no pudo evitar tocarlos, la caricia fue suave y lenta, siguiendo las líneas donde sobresalían sus venas y ascendiendo hasta tener toda la palma de su mano sobre la del hombre. Sus dedos se enterraron en la piel, presionando con poca fuerza; como si agradeciera su apoyo. El pulgar de Sesshomaru atrapó su dedo índice, regresando la caricia con delicadeza. Giró su mano y la encajó con la suya propia, una sonrisa se le escapó al verse atrapada. Alzó el rostro, sus ojos cafés chocaron con la intensa mirada dorada, hubo un suspiro y luego… la cabeza de Sesshomaru descendiendo, la boca masculina cubrió la femenina en un casto beso, Kagome cerró los ojos al sentir el roce, parpadeó antes de atreverse a envolver sus brazos alrededor del cuello de su prometido, rompiendo el contacto de sus manos pero acercándolo más a su cuerpo. Hubo un gemido, luego más intensidad, el beso se volvió largo y profundo, ella jadeó cuando lo sintió presionar las manos sobre sus caderas, Sesshomaru la miró una vez más antes de volver a besarla y Kagome supo, que estaba perdida, porque por mucho que amara a Inuyasha, no podría alejar a este hombre de ella. Sesshomaru se había convertido en su refugio y a pesar de la indiferencia con la que siempre trataba a todos, Kagome estaba ansiosa por descubrir hasta donde podía arder aquella pasión que se reusaba a liberar.

La cálida lengua de Sesshomaru jugó con la de Kagome, acarició los costados del cuerpo femenino, delineando las curvas de ella, sometiéndola a su placer, deleitándose con las sensaciones que ella le causaba. El poco control que aún mantenía rugía por ser liberado, su cuerpo comenzó a tensarse por la necesidad y su raciocinio se nubló.

—Sé mía— las palabras sonaron roncas y con brusquedad, rompiendo el momento —No huyas y conviértete en mi esposa– la mirada café lo analizó, Kagome parecía confundida y desorientada. Un intenso rubor cubría ambas mejillas, deleitándolo a pesar de la oscuridad.

–Sesshomaru— murmuró ella, aun agitada por el beso. —Yo…

Él no esperó a que Kagome terminara lo que fuera a decir, su mano ahuecó su rostro y nuevamente sus labios tomaron posesión de la boca de la joven, dejando que sus palabras fueran opacadas por las sensaciones que aquél contacto les daba.

Miroku encontró a su amigo oculto en uno de los balcones, la mirada color ámbar desafiaba la oscuridad de la noche, como si con eso, pudiera vislumbrar a la pareja que hace unos minutos se había internado en ella. Observó con pesar la expresión asustada y preocupada de Inuyasha, la lucha interna que parecía mantener al margen con el fin de no lastimar a Kagome y la desesperación por salir de esta situación.

—Inuyasha— lo llamó alzando la voz por encima de las voces a su espalda.

El ojidorado solo le dedicó un gesto de pesar, agotado como estaba, ya no tenía emociones por mostrar.

—¿Qué quieres Miroku?— fue su escueta respuesta.

—Dudo que hurgando en la noche puedas lograr que ella vuelva a ti.

—Lo sé, pero necesito verla— soltó en un suspiro —Hay una maldita necesidad que me consume, que me quema y la cual está destruyéndome. Al final, no soy tan valiente como creí, no soy capaz de llegar a ella.

Miroku vio exhausto la actitud del ojidorado, él no tenía la respuesta a este problema pero sabía que Inuyasha estaba dejando que las cosas sucedieran de acuerdo a la voluntad de su padre; permitiendo que Kagome fuera arrastrada y eso estaba mal. Los problemas se habían posado sobre los hombros de su amiga y aunque era una mujer fuerte, era demasiado. Inuyasha era la razón por la cual Kagome estaba fingiendo un compromiso y aun así, no lograba llamar la atención del hombre a quien amaba.

—¿Tienes un plan?— preguntó intrigado.

Inuyasha esbozó una sonrisa irónica.

—Me temo que no, ninguno que funcione— contestó. La mano le ardía, ahí donde el maldito anillo de Kagome le había cortado minutos antes. —El único plan que tengo es tomarla sobre mi hombro y huir, correr tan lejos sea posible y sin miedo a ser atrapados. Seguir corriendo hasta que el día de la boda haya pasado y pueda sentirme seguro de que nadie podrá arrebatarme a Kagome.

—Es un buen plan— acordó el pelinegro, sus ojos azules inspeccionando el contenido de su copa.

—No lo es— contradijo Inuyasha —Tan pronto mi padre se dé cuenta nos dará caza. Estoy siendo vigilado, cada gesto mío, acción o palabras son evaluados por mi padre y Sesshomaru. Saben que tengo en mente abandonar todo solo por tener a Kagome, pero la única que parece ignorarlo es ella. Kagome piensa que sonrío por apariencia, por placer a mi situación y felicidad de volver a mi antigua vida; ella no sabe que aunque mi brazo rodee la cintura de Kikyo en quien pienso es en ella—. Suspiró, su mirada color ámbar enfocada entre sus dedos, la sangre manchaba ya la palma de su mano —Kagome hace ese bonito mohín con sus labios y enchina su naricita causando que mi estómago se contraiga, que mis pensamientos se disparen y que una estúpida sonrisa bobalicona se funda en mi cara. Pero no piensa que la única que me provoca caer al suelo sobre mis rodillas y lamer el piso por el que camina es ella, solo ella. La amo tanto que duele, la amo demasiado que no soy capaz de vivir día a día sin su simple presencia. La amo y haría todo por estar cerca, aunque eso signifique verla casada con Sesshomaru.

— ¿Qué pasará entonces si ella termina enamorada de tu medio hermano? ¿Qué es lo que harás si deciden llegar al altar?— indagó, sin percatarse de su tropiezo en hacer la segunda pregunta.

Inuyasha giró su rostro, toda su atención fija en el ojiazul.

—¿A qué te refieres con llegar al altar?— cuestionó, dándole más importancia a la última pregunta que al problema de ver enamorada a su Kagome de su hermano.

El otro hombre comprendió su error y tosió fingiendo demencia. Evitó dar explicaciones mientras se permitía ver la ligera silueta de algunos arbustos.

—Miroku— nombró Inuyasha con un tono impreso de advertencia. Un tono que hizo comprender al marido de Sango que no saldría inmune si evitaba contestar.

—Es solo una suposición, podría suceder que Kagome tenga un plan— dijo sintiéndose un verdadero traidor. Sango iba a matarlo.

Inuyasha se percató de que las cosas parecían extrañas. Era idiota, él lo aceptaba, pero aún conservaba un poco de astucia e instinto.

—No se casará— afirmó, la seguridad de aquella frase entibió una parte muy profunda en su corazón que parecía ya muerta. La esperanza se impregnó en su mirada y llevó un arranque de euforia a todo su cuerpo. —Ella no se va a casar, no lo hará… Kagome piensa huir.

Miroku deseó morderse la lengua.

—No se supone que supieras eso— dijo arrepentido —Tienes que hallar la forma de ir por ella sin utilizar su plan, crea uno propio y lucha por Kagome.

Inuyasha pareció enojado en cuestión de segundos. Su boca se abrió para decir algo, pero ninguna palabra fue emitida, al final, el ojidorado pasó de largo a Miroku con un objetivo en mente. El pelinegro de ojos azules se quedó estupefacto por esa reacción, sin saber qué hacer o qué pensar. Acababa de revelar el plan que, con tanto esfuerzo, Sango le confió.

Al instante en el que entró, la ola de miles de voces lo abrumaron, las personas se habían dispersado en pequeños grupos pero las conversaciones eran un solo ruido en conjunto; eso logró fastidiarlo aún más. Inuyasha buscó entre la multitud a una sola persona, la larga y lisa melena logró atrapar su mirada, con agilidad se hizo camino hasta la mujer que ostentaba un elegante vestido en color escarlata, adecuado para los meses que tenía de embarazo. Se acercó sigiloso, atrapando en un fuerte agarre el brazo de quien aún era su esposa y prácticamente la arrastró lejos del par de mujeres que lo miraron sorprendidas. Él sonrió a cambio, para tranquilizarlas.

Kikyo se sintió extrañada cuando Inuyasha casi la llevó colgando de su brazo hacia la habitación que compartían, al menos en esa mansión, ya que en su casa propia Inuyasha permanecía recluido en la habitación para visitas. El dolor en su piel se presentó poco después de que su esposo los encerrara a ambos dentro de la pieza, ella le dirigió un gesto lleno de fastidio y coraje. Últimamente todo mundo parecía querer tratarla como una basura.

—¿Puedo saber qué rayos te pasa?— acarició con calma la marca rojiza que dejaron los dedos de Inuyasha.

—Te necesito— fue su única declaración y Kikyo casi cae de espaldas sorprendida.

—¿Estás de broma?— casi gritó —Después de tu maldito rechazo por semanas y ahora quieres tener sexo. ¿Acaso estás loco?

—¡No! ¡Maldita sea!— exclamó con horror Inuyasha, apuñalando el ego de la ex modelo —No pienses en ridiculeces.

Ella bufó.

—Me traes a rastras y dices que me necesitas, no encuentro otra explicación a este arranque tan efusivo de pasión.

—No es pasión Kikyo, no malinterpretes— aclaró —Necesito que firmes el divorcio— la finalidad de aquella frase dejó helada a la pelinegra.

—¿Qué dices?— preguntó llena de confusión —Pensé que habíamos llegado a un acuerdo, creí que querías conservar la totalidad de la empresa.

—No la quiero, no te quiero y no quiero este destino— su voz llena de firmeza la asustó.

—Bien— dijo —Vayamos a discutirlo con tu padre para saber su opinión sobre esto— condujo sus pasos hacia la puerta, dispuesta a retener a Inuyasha, no por amor sino por bienestar.

—No, mi padre quedará fuera de esto. Es mi vida y la tuya, he decidido renunciar a todo y eso me convierte en un ser libre.

—No estás tomando en cuenta mi decisión— reprochó —Si tengo el apoyo de tu padre, entonces necesito decirle lo que quieres hacer.

—Me temo que no es así, mi padre no piensa en ti— la crueldad se esparció con amargura en la voz de Inuyasha —¿Acaso no lo sabes?— preguntó —Mi padre ha enviado al padre de tu hijo devuelta al extranjero.

Kikyo se tensó. Sus delgados dedos temblaron.

—Mentira— pronunció aferrándose a la promesa de su suegro.

Inuyasha negó.

—Tenía planes para él. Así como ha dado la mano de mi mujer a mi propio hermano, mi padre hizo que aquél hombre se comprometiera con otra joven y durante el tiempo que permanecimos aislados, la noticia se esparció como pólvora. Tal parece que esa fue la única condición para que pueda mantener el contacto con su hijo. Inu No Taisho se encargó de eliminar la única amenaza que podría arruinar su plan

Kikyo negó con múltiples movimientos de cabeza.

—¿Por qué no lo sabía?

—Porque estábamos más preocupados por hacer de este espectáculo un éxito que evitamos mirar a nuestro alrededor. Estoy a punto de perder a Kagome para siempre porque creí en aquello de dejarla ir para que fuera feliz— declaró, su cuerpo sin eliminar una postura rígida. —Ahora sé que si en el pasado mi padre fue un buen hombre, eso quedó sepultado el mismo día de la muerte de mi madre. No esperes que él no te apuñale, mi padre ya no es un ser misericordioso.

La mujer de ojos oscuros cayó sentada sobre el suelo, estática y con los pensamientos hechos un lío. Ella se sintió culpable, dejó en manos de su suegro a Laurent, huyendo aquél día de la habitación y deseando la paz mental de regreso con su esposo. Nunca se esperó que Laurent fuera amenazado y menos que el padre de Inuyasha le impusiera una condición. Tampoco hizo ningún esfuerzo por contactarlo y preguntar si se encontraba bien. La última vez que vio a su amado fue el mismo día que toda la verdad se supo.

De pronto no solo la culpa la invadió, la ridiculez de su espantoso llanto por las noches y el anhelo parecía una cruel broma. ¿Qué carajos estaba mal con ella?

—Puedes dudar de mi palabra— interrumpió el menor de los Taisho —pero no me detendrá, quiero que nos separemos. Yo trataré de llegar de nuevo a Kagome y tú, deberías hacer lo mismo con el hombre a quien dices amar.

Inuyasha exhaló un suspiro cansado, antes de abandonar la habitación con su futura ex esposa dentro.

Sesshomaru lanzó un suspiro al aire, el vaho de su aliento perdiéndose en la oscuridad nocturna y el aire helando más su piel, la camisa blanca se adhería a su espalda, estremeciéndolo. Apretó sus dedos alrededor de los delgados de la mujer, a quien hace unos minutos besó por casi una eternidad. Los pasos de ambos eran pausados, cada uno perdido en sus pensamientos.

En su otra mano, colgaba el par de zapatos de tacón que la ex modelo arrojó y por los cuales, él tuvo que internarse entre los arbustos para encontrarlos. Los pies de Kagome hacían un suave ruido al pisar el césped, él se preguntó si la humedad de la hierba no la fastidiaba. ¿Acaso era más cómodo ir descalza que usar los altos tacones?

—Estamos cerca de la mansión, no es necesario que siga llevando esto— dijo interrumpiendo sus absurdas preguntas y señalando el saco en color gris que llevaba sobre los hombros. Sesshomaru negó sin dejar de mirarla.

Las luces de la mansión iluminaron el rostro de la mujer. Sus pasos se detuvieron una última vez, deteniendo a Kagome y sin previo aviso se inclinó para dar un último beso a esa deliciosa boca. Los largos dedos acariciaron la mejilla rosada y descendieron hasta colocarse sobre los labios rojos, delineando el brillante color y dejando una mancha sobre su pulgar.

—Lo que dije hace un rato— su ronca voz quedó suspendida —piensa en ello hasta el día de la boda. Si decides quedarte, podemos hacer que funcione y si aún deseas ser libre… te dejaré marchar.

Kagome asintió en un sutil movimiento.

Sesshomaru retomó el camino con ella aún sujeta de su mano.

Distintas miradas que se posaron sobre la pareja, una vez que entraron de nuevo a la mansión. Algunos se mostraron satisfechos por la repentina desaparición de los anfitriones y otros tantos recelosos, aun sin creer que existiera un romance. A su lado, Kagome se tensó y un intenso rubor tiñó ambas mejillas, los invitados aplaudieron al captar aquello, haciendo que los nervios de la joven aumentaran. Sesshomaru, al contrario, mantuvo su porte frívolo y la misma actitud de indiferencia con todos. Dio una reverencia como gesto de disculpa y sin soltar a su prometida, la llevó lejos de aquellas personas.

Kagome le agradeció una vez que estuvieron frente a su habitación. Sesshomaru le devolvió el gesto, en una sonrisa más suave y elegante. La primera sonrisa que fue dirigida a ella con un pequeño atisbo de sentimientos. La puerta se cerró con un ligero clic, dejándolo afuera. Él se quedó pensando, ahí, en ese solitario pasillo. La calma, por primera vez, agitada por una sensación nueva y en cierto grado, extraña.

Él, quien juró nunca amar a nadie, estaba considerando a Kagome como la mujer perfecta, su mujer perfecta y aunque quisiera negarlo, lo asustaba. Inspeccionó su dedo, donde el brillo del labial permanecía aferrado a su piel, demostrándole, que nada de lo que pasó hace unos minutos fue un sueño. Llevó su pulgar a sus labios y rozó con este sobre su boca, antes de saborear la pintura artificial; la parte con más raciocinio en su mente se burló de él y eso lo molestó, enojado porque las cosas se salieran de sus manos, frotó con rudeza su dedo índice y pulgar, en un fracasado intento por borrar aquella huella roja.

—Sesshomaru— su nombre fue emitido en un débil murmullo. Sus ojos dorados buscaron al culpable. Rin lo miraba desde el otro extremo del pasillo.

El café se enfrentó al ámbar en un mar de preguntas, deseando explicaciones.

—¿Qué haces aquí?— fue la ruda bienvenida, la chica se conmocionó por aquél tono.

—Quería verte— contestó, sin permitir que los nervios la atacaran —Pensé que me extrañabas.

El ojidorado no lo negó, pero tampoco lo aceptó.

—Teníamos un acuerdo— su repuesta llevaba el tono impreso de frialdad. Él nunca había contestado de esa forma después de que comenzaron a salir. Si bien, Sesshomaru casi le llevaba diez años, jamás fue tratada como la colegiala que todos creían que era. La relación entre ambos empezó de una manera ridícula y ella sabía que no sería fácil tratar con un hombre al que le enseñaron a odiar, sin embargo lo logró, con amor y paciencia Sesshomaru la aceptó en su vida. Pero ahora, después de ser testigo de aquella escena, se sintió penosa. Los casi dos años que llevaban saliendo, de pronto parecieron deshacerse en cuestión de minutos; la mujer de Inuyasha, o quien se supone amaba a Inuyasha, había robado más besos de aquella boca en una sola noche que ella en todo ese tiempo. La voz interna le gritó que no regresarían a estar juntos, porque en la mirada dorada encontró una decisión firme y desgarradora… Sesshomaru quería a esa mujer.

—Prometiste solucionarlo— musitó en reproche. Sesshomaru enarcó una ceja, sus manos escondidas en los bolsillos de su pantalón, aunque el gesto llegó tarde. Rin sabía que el lápiz labial de Kagome manchaba los dedos de su amado. —Te casas en menos de una semana— recalcó. El ojidorado se mantuvo en silencio. La joven mujer fue paciente, no lograría nada reclamando.

—Vete Rin— ordenó —Te llamaré una vez que todo siga su curso.

—¿En serio?— bufó —¿Quieres decir que me llamarás cuando esa mujer ya sea tu esposa? ¿Cuándo irremediablemente sepa que te he perdido?— aferrándose a su propio orgullo hizo las preguntas con tranquilidad —¿Acaso ya no te importo?

—Me importas— confesó Sesshomaru —Pero la quiero, deseo que Kagome se convierta en mi esposa. Te protegeré, pero es todo lo que estoy dispuesto a darte. Oficialmente, terminemos con esta relación.

Los labios de Rin se abrieron por la conmoción. Un jadeo expresó su desacuerdo.

—No— dijo —Yo te amo.

Sesshomaru suspiró, un gesto que demostró lo agotado que estaba. Sin tomar importancia al drama que la muchacha comenzaría, dio media vuelta y se internó en su propia habitación.

Rin miró el vació lugar donde Sesshomaru estuvo, sus piernas casi fallando. Por un momento, quiso gritar su desacuerdo, pero se calmó. Pensó en la actitud de su amado, en los eventos recientes y en sí misma. Los brazos le colgaron inertes a los lados, ella vio el estúpido chaleco de estambre que vestía y la ridícula falda en color café que apenas alcanzaba sus muslos, comparada con aquella pelinegra, ¿quién era ella? Solo una alumna de preparatoria, una jovencita que en un año entraría a la universidad y si tenía suerte, sus pechos se desarrollarían dos tallas más. Las lágrimas nublaron su visión y emitió un sollozo antes de acallarlo con el puño. La derrota parecía tan extraña para ella, quien constantemente luchaba por sus objetivos; pero aquí, donde un Sesshomaru maduro y decisivo participaba, ella era solo una niña asustada.

Con el corazón roto y las mejillas empapadas, salió de la enorme mansión, apenas siendo notada por algunos invitados.

Inu No se percató de la huida de la chica, que por mucho tiempo ostento el título de novia de su hijo mayor, la muchacha llevaba cubriéndose el rostro y a pesar de su desacuerdo por hacer a una mujer llorar, se alegró de aquello. Eso solo significaba que su plan estaba tomando el rumbo perfecto, Inuyasha lo odiaría y quizá en un futuro Sesshomaru también, pero era un bajo precio por mantener a salvo a su futura nuera y a su nieto. Alegrándose un poco el suceso, se acercó a un grupo de conocidos y continuo sonriendo, durante esta noche y hasta el final de la semana, mantendría una sonrisa amable y sincera. Después de todo, había eliminado cada obstáculo que pudiera estropear la boda de Sesshomaru.

La mañana de aquél día tan especial, amaneció fría y un poco nublada, quizá en un presagio de que era una pésima idea realizar una boda. Para ella, el reflejo de sus confusos sentimientos; la falta de voluntad por elegir la opción correcta. Kagome acarició el anillo en su dedo, sus dedos sintiendo el frío metal. Frente al espejo se observó en tan solo su lencería color perla, el delicado sostén con encaje a juego con las diminutas bragas y los ligeros de las medias que cubrirían sus esbeltas piernas. Su vientre apenas sobresaliendo unas pulgadas, ella lo acarició con amor.

Su cabello estaba suelto, enredado en sus característicos rulos y esparcido levemente sobre sus senos, apenas alcanzando el detalle de listones en su lencería. Inspeccionó su rostro libre de maquillaje y el gesto triste que su reflejo le mostraba, atormentándola con los recuerdos de los recientes días. El beso de Sesshomaru, o mejor dicho, los intensos besos del hermano de Inuyasha, la pasión con la cual había amenazado derrumbarla y adueñarse de ella. Kagome temió a esos sentimientos traidores que se instalaban como una daga sobre su corazón. Se negaba rotundamente a sentir algo más por su falso prometido y de quien se supone, en unas horas estaría huyendo, ambos hacia rumbos diferentes. Aunque poseía la segunda opción, ir tras de él y escapar lejos de la opinión pública, explotar la peligrosa atracción que existía entre ellos y por qué no, vivir juntos si las cosas funcionaban. Kagome suspiró confundida y molesta.

La puerta se abrió entonces, sobresaltándola; Sesshomaru la miró con apreciación y sin pudor, devorando con su mirada ámbar cada pedazo recóndito de la imagen frente a él, amando la belleza femenina y anhelándola. Kagome no trato de cubrirse, no porque las cosas hubiesen cambiado en su falsa relación, sino porque en lo profundo de su mente, sabía que esta sería la última vez que él podría mirarla de esa manera.

—Se supone que no debes ver a la novia antes de la ceremonia— bromeó esbozando una sonrisa, su gesto fue ignorado por parte del hombre. Sesshomaru la taladró con aquél invasivo escrutinio.

—¿Sabes dónde estaré?— inquirió con la voz ronca. Kagome dio su afirmación con un movimiento de cabeza, un leve sonrojo se esparció por todo su rostro y descendió sobre sus pechos, atrayendo la atención de Sesshomaru sobre ellos. —Te esperaré, si decides ir conmigo llega antes de que acabe la hora, de lo contrario subiré a ese avión sin ti.

Kagome se acercó a él. Colocó la palma de su mano sobre la mejilla de Sesshomaru y le sonrió. Ambos se besaron, fue un contacto corto y débil. Dejándole en claro su firme decisión.

—Gracias— musitó Kagome. Él enarcó una ceja y posterior a eso, le dio la espalda. Era inútil mantener la esperanza, pero tenía permitido creer que ella lo elegiría.

—No soy Inuyasha, recuerda eso; yo no me ahogaré por ti. Pierde esta oportunidad y no tendrás otra— la frialdad en su voz erizó la piel de la pelinegra.

Ella asintió, la puerta se abrió una vez más y Sesshomaru desapareció. La habitación se llenó del silencio y el elegante perfume masculino. Las cuatro paredes de pronto se aferraron a su alrededor. Esto era lo mejor, Sesshomaru entró en su vida por unas semanas y agitó como un huracán su mundo, pero no tan fuerte como el desastre que era Inuyasha en su vida. Al final, su amor por el menor de los Taisho era más grande que cualquier descubrimiento de nuevos sentimientos. Kagome presentía que siempre volvería en busca de Inuyasha, como un méndigo rogando alimento; a pesar de que aparecieran miles de hombres que sacudieran su cuerpo, estaba totalmente jodida por Inuyasha Taisho. ¡Jodida por un imbécil!

Mirándose de nuevo al espejo, apreció la tristeza en sus ojos y la luz de lucha que perseveraba dentro de ellos.

—¿Qué estás haciendo?— susurró para ella misma.

Sango hizo su entrada triunfal unos minutos después, interrumpiendo la marea de sus pensamientos, le sonrió y la ayudó a prepararse para el esperado evento.

Las manos ágiles de su amiga se dispusieron a maquillarla y elaborar un delicado peinado, relajado y fresco para acentuar los rasgos más inocentes de la azabache. Kagome se dejó hacer, a pesar de que en unas horas ese esfuerzo no valdría la pena, solo sería el despiste perfecto para la prensa que estaría esperándolas al salir de la mansión.

El elegante vestido blanco la dejó boquiabierta, si bien era cierto que ella no lo había elegido, no por eso resulto ser horrible. Su suegro se había empeñado en escoger lo mejor y acorde a su figura para este día. Sango la ayudó a pasarse la suave y esponjosa tela por el cuerpo, atando listones y acomodando el encaje que apenas escondía la piel de su espalda, un ancho listón en color cobalto se ciñó a su ya no tan delgada cintura, permitiendo que la larga falda se esponjara alrededor de sus caderas. Los ojos caoba descendieron sobre la tela transparente que caía desde su abdomen hasta cubrir sus pies, sobre esta, había pequeñas flores bordadas en lo que parecían ligeras plumas aferradas al vestido. El corte de corazón sobre su pecho, dejaba admirar los exuberantes senos que poseía, una pequeña franja de encaje apenas acariciaba la piel por encima de ellos. Más tela transparente afirmaba el vestido sobre sus hombros, con delicados detalles que hacían casi invisible aquellos tirantes. Kagome se admiró, con los labios más rojos que nunca y con el rostro llenó de felicidad. Sería una terrible perdida deshacerse del bonito vestido.

Su amiga la sacudió para traerla al presente, le sonrió en comprensión y luego la abrazo, cuidando de no arrugar la obra de arte que Kagome lucía.

—Estás más hermosa que nunca— dijo con la voz estrangulada por las lágrimas. Kagome la confortó.

—Deberías tomar una foto, quizá sea la única y última vez que me veas así— bromeó. Sango meneó la cabeza.

—Dentro de unas horas habrá más de mil imágenes circulando en la red, robaré una de ahí.

Kagome rio.

—Bueno, hora de partir— informó. La joven novia se calzó los tacones y tomó un profundo respiro antes de sonreír y salir. La mansión ausente de movimiento solo logró ponerla nerviosa, todos los invitados estaría esperando en el hotel que su suegro había reservado por tres días para la boda de su futura nuera. Kagome se sintió torpe, abajo un joven con uniforme le sonrió y se inclinó a modo de saludo. Ella le devolvió el gesto, complacida por el apoyo.

Sesshomaru, iría delante de ella por diez minutos, haría algún movimiento confuso y se perdería antes de llegar al lugar de la recepción. Nadie se percataría de su falta, pues se suponía que ambos serían llevados a distinta partes del hotel antes de la ceremonia para alistar los últimos detalles, el único problema sería la prensa, las cámaras podrían acaparar la falta de los novios y en un segundo, convertirlo en un escándalo de máxima potencia.

—Empecemos— expresó, caminando con elegancia hacia el elegante automóvil clásico.

Una vez que sus pies tocaron el camino de la entrada, miles de flashes y cámaras la enfocaron, los pocos periodistas que habían seguido el auto de Sesshomaru no regresaron, pero no hicieron menos el grupo de prensa que se peleaba por la mejor y primera imagen de la novia. Kagome se acomodó dentro del vehículo con Sango a su lado. La puerta se cerró en un agradable sonido, dejando todo el alboroto fuera de este, aquél joven ocupó el lugar frente al volante que le correspondía y volvió a sonreírle a Kagome antes de encender el carro. El motor rugió a la vida y el coche siguió su trayecto.

La prensa persiguió el auto por unos minutos, algunos periodistas subiendo a sus propias camionetas y tratando de seguirlos. Kagome vio a través del vidrio polarizado a algunos curiosos transeúntes, ignorantes al hecho de que Kagome Higurashi se casaba. Hecho que no fastidio a Kagome. Si menos gente se interesaba, mejor.

—¿Dónde esperará Miroku?— indagó la joven novia.

—En la siguiente intersección— tranquilizó la castaña —Eso servirá para perder a los periodistas.

Kagome asintió satisfecha. Su amiga le tendió un largo abrigo en color negro, el cual ayudaría a esconder el extravagante vestido.

El auto se internó entre el tráfico, con calma se detuvo detrás de un enorme camión y posteriormente logró rebasarlo, dejando atrás un par de camionetas de la prensa. Su chofer inspeccionó el espejo retrovisor antes de tomar la decisión de desviarse de la ruta trazada, la habilidad con la cual el joven estacionó el auto dejó impresionada a Kagome, pero no pudo agradecerlo en cuanto Sango abrió la puerta de su lado y Kagome tuvo que seguirla haciendo lo mismo con la suya. Dos segundos después, el precioso vehículo clásico, retomó su lugar dentro de la avenida, como si nunca se hubiese salido de esta y continuó su trayecto con los despistados periodistas detrás de él. Kagome se ocultó entre las paredes de un edificio, Sango la jaló de su mano, guiándola por entre calles y unidades habitacionales, al final de la última calle, un coche en color azul esperaba a sus pasajeras. Kagome subió sin percances, seguida de Sango e inmediatamente, Miroku tomó el control y se alejó en la dirección contraria al que tomó el chofer que llevaría a la novia.

—Siento lástima por ese muchacho— dijo Kagome, después de un largo silencio, producto de la adrenalina que todo esto le causó.

—No te preocupes, no le pasará nada.

—Claro, si Inu No no lo mata en cuanto se dé cuenta que su hermosa nuera desapareció— recalcó el ojiazul.

La azabache se mordió el labio inferior en un gesto de pena. No sabía que haría el padre de Sesshomaru, pero si por su cabeza se le pasaba visitar a la novia antes de la ceremonia, todo su plan se iría al fracaso. El corazón le martilló dentro del pecho llenó de euforia.

De alguna manera, había sido muy fácil bajar del auto y subir a otro. Se preguntó si en verdad aquél hombre no sospecharía nada.

Suspirando, echó un último vistazo atrás. Ya no importaban las consecuencias, esta era su decisión y nadie la haría cambiar.

El auto se enfiló en el siguiente carril, Miroku condujo sin prisa, silbando mientras sus pasajeras repasaban los detalles del plan, la luz roja del semáforo lo detuvo y él aprovechó para tomar su teléfono, buscó el número de su amigo y escribió tan rápido como pudo. El mensaje solo incluyó una sola palabra, cuando el cambio de luz le permitió continuar, rezó en silencio para que su amada esposa no lo matara.

La palabra "Hecho" parpadeo en su móvil una sola vez e Inuyasha supo que era hora de alistarse, exhaló un suspiro en gesto de desesperación y luego giró su cuerpo para buscar a Kikyo, su ahora ex esposa. La pelinegra se encontraba recargada sobre el cofre del auto, su pie hacia el típico golpecito contra el suelo como señal de nerviosismo, la larga melena permanecía oculta bajo un sombrero veraniego, una forma para ocultar su identidad. Por un instante, aquello le pareció tan absurdo a Inuyasha, pero poco después comprendió que lo hacía por costumbre.

—Es hora— informó, la pelinegra se sobresaltó —Te llevaré al aeropuerto.

Kikyo asintió, aspiró aire en una enorme bocanada y subió al coche. El auto los encerró, en el que quizá, fuera su último viaje, pues hace unos días ambos firmaron el divorcio. El trámite fue fácil debido a que tanto su ex esposo como ella habían tratado de pedirlo tiempo atrás, la parte más complicada fue renunciar a aquello que legalmente le pertenecía, pero supuso que para Inuyasha fue peor, quien renunció a su propia empresa y a cualquier derecho financiero de la misma. Kikyo poseía dinero gracias al esfuerzo de su propio trabajo, Inuyasha no tenía nada, su cuenta bancaria quedó restringida y todo el dinero que una vez fue suyo paso a ser parte del único dueño de la compañía, es decir, su padre. La última compra de Inuyasha fue el mismo coche que ahora conducía, un elegante automóvil en color plata; Kikyo pensó que fácil podría haber adquirido un auto de más valor y venderlo después, no este, el que parecía sacado de la peor agencia.

—No tenemos mucho tiempo, ¿cierto?— expresó acariciando su dedo desnudo, donde en algún momento una argolla de matrimonio estuvo.

Inuyasha negó sin apartar la mirada del camino.

—Mi padre no tomará importancia a nuestra ausencia, estará más preocupado por los últimos detalles y una vez que la caravana de la novia llegue, pensará que todo sigue su curso tal cual lo planeo. A menos que decida dar una visita a Kagome, el plan es perfecto, de lo contrario…— la pequeña pausa aumento el nerviosismo de la mujer —Ni tú saldrás del país, ni yo conseguiré llegar a Kagome.

—Lo haremos, todo irá bien— murmuró como consuelo. Inuyasha solo mencionó que Laurent se casaba, el día de la boda o el compromiso eran un misterio, por lo cual, ella necesitaba apresurarse. Llegar a Laurent era su principal objetivo, no importaba si con ello perdía el último vestigio de cariño que su padre aun sentía por ella.

Los neumáticos del vehículo chirriaron sobre el asfalto al detenerse, ella levantó el rostro a través del cristal de la ventanilla, el aeropuerto bullía en movimiento y eso la asustó; por un momento se percató de lo que ambos hacían, fácilmente podrían ser atrapados. El lugar era demasiado público y abierto, ¿cuál eran las probabilidades de que todo saliera bien?

—Tranquila— pidió su acompañante —Ya estamos aquí, solo ve y espera tu vuelo; te aseguro que estarás a salvo.

Kikyo negó. Sin Inuyasha de pronto se sintió más sola, había hecho cosas crueles y abandonó a ese hombre cuando más la necesitó, pero siempre estuvo a su lado. Fue su compañero, su amigo y su amante; se había enamorado, sí. Y a pesar de ello, todo parecía deshacerse cuando Inuyasha estaba cerca, él siempre fue su refugio. ¿A dónde correría ahora si era rechazada? Dejar aquella vida a la que se acostumbró a pesar del rechazo parecía tan falso, ella no quería, nunca deseo alejarse.

—Regresemos— pidió con voz trémula —Volvamos a la recepción y continuemos juntos, seré tu compañera y nunca me iré— sus ojos se movieron alrededor del rostro masculino, memorizando la mueca que Inuyasha hacía.

—No— fue la cruel respuesta —No dejaré ir a Kagome, la amo y tú amas a ese hombre, ve por él.

—¿Y si él ya no me ama? ¿Si decide que su vida es mejor sin mí? ¿Qué haré? ¿A dónde iré?

—Kikyo, cuando amas a alguien vale la pena luchar hasta el final, incluso si eso significa no tener probabilidades— sus dedos acariciaron por última vez a la mujer que fue su esposa, el sedoso cabello oscuro y la tersa piel. Ella era hermosa, pero no era Kagome.

—Ya no volveré a verte— afirmó con algunas lágrimas deslizando por sus mejillas.

—Me temó que no, pero si volvemos a encontrarnos, que sea con Kagome de mi brazo y con Laurent abrazándote— susurró —¿Vale?

Ella asintió sin dejar de llorar, una débil sonrisa se impregnó en sus labios.

—Lo siento— musitó despacio.

—No importa— dijo a cambio. Los ojos dorados apreciando por última vez aquél pálido rostro.

Kikyo bajó del auto, sus pies se sintieron descalzos una vez que piso el suelo y su alma atrapada por el miedo. Los primeros pasos fueron difíciles, casi insoportables; dejar ir al hombre que parecía ser la decisión más segura dolía, pero en el fondo también dolía dar la espalda a esa oportunidad, a esa aventura de luchar por el hombre a quien realmente amaba. Cuando hubo traspasado las puertas de cristal, al fin pudo darse cuenta que lo lograría, ella sobreviviría con el único motivo de recuperar el amor de Laurent. Kikyo lo amaba e iba a luchar por él.

Inuyasha solo pudo respirar con tranquilidad cuando Kikyo desapareció dentro del enorme aeropuerto, sus manos sudaron sobre el volante. En menos de treinta minutos, la mujer que en algún momento amó, estaría viajando al encuentro de su amado y él, pensó con mediocridad, estaría mendigando por el perdón de Kagome. Dio media vuelta y condujo hasta el estacionamiento, en donde esperaría por su mejor amigo.

Apagó el motor y se liberó del cinturón de seguridad cuando su móvil sonó, la diminuta luz de color rojo parpadeó en aviso de una llamada pérdida, que sin embargo, no era necesaria contestar o devolver, esa era la señal de que Miroku estaba a punto de llegar. Inuyasha se espabiló con paciencia, cerró los seguros de su coche y se encaminó rodeando por la lateral del enorme aeropuerto, sus audaces pasos se detuvieron cerca de la entrada, donde una hilera de taxis circulaban y se estacionaban, se mantuvo quieto y al acecho, una vez que el vehículo se estacionara él debía actuar con rapidez.

A unos cinco minutos de donde Inuyasha esperaba, Kagome abrió los ojos sorprendida, su frente se surcó de pequeñas líneas en un gesto de sospecha, a su lado Sango aún parecía distraída y ella la codeó para hacerla reaccionar, su amiga echó un vistazo a la ventanilla de Kagome y también jadeó impresionada. Esto para nada era la estación de trenes.

—Miroku— llamó con urgencia, palmeando el hombro de su marido —¿Qué rayos hacemos en el aeropuerto de Haneda?

Su respuesta fue el crudo silencio del hombre a quien amaba, la mirada azul chocó contra la café de ella en el espejo retrovisor y luego se ladeó hacia Kagome, había una disculpa impresa en ellos que no se quedó guardada.

—En verdad lo siento, Kagome— fueron las palabras que Kagome escuchó antes de que la puerta de su lado se abriera y ella fuera extraída del coche. Su grito apenas fue amortiguado por el golpe seco de su cabeza contra un fornido pecho. Dentro del auto Sango también exclamó con un chillido, abrió su puerta y salió con una rapidez inimaginable. Apenas tuvo tiempo de enderezarse cuando vio a Inuyasha rodeando a su amiga con sus brazos, ella lo señaló con su dedo índice y gritó una sarta de amenazas, sus labios de un color durazno se callaron una última réplica cuando su esposo la atrapó y cubrió su boca con la palma de su mano.

—Inuyasha— profirió la azabache —¿Qué maldita sea estás haciendo?—

—Venir por mi mujer— fue la corta declaración. Sango lo miró indignada al igual que Kagome. —Gracias— dijo a Miroku. La mirada asesina de su esposa se posó entonces en el hombre de coleta, él sonrió avergonzado pero sin soltarla.

—¡¿Tu sabías de esto?!— Alegó furiosa, una vez que se le permitió hablar. Ella seguía retorciéndose entre los brazos de ese jodido y apuesto hombre —¡Suéltame Miroku!— exigió, un golpe sordo dio contra las costillas del susodicho —¡Hazlo o te juró que nunca volverás a tocarme!— la amenaza lo hizo temblar, casi cedió a la orden de su mujer, pero la risa de Inuyasha apaciguó esa sumisión.

—Deberías irte ya— aconsejó el ojiazul, siendo espectador de la lucha que mantenía Kagome en favor a liberarse, sus jadeos y groserías atrajeron la atención de varias personas.

Inuyasha asintió.

—¡No te atrevas!— demandó Kagome, pero sus palabras fueron ignoradas. Ella pateó y rasguñó sin lograr su libertad. Tan pronto como el agarre flaqueó, su mundo giró, la cabeza le dolió por el repentino movimiento, sus ojos cerrados parpadearon y al abrirse, la visión del perfecto trasero de Inuyasha la enmudeció. El maldito la cargó sobre su hombro como si de un costal se tratara, ella gimió su descontento debido a que su estómago era presionado a cada paso.

El ojidorado se despidió de una sorprendida Sango y de su amigo. Este último le dedicó una sonrisa forzada, la voz de su mujer los siguió hasta que desaparecieron dentro del enorme aeropuerto.

Kagome golpeó con ambos puños la espalda del hombre, enterró sus uñas sobre el borde del pantalón haciendo silbar a Inuyasha de dolor y a pesar de ello, él continuó andando.

—¿Estás loco? Acabas de arruinar mi plan— recriminó furiosa. En el fondo, temerosa de lo que aquello significaba. Estaba segura de que Inuyasha pensaba llevarla de regreso a la boda, pero luego sus pensamientos cambiaron, cuando en lugar de tomar un taxi, la llevó entre la multitud de personas hacia la recepción del aeropuerto.

—Lo estoy— animó con calma —Totalmente loco.

—Esto no está bien, ¿lo sabes? Estás secuestrándome— su voz salió con pequeños quejidos de incomodidad. La parte traviesa de Kagome ideó un plan, sonriendo, tomó aire y gritó con todas sus fuerzas. —¡Ayuda! ¡Este hombre me secuestra! ¡Auxilio!

Las personas giraron a mirarla, algunos asustados y otros tantos valientes con intención de ayudarla, pero entonces, la fuerte mano de Inuyasha impactó contra sus nalgas; las pocas personas que habían prestado atención a su voz se quedaron inmóviles, ella se ruborizó avergonzada.

—Ofrezco una enorme disculpa— Inuyasha sonrió —Está tratando de darme una lección negándose a casar conmigo.

Kagome se ofendió por ese débil argumento, pero se escandalizó aún más, cuando todos los espectadores sonrieron en agrado y dispararon comentarios picaros en su contra. Después de aquello, ninguna persona prestó atención al ridículo grito de ayuda. En pocas palabras, estaba sola. Rendida, dejó que su cabeza colgara inerte y sus manos se aplanaran contra ese grandioso trasero. El momento de depresión pasó tan rápido como llegó al percatarse de que no subirían a un avión, su estupendo amante la llevó fuera, al inmenso estacionamiento. Sus temores regresaron como una ola y volvió a imponer resistencia, sus rodillas chocaron contra las costillas masculinas, oyó el aliento cortado de Inuyasha y su jadeo por aire, ella fue bajada sobre sus dos pies, pero sin lograr escapar. Su ex amante quedó fuera de combate por unos segundos y a pesar de ello, su brazo fue apresado con extremada fuerza.

—Kagome— imploró el hombre —Eso dolió como el infierno.

Ella bufó.

—Déjame ir, no pienso regresar a la boda.

—En ningún momento pensé en llevarte de regreso, tonta— su pulgar acarició el dorso de su mano —Te estoy secuestrando, porque con el único hombre que vas a casarte es conmigo.

La pelinegra casi rio. Nunca, fue su primer pensamiento y menos después de ser desplazada.

—Ya tienes una esposa, no seré la segunda— afirmó.

—Me temo que ya no soy un hombre casado— informó, mostrando su dedo desnudo a la mujer —Estoy de vuelta en el mercado de solteros, solo que está vez por poco tiempo, ya encontré a mi otra mitad.

La recién confesión la dejó muda por unos minutos, pero retomó su habitual confianza.

—¿Qué te hace pensar que voy a aceptarte?

—Porque querida, si no lo haces, pienso obligarte.

Luego, sin previo aviso, la cargó de nuevo y la llevó al coche que estacionó unos minutos antes. Kagome se resistió menos esta vez y logró abrocharle el cinturón, y asegurar su puerta antes de hacerse con el control del vehículo y sacarlos del aeropuerto.

Kagome guardó silencio. Estaba enojada, sí; pero al mismo tiempo hervía de felicidad, porque Inuyasha había venido por ella, su amado estaba luchando por ella y jodida fuera, si eso no la hacía feliz, solo que para darle el sí, primero le daría una pequeña lección.

Aguantando una sonrisa, enfocó su mirada café en el paisaje que el camino le proveía. No tenía idea de a dónde iban, pero estaba segura. Con Inuyasha a su lado, ya nada podría detenerlos.

Ni siquiera un enfurecido Inu No Taisho.

La primera señal de que algo iba mal fue la ausencia de su hijo menor y su nuera; pero siendo tan seguro de sí mismo, dejó pasar aquello. Si Inuyasha asistía o no a la boda, lo tenía sin cuidado. La información que necesitaba ya la tenía, Kagome subió al auto que preparó para ella y Sesshomaru debería estar por llegar, eso era lo importante. Sin embargo, después de diez minutos se impacientó. El auto de su hijo mayor no llegó, los periodistas que lo siguieron parecían confundidos por haberlo perdido, así que enfocaron toda la atención al auto clásico en el cual viajaba su nuera.

Después de una larga media hora, un elegante Mercedes 170 V hizo su aparición por el camino, los cristales polarizados impedían ver al conductor y al pasajero, pero el simple hecho de que ya estuviera aquí, tranquilizó a Inu No. Lo que aumento su molestia, fue el ver llegar primero el vehículo de la novia y no el de su hijo, pero bien podría estar atascado en el tráfico. Decidió que lo contactaría una vez que se asegurara que su nuera estuviera cómoda.

La prensa se amontonó alrededor de la entrada, casi impidiendo al automóvil avanzar. Inu No hizo una señal a unos de sus guardias de seguridad, este asintió y se apresuró al auto; la ventanilla bajo solo unos centímetros con el fin de prohibir la vista a la importante pasajera, nadie sospechó que la novia ya no ocupaba dicho auto. El chofer asintió y en lugar de estacionar frente a las enormes puertas del hotel, condujo alrededor del edificio, una verja se abrió más adelante y un camino de grava lo recibió, el muchacho respiró angustiado. Con lentitud estacionó el automóvil frente a una puerta de madera, afortunadamente, ya no había periodistas al acecho. Hizo ruido con la puerta del coche y abrió la de madera, inspeccionó el solitario pasillo y suspiró al verse totalmente solo. Si alguien preguntaba, él había llevado con seguridad a la hermosa novia.

Regresó a su puesto y arrancó el auto, silbando se internó en el estacionamiento, olvidando por completo la fuga de la mujer, más tarde sería interrogado y el negaría cualquier acusación. Nadie dudaría de su palabra.

Inu No se apresuró a entrar, su camino fue cortado por algunos invitados que ya había llegado, él saludó cortésmente y cuando al fin fue libre, se movió con agilidad hacia la habitación de Kagome. Quería verla, su instinto le exigía a asegurarse que ella llegó sana. Dobló un ancho corredor, pasando la enorme capilla en donde el matrimonio se celebraría, luego subió un par de escalones y se encontró de frente a Kaede. La anciana le sonrió con tranquilidad, dándole la seguridad de que su nuera estaba sana y salva. Él suspiró lleno de orgullo.

—¿Cómo está ella?— preguntó.

—Algo nerviosa, pero ya hemos hablado— calmó la anciana —Deberíamos dejarla sola, necesita asimilar que en una hora será una mujer casada.

Inu No se rascó la mandíbula. Tenía un mal presentimiento.

—No, quédate a su lado— pidió —No me fío de Inuyasha, mi hijo no es el hombre más cuerdo cuando se trata de proteger lo que quiere.

Kaede accedió sin rechistar. Giró sobre sus pies y se internó de nuevo en la habitación de la novia. Por un instante, el hombre mayor quiso abrir la puerta y ver con sus propios ojos a Kagome, pero negó sonriendo. Nada saldría mal. Nada.

Al llegar a la recepción sonrió, sus ojos buscando a su hijo, pero sin encontrar señal alguna de él. Frunció el entrecejo antes de pedir que lo buscaran. Su asistente asintió, minutos más tarde regresó negando con la cabeza. No había señal del novio y eso lo enfureció.

—Llámalo— fue la cortante orden que dio. Hubo miradas curiosas y un par de murmullos.

El pobre hombre regresó una vez más con la misma noticia. Los ojos dorados de Inu No se posaron sobre su asistente.

—Búscalo, sigue el rastro de su tarjeta o cualquier otra pista— la hosca voz logró intimidar al otro sujeto. La noticia de que Sesshomaru estaba en un aeropuerto, llegó después de casi una hora de búsqueda. Inu No rugió.

—¿Dónde está Inuyasha?— preguntó ahora, escandalizado. Los invitados lo miraron con asombro.

—En el aeropuerto de Haneda hay evidencia de que tanto su hijo menor como la señorita Kikyo estuvieron ahí, sin embargo, no salieron juntos del país— el joven caballero se mantuvo impasible, pero en el fondo nervioso.

—¿Entonces?

—La señorita Kikyo tomó un vuelo a Francia y el señor Inuyasha…— las palabras se pausaron —huyó con la señorita Kagome.

Eso fue el detonador. Inu No frunció su rostro en una mueca salvaje, empujó a algunos hombres y prácticamente corrió hasta el encuentro de quien sería su futura nuera, para un hombre de su edad, la agilidad de su cuerpo parecía la de un joven y no la de un anciano. Frente a la puerta aspiró tanto aire como pudo, la voz de Kaede entonaba una cancioncilla, un tono estúpido para emplearlo en este momento. Él no se dispuso a pedir permiso para entrar, tomó aire y con una fuerte patada rompió el seguro de la puerta, esta se estrelló sobresaltando a la anciana.

Tanta intensidad se drenó cuando se percató que la única en la habitación era aquella mediocre mujer, no había ningún indicio de que Kagome estuvo ahí.

—¡Maldición!— la furia se mezcló como lava ardiente dentro de él. —¡Detenlos!— mandó —¡Trae a Sesshomaru y a Kagome ahora!

Kaede negó.

—Ya es tarde, cada uno ha decidido.

Las aletas de su nariz se dilataron.

—Yo decido si es tarde o no— informó con la cara roja de coraje —Y ahora, no solo recuperaré a mi nieto. Inuyasha ni siquiera tendrá la oportunidad de acercarse a él.

—Hágalo si así quiere, pero me temo que primero deberá encontrarlos y dudo que lo logre— desafió la anciana mujer. Inu No le devolvió las palabras con una sonrisa fría.

—Oh, pero claro que los encontraré— apaciguando su furia —Y entonces, no solo Inuyasha pagara, Kikyo también lo hará.

—¿Por qué guarda rencor a su hijo?— contratacó —No puede perdonar que se haya casado con Kikyo, pero él ha cambiado su camino, se enamoró de una mujer maravillosa y renunció a todo. Déjelos en paz— pidió ella —Deje a Inuyasha recuperar a su amada, por favor.

Inu No Taisho solo exhaló un enorme suspiro. Los recuerdos llenaron su mente, vio a Izayoi y a un Inuyasha jugar, recordó a su pequeño hijo correr a él y luego, la imagen de su mujer, dentro de una pequeña caja, convertida en cenizas lo destrozó. Por primera vez en muchos años dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas.

—¿Qué voy a hacer si la pierde? ¿Cómo demonios planeas consolar a ese idiota?— interrogó con dolor.

—De eso nos encargaremos después, si Kagome lo rechaza, él deberá esforzarse por recuperarla.

—No, no lo hará— afirmó —Ese maldito inútil es tan débil cuando de ella se trata, no creo que pueda traerla de regreso, no creo que ella vuelva.

Kaede comprendió que su jefe se refería a su difunta esposa. Ciertamente Izayoi no había vuelto, ella nunca volvería. Pero Kagome era diferente, además, no estaba siendo secuestrada por un psicópata, quien la llevaba era Inuyasha.

—Su hijo es inteligente, él nunca la abandonaría. Inuyasha no renunciará a Kagome.

Él asintió, tratando de creerle. No eran iguales, recordó, mientras que él no lucho por su mujer, su hijo desafió a su propio padre por recuperar a la suya. Definitivamente la traería y entonces, Inu No se disculparía. Porque él solo quería proteger a la mujer, a esa joven que sería la madre de un pequeño Taisho.

—Más le vale, de lo contrario, buscaré un mejor prospecto para mi nuera.

Kaede sonrió, orgullosa de aquél hombre.

Sesshomaru checó una vez más su reloj de pulso, la manecilla dio el último paso para dar fin a la hora y él se dispuso a marcharse. En su mano el par de boletos parecían demasiado pesados, sus ojos dorados leyeron las letras en el papel, impresionado por el sentimiento de vacío que experimentó. El disgusto marcó sus facciones, un poco enojado por aquél impulso de estupidez tomó entre sus largos dedos el boleto y deseo partirlo en dos, pero no lo logró.

Concentrado en esa tontería, chocó con una esbelta mujer, haciéndola caer. Ella lo miró con indignación, sentada sobre su trasero y en el suelo, le envió la más ofendida mirada. Él no se disculpó, no tenía tiempo. Cuando quiso rodearla ella le gritó. Sesshomaru sabía que algo de su raciocinio había quedado dañado después de Kagome, pero hizo caso a otro impulso de estupidez y se acercó a la joven dama de ojos rubí, le sonrió en el mejor intento de sonrisa sexy y entregó en esos delicados dedos el boleto que originalmente pertenecería a Kagome.

—Lo siento— dijo, antes de erguirse y continuar con su camino. La maleta colgando de uno de sus hombros.

Kagura vio impresionada a ese espécimen masculino, las largas piernas haciendo un caminar sensual y jodidamente caliente. Ella se delineó con la lengua los labios. Bajó su mirada al boleto en su mano y sonrió.

Oh dulce Buda, este día podría mejorar.

Se levantó y buscó con la mirada a Naraku, su hermano estaba coqueteando con la muchacha del vuelo anterior. Ella frunció el ceño. ¿Cómo maldita sea podían encontrar atractivo a esa bestia? Las mujeres se formaban para llamar su atención, incluso aquella dama, la mujer llamada Kikyo. Toda esa belleza refulgente y todo para qué, para entregarse a ese asqueroso y manipulador hombre. Lo único bueno de aquél romance había sido, que Naraku no salió inmune, el muy bastardo se enamoró de la pálida mujer. Kagura recordaba los celos que quiso darle cuando por accidente se la encontraron, lastimosamente, quien salió enfurecido de ese encuentro fue su nada querido hermano.

Por un momento pensó en acercarse a él e informarle sobre el suceso anterior, luego lo consideró cuando la mano de Naraku apretó el trasero de esa joven, ella se cabreó. Estaba harta de seguir bajo el yugo de sus órdenes, que la disculpara su difunta madre, pero era una mujer libre y madura, ya no obedecería las absurdas reglas de un pervertido playboy. Apretando el boleto en su puño, dio la espalda a la para nada erótica escena y siguió una sola dirección.

Uno no sabía lo que deparaba el futuro, quizá y terminaba revolviendo las sábanas con aquél atractivo y ardiente hombre. Tal vez ni fuera necesaria una cama, los baños de los aviones siempre estaban disponibles.

Sonriendo tomó su maleta de regreso al embarque, tarareó una canción mientras contoneaba sus caderas. Su mente con una misión simple, atrapar a ese hombre de ojos dorados y disfrutar al máximo la aventura.

El viaje fue largo, Kagome pasó de ver edificios, casas y campos a solo árboles, el automóvil siguió su curso sobre la autopista, llevándolos cada vez más lejos de la capital, de los problemas y de la boda. Ella durmió por un par de horas, comió lo poco que Inuyasha consiguió y volvió a recorrer con la mirada el paisaje. A donde sea que fueran, su secuestrador no le daría pista alguna.

—Tu padre estará furioso— musitó sobre el sonido de la radio. Inuyasha se encogió de hombros. —Una vez que nos encuentre se vengará.

—Probablemente, pero para entonces no importará.

Kagome bufó enojada.

—¿No te importa quedarte sin herencia?— indagó —¿Qué si pierdes la empresa?

Inuyasha la miró solo unos segundos antes de retomar la vista en el camino.

—No me importa— declaró con facilidad. Ella sacó unos de sus tacones y lo lanzó directo a su cabeza. El maldito esquivó su proyectil. La azabache se sintió irritada. Su trasero dolía y estaba sedienta, necesitaba una cama y estar en un lugar más cálido. El auto en el que viajaban parecía costoso, pero era una basura por dentro.

—Para— pidió —Necesito bajar— Inuyasha no la escuchó. Kagome llevó la palma de su mano a sus labios, el sonido de sus arcadas logró desconcentrar al hombre.

—¿Qué sucede?— el tono angustiado enterneció a Kagome, pero acabó tan rápido cuando volvió a pedir que pararan. Esta vez, él no la ignoró. El coche se detuvo y ella luchó contra el cinturón y la puerta, corrió a lado de la carretera y vomitó lo poco que había desayunado en el día, un minuto después, Inuyasha le acariciaba la espalda en consuelo.

Cuando acabó, miró con ojos llorosos al hombre que amaba y suspiró. Lo odiaba y lo quería, era un constante sentimiento lleno de confusión. Dio un par de pasos atrás, la humedad en sus pies hizo que respingara, pero fue el hecho de que su flamante vestido de novia estaba manchado lo que la hizo gemir con pena.

—¡Malditos síntomas de embarazada!— exclamó. Inuyasha rio y luego la rodeó en un fuerte abrazo, ella se intentó zafar —No hagas esto, me hace sentir mal.

Inuyasha se apartó con un gesto llenó de culpa.

—Lo siento.

Kagome gimió de nuevo.

—¿Por qué estás haciendo esto?— preguntó molesta —¿No fuiste tú el que me empujó a los brazos de tu hermano? ¿Por qué luchar por mí?— él no contestó y ella tampoco esperó su respuesta —Te disculpaste la última vez que nos vimos, creí que todo acabó. No entiendo tu manera de actuar. No te he pedido que aportes responsabilidad. Es mi hijo y lo criaré, así que déjame ir.

—No lo haré— dijo.

—Pues no me importa, elegiste a Kikyo y la empresa, vuelve allá— su voz se quebró —Vuelve con tu esposa.

—Ya no es mi…

—¡¿Crees que la falta de un anillo me confirma eso?!— Interrumpió con tono sarcástico —Eres un maldito mentiroso, ¿por qué debo creerte?

Inuyasha guardó silencio.

—Llévame de regreso— pidió Kagome, dio la vuelta y se quedó pasmada. El automóvil en color plata la saludo, su auto. Kagome casi olvidó cada detalle de su relación con su ex jefe, pero ver ese inmenso pedazo de metal la confundió. Era una mujer sensible y más en este momento, porque incluso ese pequeño detalle casi la hace regresar corriendo a los brazos de Inuyasha. La falta de un anillo y un auto que recibió como regalo la hicieron sonreír, pero no bastó para doblegarse. Ella necesitaba una prueba más grande.

Subió al vehículo, esperando la aparición de Inuyasha. Este subió después, con la mirada perdida en el vacío.

—No te llevaré de regreso— el tono duro de su voz la asustó. El ojidorado encendió el auto y continuó su camino trazado. Ella tomó su segundo zapato y lo lanzó de nuevo a Inuyasha, esta vez, el imbécil no lo esquivó, tomó de frente el golpe y una marca roja se dibujó en su mejilla. Kagome se arrepintió de aquello poco después, sus dedos picaron con la necesidad de acariciar el golpe, ella apresó la rebelde mano y centró su mirada al cristal.

Cerca del anochecer, Inuyasha llevó el coche por una cuesta empinada, el auto patinó y volvió a ponerse en marcha después de acelerar, Kagome despertó de su pesado sueño, entornó los ojos y parpadeo un par de veces antes de mirar por la ventanilla. El auto paró frente a una vereda de tierra; más arriba, cubierto hasta la mitad por árboles, era posible apreciarse un Ryokan. Las luces ya prendidas a la espera de la oscuridad, dibujaban sombras sobre el cofre del que en algún momento fue su automóvil. Kagome abrió la puerta sin esperar a que Inuyasha la ayudara, sus descalzos pies se pincharon con las ramitas tiradas y casi la hicieron regresar a su improvisada jaula, contuvo una mueca de dolor y piso con más cuidado. Había olvidado que sus zapatos sirvieron como armas hace unas horas.

Sobándose los brazos a causa del viento, comenzó a ascender por el camino; detrás de ella, Inuyasha la seguía en silencio. Él se había percatado de los pies descalzos de Kagome, pero debido a su encuentro anterior temió volver a incomodarla, así que en lugar de ofrecerse a llevarla, solo la observó aguantar el picor en sus pies. Obligarla a aceptarlo, solo haría que ella terminara odiándolo más.

Aunque el pensamiento le pareció estúpido. ¿Acaso no la había perdido ya? Ella cada vez se veía más lejos, había corrido millas y soportado tanto, pero nada de eso lograba ser suficiente. Su amada se alejaba cada vez más, como una luz proyectándose desde la distancia, él solo parecía querer seguirla en la oscuridad, sin percatarse que nunca le daría alcance. Sus pensamientos eran una constante lucha por ganar su perdón, por ser merecedor de su amor; la parte más sedienta de su ser lo obligaba a atarla. A pesar de ello, se culpó por los pies descalzos de Kagome, por los síntomas de su embarazo, por ser egoísta. Él no tuvo el suficiente coraje para luchar cuando debió hacerlo, había optado por atraparla, seduciéndola. Ella tendría un hijo suyo, una responsabilidad que no pidió, porque él se aprovechó de su debilidad la colocó sobre el foco de atención de su padre, la mujer independiente y libre fue capturada como una ave delicada, obligada a aceptar a Sesshomaru y luego a huir, cuando aquello nunca debió pasar.

Kagome siempre estuvo mejor sin él. Pero la amaba y jodido él, porque en una vida sin ella no quería estar.

—Kagome— llamó, sintiendo la amarga sensación en su ser, el abdomen contrayéndose a la espera de un rechazo. Sin embargo, al contrario de lo que pensó, ella se detuvo. Inuyasha observó el cabello enmarañado colgando tras su espalda, el vestido que una vez fue elegante, manchado de tierra y los bonitos dedos de los pies femeninos, cubiertos de lodo y sangre. El silencio fue la respuesta que la joven le dio.

—Lo dejé todo— confesó, exhausto y resignado —Me divorcié de Kikyo, pero también renuncié a la empresa, al dinero que hice y a mi apellido. En este instante ya no soy un Taisho, solo yo, solo Inuyasha. Un hombre que te ama con todo su corazón; tienes que saberlo.

La azabache guardó silencio. De espaldas a Inuyasha dejo ir algunas lágrimas, pero no se detuvo a seguir escuchando. Después de un largo suspiro, emprendió de nuevo su trayecto, incapaz de pensar con claridad. Aquello fue un golpe de sinceridad demasiado fuerte, algo que no se esperaba, que no necesitaba. Estaba bien simulando ser fuerte y en un instante, Inuyasha rompía aquellas barreras, colapsando sus emociones.

Cuando llegó a la recepción del hotel, fue recibida por una agradable jovencita, ella le sonrió a pesar de que su rostro lucía agotado y con el ligero rastro de humedad sobre sus mejillas.

—¿Qué puedo hacer por ti?— preguntó la muchacha sin evidenciar los ojos rojos de la mujer. El vestido de un vaporoso blanco le dijo que se trataba con una joven de la clase alta, ¿una novia dejada en el altar? Dudó de ello, era muy bonita, quizá una aventurera.

—Buscamos alojamiento.

—¿Buscamos? ¿Vienes con alguien más? ¿Un esposo?— investigó asomando la cabeza por la puerta, tratando de encontrar a otra persona.

Kagome asintió, intrigada por el gesto de la mujer echó un vistazo a su espalda y no encontró rastro de Inuyasha, la oscuridad comenzaba a caer, ocultando el estrecho camino de la vista. Preocupada quiso regresar a buscarlo, pero las manos alrededor de sus muñecas se lo impidieron.

—Espera adentro, supongo que tu acompañante no tardará.

La pelinegra se dejó arrastrar a pesar de su reticencia a hacerlo. Sentada sobre un banco de mimbre esperó por su ex jefe, las ideas de haber sido abandonada no daban descanso a su mente. Apretó sus puños ansiosa, estaba sola y sin ninguna posesión, su único seguro era Inuyasha y también su mayor problema.

—Bienvenido— la cálida voz de la muchacha logró relajar a Kagome, su mirada café se posó inmediatamente sobre el hombre que a pesar de todo amaba. El dorado intenso de sus ojos ahora parecía apagado, ausente y extraviado. Ahí, parado, con la camisa de un azul petróleo, los pantalones de vestir sucios por la tierra y el cabello hecho un desastre, estaba su Inuyasha; el amor por el que ella había vuelto, pero que estaba dejando escapar entre sus dedos como agua.

—¿Dos habitaciones estarían bien?— preguntó la chiquilla, embelesada por el evidente atractivo del hombre, la sonrisa radiante de ella molestó a Kagome. Había un coqueteo evidente en su voz y en sus movimientos, la mano esquelética acarició los largos dedos de Inuyasha, una sonrisita idiota salió de sus labios mal pintados cuando se disculpó por su "torpeza". Inuyasha le devolvió el gesto con desinterés, volteó a verla a ella y luego confirmó la pregunta de la mocosa.

—Serán dos habitaciones— tarareó con su vocecita de ardilla —Aquí está la habitación dos y la quince, espero sean de su agrado.

¡¿Estaba de broma?! Kagome abrió su boca en una mueca sorprendida.

—Temo que por el momento no tengo mucho efectivo— dijo Inuyasha, no parecía interesado en la ubicación de las habitaciones, tomó su teléfono móvil y lo puso sobre el encerado escritorio, luego sacó una argolla dorada —¿Cree que con esto sea suficiente por una noche?— preguntó avergonzado.

—¡Oh cielos!— exclamó con los ojos brillosos la chica —No es necesario el teléfono, con la argolla me basta— encogiéndose de hombros le mandó una mirada desdeñosa a Kagome.

Ella se enfureció, pisoteando el suelo de madera con sus pies descalzos se acercó hasta Inuyasha, apresó su brazo y apretó lo mejor que pudo su cuerpo contra el masculino, el ojidorado se tensó a su lado.

—¿Dos habitaciones?— preguntó con reproche —Pero cariño, te necesito tanto que duele, sé que quieres cuidar a nuestro bebé y que yo descanse; sin embargo, yo aun así quiero tenerte esta noche, de que habrá servido escapar si no puedo aprovechar cada instante.

El sonrojo cubrió entonces las mejillas de su Inuyasha, si Kagome no hubiera estado más interesada en la reacción de la chiquilla impertinente, entonces aquello podría haberla enternecido. El ojidorado asintió con la mandíbula tensa y el cuerpo rígido, la calidez de Kagome penetró la delgada tela de su camisa, haciéndolo consciente de ese cuerpo esbelto.

—Solo será una habitación, por favor— pidió. La azabache sonrió cuando la joven mujer le envió una mirada recelosa. Ella le mostró la lengua.

—Gracias— canturreó Kagome, jalando la mano de Inuyasha y llevándolo fuera de los ojos curiosos.

Una vez que la puerta se cerró, la hostilidad y el silencio se impusieron sobre ellos. La habitación con decoración tradicional los encerró de vuelta a su problema.

—Kagome— Inuyasha deslizó cada letra con un sonido de sensualidad. La piel se erizó y un estremecimiento corrió por su espina dorsal, terminando entre sus muslos.

—Ya lo sé— murmuró a cambio. Él bajó la mirada. —Te creo, pero yo aún no puedo decidir. Fui traída aquí sin mi permiso, elegiste por mí cuando debiste decírmelo, yo necesitaba que me escogieras, que me dieras la opción de seguirte o alejarme. A cambio, te quedaste con Kikyo, seguiste un plan y luego simplemente me llevas sobre tu hombro a través de un aeropuerto.

—Lo siento— él la miro derrotado. Kagome negó.

—Te amo Inuyasha— suspirando lo miró directo a los ojos —Y estuve a punto de elegir a tu hermano a pesar de ello, lo besé y casi escapé con él. Puedes creer que fui engatusada, que el rencor me hizo caer, pero no sería verdad.

La sonrisa triste de su amado casi rompió su corazón, se preguntó si era necesario que él sufriera, que ambos se destruyeran.

—Pero tú fuiste detrás de tu esposa, ambos en la misma casa que compartieron por años, intentando criar al hijo de Laurent— continuó —Ustedes dos nos arrebataron el corazón, la vida y la felicidad. Su egoísmo casi nos destruye y si, culpo a mi amigo por su estupidez, así como me culpo a mí por la mía. Yo sabía que era una aventura, acepté la realidad, pero me enamoré y eso casi me deja vacía. Tú y ella se tenían a ambos para superar el desliz, yo tenía a este bebé y eso me hizo fuerte. Pero te necesitaba a ti, al hombre que juró amarme, no al cobarde que se somete a las reglas de su padre— cada palabra penetró con dureza el corazón de Inuyasha —¿Quieres culpar a tu padre? Pero no tienes el derecho, porque él trató de protegernos. Envió lejos a Laurent con la condición de que se casara, porque estaba harto de verlo sufrir por la mujer que debería ser una arpía y a pesar de todo, es una arpía que no puedo odiar. Ni a ella, ni a ti.

Su voz perdió potencia, sus muros de protección colapsaron y ella se rindió.

—Volveré a la ciudad— informó —Escapar no es la solución y yo debo disculparme— la mirada caoba apreció la decoración artificial, obligándose a no prestar atención a su amado. Esperó y esperó por una respuesta, pero Inuyasha se mantuvo firme, su postura desafiando su cordura. —Será mejor que pida otra habitación— dijo, sus pasos regresando por el mismo camino de hace unos minutos.

Ya no sé qué más hacer para que me perdones— musitó con voz baja, demasiado débil para ser escuchada. Ella se giró solo para ser testigo de un hombre desolado y destruido. Inuyasha se arrodilló frente a Kagome —Te doy mi alma, mi corazón y mi cuerpo. Tírame, destrúyeme y olvídame, pero cariño mío, no puedo vivir en un mundo donde no pueda tenerte, no puedo seguir viviendo con tu rechazo, no soy nada sin ti… Tu mi Kagome, eres todo para mí.

Kagome hizo constantes movimientos con la cabeza, negándose a caer. Ese terco hombre al que amaba era malo con las palabras, era egoísta y caprichoso, engreído y posesivo; pero era con quien quería estar.

—Eres un bastardo— renegó ella, antes de caer junto a él y abrazarlo.

—Pero soy el bastardo que más te ama— su voz ronca y aterciopelada se rompió en un jadeo de dolor, la apresó entre sus fuertes brazos, inhaló tanto como pudo el aroma femenino y paladeó la esencia de su mujer. Si iba a perderla, que fuera llevándose con él al menos esto. Ella era su única y más valiosa posesión. —Yo no voy a lastimarte otra vez, puedes escapar Kagome, pero te buscaré, me adheriré a tu piel y a tu alma, estoy decidido a entregarte todo, incluso si ya no puedes amarme, yo te amaré hasta mi último aliento.

Entonces, ella rompió a llorar.

Fin…

Podría haber jurado que nunca entregaría de nuevo su corazón, podría negarse amar de nuevo a este estúpido hombre, pero no podría hacerlo nunca. Su hilo rojo del destino había sido atado con dureza al dedo de ese atractivo caballero. La mirada decidida e intensa la taladraba con todo el amor que solo él podía darle. Inuyasha la amaba y ella nunca podía negar esa verdad.

Él le sonrió, parado desde el altar no dejó de apreciarla, aquella sonrisa perfecta la hizo consciente de lo que significaba entregar el alma, el cuerpo y el corazón a una persona; significaba, que poseías la habilidad de moverte, pero que ya nada te pertenecía, porque ahora eras dueña de otro ser, de otra persona, de un sentimiento demasiado enorme para controlar. El amor era una locura, que todo mundo debería atreverse a experimentar. Destruía, armaba, creaba y volvía a desintegrar, pero cada riesgo valía la pena si esa mirada y aquella sonrisa te esperaban al final del día. Si un hombre ataviado en un elegante traje, frente a miles de personas, te juraba amor, cada maldito esfuerzo valdría la pena, por ese amor.

Kagome amaba a Inuyasha, sus errores y cualidades, su preciada y pecadora alma. Ella nunca dejaría de amarlo. La vida terminaría y volvería a empezar, pero ella lo buscaría en cada reencarnación para volver a amarlo.

La marcha nupcial comenzó, ella miró ultima vez por sobre su hombro, la mirada azul de Kouga chocó contra la de ella en una afirmación. Ella sonrió, caminó por la alfombra repleta de pétalos rojos, sus tacones haciendo un sonido seco sobre ellos, su vestido flotando con delicadeza, el velo aferrándose a su cabello. Dio un último paso antes de alcanzar el lugar que ocuparía desde hoy hasta el último día de su vida, nunca desprendió los ojos de los de Inuyasha, nunca se volvería a rendir con este hombre.

La ceremonia empezó.

Tiendes a meter la pata cuando amas, eres capaz de perder a la mujer que es tu vida, puedes convertirte en el mayor imbécil de toda la historia, pero sabes que a pesar de todo, eres capaz de amarla hasta la muerte. Amar a Kagome no es una broma, amarla es dar todo, no solo un juramento, no esperar y optar por la opción simple, amarla significa apreciar su valor, su orgullo y su naturaleza; Kagome es una ser puro y libre, la mejor y bonita historia que el destino escribió en su vida.

Y la amaba como un loco, amaba cada diminuto detalle de esa mujer. Había desafiado a su padre, incluso a sí mismo, actuó con impulso y casi la perdió, se rindió cuando ella más lo necesitaba y lloró cuando Kagome debía ser consolada. Era el mayor imbécil del planeta, lo aceptaba. Pero así como su padre había dicho, una vez que entregas el corazón nunca más regresa, el resto de tu vida eres tú simulando que aun tienes uno.

Aquí, frente a su familia, frente a la familia de Kagome, estaba preparado para entregarse, para amarla cada día como solo ella merecía. Los problemas que creo por su inmadurez se habían pagado, su padre lo golpeó y la prensa los persiguió. Pero todos ellos eran insignificantes en comparación a la inmensa felicidad que le esperaba. Vio por última vez al idiota de Kouga, invitado por Kagome, y con una bonita pelirroja a su lado. La afirmación logró fastidiarlo, su mujer no necesitaba el permiso de aquél engendro, pero cuando ella volvió a mirarlo, ni siquiera aquello importó.

Pasarían décadas, otra vida y miles más, pero Inuyasha volvería a encontrarla, se aferraría a ella con todas sus fuerzas.

—Te amo— susurró a su oído, la voz cosquillo sobre la piel femenina y él se alegró por la reacción.

De ahora en adelante, nunca se rendiría con ella.

La ceremonia empezó.

Fin.


N/A: Hola de nuevo, aquí tienen a esta escritora deprimida que actualiza cada año, pero que se esfuerza con todo para escribir. Me tarde, sé que lo saben, hay muchas cosas que me impidieron continuar, una de ellas es muy triste de recordar y quizá algo dramática, perdí a mi mascota, mi amigo por más de quince años y joder, aún duele. No fue una muerte natural, así que eso me golpeó peor. En fin, cuando me senté frente a la compu y leí el capítulo de más de cuarenta hojas dije: ¿qué rayos es esto? Sin miedo, apreté el botón de borrar y eliminé más de tres meses de trabajo, quite las partes más ridículas, porque este era mi final y porque carecía de gracia, no me refiero a que estuviera tan mal, pero no me gustaba y entiendo que no solo debería gustarme, también a la audiencia, no tengo idea de si aquello les hubiera gustado, sabré por sus reviews si este final les gusta o no. Tienen el derecho a quejarse, a enojarse y posiblemente levantarse con antorchas, si quieren criticarme, me parece bien, pero evitemos los comentarios ofensivos. Yo los aprecio, a todos los que me han prestado su valioso tiempo para leer este fic. Las que son mis lectoras fieles, las amo con todo mi corazón y espero no haber roto el suyo con este final. Sé que dejé cosas al aire, flotando en la deriva sin respuesta, pues bien, habrá un epílogo, por lo que si me esperan otros doce meses lo tendré listo, jajaja, es broma.

Tengo la cuarta parte del epílogo, ¿quieren que anexe algo? Comenten, estoy dispuesta a escribir sexo salvaje si quieren, también un buen final para Kikyo, no olvidemos que fue tras su amor en este fic, veremos si la dejamos sola llorando su mala suerte. Sesshomaru y Kagura no es mi pareja favorita, amo al medio hermano de Inuyasha así que no puedo verlo con ninguna mujer, pero Kagura es un personaje sensual y me gusta tanto que decidí hacer a un lado a Rin, lo siento, no es discriminación, sé que muchas aman esa pareja, yo no. Siempre vi a Sesshomaru y Rin como padre e hija, mi mente incestuosa quizá lo acepte, pero como ya dije, Sesshomaru es mi amor platónico así que lo dudo. Si vieron mi intento de broma con el fin… y quisieron matarme, entonces escríbanme un bonito review con sus mejores ideas de tortura, me encantaría leerlas. Hice escenas súper veloces, creo yo, pero me gustaron, siendo culpable de ese error, me disculpo.

¡¿Falto el lemon?! Si, lo siento. En serio quería escribirlo, pero no me atreví, si hay abucheos por eso las comprendo, no hay mejor fic que uno con lemon. Sinceramente agradezco el apoyo de ustedes, de cada una que me envió review con la sutil presión de que escribiera, las amo, porque no me abandonaron. A los o las nuevas lectoras, gracias por leer desde el principio, mi escritura aún era muy básica y me salía del contexto con facilidad, me costaba seguir el hilo de mi idea con palabras, ahora es un poco más fácil, no me convierte en una escritora profesional pero creo que he pulido un poco mi trabajo. De todas formas voy a editar el fic, esto no significa que lo elimine, creo que se puede desde la página supliéndolo con uno nuevo, tampoco significa que voy a cambiar lo que escribí, lo único que haré será agregar detalles que faciliten la comprensión, admito que no serán muchos o mejores, pero quizá le den más originalidad, si se dan una vuelta por los primeros capítulos en unos meses (años ejem) podrán notar la diferencia. No tan pronto porque pienso echarme de nuevo la soga al cuello con una nueva historia, es me dejará de nuevo con tres historias sobre mi cabeza. Tengo que terminar la primera que escribí, puliéndola un poco.

Para las que pregunten, el nuevo fic será un Bankag, amo a Bankotsu, no como a Sesshomaru, pero es un tipo tan malditamente arrogante que es imposible no amarlo y pienso que su personalidad puede moldearse a mi nueva historia sin problemas. Si aman o gustan de la pareja, las invito a leerla, en unos minutos estaré subiendo el primer capítulo, serán cortos dado que quiero ser más constante. Es difícil escribir setenta páginas por capítulo, quieres subir la historia, la tentación es grande, pero no puedes romper aquella regla, al menos así me pasa. Si tienen dudas de este, solo escribí sesenta, porque me moría por actualizar, no crean que son las únicas que quieren actualización.

Bien, con esto dicho, creo que puedo ir a refugiarme antes de que empiecen los reviews. Cualquier trauma psicológico, emocional o disconformidad, con gusto pueden expresarse en un review, yo trataré de complacerlas con el epílogo, así que no teman en pedir algo. Gracias a todas!

Besos:

Layla Ryu.