· ESPERARÉ LO QUE HAGA FALTA ·
El dulce gorjeo de los pájaros interrumpió el sueño de Elizabeth, cuyos ojos se fueron abriendo poco a poco hasta habituarse a la luz del nuevo día. Se restregó los lagrimales y ladeó la cabeza hacia su izquierda, encontrándose a apenas un palmo de distancia con el atractivo semblante de Peter, quien dormía plácidamente enredado en las sábanas de seda.
Esbozó una sonrisilla tímida al tiempo que el rubor se adueñaba de sus mejillas. Era consciente de que aquello no era propio de una dama, menos aún de una futura reina, pero no podía negar que la presencia del Sumo Monarca le reconfortaba. La noche anterior, luego de haberle confesado el origen de su desvelo y cómo se sentía, se tumbaron en la cama y charlaron hasta quedarse dormidos. Jamás pensó que disfrutaría tanto de la compañía de un simple humano.
Procurando hacer el menos ruido posible, apartó de su cintura los fuertes brazos de Peter e hizo el amago de levantarse. No obstante, antes de que pudiera poner un solo pie en el suelo, el chico se despegó del colchón y aprisionó su brazo, haciendo que perdiera el equilibrio y cayese a su lado entre continuas carcajadas. Una vez concluida aquella inesperada guerra de cosquillas con Peter proclamándose vencedor, la joven bruja se topó con sus orbes azules, que la observaban llenos de picardía.
—¿Adónde crees que vas, princesa? —inquirió a la par que esbozaba una sonrisa condenadamente seductora.
Elizabeth se mordió el labio inferior, nerviosa.
—Por si no lo sabías, hoy es mi coronación —contestó con simpleza, como si lo que acababa de decir fuese lo más obvio del mundo. El rubio, que permanecía sobre ella en una posición un tanto comprometida, arqueó una ceja no muy conforme con la respuesta—. Ya ha amanecido y las doncellas del castillo no tardarán en personarse en mis aposentos, ¿qué crees que pensarán si ven que no he dormido en ellos? Además, una reina debe estar perfecta el día de su nombramiento… —Ante la cercanía de sus respectivos rostros, la voz se le quebró hasta no ser más que un susurro.
—Estoy seguro de que podrán esperar —musitó el mayor de los Pevensie, a punto de besarla.
Antes de que sus labios llegaran a rozarse, Elizabeth se apartó; le agarró por las muñecas y, empleando toda su fuerza, logró derribarlo. Rodó hacia su derecha y sin darle tiempo a reaccionar se sentó encima de él, inmovilizándolo por completo. El joven no pudo hacer otra cosa que mirarla con desconcierto.
»Muy graciosa…
La aludida esbozó una sonrisa mordaz.
—Puedo contigo, no lo olvides nunca —le susurró al oído, deleitándose con el suave aroma que desprendía su cabello.
—Eso crees, ¿eh? —Peter la sorprendió incorporándose de nuevo y deslizando la diestra por una de sus piernas, allá donde aquel fino camisón no ocultaba su piel bronceada, mientras con la zurda alzaba su mentón. Admiró sus labios durante unos segundos, para luego atacarlos con beso salvaje y pasional. La chica correspondió el arrebato del monarca con cierta torpeza y enredó los brazos alrededor de su cuello. Cuando se separaron por la falta de oxígeno, él acarició su sonrosada mejilla con el pulgar—. Te quiero, Elizabeth. Ahora lo sé. —La mencionada le miró directamente a los ojos, asombrada. El hormigueo de su estómago había aumentado de forma considerable—. Y por esa razón no puedo obligarte a hacer algo que no quieres —alegó mientras colocaba un mechón rizado detrás de su oreja.
Elizabeth carraspeó y tomó asiento a su lado. Mentiría si dijera que estaba preparada para dar ese gran paso. Era un tema bastante delicado y que todavía le asustaba, temía no estar a la altura de sus expectativas… aunque el hecho de que Peter lo comprendiera le tranquilizaba a más no poder. Pestañeó varias veces, algo cohibida y tomó una gran bocanada de aire antes de responder:
—Necesito tiempo —murmuró con un hilo de voz.
El Sumo Monarca sonrió.
—Esperaré lo que haga falta —prometió, entrelazando su mano con la suya—. Nos vemos luego.
Elizabeth asintió y, una vez que se hubieron despedido, caminó hacia la puerta dispuesta a regresar a su alcoba. Como bien había dicho ese era el día de su coronación, aquel con el que había fantaseado cientos de veces, y tenía que estar perfecta. Nada ni nadie podría arruinar un momento tan especial o, al menos, eso era lo que quería pensar.
Ya en su dormitorio dos jóvenes doncellas le ayudaban a ponerse el vestido que, tras más de media hora de indecisión, había sido el elegido. En cuanto terminaron de abrochárselo a la espalda, las dos criadas de edad similar a la princesa admiraron satisfechas lo bien que la prenda se ceñía a su silueta.
Elizabeth, recogiéndose un poco la falda para no pisársela con los zapatos, se aproximó al espejo que permanecía apostado en un rincón de la estancia y examinó con sumo detenimiento su reflejo: la tela del vestido era brillante y jovial, de un color morado violáceo con detalles en azul que contrastaba a la perfección con sus ojos; una gasa semitransparente cubría su espalda y brazos, cayendo hasta el suelo en forma de cola; y otros accesorios, tales como dos brazaletes y un cinturón dorados, hacían que el conjunto fuese todavía más espectacular. Por último, un pasador con pequeños zafiros y amatistas incrustados en la base mantenía recogidos algunos mechones laterales para que no irrumpiesen en su campo visual, dejando el resto de su larga melena suelta.
—Está perfecta, mi señora —pronunció una de las sirvientas.
—Deslumbrante —secundó la otra.
Elizabeth se giró hacia ellas y esbozó una amplia sonrisa.
—Os agradezco los cumplidos, pero no son necesarias tantas formalidades —puntualizó, haciendo que ambas asintieran con la cabeza—. Podéis retiraros, no quisiera entreteneros más de lo necesario.
Las dos muchachas, quienes, a juzgar por el increíble parecido físico que compartían, eran hermanas, realizaron una sutil reverencia y abandonaron el aposento. Apenas un minuto después, Susan y Lucy irrumpieron en él. Ambas portaban unas expresiones de lo más sonrientes y, al igual que Elizabeth, ya estaban preparadas para el inicio de la ceremonia.
La menor de los Pevensie lucía un bonito vestido de color verde, cuya falda plisada permanecía adornada con distinguidos bordados que simulaban enredaderas y flores, y su cabello cobrizo estaba recogido en una trenza de raíz que le llegaba hasta la mitad de la espalda. Por otro lado, el vestido azul pálido de Susan era simplemente precioso, realzando su tez pálida y sus ojos grises.
—¡Elizabeth estás increíble! —exclamó Lucy, viéndose incapaz de contener la emoción.
—No más que las Reinas de Antaño —adujo la susodicha, acercándose con paso sereno a ellas—. Me siento… extraña. Hacía mucho tiempo que no me ponía un vestido así. Bueno, creo que nunca —añadió con un deje de inseguridad en la voz. Estaba acostumbrada a vivir en cuevas y refugios subterráneos, a despreocuparse de su aspecto y lidiar con multitud de enemigos en el campo de batalla, por lo que tardaría en acostumbrarse a todos esos lujos.
Susan y Lucy se lanzaron una mirada cómplice, justo antes de envolver a la rubia en un abrazo grupal. En un principio, esta se quedó estática en su sitio pero cuando recobró la compostura no dudó en corresponder aquel gesto tan tierno. Necesitaba apoyo moral más que nunca.
—Tranquila, todo saldrá bien. Ya lo verás —aseguró la Benévola—. Hoy es tu día, así que disfrútalo al máximo. —Dicho esto, las tres se separaron.
—Nada de esto hubiera sido posible sin vuestra ayuda. —Los luceros de Elizabeth se iban cristalizando con cada palabra que salía de su boca—. Os estaré eternamente agradecida. —Las hermanas Pevensie estrecharon sus manos con dulzura.
En ese momento la mirada azulada de la princesa se cruzó con la oscura de Caspian, que acababa de aparecer en el umbral de la puerta. El joven telmarino también estaba listo e iba ataviado con los ropajes típicos de los líderes de Telmar. Tras reparar en su presencia, Susan y Lucy se miraron entre sí.
—Os dejaremos solos —dijo la pequeña. Inclinó la cabeza a modo de reverencia y echó a andar hacia la salida seguida de su hermana.
Pasaron al lado de Caspian, a quien dedicaron una efímera sonrisa y cerraron la puerta tras de sí. El moreno se detuvo frente a Elizabeth, que fingió estar tranquila entrelazando las manos sobre su regazo.
—Te lo habrán dicho ya, pero… estás preciosa. —El príncipe tragó saliva, parecía inquieto.
—Gracias —contestó la muchacha, riendo por lo bajo—. Tú también estás muy apuesto. —El aludido suavizó la expresión de su semblante al oírlo y, una vez más, se perdió en los hermosos iris de la narniana. Esta se vio en la obligación de colocarse un mechón detrás de la oreja para poder disimular su sonrojo.
Caspian se aclaró la garganta.
—¿Nerviosa?
—Un poco —admitió Elizabeth, encogiéndose de hombros—. Aunque… me alivia saber que no estoy sola en esto —confesó. Sus miradas volvieron a encontrarse: agua y tierra.
El moreno elevó las comisuras de sus labios en una sonrisa.
—A mí también me alegra compartir este momento contigo. ¿Lista? —Su voz sonó firme y segura, dejando a un lado todos sus miedos.
—Sí. —Elizabeth agarró el brazo que le había ofrecido Caspian y juntos se dirigieron hacia la sala del trono, donde numerosos narnianos y humanos se reunirían por primera vez en mucho tiempo para presenciar su ascenso de príncipes y reyes.
La cámara donde se llevarían a cabo las coronaciones se hallaba ya en su total plenitud. A través de los enormes ventanales y cristaleras se colaba la tibia luz del sol; las vertiginosas columnas de piedra estaban decoradas con cintas de diversas texturas y colores, predominando sobre todo el rojo y el dorado; e infinidad de estandartes con el emblema del Gran León se alzaban imperiosos hasta casi tocar el techo.
Había dos conglomeraciones de gente, separadas por un estrecho pasillo en el centro de la estancia. Aslan hizo su aparición y lo recorrió con paso majestuoso hasta llegar a un pequeño altar. En primera fila y próximos a él se encontraban los hermanos Pevensie.
Fue entonces cuando el sonido de las trompetas inundó la sala y la gran puerta de hierro se abrió de par en par, dando paso a Caspian y Elizabeth, quienes fueron recibidos con infinidad de aplausos y aclamaciones. Todos los allí presentes contemplaban maravillados la marcha de ambos jóvenes, que se detuvieron frente al león y realizaron una reverencia en señal de respeto.
—Hoy es un gran día para Narnia, pues dos nuevos reyes están a punto de alzarse en el firmamento —pronunció Aslan con voz melodiosa.
Las piernas de Elizabeth empezaron a temblar como alfileres, por lo que cerró los ojos e inspiró hondo. A medida que su progenitor iba hablando, no podía evitar lanzarle alguna que otra mirada de soslayo al príncipe telmarino. Este, al reparar en su desasosiego, rozó el dorso de su mano con los dedos, recibiendo una pequeña sonrisa de parte de la rubia.
»Largo tiempo narnianos y telmarinos han vivido enfrentados y en constante lucha. Sin embargo, me enorgullece decir que a partir de ahora todos coexistiremos en plena paz y armonía. —Los invitados escuchaban atentos las palabras del Gran León, sin querer perderse detalle.
Un fauno se aproximó a Caspian, sosteniendo una portentosa corona de oro macizo y piedras preciosas. El muchacho hincó la rodilla en el suelo y agachó la cabeza.
»Por tu honor y no menor valor, en nombre de las lejanas tierras de Telmar, yo te corono Rey Caspian X —prosiguió Aslan, al tiempo que el narniano depositaba la corona sobre sus oscuros cabellos. Instantes después, el susodicho se puso en pie lleno de orgullo.
Entretanto, un joven humano se posicionó frente a Elizabeth.
»Por tu amor y fidelidad a Narnia, en nombre de las Montañas del Norte, hogar de las Brujas de Valhem, yo te corono Reina Elizabeth: la Salvadora. —La muchacha se arrodilló, permitiendo que el hombre le colocase una fina tiara bañada en oro blanco y decorada con hojas de plata y flores de marfil.
Luego de ponerse en pie con ayuda de Caspian, ambos se giraron hacia sus nuevos súbditos que estallaron en vítores y aplausos.
—¡Larga vida al rey Caspian!, ¡larga vida a la reina Elizabeth! —exclamaban todos, pletóricos.
La hija de Aslan cuadró los hombros e irguió el mentón, sabiendo que su querida madre, allá donde estuviera, se sentiría muy orgullosa de ella.
Un exquisito banquete, del que todo el mundo disfrutó hasta saciarse, tuvo lugar tras las coronaciones y, pasado ya el mediodía, se celebró un baile en honor a los nuevos monarcas.
Los Grandes Reyes del Pasado bailaron sin descanso, igual que Caspian y Elizabeth. Esta última se encontraba danzando con Edmund cuando Aslan la mandó llamar, de modo que se despidió del moreno y salió a los jardines exteriores del castillo para reunirse con su progenitor.
—¿Ocurre algo? —inquirió la chica, dada la seriedad con la que le miraba el león.
—Tenemos que hablar, querida. —Su voz sonó apenada, provocando que el corazón de la bruja diese un vuelco. Aquello no auguraba nada bueno—. Soy consciente del fuerte vínculo que te mantiene unida a los Pevensie —continuó diciendo sin apartar la vista de ella—. En especial a Peter.
Ante ese último comentario, las mejillas de la aludida adquirieron un tenue color carmesí.
—Es cierto —se dispuso a confesar—. A Susan, Edmund y Lucy los considero de la familia. No obstante, con Peter es… distinto. —Realizó una pequeña pausa para tomar aire y aclararse las ideas—. Le amo, padre. Él es el único que me ha hecho sentir viva después de tanto tiempo. —Se encogió de hombros a la par que una efímera sonrisa asomaba a su rostro.
—Lo sé, hija mía. Me temo que ese es precisamente el motivo por el cual te he hecho llamar. —Sus palabras borraron cualquier atisbo de felicidad en ella.
—N-no lo entiendo… ¿a qué te refieres? —quiso saber, presa de la confusión.
—Conoces bien la respuesta. —La respiración de la joven se aceleró en menos de un pestañeo y el corazón parecía que estaba a punto de salírsele del pecho. Tragó en seco y le instó con la mirada a que continuase—. Ellos no pertenecen a este mundo, Elizabeth —señaló, haciendo que ella negara con la cabeza—. Su tiempo aquí ha concluido, es hora de que regresen a su verdadero hogar.
De nuevo las piernas le fallaron, aunque hizo todo lo posible por mantenerse firme. Reculó un par de pasos, sin poder evitar que sus radiantes ojos se llenasen de lágrimas de pura rabia e impotencia. Aquello no podía estar pasando, simplemente se negaba a creerlo.
—¡Su lugar está aquí! —exclamó, furiosa. Sentía que le faltaba el aire.
—Sabías tan bien como yo que este momento llegaría tarde o temprano —repuso Aslan.
—No… —Sus cuerdas vocales se agarrotaron.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, así que dejó de contenerse y echó a correr lo más rápido que pudo, perdiéndose en el laberinto de setos y arcos florales. Lo peor de todo era que, muy en el fondo, sabía que tenía razón. Peter, Susan, Edmund y Lucy debían volver a su mundo, pero… ¿cómo iba a dejar partir a aquellos que se habían convertido en su familia?
Era injusto y, sobre todo, doloroso.
