Martes de nuevo capítulo, yay! Siento no haber venido la semana pasada, el trabajo nuevo y el viaje que hice el primer finde me han dejado muy muerta. He necesitado unos cuantos días para reponer energía.
Quiero avanzar mucho estas vacaciones pero no sé si podré, tengo mucho trabajo en casa.
Por cierto, nadie me ha dicho nada sobre el pequeño fic que quería subir como "regalito" a los lectores. ¿Eso significa que no os apetecería leerla? TT^TT
Toca agradecer en este capítulo a Bookshoujo por su follow y fav. Y también a Makorin por su review *corazón* Lo pasamos mal con Deku y me temo que en este capi también te haré sufrir un poquito.
Sin más vueltas, ¡el capítulo número 21!
Cap. 21: Instinto animal
Midoriya despertó con la luz. Tenía las piernas entumecidas por tantas horas cabalgando pero al menos no tenía que andar. Volvió a pedir agua pero esta vez se la negaron.
-Queda poco para llegar –enfocó la vista y reconoció los caminos que quedaban cerca de la muralla. Suspiró, mareado. Se preguntó si su amiga invisible habría logrado encontrar alguna zona conocida para regresar a la aldea. También pasó por su mente el viaje de Bakugou. ¿Seguiría todavía por la zona? Si se encontraran quizás podría ayudarlo… sonrió con tristeza. ¿Cuántas posibilidades había de que pudiera enfrentarse al rey y su guardia? Era mucho mejor que estuviera ya de vuelta. Entonces le preocupó la integridad de la joven: cuando le dijera lo que había pasado la tomaría con ella. Posiblemente perdería los nervios y haría explotar algo. Pidió en silencio que Kirishima o Tokoyami pudieran sujetarlo a tiempo antes de hacer algo de lo que pudiera arrepentirse.
Izuku no andaba muy desencaminado. Cuando el rubio fue consciente, esa noche, por primera vez de que el chico no estaba allí, agarró a Tokoyami. Éste se soltó enseguida y dio un paso atrás.
-¡Cálmate! –pero no podía. Apretó los puños con fuerza, respirando aceleradamente. Aparecieron entonces Kirishima y Ojiro, sin aliento.
-¿Qué pasa? –el pelirrojo supo de inmediato que algo iba muy mal. Se acercó a su amigo:
-¿Le ha pasado algo… a Midoriya? –su nombre provocó un giro brusco de cabeza en su dirección.
-Tenemos que volver, tienes que llevarme –sorprendido por su respuesta, retrocedió, visiblemente alterado.
-¿Qué dices? ¿Volver a dónde? –pero no contestó. Estaba pendiente del rubio de cola que se había acercado a Tooru.
-¿Qué ha pasado? –era lo que todo el mundo estaba preguntando pero nadie respondía. -¿Por qué estás así? –no podía dejar de llorar. Se escondió tras su amiga, no podía mirar a nadie a los ojos después de lo que había pasado. El chico las rodeó para tratar de acercarse a ella.
-Cuéntamelo. Tooru, ¿dónde está Midoriya? ¿Has tenido algo que ver? –volver a pensar en él aumentó su culpabilidad. Asintió con la cabeza, olvidando que no podía verla. Pero su pareja ya se había acostumbrado a sus sonidos, a cómo se movía y a la manera en la que el aire cambiaba a su alrededor cuando se movía.
-Tenemos que calmarnos y hablar de esto, gero –Tsuyu trataba de que alguien le hiciera caso.
-¡NO! –nunca habían oído ese timbre de voz en su jefe. Mantenía los dientes apretados, los puños cerrados y la mirada furiosa. Pero tenía un nudo en la garganta que le impedía tener un torrente de voz claro.
-Por favor, que alguien me diga lo que ha pasado –el dragón estaba al borde de un colapso. El jefe demonio volvió a girarse a mirarlo. En su cara se veía una expresión de duda intensa. Buscó entonces a la joven de antenitas en la cabeza, que se asustó cuando lo vio andar en grandes zancadas hacia ella. Pero la ignoró para centrarse en la chica invisible. La agarró por lo que intuyó sería un brazo, que pudo situar gracias a la ropa de Tokoyami que aún llevaba puesta.
-Bakugou –la cola se tensó, preparada para defender a la muchacha. Pero el joven solo le arrancó el colgante de la mano y volvió a soltarla con desprecio, pasando de ella de nuevo. Después fue hasta donde estaba su amigo y se lo puso delante de la cara.
-¿No te has… dado cuenta? –Eijiro tardó unos segundos en entender por qué estaba así: el colgante olía a sangre. Igual que el olor que había llegado hasta ellos cuando se habían cruzado con aquella extraña patrulla de soldados.
-¿Quieres decir que era…?
-¡Sí! –apretó la piedra y buscó apoyo en su amigo. Éste entendía sus sentimientos pero salir así, de repente… era algo que no podían hacer.
-Antes de nada, tenemos que enterarnos bien de lo que ha pasado.
-Yo puedo… contároslo –todos se giraron. La voz venía de más cerca, como si hubiera dado un paso al frente. Como si hubiera recuperado algo del valor que tenía cuando corrió tras el chico y su captora.
Entraron los soldados, el mago, el rey, la chica demonio y el chico secuestrado por una entrada oculta a un lado de la muralla. Por unos corredores recorrieron lo que le parecieron al chico horas pero no anduvieron más de veinte minutos. Lo llevaron por una empinada escalera en lo que intuyó sería un torreón.
El rey lo arrojó sobre un catre sucio y duro, en una pequeña estancia redonda con nada más que dos ventanas estrechísimas con cristales tan sucios como el lugar en sí. Midoriya se quedó sentado y lo miró a los ojos:
-¿Qué quiere de mí, su majestad?
-Te quedarás aquí por ahora. Tengo que decidir… cuál será mi siguiente movimiento –y se marchó, cerrando tras de sí la puerta. Ordenó a la joven de pelo corto vigilar día y noche la puerta y llevarle al chico agua y algo de comer. Lo suficiente para no morirse de hambre pero no lo bastante para que pudiera reponerse y escapar. En cuando oyó que se alejaba escaleras abajo, se puso de pie y examinó la estancia. La puerta era muy robusta, de gruesos tablones y una gran cantidad de enormes clavos de metal. La ventana era de forja y una única y gruesa lámina de vidrio cubría la pequeña apertura. Giraron la llave y apareció una mano por la parte baja de la puerta, por lo que parecía una trampilla. Una bandeja con un trozo de pan y una jarra de latón llena de agua. Jirou ni siquiera miró dentro, cerró enseguida.
Izuku no pudo evitar abalanzarse sobre la comida. Con el estómago lleno las cosas se ven desde otro punto de vista.
-¡Padre! –Todoroki había evitado a todos los soldados, sirvientes y demás personas que necesitaban de repente de su ayuda para llegar hasta su padre.
-¿Puedo hablar contigo?
-Ahora no, hijo. Necesito un baño –al príncipe no le pasó desapercibida la suciedad de su ropa, la tierra en sus botas y lo que parecía sangre reseca en su camisa.
-¿Dónde has estado?
-Te he dicho que ahora no –lo dejó con la palabra en la boca y simplemente se marcho. El muchacho se agachó para coger un poco de la tierra que había quedado en su zapato. La deshizo entre los dedos, tenía tonos rojizos y humedad. No había visto tierra así por los alrededores nunca. Se guardó un poco y se marchó en busca de Iida. Quizás él podría ayudarlo con sus preguntas sin respuesta.
Un silencio sepulcral invadía la pequeña zona de la cabaña de Tsuyu donde se habían reunido ella, Tokoyami, Kirishima, Bakugou, Tooru y Ojiro. Los demás estaban cerca de las ventanas, escuchando sin intervenir.
El de ojos rojos y pelo rubio había sentido diferentes cosas mientras la invisible, vestida con su ropa, relataba todo lo que podía recordar desde que se habían llevado al de ojos claros. Apretaba los dientes y más de una vez se le escapó un gruñido. Quiso golpear, gritar y llorar pero lo que más quería era haberse dado cuenta, haber hecho caso a su instinto. Cuando llegó a la parte de la tortura, salió un momento porque tenía el estómago revuelto, con ganas de vomitar.
Lo dejaron solo, caminó hasta alejarse un poco de la cabaña. Hizo explotar un tronco, una roca, incluso la tierra. No podía contener la rabia, la ira, el desasosiego y la frustración. La impotencia… era el sentimiento que más le dolía. Se mordió el labio para no venirse abajo.
-¡Maldita sea! –volvió al interior, a terminar de escuchar el relato. Parecía lo más sensato.
Fue Tsuyu la que rompió el silencio cuando Tooru dejó de hablar:
-Hay una cosa que no entiendo, gero –se tocó la barbilla, pensando. -¿Por qué el rey se tomaría la molestia de salir y recorrer todo el bosque, gero?
-También me lo pregunté –confesó la invisible. -Midoriya se asustó mucho cuando lo vio y yo… también.
-Tenemos que ir a buscar esa cabaña, si encontramos a esa chica antes que los soldados…
-¿Crees que aún seguirá libre? –el pelirrojo no conocía ni siquiera la existencia de esa cabaña y el tiempo jugaba en su contra.
-Vale la pena comprobarlo –el rubio estaba extrañamente tranquilo. Sus sentimientos y toda esa furia se habían diluido conforme acababa la historia. Ni siquiera el pelirrojo notó que todo eso solo se había quedado ahí, esperando el momento de atrapar a esa desconocida sin rostro que se había llevado su más preciado tesoro.
-Pero… no sé si sabría volver –sintió cómo su mirada roja ardía y la atravesaba. Bakugou siempre miraba hacia ella como si no existiera pero esa vez la estremeció de miedo porque sí sintió que la podía ver.
-No necesito que me guíes, saldré ahora mismo.
-¿Ahora? –Eijiro agarró a su amigo del brazo para que no se levantara del suelo. Todos los sentados en círculo a su alrededor se quedaron también a medio incorporarse.
-Deberías esperar a que sea de día, podremos orientarnos mejor y…
-¡No hay tiempo! ¿No os dais cuenta? Deku ya habrá llegado al castillo o a donde sea que lo fueran a llevar. Quién sabe lo que le espera… no podemos esperar –su frialdad los sobrecogió. Lo normal habría sido que la voz le temblara, que los nervios se notaran en su expresión o sus gestos. Como al enterarse, pero no, su calma era aterradora.
-¿Cómo vas a encontrar el camino? Yo puedo ayudarte a partir del punto donde encontré a Tooru pero… –Tokoyami guardó silencio cuando Katsuki se levantó. Antes de salir, se giró y el fuego se reflejó en sus ojos rojos y sus colmillos cuando sonrió.
-Tengo mis métodos
-Gracias por la comida –murmuró el muchacho al ver la comida que le pasaban por la pequeña portezuela. No recibió respuesta pero no le impidió seguir hablando a la pared.
-Oye, ¿estás ahí? Me gustaría preguntarte algo –podía no haber estado al otro lado de la puerta pero como no podía saberlo, continuó: -¿por qué dejaste la aldea? Sé que es un tema que no me incumbe pero… a Tooru le afectó mucho verte y tenía curiosidad –Izuku no la vio pero los ojos de Jirou se cerraron con pesar al recordar a su amiga.
-No lo entenderías.
-Puedo intentarlo –contestó enseguida, sorprendido por haber recibido una contestación, aunque fuera breve. Quizás habría contado la verdad o quizás no pero justo en ese momento un soldado subía por las escaleras, sin aliento. La chica se puso firme:
-Una nota de su majestad el rey, con carácter de urgencia.
-¿Qué ha pasado? –la tomó y leyó deprisa. -¿Qué significa esto? ¿Acaso se duda de mi trabajo? –se encogió de hombros.
-Yo solo he traído la nota –hizo un gesto con la cabeza y se dio la vuelta para volver a bajar. La joven de pelo corto se guardó la nota y suspiró con fuerza. Nunca había conocido a un gobernante más intransigente que él.
El frío mordisqueó la piel que el de pelo verde tenía al descubierto. Echó de menos su chaleco y una camisa nueva. Se colocó sobre los hombros la manta raída que cogió del catre y se sentó, rodeándose las rodillas con los brazos. La luz de la luna llenaba todo de sombras. No habían vuelto a verlo en todo el día aunque sí que habían renovado las órdenes de su vigilante: no solo debía cuidar que no escapara, sino que tenía prohibido hablar con él. El chico lo había intentado durante las horas pero solo había contestado el silencio y su respiración. Se propuso dormir, al día siguiente después de comer se encontraría mejor.
La noche en la que llevaban al muchacho, a caballo, dirección al castillo, Bakugou tomó una decisión que sorprendió a su mejor amigo y segundo al mando, Kirishima.
Cuando salió de la cabaña, dando por zanjada la historia, nadie imaginaba cómo podría encontrar aquél lugar perdido en el bosque. Había rechazado la ayuda del joven que mejor conocía las sombras.
En su cabaña, mientras guardaba un puñado de cosas en su bolsa de piel y trataba de no prestar atención a las pertenencias del de ojos claros, tocaron a la puerta. Eijiro empujó la puerta para hablar con su amigo:
-Bakugou… ¿qué vas a hacer?
-Ya lo sabes, ¿no? –se miraron en silencio. La habitación estaba fría, el rubio no se había molestado en encender un fuego, solo algunas lámparas. La luz se reflejó en sus ojos rojos. Nunca había visto aquél brillo en él.
-¿Hablas en serio? Es arriesgado, si te pierdes… podrías no volver nunca –el jefe se colocó bien la capa y se acercó a él. Le puso una mano en el hombro y susurró:
-Sin él, no tengo razón para regresar –el otro tragó saliva.
-Si las cosas son así, te ayudaré. Cuenta conmigo –sonriendo de medio lado, le tendió la bolsa que había estado preparando.
-¿Correrás detrás de mí?
-Sí, no quiero arriesgarme a quedarme atrapado entre los árboles.
-¿Podrás aguantar mi ritmo?
-Estás desentrenado, serás tú el que tenga que apurar el paso –asintió y ambos sonrieron. La tensión y los nervios ahogaban sus corazones. Después de apagar las lámparas de aceite, salieron. Contra lo que había pensado el jefe, no se encontraron a nadie.
-Les he pedido que esperen dentro.
-Gracias –se alejaron lentamente hacia el bosque. Cuando ya estaban fuera de la vista, Bakugou se desnudó en silencio. ¿Cuánto hacía que no se transformaba? Desde luego, muchos más años de los que podía contar. La última vez fue con su padre y llevaba muerto medio siglo. Recordó cuando fue atacado y perseguido por los soldados. Ni siquiera se planteó convertirse para salvar su propia vida y aún así… no se lo cuestionaba ahora. Porque sabía que con sus sentidos mejorados podría seguir el rastro de sangre del colgante y llegar hasta donde lo habían tenido encerrado.
No negaría que le daba miedo perder el control y sucumbir a esa parte de instinto animal que primaba en su otra forma. A base de transformarse se iban poco a poco compenetrando pero para él siempre había sido una deshonra. Como jefe, no quería depender de la fuerza que le daba su aspecto animal; él había querido ser siempre un demonio en el que confiar y al que temer sin ayuda de nada, igual que su padre y el suyo antes que él. Pero había llegado Deku y todo estaba patas arriba. Pensó en él mientras buscaba en su interior cómo transformarse, hacía tanto tiempo que lo sintió como la primera vez. La adrenalina tensó sus músculos mientras su cuerpo cambiaba y se cubría de tupido y suave pelo rubio. Recordó sus ojos verdes cuando la visión se agudizó, el olor a hierbas desconocidas de su pelo a la par que su nariz se convertía en hocico. La suavidad de su piel mientras sus manos se convertían en garras y arañaban la tierra. Resopló y el frío convirtió en vaho su aliento.
El demonio que agarraba su bolsa recogió la capa y la ropa para meterlas dentro. La prenda grande no cabía, se la puso al cuello.
-No te queda mal mi capa, pareces hasta una persona importante –sonrió enseñando todos los afilados dientes. El otro no dijo nada pero admiraba su capacidad para permanecer sereno en esa forma. Le tendió el colgante, que olfateó. El olor de la sangre encendió su cuerpo, potenció todos sus sentidos. La necesidad de encontrar aquella cabaña estaba a la par que las ganas de atrapar a esa muchacha.
-¡En marcha! –avanzó un poco, serpenteó entre los árboles hasta encontrar el rastro de Tooru, el camino por el que había llegado junto a Tokoyami. Aulló, con voz profunda y grave, alertando a todas las criaturas de los alrededores. Kirishima sintió un escalofrío, la potencia de su amigo en aquella forma no podía ser más letal. Tragó saliva, sería una noche larga, muy larga. Cuando lo vio empezar a correr, se apresuró tras él.
"Aguanta Deku, estoy en camino" lo mantuvo en su mente constantemente, para no olvidar su objetivo. Lo encontraría, lo abrazaría y volverían, aunque tuviera que enfrentarse al mismísimo rey.
Continuará…
Tenemos que salvar a Deku, ¡deprisa! ¿Alguna idea de cómo avanzará esto?
¡En el capítulo 22 más! Gracias por leer x3
