¡LOS PERSONAJES DE ZOOTOPIA NO ME PERTENECEN!

(A EXCEPCIÓN DE LOS OCS)


Agradecimientos.

Byakko Yugure: gracias por tu review. Por esa misma razón tenía que ser Ren :v Me alegra que lo notaras, es como que en LOI quedaron felices, pues matémoslos aquí. Bueno, no hace falta que te aclare la duda, ya lo sabes :v. Gracias por leer.

Todd Zootatonix: gracias por tu review. Maldición empática ataca de nuevo :v No me eches la culpa de todo eso :v La BS tiene parte también, aunque ella hace lo que quiero así que... :v Me alegra que notaras el guiño xd Bueno, la pobre Ren, se nos fue inesperadamente :v Alguien tenía que morir, y ¿quien mejor? :v Triviel es vida, es amor. Triviel its cannon, y en este capítulo más aún :v. Gracias por leer.

arturven: gracias por tu review. Gracias, me alegra que te guste y pues, con respecto al desenvolvimiento de las parejas, pasará, será en el capítulo antes del epílogo; cosas pasan :v . Gracias por leer.

Sin más que agregar, los dejo con el capítulo.


XX

Un hilo

Sabana Central, Calle Herd, guarida de Bellwether. Sábado, 15 de marzo, 17:15 h.

El camino de la puerta del medio, que Dan, Jeannette y Meloney habían tomado, avanzaba en línea recta unos dos metros y luego se dividía en tres puertas más. Jeannette volvió a murmurar por lo bajo y sin atisbo de duda disparó a la puerta del medio y avanzó. Dan la siguió y cuando volvieron a cruzarse con tres puertas, nuevamente ella tomó la del medio sin siquiera pestañar, molestándose.

—¿Por qué te molesta? —le preguntó Dan, a su lado.

La hiena, sin dejar de caminar, lo miró; en sus ojos azules había un brillo de enojo.

—Se está burlando de mí —respondió.

—¿Qué quieres decir?

—Es por mi alias. —Suspiró—. Trivia.

Dan no respondió, le tomó un momento comprender. Él no era el mejor en lo que a mitología se refería, pero si algo había aprendido al investigarla para planear su muerte durante el momento en que ella lo ordenaba, era todo lo referente a su alias. Trivia, si bien recordaba, era la diosa de las encrucijadas y presentaba, a quien se le aparecía, tres caminos por los cuales debía elegir.

—Por las elecciones, ¿cierto? —vaticinó. Jeannette asintió.

—Es la manera de Belona de burlarse de mí.

—¿Entonces por qué eliges la del medio, no se supone que son tres caminos?

—En realidad, son cuatro —aclaró. Giraron en un recodo y llegaron, de nuevo, a tres puertas—. La de la izquierda sería el camino fácil, que siempre termina mal. La de la derecha, el camino que parece confiable, pero que causa la muerte de quien lo recorre. Y el del medio… —Disparó a la puerta del medio, esta cedió y entraron—… te hace sufrir bastante, sólo que eso tiene su premio. Por qué crees que existe la frase «sin dolor no hay ganancia».

Dan asintió, comprendiendo, aunque no le veía la conexión de las puertas con la burla de la cheeta, no obstante, él no las conocía de nada. Además, ellas dos fueron miembros del mismo grupo hacía ya tiempo. Siguieron caminando, esta vez, el pasillo se hizo más angosto, por lo que tuvieron que caminar en fila india para poder tener espacio y maniobrar si llegaban a aparecer enemigos. Meloney caminaba tras de él y Jeannette delante, la zorra no decía nada y cuando él volteó a verla, ésta tenía el ceño fruncido sin dejar de mirarlos a ambos; los dedos de sus patas estaban inquietantemente cerca del gatillo.

Se volvió hacia la hiena.

—¿Y el cuarto? —preguntó.

—El de los cobardes, el camino de regreso.

—Ya.

El pasillo por el que caminaban estaba casi sin iluminación, sólo una pequeña bombilla que colgaba de un cable del techo aportaba escaza luz de forma intermitente, como si estuviera por fundirse. La bombilla dibujaba sombras en el rostro de Jeannette haciéndola parecer más al acecho. De pronto, la bombilla de fundió con un ¡plop! y el lugar quedó a oscuras. Le tomó un poco de tiempo para que su visión nocturna se adaptara y una vez que lo hizo, siguieron caminando. Miró hacia atrás y solo vio el brillo de los ojos de Meloney.

Llegaron a otras tres puertas, pero esta vez Jeannette no disparó para abrirlas, acercó su oreja a la del centro y con gesto de la pata les indicó que no hicieran ruido. Silencio. Ella se separó de la puerta y llevó una pata al pomo, lo giró con cuidado y la puerta abrió.

—Esta es la última —murmuró. Se giró a verlos y el brillo de sus ojos parecía que podían ver dentro de Dan—. Preparados.

—¿Desde cuándo eres la que manda? —replicó Meloney, molesta.

—Entonces no te quejes cuando te den tres tiros —soltó Jeannette—. Dan, ya oíste.

Él asintió. Ella abrió la puerta y cuando lo hizo, los disparos comenzaron a llegar.


Sabana Central, Calle Herd, guarida de Bellwether. Sábado, 15 de marzo, 17:15 h.

El camino de la puerta que tomó Atha descendía por una escalera hacia una especie de sótano. Mientras bajaba la escalera que parecía descender hacia el mismo centro de la tierra, apretaba con furia su arma, tratando de olvidar la muerte de Ren. En parte fue culpa suya, el mapache que había disparado estaba en el edificio que se supone él había limpiado, por su error Ren murió.

Siguió bajando. Recordó cuando conoció a la jaguar hace ocho años en la universidad, habían coincidido apenas se conocieron y mientras más convivían, más unidos se volvían. Recordó el día que se les ocurrió navegar por la red de la ciudad, a ver qué encontraban y terminaron, por desgracia, llamando la atención de Bellwether. A partir de allí la vida de ambos dio un giro de ciento ochenta grados. Al principio ninguno de los dos le dio importancia, pero cuando sorprendieron a unos amigos de ellos, buscándolos a ambos, y los apalearon hasta dejarlos en el hospital, supieron que debían empezar a moverse.

Se rotaron como nómadas de distrito en distrito. En Tundra duraron apenas un día, Ren no soportaba el frío; en Plaza Sahara dos días hasta que a él por poco no lo internaron en un hospital por el golpe de calor, era fácil, los lobos no son de clima de desierto; dos días en Sabana Central hasta que los encontraron y dos días también en el Centro. Al final de esa semana habían terminado en Distrito Forestal, a ninguno de los dos le gustaba el lugar, era tan húmedo que le calaba los huesos, pero no tenían otro sitio al cual ir.

Y fue entonces cuando conocieron a Samuel por accidente. Estaban tratando de encontrar un lugar donde quedarse cuando, literalmente, tropezaron con él. Al principio parecía algo molesto y sorprendido, pero tenía el mismo aspecto que ellos: ojeras, ojos rojos y el cansancio parecía emanar de él. El tropiezo había hecho que a Samuel se le cayeran unos documentos.

—Lo siento —había dicho Atha; él y Ren ayudaron al lobo.

—No hay problema. —Samuel había recogido algunos papeles y les sonrió—. Últimamente tengo muchas cosas en la cabeza.

—Sabemos lo que es eso —había convenido Ren, esbozando una sonrisa cansada.

El lobo después de mirarlos con detenimiento los invitó a tomar algo y, como no tenían nada mejor que hacer que huir, ambos accedieron. Sería el primer respiro que tendrían. Después ambos empezaron a hablar, un tema llevó al otro y terminaron contándole a Samuel que estaban siendo perseguidos por haber descubierto una conversación entre un animal desconocido y un recluso. Y resultó que a esos animales Samuel los conocía, y fue cuando vieron su oportunidad: le pidieron que los desapareciera.

Y así lo hizo.

Sin embargo, antes de salir de la jefatura ambos estaban alegres, porque si lograban eliminar a Bellwether podrían de una vez por todas vivir tranquilos. Ahora ya no. Ren no estaba y, aunque nunca llegó a nacer algún sentimiento más que el cariño fraternal entre ambos, anhelaba que ella estuviera presente. Suspiró.

Tenía que ser libre al fin.

Por él y por Ren.

La escalera terminó en un pasillo donde estaban unos lobos custodiando una puerta al final del corredor. Ambos animales tenían unas nueve milímetros a la cintura y unas escopetas cruzadas a la espalda, aunque estaban hablando sin notar la presencia de Atha. La decisión de este fue casi automática, levantó el arma y sólo con dos disparos dio de baja a ambos lobos, con un único impacto en la frente.

Caminó hasta ellos, tomó una de las escopetas y se la cruzó a la espalda. La puerta que ambos resguardaban era de metal, y con un grosor lo suficiente para aguantar las estampidas que se necesiten para abrirla, y como existía la posibilidad de que tras ella estuvieran los pequeños, no podía disparar.

Sin opciones sencillas, se agachó y miró la cerradura. Era como cualquier puerta normal, lástima que no tuviera una ganzúa para abrirla con sencillez. Sin materiales a la pata, estiró su garra y la introdujo en la entrada de la cerradura y, con precisión, comenzó a girarla; deseaba en esos momentos tener la habilidad de un zorro y poder abrirla en un parpadeo. Le tomó casi diez minutos lograr abrirla, al hacerlo sacó su garra y escuchó cómo se quebraba; un hilillo de sangre manaba de ella.

Sin darle más importancia, abrió la puerta y entró. Encontró cuatro niños, todos conejos, dos blancos como la nieve, una color canela y uno blanco con motes negros en el cuello y patas. Atha ahogó una expresión de sorpresa, los cuatro pequeños estaban amarrados y amordazados a unas argollas enterradas a la pared y suelo. Tenían algunas heridas distribuidas por el cuerpo y estaban delgados.

Sin más preámbulos, tomó la radio y avisó a Hopps.

—Encontré a los niños…


Sabana Central, Calle Herd, guarida de Bellwether. Sábado, 15 de marzo, 17:15 h.

El camino que habían tomado Judy, Samuel y Nick ascendía a un segundo piso a través de una escalera. Apenas terminaron de subir, fueron recibidos por una comitiva de, a primeras vistas, unos treinta animales, repartidos entre leones, zorros, lobos, tigres, jaguares y demás. Era un espacio de unos quince metros cuadrados o más, y unas escaleras al final subían a otro piso. Había ocho columnas en el lugar y en ellas algunos animales se cubrían y otros lo hacían con mesas, muebles, o lo que encontraran.

Los tres se separaron y se cubrieron con lo que había más cerca, Samuel se puso a cubierto en el suelo, resguardándose con un muro de unos treinta centímetros de alto que parecía una especie de alfeizar, sólo que dentro del lugar; y Judy y Nick, al no ser animales grandes, pudieron refugiarse en una de las columnas cercanas. Samuel comenzó a disparar, hiriendo a un león y antes de poder darle a otro, el estridente sonido de un escopetazo lo detuvo.

Nick y Judy salieron al mismo tiempo de la columna, ella puso una rodilla en tierra para estabilizarse y comenzó a disparar; Nick, en cambio, estaba de pie, también disparando. Cayeron cinco, dos osos, un jaguar y dos zorros. Los agudos oídos de Judy captaron el retroceso de un cargador y cuando se dio cuenta, un tigre los apuntaba con una escopeta, pero Samuel le conectó un certero disparo a la sien

Siguieron disparando. Una bala le rozó la oreja a Judy y, mientras ella soltó un juramento, Nick había abatido al animal que la hirió. La cosa iba relativamente bien, los animales caían rápido y ninguno de los dos salió herido, pero entonces por el rabillo del ojo Judy pudo ver a Bellwether. Aunque no fue eso lo que la hizo asustarse. Junto a la oveja había un tigre cargando a un animal inconsciente en brazos mientras subían por la escalera y se perdían en ella.

Judy se resguardó tras la columna y trató de serenarse. Apretó las patas contra el arma. Le temblaban.

El animal que llevaba el tigre era un zorro negro.

Nico.

Nick se resguardó a su lado tras la columna mientras cambiaba el cargador de su M4A1.

—Nick —murmuró ella.

—Sí, lo vi.

—Estaba… estaba demasiado delgado, Nick. —La ira y angustia estaban burbujeando en su interior y, como no podía solo soltarlas por la situación, se le asentaban como lágrimas en los ojos rogando salir—. ¿Qué les hizo Bellwether, Nick? ¿Qué les hizo a mis niños? Esa... —Apretó el arma con tal fuerza que los nudillos se tornaron blancos y estaba dispuesta a salir y enfrentarse al mismo diablo si fuese necesario.

Al parecer Nick predijo que eso era lo que haría, porque soltó su arma y la tomó por los hombros, haciéndole verlo. No hubo palabras, el simple aunque intenso contacto visual le dijo todo lo que necesitaba. De improvisto, él la besó.

Judy se quedó un momento en blanco. ¡Ese no era el momento para ponerse románticos! No obstante, ese beso le relajó la tensión y calmó en gran medida, era increíble que después de tantos años, sus besos siguieran teniendo la misma capacidad para hacerla desconectarse de todos. Cerró los ojos por un momento y todo, balacera, problemas, todo, se esfumó por un instante. Se separaron.

—Judy —dijo Nick—. Te comprendo. También son mis niños. Nuestros niños. Pero si queremos salvarlos, debemos estar con la mente fría. No puede repetirse lo de… —La voz le flaqueó—. No quiero que pase como con Meloney. Sería demasiado.

Judy ahora más calmada, suspiró y asintió. Nick tenía razón, debía estar fría y serena para que todo saliera bien. «Vamos a salvarlos. Vamos a rescatarlos. Vamos a ponerlos a salvo», pensó. Miró al zorro y le sonrió, él le devolvió la sonrisa. Y cuando iban a salir a disparar una nueva oleada, por la radio que ambos tenían les llegó un mensaje esperanzador.

—Encontré a los niños… —Era Atha, aunque su voz sonaba pesarosa—. Repito: encontré a los niños. Cambio.

Veloz como un cheeta, Judy tomó su radio y contestó.

—Aquí Hopps, cambio. ¿Cuántos?

—Cuatro, todos conejos; dos gemelos, una color canela y otro blanco con motes negros.

«Leo, Luke, Hazel y Jason.»

—¿Có… —La voz le tembló a Judy—, cómo están?

Hubo un silencio agónico.

—Vivos sí están —respondió Atha—, pero heridos y demasiado delgados, los pómulos se les marcan demasiado. Sus rostros no tienen la forma redondeada de los conejos, están muy demacrados. Tienen ojeras, heridas varias por el cuerpo, moratones y cortes, como si los hubieran atacado a zarpazos o algo parecido.

Por un momento Judy se quedó en silencio. ¿Qué les había hecho esa maldita oveja a sus pequeños? Suspiró. «No te dejes llevar por las emociones.» Ya se desquitaría.

—¿Puedes sacarlos de allí? —quiso saber.

—Sí.

—Hazlo. Pide refuerzos para que te ayuden una vez fuera. Cambio y fuera.

Judy canceló la transmisión. Suspiró un poco mejor. Bien, pensó, ya encontraron a cuatro, falta Nico. Nick la miraba a ella y giraba nervioso su anillo, parecía estar pensando lo mismo que ella.

Zarpazos.

Nico no le haría daño a sus hermanos, la única manera de que sea posible…

—Judy —dijo el zorro, sacándola de sus pensamientos—, ¿dónde está Samuel?

Judy giró su vista hacia la especie de alfeizar o muro donde el lobo estaba resguardándose de las balas; no estaba allí. Pasó la vista por el lugar, teniendo cuidado de que no la alcanzara una bala y entonces vio la fila de cadáveres rumbo a la escalera. Subió, dedujo Judy. Y antes de que siquiera pudiera decir algo, Samuel apareció como una exhalación en la escalera, corriendo en cuatro patas, pasó de largo y bajó hacia el vestíbulo de la entrada.


Sabana Central, Calle Herd, guarida de Bellwether. Sábado, 15 de marzo, 17:19 h.

Por cuestión de milímetros Dan no cayó muerto al suelo.

Al abrir la puerta fueron recibidos por una ola de disparos. Dan había oído historias de gente a quienes le disparan, decían que el tiempo parecía ponerse lento y que ven la bala venir con una lentitud casi burlesca, pero parece que quien sea que controle el tiempo no le importaba él; nunca vio la bala, apenas oyó el disparo porque estaba viendo cuantos animales habían, y si no hubiera sido por Jeannette que lo empujó hacia un lado, hubiera sido muerte segura.

Los tres estaban tumbados en el suelo, y ambas chicas disparaban sin dudar un instante a los animales que había en la estancia. Era una habitación, pequeña, de cinco metros cuadrados y tenía unas divisiones, como cubículos de oficina, en la que los animales se cubrían. Al fondo de los animales, unos veinte quizá, cerca del gran ventanal, vio a Belona, con un revólver, moviéndose como una centella entre los animales y disparando.

Los tres se arrastraron hacia una de las divisiones y se cubrieron allí. Sin esperar indicación alguna, Meloney salió disparando a diestra y siniestra, derribando a cuatro, y se resguardó en otra de las divisiones. Jeannette lo miró.

—Avísale a Samuel que aquí está Belona —dijo.

Dan asintió, giró la perilla de la radio, buscando la frecuencia exacta de la radio de Samuel; una vez logrado, habló.

—Aquí está Belona.

—¿Eres el zorro de Jeannette, cierto? —preguntó él.

—Em… querrá decir el zorro que está con Jeannette —repuso—. Y sí, sí lo soy.

—Sí, eso mismo —dijo Samuel, sin mucha importancia—. Si está con ustedes y Atha logró encontrar a los niños, quiere decir que Término está con Bellwether. Avísale a la hija de Hopps, Meloney, creo, que encontraron a sus hermanos. Cambio y fuera.

La radio crepitó por la estática y se cortó. Dan le avisó a Meloney por gritos que sus hermanos ya fueron encontrados y por un momento la expresión pétrea y enojada de ella se quebró, los ojos se le iluminaron y sonrió; le asintió y volvió su atención a los animales. Jeannette comenzó a disparar, pero Dan la notó diferente. No era como cuando abrieron camino para entrar al edificio, parecía más… expresiva, por decirlo de alguna manera; podía percatarse de la ansiedad brotando de ella como una cascada que amenazaba con arrastrarlo, sonreía mientras disparaba y un brillo de satisfacción bailó en sus ojos.

Y aunque le pareciera increíble, él estaba de lo más sereno. Cuando pensaba en matar a Belona todo su ser se revolvía, como una serpiente siseando de alegría al cazar a su presa, sin embargo, ahora que tenía a la cheeta al frente estaba en calma consigo mismo. Era como si su mente y cuerpo le dijeran que no adelantara los hechos…

Suspiró. No iba a ponerse a pensar en eso. Cada quien reaccionaba distinto. Levantó el arma y, apoyando a Jeannette y a Meloney, comenzó a disparar.

Los animales comenzaron a reducir su número. Quince. Doce. Diez. Ocho. Seis. Cuando quedaron cinco, decidieron salir de la protección y terminar con ellos. Meloney terminó con un oso que iba por ella y Jeannette a dos mapaches con nueve milímetros; Belona no se veía por ningún lado. Dan se mantuvo a una distancia segura de ambas hembras, tratando de ubicar a la cheeta a la vez que ellas buscaban a los dos animales.

Las divisiones tipo cubículos parecían formar una especie de laberinto, haciendo que los dos animales restantes y Belona se escondieran con facilidad. Meloney se separó de ellos revisando en los cubículos de la derecha y Jeannette y él tomaron el de la izquierda. De pronto salió un león cerca de ella y Dan, mecánicamente, alzó el arma y lo abatió; tres impactos al pecho. Acto seguido, a su lado surgió un lince, y antes de que siquiera pudiera reaccionar Jeannette ya lo había derribado con un limpio impacto.

Ambos se miraron sorprendidos por un momento, como tratando de comprender cómo reaccionaron tan rápido. Y de improvisto, ella sonrió; o bueno, fue casi una sonrisa, los labios se curvaron un poco hacia arriba.

—Gracias, mocoso —dijo—. Buenos reflejos.

Dan sonrió también, asintiendo. Guardó la imagen de la sonrisa de la hiena en su mente, sabiendo que era una de las pocas veces que la vería; Jeannette no era lo que se dice una flor de la alegría, pero algo es algo.

Sin embargo, algo impidió que disfrutara dicha rareza: Belona apareció de la nada tras una de las paredes divisorias con el revólver en alto, apuntando a Jeannette por la espalda. Su mente trabajó a mil por hora y, justo en ese momento, por fin el tiempo pareció ralentizarse. Sería justicia que al fin pasara, pensó. Repasó todas las opciones: ¿Tenía tiempo de avisarle? No. ¿Podría dispararle a Belona? Posible, pero levantar el arma, apuntar y disparar consumiría valiosos segundos. Tampoco podía decirle a Meloney. Las opciones eran nulas.

«No puedo perderla.

»No después de Ren.

»No después de mi madre.

»No quiero perderla.»

Antes de que pudiera procesar lo que hizo, su cerebro mandó la orden a su cuerpo y este se movió como la mismísima Belona. De pequeño le habían enseñado en clase sobre los distintos tipos de mamíferos y cuando llegaron al cheeta o guepardo hablaron de su asombrosa velocidad; podía llegar a los 95kmph en tan solo tres segundos. Bueno, Dan pensó que casi igualó esa velocidad. Se logró colocar delante de la hiena, la abrazó contra sí y le dio la espalda a Belona, haciendo de escudo animal.

Oyó el primer disparo, y el dolor le recorrió el cuerpo. Ni siquiera supo dónde le dio la bala. El arma sonó de nuevo. Más dolor y una aureola negra invadió su campo visual. Escuchó el estruendo una última vez y el dolor le tiñó la vista de rojo. El arma de Meloney disparó y le dio a la cheeta en el hombro, haciéndola cubrirse con las paredes.

Dan sintió cómo las piernas dejaban de aguantar su peso y cuando creyó que iba a caer, unas patas lo tomaron por el espacio entre la axilas, como si estuvieran cargando a un muerto, y lo recostaron en el suelo. El dolor empezó a seccionarse, ya no era en un solo lugar, era en zonas específicas; lo sentía en su espalda, cerca del vientre, en su hombro y en su pierna. Todas dolían. Dolían mucho. Pero la de la zona baja era la peor, como si estuvieran enterrándole fierros calientes.

El cuerpo empezó a entrar en shock. Temblaba. Se sentía flotar, era una sensación extraña. Oía sus propios gritos de dolor rompiendo el aire, un silencio tenebroso se formó en el lugar. Movía los ojos con frenesí registrándolo todo, Meloney los miraba con los ojos abiertos de par en par desde lejos y Jeannette… ella estaba bien. Intacta. Menos mal.

—Me… —susurró ella—. Me salvaste.

Dan intentó sonreír. «Claro que lo hice», quiso decir, pero sólo salían gritos de dolor. Sintió su cuerpo arquearse varias veces. Y de pronto algo le cayó en el rostro.

Lágrimas.

—¿Qué? —Jeannette se mostraba perpleja, se llevó una pata a la mejilla, donde de sus ojos azules empezaban a correr dos gotas—. ¿Por qué? —musitó.

¿Por qué lloraba o por qué la salvó? No entendía, ella parecía perpleja por ambas cosas. Entonces sintió una puntada fuerte en el pecho, una punzada que era mil veces peor que el dolor externo; verla llorar le dolía. Empezó a respirar más pausadamente y la sangre, su sangre, se expandía en el suelo. Qué raro, caviló, la sangre era oscura.

—Otro más que se va, Trivia —vociferó Belona tras las paredes—. ¿Es que todos los que están contigo siempre se mueren? —Rió.

Jeannette apartó la mirada de él por un momento y Dan pudo percibir cómo un rugido gutural se le formaba en la garganta. No. No quería que se enojara. Debería estar feliz porque estaba sana y salva. Movió una pata y tiró con las escazas fuerzas que tenía de la blusa de ella. Sus azules ojos lo buscaron, Dan puso sus fuerzas en formar una sonrisa.

—Te… —susurró—… te sorprendió.

—¿Qué? —La voz de la hiena se oía quebrada. Qué raro, nunca la había oído de esa manera.

—Te sorprendió… Tú dijiste que…. no te sorprendería… Lo… lo hizo. —Sonrió—. Te… sorprendió.

Más lágrimas salieron de sus ojos, era como si el hielo en ellos se fuera derritiendo y el agua resultante saliera en forma de lágrimas. Jeannette llamó a Meloney y cuando esta llegó a su lado le indicó que lo sacara, que lo llevara a un hospital.

—Pero… —trató de replicar ella.

Jeannette levantó su rifle y le colocó el cañón del arma entre los ojos.

—Creo que no me entendiste —dijo, con voz inexpresiva y firme—. No te pregunté si podías sacarlo. Lo sacarás. Llevarás a Daniel al hospital y ruega, Meloney, ruega que sobreviva… porque si no, vas a conocer a Jeannette di Regno. Y ten por seguro que esa tigresa tuya no va a necesitar silla de ruedas, sino una urna. ¡Ahora, muévete!

Meloney se había quedado impactada por la reacción de Jeannette, aunque quisiera replicar, no lo hizo, con un cañón de un rifle M4 apuntándote entre ceja y ceja no es que se tengan muchas opciones, y asintió.

Dan empezó a dejar de sentir dolor y comenzaba a relajarse.

Miró a Jeannette…

Y su madre estaba tras ella.

Llevaba la misma ropa que tenía cuando la enterró y en su camisa estaban los tres agujeros de bala, aunque ahora no sangraban, como si estuviera detenida en el tiempo. Sabía que no podía estar viva, por lo que supuso que debía ser alguna alucinación por la pérdida de sangre.

Su madre lo miró con cariño.

—Hola, Daniel —saludó, y sonrió.

—¿Estoy muerto? —preguntó, y no supo si lo dijo o lo pensó, pero ella lo oyó.

—No, aún no —respondió con los ojos llenos de lágrimas de orgullo. De improvisto, junto a ella, apareció la imagen de un zorro, robusto y de aspecto fuerte. Se le hizo un parecido a él mismo—. ¿Es lo que quieres? ¿Quieres morir y descansar o seguir viviendo, aunque sufras?

—Quiero vivir. —Y era verdad, quería.

El zorro al lado de su madre sonrió. Sofía negó con la cabeza.

—Puedes, si así lo quieres —dijo el zorro—. Sólo debes… —Miró a Jeannette y luego fijó sus ojos oscuros en él; se parecían a los suyos— encontrar por quién vivir. Aunque ya lo tienes. La sobrina de Clitio, mi mejor amigo. Qué giros da la vida. —Rió.

Dan se sentía ingrávido, y todo calzó. Sólo sabía de un animal que tuviera una relación cercana con el Gigante Clitio, y ese era el Gigante Hipólito.

Su padre.

—Daniel Adam Van der Welk. —Ambos zorros comenzaban a difuminarse—. No hay sacrificio más noble que el que se hace por amor, hijo. Y tú lo acabaste de hacer. Sin embargo, es muy pronto para ti. Vive, ríe, se feliz. Con ella.

—Esto no es real, esto es porque me estoy desangrando —repuso Dan.

—Sí, tienes razón —convino su padre.

—Aunque eso no signifique que no lo sea —siguió su madre—. Es real. —Se llevó una pata al pecho, a nivel del corazón—. Aquí.

—No lo olvides, hijo. Sé feliz. —Las figuras casi no se veían ya.

—Y sigue enorgulleciéndonos como siempre lo has hecho, Dan.

Notó como si un hilo tirara de él hacia fuera, hacia donde sus padres desaparecían, y por un momento pensó en seguirlos. Cerró los ojos. Sí, era cálido y confortable. ¿Por qué no seguirlos?

Y entonces sintió unos labios en su frente. Al abrir los ojos vio que Jeannette le había besado la frente y murmuró algo que sonó como «no mueras». Cerró los ojos.

Notó de nuevo un hilo tirando de él, esta vez hacia Jeannette, hacia la hiena, pero, esta vez sabía que no era algo que lo arrastrara a la muerte.

Esta vez sabía que era ella, incitándolo a vivir.

Quería seguir con ella, reír con ella, ser feliz con ella. La quería a ella. Aceptando, por fin, que la necesitaba. Que sin ella no tenía sentido vivir.

Y él se refugió en esos sentimientos de buena gana.