Y otro fanfic que termina. A continuación, para este verano, publicaré un fanfic corto un tanto, digamos, místico. Espero empezar a publicar esta misma semana, y que este fanfic os haya gustado.
Epílogo:
Cortó la comunicación muy contenta al escuchar el mensaje de voz que le había dejado Yuka mientras estaba en el ginecólogo, y sintió ganas de dar saltos de alegría, pero su estado y una consulta llena de parejas la frenaron a tiempo. Necesitaba tomar aire e ir a un lugar donde pudiera expresarse libremente. Por eso, salió a toda prisa de la consulta, ignorando por completo a su marido, quien suponía que la seguiría.
Inuyasha le pisaba los talones sin saber por qué su mujer estaba tan nerviosa. Al salir del hospital, antes de que pudiera predecirlo, Kagome se lanzó a sus brazos. Apenas tuvo tiempo de sostenerla.
— ¿Qué te ocurre, Kagome? — se preocupó — ¿Es el bebé? — llevó una mano a su vientre abultado — Estamos en el hospital todavía si…
— ¡Mira que eres tonto! — se rió — ¿No ves que estoy muy feliz?
Al fijarse mejor en el brillo de sus ojos y su sonrisa, se percató de que en realidad estaba rebosante de felicidad. Él se sentía exactamente igual tras haber abandonado la consulta. Les acababan de comunicar que iban a tener una hermosa niña en cuatro meses que además estaba demostrando un crecimiento muy sano. No había ningún problema, ninguna complicación. Nada por lo que preocuparse durante los próximos cuatro meses.
— Podríamos ir a comer a un restaurante a celebrarlo. — sugirió.
— Cierto. — aceptó inmediatamente su idea — Llamaré a Yuka.
— ¿Yuka?
No tuvo tiempo de pedir explicaciones porque Kagome se llevó el móvil al oído y empezó a hablar con su amiga. Adoraba a Yuka, les había hecho un gran favor a ambos al juntarlos dos años atrás, pero él esperaba una comida un poco más íntima con su esposa. De todas formas, no podía contradecir a Kagome. Si ella deseaba que Yuka celebrara junto a ellos su felicidad, nadie podría hacerle cambiar de opinión. Era tan obstinada. Quizás, esa era una de las cualidades que más apreciaba de su esposa aunque le llenara el camino de obstáculos en muchas ocasiones.
— Hemos quedado en el restaurante que está enfrente de casa en una hora.
— Te encanta ese restaurante, ¿eh?
Kagome se sonrojó, sintiéndose como una glotona frente a su marido, y agarró su brazo para caminar juntos en un agradable y largo paseo hacia el restaurante. Habían pasado dos años desde que se casaron, dos maravillosos años. Aún se reía cuando recordaba la cara que se les quedó a su hermana y a su madre al contarles lo de su boda al día siguiente. Aunque fue su padre quien se llevó la palma: necesitó que le ayudaran a sentarse. Tuvieron que organizar otra celebración pública, más ortodoxa, para satisfacer a sus familias, mas, para ellos, su única y auténtica boda, siempre sería aquella romántica e íntima ceremonia en una encantadora capilla disfrazados de bruja y vampiro.
— Debí traerte en coche.
— ¿Por qué?
— Lo sabes perfectamente.
Inuyasha le hizo pararse y le ofreció una botella de agua fría mientras le limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo previamente humedecido. Ese día, al levantarse, se había sentido con fuerzas para ir andando al hospital. Tras mucho discutir, Inuyasha aceptó a regañadientes que dieran un paseo hasta el hospital. No comprendía su excesiva preocupación. Estaba embarazada, no enferma.
— Creo que voy a llamar a un taxi. — sacó su móvil — Entre el sol y el bebé te vas a desmayar.
Frunció el ceño en respuesta, disgustada por el excesivo celo de su marido. A continuación, le arrancó el móvil de las manos.
— Puedo seguir perfectamente. — le aseguró.
— Kagome, devuélveme el móvil ahora mismo.
Enfadada por el tono de voz que había empleado con ella, se metió el aparato por el escote del vestido, dentro del sujetador, atrayendo las miradas de muchos hombres que pasaban por la zona, y lo miró desafiante.
— Cógelo si te atreves. — lo desafió.
Inuyasha sabía que no podía responder al reto, no en la calle al menos. No le iba a arrebatar el móvil de esa manera en medio de la calle, pero, en cuanto la pillara a solas, se iba enterar su pequeña provocadora. Suspiró rendido por el momento, y se limitó a rezar para que el móvil no sonara. Sería muy cómico que cuando estuvieran en el restaurante, empezaran a vibrarle y a sonarle los pechos.
— Eres una cabezota.
Le pasó el brazo alrededor de la cintura, en un intento por cargar con parte de su peso, y reiniciaron la marcha hacia el restaurante.
— Deberíamos cogerle algún regalo sorpresa a Yuka.
— ¿Por qué?
Se suponía que eran ellos los que tendrían el bebé. En su mundo, al menos, funcionaba al revés. Los amigos hacían regalos para el bebé.
— Es lo que se hace cuando se invita a alguien para celebrar su triunfo académico.
— ¿Triunfo académico? — frunció el ceño — Kagome, ¿por qué hemos quedado con Yuka para comer?
La sospecha lo atenazaba. Algo no había entendido.
— Porque gracias al trabajo sobre nosotros, la han admitido en la facultad de psicología. — afirmó — ¿Por qué si no?
— ¿Me estás diciendo en serio que hemos quedado para comer porque Yuka ha entrado en la facultad de psicología?
— Sí.
— Mira, Kagome, — suspiró — no es que no me alegre por Yuka, pero pensé que habíamos quedado para celebrar que vamos a tener una niña.
Kagome se llevó la mano al vientre; luego, lo miró extrañada.
— Bueno, si quieres también podemos celebrar esa tontería. — le quitó importancia con un ademán de muñeca — Pero lo primero es Yuka.
Tuvo auténticos deseos de estrangularla, algo inconcebible en su estado. Gruñó con frustración debido a su clara situación de desventaja en todas las disputas conyugales desde que se quedó embarazada, y la arrastró con él hacia delante, dispuesto a evitar la pelea. No se dio cuenta de que a ese paso apenas le podía seguir el ritmo en su estado.
— Inuyasha, no puedo seguirte… — se quejó a su espalda — ¡Inuyasha!
— ¿Qué?
Se detuvo bruscamente, preparado para encararla, pero se arrepintió al verla jadeando de cansancio con una mano en el vientre.
— ¿Qué te pasa? — le preguntó su esposa, totalmente ajena a su disgusto.
— Lo que me pasa es que no puedo creer que te de igual nuestra hija. — le espetó Inuyasha.
— No me da igual, pero no pensé que querrías celebrarlo. — se limpió el sudor con el pañuelo que había empleado Inuyasha instantes antes — Si llego a saber que eres tan sensible…
— Kagome, no me insultes. — sacó la botella de agua y le arrebató el pañuelo a Kagome — Simplemente, pensé que sería especial… — remojó el pañuelo con el agua — Es nuestra primera hija, — le humedeció tiernamente la cara — pero podemos retrasar esa celebración a la noche.
Sonrió al comprobar que él ya estaba completamente calmado y en paz.
— Entonces, le diré a Yuka que esta noche traiga…
— Kagome, — la interrumpió — yo estaba pensando en algo mucho más íntimo en lo que no puede participar Yuka.
Se sonrojó al entender lo que su marido quería decir, y se recostó contra él. De repente, una pamela le cayó sobre el cabello a la vez que Inuyasha pagaba al vendedor que los llevaba merodeando un rato como si fueran turistas.
— ¿Te ves con fuerzas para reiniciar la marcha, mi amor?
Por supuesto que tenía fuerzas para continuar caminando y para mucho más. Nunca imaginó que podría ser tan feliz con su peor enemigo.
