Disclaimer: La trama le pertenece a G. Showalter y, los personajes, como todos sabemos, son exclusivamente de Meyer.

Hola hermosas, muchísimas gracias por todos sus comentarios a mis historias, no saben lo feliz que me hacen. Bueno, como hoy es Viernes, les traigo el capítulo veinte, no puedo creer que casi estemos terminando esta historia. Sin embargo, aún quedan muchas cosas que solucionar, empezando con la muerte de María, que seguramente traerá muchas sorpresas más adelante, me encantaría responder todas las dudas pero no puedo, eso arruinaría toda la trama interesante.

En el capítulo anterior, tuve varios comentarios sobre Edward. Creo que lo dije en su momento y si, Edward va a aparecer en esta historia, es un personaje crucial. Incluso me atrevería a decir que sin él, la relación de Jasper con Bella no sería para nada interesante, ya sabremos más adelante por qué. No obstante, no se engañen, Edward es muy importante para la trama pero no es el personaje principal. Esta adaptación esta representada por los personajes de Jasper y Bella, no va a haber un triángulo amoroso ni nada por el estilo, para aclarar.

Por otro lado, ahora conocerán mejor al trío de ángeles guerreros; Carlisle, Félix y Demetri. El capítulo en sí es bastante corto y no aparecen los personajes principales pero vale la pena esperar hasta el próximo Viernes por qué el siguiente capítulo viene abarrotado de ternura y pasión. Un beso a todos y que disfruten leyendo.


CAPÍTULO VEINTE

Carlisle y sus muchachos pasaron el resto del día buscando el espíritu de María, y cuando no tuvieron resultado alguno, comenzaron la búsqueda de la prisión donde habían mantenido su cuerpo, decididos a quemarlo hasta los cimientos. Sin embargo, Laurent lo había escondido bien, porque no encontraron ninguna señal del lugar en los cielos ni en la tierra.

La necesidad de salvar lo que quedaba de ella golpeaba duro a Carlisle, al igual que la furia y un sentimiento de impotencia. Cada minuto que pasaba al cuidado de un demonio, dañaba su espíritu, su alma y su cuerpo, y odiaba que María hubiera muerto sin un solo rayo de esperanza.

No había trabajado con ella mucho tiempo, pero le había gustado y había admirado su fuerza. Si hubiera vivido para ser liberada, la experiencia la habría cambiado y no para bien, pero él no podía encontrar consuelo en eso.

Jasper culpaba al Alto Señor que tiraba de los hilos de Laurent, y estaba en camino para hablar con alguien que pudiera saber exactamente quién era ese Alto Señor. Por ahora, no había nada más que Carlisle pudiera hacer. Necesitaba una distracción.

Necesitaba una nueva amante.

Recorrió la Sala de los Caídos. Vio guerreros y portadores de alegría mezclados, bebiendo y riendo. Sin embargo, no todo era diversión y juegos. En los rincones oscuros, los vampiros bebían de sus víctimas dispuestas. Unas pocas Arpías ocupaban lugares en el bar. Una Fénix cambiante que se parecía a la que él ya había tenido, giraba sobre la pista de baile, y aunque le llamaba con el dedo, la ignoró. Su Fénix aún no se había recuperado de sus pasiones, y sin embargo, él la tendría a ella en lugar de a otro de su especie. Si él tomaba a otra, no se les permitiría tocar a la primera, sin importar cuánto pagara.

Los Fénix eran así de posesivos y egoístas con los demás de su raza, de modo que hasta que no estuviera lista para él otra vez, iba a tratar con otro tipo de criatura.

Varias otras mujeres lo llamaron, pero él también las ignoró. Esta noche quería a alguien que pudiera abrumarle los sentidos y hacerle olvidar los fracasos del día. Quería algo diferente a las demás que había tenido.

Encontró a ese alguien enzarzada en una conversación con una sirena macho. Carlisle acortó la distancia y simplemente se paró junto a la mesa, esperando a ser notado. Sólo tomó unos segundos que el hombre levantara la vista.

—Disculpe... ¡Oh, Carlisle! —dijo el Sirena, su voz tan hermosa como una sinfonía—. ¿Algo está mal?

Él cruzó los brazos sobre el pecho.

—Ella ya está ocupada por esta noche. Puedes encontrar a alguien más.

—Pero... —una vez más el sirena se contuvo. Miró hacia atrás de Carlisle a los guardias que salieron de sus puestos en las paredes para flanquearlo. Incluso si el hombre sabía que Carlisle no podía matarlo sin consecuencias, no podía aplicarse lo mismo a los guardias.

—Tienes razón. Lo haré.

La silla chirrió sobre el suelo de baldosas cuando el Sirena se enderezó y se alejó, con cuidado de no rozar a Carlisle.

Carlisle se deslizó fácilmente en su lugar.

Heidi, una mujer de orígenes dudosos que había frecuentado su club muy a menudo últimamente, lo fulminó con la mirada. Carlisle mantuvo vigilancia sobre todos los demás.

—Me gustaba —dijo.

¿Aun cuando ella siempre se había ido del club sola?

—Él nunca tuvo una oportunidad contigo y lo sabes.

En lugar de derretirse bajo el encanto de su voz, ella frunció el ceño.

—No puedes saber eso.

—Sé que yo te gusto más.

—No tienes forma de saber eso, tampoco.

—Espera. Lo siento si no fui más claro. Esa no era una sugerencia, sino una orden.

Finalmente, la reacción que había anhelado. Lentamente, ella sonrió. Se recostó en su silla y cruzó los brazos sobre el pecho, imitando la posición anterior de él.

—¿Por qué me gustaría un hombre que se refiere a mí como una mujer de orígenes dudosos?

—Yo no me he referido a ti como tal.

—No en voz alta, no, pero sí en tu mente.

Carlisle frunció el ceño. El único ser capaz de leerle la mente era Jasper, porque era su comandante en jefe. Y luego, por supuesto, el guardián de los secretos, Ben -algo que a Carlisle seguía sin gustarle-. ¿Pero una mujer? ¡Nunca!

Podía irse, supuso. Debería irse. Dos lectores de la mente eran demasiado en su larga vida, sin importar el día. Pero se quedó. Nadie más había le había llamado la atención.

Heidi no era bella en el sentido clásico. En realidad, ni siquiera era hermosa en cualquier sentido, pero era fuerte, con pelo rubio platino a la altura de la barbilla, de rasgos duros y músculos firmes y delgados. Él disfrutaría sometiéndola.

—No puedo adivinar tu raza —dijo finalmente—. Pareces humana, y sin embargo tienes la actitud de una Arpía. Por lo tanto, tus orígenes son realmente cuestionables.

Su sonrisa se fundió en un ceño fruncido.

—Vosotros los ángeles y vuestra honestidad. Es más que molesta.

—Y sin embargo, nunca tendrás que preguntarte si digo la verdad —hizo una seña al camarero pidiendo otro trago para ella. Un tiro de ambrosía con vodka, por el olor de ella. El vaso de cristal llegó unos minutos más tarde.

Ella se bebió el contenido y estrelló el vaso de cristal en la mesa entre ellos.

—Mmm, eso es bueno.

—Sólo lo mejor para mis amantes.

—No soy tu amante.

—Pero podrías serlo.

Ella hizo rodar los ojos.

—¿Quieres saber qué más es bueno, Heidi, mujer de orígenes dudosos?

Ella arqueo una ceja, la expresión de alguna manera suavizando sus rasgos.

—Si dices que tu pene, voy a vomitar.

Él se encogió de hombros y trató de no sonreír.

—Entonces no voy a decirlo.

—Bueno, no voy a tomarte, para que lo sepas. Ni a ti, ni a ninguno de tus amigos. Vuestros gustos son legendarios, y para nada similares a los míos.

—Podrías...

—Como si lo fuera a intentar, bla, bla, bla, pero la respuesta sigue siendo no. Pero he aquí una pregunta para ti —su cabeza inclinada hacia un lado mientras se perdía en sus pensamientos—. Si digo que sí, que estaría con uno de vosotros, ¿a quién elegirías? ¿A ti o alguno de tus amigos? Tal vez la respuesta correcta me haga cambiar de parecer.

Sin demora, él se excluyó de la carrera. Podía necesitar la distracción, pero sus muchachos necesitaban más y siempre colocaba sus necesidades por encima de la suyas.

Cuando se habían separado al llegar al club, Félix tenía los ojos enrojecidos y líneas de tensión alrededor de su boca. Podría necesitar la liberación. Demetri se había abstenido de tener relaciones sexuales la noche anterior, y aunque no le gustaba el juego, todavía necesitaba el contacto. Y de los dos, Félix llevaba más fácil conseguir a una hembra.

—Así que Demetri. Muy bien, acepto. Estaré con él —dijo Heidi, asintiendo, y había un brillo en sus ojos. Uno de intriga y anticipación, y él pensó que tal vez ella había deseado el ángel todo el tiempo y esa era la razón por la que había venido aquí tan a menudo.

Tan feliz como estaba con su supuesto cambio de corazón, él apretó los molares.

—Te agradecería si permanecieras fuera de mi cabeza.

—Eso sería agradable —respondió, y él sabía que no tenía planes de detenerse.

Bueno, entonces, si no podía mantenerla fuera, tal vez podría hacerle escuchar a su pesar.

«¿Por qué quieres a Demetri? ¿Lo has visto desde lejos y has caído enamorada de él? ¿Es por eso que has venido aquí tan a menudo? ¿Es por eso que nunca te has ido a casa con otro hombre? Seguramente te das cuenta de lo desesperada que un amor...»

—Cállate —le espetó—. Yo no lo amo.

—Debes sentir algo. Desde luego has elegido el sexo lo suficientemente rápido — no lo dijo con ninguna falta de respeto, se limitaba a señalar otra verdad, así como a expresar su curiosidad. Además, él era tan fácil como lo era ella y no tenía espacio para juzgar.

—No voy a hablar de él.

—¿Vas a tratar de hacerle daño?

—No. Nunca.

Verdad. En un movimiento fluido, él se levantó y le tendió la mano.

—Vamos, entonces. —La llevaría a Demetri, entonces él y Félix se sumergirían a sí mismos en un estupor.

Heidi vaciló sólo un minuto antes de entrelazar sus dedos. Él tiró de ella sobre sus pies y la condujo fuera de la sala, subió las escaleras, pasó el puesto de guardia y entró en el pasillo privado, donde el lujo se mezcla con la comodidad.

—Nunca he estado aquí —dijo ella, su tono sin revelar nada.

—Y nunca volverás a estar.

—Es cosa de una vez, ¿eh?

¿Para ella?

—Sí —una lectora de la mente sería tolerada sólo el tiempo necesario para alcanzar la culminación.

Demetri, al igual que el mismo Carlisle, habían eliminado las emociones más suaves. Y una relación continua entre dos seres endurecidos como Demetri y Heidi jamás podría funcionar. Los dos se matarían el uno al otro. Aunque... si uno de ellos se hiciera añicos...

Mira a Jasper. Una vez frío como el hielo, ahora todo cálido, poniendo el bienestar de Isabella por encima del suyo.

La entrada a la habitación de Carlisle se abrió, los sensores reconocieron su identidad. Félix le debió haber visto en la pared de monitores, ya que el guerrero se puso de pie con dos copas en la mano.

—¿Dónde está Demetri? —preguntó Carlisle, aceptando uno de los vasos y bebiendo el contenido.

La mirada de Félix se deslizó sobre Heidi, y él asintió su aprobación.

—Encargándose de su servicio.

—Yo me encargaré de Royce y de enviar Demetri aquí —le dio a la mujer un suave empujón hacia Félix y salió al pasillo, cerrando la puerta detrás de él. Al final del pasillo la puerta de Demetri estaba cerrada, pero las voces acaloradas se filtraban.

—...libérame. ¡Estoy harto de esto!

La voz era desconocida para él, lo que significaba que el orador era Royce.

—Los sentimientos importan poco. No me dijeron que te hiciera feliz. Me dijeron que te mantuviera a salvo y fuera de problemas.

—Bueno, te lo dije. Voy a dejar a los Señores del Inframundo en paz. Voy a estar lejos de mi diosa.

—Ella no es tu diosa —gritó Demetri.

—¡Lo es! Me enamoré de ella. La quiero, y sé que ella me desea.

—Y eso es exactamente la razón por la que te quedarás aquí, en esta sala.

Una maldición oscura fue arrojada, y luego entró en erupción el sonido de cuerpos que luchaban.

¡Oh, no, no, no! Royce pagaría por atreverse a desafiar a Demetri. Y si el guerrero acababa vomitando después de esto...

Con la mandíbula apretada, Carlisle empujó para abrir las puertas -éstas solo se abrían automáticamente por Demetri- pero se detuvo en seco cuando vio el resultado de la pelea.

Demetri había inmovilizado a Royce con una mano en el cuello del hombre, la otra sosteniendo sus muñecas por encima de su cabeza. El guerrero estaba respirando con dificultad, mirando a los ojos de Royce con determinación.

—¿Te rindes?

—Nunca.

—Tonto.

—No, sólo probaba un punto. Ahora libérame —espetó Royce—. ¡Ahora!

Demetri soltó al hombre con un gruñido. Se enredó una mano por el pelo -pero no vomitó-.

—¿Y qué punto estás tratando de demostrar?

—Que no puedes obligarme a hacer nada.

—Puedo y lo hice. Lo haré.

—Si piensas así, entonces eres tan iluso como dices que yo lo soy sobre mi diosa.

Carlisle no estaba seguro como Demetri podía tolerar el contacto del otro, cuando le molestaba el de los demás.

—¿Puedo interrumpir? —preguntó. Demetri se dio la vuelta para mirarlo de frente, el color rojo inundaba sus mejillas.

—Voy a pegarle hasta la sumisión, si debo hacerlo —murmuró.

—Lo que sea —Royce caminó alejándose hasta una puerta que cerró detrás de él.

Carlisle arqueó una ceja, pero no mencionó nada sobre el desafío del caído.

—Te encontré a una mujer, amigo mío.

Demetri bajo la mirada hacia sus pies, ocultando cualquier emoción que hubiera surgido en esos ojos color carmesí.

—No esta noche. Estoy muy cansado.

—Pero...

—No. No puedo. Solo no puedo. Algo estaba pasando con él. Algo más de lo habitual.

—Se la daré a Félix, entonces.

Un débil asentimiento del guerrero.

Él debía irse. Carlisle sabía que tenía que irse, pero no se atrevía a abandonar a su mejor amigo. Cuando Demetri parecía tan atormentado. Tenía que haber algo que pudiera decir para ayudar.

—Me vendría bien algo de compañía. ¿Quieres venir conmigo?

—Yo... sí. —Lanzó una mirada por encima del hombro a la puerta de Royce—. Muy bien.

Se habría cortado antes de rechazarlo. Demetri le quería demasiado como para negarle algo. Carlisle sabía que su amigo hubiera preferido quedarse aquí, tratando de conseguir el voto de comportarse del ángel caído, pero no estaba seguro de que fuera sabio. Los dos lucharían de nuevo, y tan cerca del borde como Demetri estaba, podría hacer algo de lo que se arrepentiría. Como asesinar a la primera persona que había... sido su amigo, no, tal vez esa no era la palabra. Tal vez... tolerado, debido a su tortura.

—Te quiero, lo sabes —le dijo el guerrero a mitad de camino por el pasillo—. Sin importar qué, te quiero.

—Como yo te quiero.

Cuando volvió a entrar en su dormitorio, Carlisle se sorprendió al encontrar a Heidi y Félix de pie cada uno frente al otro, silenciosos y mirándose.

De una escena violenta a otra. Bueno, él ciertamente había conseguido la distracción que había anhelado, no.

—¿Pasa algo? —preguntó Carlisle.

Ambos le lanzaron una mueca, pero sólo Heidi respondió.

—No. Nada. Simplemente disfrutaba... del ingenio... de tu amigo —su mirada se enganchó en Demetri. Se lamió los labios, y pasó de un pie al otro—. Hola —dijo, la voz ahora un susurro brillante.

Su amigo no ofreció ninguna reacción.

El sabor acre de su mentira reclamó la atención de Carlisle. Ella no había disfrutado de nada. Haciendo una mueca, se dirigió a la barra del bar y llenó tres vasos con whisky de malta. Se tomó el suyo y dio a sus amigos el de ellos, a sabiendas de que odiaban el sabor asqueroso de la mentira tanto como él lo hacía. Ellos aceptaron con gratitud.

—No puedo estar con esta criatura —dijo Félix, su disgusto claro.

—Tú nunca estuviste en el menú —respondió ella con acritud, contemplando todavía a Demetri.

Tan reticente como se había visto abajo en el bar, ahora parecía una chica ansiosa, lista para abrir sus regalos de Navidad.

—Lo que ha resultado ser un bendito día, entonces —dijo Félix secamente.

—Me he comido niños pequeños como tú para el desayuno. Créame, no quieres meterte conmigo.

Félix fue rápido en devolverla.

—En realidad, no hay nada más que prefiera hacer que meterme contigo. Y dudo que los hayas comido a menos que fuera un festín con sus cadáveres en descomposición.

Ella perdió su entusiasmo. En realidad parecía insultada.

—Yo no me hago un festín con los muertos.

—¿Estás segura de eso?

El codo de ella batió hacia atrás, y luego cerró de golpe hacia adelante. Si Félix no hubiera tenido reflejos increíbles, le habría roto la nariz. Así las cosas, él era capaz de atrapar en el aire su puño, previniendo cualquier daño.

—Tan débil —dijo Félix, con más de ese disgusto. El asco ya mezclado con la superioridad.

—¿Es así? —golpeó su frente en la suya, y esta vez no pudo detenerla. Un gruñido lo dejó mientras la liberaba. Él se tambaleó sobre sus pies.

La ira se levantó en el interior de Carlisle.

—No lastimarás a mis amigos, mujer. Nunca. Me dijiste que no lo harías, y escuché la verdad en tus palabras.

Ella levantó la nariz.

—Debí haber mentido.

No. Lo habría detectado. Pero era evidente que había cambiado de opinión.

—Vas a irte ahora —dijo Carlisle. Como si eso hubiera estado todavía en cuestión. Ella tenía suerte de seguir viva—. Te acompañaré fuera.

—¿Acompañarme para sacarme como a alguna basura? No lo creo —giró sobre sus talones y lo taladró con la fiereza de su ceño fruncido—. Me voy sola.

—Siéntete libre —él se movió a un lado.

Lanzó a Demetri otra mirada, como si esperara que él hiciera o dijera algo. El guerrero no lo hizo. Por último, pisoteó pasando a Carlisle, y a Demetri -cuidando de no tocarlo-. La puerta se cerró de golpe detrás de ella.

¿Cuántas puertas se vería obligado a cambiar antes de que esta noche terminara?

Mantuvo su mirada en los monitores, asegurándose de que ella dejaba el club. Una llamada rápida, y añadiría su nombre a la lista de personas a las que nunca se les permitiría regresar.

—¿Hay algo que pueda hacer por ti? —escuchó que Demetri le preguntaba a Félix.

—No —la palabra sonó como si hubiera sido empujada a través de una caverna de cristales rotos.

—Mis disculpas por la mala selección —dijo Carlisle—. Si quieres a alguien, puedo...

—¡No! —dijeron al unísono. Me parece justo.

—¿Qué te ha dicho después de mi partida? —le preguntó. Félix masajeó la parte posterior de su cuello.

—Que ella es un lector de la mente.

Los ojos de Demetri se abrieron mientras daba un paso atrás, hacia la puerta, como si se preparara para cazarla y matarla.

—Lo sé —dijo Carlisle—. Me imaginé que era un precio que valía la pena pagar por una hora de su tiempo. Además, no tendría mucho de nosotros. Meros pensamientos sexuales.

Los ojos del arco iris de otro mundo brillaron de rabia cuando Félix espetó:

—Mencionó lo que nos había sucedido a nosotros. Sabía todos los detalles.

—Imposible —sólo ellos tres sabían lo peor de los detalles, y no había manera de que ella pudiera haberlo descubierto tan enterrados profundamente, incluso con semanas de constante contacto.

—Sin embargo. Lo hizo.

Debí haberla matado. Carlisle tomó su teléfono por segunda vez y habló al vampiro al otro extremo.

—He cambiado de opinión. Si la mujer llamada Heidi vuelve, detenla. —Asentó el receptor de nuevo en su base y luchó por la calma—. ¿Qué vamos a hacer el resto de la noche?

—Hace años que no habían pasado una noche sin que al menos uno de ellos estuviera con una mujer, pero ahora más que nunca, estaba desesperado por una distracción.

—Quiero discutir la manera de rescatar el cuerpo de María para que podamos darle un entierro apropiado —dijo Demetri.

Con los hombros caídos, Félix murmuró:

—Si queda algo de ella.

—No lo sabremos hasta que la encontremos —dijo Carlisle—. Tenemos que buscar en cada posible escondite de demonios.

—Pero vamos a poner nuestras propias vidas en riesgo por una mujer muerta — se apresuró a añadir Félix.

Buscando un escondite fue por lo que les habían capturado hacía tanto tiempo.

—Algunas vidas. De todas formas por lo que valen, ya estamos muertos — respondió Demetri en voz baja.