Epilogo:
La tienda donde conceden deseos.
Ese día llovía en todo el país de Japón, y ello no excluía a una pequeña tienda enmarcada por grandes y grises edificios.
La dueña de dicha tienda, vestida con un extravagante kimono, miraba absorta desde su porche como el agua caía sin cesar.
-aquí tienes Yuko.- le trajo su joven empleado con gafas, de mala gana, una bandeja con un vaso y una botella de sake.
Ella le miró fijamente con completa seriedad.
-¡ah, Watanuki! ¡por fin trajiste el sake!- dijo tan feliz que solo le faltaba dar saltitos.- ¡ya echaba de menos a mi amor platónico!
-¡yo también!- apareció la borrachuza de la Mokona negra por detrás de la mujer.- ¡sake, lindo sake!- cantaba llena de energía.
-un día de estos os voy a tener que enviaros a alcohólicos anónimos de todo lo que bebéis.- les dijo el llamado Watanuki resignado.
-¡ey¡ ¿porque no preparas algo para acompañar? Algo así como sushi.
-¡sushi, sushi!
-esta bien, esta bien.- se dio media vuelta para dirigirse a la cocina, pero antes de entrar en la casa recordó algo.- Yuko.
-dime.
-¿cual fue el pago de aquel hombre?
-¿te refieres al del país de Grand Line?
-si.
-su deseo era la existencias de sus creaciones en su mundo, y el pago fue simple. Ya no tendría poder sobre dichas creaciones, serían personas con conciencia propia; tal y como él las concibió pero ya sin sumisión. Eso en un principio, para ese hombre, no era un gran pago, pero ello tiene mas consecuencias de las que parece, como estar en la situación de tener que elegir entre dejar marchar a un ser querido o retenerlo a la fuerza y hacerlo infeliz.
-así que su deseo y su pago eran una misma cosa.
-es más complicado que eso,-le sonrió.-pero se puede resumir así.
-entiendo... ¿y las espadas de ese pirata?
-ah... esas espadas si que tenían un valor incalculable. No solo por los aférrimos sentimientos de ese espadachín hacia ellas y viceversa, sino porque por separadas también son un tesoro en si. La primera contiene una gran fuerza de espíritus tanto que es soberbia e indomable, tal y como su espadachín, y las segunda también muy poderosa gracias a los siglos que han caído sobre ella y a su anterior portador. Si, esas espadas valían lo justo para salvar esas grandes vidas.
-entonces el precio que pagó su capitán debió de ser muy elevado.
-así fue. Lamentó que también vaya a pagarlo con su inconsciencia.
-¿cual fue el precio?
-será capaz de progresar, capaz de hacerse más fuerte, pero en algún momento de su camino no podrá vencer a sus enemigos. Deberá pasar un determinado tiempo en que la victoria que siempre le ha acompañado desparecerá y sus seres queridos se verán en peligro. Le aconsejé que se llevara solo una de las espadas para reducir a la mitad el tiempo en que se vería expuesto al pago, pero se negó en rotundo.- suspiró.- juventud, divino tesoro.
-y... ¿cuanto es el tiempo de pago?
La mujer volvió a mirarle con una elegante sonrisa.
-dos años.
