Los rayos de sol que marcaban el amanecer de un nuevo día se escurrían por los huecos de las cortinas de la habitación del Príncipe Chicle e iluminaban levemente su cama vacía.
El Príncipe Chicle no había dormido en toda la noche porque había estado leyendo el libro, palabra tras palabra, página tras página, capítulo tras capítulo, no perdía detalle de nada, trataba de absorber toda la información posible. Marshall estuvo toda la noche observándole e insistiéndole para que fuera a dormir.
Finalmente, el príncipe cerró el libro de golpe y se levantó de su silla por primera vez en muchas horas.
-¡Lo encontré! –Exclamó mientras se levantaba.
-¿Qué encontraste exactamente? –Preguntó el vampiro curioso.
-He conseguido encontrar el nombre del autor de este libro y el sitio en que vive o estuvo viviendo, me imagino que seguirá vivo, ¿No? –Explicó el príncipe.
-¿No deberías haber dormido un poco? Te ves soñoliento –Le respondió Marshall sentándose en la cama. –Ven, tumbémonos un poco.
-No tengo sueño –Dijo el príncipe bostezando.
-¿Y ese bostezo?
-Eso no era un bostezo, era un rugido de victoria –Respondió el príncipe con una sonrisa pícara. –Vamos a ir a ver al autor del libro hoy.
-Vale… Lo que tú digas. ¿Dónde tenemos que ir? –Preguntó Marshall. Decidió no resistirse y obedecer al príncipe porque sabía perfectamente que éste era muy testarudo y que no se iba a rendir hasta que fueran allí. –Es mejor salir pronto.
-Pues es curioso, pero el autor de este libro es un cuche que vivió hace muchísimos siglos aquí en Chuchelandia. Según mi investigación se llama Sr. Sacarino.
-¿Sacarino? ¿Qué nombre es ese? –Dijo el vampiro con cara de sorpresa.
-No importa su nombre, lo que importa es que él es quien más sabe sobre la inmortalidad y que vamos a ir a su casa ahora mismo. Marshall, prepárate porque vamos a ir volando.
-¿Hacia dónde? –Marshall dio un salto y se puso en el marco de la ventana.
-A los acantilados del oeste –Le respondió Chicle subiéndose a su espalda.
-El vuelo con destino a los acantilados del oeste va a efectuar su salida –Dijo Marshall felizmente. El príncipe no pudo evitar empezar a reír. –Los pasajeros deben abrocharse el cinturón y esperar para que uno de los empleados del vuelo les reparta cacahuetes. En caso de turbulencias se recomienda abrazar fuerte a su novio.
-Marshall, eres adorable –Dijo el príncipe antes de besarle en la parte de detrás del cuello. Marshall tenía los brazos inclinados hacia atrás para poder sujetar las piernas del príncipe para que estuviera seguro.
-Abrázame fuerte –Le dijo el vampiro. –No quiero que una cosita tan adorable como tú se haga daño.
-¡Vamos! –El príncipe estaba muy sonrojado por lo que Marshall le había dicho y le gritó para que se moviera de una vez. Aunque estaba avergonzado obedeció a su novio y le abrazó fuerte.
El cielo estaba azul, hacía bastante tiempo que los dos chicos no contemplaban un cielo tan despejado y hermoso. Marshall iba descendiendo poco a poco porque le costaba flotar con el peso del príncipe, él no era un experto en volar, realmente lo que solía hacer era levitar pero al menos levitando se podía llegar más rápido a los sitios que caminando. Siguieron descendiendo hasta llegar a una altura apropiada y se mantuvieron a esa distancia del suelo desde entonces.
Ir a visitar al Sr. Sacarino había sido un acto bastante espontáneo e impulsivo, Marshall realmente tenía dudas sobre el tema de la inmortalidad. La vida eterna puede ser un don pero para él habían sido muchos años de soledad, sufrimiento y pérdida. Él no quería que el príncipe sufriera de ninguna forma y eso le llevaba a estar en una encrucijada, podía optar por dejar que el príncipe se hiciera inmortal y sufrir todas las consecuencias que esto traía o simplemente podía negarse y estar junto al príncipe toda la vida de éste y acompañarlo hasta su muerte. Pero eso sería definitivamente triste, la idea de perder a su compañero de vida era frustrante, además, no quería que el príncipe envejeciera mientras él se mantuviera joven eternamente.
Por otra parte era evidente que estar juntos eternamente era algo muy tentador, pero no podía permitir que el príncipe pasara por lo mismo que él pasó, no podía dejar que el príncipe perdiera a sus amigos algún día.
Definitivamente vagar por la eternidad no es divertido, saber que nunca se va a acabar le quita la emoción a la vida. No puedes vivir cada día como si fuera el último.
No hay nada más bello que vivir cada día como si fuera el último, es frustrante perder ese derecho.
-¿Cómo vas? –Preguntó Marshall.
El príncipe no respondió, se había quedado dormido.
-Lo sabía, no podía estar toda la noche despierto y luego ir por ahí con tanta energía, en algún momento iba a quedarse dormido –Pensó.
El camino hacia los acantilados del oeste era relativamente simple, no había frondosos bosques ni escarpadas montañas, simplemente se trataba de una larga senda. En algún momento se cruzaban con pequeños riachuelos o con grupos de árboles pero hasta ahí llegaban las singularidades.
-¡Hemos llegado! –Exclamó Marshall mientras aterrizaba. Habían llegado a los acantilados, el mar estaba justo delante de ellos. Ese mar era bastante agresivo, las olas golpeaban la pared del acantilado ferozmente, parecía que querían destrozarlo.
-Qué rápido hemos llegado –Dijo el príncipe bajándose de la espalda de Marshall con cara de sueño.
-Te has pasado todo el rato durmiendo –Le dijo el vampiro.
-No, solo estaba pensando con los ojos cerrados. Por cierto, no encuentro ninguna casa ni ningún rastro de que aquí viva alguien –Dijo el Príncipe Chicle mientras inspeccionaba la zona. –Vamos a buscar bien.
Aquella zona era totalmente llana, no había bosques o colinas ni ningún sitio en el que esconderse, solo era una larga extensión de tierra sin hierba que bordeaba el mar.
-Esto está desierto –Dijo Chicle después de buscar por toda la zona. –Estoy cansado, nunca podremos encontrar al señor ese, quizá ya ni viva aquí –El príncipe estaba empezando a deprimirse y se sentó en el acantilado con los pies colgando, Marshall hizo lo mismo que él.
-¿Qué ponía en el libro exactamente? ¿Había alguna dirección? –Preguntó el vampiro.
-No, simplemente ponía que después de terminar de escribir ese libro iría a pasar el resto de su vida inmortal a los acantilados del oeste y que se alejaría de todo tipo de contacto humano. Lo ponía en el último capítulo del libro –Respondió Chicle.
-¿Esperabas llegar aquí y encontrar una casa en el borde del acantilado o algo? –Preguntó el vampiro un poco indignado. –Es obvio que si no quiere contacto humano va a esconderse.
-Pues como no se haya escondido dentro del mar…
-Un momento… Se me ha ocurrido una idea –Dijo el vampiro mientras se ponía de pie, emocionado. –Levántate, creo que sé dónde se esconde.
Marshall cogió al príncipe en brazos y se acercó al precipicio, allí dio un salto. El príncipe se asustó un poco porque no sabía que estaba pasando y abrazó fuerte a Marshall y cerró los ojos, esperaba notar el agua del mar en algún momento pero eso nunca pasó, justo antes de llegar al agua el vampiro empezó a flotar.
Los dos estaban levitando a escasos centímetros del mar, las olas fuertes casi les alcanzaban.
-Tenemos que buscar una cueva –Dijo el vampiro. –Estoy seguro que se ha escondido en una cueva inaccesible desde la parte superior.
-Marshall… Me caigo.
-¡Aguanta! –Exclamó.
Aquello había sido bastante arriesgado y Marshall lo sabía, no había tenido en cuenta que podía ser realmente peligroso para el príncipe. Estuvo inspeccionando la pared del acantilado intentando evitar las olas durante un rato hasta que encontró un boquete en la pared y sin pensárselo entró. Al entrar allí los dos cayeron al suelo, Marshall no había tenido tiempo para entrar de forma elegante, lo único que hizo fue lanzarse dentro. Aquella cueva era oscura y húmeda, no obstante se podían ver cosas en ella, como sillas y una mesa o velas encendidas.
-¿Quién anda ahí? –Gritó alguien desde dentro de la cueva.
-¿Eres el Sr. Sacarino? –Preguntó Chicle levantándose del suelo.
-¿Quiénes sois? ¿Cómo me habéis encontrado? –Dijo mientras intentaba esconderse. –Marchaos, no quiero tener visitas. Si estoy escondido aquí es porque no quiero ver a nadie.
-Por favor, señor, necesitamos información sobre la vida eterna, tú escribiste el libro "Criaturas inmortales y sus secretos", ayúdanos, te lo suplico.
-¿Quiénes sois? –Preguntó otra vez.
-Yo soy el Príncipe Chicle de Chuchelandia –Le respondió.
-¿El príncipe de Chuchelandia? ¿Chuchelandia aún existe? –Preguntó asombrado mientras salía de su escondite.
-Sí, claro que sí –Le dijo el príncipe.
-Entiendo… Yo viví en Chuchelandia sobre el año quinientos después de la Guerra de los Champiñones. No sé cuantos años han pasado desde entonces. Escribí ese libro para el rey de aquellos tiempos, un antepasado tuyo, solo había una copia creo recordar, es curioso que aún exista el libro. Quizá mi libro también es inmortal.
-Señor… Han pasado unos quinientos años desde entonces.
-Sí, ha pasado mucho tiempo. Después de escribir el libro abandoné el reino para siempre y me instalé aquí, en la soledad de esta húmeda cueva. Paso mis días recordando tiempos pasados e imaginando una vida mejor –Dijo Sacarino apenado.
-¿Por qué no vuelve a Chuchelandia? Estoy seguro de que todos lo aceptarán y podrá vivir una vida tranquila, puede volver a la sociedad.
-No, muchacho, no puedo volver. Soy un inadaptado. Una vez que todas las personas que conoces y que amas se van de este mundo y tú ves pasar generación tras generación te quedas atascado en el tiempo y acabas trastornado. La inmortalidad es un castigo, una maldición, no es algo que una persona sensible pueda soportar –Explicó.
-Pero Marshall es inmortal y ha seguido relacionándose –Le dijo.
-Sí, ¿Pero a qué precio? No me puedo ni imaginar por que cosas ha tenido que pasar tu amigo. ¿Cuántos años tienes? –Le preguntó a Marshall.
-Alrededor de mil... –Respondió Marshall mirando al suelo.
-¡Vaya! Eres fuerte, chico. Muy fuerte. Yo solo llevo la mitad que tú y no puedo más.
-Señor… No sabía que la vida eterna era tan horrible –Dijo el príncipe preocupado.
-Viniste preguntando acerca del tema y yo te he intentado responder lo mejor que he podido. Pero todo esto se va a acabar, mi sufrimiento se va a acabar. Y podré volver a Chuchelandia y empezar una vida nueva.
-¿Acabar? ¿Cómo? ¿Hay alguna forma de volver a ser mortal? –Preguntó el vampiro sorprendido.
-Sí. La hay. Estuve investigando sobre la inmortalidad toda mi vida y plasmé mis conocimientos en ese libro pero más tarde, durante mi vida eterna, estuve investigando sobre como librarme de esta maldición. Sin duda encontré la forma. ¿Conocéis el Monte de la vida? Según lo que sé si vas al Monte de la vida durante el mes del solsticio de verano la noche de la luna llena cada diez años puedes conseguir la vida eterna. Tienes que ir a la cima de ese monte y quedarte ahí y gracias a la magia de la luna lo consigues. Pues encontré la forma inversa, si vas al Monte de la vida durante el solsticio de invierno en luna nueva cada diez años consigues el don de la mortalidad. Además, cuando te consigues librar de la vida eterna vuelves a tener los años que tenías cuando conseguiste la vida eterna, es decir, tienes en la realidad los años que aparenta tu cuerpo. Mi cuerpo se ha quedado con la apariencia de los cuarenta años, si consigo la mortalidad volveré a esa edad y me quedarán aproximadamente cuarenta años más de vida, lo cual no está mal.
-¿Por qué no fuiste al Monte de la vida antes? –Le preguntó el príncipe.
-Por varios motivos… El primero de ellos era el miedo, pasé mucho tiempo asustado al descubrir que podía conseguir la inmortalidad. La muerte me da miedo y por eso quise ser inmortal en un principio. Incluso ahora la muerte me sigue dando miedo pero no puedo ser un cobarde eternamente, quiero tener una vida normal. El segundo motivo fue que no sabía lo del Monte de la vida, estaba investigándolo. Es curioso, conseguí descubrir las formas de ser inmortal mucho más rápido que las formas de ser mortal.
-¿Cuándo es ese solsticio? –Preguntó Marshall interesado.
-Pues estamos de muy buena suerte, el mes del solsticio de invierno empieza en menos de una semana y la luna nueva es a inicios del mes. Si observas atentamente el cielo verás que la luna se encuentra en la fase de cuarto menguante. En el momento en que la luna desaparezca sabrás que es luna nueva y eso podría ser en unos cuatro o cinco días así que hay que prepararse –Dijo Sacarino muy emocionado. –Yo mismo voy a salir mañana hacia el Monte de la vida para llegar con tiempo y no perderme ese momento.
-¿Dónde exactamente está el Monte de la vida? –Preguntó el vampiro.
-¿Conocéis la agrupación de montañas que hay al norte de aquí? Cerca de Chuchelandia. Hay un pequeño monte que no es muy alto pero que destaca principalmente porque la cima es de cristal. Creo que el cristal de la cima ayuda a reflejar la luz de la luna. Si seguís el cristal no vais a perderos.
-Muchas gracias, Señor Sacarino, muchísimas gracias –Le dijo Marshall. –Nos veremos allí dentro de cuatro días.
-Eso espero –Respondió él.
El Príncipe Chicle estuvo callado toda la conversación, se había dado cuenta de lo que pretendía Marshall y no le gustaba para nada.
Los dos chicos salieron de allí y volvieron a Chuchelandia de la misma forma con la que fueron hacia los acantilados. Chicle estuvo callado todo el camino y esa vez no se debía a que se había dormido.
Al llegar a su habitación en el castillo no pudo contenerse más.
-Marshall, no –Dijo el príncipe enfadado.
-No, ¿Qué? –Respondió el vampiro.
-No vas a convertirte en mortal por mí.
