He descubierto algo curioso de los bebés: en cuanto comienzan a gatear no debes de darles la espalda.

Cierto día estábamos ella y yo, jugando en nuestro sitio favorito- la alfombra amplia del living- cuando llegó a la casa Peeta y ella ,de la nada ,se acomodó con un equilibrio dudoso y comenzó a mover los bracitos y las piernitas hasta su padre. Primero con desconfianza, luego con un gatear realmente profesional, se cayó dos veces en el trayecto, pero no lloró, no se quejó, no paró hasta estar aferrada a los pies de Peeta. Mi chico del pan no se había dado cuenta de su andar, seguramente había creído que se trataba de Buttercup, que había vuelto ese gato apestoso.

No he visto a Buttercup desde que Johanna se metió al baño cuando Peeta se duchaba. Recuerdo que le grité que la atacara, al parecer, ella se defendió y el pobre animal huyó por la ventana. Y yo me quedé mirando la escalera, con dos toneladas de barriga encima, sin poder matar a la vencedora del distrito siete por ver a mi esposo desnudo.

Parece increíble, pero lo cierto es que lo echo de menos, supongo que ya es parte de la familia aunque Prim esté muerta. Peeta es su gran adoración desde que mi hermana nos dejó o, mejor dicho, desde que la obligaron a dejarnos. Buttercup prefiere su compañía ante la de cualquiera- o la prefería si ya está muerto- no sé si serán el cabello rubio y los ojos azules o qué. Tal vez es que, tanto Prim como Peeta, son sinónimos de cariño y candidez. En fin, vuelvo al relato del primer gateo de mi hija:

Cuando Peeta la vio aferrada a sus pies, su rostro se contrajo en una sonrisa llena de ternura, perfecta, como todo él. Se agachó para mirarla de cerca y, luego de darle un besito y de acomodar sus espesos mechones de cabello oscuro, le tomó las manitos para incorporarla y dejarla a la altura de sus ojos. Yo creo que en ese perpetuo choque de azul contra azul se dice más que mil palabras.

Desde ese día, la niña se ha vuelto imparable. No podemos dejar nada a su alcance porque lo rompe todo, Peeta ya no puede tenerla en brazos mientras cocina porque ahora ya no mira, ahora está decidida a toquetear lo que esté a su trascendencia, debimos ponerle seguro a la heladera porque una vez la abrió y se bebió unos frascos de botica que mi madre se había dejado olvidados (por suerte no le sucedió nada más que dormir todo el día), el retrete es una asquerosa tentación ya que varias veces la hemos sacado del baño con los antebrazos empapados por meterlos en el excusado, procuramos no llevarla al lateral de la casa porque se le dio por aplastar las prímulas sembradas por Peeta hace tiempo, también la alejamos de las ventanas porque cuando le canto los sinsajos imitan mi melodía y ella intenta alcanzarlos( tres veces nos hemos dado un susto terrible, casi de muerte). Para solucionar eso ultimo, había resuelto no volver a cantar, pero, en cuanto dejó de oír mi voz durante una semana, se volvió histérica, llorona y caprichosa, no quería parar de gritar, no se dormía hasta que le daba unas gotas de romero con azahar (recomendación de mi madre). Eso último no nos gustaba ya que, técnicamente, era doparla. Finalmente, Peeta y yo acordamos cerrar las ventanas luego de que cantara, así ella no vería a los sinsajos.

Lo bueno de verla crecer día a día es que atesoramos cada travesura o momento junto a ella. Así le tomamos una fotografía a sus ojos y a los de Peeta y las añadimos al libro, también las fotografías de sus primeros dientes, un mechón de cabello, una anécdota… pequeños pedazos de felicidad.

Últimamente nos la hemos pasado corriendo de un lado a otro, con cientos de preparativos en mente, con compras y más compras. De vez en cuando, la dejamos al cuidado de Haymitch. Al oír eso parece una locura, pero hemos descubierto que nuestro mentor redujo su nivel de consumo de alcohol a tal punto de que puede permanecer sobrio unas dieciséis horas diarias.

Se la pasan estupendo juntos, son un increíble dueto. A veces, mientras los veo jugar, me pregunto cómo se llevarían mi padre y la niña. Seguro entre él, ella y Haymitch, serían un trío sorprendentemente agotador. Aunque dudo que, si mi padre estuviese vivo, Haymitch fuera parte de mi vida, de seguro nos habríamos fugado al bosque con Prim y mi madre. La idea de tener a mi padre y a Prim con vida suena perfecta… pero creo que si los tuviese a ellos, no tendría lo que ahora poseo. Si algo he aprendido, es que la vida no es como la pintan, ella no te regala cosas hermosas como todos dicen. La vida es como otra negociante del quemador, no va a darte nada gratis, te regatea el precio cien veces hasta que está satisfecha y se decide a entregarte su mercancía. Una vez que la misma está en tus manos, tú debes pagarle también. Curioso ¿No?

Yo creo que de niña, ella se llevó a mi padre en un trueque en el cual recibí a Gale. Y fui realmente feliz en mis momentos de cacería con él, tanto como lo había sido con mi padre.

Posteriormente, la vida me tenía listo para entregar un enorme y precioso venado, algo increíble por lo cual debí pagar un precio realmente alto. Así ella me entregó a Peeta y a la niña, no sin antes llevarse a Prim, a Finnick, a Cinna, a Rue, a miembros de mi pelotón estrella, a todo el Distrito 12… lo perdí y lo gané todo. Y, como solía decir un viejo loco de la Veta: No tengo todo lo que amo, pero amo todo lo que tengo.

Como ya he mencionado, desde un mes posterior a mi cumpleaños, Peeta y yo nos la hemos pasado de encargos y de compras. Cada día debemos de pedir alguna cosilla en el Capitolio, y, Effie, nos envía algo terriblemente exagerado y algún regalo para cada uno de nosotros: un vestido (siempre naranja) para mí, un vestidito (de color variante) para la niña, una camisa o unos tejanos para Peeta.

En fin, la razón por la cual hemos estado dando vueltas de un lado a otro, es por el primer añito de la niña. Nos ha llegado una carta- yo la llamaría orden- desde el Capitolio, una que nos obliga a convertir la bonita y sencilla fiesta que teníamos planeada, en un monstruo televisivo al cual asistirán las personas con relevancia de Panem ( sin excepción, a ellos también deben de obligarlos). La reunión se celebrará en la gran mansión de la presidenta Paylor (para no decir la de Snow). Se supone que así como y fui en símbolo de la rebelión y Peeta la viva imagen de lo que el Capitolio era capaz de hacer, nuestra hija debe ser reconocida como el fruto de la victoria, porque sus padres son nada más ni nada menos que Peeta Mellark y Katniss Everdeen (cuando esté allí les diré que soy Katniss Mellark) y sin la revolución, su vida no hubiese sido posible, porque sus padres no se habrían reencontrado jamás… A menos así excusaron lo de la fiesta en la "carta" que firmaba el gobernador de Panem. Tengo entendido que ha vuelto el sistema democrático, la verdad no me importa, mi vida es bella y no cambiará a menos que algún tirano decida arruinarla. Aunque jamás lo permitiría, ya lo dije: defenderé todo lo que me importa.

En el capitolio se están encargando de todos los preparativos para el espectáculo pero Peeta yo no queremos dejar de participar del cumpleaños de nuestra primera hija. Lo que encargamos son todo tipos de glaseados, merengues, azucares, y demás para que Peeta construya el pastel más grande y hermoso de todos.

Haymitch se mantiene reacio a ir al Capitolio, no desea bajo ninguna circunstancia poner un pie sobre la mansión de Snow. Tampoco yo lo deseo, apuesto a que todavía apesta a rosas…

Es lunes por la tarde y estamos exhaustos. Pasamos a dejar las compras en casa antes de ir a buscar a la niña. Acomodamos cajas e instrumentos de cocina y nos damos el lujo de desplomarnos un momento en el sofá. Nos quedamos abrazados, en vigilia, intentando no perturbar el descanso y la paz del otro.

-Debemos ir por Bleu- susurró y me separé rápidamente de su abrazo para verlo a la cara.

-¿Bleu?-indagué- ¿Tú también la llamas así?- Bleu es un apodo que sugirió Plutarch a Effie para la niña. Al parecer, nuestra acompañante de juegos le enseñó una fotografía de la niña al viejo vigilante rebelde y este apuntó que, por el color de sus ojos, Bleu sería un bonito apodo. Supuestamente significa azul en francés, una lengua que ya quedó en el olvido… Da igual, mi hija ya tiene nombre no necesito que alguien le ponga un apodo. Peeta Rió.

-Todo el mundo la llama así- espeta y suelto un suspiro de exasperación- ¿A poco no es bonito?

-Es terrible- bufo.

-Katniss- el tono sugestivo de su voz me dice que tengo que tener cuidado, que hará algo para que cambie de opinión- le sienta de maravilla- me besa la clavícula y aparta mi cabello para iniciar un ascenso hasta mi cerviz. Inclino mí cuello hacia el lado contrario para darle más espacio: es una delicia. – Vamos, no es tan malo- Pensándolo bien… Bleu no suena nada mal… ¡Katniss, que poco dominio tienes sobre ti misma! Me aparto escandalizada.

-No me convencerás, Peeta Mellark- mascullo.- Olvídate de ese tonto nombre

-¡Katniss!...

- ¡Nada de Katniss! Ya te lo he dicho: olvídalo.

-Bien, señora Mellark.- apretó sus labios en una sonrisa. Eso fue la gota que colmó el vaso, lo que necesitaba para terminar de comprender que podía ser tan testarudo como yo cuando quisiese.

-¡No lo olvidarás! ¿Cierto?

-Cierto.- me dio un beso fugas, tomó su cazadora y salió corriendo hacia la puerta- ¡vamos a por Bleu, preciosa!

-¡Odio cuando hablas como Haymitch!- le grité mientras iba tras él y corría un poco para alcanzarlo y tomarlo del brazo.

Caminamos los escasos metros que nos separaban del hogar de nuestro mentor, la tierra húmeda ensuciaba nuestras botas y la helada sobre la hierba indicaba a aproximación del invierno. Sería la primera vez que la niña conocerá la nieve y pienso, que para ese punto, ya podrá caminar.

Y también hablará mucho más, hoy sus palabras se limitan a mamá, papá, "hamich" (Haymitch), oso, sinsajo (aunque en realidad dice "ajo") y unas cuatro o cinco cosas más claras, lo demás son puros balbuceos sin sentido y risas y señas con las manitos llenas de pocillos enternecedores.

Entramos sin tocar ya que, como siempre, la puerta está abierta por si se encuentra jugando en la parte trasera de la casa. Recorremos el pasillo y, efectivamente, allí están. Nuestra muñeca se agita feliz entre los brazos de nuestro mentor, juega e intenta agarrar algunos de los gansos, pero Haymitch se lo impide, a veces suelen ser muy agresivos.

-Calma, Bleu- ríe el ganador del segundo vasallaje mientras la levanta lejos de las aves.

-¿Tú también la llamas así?- mascullo para su sorpresa y noto como Peeta me pega a su cuerpo tomándome por la cintura para luego darme un beso lleno de victoria en la mejilla.

-Bueno, al parecer es lo último en moda.- ríe y luego se voltea a la pequeña hacia nosotros- Miran quienes han venido, Bleu.- la reacción en la pequeña es inmediata ya que comienza a balbucear mamá y papá y alarga sus bracitos hacia nosotros. La recibo con cariño y acomodo su cabello negro y espeso, pronuncio su nombre pero frunce el ceño, como si no me entendiese.

-¿Qué?- le pregunto extrañada jugando con sus manitos-¿Ya no te gusta?

-Me parece que prefiere que la llamen Bleu- dice mi chico del pan mientras se acerca a darle un beso en la mejilla y luego darme otro a mí en la frente.

-¡Fue idea de Plutarch!- chilló como si fuese una pequeña e incluso me permito golpear el suelo con un pie como si estuviese encaprichada.

-Olvídate de todos, Katniss, olvídate de donde proviene cada cosa. Solo tienes que ver lo que hace feliz a los que quieres. Y, si me preguntas, Bleu la hace feliz a ella.- las palabras de mi diente de león se agolpan en mi mente. Tiene razón ¿Es que nunca dejaré de pensar en lo que yo prefiero para todos? ¿No es justo que también otros decidan algo para mí y para todos?

-El chico tiene razón- sonríe Haymitch mientras toma un puñado de comida y le da de comer a los gansos. Las aves se agolpan a su lado picoteándose y luchando para conseguir más comida que los demás. Realmente son agresivos. – La niña prefiere que la apoden, Bleu. Supongo que le gusta su nombre, pero azul, en una lengua muerta, suena especial. Y nadie es más especial que la hija los trágicos amantes del Distrito 12.

-Tiene razón- apoya Peeta- Además es un apodo, nada más, su nombre jamás cambiará, seguirá siendo tan único como es.

-Y, si me preguntas, la niña quiere que la llames Bleu-repite nuestro mentor- , y este niño- señala a Peeta- quiere una noche divertida contigo.

-¡Haymitch!- exclama Peeta y ambos nos ruborizamos aun después de llevar años de casados, como si fuésemos esos críos a quien Haymitch descubrió rompiendo su mesa en el ataque de hormonas primerizas e insaciables. Solo espero que no mencione nunca más ese hecho…

-Eso sí, chicos, yo puedo cuidarles a la niña pero manténganse alejados de mi mesa, por favor. Aun extraño la anterior…- ¡Ya está! Haymitch nunca dejará ningún cabo suelto para avergonzarnos. Peeta corre el rostro y se pasa la mano por el cabello antes de hablar.

-Espero que te dejes de bromas cuando la niña empiece a entender lo que dices- masculló mi diente de león. – Es más deberías de dejar de decirlas ahora, porque es la edad en la que empiezan a imitar todas las palabras- Haymitch se encogió de hombros.

-No hay problema.- rió- en algún momento la campeona irá a la escuela y ustedes no tendrán que cargar con ella a todos lados. Será fácil seguir con mis juegos.- Tiene razón sin una bebé en brazos somos presa fácil, carne fresca para él.

-¡Pues entonces tendremos otro!- estallo- ¡Y te habrás acostumbrado a pasar tanto tiempo en silencio por no enseñar malas costumbres que ni recordarás las bromas cuando crezca el segundo también!- silencio, se quedan pasmados por mi reacción o… ¿Acaso dije algo inapropiado?

-¿Katniss?- me llama Peeta.

-¡Si, ya, ya! Me tranquilizo…-atajo antes de un sermón.

-¡Ponte histérica si quieres ¡- exclamó y me sacó a la niña para luego dársela a Haymitch y, posteriormente abrazarme… al principio no entendí porque lo hizo, pero luego recordé lo que yo misma había acabado de decir.- ¿De verdad quieres tener otro hijo? – tragué saliva y lo miré a los ojos. Ya he tenido un embarazo, ya he pasado por las nauseas, los dolores, las hormonas, los cambios de humor y el parto. Ya sé cómo cuidar a un bebé y, para cuando crezca, ya sabré como cuidar a un niño, puesto que nuestra hija seguirá prosperando. Entonces… ¿Por qué no convertir en realidad mis palabras? Ya enfrenté mi temor al matrimonio, al embarazo y la maternidad. Tal vez la niña se merece a un hermanito con quien jugar. Me acerco a Haymitch y le quito a la niña de en brazos.

-Vamos a casa- le digo a Peeta- Hay que hablar. – asiente cabizbajo, apesto a que cree que aun tengo tanto miedo que no quiero otro hijo con él. ¿Aun piensa eso después de tener una hija de once meses?

Saludamos a Haymitch con un movimiento de cabeza. Creo que él también piensa lo mismo y no se atreve a decir nada.

Cruzamos la calle, abrimos la puerta y preparamos el biberón y la cuna de la niña sin decir nada. La alimento en silencio y él me observa sentado en un sillón del otro lado de la habitación, junto a la ventana. Estoy intentando hacer que la niña deje de tomar el pecho porque pronto cumplirá un año y no es bueno mantener por mucho tiempo esa costumbre según Terra Caller. De todas formas la pequeña no pone pegas y come todo tipo de cosas aparte de beber su leche.

Se termina el biberón y la arropo un momento, luego la paso a s cuna donde le canto su nana de siempre mientras le acaricio la pancita en movimientos circulares. No tarda en dormirse, pero me tardo un momento más de lo normal para pensar que es lo que voy a decir. Él se da cuenta.

-Ya está dormida, Katniss- bajo la cabeza y suspiro- ¿Me equivoco?

-No…- vuelvo a suspirar mientras le beso la frente a mi pequeña niña , hija del chico del pan, de mi chico del pan.

-¿Es que es tan difícil para ti asumir tus palabras que te escondes tras ellas?- lo miró incrédula ¿De verdad piensa eso?- ¿Es tan difícil aceptar que lo dijiste por fastidiar a Haymitch y que en realidad no deseas otro hijo conmigo?

-Ni se te ocurra mencionar eso de nuevo, Peeta Mellark.- advierto.

-¿Acaso miento?

-Para ti no es una mentira, para ti esa es la realidad, para mí, estas equivocado.- medita mis palabras y veo como de la nada comienza a presionarse las manos.

-Dame un momento- me dice mientras va a hacia el baño y hecha el pestillo a la puerta. Otro ataque, si pudo prevenirlo es que será leve y debo darle unos minutos a solas para que se aferre al viejo asiento de madera que hay en el lugar. Desde que sus ataques leves aparecieron, procuramos que hubiese uno en cada habitación para que así pudiese descargar su fuerza en el respaldo de las sillas y no contra mi o alguien más… Dos, tres, cuatro… suficientes minutos para mi gusto: me asomo a la puerta.

-¿Peeta, estás bien?- indago apoyando mi lado derecho del rostro, esperando escuchar algo por ese lado. Normalmente lo escucho con el izquierdo, el que me mejoró el Capitolio al parecer, pero esa posición me queda incomoda ahora.-¿Peeta?- sin respuesta- ¿Peeta, quieres jugar a Real o no real?- su respuesta me llega como un murmullo asustado y suave cerca del suelo:

-Si…-lo oí bordeando la puerta. Se debe de haber sentado de espaldas a ella. Hago lo mismo.

-Pregunta…- animo mientras clavo los ojos en la cuna, la cual queda justo dentro de mi campo de visión.

-Dijiste eso a Haymitch sin razón ¿Real o no real?

-No real- respondo- lo hice pensando en nuestra salud mental a causa de sus bromas- lo escucho reír- y tal vez porque es algo que se que de todas formas sucederá. No me preguntes como, solo lo sé.

-Tú quieres tener otro hijo conmigo ¿Real o no real?

-Real- y añado luego-: porque ya he comprendido que no tengo nada a lo que temer.

-No lo quieres ahora ¿Real o no real?

-Real- suspiro- quiero tenerlo cuando la niña ya no requiera tanta excesiva atención- se calló un momento, por lo que deduje que estaba asimilando todas y cada unas de las respuestas que le he dado-¿Como se te ocurre pensar que no quiero seguir ensanchando nuestra familia?- más silencio, pero parece uno certero y de aceptación, de reconcilio.

-Katniss voy a abrir la puerta- me dice al cabo de un momento, supongo que ya sabía que estaba contra ella. Sin replicar nada, me aparto y me quedo a su espera. La entrada al baño se abre y puedo ver su rostro precioso de hombre, aniñado por su dulzura. Extiende su brazo y me atrae hacia si cuando tomo su mano. Nos fundimos en el abrazo tierno y delicado de la reconciliación ante la confusión de pensamientos y palabras-Todo aclarado- dice y asiento- Eso si, no esperes que nadie deje de llamar a nuestra hija Bleu, ni yo dejaré de hacerlo, le sienta estupendo-Le golpeo la mejilla cariñosamente, vale viviré con ese estúpido apodo, puedo hacerlo. Lo que no podría hacer, o soportar, es vivir sin él- Te amo- me susurra acercando sus labios a mi rostro, aun enfadado por tener que lidiar con un apodo tan extraño como ese para mi hija- tu me amas ¿Real o no real?-pregunta.

Y antes de regresar a nuestras ocupaciones por el cumpleaños cercano de la niña, Yo le digo con voz caprichosa, sonrisa traviesa y desenfado obligado:

-¡Tienes suerte de que te diga Real!