Silent – Ending
Baltimore's fireflies.
Dean estaba roto y sólo siguió el camino que los hombres rotos pueden seguir.
Cuando regresó, no de ese camino por donde los hombres rotos suelen ir, sino del trance que la sedación médica le había inducido, el sabor metálico de la sangre en su garganta fue lo único que pudo percibir a ciencia cierta. Lo demás era puro cuento. La luz de los tubos fluorescentes bloqueó su vista e hizo que el mundo diese vueltas a ratos desagradables. Lo segundo que pudo notar, fue la manguera de oxigeno ataviada a su nariz y mejillas, rociando un vapor molesto dentro de sus fosas nasales.
Y lo tercero, fue el ritmo lento del electrocardiograma y el oxímetro apretando con fuerza su dedo índice. Sus manos estaban frías, toda su piel en general, y un vistazo detallado al cuarto le dio cuenta del frío que hacía. La luz azul que entraba por la ventana le sugirió que el clima todavía no había cambiado, que Baltimore seguía sumido en un eterno invierno y que se quedaría así por un largo, largo tiempo.
Dean observó el lugar y su soledad absoluta, tan calma y aún así inquietante; sus manos rozaron la áspera tela de la sábana que le cubría la mitad del cuerpo e intentó mover las piernas por debajo de las mantas. El esfuerzo culminó en un terrible dolor en la mitad de su espalda y pecho. Caliente como la primera vez, recordaba claramente el hierro penetrando su piel, cortando su carne y rompiendo las arterias. Como sus pulmones se llenaban de sangre o algo más espeso y como ese líquido subía por sus bronquios hasta su tráquea. Recordó los ojos muertos del silencio y el mundo apagándose con una lentitud casi tan aterradora como esa experiencia en Silent Hill.
Los temibles bosques de Bryntawel, se habían quedado atrás, muy atrás. O eso creyó.
Llevó sus manos sobre su pecho, intentando aplacar el dolor al agregar presión sobre la herida y cuando fue suficiente, buscó la forma de desenrollarse de los cables médicos pegados a su cuerpo, deshacerse de las mangueras y por, sobre todo, retirar las agujas que lo seguían maniatado a esa cama. Utilizó sus pocas energías para empujar su cuerpo hacia arriba, una nueva oleada de dolor se disparó enseguida; era la carne herida en movimiento. Apretó los dientes para no gritar, aunque dudó sobre los sonidos que podrían provenir de su boca en ese momento.
Todo estaba silencioso.
Se sintió vacío, con el corazón ahuecado, como si faltase algo que allí estaba con anterioridad, algo que se me fue extirpado por equivocación. Logró sentarse, mantenerse estable sobre el recio colchón de hospital, a la vez que suspiraba profundamente. El reconocimiento de sus miembros vino más temprano que tarde y se dijo que eso estaba bien. Que era ahora o nunca y si el dolor estaba presente mucho mejor. Implicaba que estaba vivo, que el silencio se había ido.
Sus ojos buscaron sus manos primero, extrañamente limpias, pero llenas de rasguños y moretones que se han tornado de un color verduzco. Siguió con la mirada la intravenosa insertada en el dorso de su mano hasta el suero colgado al lado de la cama. Estaba vacío y no dudó en que el tiempo había trascurrido tras los sucesos de Silent Hill. Recogió las piernas y movió los dedos de la mano con la aguja, tratando de despertarla del hormigueo que sentía hasta la punta de los dedos. Enseguida tomó la punta del adhesivo que cubría el complejo circuito de mangueras y la llave de tres pasos para retirarlo muy despacio, arrasando con la piel muerta y la cánula de plástico insertada en su vena. El aparataje cayó y se balanceó, manchando el suelo blanco con gotas de sangre, la misma que escurrió por el dorso de su mano hasta las sábanas.
Estaba bien. No iba a desangrarse por eso.
Cerró los parpados y su mente clamó por quedarse así. Descansando. Pero Dean tenía otros planes. Agarró el resto del equipo medico y comenzó a sacarlo de su cuerpo; el electrocardiograma emitió un sonido constante cuando arrancó los cables pegados a los electrodos y pensó que, si no era precavido y rápido, las enfermeras aparecerían en su cuarto en cualquier momento. Dios sabe qué podía pasar si lo encontraban en ese estado, a punto de fugarse de la cama. Todos saben lo histéricas que son. Tomó la frazada a los pies de la cama y cubrió la máquina con ella, acallando un poco el escandaloso sonido.
Su corazón socavado gimió lastimeramente un único nombre, uno que se alejaba cada vez más de los hilos de su conciencia, le estaba olvidando, cómo sonaba, cómo pronunciarlo. Le estaba sepultando bajo kilos y kilos de arena negra y piedras, consumiéndose lentamente, así como leña seca al candor del fuego, de esa forma que tiene el fuego de consumirlo todo, lentamente.
Dean levantó los ojos y vio el piso de azulejos fríos y lejanos, tanto que sus pies se crisparon al entrar en contacto con él. Sus piernas sin fuerza no le permitieron estar de pie mucho tiempo y cuando se dio cuenta de eso, la muralla contraria le recibía de un solo golpe. El piso se moteó de rojo por la sangre y todo dio vueltas. Dean trató de alejar ese mareo momentáneo con un movimiento violento de cabeza. Gruñó y apretó los parpados, usando la pared como soporte hasta la puerta del cuarto, donde un mundo lleno de vida y sonidos se filtraba por la cerradura. Eso le dio esperanza.
Pero al abrir la puerta los sonidos se quedaron en silencio y Dean sólo vio un largo pasillo desolado y cubierto de una capa delgada de neblina al ras del suelo. Las luces a medio encender marcaban el camino hacia el infinito, donde la oscuridad acechaba desde lo lejos, observándole. Trató de recomponerse y pararse mejor, sus piernas dormidas poco a poco comenzaron a obedecerle en cuanto más se esforzaba por recordar aquel nombre olvidado en algún lugar de su cabeza.
Tomó una bocanada de aire y la dejó ir al instante, usando el barandal adosado a la pared como guía y bastón. No sabía por qué, pero su corazón latía más y más rápido a medida que se acercaba al oscuro agujero al final del pasillo. Cuando sintió sus piernas al cien porciento decidió abandonar la baranda y caminar por sí solo, como si fuese un niño dando sus primeros pasos hacia mamá.
«Derek». El nombre vino a él tan velozmente que amenazó con arrojarlo al suelo. Dean escaneó el lugar, ahora increíblemente familiar y los recuerdos del silencio corriendo por el pasillo de un hospital saltaron uno tras otro, calentando sus músculos, sus neuronas. Sin dudas, este lugar era idéntico y su miedo se consumió rápido y sin aviso. Apretó los dientes y con el pánico como único combustible, comenzó a avanzar lo más rápido posible, llegando al corredor de las grandes ventanas que daban a la calle, donde la vida se había extinguido.
Dean corrió hacia la puerta que había visto en ese viaje por los bosques de Bryntawel, donde se suponía que estaba Derek aguardándolo, donde había asesinado al silencio de una vez por todas o eso quiso pensar por el bien de su sanidad mental. Cuando halló la puerta, sus pies se quedaron congelados delante de la lámina de madera a medio abrir. Escuchó un sonido, un arrullo, a decir verdad, adosado a un siseo. Alzó la mano y empujó la puerta con suavidad.
El oscuro cuarto se fue iluminando poco a poco. Dean levantó los ojos hacia la cama desordenada, pero vacía y siguió el sonido del arrullo hasta el sofá de cuero en la esquina de la habitación donde distinguió una sombra sentada en medio de la oscuridad, acurrucando a Derek entre sus brazos, con un dedo amoratado acariciando los labios azulinos del pequeño.
Dean sintió su sangre drenándose por sus pies. Así como el miedo suele definirse. La sombra levantó el rostro y sonrió, ladeando la cabeza, dejando ver sus desalineadas vértebras cervicales con más evidencia. El cuello roto, esa imagen que le había perseguido durante toda su vida. El silencio se puso de pie con Derek en los brazos, el sillón ni siquiera crujió, tampoco las pisadas desnudas del espectro sobre las cerámicas cubiertas de polvo. El tiempo se detuvo y el aire se infestó de un hedor nauseabundo. Dean tembló a cada paso del silencio hasta tenerlo delante, donde le ofreció al niño.
Dean bajó los ojos sin poder respirar. Derek yacía con los ojos cerrados, los brazos y piernas lánguidas, su tez más pálida y volvió a notar el detalle de los labios y no quiso creerlo.
—Estuvimos esperándote toda la noche, cariño —Susurró el silencio y Dean sintió su piel abriéndose como rasguños sobre las costillas a cada letra—. Pero él… no… ya no quiso esperar más.
Dean estiró las manos temblorosas y empapadas de sudor, recibiendo al pequeño niño entre sus manos. Su Derek. El peso del infante le sorprendió, increíblemente liviano, demasiado… demasiado… como si algo le faltase en su interior. El silencio se alejó con dos pasos hacia atrás y luego rodeó a Dean despacio, colocándole una mano en el hombro. Dean sintió el aliento del espectro y su putrefacción tocando su oído.
—Ahora sólo somos tú y yo —Dijo y el agarre sobre su hombro se apretó más, hasta que las largas uñas se enterraron en su carne—. Te veré pronto…
Y la mano del silencio caminó todo el trayecto desde el hombro hasta su cuello, donde los dedos se enroscaron con firmeza sobre la carne, apretando los músculos contra la tráquea. Dean entrecerró los ojos y el cuerpo de Derek resbaló de sus dedos. El instinto le hizo llevar las manos al cuello y luchar por quitar el ajeno agarre que le impedía respirar. Vio el cuerpo de Derek el cual no alcanzó a tocar el suelo cuando se deshizo en moscas enormes que volaron sin control por todo el cuarto. Dean sacudió su cuerpo con una mano sobre los dedos del espectro y con la otra peleando por apartar las moscas, pero el silencio era más fuerte, tanto como para tirarlo junto con él hasta impactar la pared. Dean podía sentir la superficie en su espalda y aún así la mano del silencio seguía apretando su cuello. Dio un grito y de pronto sus pies abandonaron el piso y la tensión sobre su cuello aumentó, acabando con todo el aire.
Dean vio a la muerte, con su mano rodeándole el cuello sin piedad, alzándole en el aire como a Evans, mientras las moscas le comían la piel, metiéndosele por la boca y se guareciéndose en su garganta. Roto y muerto.
De la misma forma en que la vida lo había arrojado. Se iba a ir.
Dean abrió los ojos. Fue difícil al principio, pero lo hizo. No sabía cuánto tiempo había transcurrido, pero se alegró al saber que había sido sólo una mala pesadilla. Ladeó la cabeza a un costado, todo le dolía, así que… todo volvía a ser como siempre. Nada había cambiado. En parte eso le alegró. Sus ojos se enfocaron en la difuminada silueta de la enfermera a un lado del mueble del material médico, traqueteando los cajones. Ella se volteó en un momento, le sonrió y se acercó para verificar que la bolsa de suero funcionase correctamente, enseguida dio media vuelta y se marchó del cuarto.
En realidad, sólo fue reemplazada por alguien más. Alguien, quien incluso con la vista medio borrosa, Dean podía reconocer. Él la vio entrar tan indecisa como nunca lo había estado. Tenía el cabello más largo, pero igual de ondulado rebeldemente. Kate parecía más vieja, más cansada y Dean quiso alejar el adjetivo "rota" de su mente, pero es exactamente como Kate se veía. Rota.
No pudo culparla.
—La enfermera me dijo que has estado entre la conciencia y la inconciencia por varios días —Kate comenzó, Dean notó como la voz de la mujer se había vuelto ronca, quebrada, triste y se preguntó si algo había cambiado. Si algo se había ido—. He tenido suerte de encontrarte despierto hoy.
—Kate —Dean intentó decir, pero si la voz de Kate era un ronquido sin tono, la suya era apenas un gemido ahogado. Es normal. Escuchó, entre idas y venidas, que el tubo endotraqueal que habían puesto para que sus colapsados pulmones funcionasen como deberían, provocaron algunos daños en las cuerdas vocales y en toda la garganta—. ¿Cómo me encontraste?
Kate apenas bufó, desviando la mirada hacia la ventana, cuyo único paisaje era ese estéril clima invernal. Se quedó en silencio por cinco segundos antes de dar una sonrisa de labios apretados.
—Tú nos encontraste —Dijo enseguida y metió las manos a los bolsillos—. Lástima que fue demasiado tarde…
Kate no pudo continuar y aunque dio múltiples parpadeos rápidos para evitar que las lágrimas escaparan de sus ojos, su pena fue evidente. Dean intentó incorporarse en la cama, el dolor fue intenso, pero consiguió, al menos, sentarse sobre el colchón.
—Kat-
—Sólo quiero que sepas que lo lamento mucho, Dean —Se apresuró a decir, llevándose la mano sobre la boca para ocultar en parte su congoja. La piel de su nariz y mejillas se tiñeron de un suave rojo y las marcas de ojeras se acentuaron aún más—. Lo siento mucho… mucho. Yo no quise que nada de esto pasara… oh Dios…
Kate dejó que el peso de la culpa cayera sobre ella, derribándola sobre el suelo. Dean escuchó el impacto de los huesos contra la dura superficie y le recordó al sonido que hizo su propio cuerpo al caer al piso tras cortar el cinturón amarrado a su cuello. Dean apartó las mantas de su cuerpo y como pudo, pese al dolor, pese al miedo y a la confusión, trató de ponerse de pie. Sus piernas no pudieron sostener su peso y cayó al piso junto a Kate, pero eso no le detuvo. Usó sus manos, entonces, para poder llegar hasta la madre de su hijo y poner orden a las cosas.
—Hey, tranquila. Kate dime qué está sucediendo —Dean apartó el mechón de cabelló rizado que le entorpecía ver a la mujer. Suavemente acarició su mejilla, limpiando una de las lágrimas—. Kate… por favor… Kate…
—Dean… Balbuceó la mujer y se balanceó contra Dean en busca de refugio—. Nuestro bebé… Dean…
—Lo sé, lo sé… tampoco lo encuentro, Kate. No sé… dónde está —Dean le acarició el cabello y le besó la cima de la cabeza, abrazándola con dulzura—. Te prometo que no pararé hasta encontrarlo… Kate vamos a encontrar a Derek, te lo prometo.
—Dean —Kate puso la mano sobre el pecho del hombre y se obligó a mirarlo a los ojos. Dean supo que la imagen de Kate en ese estado no se le borraría jamás de la cabeza, tan demacrada, con los ojos tan rojos—. Dean, Derek… él… él se ha… se ha ido… Dean. Derek se ha ido…
El dolor de la pérdida es un dolor difícil de describir. Algunos nunca son capaces de hacerlo, ni de superarlo. Es esa clase de dolor que se instala, echa raíces y crece, sólo crece, sin miramientos. Dean pudo sentirlo, cavando profundo en su pecho.
— ¿Qué quieres decir? —Dean dejó que su mano acariciara la piel de Kate, fría como nunca, ni si quiera el llanto podía calentarla—. ¿Kate?
—Él… estaba enfermo, se desvaneció una vez y lo traje con los médicos, ellos dijeron que era una enfermedad del corazón —Kate articuló cada palabra de la forma en que sólo pudieron salir de su garganta. De la forma en que una madre puede explicar que no ha sido lo suficientemente buena como para mantener a su hijo con vida. Con la culpa que cualquier madre siente al perder un hijo. Con el alma rota y la vida en pedazos—. Dijeron que estaría bien… con el tratamiento, pero…
—No, eso no puede ser, Kate —Dean tomó la cara de la mujer con firmeza, obligándola a mirarle a los ojos—. Estoy aquí, Kate ¡Por qué estás mintiéndome de esta forma! ¡Por qué quieres seguir haciéndome daño!
—Dean… —Kate se aferró a los brazos de Dean, intentando mantenerlo estable—. ¡Dean, escúchame, te lo suplico! ¡No hay nada que pudiésemos hacer, te lo juro!
— ¡No, estás mintiendo! —Dean logró zafarse del agarre. El piso se sintió más frío de lo normal cuando puso sus manos sobre él para intentar ponerse de pie otra vez. Kate trató de detenerlo, mientras Dean sacudía sus manos en contra de la vía intravenosa insertada en su mano, arrancándola de cuajo, manchando el piso de rojo—. ¡Derek!
Las imágenes de su pesadilla regresaron a su mente una tras otra. El silencio con su hijo en brazos y Derek con sus labios azulados y la piel pálida. Liviano, como los cuerpos sin alma. Muerto. Perdido. Jamás encontrado.
Dean cruzó la puerta del cuarto y trastabilló, colisionando con la pared. Las figuras humanas aparecieron en su rango de visión, como sombras sin cara. Todo demasiado lento, lento como una mala película, como si el dolor todo lo detuviese en seco. Dean alzó los ojos con las manos aferradas al barandal de la pared. En medio de las personas vio una sombra al final del corredor con un niño entre sus brazos. El silencio, sonriéndole al final del pasillo. Dean sintió la furia creciendo más rápido que el dolor y eso le dio un último impulso, ardiendo como fuego lleno de vigorosidad, martirizando sus sentimientos sin ordenar, sin extinguirse. La negación, sin duda, era el primer paso a un espiral descendente hacia la misma nada.
Él quería matarlo. Con sus propias manos.
Así que corrió detrás de la sombra maquiavélica.
— ¡Dean! —Su nombre resonó en la estrecha cavidad que era el corredor. La voz de Kate no fue suficiente para traerlo de vuelta y cuando estuvo cerca, cerca de alcanzar a ese maldito espectro, alguien le tacleó de la nada. Dean sintió el peso de la persona sobre su cintura y luego otro peso, una rodilla sobre su espalda y los brazos rodeándole, los pies delante de sus ojos y a través de ellos vio al silencio sonriéndole, dando un paso al costado sin quitar el contacto visual y desapareciendo en otro corredor, con Derek en sus brazos.
Fue la última vez que creyó verlo. Pero quién sabe. El dolor también lo había cegado.
Los recuerdos de Dean se transformaron en un vórtice extraño, demasiado retorcido como para enterarse de lo que es real y de lo que no. Kate estuvo con él la mayor parte del tiempo, cuando los enfermeros le llevaron de nuevo al cuarto y lo sedaron por horas, hasta que el psiquiatra de turno le dio permiso para bajar a la morgue del hospital bajo completa supervisión.
Dean sintió el frío del lugar penetrándole los huesos y no le importó. Mantuvo los ojos cerrados todo el trayecto hasta la planta subterránea; caminó todo el camino en silencio, celado por los enfermeros y el psiquiatra. Kate acarició su antebrazo justo delante de la puerta del cuarto de autopsias y se quedó parada allí, sin entrar, aunque Dean pudo escuchar el sollozo de la mujer antes de que cerraran la puerta tras él y la escasa iluminación del cuarto le golpeó el rostro. Las camillas se enfilaron delante de él y un hombre vestido de verde agua aguardaba delante de una plancha metálica cubriendo un bulto con una manta.
El aire se hizo fino y los pasos hacia la camilla, incontables. El hombre asintió con la cabeza al médico y de a poco desveló el pequeño cuerpo de Derek reposando encima de la plancha, dejando sólo su cabeza al descubierto.
Dean pudo sentir, claramente, la misma sensación de cuchillada caliente en la espalda. No obstante, esta vez, el captor había girado el cuchillo con alevosía, provocando más daño que la primera vez.
—Tómese su tiempo, señor Howell —Ambos médicos se alejaron, dejándole espacio suficiente. Dean no se atrevió a hacer nada por al menos dos minutos.
Sólo se quedó allí, observando a su hijo en ese lugar tan frío. Tras eso, se decidió a mover sus manos, acariciando el cabello opaco de Derek, pasando por la mejilla de piel acerada y los labios azulinos.
— ¿A dónde te fuiste? —Apretó los labios y dejó escapar el aire—. ¿A dónde te llevó? ¿Es un lugar dónde puedo encontrarte? ¿Es un lugar dónde puedo volver a verte?
Dean se inclinó suavemente y sus labios besaron la frente de su pequeño hijo, mojándolo con sus lágrimas que habían comenzado a caer quién sabe cuándo. Porque ya nadie sabe nada. Todo es incierto.
—Te voy a encontrar —Susurró contra la piel del niño—. Te lo prometo. Lo haré.
Volvió a incorporarse, esta vez limpió con el pulgar la frente de su hijo antes de limpiar sus propias lágrimas con la manga de la bata de hospital.
—Señor Howell —El psiquiatra le habló—. Sabemos que el proceso del duelo puede ser largo y complicado. Le ofrecemos todo nuestro apoyo como institución, como profesionales. Perder un hijo es… difícil, pero lo superará.
— ¿Acaso… acaso usted perdió uno? —Dean preguntó sin mirarle. El médico bajó el rostro, pero asintió. Dean lo vio a través del rabillo del ojo.
—Hace unos siete años —Confesó, pero no pareció afectado por el hecho. Siete años era un tiempo relativamente amplio—. Así que sé, de primera mano, por lo que está pasando. Tanto usted, como su pareja.
— ¿Y logró encontrarlo? —Dean giró el rostro para encararlo. El psiquiatra pareció conmocionado por la pregunta. Incluso el médico forense hizo un gemido de confusión.
— ¿Disculpe, señor Howell? —El profesional parpadeó rápido, tratando de no parecer tan consternado por la repentina pregunta.
— ¿Qué si logró hallarlo? A su hijo, quiero decir —Dean repitió—. Se han tenido que ir a algún sitio ¿No cree? No todo lo que se va, regresa, ahora estoy seguro de eso… entonces ¿Dónde se quedan las cosas que nunca vuelven? ¿Dónde se han ido nuestros hijos, entonces? ¿Dónde están? ¿Con quién? ¿Nos extrañan como nosotros a ellos? ¿Nos esperan acaso?
El equipo médico compartió una mirada grupal, incomodos por los repentinos cuestionamientos del hombre delante de ellos.
—Mi bisabuela solía decir… —De pronto la voz de un enfermero regordete, de papada abundante y ojos hundidos resonó en ese cuarto lleno de silencio—. Que las almas de los niños se van al bosque, donde juegan… donde esperan ¿Eso ayuda?
El psiquiatra le dio una mirada fulminante detrás de las gafas y el forense negó en desaprobación.
—Los bosques de Bryntawel —Dean dijo de pronto, captando nuevamente la atención de todos—. Parece muy lógico.
—Ese es un cuento para niños —El mismo enfermero replicó. Dean le dedicó una mirada cargada de lástima antes de sonreír y su compañero le hizo una seña para que dejara de echar leña al fuego, entonces bajó la voz—. ¿Qué? Es la pura verdad.
Los bosques de Bryntawel, cuento para niños o no, eso quedaba a juicio de los vivos. Dean sabía que detrás de cada cuento hay algo de verdad, quien iba a negarle su propio paso por ellos. Eso no se lo quitaba nadie, ni las palabras de consuelo del médico o las lágrimas de Kate en el corredor. Y si tenía que ir a través de ellos por Derek, entonces iba a hacerlo.
Mal que mal, ya no tenía absolutamente nada más que perder.
Ese día dio el primer paso por esa carretera.
Las cajas para muertos son cajas muy particulares, pensó Dean cuando arrojaban la tierra sobre el féretro de su hijo. Usualmente se hacen del tamaño del difunto y con eso basta, pero son capaces de albergar un cadáver y todas las almas de sus deudos. No importa cuántos sean, todos caben allí y van a aguardar a la tierra, con la esperanza de reunirse en algún lugar de este enorme universo.
El sol ya se ocultaba por el lado oeste y el cielo dejaba atrás un hermoso arrebol. El ambiente estaba cargado de electricidad inmaterial y el aire se hacía fino, perfumado del aroma a flores y tierra húmeda. Dean cerró los ojos y le ardieron por el contacto y la sequedad de éstos. Las noches en vela y las lágrimas le estaban pasando la cuenta ahora. El cansancio fue paulatinamente tomándose su cuerpo y ni siquiera se molestó cuando Kate reposó su cabeza contra su hombro en cuanto el párroco del cementerio comenzó con su tal ensayado sermón, por el contrario, como perro manso, se dejó caer sobre la cabeza perfumada de Kate y entrelazó sus dedos con los de ella en un agarre firme. Fue un intento por sentirse unidos por última vez.
El amor los había unido, cuando se acabó, Derek tomó ese rol y ahora que Derek no estaba, el dolor y esas manos entrelazadas lo eran todo. Sólo los dioses injustos e infelices saben cómo funcionan esas cosas y ninguno parece cuestionarlo. Menos en un momento así.
Inhaló lo más profundo que pudo, desarmando el nudo molesto y doloroso de su garganta. Deseó que todo esto se acabara de una vez por todas y emprender su viaje. El sacerdote continuó hasta acabar el salmo y entonces Dean vio a los asistentes acercarse al agujero cubierto por tierra para dejar sus ofrendas florales. Uno tras otro como sombras negras. Kate le abandonó en un momento y Dean la escuchó dándole las gracias a una pareja. Nadie le dirigió la palabra, sólo sintió las manos cansadas apoyándose en su hombro al pasar las horas hasta que el sepelio quedó completamente vacío.
Dean se quedó en silencio, uno que le trajo un recuerdo de antaño, ni dulce, ni agrio, sólo silencio quieto. Cuando decidió arrodillarse frente a la pequeña lápida de su hijo sintió que sus músculos pesaban toneladas y que sus articulaciones estaban anquilosadas. La tierra semi húmeda le mojó los pantalones de tela negra hasta la piel, pero el frío le caló más hondo, a esos lugares inciertos que deja la muerte. Cerró los ojos y se dejó llevar por la brisa fresca y el sonido de la hierba seca meciéndose al son del viento, sonido que fue mutando poco a poco, semejando el sonido de pasos arrastrados aplastando las hojas. Abrió los ojos, creyendo que sería Kate u otro deudo, quien venía para llevárselo consigo a casa.
Pero no era ni lo uno, ni lo otro. Dean vio de reojo una persona rodeándole lentamente. La persona puso una mano sobre su hombro y se deslizó por su espalda con suavidad y de pronto Dean vio las rodillas del extraño, postrándose a su lado. Un sentimiento de familiaridad le calmó por breves segundos antes de animarse a levantar los ojos y darle la cara al recién llegado. Cuando la luz aclaró las facciones de Edward, Dean pensó que finalmente había pasado. Que había muerto de pena. Eso tenía que ser. Eso explicaría todo.
—Hey —Edward susurró a su lado. Lucía tan extraño, como hermoso. De la forma en que los vivos –los vivos de verdad– deberían verse. Radiante, sereno, con un aura que Dean no pudo explicar del todo.
— ¿Edward? —Sólo pudo replicar eso. Edward asintió y suspiró, sobando la espalda de Dean con cariño—. ¿Dónde estamos?
—Quién sabe —Se encogió de hombros y era verdad, ninguno de los dos podía estar seguro de dónde estaba parado en ese momento. Tampoco es que importase cuando sólo se tenían a ellos ahora. Edward bajó los ojos con pesar, apretando los labios, luchando con las palabras. No sabía qué decir, qué más hacer—. Siento mucho lo de tu hijo, Dean. En serio.
— ¿Por qué? —Dean entrecerró los ojos—. ¿Por qué lo sientes tanto?
Edward volvió a encogerse de hombros.
—Por ti, supongo —Resolvió—. Es probable que Derek esté en un lugar mejor, en cambio… nosotros… tú…
— ¿En un lugar mejor, dices? —Dean hizo una mueca incierta, entre la risa y la incredulidad. Ambos sabían que esa era una frase hecha para que la gente se resigne a la pérdida y eso es todo. Edward lo sabía de primera mano, él tenía una historia detrás de eso. Sin ser nadie, ni deseado desde el primero momento, él jamás había ido a un lugar mejor. Probablemente su madre se dijo eso para dormir tranquila cada noche e incluso así, ni Edward, ni Dean podían culparla—. ¿Cómo es que estás aquí? ¿O sólo eres producto de mi mente destruida?
—Estoy aquí, Dean, por obra de Leuviah —Edward intentó ordenar los sucesos en su mente y no pudo—. ¿Realmente quieres escuchar esa historia? No me parece el momento, quizás mejor… en casa.
Dean afirmó con la cabeza.
—Me gustaría quedarme un momento más —Confesó y Edward entendió.
Se quedaron allí por horas, enlazados por sus memorias crueles, sus respiraciones cansadas y los suaves roces de sus manos. En completo silencio, Dean se quedó allí, en silencio. Con él y con sus muertos.
Casa.
El nombre le quedó grande, incluso después de semanas tras el entierro de Derek. La casa –el reino roto, de dónde los príncipes rotos suelen venir– jamás le pareció tan vacío como estos días grises, ni siquiera el día posterior al cual Kate se había marchado con su hijo le pareció tan vacía, tan fría, tan abandonada y extremadamente grande. Dean se vio metido en esa pesadilla solitaria y estruendosa a cada segundo de vida. La turbación y la ira –el segundo paso del duelo– vino de forma lenta y él decidió que era culpa suya, de nadie más. Si tan sólo hubiese visto entre el silencio mucho antes quizás podría haber revertido todo lo que le estaba pasando. Quizás y sólo se quedaba en eso, en suposiciones.
Joder, estos días eran un infierno acuoso.
Dean vio a Edward entrando por la puerta principal de la casa a través del alfeizar de la habitación intacta de Derek. Todo seguía allí, la cuna, los juguetes, los osos de felpa y la decoración, sin tocar, sin mover nada. Era un santuario y ambos hombres estaban de acuerdo en no ensuciar ese lugar. Aun así, Dean encontraba un refugio en la ventana, una forma de matar el tiempo, a decir verdad. Esos días en particular, la lluvia solía caer de forma intermitente, estaba siendo una primavera gris como los meteorólogos habían advertido y Dean no se tragó la parte del cambio climático, no, él estaba seguro de que el clima sólo era el reflejo de su alma.
—Estoy en casa —Escuchó la voz de Edward desde la primera planta, amortiguada por las paredes de concreto y la madera del piso. En seguida sobrevino un ladrido alegre y las patas de un animal corriendo por el corredor. Dean soltó un resoplido cansado y dio un pequeño cabezazo contra el cristal de la ventana. Encogió más las piernas y pasó las manos delante de ellas, abrazándolas.
Oyó el traqueteó en la primera planta y luego los pasos livianos en la escalera, cruzando el pasillo con lentitud y entonces alguien tocó a la puerta de la habitación. Dean no respondió, aunque la puerta se abrió apenas, mostrando a Edward asomado por el espacio entre marco y la lámina de madera.
—Traje algo para cenar —Anunció y soltó el pomo de la puerta. Las bisagras añosas y el mal apuntalado marco se llevaron la puerta hasta chocar con la pared, acompañado de un rechinido. Edward respiró profundo y se metió las manos a los bolsillos de los vaqueros. Se atrevió a dar un paso, cuidando que fuesen sobre las huellas de los zapatos de Dean, marcadas por el polvo del lugar. No tocar. Edward no quería tocar nada, ni mirar más de lo debido. Leuviah le advirtió que la etapa de la ira era peligrosa, que ojalá sólo le llevara la corriente a Dean hasta que lo peor pasara—. Estoy un poco agotado de acarrear cajas todo el día, pero si quieres que te la puedo traer hasta aquí ¿Qué te parece?
Dean negó con la cabeza. Edward pudo notar como el lado derecho del rostro de Dean se estaba tornando de un color violáceo. Había sido de esa forma por semanas. Dean y su ira silenciosa contra él mismo, a veces Edward pensó que sería mejor si Dean gritara, a él o contra Dios, pero tanto silencio, tanta autodestrucción le estaba afectando incluso a él.
—Llevas tres días sin probar bocado —Edward se abrazó a si mismo. Era increíble cómo la temperatura en el cuarto de Derek era sobrenaturalmente baja, era probable que la mala aislación de la casa lo provocara, aunque ya nada era seguro. Dean gruñó y no contestó, por el contrario, sólo apretó los puños sobre las rodillas—. Estoy preocupado por ti, Dean.
Si Dean le pedía que se fuera, no sería la primera vez y eso Edward también lo respetaría, tal y como las últimas veces.
— ¿Quieres que me vaya? —Edward lo hizo más fácil para Dean cada vez y aguardó una respuesta afirmativa, pero hoy, como novedad, Dean negó—. ¿Entonces? Háblame, Dean. Necesito que lo hagas.
— ¿Qué quieres escuchar? —Dean cerró los ojos y aplastó los labios en una línea delgada—. No tengo nada qué decir… nada que ya no sepas.
Edward bajó la mirada, pensativo. A veces simplemente quería abofetear a Dean hasta que reaccionase, pero otras veces, lo entendía. El dolor no era el suyo después de todo y aunque trataba de ponerse en el lugar de Dean, también comprendía que, si le dejaba estar, las cosas sólo empeorarían. Se atrevió a dar otro paso, fuera de las huellas de Dean en el polvo, como si le retara y Dean lo notó de inmediato y levantó la vista. Edward sintió una corriente empoderándose de su cuerpo cuando posó una mano sobre una de las rodillas de Dean y éste le abrió paso suficiente como para que se sentase a su lado, y así fue como pasó. Edward tomó asiento a su lado, en una posición incómoda, pero bastaba para iniciar el siguiente paso, que era acariciar el cabello opaco de Dean con sus dedos índice y medio.
Dean siguió cada movimiento como engatusado por algo celestial. El último contacto físico con Edward había sido en el sepelio de Derek y de eso… Dios, parecía que habían transcurrido milenios.
—Dime ¿Cómo te ayudo? —Edward musitó sin dejar de acariciarle el pelo y Dean se dejó, así como los gatos abandonados debajo de un puente.
—No puedes, cómo podrías si ni yo mismo sé cómo ayudarme —Edward intentó esbozar una sonrisa, sin embargo, lo abandonó al notar que parecía una mueca de lástima—. No puedo sentir mis piernas, ni mis brazos… es cómo si ya no les importara estar aquí para mí. Y este vacío… justo aquí…
Dean se llevó la mano a la mitad del pecho, donde enroscó la ropa entre sus dedos, con rabia.
—Es un agujero muy grande, Edward —Dean apretó la mandíbula y los ojos, inclinándose hacia adelante, donde Edward le recibió entre sus brazos, dejando que Dean desahogara sus lágrimas, esas que no había visto en semanas, allí estaban nuevamente. Edward lo arrulló con un siseo y le rodeó el torso y la cabeza, reposando su mano sobre la cima de la cabeza de Dean y unió sus labios al cabello del otro hombre. Le dejó ir, pero a la vez, estuvo para él—. Necesito encontrarlo… necesito encontrar a Derek, pero… no puedo moverme, Edward… no puedo moverme…
Edward sintió cada músculo de Dean tensándose y el crujir de un alma rota, quebrándose aún más. Supo que necesitaba ayuda profesional, no importa cuánto Dean se negara a eso, esta pesadilla los iba a arrastrar a ambos a un abismo desconocido de donde, obviamente, iba ser imposible salir. Cualquier medicación que el psiquiatra había recetado como tratamiento estándar para empezar, no estaba funcionando.
—Mi padre… —Dean moqueó, cerrando los ojos, luchando contra los retazos de recuerdos que aún quedaban en su atrofiada cabeza—. Mi padre creía que esto era una clase de maldición, atada a los Howells de generación en generación y por años… por años yo creí que estaba equivocado, que… sólo trataba de culpar a alguien o algo más con tal de no aceptar su propia responsabilidad, pero ahora…
—Dean, esto que sientes está bien —Edward se convenció de ello—. Perdiste a tu hijo, la pena, la ira que sientes es… normal. Nadie te culpa de eso, sólo tú.
— ¡Yo era su padre, Edward! —Edward se echó para atrás en busca de refugio, se había asustado por la exacerbada reacción de Dean. Movió sus piernas lo más rápido que pudo, como conejo atrapado en una jaulita oxidada y Dean se las arregló para ponerse de pie, apretando los puños y caminando hacia la cuna, donde se apoyó en el barandal; observando el vacío cubículo, sintió como las ganas de arrancarse el dolor avivaban más y más sus ocultos y oscuros sentimientos—. Yo… soy su padre, Edward y dejé que él se lo llevara… ¡Dejé que se lo llevara, es mi culpa! ¡Mía!
Edwar apretó la mandíbula, mirando a Dean en la distancia, sin atreverse a contradecirlo. Su mano se aferró a los cojines del alfeizar cuando Dean dio un grito y se retorció delante de la cuna, sacudiendo la baranda con violencia. Instintivamente sus ojos buscaron la puerta de salida, calculando la distancia entre la ventana y ella y cuánto tiempo le tomaría llegar.
—No te pido que lo entiendas ¡Cómo podrías! ¡Cómo alguien podría! —Dean continuó, el tono de su voz podría romper los cristales de la ventana en cualquier momento—. Tú continuas con tu vida, después de todo. Una vida regalada sin más, mientras mi hijo… está en algún lugar, muerto de frío… muerto…
Edward sintió como sus entrañas se le estrujaban. Lo que había dicho Dean, le dolió en un punto inexacto de su pecho, no porque hubiese dicho algo que no supiera, por el contrario, Dean tenía toda la razón, sino porque, mal que mal, él no había pedido nada de eso. O de esto. La culpa que había logrado opacar tras días de su despertar en casa de Leuviah, regresó sobre él como un animal al asecho. Sus manos se apretaron en puños.
—Tienes razón —Edward dijo, determinado a dejar salir eso, pero con calma. Dean soltó el aire como un animal adolorido—. Tienes razón, no puedo comprenderlo y no voy a hacerlo jamás. ¿Estoy viviendo en una vida usurpada? Sí, eso también ¿Qué quieres hacer al respecto? No tengo la más mínima idea ¿Y ese hueco que sientes en mitad del pecho? Jamás podré llenarlo, hay poco de mí para eso, soy demasiado pequeño, demasiado insignificante para ti, pero eso no significa que dejaré que te hundas… te lo debo.
— ¿Me lo debes? —El sarcasmo decoró las palabras de Dean y Edward se puso de pie, lentamente—. ¿Sólo por eso estás aquí?
—Vamos a enfrentarlo, Dean —Edward desvió los ojos y volvió a su posición de protección, envolviendo sus brazos alrededor de él—. Lo que pasó en Silent Hill, murió en Silent Hill. Eres el único que trata de mantener esos recuerdos vivos, porque te rememoran a Derek, a que algo te importaba en ese entonces, pero ahora… ya no te importa nada.
—Te equivocas —Dean no le miró, Edward tampoco hizo el intento por hacer contacto visual, sólo se movió disimuladamente hacia la puerta—. Quiero encontrar a Derek, tanto como la primera vez. Se perdió y yo sé dónde está.
—No dejaré que vuelvas a Silent Hill, se lo prometí a Leuviah —Edward sentenció. Dean permaneció en silencio un par de segundos, si Dean hubiese estado en sus cinco sentidos, quizás hubiese agradecido que Edward siguiese siendo su ancla a la realidad, pero contrario a eso, lo culpó por no dejarle ir. En su cabeza, Edward le estaba estorbando.
—No te atreverías —Le retó—. Fuiste testigo de lo que pasó con cada uno que intentó detenerme la primera vez.
Edward se mordió el labio inferior y asintió repetidamente sin mirar a Dean. Tenía miedo, cada día a cada a instante, del silencio, de Dean, de lo que ellos podían hacer. Pero no se fue, por el contrario, los desafió, a ambos, hasta el final. Si ese era su objetivo en la vida, impuesto por quién sabe quién –aunque estaba seguro de que Dean diría que fue acción de los dioses tristes y rotos– él iba hacerlo. Edward recordó las palabras de Leuviah, el día del sepelio de Derek. "No dejes que Dean vuelva jamás a Silent Hill. No dejes que el silencio gane." Pero no se trataba de ganar o perder. Sino que se trataba de una vida, una vida que había luchado todo el tiempo por recuperar lo que le pertenece. Él no iba a dejar que Dean se rindiese tan fácilmente.
Edward no sabía qué clase de infierno estaba construyendo. La ignorancia de los inocentes es, muchas veces, el paraíso de los hombres crueles. Crueles y rotos.
—Te lo dije, Dean. Todo lo que pasó en Silent Hill, murió allí —Dio otro paso, esta vez hacia atrás, cerca del cada vez más cercano dintel de la puerta—. Incluso el Edward que conociste allí.
La adrenalina encendió un agónico sentimiento de supervivencia en Edward, cuando Dean leyó sus intenciones tras alcanzar el marco de la puerta. Dean se echó a correr, como un lobo que ha danzando alrededor de su presa toda la mañana, pero Edward tenía todo planeado en su cabeza, después de todo, había enfrentado bestias peores en Silent Hill y ese sentimiento retornó con fiereza, helando su mente. Edward alcanzó el pomo con velocidad y retrocedió, usando la física a su favor para cerrar la puerta de un solo tirón. La puerta se sacudió, acompañado de un sonido y Edward se apresuró a girar la llave que colgaba de la cerradura mañana, tarde y noche, encerrando a Dean en el cuarto.
La puerta volvió a dar un estremecimiento gutural y Dean gritó, golpeando la puerta con sus palmas desnudas, girando la perilla desesperadamente y reclamando el nombre de Edward mientras exigía que abriese la puerta en ese mismo instante.
Edward sabía que no era correcto y la culpa lo arrastró hasta la pared contraria, donde se recargó e inclinó sobre su eje, aguantando la pena y dejando que la adrenalina se drenara lentamente.
Las horas comenzaron a transcurrir de forma inestable en esa casa a partir de ese momento. Edward logró componerse y bajar la escalera, apoyándose en los flancos, por temor a caer. Los golpes cesaron en cuanto toco el piso de la primera planta e instintivamente miró hacia arriba, creyendo que Dean había escapado, pero sólo vio sombras y oscuridad. Pensó que tal vez Dean escaparía por la ventana, pero el recuerdo de haberla sellado para evitar el polvo un poco, le tranquilizó. Sólo esperaría a que Dean recobrase un poco el sentido común y le sacaría de allí.
Nim le miró al llegar a su lado y rasguñó la puerta del patio trasero para que le dejase salir. Edward supo que esa sería la tónica del día. Abrir puertas para dejar salir a alguien. Arrastró los pies y le entreabrió la puerta, no sin antes advertirle a la cachorra que no se mojara mucho en el patio. Como si le hiciera caso, Nim corrió afuera, dio una vuelta al jardín y se metió en la casita que había comprado días atrás.
Cerró la puerta y puso el seguro, arreglando la cortina de paso, se movió hasta las bolsas en la cocina, donde el aroma de los condimentos asiáticos despertó su estómago. Pensar en eso, por semanas tras "regresar" le hizo sentirse extraño y culpable. Metió las manos a las bolsas y extrajo las bandejas desechables de aluminio, enseguida vertió los fideos de un recipiente al uno de los platos que quedaban en la alacena, uno que había sobrevivido al huracán Dean una tarde en que la ira se manifestó violentamente y arrasó con casi toda la loza de la casa. Edward recordó a Dean esa tarde, llorando y quejándose encorvado en el suelo, mientras en la cocina los trozos rotos de platos y vasos decoraban todo.
Se había enojado tanto y aún así no había dicho nada. No, sólo se arrodilló y consoló a Dean hasta que se durmió sobre su regazo.
Suspiró y arrojó la bandeja vacía a la basura. Pasó por delante de la escalera en su camino a la mesa y nuevamente observó la cima. En el inmenso silencio, oyó a Dean sollozar en la distancia. Se obligó a mantenerse firme en su decisión y tomó asiento en el comedor. Fijó la vista en el plato con fideos chinos decorados con verduras, sin verlos en realidad. Se había perdido, en un pensamiento que se quemaba lentamente en sus neuronas, se mordió los labios y luego cubrió la mitad de su rostro con las manos y en silencio, comenzó a llorar.
Edward se durmió en el sofá, lo supo cuando despertó con un terrible dolor de cuello. La pantalla del televisor se había ido a la carta de colores, demostrándole que eran más de las dos de la mañana. La lluvia caía copiosa, resbalando por el cristal de la ventana de la sala. Todo estaba apenas iluminado por el televisor, todo estaba quieto. En silencio.
Se incorporó hasta quedar sentado y observó la ventana cuando se iluminaba por las luces de un automóvil en el exterior, entonces la luz se apagó y todo se sumergió en la oscuridad. Edward meneó su cuello para descontracturarlo y cuando dejó de dolerle tanto, echó un vistazo a la escalera, comprobando que Dean no había salido del cuarto. No, Edward pensó que, si Dean llegaba a salir, haría un escándalo de proporciones; eso sí tenía suerte. Se tranquilizó y volvió a mirar la carta de colores en el televisor y tuvo un presentimiento extraño y por si las dudas, volvió a mirar la cima de la escalera.
Esta vez la oscuridad y el silencio le parecieron aterradores, pero seguramente estaba dejándose llevar por sus pesadillas. Esas donde nada terminaba bien. Se quedó allí, pensando en todo y en nada a la vez, escuchando el murmullo de las cañerías de gas debajo de las paredes, el crujir de la madera de la escala y las gotas de lluvia sobre el zinc del techo. Cuando cabeceó otra vez, se convenció de que era hora de ir a dormir sobre algo más cómodo.
Se puso de pie y enseguida encaminó sus pies a la puerta principal. Puso el seguro y cerró los dos picaportes adicionales. Al dar la vuelta para ir a cerrar las cortinas, se dio el susto de su vida y con un grito de sorpresa retrocedió, tropezando con la alfombra y sus pantuflas, botándolo al suelo.
Dean estaba parado allí, aguardando entre las sombras que, si bien no eran muchas, eran las suficientes como para darle a Dean el aspecto aterrador de un monstruo o un cadáver. Edward se llevó la mano al pecho y le vio cruzando la cocina americana de una forma tan aletargada como silenciosa. La luz del televisor lo iluminó y no se veía bien. Tenía las manos ensangrentadas y con uñas faltantes, tenían trozos de astillas de diferentes tamaños incrustados en la carne. La cara manchada con huellas de su propia sangre y los ojos hundidos. La piel casi azul, traslucida, enferma, barnizada de sudor.
Dean había escarbado, literalmente, la madera de la puerta para escapar del cuarto de Derek y ahora estaba allí. Edward no podía decir que esperaba menos o algo más, sin embargo, tembló, sintiendo el gélido aliento del miedo cruzando su cuerpo.
—Dean —Susurró. Debía persuadirlo y su cabeza comenzó a trabajar en sus opciones de escape, si antes estaba seguro de que Dean jamás le haría daño, esas semanas en ese manicomio casero le habían hecho dudar hasta de la más mínima reacción de Dean, sobre todo ahora, que lucía tan fuera de sí, como aterrador—. Dean, escucha…
Pensó, pensó en qué decir para tranquilizarlo y sus pies le sostuvieron con fuerza hasta pararse, acorralado entre Dean y la pared. Su mente funcionaba rápido y vio la puerta del jardín de soslayo. No, había puesto el seguro y había dejado la llave sobre el mueble de la cocina ¿Entonces la puerta principal? No, acababa de ponerse tres trabas difíciles de sacar con rapidez ¿El segundo piso? La habitación de Derek no era opción, el cuarto principal tenía la chapa averiada y el baño… el baño parecía buena opción.
—No estás bien, Dean —Continuó y se movió a un costado, tratando de acercarse a la escalera—. Necesitas ayuda.
—Edward, tienes razón —Dean dijo, pero se escuchaba diferente y dio otro paso, colocando la mano sobre el sofá donde Edward había estado descansando, para empujarlo y abrirse paso—. Toda mi vida pensé que yo estaba roto y que podría repararme.
—Podemos, Dean —Edward elevó las manos a la altura de sus hombros, como quien quiere colocar una barrera con algo peligroso. Sí, Dean era algo peligroso. Peligroso y mortal—. Sólo tienes que dejar que te ayuden.
—Pero… no puedes repararme, cariño —Edward tuvo un deja-vú, de los peores y se preguntó, por un breve segundo si había posibilidad de que él haya estado conviviendo con el silencio todo este tiempo—. Soy polvo, no estaba roto sino pulverizado. No puedes hacer nada.
Edward chilló un "no" cuando se apresuró por alcanzar la escalera. Dean fue en su búsqueda, enredándose en la alfombra. Hubo un instante en el que Edward creyó que podía escapar, pero esa esperanza se perdió en sus intentos fallidos por desprenderse del agarre firme y cruel de Dean sobre su cabello. Se agitó como en una de esas malas pesadillas, rasguñando la mano de su atacante con alevosía. Edward perdió el sentido de la orientación por culpa del dolor y de pronto sólo percibió la ingravidez de una caída, hasta azotar con el piso.
El aire escapó de sus pulmones tan rápido como Dean volvía a tomarle por el cabello y el brazo, Edward se sintió mareado, el aire escaso que circulaba a su alrededor había desaparecido por completo o era irrespirable, perfumado por gasolina y fuego. Edward luchó contra el agarre zafándose, echando los pies atrás. Sacudió la cabeza para alejar el mareo de la pelea y se atrincheró detrás del mueble de la cocina, dejando a Dean del otro lado. La sangre escurrió por su nariz y algún punto de su cráneo, impidiéndole ver con claridad por el ojo derecho.
— ¡Aléjate, no te acerques! —Advirtió con un grito, moviendo sus manos ciegamente hacia los cajones a su espalda, buscando un cuchillo o algo con que defenderse. Cuando recordó que él mismo había ocultado los cuchillos y las cosas filosas en un intento estúpido por tratar de que Dean no se hiciera daño así mismo, se sintió vulnerable e increíblemente estúpido—. ¡Que no te acerques! ¡No me toques!
¿Y si gritaba tan fuerte como para romper el silencio dentro de Dean? Se obligó a recordar que el silencio sólo era una metáfora y que no importaba cuán fuerte gritase. Todos estaban sordos y Edward podía sentir el hilo de sangre rodando por sus oídos.
En un último intento por escapar corrió hacia Dean para darle un empujón. En su cabeza sonaba bien. Empujarlo, que cayera al piso, le daría tiempo para ir por la puerta principal. Pero Dean no se inmutó, por el contrario, sus brazos le rodearon con una fuerza sobrehumana y Edward luchó con él, meneando su cuerpo en ambas direcciones, entonces Dean le soltó y él perdió el equilibrio. Vio el mesón de la cocina americana tan cerca que podía ver cada partícula de grasa sobre él.
Luego vino el golpe contra la mitad de su rostro, tan fuerte como para voltear su cabeza violentamente hacia un lado. No supo qué pasó, escuchó un "clap" muy, muy cerca, y cayó al suelo estrepitosamente, llevándose las sillas consigo.
Edward perdió el aliento, sus pulmones se sentían extraños, en realidad su caja torácica se sentía así ¿Se había roto una costilla? Abrió los ojos con lentitud, tenía el rostro girado hacia la ventana, donde la luz de otro automóvil se apagaba rápidamente. Edward quiso sacarse el aturdimiento de la caída y del silencio, pero no pudo. Observó su mano que yacía a un costado y se dijo que debía usarla para ponerse de pie y su cerebro le ordenó a su cuerpo la acción, pero su cuerpo no reaccionó.
Lo intentó otra vez.
Y otra.
Y otra.
Nada en su cuerpo se movió. Entonces intentó gritar y esos gritos sólo eran gemidos muriendo en su garganta, debajo de su mandíbula trabada. Parpadeó para alejar las lágrimas de miedo que nublaban su vista.
No se podía mover, no podía gritar. Estaba encerrado dentro de su cuerpo inmóvil, observando todo a su alrededor, escuchando y sintiendo el roce de la ropa, los pasos de Dean cerca de él y una mano acariciando suavemente su cabello.
— ¿Edward? —La voz de Dean sonó como el primer día que le conoció y eso sólo le dio más ganas de llorar—. Edward… lo siento…
Su cuerpo se elevó, los brazos de Dean se aferraron a su torso y sus brazos lánguidos quedaron colgando en una dirección ridícula. Olió el perfume de Dean, impregnándose en sus fosas nasales y percibió su cabello cosquilleando en sus mejillas. Dean le tomó el rostro sin gobierno y le obligó a mirarle. Edward quería decirle que se apartara, que no lo quería cerca y que era un monstruo, pero, nuevamente, sus palabras sólo eran jadeos y gemidos. Las lágrimas de Dean humedecieron su rostro y sus besos decoraron su sien.
—Por favor… por favor… perdóname… —Dean volvió a suplicar, meciendo a Edward como si fuese un bebé de meses—. Puedo… puedo repararlo, Edward, no te preocupes… puedo…
Edward parpadeó y dejó caer sus propias lágrimas al suelo, de donde Dean le alejó, cargándolo en sus brazos.
—Tengo… que limpiar tus heridas —Dean dijo y se atragantó con sus sílabas cada vez más—. Luego… te llevaré al doctor… él puede… él puede…
Repitió eso hasta que entraron al cuarto de baño y Dean le dejó dentro de la bañera para desvestirlo. Quiso detenerlo y la impotencia de no poder moverse le arrancó más lágrimas, las cuales Dean secó con suavidad. Enseguida el chorro de agua caliente, demasiado para su gusto, cayó sobre su cuerpo, quemándole la piel más sensible, como si fuesen lenguas de fuego a su alrededor, como en esa casa, con su madre. Dean colocó el tapón de la tina y aguardó hasta que la bañera se llenara de agua. Edward lo observó rebuscar en los cajones una toallita pequeña para restregarle las heridas. Luego se movió a su lado, arrodillándose junto a él. Lucía tan culpable, como cruel. Edward ya no podía verlo como ese Dean que había conocido en Silent Hill.
Él mismo lo había dicho; todos ellos, esos que conocía, murieron en Silent Hill. En un lugar más oscuro y atroz que los temibles bosques de Bryntawel.
Dean talló la sangre de su nariz y luego acarició sus mejillas cariñosamente con el dorso de su mano. Edward sintió su cuerpo resbalándose en el material esmaltado de la tina. Su cuello quedó en una posición incómoda apoyado en el borde. Sus pies sin fuerza tocaron el extremo opuesto de la tina, pero no impidieron nada. Dean le sonrió y Edward vio una sombra detrás de él, parada en la entrada del baño con un bebé en brazos.
Su respiración se enganchó en su tórax, pero Dean no lo notó. El silencio, ese espectro en la puerta le dio una mirada altiva, sin sentimientos antes de dar la vuelta y enfilar sus pies hacia el pasillo, en dirección al cuarto de Derek.
—Pronto recuperaré todo lo que he perdido, Edward —Dean le dijo, mojándole el cabello y peinándolo hacia atrás—. Podré reconstruirme, pieza por pieza. Ladrillo por ladrillo.
Edward trató de afirmarse con sus manos inútiles, pero no pudo. No podía decirle a Dean que se estaba resbalando y que el agua le llegaba hasta la barbilla.
Fue entonces cuando el llanto de un niño cruzó la casa y esta vez no era la imaginación de Dean, quien volteó el rostro de inmediato hacia la puerta del baño. Edward sabía que era una treta, una treta del silencio.
— ¿Derek? —Dean preguntó a la soledad y Edward gruñó cuando el otro hombre se levantó y abandonó el cuarto de baño, perdiéndose en el pasillo.
Edward volvió a gemir, las lágrimas siguieron su camino nuevamente. Su piel se deslizó otra vez sobre la curva de la bañera y cuando cedió, sólo atinó a coger una bocanada de aire. La piel de su cara ardió cuando quedó sumergida debajo del agua y el dolor hizo añicos su capacidad respiratoria, obligándolo a soltar el escaso aire que había tomado. Un dolor agudo taladró su pecho cuando el agua ingresó a sus pulmones, colapsándolos.
¿Fue karma o ironía lo que lo mató a Edward esa noche? Nadie puede decirlo con certeza.
Mis pies llegan al cuarto de Derek antes de que mi raciocinio lo haga. El agujero en la puerta estaba cubierto de sangre y fragmentos de mis propias uñas. Observo el pomo de la puerta y giro la llave que cuelga de la cerradura, escucho los engranajes y la puerta se abre sin que se lo ordene. El cuarto está oscuro, pero es como la primera vez que Kate y yo armamos este cuarto. El tiempo en él no ha pasado.
— ¿Derek? —Vuelvo a preguntar y me acerco a la cuna vacía, porque sí, sigue estando vacía. No hay forma de que esté de otro modo. Derek está perdido. No. Muerto. Enterré a mi hijo, lo enterré junto a mi alma, junto con todo lo que tenía.
Se han ido, ya ni siquiera sé dónde. Estoy perdido junto con ellos. Nunca me volverán a encontrar. Qué triste es que nunca te encuentren, saber que estás por allí, que alguien te está esperando y que simplemente no puedes retornar y abrazarles. Que estés tan lejos de ellos y, sin embargo, que te sientas como el silencio en sus propias casas.
Me quiero morir.
Tanto.
Tanto que ese pensamiento circundante en mi cabeza por años ya casi no tiene fuerza. Las ganas, incluso de querer, se han ido. Ya no tengo ganas de hacer las cosas que amo y que antes me llenaban de satisfacción
Tengo ganas de morirme. Tengo ganas de descansar.
Así tal vez cuando despierte vuelva a encontrar mis ansias de ser quien era antes de que el silencio gobernara mi vida.
Trago saliva y doy vuelta sobre mi eje, hacia la salida, donde el pasillo oscuro me recibe con alegría. Cada escalón de la escalera parece un paso hacia algo más profundo que la planta baja o el infierno. Al llegar allí, el regadío de cosas fuera de lugar y sangre es evidente. Mi mano se dirige suavemente hacia el cinturón atado a mi pantalón, el cual desbarato sin ánimos.
Esa vieja y gastada viga del techo sigue teniendo la marca del primer intento, pero esta vez no habrá campanas, ni nadie que venga a mi rescate. Tampoco es necesario. Subo a la encimera de la cocina y paso el cinturón por la viga, atándola con fuerza y enseguida bordeo mi cuello con el material de cuero, comprobando que no va a romperse. Percibo la hebilla de acero justo delante de mí cricoides, presionando ansioso.
El suelo parece tan alto desde allí.
El llanto de un bebé se escucha nuevamente.
—Ya voy, cariño —Hay paz, por primera vez hay paz dentro de mí. Descanso. Alivio—. Ya voy…
Cuando el silencio gana, cuando el reino queda destruido, roto… pulverizado. Cuando no eres más que polvo en baúles con recuerdos, uno sólo se deja llevar por el viento. Dean lo supo ese día, si es que no fue antes de dejarse caer.
Los oficiales de policía que llegaron una semana más tarde, cuando los vecinos reportaron un olor nauseabundo proveniente de ese pequeño reino apostado en Lyndale, dijeron que, aunque el cuello de Dean se rompió por la tracción del cinturón, eso no lo mató, sino que tuvo una agónica muerte por asfixia.
Nadie pudo vivir en esa casa después de eso. Después de que sacaron al hombre cubierto de silencio y le enterraron junto a su hijo. Los más bromistas y temerosos decían que la casa estaba embrujada, que las paredes respiraban y que los nudos en la madera los miraban como si fuesen ojos.
El reino que había nacido del silencio, se quedó así, quizás por siempre, quién sabe. Y las almas de aquellos que jamás fueron encontrados, se reunieron como luciérnagas más allá de los bosques de Bryntawel.
END
N/A: ¡El final malo remasterizado! Sí, no hay porno, sorry guys, pero por el lado bueno, les traigo simbolismos, muchos de ellos, cuellos rotos, parálisis, ahogamientos, ya saben… lo típico, material de lectura complementaria. Y con esto quiero agregar que si bien me gusta este final (XD) no es mi canon, ya les dije que el primero es el primero y el último XDDD
Hay cosas que les dejare saber en el capítulo de curiosidades, ustedes tranquilos que les va a caer la teja como nunca. Mientras eso sucede inspírense con Baltimore's Fireflies de Woodkid.
¡El siguiente capítulo es presentado por Yaoist Secret, disfrútenlo tanto como yo!
¡Besos!
