La presentación a La Corte no hubiera podido ser más intimidante ni aunque lo hubieran intentado. Menos mal que tenía a Fiaccha a mi lado, sino, me habría dado algo una docena de veces en menos de una hora.

Me presentaron a tantas criaturas distintas con nombres tan difíciles de pronunciar, que no podía acordarme ni de la cuarta parte. Y dejé de intentar aprenderlos al quinto nombre endecasílabo.

Seres con piel nívea, enormes ojos almendrados y dientecillos de tiburón, otros con la piel medio musgosa, enanos de dientes afilados como dagas y mirada traviesa, dispuestos a echar mano a tus bolsillos a la mínima. Todos ellos tan distintos y variados que resultaba muy intimidante verlos a todos reunidos en la misma sala.

Estuve toda la cena tan tensa como un arco, notando como todos los ojos estaban fijos en mí. Por suerte, estaba acostumbrada a ello. Eso era lo único bueno que me había llevado el ser hija de mi padre.

Aeryn se puso conmigo toda la cena, para intentar distraerme y que me relajara, pero no lo consiguió. Tenía muchas tareas imposibles por hacer: vencer a una bruja, salvar unas islas, liberar a mis hermanos…

Por favor, que no soy Hulk ni Superman.

La cena se hizo muy, muy larga, pero que se podía esperar sino. Cuando al fin terminó, mi tío me hizo un gesto para que lo siguiera por un corredor.

Me puse en pie para seguirle, alisándome el vestido y le acompañé junto con Sheridan. Caminamos un buen rato en silencio a lo largo de esos enormes y cálidos corredores subterráneos ricamente adornados.

Sheridan no levantaba la cabeza del suelo y evitaba mi mirada, como si se avergonzara de lo que era. Por favor, él era el hombre que me había criado a mi y a mis hermanos, no tenía que avergonzarse de nada, aunque aún estaba muy cabreada con el.

Finalmente llegamos a un pasillo algo más pequeño que llevaba a un despacho. Mi tío abrió la puerta y nos invitó a entrar, con la cabeza inclinada y una sonrisa en los labios.

Podría ser mi tío, pero eso no significaba que me pudiera fiar de él. Y más cuando era el líder de este clan de los Sidhe.

Entramos en su despacho y me senté en uno de los sillones que había delante del escritorio, imitando a mi querido maestro. Mi tío se sentó en la mesa, mirándome fijamente.

-Lo has hecho muy en tu presentación en la Corte. Muchos mortales no hubieran sobrevivido la cuarta parte de tiempo que tú, pero te ha quedado refinar algunos aspectos- dijo con una sonrisa de zorro.

-Lo siento mucho, Mo Tiarna (Mi señor)- dije rezumando sarcasmo-, pero yo no he venido a encandilar a los lores de la Corte. He venido a salvar mis hermanos. Esa es mi única prioridad aquí, y espero que quede claro.

La sonrisa se le borró del rostro a mi tío, y mi maestro lució una escondida para que Ciaran no se diera cuenta.

-¿Esas son prioridades?- dijo mi tío con voz fría.

-Sí, y si también consigo lograr lo otro, mejor, pero eso es lo primero para mí.

-¿«Lo otro»?- gruñó-. ¿Consideras más importante salvar a esos mortales que a todos nuestros dioses?

-Esos mortales son mis hermanos- le escupí, levantándome. Fiaccha gritó-. Y tus sobrinos. Espera- me quedé congelada, procesando lo que había dicho-. ¿Cómo es eso de que hay que salvar a los dioses?

-Lo que Oonagh pretende, es destruir a los dioses desde las Islas que se pusieron al cuidado de tu familia. Hace siglos que se perdió el poder sobre ellas, pero son las raíces de los Tuatha y- me miró fijamente-, también de los Fomoré. Si se hace el título adecuado, dos de los cinco clanes caern para no volver nunca.

Me volví a sentar, con las piernas temblorosas. Ahora sí que era demasiado.

-¿Ahora entiendes lo que depende de ti? -me espetó mi tío. Puso los ojos en blanco-.¿Por qué los dioses habrán tenido que elegir a una mortal para esto? No tiene sentido.

Le miré mal.

-Al menos estamos de acuerdo en algo- mascullé con amargura.

Sheridan rió. Le miré de reojo.

-Mi amada Faelenn, siempre te menosprecias- me miró lleno de orgullo-. Eres mucho más fuerte de lo que crees. Mira sino cómo conseguiste que todos saliésemos ilesos del castillo. En cuanto te fuiste corriendo, esa maldita bruja fue detrás de ti e ignoró a todos los demás. Les salvaste la vida a todos ellos.

-Me legra saber que los salvé por mi cobardía- replique-. Y ni siquiera pude ayudar a mis hermanos.

Mi tío resoplo.

-Nadie hubiera podido. Debes dejar de lamentarte ya y comenzar a actuar. Si quieres que algo cambie, tendrás que provocar el cambio tu misma.

Sabía que mi tío tenía razón, pero estaba demasiado asustada para querer verlo. Solo quería a mis hermanos de vuelta, que me ayudasen con todo esto y me consolaran por todo el miedo que tenía.

Pero no podía mostrar ninguna debilidad delante de ellos.

Mi tío se levantó y salió dejándonos a Sheridan y a mi solos en ese despacho.

-Fue culpa mía- dijo Sheridan al final, rompiendo el silencio que nos envolvía-. Debí protegeros mejor. Se lo prometí a vuestra madre. Soy un verdadero inutil.

Le miré. Tenía la cabeza agachada y le temblaba la mandíbula.

-Nadie tiene la culpa de todo esto más que esa maldita- me sequé una lágrima furtiva-. Juro que la voy a parar, malograré sus planes y liberaré a mis hermanos. Aunque me deje la vida en ello.

No había dicho nada más enserio en toda mi vida. Me dejaría la vida por aquellos a los que amaba sin necesidad de dudarlo un instante.

Me pregunté si mi madre sintió esto por mí cuando supo que me albergaba en su vientre o si la única razón por la que me tuvo fue por su responsabilidad para con los dioses.

Sheridan me miró con cariño y me puso un mechón negro detrás de la oreja. Se levantó de la silla y cogió un paquete de detrás del escritorio y lo puso delante mío.

Lo abrí y saqué mi fina espada de hierrofrío, con ese brillo azulado. También había ropa y mi arco con carcaj. Los regalos que me dieron mis hermanos.

-Gracias- le abracé con fuerza.

El rió suavemente.

-No necesitas darlas, mi niña.

En eso se abrió la puerta, volviendo a entrar mi tío con una criatura muy peculiar.

-Saoirse- saludé educadamente a la puka que me había salvado la vida.

-Faicré- dijo ella a su vez.

-Mañana las dos partireis juntas para intentar arreglar este desastre. Deberíais ir a dormir, mañana será un día duro.

Asentimos y Saoirse y yo salimos, dejándolos solos en el despacho. Tenía a Fiaccha clavado en el hombro con fuerza y el paquete con mis cosas apretado fuertemente contra mi pecho.

-Sígueme, te llevaré de vuelta a tu cuarto- dijo Saoirse.

Asentí y caminamos entre los pasillos ya vacíos. Me dejó ante una puerta.

-Mil gracias- incliné la cabeza hacia ella-. Perdona si me entrometo, pero, ¿por qué te envían conmigo?

Saoirse pareció reírse.

-La verdad, no lo sé, pero no me importa. Espero poder ayudarte en todo lo que me sea posible.

Le sonreí.

-Y yo espero poder cumplir lo que todos parecen esperar de mi.

Juraría que aún siendo un perro, mi compañera sonrió.

-Lo harás; lo llevas en la sangre. Buenas noches, Faicré.

-Buenas noches, Saoirse.

Me quedé apoyada en la puerta un rato antes de entrar, pensando. No estaba segura de poder lograr nada, pero al menos debía intentar hacer algo.

Puede que me caiga, pero en el suelo no me quedo