EL REENCUENTRO

—¿Por qué nos detenemos, Shikito-kun? —preguntó Shirayuki asomándose a la ventana del carruaje.

—Tenemos compañía, mi señora —dijo él, serio el semblante. Luego desmontó y sin soltar las riendas de su caballo, se acercó a abrirle la puerta—. Creo que deberíais salir…

Ella frunció un poco el ceño, extrañada, pero bajó del carruaje. Sus hijos se agolparon en rápida sucesión, formando una fila de cabecitas asomando por la puerta. La pequeña Akari abajo del todo, le seguía Hanako en el medio, y el último y el más alto, Toshiro.

En honor a la verdad, no estaba preparada para lo que vio. El azul, los dorados y el blanco resplandeciente de los uniformes de Clarines, las capas y los estandartes ondeando al viento, y justo al centro de un destacamento de al menos veinte hombres a caballo, los tres Wistalia.

Los ojos de Shirayuki se abrieron sorprendidos y su mano se apretó con más fuerza a la que aún le brindaba Shikito-kun. Tras ella, sus hijos contuvieron jadeos emocionados.

Allí estaba el hombre que no había hecho más que causarle quebraderos de cabeza (y del alma) en los últimos meses, mirándola con los ojos brillantes y el fantasma de una sonrisa queriendo asomarse a sus labios. Y esto no hizo más que añadir otro motivo de asombro, pues sus últimos tratos habían sido fríos y distantes, casi hostiles. Pero al parecer, su cuñado estaba de buen humor…

Y estaban también sus niños… Las dos criaturas que tanto había echado de menos este tiempo fuera. Armin montaba entre los brazos de su padre, aún demasiado pequeño para llevar por sí solo las riendas de las nobles bestias. Kain, con once años largos, gobernaba su propio caballo con esa pose orgullosa y marcial que tantas veces había visto en los caballeros de Clarines. Armin sonreía abiertamente y la de Kain era una sonrisa más serena y tranquila.

Shirayuki los miró, buscando ansiosa en ellos los indicios de los pequeños cambios sufridos durante su ausencia: el pelo un poco más largo, la tez más morena, un par de raspones en una mano, si habían crecido y cuánto… Detalles, cosas en las que solo una madre repararía… Y sin darse cuenta, sus labios se fueron estirando en una sonrisa.

Pero un caballo relinchó y la magia del reencuentro se rompió. Izana ayuda a desmontar a Armin y Shirayuki les hace una seña a los impacientes niños del carruaje que se colocan a su lado. Los otros dos príncipes, uno a cada lado del rey, realizan una educada reverencia a su tía, a la cual ella corresponde con una propia. Pero después ella abre los brazos y aún más la sonrisa, y los pequeños se lanzan a ella cruzando el espacio que los separa. Y luego es el caos... Las risas, las carreras, el correteo feliz de los niños, las conversaciones solapadas y a voz en cuello porque todos están hablando a la vez, como si tuvieran prisa por ponerse al día y hacer que ese tiempo de separación quedara atrás.

Shirayuki les habla, contesta a sus apresuradas preguntas saltando de una conversación a otra con la soltura que da la experiencia, y siempre con un gesto de cariño, una caricia, una sonrisa… Los cinco revolotean en torno suyo sin reparar en los dos destacamentos que los custodian. Ni en el rey que los observa en silencio…

Izana sonríe ahora sin disimulos. Eso, eso es lo que le faltaba. Juntar los pedazos rotos de su pequeña familia y las risas de sus hijos y sobrinos. Y al tiempo que ese nudo que le apretaba en el centro del pecho se desata, haciendo que sus pulmones se expandan y respiren como si fuera la primera vez, a Izana le parece sentir un clic en su corazón, como si una última pieza hubiera acabado de encajar.

Aunque puede que esto último se lo imaginara…

—¡Toshiro, Hanako, Akari! —exclamó Shirayuki reconviniendo con alegre severidad a sus hijos—. ¿Dónde están sus modales? —los niños se pararon en seco y se quedaron mirándola, expectantes—. Hagan el favor de saludar al rey.

—Perdón, Majestad —dice Toshiro, realizando un vigoroso arco, las mejillas ligeramente ruborizadas por tamaña falta a la etiqueta cortesana.

—Perdón, Majestad —dice Hanako, con una elegante reverencia de princesita.

—Peddón, Majestá —dice Akari, remedando a su hermana tan torpemente que resultó tierno de ver.

Él les devuelve la reverencia con una inclinación de cabeza y después les revuelve el pelo como hizo el día que se marcharon. Luego mira a su madre. Ella les hace un gesto con la cabeza y los chiquillos corren a unirse con sus primos. Es entonces cuando de nuevo quedan a solas (o todo lo a solas que puedan estar rodeados de tanta gente) Izana y Shirayuki.

—¿Cabalgarás conmigo? —pregunta él, como si no hiciera dos meses que no se ven. Como si no hubiera habido hielo y enojo entre ellos. Como si él nunca la hubiera alejado de su lado…

Ella guarda silencio pero niega con la cabeza. Izana sonríe de medio lado (esa sonrisa prepotente y sabelotodo que hace que a Shirayuki le den ganas de borrársela a manotazos), y anticipando la razón de su negativa, hace un gesto a alguien que ella no alcanza a ver. De entre la guardia real, tras Izana, alguien avanza con una hermosa yegua blanca. El animal va pertrechado con una silla de montar de señorita (con los dos estribos por el mismo flanco de la montura), como si siempre hubiera dado por sentado que Shirayuki querría salir del carruaje y cabalgar junto a él.

—¿Y bien? —pregunta él. Shirayuki entorna los ojos, en señal de protesta, ante el magnífico animal preparado para ella—. Oh, vamos —protestó Izana—. Sé que montas desde hace años…

Ella suspiró y dejó caer los hombros. La verdad es que se moría de ganas por salir de las cuatro paredes del carruaje, pero…

—No es eso… —dijo ella al fin—. Es la silla.

—Una silla de señorita —declaró Izana, como si fuera la cosa más evidente del mundo. Ella se le quedó mirando, y él a ella. Shirayuki ladeó la cabeza, esperando que él entendiera. Él entrecerró los ojos, conteniendo la risa. Finalmente, Izana se llevó la mano al pecho, fingiéndose escandalizado—. ¡Pero Shirayuki! No sería conveniente que cabalgaras como Lady Kiki, aquí, delante de tanta gente... No llevas pantalones…

Shirayuki bufó. Mucho había tardado…

—Esa silla está bien, muchas gracias —respondió pasando a su lado sin dignarse a mirarlo hasta llegar a la yegua.

Alguien le alcanzó un escabel para subirse al animal, pero unas manos firmes la alzaron por la cintura como si no pesara nada y la sentaron en la silla. Ella ahoga un gritito y una vez sentada, oculta el ardor de su rostro agachando la cabeza y se afana en colocar decentemente sus faldas. Por el rabillo del ojo advierte con sorpresa que ha sido Izana. ¿Izana? ¡Izana!

—Sé que es incómoda, pero sopórtala un rato, ¿sí? —le susurró él cuando le entregó las riendas, rozando apenas su mano. Y algo en su voz era tan distinto a otras veces que hizo que Shirayuki levantara la cabeza con rapidez, buscando sus ojos e intrigada por lo que había creído percibir, pero él ya se alejaba hacia su propio caballo.

Ella lo observa un poco más preguntándose qué es lo que ha sucedido con su cuñado durante su ausencia. La última vez que se habían visto casi no se hablaban y ahora se sonríen… ¡Y además le gasta bromas! ¿Pero quién entiende a los hombres? ¿Será que tienen memoria de corto alcance? No, no será eso… Con Izana al menos, eso no… Debe ser otra cosa… Sacudió la cabeza, deshaciéndose de tales ideas extrañas. Porque seguramente fue otra cosa y ella lo entendió mal, ¿verdad? Nadie cambia tanto en tan poco tiempo, ¿cierto?

Lástima que por estar reflexionando en sus cosas, se perdió la discreta mirada con que él, a su vez, la observaba. Las manos, desprovistas de guantes, le ardían. Eran las manos que habían sentido a Shirayuki, sí. Y a Izana no le quedó más remedio que contener el impulso de cerrar las manos en prietos puños para no perder la sensación de haber tenido a Shirayuki en ellas…

—¿Kain? —dijo él, de pie junto a caballo, antes de montar.

—¿Sí, padre? —respondió su hijo mayor, acercándosele.

—¿Qué quieres hacer? —preguntó su padre—. ¿Montar con los adultos o ir dentro con los niños?

Kain miró a sus primos y a su hermano y luego les miró a ellos. Pasaron dos segundos de silencio y finalmente contestó:

—Alguien tiene que mantener un ojo en ellos, padre —dijo con convicción—. Mi hermano y mi primo tienden a 'exaltarse' cuando están juntos…

Su padre asintió, dándole la razón.

—Gracias por cuidar de ellos, Kain —le dijo Shirayuki.

—Un placer, tía —respondió el muchacho, ladeando la cabeza con gracia, para luego darse la vuelta y entrar en el carruaje con los demás, que lo recibieron con un alegre grito colectivo.

La comitiva, ahora más grande, se pone en marcha y reanudan el viaje a la capital. Izana y Shirayuki al frente, precedidos a cierta distancia de una avanzadilla que iba asegurando el camino; tras ellos el carruaje principal y los guardias, y mucho más atrás, el resto de soldados, ayas, doncellas y el equipaje. Les llega con claridad el estrépito de risas infantiles saliendo por las ventanas del vehículo.

Cabalgan flanco con flanco en silencio. No es un silencio incómodo, o al menos Shirayuki no lo siente así, aunque tampoco es un silencio que invite a la confidencia. Es más… ¿Cómo decirlo? Expectante… Sí, eso… Un silencio expectante, sí. ¿Pero qué esperan? ¿Qué espera Izana de ella? ¿Una tregua, quizás? Pero más importante aún… ¿Qué espera ella de él?

—Muy listo este hijo tuyo… —dice ella por fin, iniciando la conversación. Él voltea el rostro para mirarla y por un segundo creyó ver sorpresa en sus ojos. ¿Sorpresa por qué? ¿Porque le hubiera hablado? Oh, vamos, ella no era tan arisca… Al menos, no mientras él no le diera motivos para serlo—. Le has dado a elegir entre el mundo de los adultos y la infancia —prosiguió ella—, y Kain ha escogido ser el adulto en un mundo de niños. Muy inteligente…

—¿Verdad que sí? Tiene a quién salir —afirmó orgulloso, enderezando la espalda y alzando el mentón. Shirayuki contuvo un resoplido muy poco femenino y rodó los ojos. Él sonrió al verla hacer eso y ella acabó sonriendo también.

—Crecen tan deprisa… —añadió ella con los ojos llenos de nostalgia.

—Para eso hay remedio… —comentó Izana, volviendo su mirada al camino frente a ellos.

—¿Disculpa? —preguntó ella, sin entender.

—Ten otro hijo —declaró él, como si hablara del tiempo o del estado de los caminos.

—¡Aniue! —exclama Shirayuki, absolutamente escandalizada.

—Tienes veintinueve años, Shirayuki —añade él, sin mirarla, aún con la vista al frente—. Eres joven… Deberías enamorarte, casarte, tener otro hijo… —y luego agrega, mirándola con una sonrisa pícara en los labios—. No necesariamente en ese orden…

—¿¡Tú también!? —exclama ella, su voz preñada de hastío y desencanto, cansada de oír una y otra vez el mismo maldito consejo—. ¿Cómo me puedes decir que olvide a tu hermano?

—Oh, ¿y todavía lo preguntas? —le dice él, enarcando una ceja inquisitiva—. No te pido que lo olvides, no te confundas… —luego inspira por la nariz, y deja salir el aire muy lentamente. Su voz y sus ojos pierden todo rastro de burla y Shirayuki sabe que le está hablando totalmente en serio—. Sabes mejor que nadie que Zen querría que fueras feliz, a pesar de todo. Aunque sea sin él…

—¿Esta es otra retorcida forma tuya de pedirme matrimonio? —pregunta ella, y logrando controlar un tanto sus emociones, añade con elegante sarcasmo—. ¿Y cómo un matrimonio de conveniencia contigo lograría eso?

—No tiene por qué ser así —responde él. Su mandíbula se cuadra, los dientes apretados, y las manos se convierten en puños tensos sobre las riendas.

—¿Disculpa? —vuelve a preguntar ella. Decididamente, hoy no entiende la mitad de las cosas que dice Izana.

—No tengo que ser yo… —dice mirando de nuevo a los ojos verdes—. Es decir, preferiría ser yo —añadió llevándose al mano al pecho con exagerado gesto teatral—. Shirayuki, por cierto… ¿Te casarías conmigo? —por toda respuesta, ella mira al cielo y suspira exasperada—. ¿No? Lo imaginaba… —prosigue él—. Nada se pierde por preguntar, ¿verdad? —y de nuevo, la sonrisa desaparece de su rostro—. En fin, como te decía, vuélvete a enamorar de alguien y cásate con él.

—¿Aniue? —pregunta ella una vez, con la cabeza dándole vueltas, frunciendo el ceño con extrañeza—. ¿Estás bien? Yo… No te entiendo…

—Siempre has sido libre para elegir tu destino, Shirayuki —responde él, apartando la mirada de sus ojos—. A diferencia de nosotros —y ella sabe que se refería a Zen y a él mismo—, tus caminos no han estado escritos desde antes de nacer…

A Shirayuki se le escapa un gemido de sorpresa. ¿Libertad? ¿Izana le está dando la libertad? ¿Significa eso que respetará sus elecciones, sus decisiones? ¿Dejará por fin de presionarla con el disparate ese de convertirla en su reina?

—Pero si te cansas de ese inútil, quien quiera que sea —añade Izana—, y buscas a un hombre hecho y derecho, aquí estoy yo…

No, decididamente, no…

Shirayuki resopló enojada. Un momento le hablaba con honestidad y al siguiente se burlaba. ¡Hombres! No se dignó a darle réplica, tan solo alzó la barbilla y espoleó a su caballo, dejándolo atrás. El viento le llevó su risa...

Sí, Izana reía. Reía porque había visto el fuego verde. Luego sonrió, esa sonrisa suya de medio lado, y en sus ojos chispeó (una vez más) la diversión. Inspiró, dejándose llenar de la alegría que danzaba en su pecho, y azuzó también a su caballo para alcanzar a Shirayuki. Todavía podía meterse con ella un poco más. Es que era tan divertido verla molesta. Y sus ojos… Cómo brillaban…

Era estupendo volver a verla…

Era estupendo volver a decir su nombre…