Capítulo 20: La presentación de Darab
A la mañana siguiente llegaron Rostam y Jannat de sus respectivos Reinos. Puesto que Malik les había dicho en sus cartas que el bebé no nacería hasta unos días más tarde, se asombraron al saber a su llegada que ya había nacido. Ambos felicitaron a Malik y Farah por ello, sobre todo por ser un varón, lo que le quitaba presión a Malik sobre su descendencia.
¡Se le ve muy sano! – Dijo Rostam. – Y qué ojos tiene. – Se rió al ver que los abría mucho. – Parece que esté asustado. ¿De qué color creéis que se le quedarán?
Pronto lo sabremos. – Dijo Malik.
Al menos ha sacado la nariz de su Madre. ¡Menos mal! – Se burló Rostam.
¿Cómo que "menos mal"? – Preguntó Malik, cruzándose de brazos. - ¿Qué tiene de malo mi nariz?
Nada, nada. – Respondió Rostam. – Admitámoslo, Farah tiene una nariz más pequeña que la tuya, más elegante.
¡¿Me estás llamando narizotas?
¡No! – Rostam no podía evitar reírse de su hermano mayor. Sabía que no se enfadaría con él en esa situación. – Tranquilo, algún rasgo sacará de ti. ¡No te preocupes!
¡Claro que se parece a su Padre! – Interrumpió Farah. – Tiene los mismos labios.
Yo no le veo parecido. – Insistía Rostam.
Vamos, Rostam, deja de torturarle. – Intervino Jannat. – Malik, claro que se parece a ti, tiene rasgos de los dos.
¿De verdad? – Preguntó él.
Sí, ¿por qué te preocupa tanto? – Preguntó Farah.
¡Tiene miedo de que sea más atractivo que él! – Interrumió Cyrus, entrando en la habitación con Kaileena. - ¿Cómo estáis todos?
¡Cyrus! – Jannat corrió a saludar a su hermano. - ¿Cómo estás? Malik nos contó que te hirieron.
Estoy perfectamente. – Respondió él.
Se nota. – Dijo Rostam.
¿Y vos, Kaileena? ¿Estáis recuperada? – Preguntó Jannat, girándose hacia Kaileena.
Hace mucho que me recuperé. Todo se lo debo a Cyrus. – Respondió ella, sonriendo. – De no ser por él, seguramente no estaría aquí.
¡Me alegro!
Ahora que habéis llegado, os voy a hacer una pregunta. – Dijo Rostam, rascándose la barbilla. - ¿A quién creéis que se parece Darab?
Mientras no herede el mal carácter de su Padre, como si quiere parecerse a un burro. – Respondió Cyrus.
¡¿Mal carácter? ¿Es que os habéis puesto de acuerdo todos para decir esas cosas de mí?
Yo creo que sí se parece en algo a Malik. – Contestó Kaileena, pensativa. Tenía una extraña sonrisa.
¡Gracias! Al fin alguien que no dice algo malo de mí. – Malik se pausó un instante. - ¿En qué se parece?
¡Ay! No … Farah también tiene el pelo negro. ¡Lo siento, Malik!
¡Oh, sí! – Exclamó Rostam, rodeándola con el brazo. - ¡Ese ha sido muy bueno!
Chicos, parad ya. – Les regañó Farah. – Vais a acabar enfadándole.
Continuaron con las bromas un rato más. Todos adoraban a Darab. El pequeño Príncipe había sido recibido por su Familia con gran entusiasmo.
Varios días más tarde, se celebró una fiesta en Palacio para presentar a Darab ante la Corte Real. Toda la Familia Real se reunió para ello, y asistieron numerosos representantes de reinos vecinos y amigos de la Familia. Todos vestían sus mejores galas para darle la bienvenida al nuevo Príncipe.
Farah se encontraba más recuperada, aunque continuaba agotada por estar continuamente pendiente de su bebé. No le quitaba la vista de encima. Malik insistía en que no se preocupara, pero ella lo veía indefenso y vulnerable ante el mundo que le rodeaba, y no quería dejar a su bebé solo. Además, se alertaba con cualquier detalle, como estaba ocurriendo.
Farah, tranquila. – Le decía Malik mientras se preparaba. – Está bien.
¡No, Malik! No puede estar bien. – Insistía ella. Se le notaba el agotamiento en la cara. – Algo va mal.
No ha llorado esta noche, ¿y qué? ¿No decías que su llanto no te dejaba dormir? ¡Deberías alegrarte!
¡Claro! Como a ti una vez que te duermes no hay quien te despierte … Para ti es sencillo, no te pasas las noches en vela pendiente de él.
Llevas quejándote de que llora por las noches desde que nació, y para una vez que no lo hace te vuelves loca.
¡Porque no es normal! – Farah estaba muy nerviosa y caminaba en círculos.
Lo bebés no tienen por qué llorar por las noches siempre. – Insistía él mientras se ponía las botas.
¡El nuestro sí!
Se acabó. – Agarrándola del brazo, la sentó en la cama y la sujetó por los hombros. – Estás agotada, necesitas descansar.
Estoy bien.
No, no lo estás. En cuanto acabe la presentación de Darab, regresas aquí y te acuestas un rato.
¡No necesito dormir!
Sí que lo necesitas. Confía en mí. Duerme un rato, yo me quedaré con Darab.
Pero Darab necesita tenerme cerca …
Farah, soy su Padre. Ya tengo experiencia en estos campos. – Le dijo acariciándole la cara. – Mira, cuando llegue la hora de que le des el pecho, vendremos aquí. Después regresaré con él a la fiesta y tú te quedarás durmiendo. Así no te molestará si llora.
Está bien …
Tras vestir a Darab, se dirigieron al Salón del Trono. Allí les esperaban todos. Entraron por el piso superior, donde estaba el Trono. Allí estaba Shahraman, quien en cuanto les vio comenzó con la presentación.
¡Invitados míos! – Comenzó. – Llevábamos mucho esperando para poder dar esta noticia, y al fin, tras nueve largos meses, la Princesa Farah ha dado a luz a un sanísimo niño, el Príncipe Darab. ¡Démosle todos una cálida bienvenida al seno de nuestra Familia!
La gente aplaudió eufórica al tiempo que Shahraman terminaba de pronunciar sus palabras y Malik alzaba a su hijo, orgulloso. A su lado, Farah sonreía al ver el recibimiento que había tenido Darab. Tras saludar a algunos conocidos, la pareja se retiró a sus aposentos para que Farah alimentase a su hijo lejos del bullicio de la fiesta.
Mientras tanto, Kaileena caminaba cogida del brazo de Cyrus, saludando a algunos de los amigos del joven Príncipe, quien iba informándola sobre todo aquel con quien se cruzaban. Sin embargo, ella no se sentía cómoda allí.
Aquellos de allí son el Jeque de Arabia y su esposa. Son buenos amigos de mi Padre. – Le explicaba él. – Aquel hombre es el Sultán de Azad, gran aliado de Persia y un amigo muy cercano de la Familia Real. – Divisó en la lejanía a un par de hombres y los señaló disimuladamente. – Y, ¿ves a esos hombres junto a la puerta?
Sí. – Respondió ella.
Esos son unos hermanos mercaderes muy poderosos. Casi todas las prendas de la Familia Real y la gente de alto estatus proceden de sus talleres.
Ya veo … - Dijo ella, sin mirarle.
¿Te ocurre algo? Estás tensa.
No me siento cómoda aquí, Cyrus. Recuerdo esas caras. Casi todos los que están aquí estaban presentes el día que me … "presentaste" ante toda tu gente. En cuanto pasamos se ponen a murmurar cosas en voz baja.
Kaileena, ¿no estás siendo un poco exagerada?
Cyrus, lo digo en serio.
¡Kaileena! – Interrumpió el Rey, acercándose a ellos con Hassan. - ¡Qué bien que os encuentro!
Padre, ¿ocurre algo? – Preguntó Cyrus, extrañado.
No, nada malo. – Miró a Kaileena. – Hassan desea saber si volveréis a ocupar el puesto de Sacerdotisa ahora que estáis recuperada.
Nos honraría teneros de nuevo entre nosotros, Emperatriz. – Dijo Hassan.
Lo cierto es que no lo había pensado … - Dijo Kaileena.
¿Podemos hablar en privado? – Preguntó el Sumo Sacerdote. – Será sólo un momento.
Kaileena se alejó con Hassan hacia los Jardines. Tenía varias dudas que aclarar sobre volver a ser Sacerdotisa. En cuanto desaparecieron, Cyrus se giró hacia su Padre, enfurecido.
¡¿Sacerdotisa? ¡¿Por qué habéis permitido eso?
¿Qué tiene de malo? – Preguntó él, mostrándose sereno.
¡Si Kaileena vuelve a ser Sacerdotisa ningún hombre podrá tocarla!
¿Y eso te preocupa? Técnicamente ningún hombre debería haberlo hecho, pero creo que tú fuiste uno de los muchos que se saltaron esa norma.
Pero … ¡Eso fue en el pasado! Yo …
Cyrus, si lo que pretendes es desposar a Kaileena, ¿por qué no lo dices abiertamente? – Le preguntó sonriendo.
Yo no he dicho tal cosa.
Una imagen vale más que mil palabras, Cyrus. Y todos vimos como abrazabas a Kaileena en el pasillo.
¡¿Qué?
Cyrus no daba crédito a lo que oía. Hasta su Padre, con el que aún guardaba las distancias, le insistía en decirle a Kaileena lo que sentía de una vez por todas. Al cabo de un rato, Hassan y ella regresaron. Cyrus aguardaba saber qué decisión tomaría Kaileena.
¿Y bien? – Preguntó, nervioso.
¿Habéis tomado una decisión, Kaileena? – Preguntó el Rey.
Necesito pensármelo. Hay cosas de las que no estoy muy segura.
Cyrus suspiró aliviado. Aquello le daba tiempo. Sin embargo, no podía dormirse, pues si Hassan insistía y Kaileena acababa aceptando, su relación estaría en serio peligro. Hassan se retiró con el Rey, charlando sobre diversos temas. Malik dejó a Farah durmiendo en sus aposentos y regresó a la fiesta con Darab, dormido en sus brazos.
¿Me he perdido algo?
Hassan quiere que Kaileena regrese al Templo. – Respondió Cyrus, desanimado.
Oh … - Viendo lo incómoda que era la situación, Malik decidió hablar con Cyrus sobre el tema. Pero para ello tenía que quitar a Kaileena de en medio. – Kaileena, ¿quieres coger a Darab?
¡Claro! – Asintió ella, cogiéndolo con cuidado.
Ten cuidado. Acaba de dormirse. – Rodeando a su hermano con el brazo, añadió. – Me llevo a Cyrus un momento a dar un paseo, ¿te importa?
En absoluto. Me quedo acompañada.
¡Genial! Regresaremos en un rato. – Se despidió él.
Kaileena se quedó sentada, observando a Darab y preguntándose si algún día ella podría ser madre. Sería un cambio muy importante en su vida, pero le daba demasiado miedo. Nunca había tenido a un bebé en sus brazos en esa situación. Darab era el primero. Estaba confusa, no comprendía cómo podía asesinar a una criatura inocente e indefensa cruelmente. Ahora, aquel bebé, a pesar de no ser suyo, le producía un sentimiento de felicidad y satisfacción. ¿Sería aquello una señal?
Mientras ella se debatía consigo misma en silencio, Malik y Cyrus hablaban sobre lo ocurrido.
Estoy preocupado, Malik.
Lo sé. Y no es para menos. Si Kaileena es nombrada Sacerdotisa, despídete de reconciliarte con ella.
¡Pero Padre lo ha aprobado! ¡¿Por qué?
No lo sé … No he hablado con él al respecto.
Esto se me va de las manos.
Pero Cyrus, ¿a qué estás esperando?
Escucha … - Le dijo. – Lo tengo todo planeado. ¡Sólo necesito que llegue el día adecuado!
¿El día adecuado? Cyrus, a Kaileena eso no le importa. Lo que le importa es que le digas lo que sientes de una vez por todas. – Insistía Malik.
Malik, confía en mí. Si todo me sale como quiero, nuestra reconciliación estará asegurada.
Pero, ¿qué es lo que planeas hacer?
Eso es un secreto.
A mí puedes contármelo. Soy tu hermano.
No. No quiero que nadie lo sepa.
Te estás arriesgando mucho, Cyrus. Podrías perderla de nuevo, y puede que para siempre.
Lo sé …
Conforme pasaban los minutos, Kaileena se encariñaba más y más del pequeño Darab. Kalim y Arun decidieron unirse a ella y se sentaron a su lado. Los hermanos de Farah se mostraban realmente cercanos con ella, sobretodo Kalim.
Os ha tocado hacer de niñera, ¿eh? – Bromeó el menor de los hermanos.
No me importa cuidar de Darab.- Dijo ella, sonriendo. - Creo que empieza a gustarme este regalo de los Dioses.
Permitidme cogerle en brazos un poco. – Pidió él. Kaileena le entregó el bebé, pero acto seguido empezó a llorar. - ¡¿Qué? Oh, vamos …
Volviendo a cogerlo, Kaileena lo acercó a su cuerpo y lo tranquilizó sin dificultad alguna. El bebé volvió a cerrar los ojos plácidamente.
¡Vaya! Se os está empezando a dar bien esto. – Exclamó Arun.
Si, ¡quién lo diría! – Bromeó Kalim. – La Emperatriz del Tiempo cuidando de un bebé.
Ante aquella comparación, Kaileena no pudo evitar volver a pensar en su pasado. Escenas horribles regresaron a su mente. Manos bañadas en sangre, gritos de madres desamparadas, el eco de sus carcajadas de diversión retumbando en las paredes. Comenzó a respirar con dificultad. Se estaba agobiando, y ver que los invitados continuaban mirándola mal sólo agravó la situación.
Coged a Darab. – Kaileena le dio el bebé a Arun. – Necesito salir a tomar el aire.
¿Estáis bien? – Le preguntó el mayor de los hermanos.
Si, es sólo que … Necesito despejar mis pensamientos. – Dijo ella, alejándose.
¿He dicho algo que la haya ofendido? – Se preocupó Kalim.
Kaileena abandonó el escenario de la fiesta para caminar por los Jardines. Debía andarse con ojo, pues aún no se los conocía y podría perderse. La noche ya había caído sobre la magnífica Babilonia y el sonido de la fiesta se escuchaba por los alrededores de Palacio.
La Emperatriz del Tiempo. Aquel título que ella misma se otorgó para hacerse temer siempre le perseguiría. No importaba si conseguía integrarse o si la Familia Real le aceptaba. Para el resto del mundo siempre sería la Emperatriz, una asesina, un monstruo desterrado del Reino de los Dioses. Nada les haría cambiar de opinión.
Con la oscuridad de la noche, llegaron tres visitantes a la ciudad. Ocultos bajo turbantes, se escondieron en una taberna de los barrios bajos de Babilonia, frecuentado por bandidos, asesinos y aquellos desleales al Rey Shahraman, los seguidores de Saman. El mismo Cyrus se había refugiado allí alguna que otra vez durante su destierro, escapando de los soldados que su propio Padre había mandado para apresarle.
Los tres viajeros entraron en la taberna y se sentaron en la barra. Tras pedir unas bebidas, escucharon atentamente una conversación que el tabernero tenía con uno de sus clientes habituales.
¿Habéis oído la noticia? El Príncipe Malik ha tenido un hijo varón. – Comentaba el tabernero.
Otro usurpador más que sumar a la lista. – Dijo un hombre, mostrando asco. – Ninguno de los hijos de Shahraman merece vivir, y mucho menos Malik.
Se rumorea que el Príncipe Malik fue concebido fuera del matrimonio. – Informó otro hombre, un espía en Palacio.- Lo que significa que Shahraman y la Reina Mehri mantuvieron un romance a espaldas de Saman cuando ella estaba prometida con él.
¡¿Qué decís? – Exclamó el primer hombre. - ¡Eso es imposible!
No creáis. Todo encaja a la perfección. La muerte de Saman, el embarazo de la Reina y el nacimiento de Malik …
O sea que Shahraman no sólo codiciaba el Trono, ¡también quería a Mehri! – Dedujo el tabernero.
¡Maldito rufián! Ojalá toda su Familia fuera masacrada como hizo él con nosotros. – Maldijo un antiguo general, fiel a Saman. – Ahora tenemos que ocultarnos para sobrevivir … ¡Qué bajo hemos caído!
Aquella conversación despertó el interés del cabecilla de los viajeros. Se acercó y se unió a la conversación.
La Familia Real es un criadero de ratas, ¿eh? – Dijo, riéndose.
Las ratas tienen más honor. – Corrigió el espía.
¿Qué podéis decirme del Príncipe Cyrus?
¡¿Ese? Es idéntico a su Padre. Sólo ha traído el mal a esta ciudad … Y ahora está además esa arpía de la Emperatriz del Tiempo.
Traer el enemigo aquí. ¡Menuda idea! – Dijo el tabernero.
Y si tanto les odiáis, ¿por qué no acabáis con ellos?
Llevamos años tratando de planear el asesinato de la Familia Real, pero es imposible conseguir una oportunidad de matarlos a todos a la vez.
¿A la vez? Eso no es necesario. – Se carcajeó el viajero, dejando su rostro al descubierto. – Sólo hay que saber qué ficha derribar para que las otras caigan con ella.
¡Vos! Sois el Daeva que intentó asesinar al Príncipe Cyrus. – Uno de los hombres le reconoció.
¿Qué os trae por aquí? – Preguntó el tabernero. – Creía que habíais huido.
Busco venganza … Y sé exactamente cómo acabar con la Familia Real.
¿Cómo pretendéis hacerlo? – Le preguntó el espía.
Vos facilitarme el acceso a Palacio y lo que ocurre en su interior, y yo me encargaré que su mundo de felicidad se desmorone …
Tras recorrer parte de los Jardines, Kaileena decidió sentarse en un pequeño banco junto a un estanque. Era poco profundo y de agua totalmente cristalina, dejando ver los peces que había en su interior. Kaileena se perdió en sus pensamientos sin saber que estaba siendo observada por un grupo de críos indeseables liderados por el hijo del Consejero Personal del Rey.
Siguiendo los pasos de su padre, y protegido por su posición, aquel niño era libre de hacer lo que quisiera, pues nadie podía hacerle nada. Idolatraba a su padre, y puesto que éste despreciaba con toda su alma a la Emperatriz del Tiempo y no la veía digna de estar allí, el niño siguió sus pasos.
Iba acompañado por dos niños más, todos con los bolsillos llenos de piedras y un turbante en la cabeza para ocultar su rostro. Ninguno superaba los 12 años, pero su estatus social les hacía creerse superiores al resto de los mortales.
Kaileena escuchó un sonido tras unos arbustos y se giró. Al ver a los tres niños, no les dio importancia y les ignoró. Pero aquello sólo prendió la mecha de su cabecilla.
¡Eh! ¡¿Quién os creéis que sois para darnos la espalda? – Exigió el cabecilla. - ¡Miradnos!
Kaileena continuó ignorándolos, esperando que se largaran de allí y la dejaran en paz. Pero sus planes eran bien distintos.
¡Sois una escoria! Deberíais estar en la Prisión. – Acusó el niño.
Sigue sin hacernos caso. – Observó otro.
¡Pues a por ella!
Tras escuchar aquellas palabras, Kaileena sintió un golpe en el hombro. Extrañada, se giró y vio que los tres niños se aproximaban a ella, lanzándole piedras.
¡¿Qué estáis haciendo? – Exigió ella. - ¡Parad!
¡Vos no dais órdenes aquí! – Gritó el cabecilla.
¡Dejadme en paz! – Dijo ella, levantándose. - ¡Largaos!
¡Largaos vos de nuestra ciudad!
Malik y Cyrus regresaron al Salón del Trono, pero no encontraron a Kaileena. Cuando vieron a Kalim y Arun con el bebé, preguntaron si sabían dónde estaba, a lo que ellos respondieron que solo dijo que necesitaba salir a tomar el aire. Extrañado y preocupado, Cyrus se dio la vuelta y, al mirar por la ventana, vio de casualidad a Kaileena, acorralada por los tres pequeños vándalos que la acosaban.
Cyrus saltó por la ventana y corrió hacia su posición, gritándole a los tres críos que parasen, pero ninguno le obedecía. Cuando llegó, Cyrus sólo fue capaz de presenciar cómo uno de ellos lanzaba una piedra que golpeó a Kaileena en la cabeza, haciéndole perder el equilibrio y caer al estanque.
Los críos empezaron a reírse. Kaileena, llevándose la mano sobre la herida, escuchó no sólo las risas de los niños, sino las de los invitados a la fiesta, que alterados por los gritos de Cyrus, se habían asomado a curiosear. Aquello no podía ser más humillante para ella.
Mientras Cyrus agarró al hijo del Consejero de la camisa, impidiéndole huir, Kaileena se levantó y salió de allí corriendo. Poco le importaba el frío o el dolor de la caída o la herida. Le habían herido donde más le dolía: en su autoestima.
Al verla alejarse, Cyrus optó por dejar ir al niño y correr tras ella. Sabía que aquello habría herido sus sentimientos, y Kaileena estaba aquel día muy sensible sobre ser aceptada. Todos los invitados comentaban entre risas lo ocurrido.
Rostam se fijó en su hijo pequeño, Giv, el cual había perdido de vista momentos antes y que ahora regresaba despeinado y muy agitado. Siempre había sido un niño ejemplar, pero su actitud era demasiado sospechosa.
Giv, ¿dónde estabas? - Le preguntó seriamente.
Ju … Jugando, Padre. – Respondió el chico, nervioso.
¿En serio? Vacía tus bolsillos. – Le ordenó fríamente.
¿Qué? – El niño apenas podía vocalizar.
Vacíalos.
Tras meterse las manos en los bolsillos, sacó un par de piedras. Aquello confirmó las sospechas de Rostam, quien acto seguido agarró a su hijo del brazo y le obligó a caminar hacia los aposentos de Kaileena.
Cyrus llegó a los aposentos de Kaileena y llamó a la puerta. Tal y como esperaba, no contestó, así que abrió y entró. No estaba allí, pero escuchó un llanto procedente de los baños. Miró al suelo y vio varias gotas de sangre, además del rastro de agua que había dejado, lo que le preocupó aún más. Al fin, acurrucada en una esquina, encontró a Kaileena llorando.
Kaileena. – Cyrus se arrodilló a su lado y colocó sus manos sobre sus hombros. - ¿Estás bien?
Déjame sola, Cyrus. – Respondió ella entre sollozos.
Enséñame la cara. – Le dijo.
No.
Enséñamela, Kaileena.
Kaileena sabía que poner resistencia sería inútil y, finalmente, alzó la cabeza, dejando ver una herida en su ceja derecha de la que emanaba sangre. Tenía medio rostro, cuello y manos cubiertos por su propia sangre, mezclada con el agua del estanque.
Oh no … - Cyrus suspiró y le apartó el pelo de la cara para poder examinar su herida. - ¿Te duele mucho?
No.
¿Por qué te estaban tirando piedras esos niños?
¡No lo sé! Estaba sentada frente al estanque y de pronto aparecieron increpándome. Les ignoré, pero siguieron, y luego empezaron a tirarme piedras … Como si fuera un vulgar animal. – Se lamentaba ella. – He sido el hazmerreír de la fiesta …
No digas eso.
¡Es verdad! Todos se reían de mí. – Kaileena se abrazó a él buscando consuelo.
Estás empapada. – Le dijo. – Necesitas secarte. Quítate el vestido y cúbrete con algo. Te esperaré fuera para curarte esa herida. – Cyrus se levantó y salió de los baños. – No tardes, podrías resfriarte.
Haciendo caso a lo que le dijo, Kaileena se desnudó y dejó caer el vestido al suelo. Le dolía todo el cuerpo de los golpes recibidos, sobre todo el de la cara. Cogió una toalla, se secó con ella y se la colocó alrededor del cuerpo. Cyrus la esperaba fuera con un pequeño cuenco donde había echado unos ungüentos para sanar su herida. Se sentó con él en la cama y la examinó.
Estás helada. – Le dijo al tocarla. Se levantó y sacó de un armario una manta. Al regresar a su lado, se la echó por encima. – Así estarás mejor.
Gracias.
Ahora voy a untarte este ungüento en la herida. – Le dijo apartándole el pelo de la cara. Cogió el cuenco y un fragmento de tela. – Puede que te escueza.
Cyrus comenzó a aplicar la mezcla que había hecho sobre la piel de Kaileena con mucha delicadeza. Trataba de no hacerle daño, aunque el más mínimo roce le producía molestias, como era de esperar. Tras un rato, terminó y dejó el cuenco sobre una mesita.
Ya está. – Anunció. – No es profunda, así que no creo que tarde en cicatrizar.
Gracias.
Siento que esos niños te hayan hecho esto. No veo motivo por el que …
Cyrus, ambos sabemos por qué lo han hecho. – Interrumpió ella, mirando al suelo. – Da igual lo que haga, siempre seré la Emperatriz del Tiempo. Y la mayoría me verá como el monstruo cautivo que presentaste a tu regreso. – Kaileena suspiró desanimada. – Quizás debería regresar a la Isla del Tiempo y desaparecer de vuestras vidas.
¡¿Qué? ¡Ni hablar! – Cyrus se opuso radicalmente. – Tú de aquí no te marchas. Si les molesta tu presencia que miren a otro lado, pero no permitiré que te echen de aquí. Eres una más de la Familia.
¡No pertenezco a tú Familia, Cyrus! – Kaileena comenzó a llorar otra vez, pero esta vez, de rabia. - No hay nada que me una a vosotros. Sólo soy una invitada, ¡nada más!
Estás bajo la protección del Rey, ese vínculo te protege de cualquiera de fuera de nuestra Familia.
¿De qué me sirve estar bajo la protección de tu Padre? Todo el mundo tiene alguien a quien sentirse unido, alguien en quien apoyarse, una familia … Yo estoy sola.
No. – Corrigió él, acercándose a ella. – No lo estás. Nunca lo has estado.
¿Qué tengo que hacer para que me acepten?
Nada. Tú eres perfecta. Son ellos quienes no te quieren ver como realmente eres. Están ofuscados por lo que vieron en el pasado. Yo agradezco que me quitaras la venda que tenía sobre mis ojos que no me permitía ver lo distinta que eres a lo que los escritos nos tratan de hacer creer. – Le explicó él, sonriendo.
¿Cuándo he hecho yo eso?
Cuando miré a los ojos a aquella Emperatriz y vi en ellos el miedo a morir que sentía. Con una simple mirada lograste cambiar mi opinión sobre ti. – Aquellas palabras hicieron sonreír a Kaileena. – No eres ningún monstruo y no necesitas probar nada para que te sientas aceptada. – Suspirando con tristeza, añadió. – Y … no quiero que vuelvas a ser Sacerdotisa.
¿Por qué? – Le preguntó ella, conociendo sus motivos.
Porque si lo haces voy a quebrantar muchas leyes para poder estar contigo.
¿Te cuento un secreto? – Le susurró ella, sonriendo. Él asintió y escuchó con atención. – No voy a aceptar el puesto de Sacerdotisa.
Entonces quizás debería comentarte que tengo un puesto vacante para una aventura que podría gustarte. Sólo tú y yo.
Interesante … - Respondió ella en tono seductor. - ¿Cuándo empezamos?
Ahora mismo.
Cyrus se acercó más a Kaileena y presionó sus labios sobre los suyos. Comenzaron a besarse lentamente, disfrutando del momento. Pocas ocasiones habían tenido tan claras como ésta. Dejándose llevar, Cyrus se aferró a Kaileena, pero ella se apartó de él mostrando dolor en su rostro.
¿Qué ocurre? – Se preocupó él.
Me duele todo el cuerpo. Esos niños me han acribillado a pedradas.
Oh … Es cierto. – Recordó él. – Lo siento. ¿Quieres que llame a un médico?
No, estoy bien. Gracias.
De pronto, alguien llamó a la puerta. Tras dar permiso para entrar, Kaileena y Cyrus vieron a Rostam, acompañado de Giv.
¡Vaya! Estáis los dos aquí. – Saludó él. – Espero no interrumpir nada.
Tranquilo, sólo estábamos hablando. – Dijo Cyrus. - ¿Qué hacéis aquí?
Creo que Giv tiene algo que deciros, Kaileena. – Respondió, empujando a su hijo hacia delante.
¿Este es vuestro hijo? – Preguntó ella cordialmente.
No os mostréis tan simpática con él. – Advirtió él. – No pensaréis lo mismo de él cuando veáis lo que esconde en los bolsillos.
¿Qué? – Kaileena no lo comprendía.
Giv, vacíate los bolsillos. – Ordenó Rostam.
Temblando y mirando al suelo, el chico dejó caer de sus bolsillos todas las piedras que llevaba escondidas. Kaileena se llevó la mano al corazón, sobrecogida. Cyrus no daba crédito a lo que veía. Su propio sobrino había sido uno de los agresores.
¡Giv! ¿Tú …? – Cyrus no lo podía creer. - ¡¿Por qué lo has hecho?
Yo … Sólo seguía a Hadi.
¿Quién? – Preguntó Kaileena, confusa.
El hijo del Consejero Personal de mi Padre. – Explicó Cyrus. Miró de nuevo a Giv. - ¿Pero qué hacías tú con él?
¡Yo sólo quería jugar!
¡¿Y te parece divertido tirarle piedras a Kaileena? – Cyrus estaba enfadado con su sobrino.
Aún hay más. – Intervino Rostam. – Cuéntales el resto, Giv.
No … - Se negó él, agachando la cabeza.
Giv, hazlo. – Insistía su padre.
¡No quiero! – Se resistía el chico, llorando de miedo.
¡Es una orden! ¡Habla!
¡Yo fui quien le dio a la Emperatriz en la cara! – Confesó el chico a gritos, mirando al suelo. - ¡Lo siento, lo siento!
Kaileena apartó la mirada, decepcionada. Había sido un miembro de la Familia Real el que le había provocado esa herida.
Por favor, Emperatriz, ¡no me matéis! – Suplicó el crío, arrodillándose.
¡¿Qué? – Kaileena se quedo de piedra.
Giv, ¿a qué viene eso? – Preguntó Cyrus.
Hadi dice que la Emperatriz mata a quien le molesta. – Explicó el pequeño.
¿Y tú te crees todo lo que te diga Hadi? – Cyrus estaba indignado por la actitud de Giv.
Lo siento … - Volvió a decir, agachando la cabeza. – No lo volveré a hacer, lo juro.
Más te vale. – Amenazó Rostam. – Vete. No le diré nada a tu madre, pero vas a recibir un duro castigo por esto. Estoy muy decepcionado contigo.
Giv cerró la puerta y se alejó llorando. En el Salón del Trono, Malik no le quitaba la vista de encima a Hadi, sospechando que él era el cabecilla del grupo. Al ver que tramaba algo con el otro niño, decidió intervenir.
Hola, Hadi. – Saludó seriamente. - ¿Planeando alguna trastada?
Eso a vos no os importa. – Respondió él.
¿Te has divertido lanzándole piedras a la Emperatriz?
Más de lo que planeaba. – Hadi era muy osado y no le importaba decir las cosas abiertamente, pues su padre siempre le protegía.
¡Qué interesante! – Y poniéndose serio con él, le agarró del brazo. – Camina.
En los aposentos de Kaileena la situación era muy incómoda. Rostam se sentía muy avergonzado por la actitud de su hijo, y se sentía culpable de lo ocurrido. El silencio le estaba poniendo de los nervios.
Kaileena, siento muchísimo lo ocurrido, de verdad. – Se disculpó él.
Olvidadlo, Rostam. No le deis más vueltas. – Kaileena no quería saber nada del tema. – No seáis duro con vuestro hijo. No parece un mal chico.
Es un hijo ejemplar, os lo puedo asegurar. Pero ese Hadi … Es una mala influencia para él.
¿Qué pasa con ese niño?
Hadi es el hijo del Consejero Personal de mi Padre, y su posición lo han convertido en un malcriado, osado e irrespetuoso. – Explicó Cyrus. – Cree que nadie puede tocarle.
El día que ese niño entre en el Ejército vamos a tener serios problemas. – Dijo Rostam.
Yo no quiero tenerlo cerca. – Advirtió Cyrus.
En aquel momento, alquien llamó a la puerta con impaciencia.
¿Quién es? – Preguntó Kaileena.
Soy yo, Malik.
Pasa, Malik.
Malik entró con Hadi, cogiéndole de la oreja.
¿Qué es esto? – Preguntó Kaileena, desconcertada.
Aquí tienes al cabecilla que ha organizado todo. – Anunció Malik, colocándole frente a ella. – Este crío ha sido el que ha convencido a Giv y al otro niño para tirarte piedras.
Vaya … Hadi … - Murmuró Rostam.
¿Por qué será que no me sorprende? – Dijo Cyrus.
El niño miraba a Kaileena con asco y desprecio. Ella no podía creer como un crío podía tener una mente tan perversa y confabuladora.
Pídele perdón. – Ordenó Malik.
No quiero. – Respondió el niño, orgulloso.
Es una orden, Hadi. ¡Discúlpate! – Insistió él casi a gritos.
¡No pienso disculparme! ¡No podéis obligarme!
Escucha mocoso. – Malik le agarró del brazo. – Si crees que por ser hijo de quien eres puedes ir haciendo lo que te plazca estás muy equivocado. Esta mujer está bajo la protección del Rey, así que …
¡No pienso pedirle perdón a la fulana de Ormazd!
¡¿Qué? – Aquello fue la gota que colmó el vaso y Kaileena estalló ante la osadía de Hadi, tratando de ir hacia él. - ¡Eso si que no se lo consiento!
¡No, Kaileena! – Cyrus intervino y la sujetó con fuerza, impidiéndole moverse. - ¡Quieta!
¡Sacad a ese crío de mi vista! – Gritó enfurecida.
¡Malik, sácalo de aquí! – Urgió Rostam.
¡Largo de aquí! Ya ajustaré cuentas con tu padre. – Dijo, echándolo y cerrando la puerta.
Kaileena, tranquilízate. – Le decía Cyrus. – Lo último que necesitamos es que ese niño descubra cómo enfurecerte.
No le sigas el juego. Si le haces algo y acude a su padre, te meterás en un lío. No busques problemas innecesarios. – Dijo Rostam.
Rostam tiene razón. Ignórale.
¡¿Para que me vuelva a lanzar piedras?
Si se le ocurre volver a hacerte eso me encargaré personalmente de que se trague cada una de las piedras que te lance. ¡Pero necesito que te tranquilices!
Voy a hablar seriamente con el padre de este niño. – Dijo Malik, dirigiéndose hacia la puerta. – Me da igual quien sea, pero esto no lo pienso tolerar.
Te acompaño, ha convencido a Giv para hacerlo, y no voy a permitir que ese crío sea una mala influencia para mi hijo.
Malik y Rostam abandonaron la habitación, dejando a Cyrus y a Kaileena solos. Él aún estaba sujetándola, pero al ver que ya no estaba tan alterada, decidió soltarla.
¿Te encuentras mejor?
No …
Kaileena, escucha … Es sólo un niño malcriado.
¿De dónde crees que habrá sacado esas ideas Cyrus? ¡Seguro que su padre le ha dicho esas cosas tan horribles que ha dicho de mí! La ramera de Ormazd …
Bueno, Malik y Rostam hablarán con él. Además, seguro que cuando mi Padre se entere intervendrá.
Está bien …
¿Quieres que me quede esta noche aquí contigo?
No me vendría mal algo de compañía … Te lo agradezco.
Entonces decidido. Le diré a Asha que nos traiga algo de cenar.
Mientras Asha traía la cena, Kaileena decidió ponerse algo de ropa. Estaba cansada de tener la manta encima. Así que se dirigió a su armario y sacó un vestido blanco con el que solía dormir. Lo dejó sobre un diván que había a pocos metros y comenzó a vestirse. Aunque había unas cortinas que separaban la zona del armario y los baños privados de Kaileena del resto de la habitación, Cyrus podía ver a través de ellas lo que estaba haciendo. Su figura desnuda era su perdición. Sólo tendría que acercarse a ella y sería suya, pero no quería precipitarse.
Cuando Kaileena regresó, Cyrus no trató de disimular que la había estado espiando. Era ridículo negar lo evidente, pero si ella no decía nada al respecto, no había nada de qué preocuparse. La cena llegó justo a tiempo y ambos gozaron de una agradable velada a solas, cenando tumbados en la cama de Kaileena.
Se quedaron charlando un rato entre los cojines de la cama, mirándose el uno al otro. Bromeaban sobre anécdotas que les había ocurrido en el pasado. Kaileena jugaba con una fresa en sus dedos mientras Cyrus le contaba una de sus muchas aventuras. El Príncipe fue a coger una del plato que Asha les había traído, pero estaba vacío.
¿No quedan más?
Esta es la última. – Kaileena le mostró la cereza en sus dedos.
¿Te la vas a comer?
Quizás … ¿Acaso la quieres?
Sí, la quiero.
Pues ven a por ella. – Le dijo, ofreciéndosela. Pero cuando Cyrus se acercó más a ella y trató de cogerla, la apartó de su alcance. – ¡Tendrás que ser más rápido!
Dámela de una vez. Venga, te has comido muchas. – Kaileena, mirándole con ojos seductores, se metió la fresa en la boca y la sujetó con los dientes. – No, no eres capaz. No te la vas a comer. – Cyrus trató de arrebatársela, pero Kaileena cerró la boca y comenzó a masticar la dulce fruta. – Eres malvada, Kaileena.
Me lo dicen con frecuencia. – Respondió ella, aún masticando.
Retorcida … - Añadió él, empleando el mismo tono seductor y aproximándose más a ella.
También me lo dicen.
Perversa …
Finalmente, Cyrus se acercó lo suficiente como para poder besarla. Tras unos minutos de apasionados besos y caricias, se separó de ella unos centímetros y se relamió los labios.
Esto es mejor que comer fresas … - Dijo, riéndose brevemente.
Estuvieron un rato mirándose en silencio, hasta que Kaileena decidió hablar.
¿A qué estás esperando?
¿Qué?
No te hagas el tonto. He visto como me mirabas mientras me vestía. ¿Qué se te pasaba por la cabeza?
Muchas cosas.
¿Cómo qué?
La primera noche que pasamos juntos.
¿Te excitaste?
¿Qué?
Cuando me espiaste mientras me vestía, ¿te excitaste? – Repitió ella.
Sí. – Admitió él.
¿Por qué te resistes entonces?
Prefiero reservarlo para el momento adecuado.
¿Otra vez con eso?
No te quejes, te aseguro que la espera valdrá la pena.
Eso espero …
Continuaron hablando en voz baja un rato más hasta caer dormidos, abrazados. Kaileena fue la primera en cerrar los ojos. Cyrus se quedó observándola hasta que el sueño se apoderó de él. Era la primera noche que pasaban juntos en mucho tiempo, y aunque mantuvieron las distancias, disfrutaron como no lo habían hecho en meses.
