21
CRONOS
Pasaba de medio día, y si no fuera porque el clima había descampado dando un poco de tregua al sol, nadie lo habría notado, pero vieron al astro en el cenit sin marcar las sombras de los árboles desnudos.
Sentados en un diván junto a una ventana, viendo pasar el día, como lo hacían cuando eran niños, Abraham y Triana suspiraban, mirando al calcinado jardín de la casa por donde habrían de llegar ellos dos.
Él lo sabía, desde que regresó, que no hacía otra cosa: contar las horas para juntar los días que faltaban para que ella volviera y el momento había llegado. Con el rostro serio y grave, mordisqueando sus nudillos, volteó a ver a Triana que recargada sobre sus brazos no apartaba la mirada del camino.
-Triana…
-¿Sí?
-Gracias ─ella lo miro algo confundida─, gracias por defenderme de Alucard.
-No fue nada, ni te defendí en verdad, ¿cómo podría haberlo hecho?
-Él siempre escucha a las mujeres… eso fue, Triana, además, te arriesgaste a que también te golpeara a ti.
-Tal vez, pero tu padre nunca me ha maltratado, en todo caso, me ha tratado peor mi propio padre.
-Triana, de verdad me gustaría que fueras mi hermana de sangre, aunque es un poco egoísta pedirlo, dada…mi condición
Ella asintió con una tierna sonrisa, Abraham le dio un beso en la mejilla.
- Ya pasaron esos cinco días y aún no me hago a la idea, pero espero tener las fuerzas necesarias para soportar todo esto.
En ese momento vieron un auto atravesando los linderos de la propiedad para dirigirse a la casa. Los gitanos ya habían sido avisados del retorno y se dirigieron a esperar el auto en la entrada para recibir a los amos. En cuanto los vio, Triana no dudó y bajó hasta el vestíbulo, pero Abraham no lo hizo, no tuvo el valor suficiente y se quedó dónde estaba, observando detrás de la cortina lo que ocurría. El auto se estacionó frente al pórtico, la puertezuela se abrió y de él bajó Alucard con unas gafas totalmente oscuras, sacó a Íntegra en brazos. La dama venía abrazada al cuello de su esposo, los gitanos que los esperaban los saludaron con una respetuosa reverencia de la cabeza. Ambos asintieron y entraron. Al ver a su madre, ya sin poder caminar, se consternó al tiempo que los veía desaparecer de su vista, no pudo seguir mirando ni tampoco ir en su búsqueda.
Se dirigieron a la habitación de Íntegra, seguidos de Triana que estaba ansiosa por hablar con su ama.
Se podía pensar que ella expresará desesperación o angustia, pero no era así; lo único que su rostro reflejaba era una tristeza tranquila, lenta, pausada, algo así como nostalgia. Y Alucard, parecía que él en realidad había envejecido diez años; su rostro estaba tan demacrado, tan cansado, tan marcado por la pena. Ahora lo único que le podía traer un remanso de tranquilidad, era observar la calma de Íntegra, aunque presentía que su resignación no era verdadera.
Sobre todo al recordar su reacción al saberlo; al momento que despertó de su anestesia, al otro día de que Mircea y Triana regresaran. Cuando fue abriendo poco a poco los ojos y los clavó en el techo como mirando a lo incierto, como recordando y tratando de recapitular lo que había pasado, no pudo recordar nada al instante y cuando bajó la mirada; cuando se dio cuenta de que estaba en un cuarto de hospital, llena de sondas recordó de súbito todo lo acontecido y hasta pensó que había sido un sueño, desvió un poco más la mirada y descubrió el rostro expectante y preocupado de Alucard que le miraba.
-Alucard…- dijo aún con voz temblorosa- ¿qué…qué paso?
-Ellos –dijo tragando saliva- ellos te hirieron, te traje al hospital…
-Cierto…-afirmó ella. Suspiró ante los ojos temblorosos de su esposo, pero cuando trató de alzar el brazo derecho para quitarse la mascarilla del rostro su intentó se frustró bruscamente, ella creyó que tal vez algo le detenía el brazo y volteó a verlo como para cerciorarse, lo intentó de nuevo pero no obtuvo respuesta, fue entonces cuando comenzó a inquietarse, con el brazo izquierdo se arrancó la mascarilla de oxígeno –Alucard… ¡¿Alucard qué me está pasando?!
Pero el vampiro no le pudo contestar pues las palabras no se atrevían a salir de su boca, se quedaron atoradas en su garganta junto con el sentimiento de frustración que le invadía; real y verdaderamente se sintió pequeño, débil y cobarde ante la situación
-Alucard, ¡¿por qué me estas mirando de esa forma?! ¡Alucard!- sin resistir más, sumamente asustada se percató de que tampoco sentía las piernas, entonces abrió desmesuradamente los ojos y su respiración comenzó a agitarse, con el único brazo que podía mover se tocó, estaban allí pero por más intentos que hacía, no se movían- ¡¿qué me sucede, qué me sucede?!
Al vampiro lo único que se le ocurrió fue abrazarla, tomar su rostro entre sus manos y decirle:
-Perdóname por favor, te lo suplico- dijo echándose de rodillas junto a su cama, como jamás había implorado perdón, como ni siquiera lo quiso pedir ante Dios.
Ella sin comprender nada, apenas si podía imaginar de qué se trataba todo aquello, la reacción del vampiro, su estado de congelamiento; con desesperación trato de moverse una vez más y otra, y otra, y otra, pero fue completamente inútil: -No, no, ¡carajo, esto no!- hizo un movimiento súbito y brusco de su tórax que la llevó a caer de la cama arrancándose por tensión las sondas que crujieron desenterrándose de sus venas y fue a aterrizar en los brazos del vampiro como si fuera una muñeca de trapo.
Al ver eso, Alucard sintió que le arrancaban el corazón del pecho; ver la cara de su adorada, llena de espanto y desesperación, observarla casi inmóvil, medio viva, medio muerta, aún golpeada, completamente indefensa y medio desnuda; entonces sólo la aprisionó en sus brazos, la estrechó como si con ese abrazo fuera a devolverle la salud perdida para siempre.
-¡No, Alucard! ¡Dime que es lo que me está pasando!
-Te hice mucho daño, mucho daño…
-¡Por favor! Por favor…-la voz se le quebraba y las lágrimas ya salían por sus ojos.
-Me temo, mi amada ama, me temo que esta vez te hecho la cosa más terrible de todas cuanto pude; y no sé cómo podré acaso repararlo- decía sin separarla de sus brazos - tal vez fue mi egoísmo, tal vez este es un castigo a mi tremendo pecado; el sólo hecho de haberme enamorado de ti, ¡de haberte deseado con tanta vehemencia!… ¡no debí, jamás debí! No lo pude evitar mi ama, ¡no pude! Te he arrastrado a mi miseria; Dios nos estaba tendiendo una jugarreta y me parece que has descendido conmigo a los infiernos, que compartes mi maldición porque… ¡todo lo que toco se convierte en cenizas!
-Alucard…Alucard- decía ella apoyando su rostro en la mejilla de él, temblando ante su propio dolor, lágrima tras lágrima; ya podía imaginar lo que había pasado con ella, ya podía sacar conclusiones pues recordaba las detonaciones en su espalda.
Con el brazo servible tomó al vampiro por el cuello de su camisa con las pocas fuerzas que tenía, en un ademán que le trasmitía rabia, reproche, dolor. Alucard puso su mano sobre la de ella aprisionándola.
-¡Perdóname, perdóname te lo suplico!
Ella trato de zafarse, pero sólo después de ese primer intento comprendió que era completamente inútil oponer resistencia, pues su cuerpo había dejado de responderle, así que con la movilidad de su tórax y su brazo, se apartó del pecho de su esposo.
-Por favor…por favor.
Alucard comprendió que Íntegra quería regresar a su cama y la depositó en ella, la cubrió con sus sabanas para evitarle frío y pudor, pues la sencilla bata de hospital que tenía apenas si la cubría hasta en medio de los muslos. Luego llamó a las enfermeras que le coloraron de nuevo las sondas que ya chorreaban suero y le zurcieran las venas.
Pasado el episodio de desesperación, Íntegra tuvo tiempo para pensar, "tenerme lastima a mí misma, ¡eso nunca!". Tampoco para ella tenía sentido reprocharle nada a Alucard. Desde su cama sólo se repetía que: "todo ha quedado atrás, en todo caso, todo tiene que terminar".
-¿Y Abraham?- preguntó- ¿sabes dónde está, vino a verme?
-Sí, él estuvo aquí.
-¿Y por qué se fue?
-Discutimos, él se sobrepasó, me exalte, termine castigándolo y lo eche a casa.
-Ya veo.
-¿No vas a decirme nada?
-Eres su padre, sabes lo que es bueno para él, ¿o no? O tal vez sólo tratas de aplacar el inmenso parecido que tiene contigo.
Alucard no contestó a eso, sólo ahogó un hondo suspiro porque había razón en lo dicho.
Cuando por fin la dieron de alta, ella se había propuesto resistir hasta donde más pudiera, pues no dejaría de ser Íntegra Hellsing mientras estuviera viva, no mientras su hijo la mirará y sin embargo, en su mente trazaba un plan.
Cuando retornaron, ella casi había olvidado el propósito de todo aquello, estando en el auto camino a casa, recordó que había ido a esa ciudad para casarse con el padre de su hijo porque le pareció necesario, fue entonces cuando reparó en su argolla y en el anillo de compromiso que ya no traía puestos. Alucard los sustrajo del bolsillo de su saco, tal vez leyéndole el pensamiento:
-Aquí están, te las quitaron cuando ingresaste al hospital- dijo a punto de ponérselas de nuevo.
-Creo que mejor las guardas.
-¿Por qué?- preguntó casi consternado de que no quisiera usarlas.
-Porque no tiene caso, ¿qué clase de esposa soy? ¿Qué clase de esposa podría ser? Además, sólo son unas tontas alhajas- dijo agachando la cabeza, haciendo un mohín de rabia.
-Cierto- agregó tragando saliva y pesar, con un tono y una sonrisa de ironía - ¡además sólo fue un tonto papel firmado!
Luego observó una vez más las sortijas, fingiendo indiferencia y sin dejar de sonreír, se quitó lentamente su argolla nupcial y guardó las tres joyas en el bolsillo.
Así llegaron a casa, bajaron del auto y luego de entrar, subieron a la alcoba de ella.
Llegaron a la habitación, Triana se apresuró a abrir los cobertores y Alucard depositó suavemente en la cama a Íntegra,
-Tu ama aún está muy débil- le dijo a él a la gitana, tocándole el hombro- pero sé que la vas a cuidar bien.
-Sí amo, claro que sí
- ¿Dónde está Abraham?- fue lo que preguntó ella muy ansiosa- quiero verlo
Triana iba a ofrecerse a ir a buscarlo, pero en eso: -Ma…mamá- Abraham apareció en el umbral de la puerta sin atreverse a entrar.
-¡Hijo!- exclamó ella levantando, extendiendo el brazo izquierdo.
El muchacho no lo pensó más y corrió a abrazar a su madre, sin poder evitar llorar de nuevo al verla en ese estado, al notar que sólo pudo alzar un brazo y al saber que jamás iba a volver a caminar.
-Pero hijo, ¡no llores, vida!- le decía ella mientras acariciaba su nuca y sentía las lágrimas escurrir por su cuello- ¡no llores así por mí!
-¿Cómo no hacerlo?
-No sufras Abraham, eso no- decía mientras sonreía y le miraba a los ojos, limpiando sus lágrimas- no quiero que sufras más, Abraham…yo, yo estaré bien, ¡te lo prometo!…
-Está bien- dijo secándose apenas las lágrimas- sé que no te gusta verme llorar.
-Lo que no me gusta y no soporto es ver tu sufrimiento, las lágrimas no son malas hijo, pero hay que saber cuándo derramarlas.
Alucard observaba todo en silencio; Íntegra sacaba las últimas fuerzas que le quedaban, lo hacía por no lastimar a Abraham, porque no la viera sufriendo como él sabía que estaba. Comprendió que ese momento le pertenecía a madre e hijo, y que tampoco querría estar allí, así que levantándose las gafas en la cabeza, se despidió con la mirada de Íntegra y se fue.
-¡Te juro que estoy arrepentido de no haber estado contigo, mamá! ¡Que estoy arrepentido de cuanta tontería mía te haya causado disgustos!
- No te arrepientas de nada Abraham, tú no tuviste la culpa, además tu padre estuvo conmigo, ¡y me defendió como siempre lo ha hecho! Es sólo que…el enemigo era demasiado fuerte.
- ¿No crees que pudo haber hecho más?
-No, la verdad es que, fue, fue como una emboscada perfecta.
Se quedaron un rato, juntos, conversando. Cuando Abraham salió de la habitación de su madre, iba acongojado, cabizbajo y con las manos echadas en la espalda sin poder hallar una solución a todo ese caos, y si a eso le sumaba la relación desgastada que llevaba con su padre, de verdad todo pintaba insufrible. En eso iba pensando distraídamente, cuando en el pasillo que llevaba a las escaleras, se encontró de frente a su imponente progenitor. El chico alzó la mirada rápidamente, estaban cara a cara, él lo veía con una expresión fría y seria. Abraham irguió el pecho y le devolvió una mirada de rencor pero también de aplomo, entonces el vampiro se irguió más (como haciendo notable los ya pocos centímetros de estatura que le llevaba a su hijo).
-Ven conmigo- le ordenó con un tono seco y comenzó a caminar.
Abraham al principio dudó entre obedecer o no, por lo que no se movió de su lugar. Al no escuchar pasos, Alucard se volteó y sin decir nada, recrudeció su mirada, el muchacho, entonces no tuvo más remedio que seguirlo.
Bajaron las escaleras y se dirigieron a la gran biblioteca, el vampiro abrió la puerta y la dejó abierta para su hijo que, sin embargo, no se atrevió o no quiso pasar enseguida, Alucard lo notó, retrocedió y tomando la hoja dijo: -Por Dios, ¡pasa! ¡Tampoco soy Cronos para devorar a mi propio hijo!
El muchacho se encogió de hombros y entró a la habitación, cerrando tras de sí. Alucard se dirigió entonces a un pequeño despacho que había detrás de las estanterías más altas, allí había un mueble de cuya llave siempre se apoderaba y un pequeño, un exquisito escritorio.
-Siéntate- le ordenó, Abraham lo hizo en la única silla que había enfrente del escritorio, mientras que Alucard le daba la espalda, abriendo un estante del mueble; de allí sacó una pequeña caja donde guardó discretamente las tres argollas protagonistas de sus funestos desposorios. También sacó una fina botella de coñac y dos copas, las puso sobre el escritorio- quieres una copa, ¿o no?
Abraham sólo hizo un mohín, le causaba disgusto tratar con su padre en esos momentos, le causaba molestia que le ofreciera algo. El vampiro puso la copa llena frente a su hijo, mientras bebía un sorbo, Abraham también se llevó la suya a la boca.
-Te encuentro un tanto más dócil- se sonrió satisfecho- creo que te sentó bien la golpiza, tal vez necesites otras (Abraham lo miró con enconó, lo que el vampiro en ese momento encontró divertido). Al menos me desquité, es decir, soy un hombre paciente, mucho muy paciente; los años, los siglos te dan esa cualidad, el hecho de saber que tienes tiempo de sobra, y sin embargo, ¡hace días tú acabaste por completo con la mía! No me dejaste más opción, en fin. Ahora te he traído aquí porque quiero hablarte sin el estorbo de la ira; simple y llanamente. No creas que no lo he reflexionado. No puedo culparte ni condenarte del todo por esa actitud tuya, esos ímpetus, esa rebeldía, ¡esa descarada insolencia! Cuando veo esas actitudes en ti, parece que me veo a mí mismo, a tu edad o siendo aún un niño; por odio, por un deseo de morir tal vez, yo también solía retar a mi padre (al mencionarlo evocando su recuerdo, sus facciones se contrajeron en odio), yo también solía provocarle, aunque él estuviera dispuesto a matarme… ¡ja! ¡Él era un maldito desgraciado!
Desvió un momento la mirada, tomó otro sorbo de coñac, buscó en el cajón del escritorio una caja de cigarros, tomó uno y lo encendió, dando dos grandes bocanadas de humo acercó la silla detrás del escritorio y se sentó frente a Abraham.
-Tú sabes bien acerca del horror que han marcado nuestra estirpe, también sabes de todas las atrocidades que he cometido, ¡y juro que lo hice sin remordimiento alguno! Pero entonces, ¿cómo pudiste haber escapado a tan siniestro sino? No, ¡imposible! Nuestra familia sin duda fue maldecida. Lo que me heredaron a mí, lo que por consecuencia yo heredé a ti. ¡Todo esto es tan sólo una tragedia y con cada generación se le agrega un eslabón! Se le teje una nueva trama (volteó a ver a su hijo que ahora no apartaba la vista de él). Pero quiero que sepas que jamás deseé que tú formaras parte de todo esto, que yo mismo le pedí a Dios, le rogué porque no fuera así, pero creo que él jamás ha estado para nosotros, jamás lo estuvo para mí y por consecuencia no lo estará para ti. Entonces vivirás tu propia tragedia, porque no sé si serás un inmortal imperecedero como yo, si tendrás una suerte parecida a la mía. Ahora, si en verdad me odias, puede que estés en tu derecho, si aborreces lo que yo te di sin querer, también, pero será mejor que lo digas ahora, Mircea, ¿odias tu naturaleza de medio vampiro?
Él no contestó, sólo bajo el rostro y desvió la mirada por completo como si no tuviera intenciones de hablar.
-¡Contesta ya, niño! ¡¿Acaso te volviste mudo?!- apresuró Alucard
-¡Sí!- contestó- sí, ¡no me hace feliz ser así! No me siento orgulloso de ser un medio vampiro, no quiero beber sangre, ¡no quiero ser inmortal!…
Alucard entrecerró los ojos, cigarrillo en boca asintió con la cabeza:-Muy bien, así que después de todo eres una desdichada criatura, ¡qué ironía! Repudiaras tu propia naturaleza por el resto de tu vida, por todos y cada uno de tus días, y en eso hijo, yo no te puedo prestar ningún tipo de ayuda. Sin embargo no eres el culpable, sino nosotros, nosotros que decidimos traerte al mundo dándote de ante mano una carga muy pesada de llevar. Te hicimos una mezcla de nuestras sangres, de nuestros linajes; eres la conjugación de una historia de odio que se consumó en amor con la esperanza de que todo pudiera sanearse, (lo mira con tristeza) pero creo que no fue así. Lo paradójico es que si me odias estarás haciendo bien, ya que soy un vampiro y tú un Hellsing; pero al mismo tiempo haces muy mal pues te traicionas como Dracul, porque también eres un demonio. (hace una sonrisa de ironía)…Mircea Dracul III y Abraham Hellsing II, ambos viviendo en ti, ¡dos naturalezas contrarias y enemigas haciéndose pedazos!…Tú en medio de todo esto, creo que no debimos de haberte hecho eso, creo que a lo mejor hasta te arrepientes de haber nacido.
-No, al menos aún no.
-Y, ¿en realidad me odias? ¿En realidad desearías no ser mi hijo?
-Primero contéstame algo, papá, ¿qué fue exactamente lo que hiciste para que descubrieran el paradero de mamá? En el hospital mencionaste que eras el arquitecto de todo eso y quiero saber porque.
Alucard lo miró, bajó el rostro y rió maliciosamente, su cigarrillo se había terminado, por lo que se levantó a encender otro antes de contestar.
-Sabía que me preguntarías eso y está bien, te lo diré…. ¿sabes quién es Victoria Seras?
-Sí claro, ella fue tu aprendiz, la convertiste en vampiro para que no muriera y sirvió a la familia Hellsing, ¿qué tiene eso que ver?
-Todo. Ya que como mi única "familiar" existente, no quise, no desee perder contacto con ella por completo y…mantuvimos correspondencia- dijo riéndose de sí mismo.
Abraham se quedó pasmado y boquiabierto, mirando a su padre con ojos desmesurados:
-¡Dios… santo!- dijo negando y llevándose la mano a la frente cuando de pronto se puso de pie - papá, ¿no será que….?
-¡Cállate! Eso jamás, ni se te ocurra; es cierto que soy capaz de cualquier cantidad de bajezas pero algo como eso, ¡nunca! Puedes estar seguro que nunca le he faltado a tu madre, ¡ni siquiera con el pensamiento! Tendría que ser un imbécil para engañar a una mujer con ella. Por otra parte, tal vez haya sido un tipo de traición, debí de haber pensado en todas las consecuencias y ella estaría bien. Sé que nunca vas a perdonarme por ello y tampoco tengo intención de pedirte que lo hagas.
-Ni yo a ti, por lo que dije.
-Muy bien, sólo ten en cuenta que tú no eres nadie para actuar como lo hiciste, que no voy a tolerar que se repita, recuérdalo; sólo tu madre y nadie más puede increparme, a ese grado, ¡tú, no!
-Claro, ¡sólo haces lo que sabes, me castigas como a un niño y eso es todo!
-¡Eres sólo un niño!
-Tal vez, ¡pero tú siempre serás el culpable de esto! No importa si te guardo rencor o no.
-Sí, que bueno Abraham Mircea- exclamó sonriendo de nuevo- ¡qué bueno que ya comienzas a conocer el odio tal cual es! Así: llano, cruel, álgido, ¡descarnado! A seres como tú y yo no nos queda de otra; nos alimenta, nos hace sobrevivir y a ti, te hará mucha falta sobre todo porque hay algo que debemos, ¡hay algo que debes de hacer!
El muchacho miró a su padre, confundido. Alucard se acercó a él sacando algo del bolsillo, tomó su mano en la suya y colocó en su palma abierta un objeto, para luego cerrarla.
-No…no voy a negar que soy el miserable culpable de que ahora tu madre haya caído en la peor de las desgracias- decía sin soltar la mano de su hijo- pero no soy el único que debe pagar, ¡hay más! ¡Muchos más y de eso nos vamos a encargar tú y yo! ¿Quieres verter odio? ¡Pues que así sea! Pero hazlo sobre nuestros verdaderos enemigos (Abraham lo miraba con las pupilas dilatadas), ¡odia a muerte a los que nos hicieron esto! ¡Ódialos Mircea! ¡con todas tus fuerzas! Y promete en este momento, que te vas a cobrar venganza a costa de lo que sea…
-¿Qu…qué?
-Ya te lo dije, ¡son esos cabrones del Vaticano que no descansarán hasta haber acabado con cada uno de nosotros! Palmo a palmo, paso a paso…les haremos pagar bien caro, mil veces más caro.
-Pero, ¿qué es esto?
Alucard dejo de aprisionar la mano de Abraham mientras decía: -Augustus Baptista, paladín de la división XIII…del Vaticano, ¡ese malnacido sacerdote de judas! Ese es el hijo de puta a quien debes destruir.
Abraham en ese momento observó el rosario semi desgranado en sus manos y comprendió todo; sintió que en eso su padre tenía la razón absoluta, su corazón, su misma sangre así lo dictaminaban.
-Véngate de ellos, busca y destruye, hijo, ¡no descanses hasta no cobrar a muerte y sangre lo que han hecho!… ¡promételo, Mircea, promételo!
Alzó la mirada y clavó sus ojos endemoniados en su padre, asintiendo: -Sí…¡lo prometo!
-¡Entonces, que así sea!- sentenció satisfecho.
Abraham lo había jurado con toda la fuerza de su conciencia, había prometido que dedicaría su vida a la venganza, al castigo sin tregua. Alucard sintió entre una especie de malsana satisfacción y al mismo tiempo un remordimiento, una pena por lo que la vida no le dejó ser: había pedido alejar a ese chico de una vida de tormento en el pasado, pero ahora era demasiado tarde.
-Creo que ha sido todo, Mircea, puedes retirarte.
Él asintió y se dio la media vuelta para salir de la habitación lentamente, cerrando la puerta tras de sí. Una vez afuera, se quedó un momento reflexionando en su promesa y refrendándola a sí mismo. También pensando en las palabras de su padre: "no debimos de haberte hecho esto". La verdad era que su condición como medio vampiro era aún tan incomprensible para él que al beber sangre, al no tener que sufrir las inclemencias del clima, al probar su gran fuerza física, al contemplarse y notar que ninguna herida corpórea perduraba (así como el decorado de su espalda, que siempre se difuminaba y tenía que retocar) no podía menos que asombrarse y desconocerse aún.
Al caer la noche, Alucard se dirigió a la habitación de Íntegra. Triana estaba peinando el cabello de su ama en una trenza cuando él entró y las observó a ambas: era muy obvio, Íntegra sentada en una cómoda silla ante la ventana, ya no mostraba la serenidad y resignación de cuando llegaron a casa, ni mucho menos la aceptación que fingió al momento de reencontrarse con su hijo, sólo miraba indiferente al vacío a través de su ventana, como escrutando entre las sombras el escenario polar que se extendía.
-Parece que las nevascas nos han dejado en paz por un rato, eso me alienta ya que este invierno ha sido particularmente crudo, ¿no le parece?- platicaba la gitana tratando de obtener la atención de su ama.
-Sí, mucho, mucho muy crudo- contestó sin ningún tipo de énfasis.
-Triana – llamó Alucard- creo que es todo por el momento, niña, ¿podrías salir?
-Sí amo- contesto con una reverencia- como usted lo ordene. Hasta mañana, ama. Con permiso.
Una vez que hubo cerrado la puerta, Alucard se acercó a ella y en verdad que en esos momentos el vampiro no hallaba palabras para dirigírsele, porque ni siquiera lo miraba, ni apartaba la mirada de la ventana. Él le acarició el rostro, ella sólo cerró los ojos y ahogó un suspiro. Él tomó sus manos en las suyas y las besó.
-Creo que deseo acostarme ya- expresó.
Alucard la alzó en brazos y la depositó con toda suavidad en la cama, dentro de los edredones. Luego se sentó junto a ella y la beso en los labios, ella contestó y acarició con la mano que podía mover el rostro de su esposo.
-Íntegra, te amo.
-Tal vez pronto dejaras de hacerlo.
-¿Qué dices? Eso jamás, ¡jamás!
-Deberías hacerlo, porque la mujer de la que te enamoraste ya no existe más, ante ti, sólo está un despojo.
-No digas eso.
-¡Es verdad! ¡¿Acaso inspiro algo distinto a la lastima?!
-¡Tú nunca causarás lástima! Jamás y ya no hagas esto por favor porque el único que debería padecer agonía soy yo, ¡no sabes lo que daría para que fuera así!
-Creo que todo, todo está en el destino; es como si yo hubiese cumplido con ese ciclo: tenía que pagar por todo aquello que quede a deber: Íntegra Hellsing ha desaparecido, ¡ya no existe!
-Íntegra Hellsing está aquí, Íntegra Hellsing es mi esposa, la madre de mi hijo, ¡mi ama y señora! Y ella nunca se da por vencida, ella elige la vida para abrirse paso.
-Íntegra Hellsing hacía eso- agrego sonriendo con amargura- ella no se amedrentaba, ella luchaba, pero ahora, ¡Íntegra Hellsing no está aquí!…
-No…¡no puedes dejar que ellos ganen!
-¡No se trata de ganar o perder esta vez! ¿Qué no lo entiendes? ¡¿Qué no comprendes que he sido destruida, vencida?!
-¡No!- dijo él estrechándola en sus brazos.
-Claro que sí, ¡desde luego que sí! No puedo ni siquiera llamarme un ser humano, no soy una persona; soy sólo restos, ¡y nada más! Dime, ¿de qué sirvo ahora? ¿Qué puedo hacer ahora? ¡Absolutamente nada! Todo, todo se acabó, ya ni siquiera… ya ni siquiera sirvo como mujer- dijo al tiempo que las lágrimas escurrían al fin- he estado tratando de fingir, ¡de aguantar! Pero ya no puedo más, Alucard, ¡ya no puedo más! Creo que esto es demasiado para mí.
-Íntegra…-el vampiro la observaba con angustia, la observaba en su palpable agonía y comprendía perfectamente su sentir: para ella, no sólo era el estado de postración en el que se encontraba, era además el asesinato de su orgullo.
-Pero…pero no voy a estar así mucho tiempo, no, ¡me niego a aceptar esto como un suplicio, me niego aceptar esto callada, abnegadamente! No, ¡yo no soy así! Y no me resigno, no lo voy a hacer, para mí no hay cruz digna de cargarse…
-Pero Íntegra….
-Voy a librarme de todo esto, ¡oh sí que lo haré! Tal vez tú estés acostumbrado a la agonía o te hayas conformado por que no tienes otra opción, ¡pero yo no! - dijo con una extraña y febril sonrisa- entonces, creo que …creo que tengo la solución a todas nuestras desdichas, algo que pondrá fin a esta desgracia, a esta desdichada y patética historia de una vez por todas.
-¿Qué…qué es lo que estás pensando?- interrogó Alucard sintiendo miedo.
-Con que, ¿no hallas la manera en como resarcir el daño, he?
-Así es, no sé cómo, si lo supiera….
-¡Bien! Eso es todo lo que necesito; alguien deseoso de obsequiarme su piedad.
-No es piedad, Íntegra.
-¡Escúchame! Tú, tú nosferatu Alucard, vas a librarme de este tormento, tienes la opción en tus manos ¡tú vas a resarcir el daño que me has hecho si tan deseoso estas!
-¿Qué estás diciendo?- dijo a punto de retroceder, como adivinando de que se trataba todo eso.
-Que vas ayudarme….
Él observó sus dilatados ojos clavados en él, observó sus expresiones pero se negaba a entender sus palabras.
-¿Qué me estas pidiendo que haga, mujer?...-dijo negando con la cabeza sintiendo como el horror cundía por su ser.
-Tú…vas…a acabar con mi vida, ¡tú vas a darme el bien morir!- exclamó exaltándose al tiempo que el vampiro retrocedía unos centímetros de ella completamente aterrorizado de haber escuchado aquello.
-No… ¡no! ¡¿Cómo puedes pedirme eso, te has vuelto loca?!
Íntegra frunció el ceño, furiosa ante la respuesta y haciendo acopio de toda su fuerza, se asió del cuello de la camisa de Alucard, estrujándolo con violencia mientras él la miraba desesperadamente:-Escúchame bien nosferatu, vas a hacerlo te guste o no, ¡vas a tener piedad de mí y me enviarás al otro mundo! No es una opción, ¡tienes que hacerlo para reparar lo que has hecho!
-¡No, no lo haré!
-Acaso, ¿acaso quieres que lo haga yo? ¿Acaso quieres que vaya al infierno por suicida?- decía en una ensayada táctica de manipulación- es decir, puede que me arrepienta de todos mis pecados, pero, ¡una suicida! ¿Quieres que me convierta en eso, he? No puedes ser tan cruel conmigo, ¿qué te he hecho yo?
-No, estas tratando de manejarme una vez más a tu antojo, ¡pero no lo voy a hacer! ¡No voy a asesinarte!- exclamó librándose de la mano de su mujer, poniéndose de pie dispuesto a irse
-¡¿Qué es lo que pasa rey no muerto?! ¿Acaso ya no tienes agallas?
Alucard se detuvo en seco ante el reto y de espaldas hacia ella escuchó.
-Donde, ¿Dónde estás vampiro despiadado, que no puedes ni dar muerte a una pobre e infeliz lisiada que te lo implora?
-Íntegra…di todo lo que quieras, no obtendrás ese favor de mí- dijo, casi mascullando con rabia.
-¡Esta bien! ¡Maldito seas vampiro! Niégate, niégate si quieres pero no creas que no me voy a salir con la mía, ¿no quieres hacerlo tú? ¡Está bien! Pero a lo mejor haya otra persona que sí se atreva…
-¡¿Qué estás diciendo?!- dijo volteándose sorprendido.
-Que si no puedo convencerte a ti, si tú te niegas, ¡tal vez Abraham no lo haga! A lo mejor el sí se atreve.
Íntegra había llegado al límite, Íntegra estaba rayando en la locura y Alucard lo entendió en ese justo momento cuando la vio frente a él, sin quitarle sus poderosos ojos de encima y con una insana sonrisa en sus labios. Ella ahora no se detendría ante nada, ni siquiera la consideración al hijo que tanto amaba. Lo había acorralado: ella tenía razón, tal vez Abraham si se atreviera.
-Así que… ¿ya lo estás pensando, verdad? Después de todo, no eres tan vil o…a lo mejor quieres comprobar si mi hijo me ama más, ¡si es menos egoísta que tú, sí es más arrojado! Sí, no había considerado que tal vez quieras ver a tu hijo convertido…en un vil matricida.
A Alucard se le acabó su fuerza al escuchar esas palabras y sin decir nada más salió a toda prisa, desvaneciéndose para quedar en el pasillo, a las puertas de la recamara de Íntegra. Sin poder ni quiera comprender que era todo eso que estaba ocurriendo, dejándose caer el suelo poco a poco, con las palabras de su esposa taladrando en su mente y condenado en una terrible encrucijada.
"¿En qué momento es que he venido a tocar fondo?, ¿Cómo es que ha ocurrido todo esto?" Se dijo a sí mismo, levantándose del suelo como si estuviese herido de muerte, huyendo de las cercanías de esa habitación, también de la casa. Transfigurándose y avanzando tambaleante sobre un espeso camino de nieve, avanzó sobre el frío paisaje sin siquiera la luna de compañera, pues estaba oculta tras unos nubarrones negros. Pero el rey no muerto seguía deseando que se lo tragara la noche, deseando estar completamente solo, comenzó a caminar en dirección a las montañas, siguiendo el aullar de los lobos.
