Disclaimer: Los personajes pertenecen a la gran S. Meyer. La historia es una loca idea de mi cabeza que he decidido compartir con ustedes.
Capítulo beteado por Mirem Sandoval Callañaupa
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Capítulo 20.
Amore
Isabella cerró sus ojos para contener las lágrimas que, traicioneras, salían de esos orbes chocolate que ahora carecían de brillo. ¿Por qué demonios estaba llorando? No le gustaba sentirse débil. Trató, sin buenos resultados, ignorar el mensaje que había recibido de su esposo donde le avisaba que iba a volver al otro día. ¿Por qué tenía que extender su viaje un día más? Él no tuvo la atención de siquiera llamarla para avisarle, sólo recibió un impersonal texto. Eso reflejaba lo mucho que le importaba a él. Edward no volvió a marcarle después de la insistencia de Natasha por llamarle, la noche anterior. Había esperado recibir una llamada a la mañana siguiente para darle los buenos días, pero ella se quedó esperando.
¿Dormiría con Jane? ¿Era por eso que su esposo había decidido tomar un día más? ¿Deseaba repetir otra noche en los brazos de la rubia?
—Lo siento, tía Bells. —Natasha de acomodó en el regazo de su tía y con sus bracitos la estrechó contra su pequeño cuerpo—. ¿Sólo es por una noche más? —La pequeña trató de calmarla con suaves caricias en la espalda, qué ironía—. Podemos soportarlo. —Sonrió Naty.
—Sí. —La castaña secó las lágrimas de sus ojos con el dorso de su mano, orgullosa de la madurez de su sobrina, quien parecía haber crecido unos centímetros más. Había sido la pequeña quien la tranquilizó la noche anterior.
—Él va a regresar. —Con sus manitas limpió la última lágrima de la mejilla de su tía—. Sé que lo hará.
—Oh, muñequita. —Estrechó a su sobrina en sus brazos—. No sé qué haría sin ti.
—No me voy a ir a ningún lado. —Rió la niña—. Bueno, sólo a la cama.
—Gracias por el apoyo moral. —Ella esbozó una media sonrisa—. ¿Por qué no vas y tomas un baño?
—Ok. —Naty depositó un dulce beso en la mejilla, aún húmeda, antes de caminar hacia su habitación.
Bella permaneció sentada sobre el frío piso, teniendo su propia fiesta de tristeza. Cubrió su rostro con su brazo y, sin alguna razón, las lágrimas traicioneras brotaron de nuevo, no se detendrían por un rato. Como zombi se dejó caer sobre la cama, las almohadas silenciaban sus sollozos, mojando la colcha. Debería odiar a Edward, ¿por qué derramaba lágrimas por él?
—¡Te odio! Diablos, ¡te odio!
—¿Dijo algo, señora Cullen? —Y ahí estaba la sirvienta rubia, parada bajo el marco de la puerta con una sonrisa en los labios que reflejaba su suficiencia.
—¡¿Qué…?!—Bella saltó de la cama. No le importó cómo lucía. Seguro el delineador de sus ojos estaba corrido y sus ojos enrojecidos.
—Creí haber escuchado que dijo algo mientras pasaba por su habitación. —Sonrió Tanya descaradamente. Era claro que había escuchado a la castaña, y era obvio adivinar para quién iba dirigido y el porqué. La rubia no se molestó por esconder el placer de verla sufrir.
—Estaba hablando conmigo misma —siseó ella—. Y te he dicho que no quiero que entres a mi habitación.
—Es por eso que estoy en la puerta, señora —enfatizó la muy descarada.
—Bueno, sigue tu camino y ve a hacer lo que sea. Para eso se te paga.
—Que tenga una encantadora noche, señora Cullen. —Una sonrisa empalagosa bailaba en los labios viperinos de Tanya.
La castaña azotó la puerta de su recámara y se metió al baño. Se quitó cada pieza de ropa que cubría su cuerpo y se paró bajo el agua fría de la regadera. Cuando sus dientes rechinaron y su piel nívea se congeló, perdiendo el color natural, cerró los grifos. Se odio a sí misma por hacer lo que sus instintos le pedían. Caminó directo al guardarropa de Edward y agarró una de las camisas, pasándola por su cabeza. Lo extrañaba demasiado. No creía lo idiota que se sentía y él ni siquiera se preocupaba por ella.
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A la mañana siguiente, cuando Bella fue a trabajar, Jake sabía que algo andaba mal. La conocía como a la palma de su mano. Ella era el tipo de mujer que expresaba todo con los ojos y en ese momento sus orbes castañas estaban apagadas. Había ojeras bajo sus ojos, síntoma de que no había dormido en la noche. Si durmió dos horas, era mucho.
—Cara, ¿qué diablos te pasó? —Jacob apretó delicadamente el brazo de ella.
—Nada —balbuceó.
—¿Te lastimó?
—¡¿Qué?! No. ¡No seas tonto! Edward nunca sería capaz de ponerle una mano encima a ninguna mujer, además él no está en el país.
—¡Ah! Entonces extrañaste a un amante en la cama. —Rió Jacob.
—¡Cierra la boca!
—Puedo tomar su lugar sólo por esta noche —dijo estrechándola entre sus brazos—. La pasaremos bien. Di que sí. —Él acunó su rostro en sus manos. Estaba hablando en serio.
Bella alzó su mirada para encontrarse con esos ojos negros azabache que reflejaban sinceridad a las palabras dichas. Le ofreció una media sonrisa a él, su mejor amigo.
—¿Cómo puedes proponerme eso si sabes que estoy casada?
—Casada e infeliz, cara. Casada y sola. Tus ojos están apagados, han perdido su brillo.
La castaña volvió a perderse en las profundidades de los orbes negras del chef. En sus labios bailaba una sonrisa tímida. Jacob inclinó su rostro, sus labios buscaron los de ella.
—¡No! —Bella lo empujó—. No estoy interesada en una aventura. Regresa al trabajo.
—No tiene que ser sólo una aventura —murmuró él, acariciando sus hombros—. Juntos somos buenos, ambos lo sabemos.
—No —murmuró ella—. Estoy casada. —Le dio la espalda a Jacob.
Él salió como alma que lleva el diablo, mascullando varias palabras en italiano. Algo acerca de lo tontas que eran las mujeres cuando se les presentaban oportunidades como esa.
¿Por qué aún me persigues, Jake?
Quiso gritar mientras estaba ocupada preparando las primeras órdenes del día. Trató de ignorarlo, aunque de vez en cuando sus manos se rozaban pues tenían que ocupar los mismos ingredientes para las órdenes, hasta que ella gritó exasperada.
—Será mejor que te encargues de las entradas, yo prepararé los platos fuertes.
Jacob levantó sus manos al aire, resignado y se alejó de ella. Bella siempre cambiaba de opinión. Lo había nombrado chef gerente dos días antes y él no manejaba nada. Ella se metía en todo.
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Eran las dos de la tarde, Bella estaba por preparar la siguiente orden cuando un par de brazos fuertes y masculinos atraparon su cintura por detrás. La castaña deseaba gritarle a Jacob que la dejara sola, pero una colonia familiar de maderas y canela cautivó sus fosas nasales. No era Jacob. Ese par de manos poderosas no eran de él. La forma desenfrenada en que su corazón latía dentro de su pecho y el deseo que corría como lava líquida por sus venas, le indicaba que sólo un hombre era capaz de causar esas reacciones en su cuerpo. Las palmas masculinas se cerraron en torno a sus caderas. Ella giró sobre su eje para inhalar esa esencia tan, tan propia de él.
—Buongiorno mia carissima moglie —murmuró Edward cerca del oído de ella, presionando sus labios en la suave piel del cuello femenino.
¡Mi esposa amada! Já. No es eso divertido.
Bella se zafó de los brazos de su esposo, apartándose de él.
—Has regresado. —Sus ojos marrones se nublaron presos de la furia. Eran chocolate oscuro. Ignoró la decepción de su cuerpo por no estar con él.
Edward dejó caer los brazos.
—Sí y la entusiasta respuesta de mi esposa al verme es… demasiado cálida.
—Es un placer. —Sonrió Bella ácidamente—. ¿No quisiste extender tu viaje de negocios hasta el fin de semana? —escupió enojada.
Él no comprendía por qué ella estaba molesta, más bien fúrica. Quizá estaba así porque la había interrumpido en su trabajo, pero no le importaba. Desde que pisó el aeropuerto se apresuró para ver a su mujer. No había soportado estar separado de ella por tanto tiempo.
—Vamos a casa, cara.
Él sí que es un descarado, ¿cómo se atrevía a venir a su restaurante a imponer sus deseos?
—Como puedes ver, estoy trabajando. —Ella lo observó detenidamente.
—He limpiado mi agenda para pasar la tarde contigo, cara. —Edward la volvió a atrapar entre sus brazos—. Te extrañé. —Inclinó su rostro y reclamó los labios de su mujer frente a todo el staff. Ese beso fue suave, invitándola a la sumisión. Instintivamente, ella llevó sus brazos alrededor de su cuello. Le devolvió el beso con el mismo ímpetu, separó sus labios. Una invitación a profundizar el casto roce de sus labios. La lengua de ella lo recibió energéticamente.
Edward se separó pausadamente de Bella.
—Estoy famélico, cara mia. Mi última comida fue la cena pasada. —Suspiró sobre los labios femeninos.
—¿Por qué no desayunaste o comiste algo?
—Puedo decirte después de comer algo, cara. —Pasó sus dedos por las hebras castañas de ella—. Vamos a casa —insistió.
Quizá las actividades bajo las sábanas con Jane, no le dejaron tiempo ni para comer.
—Puedo cocinar algo para ti aquí —ofreció ella.
—Tengo algo para Naty. —Una sonrisa torcida se curvo en los labios de él—. No puedo esperar a entregárselo.
—La consientes demasiado. —Sonrió Bella al quitarse el gorro de la cabeza para dejar libre su castaña melena recogida en una coleta.
—Vámonos. —Edward la tomó de la mano.
Bella se giró sobre su eje para avisarle a Jacob de su partida.
—Voy a casa —musitó ella, enredando sus dedos a la manos de su esposo—. Nos vemos mañana.
—Sí —masculló Jake, sus ojos reflejaban un regaño no pronunciado.
—¿Lista? —Edward colocó su otra mano en la espalda baja de ella.
—Dame un minuto. —Se dirigió directamente al refrigerador para tomar un par de langostas y un paquete de camarón pacotilla. Los guardó en una bolsa de mandado y regresó a donde su esposo se encontraba.
—¿Cena? —Sonrió la castaña cuando él irguió una de sus perfectas cejas.
—Permíteme. —Él tomó unos cuantos billetes de su billetera.
—No. —Lo detuvo, pues había comprado los mariscos con la tarjeta de crédito que él le había entregado anteriormente.
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—¿Natasha? —llamó Edward en el minuto en que abrió la puerta principal de su hogar.
Bella, como simple espectadora, observó con admiración la sonrisa que se curvaba en los labios de su marido al escuchar a Natasha correr al escuchar su voz. La castaña contuvo el aliento al ver a su esposo abrir sus brazos a su sobrina.
La niña corrió a velocidad increíble hacia él, pero no para aceptar sus brazos. Con la fuerza de sus piernas le pateó la espinilla al cobrizo.
—Dio in cielo! —exclamó Edward en agonía por el dolor que se extendió hacia su pantorrilla.
—¡Natasha! —gritó Bella y se apresuró a detener a la niña que se preparaba para dar un segundo golpe.
—Naty, deberías decirme por qué estoy siendo atacado —dijo Edward con voz tierna y suave.
—No me gustas más. Hiciste llorar a mi tía Bells…
—¡Natasha! —regañó Bella. Hubiera deseado que la tierra se abriera y se la comiera ante la revelación de su sobrina.
Edward fijó la mirada en su esposa. Ella estaba sonrojada hasta los pies, su rostro estaba completamente rojo y caliente. Estaba a punto de sufrir náuseas.
—Piccola —comenzó él—. Siento haber hecho llorar a tu tía. Dame un abrazo para que pueda disculparme con ella, hmm. No deseo verte a ti o a tu tía llorar nunca.
Natasha dudó por menos de tres segundos, después sonrió como si hubiera olvidado lo sucedido, se zafó de los brazos opresores de Bella para ir en busca de los de su tío.
—Grazie piccola —murmuró el cobrizo—. Tengo algo para mi princesa. —Con cuidado, sacó el regalo del bolsillo de su pantalón.
—¿Para mí, Ed-ward? —Se separó un poco para ver su regalo.
—Mira, tía Bells. Tengo una corona de princesa. Gracias, Ed-ward. —La pequeña depositó un beso en la mejilla.
—Un placer, Naty —dijo besando la coronilla de Natasha y le susurró algo cerca del oído. La niña asintió obediente.
Pequeña traidora, ¿cómo pudiste caer en sus encantos?
—¿Nos permites a tu tía y a mí, piccola? —inquirió Edward con su típica voz aterciopelada.
—Voy a preparar la cena para ti. —Bella estaba a punto de partir hacia la cocina.
—Sí. —Sonrió Natasha—. ¡Oh, Ed-ward! —lo llamó al caminar.
La pequeña rubia caminó de regreso hacia él.
—Esto es para el futuro. —Le volvió a golpear la espinilla con la misma fuerza que anteriormente.
—Dio! —Alcanzó a exclamar con dificultad pues el oxígeno abandonó sus pulmones.
¡Sí…! Esa es mi niña.
—¡Natasha! —gritó Bella con aparente molestia.
—No vuelvas a hacer llorar a mi tía. —Le apuntó con su dedito inquisidor.
—Tienes un carácter muy temperamental, igual que ella —regañó Edward.
—No vas a ser bienvenido en casa —advirtió Natasha—,sí hieres a mi tía Bella.
—Natasha, está es la casa de Edward.
—¡No! Él me dijo que era nuestra casa —gritó la niña.
—Eso es verdad, cara. Esta es tu casa, la de Rosalie y Natasha.
¿Nuestra casa, no su casa? Eso quiere decir que él no desea formar parte de nuestra familia, no se ve en un futuro con nosotras.
—¿No es tu casa, Edward? —Ella casi dejó escapar un sollozo de lo más profundo de su garganta.
—No deseo que Rosalie y Natasha se sientan como simples huéspedes. Esta casa es tanto de ellas como de nosotros, cara mia.
—Oh...
—Necesitamos hablar, cara.
—Necesito prepararte la cena —tartamudeó Bella nerviosa.
—Puedo esperar.
—Pero tienes hambre.
—Puedo esperar quince minutos. —Él parecía demandante.
Las miradas de Bella y Edward fueron dirigidas hacia Natasha, quien los observaba con interés.
—Podemos hablar más tarde, por la noche —suplicó Bella.
—Ahora —gruñó Edward—. Natasha…
—¿Debería irme a mi habitación? —preguntó la niña.
—No —respondió Bella impulsivamente.
—Sí, pero puedes bajar luego —respondió él simultáneamente a Bella.
—Ok, nos vemos en quince minutos. —Le dio cinco a Edward con sus manitas.
—Cara. —El hombre tomó la mano de su mujer entre las suyas y la guió hasta la sala—. ¿De qué soy culpable? —inquirió al ayudarla a tomar asiento en el sofá de la sala.
—De nada —mintió Bella. ¿Cómo podía explicarle que estaba celosa y que había llorado como resultado de su viaje de negocios?
—¿Estuviste llorando?
—Edward… no quiero hablar de ello.
—Tenemos que hablarlo. Si hice que mi esposa llorara, necesito saber el porqué.
—No estuve llorando.
—Le creo más a Natalia. Los niños no mienten.
Bella cerró sus ojos. ¿Cómo diablos sabía tanto de niños?
—Me lo vas a decir o vamos a pasar la noche entera aquí hasta que decidas hablar.
—Ok. La verdad te extrañaba y lloré porque no regresaste a casa cuando prometiste que lo harías, ¿satisfecho?
Los ojos de Edward se abrieron como dos platos. Sólo observó a Bella. Ella vio cómo la expresión de él se suavizaba y a la vez reflejaba ternura. Inclinó su cabeza, sus ojos se cerraron automáticamente, su expresión era una máscara. Edward se hincó frente a Bella.
—Tesoro, me disculpo. Las cosas se me salieron de las manos. Tuve que quedarme por más tiempo de lo necesario.
La castaña apartó la mirada de aquellos ojos verdes que la hipnotizaban. Ella se imaginaba cómo es que las cosas se salieron de sus manos.
—Teníamos una junta agendada con un contratista que contrató Jane —continuó Edward—. Ella le había pagado una cantidad por anticipo. Él no llegó a la cita de las ocho de la mañana. Cuando investigamos a ese contratista, nos dimos cuenta de que ya había limpiado su oficina. Tuvimos que denunciarlo ante la policía internacional. El contratista fue encontrado antes de cruzar la frontera con Serbia. —Bella podía ver las ojeras debajo de las cuencas verdes de su esposo, señal de que no había dormido.
—¿Jane no hizo las investigaciones correspondientes? —Lo ayudó a ponerse de pie para que tomara asiento a su lado.
—Es común dar un anticipo a los contratistas para la compra de material. Todos lo hacemos. Tomamos riesgos, pero me alegra que el proyecto se salvara. —Sonrió—. ¿Puedes perdonarme?
—Pudiste haber llamado —acusó ella.
—Tuve mucho a mi alrededor, cara. Policías, detectives, clientes que querían iniciar el proyecto. Lo único que puede dormir fue de regreso durante el viaje a Londres.
Bella se culpó por dormir en una cama cómoda, odiándolo por su ausencia, aun así tuvo tiempo para cenar con Jane. Pudo haberla llamada en ese momento o tal vez no tenía la privacidad necesaria para llamarla. Si ella lo cuestionaba, él se iba a dar cuenta de sus celos y eso no se lo permitiría saber. Eso significaría que él le importaba. Edward nunca lo sabría.
—¿Cara?
—Te perdono. —Sonrió ella, pero evitó sus ojos verdes—. Déjame prepararte la cena. —Se levantó.
—En un minuto, cara. —Edward la atrapó entre sus brazos—. Muéstrame que me has perdonado —murmuró.
Ella cerró los ojos. No confió en ti Edward. No puedo confiar en ti.
Instintivamente llevó sus brazos alrededor del cuerpo de su esposo y le ofreció sus labios de mariposa. Participó mecánicamente.
—Terminaron los quince minutos. —Una voz suave los interrumpió.
Edward se carcajeo. Sin ganas se separó de Bella, quien dejó caer sus manos a sus costados.
—Voy a la cocina —murmuró ella y se fue directo allí.
Aquí les dejo un capítulo más de esta historia, espero que les guste y como siempre espero sus comentarios y críticas (siempre con respeto). Una disculpa por no haberlo subido antes pero he tenido mucho trabajo y ni tiempo para un respiro. Aprovecho para informarles que subiré una nueva historia que se titulara "Hecha para su placer" que espero sea bien recibida. Ya tengo el prólogo y primer capítulo en revisión, sólo me falta la portada para subirlo *espero que pronto una diseñadora me ayude con ella porque no soy nada buena con el diseño de fotos*
AVISO: La próxima actualización no se para cuando será debido a que hasta aquí tengo revisados los capítulos, ahora toda dependerá de mi BETA pero entiendan que ella por ahora no tiene internet así que tendremos que esperar. Espero su comprensión. Gracias.
AGRADECIMIENTOS:
A las chicas que dejan REVIEW.
A las nuevas lectoras.
A las chicas que tienen la historia como favorita y a las que las siguen.
¡Gracias por leer!
Alex de Grey
