Hola! Antes que nada, perdooooooooooooon! Pensaba que ya había subido este capi, no sé que pasó :S

De todos modos me disculpo por la espera!

Gracias a Rossy-Bells Cullen, a Isis Janet, a Lady Stew y a CarlieCullen13 por dejar reviews! Y a todos y todas l s que siguen la historia o la tienen en sus favoritas.

Disfruten:


Capítulo 21: Pequeñas alegrías

"Hey brother, do you still believe in one another?
Hey sister, do you still believe in love, I wonder?
Oh, if the sky comes falling down, for you,
There's nothing in this world I wouldn't do."

Hey, brother –Avicii ft. Dan Tyminski

Un poco más de una semana había pasado de la fiesta de Cotillón y el Jefe de Policía de Forks todavía no asomaba la cabeza por nuestros lares. No sabía cómo debía tomármelo, pero todo el asunto me revolvía el estómago cada vez que me detenía a pensarlo. Cada día la ansiedad se hacía presente con más intensidad cuando éste terminaba y me daba cuenta que había sido un día más sin la interferencia del Jefe Masen. Si algo me había enseñado la experiencia, era que Charlie era un individuo vengativo– el hecho de que todavía no había hecho acto de presencia era un detalle muy ambiguo. Podía significar mayormente dos cosas: o tenía otros asuntos más importantes que atender, o bien estaba dejando que bajáramos la guardia para agarrarnos desprevenidos.

Ninguna de las dos opciones era de mi agrado– si fuera por mí, nos hubiéramos agarrado a piñas en la fiesta y todo hubiese terminado ahí… porque claro, otra cosa que me había enseñado la experiencia era que el tiempo hace que las heridas se infecten.

Lo único bueno que le había sacado a esa noche era que, justo antes de retirarme, Pedro me había ofrecido un trabajo con horarios flexibles en el taller del hospital, haciendo mantenimiento a las ambulancias todas las tardes después de la escuela. No sorprendentemente, el marido de la Sra. Cope se había enterado de que me había ido de lo de Charlie –de lo cual me confesó estar aliviado–, y había intuido que necesitaría un ingreso– cuando su ayudante de taller renunció para irse a vivir con su novia a Port Angeles me ofreció el empleo y por supuesto, no dudé en tomarlo. Si había algo con lo que me sentía cómodo haciendo era trabajar con herramientas.

Por otra parte, las cosas con Bella estaban relativamente bien. Mis hermanos sabían que éramos novios desde la fiesta– aunque sospechaba que mi hermana ya lo intuía desde antes que eso… ¡creo que sabía desde antes que yo! Lo bueno es que Jenna aprobaba la relación al verme feliz y tranquilo. Se llevaba muy bien con Bella y pasaban bastante tiempo conversando cuando yo estaba ocupado haciendo cosas como tarea o arreglos en la casa. Me había dicho en muchas ocasiones que Isabella era una buena influencia para mí, que me mantenía lejos de problemas, y que si la dejaba ir terminaría recibiéndome por idiota sin remedio. No le discutía eso– aunque era estúpido en sí pensar que yo podría dejarla.

Bella y yo también estábamos bastante cómodos con nuestra relación. Pasábamos todo el tiempo que podíamos juntos cuando no teníamos otras cosas o responsabilidades que hacer. Ella venía a casa a la mañana y yo nos llevaba a la escuela en mi camioneta. Cuando salíamos yo me iba a trabajar y ella a su casa con sus hermanos. A la noche Bella se colaba por la ventana de mi habitación y nos quedábamos hasta altas horas de la noche hablando o simplemente disfrutando de la compañía del otro. Me costaba mucho, pero paraba cada vez que la veía vacilante cuando las cosas se calentaban demasiado. Una parte de mí razonaba que Bella era nueva en el prospecto del sexo –ella misma me lo había confesado–, era natural que estuviera renuente a dejarse llevar por sus instintos, pero la parte más insegura de mí temía que fuera otra cosa. Cada vez que Bella frenaba mis caricias o ponía sus manos contra mi pecho para detener mis avances, el monstruo de la duda asomaba su cabeza por encima de mi hombro. Estaba empezando a creer que se debía a algo más profundo que su inexperiencia– empezaba a pensar que me tenía miedo… y eso me aterrorizaba. Me disgustaba profundamente que ella no pudiera relajarse conmigo, me hacía pensar en Charlie y me preguntaba si veía algo de él en mí cuando estábamos juntos de esa manera.

Lo peor de todo era que con eso colgando sobre mi cabeza todo el tiempo, las pesadillas que había mantenido a raya los últimos días en compañía de Isabella, estaban volviendo. Bella había intentado hacerme hablar sobre ello un par de días atrás luego de que despertara muy perturbado en medio de la noche y al borde de una taquicardia. Pero por mi vida no iba a hablar de esas cosas con ella, y podía ver en su mirada que la hería con mis rotundas negativas sobre el asunto; sin embargo no podía– temía que cambiara la forma en que me veía si supiera las cosas que acechan justo fuera de mi consciencia.

De verdad que estaba jodido de por vida, y no había a nadie más a quien culpar más que a mí mismo… bueno también a mis padres, razoné para mis adentros; pero ellos sólo eran una parte– si bien una parte grande, seguían siendo eso: una parte.

–¿Edward, estás bien? –la voz de Pedro interrumpió mis pensamientos.

Volví a enfocarme en el presente y alcé mi vista para mirar a mi jefe. Estaba estudiándome atentamente con las manos metidas dentro del capó de una de las ambulancias del hospital.

–Sí –fruncí el entrecejo en confusión–. ¿Por qué preguntas?

–Llevas unos veinte minutos cepillando el mismo bulón –observó a la vez que señalaba a mis manos.

Miré hacia las mismas y efectivamente había dejado reluciente el bulón de acero que había sacado del pistón de un motor media hora antes. Lo dejé a un costado poniéndome rojo de la vergüenza.

–Sí, bueno… ahora está limpio –arreglé haciéndome el indiferente.

–No te discuto eso –comentó con una sonrisa divertida, luego volvió su atención a la tarea que estaba haciendo–. ¿Me alcanzas la llave que tienes al lado?

–Claro.

Me levanté del suelo lleno de partes de motor en las que estaba trabajando y le alcancé la llave que me estaba pidiendo. Me quedé a su lado para ayudarlo si lo necesitaba mientras charlábamos tranquilamente debajo del capó.

Tres horas más tarde, con el sol ya escondido detrás del horizonte y la luna tapada por las nubes, estaba dejando el taller para ir a mi casa. Estaba reventado, había trabajado sin descanso para irme lo más temprano posible. Era viernes y Bella se había ido de caza con Alice y Esme, así que mi única excusa para llegar temprano a casa era tumbarme en la cama y amanecer el lunes, que por suerte era feriado. La semana me había dejado sin más fuerzas para seguir.

Al entrar en la casa me encontré con silencio absoluto y las luces apagadas. Qué raro, pensé arrugando el ceño en confusión. Jenna debería haber vuelto de la facultad hace rato. Iba a dar un paso cuando un ruido me hizo sobresaltar. Venía de algún lado de la casa, pero no podía estar seguro de dónde.

Era hora, pensé mientras visualizaba la manera en que le rompería la cabeza a Charlie por invadir propiedad ajena. No me importaba que fuera un policía, dentro de mi casa podía molerlo a palos y alegar haberlo confundido por un ladrón.

Iba a disfrutar esto.

Sin hacer un sonido, cerré la puerta y me incliné hacia el costado para agarrar el bate de béisbol que dejábamos al lado de la puerta. Lo empuñé con firmeza mientras caminaba sigilosamente hacia el pasillo. Miré hacia atrás para cerciorarme que la cocina estuviera vacía y luego me adentré hacia donde estaban los dormitorios. Estaba echando un vistazo al mío cuando otro ruido me sobresaltó. Era como si estuvieran revolviendo cosas dentro de un cajón.

Esta vez provenía claramente del baño.

Otra vez fruncí el ceño en confusión. Quizás Jenna sí estaba en casa después de todo– no me imaginaba a Charlie saqueando el baño de todos los lugares posibles.

Volví a avanzar en silencio y me asomé furtivamente por la puerta. Mi postura se relajó inmediatamente al mismo tiempo que bajaba el bate.

–¿Jenna?

La aludida soltó un breve chillido de sorpresa que me hizo sobresaltar nuevamente y volteó desde su posición frente a los cajones que había debajo de la pileta. Mi postura volvió a envararse cuando noté los ojos hinchados y las lágrimas que caían de ellos.

–¿Jenna? –me alarmé cuando no respondió.

Me adentré un paso al baño y me frené cuando mis ojos fueron por acto reflejo a lo que sostenía en sus manos. Una caja rectangular que me era familiar como a cualquiera que hubiese puesto un pie en una farmacia alguna vez.

Jenna se mordió el labio y pasó su mano por su cara para limpiarse las lágrimas. No tenía sentido esconderse ahora.

Sin decir una palabra, me adelanté para tomar la caja en mis manos e inspeccionarla.

–¿Crees que…? –empecé a preguntar pero no terminé la frase.

Subí mis ojos a los suyos para estudiarlos. Ella asintió.

–No estoy del todo segura, pero puede ser –respondió.

Deduje que mi mente estaba en una especie de shock ya que no había manera de que pudiese estar tan calmado como aparentaba. Bajé mis ojos para volver a posarlos en la prueba de embarazo. Deliberé medio segundo y se la volví a poner en las manos.

–Hazte la prueba.

Jenna bajó su vista hasta la caja.

–Nunca hice esto, ¿sabes? –dijo con la voz ronca y baja, como si estuviera hablándose a sí misma, mientras volvía a secarse las lágrimas. No sabía qué quería que le dijera así que no dije nada–. Creo que debería haber comprado varias.

–¿Por qué? –pregunté confundido. Este era un tema que escapaba de mi capacidad.

–Dicen que es conveniente, para estar más segura…

–Bueno, tú sólo hazte la prueba, yo iré a comprar otras si quieres –aseguré volteándome para salir.

–¡No! –me detuvo, empezando a agitarse–. No te vayas, quédate en casa por favor… No quiero hacer esto sola –las lágrimas ahora caían con más fuerza.

A veces me olvidaba que por más que actuara como una adulta, mi hermana no era mucho mayor que yo. La miré por un segundo y luego suspiré derrotado– no podía negarme cuando estaba así de alterada.

–De acuerdo, no me iré, esperaré afuera, ¿de acuerdo?

Jenna se volvió a morder el labio, suspiró y asintió.

Salí del baño, cerrando la puerta detrás de mí. Una vez sin audiencia largué el aire que estaba conteniendo en mis pulmones y empuñé mi cabello en mis manos.

Este no era el fin de semana tranquilo que yo había imaginado.

La ansiedad tan familiar estaba empezando a comer mi subconsciente, acabando mordisco a mordisco con mi sanidad. Las paredes se estaban cerrando alrededor de mí. Estaba por entrar en un ataque de pánico– podía sentirlo. Joder. No puedo hacer esto solo, necesito una cabeza fría para esto. Solté una risa nerviosa al darme cuenta cuán preciso había sonado eso. En una decisión espontánea, saqué mi celular del bolsillo y pulsé el nueve para el marcado automático. El tono dio tres veces hasta que respondieron del otro lado de la línea.

–¿Hola?

Mierda… Bueno, tenía que hacer lo mejor con lo que tenía, y lamentablemente era la única Cullen mujer que había quedado en Forks este fin de semana.

–Rosalie, es Edward.

–Bella no está aquí –la rubia respondió cortante.

Casi podía sentir sus ojos hostiles sobre mí.

–No, Rosalie, no llamo por Bella. Necesito un favor de ti…

Silencio.

–De acuerdo, estoy intrigada. ¿Qué ocurre?

De todo, maldita sea, ¡de todo! Largué un suspiro quebrado que casi pareció un sollozo. Me mordí el labio y me pasé la mano por mi cabello de pura desesperación, la cual, por cierto, estaba temblando. ¡Joder, no ahora, por favor! Me sentía tan fuera de mí que no sabía si quería reír, llorar o gritar. Sobre todo no quería llorar– y menos delante de Rosalie Hale.

Mi espalda se deslizó por la pared cuando mis rodillas me fallaron. Caí sentado con un ruido apagado. Me pasé la mano otra vez por el pelo.

–¿Edward? –la voz hermosa de Rosalie sonó un poco nerviosa, lo que era extraño viniendo de la reina del hielo–. ¿Estás herido? ¿Qué pasa?

Me obligué a serenarme como pude. Tomé aire profundo en un intento de luchar contra la ola de pánico que me tenía la tráquea cerrada dentro de un puño invisible.

–Necesito que vengas a la casa de mi hermana, ¿sabes dónde queda? –pregunté palpando mis bolsillos con un deje de desesperación en busca de mi paquete de cigarrillos.

–Sí. ¿Qué pasa? –preguntó con más insistencia.

–Necesita una mujer para esto, yo no creo poder ayudarla, no sé qué hacer más que estar aquí y no dejarla sola –era consciente de que estaba desvariando, pero no podía callarme lo suficiente para ordenar mis pensamientos en oraciones que tuvieran algo de sentido.

Además, la búsqueda de mis liberadores de estrés estaba demandando la mayor parte de mi atención en ese momento.

–De acuerdo, francamente no te entiendo un carajo pero ahora voy para allá, quédate donde estés… Más vale que esto valga la pena –agregó lo último como para sí misma.

–Gracias Rosalie –tragué aire compulsivamente al mismo tiempo que recordaba haber dejado los cigarros dentro de mi camioneta–. Te debo una grande.

–No digas eso sin pensar en las consecuencias, humano –fue lo último que escuché antes de que la conexión se cortara.

Me paré, puse el celular en mi bolsillo y me agarré el puente de mi nariz mientras me dirigía a mi coche. ¿Qué carajo fue lo que me convenció de que estaba mejor con Rosalie que solo?

Esperaba no arrepentirme de esto.


Terminé de aplastar la colilla de mi tercer cigarrillo consecutivo cuando el deportivo de la hermana de Bella asomó por la esquina de la cuadra. El BMW rojo frenó a unos metros de donde estaba sentado. El ronroneo del motor cesó y la rubia bajó con una gracia que no pertenecía al lugar al cual estaba pisando, se acercó y se detuvo cuando estuvo a un paso de mí, manteniendo una distancia visible.

–¿Y bien? –alzó las cejas y gesticuló con impaciencia–. ¿Qué diablos pasa?

–Mi hermana necesita ayuda.

Sus cejas se alzaron todavía más.

–¿Qué clase de ayuda? –preguntó con un tinte de sospecha.

–Mira, necesita… ayuda femenina. Llamé a tu casa porque no pensé en nadie más para esto, pero después recordé que Bella no estaba –dije empezando a perder la calma mientras me incorporaba de mi lugar en el escalón del porche para gesticular abiertamente con mis brazos.

–¿Pero qué diablos pasa? –interrumpió mis divagaciones, exasperada.

–Puede-que-esté-embarazada –solté casi inteligiblemente mientras me repateaba mentalmente al escuchar cuán confuso habían sonado las palabras arrastradas.

Cuán idiota puedes ser, Edward, cuán difícil puede ser decir algo bien. Hice una pausa en mi propio monólogo interno cuando me di cuenta que, literalmente, había dejado muda a Rosalie Hale Cullen. Creo que era una hazaña en la que había sido el primero y único en triunfar. No la culpo– después de cortar la llamada estuve al borde de una crisis nerviosa al menos dos veces. Primero, cuando no pude encontrar las llaves de mi camioneta; y segundo, luego de haberlas encontrado, cuando no pude abrir la guantera donde había dejado mis cigarrillos sino hasta luego del cuarto intento.

–¿Y qué estás haciendo aquí afuera? ¿Por qué no estás con ella? –preguntó Rosalie, trayéndome de vuelta a la situación mientras echaba una rápida mirada por encima de mi hombro hacia la casa.

–Porque me rajó –solté sintiendo como el rubor subía por mi cuello. Dos veces en el día en que me avergüenzo–. Dijo que la estaba poniendo de los pelos y que me iba a apuñalar con la prueba de embarazo ni bien le siguiera preguntando si estaba bien.

No sabía si había imaginado o no el atisbo de sonrisa que creí ver cruzar por su rostro.

–Definitivamente puedo imaginarte siendo un dolor en el trasero –comentó echándome una ojeada.

–Rosalie –apreté mis puños para contener mi actitud; después de todo, yo era el que estaba pidiendo el favor, lo menos que podía hacer era actuar educadamente–. Tú eres mujer, los hombres no servimos para este tipo de cosas, no tenemos la estabilidad emocional necesaria. Por favor, haz algo.

La rubia me estudió por unos segundos y luego suspiró.

–De acuerdo –accedió para luego frenarse y gesticular entre los dos–, pero esto no cambia nada entre nosotros. Sigues sin agradarme.

–Dime algo que no sepa –contesté con los ojos en blanco.

La guié hacia adentro mientras me preguntaba cómo Jenna iba a tomar esto. Lo cierto es que no me había detenido a pensar en la situación; podría haber llamado a La Push para hacer venir a Leah, o incluso a Emma– gente que mi hermana conocía bastante bien. Sue estaba fuera de la discusión; a Jenna no le gustaría involucrar a nadie que pudiese hablar con Billy, quien se pondría de todos colores y se volvería 'papá oso' en nuestros traseros si se enteraba de esto. Hice una mueca– si esto resultaba positivo no quería ser el que debiera enfrentarse con Billy llegado el momento.

Pensándolo bien, Rosalie era la mejor opción disponible– ¿a quién le podía contar que a nosotros nos importara? Ademas, parecía ser la clase de persona que no se molestaba en parlotear incesablemente sobre los escándalos ajenos.

Nos paramos en la puerta del baño. Toqué suavemente y llamé a Jenna.

–Por el amor de dios Edward, si vuelves a preguntarme si estoy bien…

–La hermana de Bella esta aquí Jenna –interrumpí–. Yo la llamé.

La puerta se abrió para revelar a mi hermana.

–¿Se lo contaste? –me acusó indignada.

–No voy a decirle a nadie que no quieras que sepa –Rosalie se apresuró a aclarar–. Tu hermano estaba preocupado por ti y no sabía qué hacer. Solamente estoy aquí para ayudar, no para juzgar –luego se dirigió a mí–. ¿Te importaría dejarnos a solas por un momento?

Quedé totalmente estático. La amabilidad en la voz tranquilizadora de la rubia me había dejado momentáneamente inmóvil. Era lo más dócil que la había visto en todo el tiempo que la había conocido. Era difícil conciliar a esta Rosalie con la que me había medido en la cocina de su casa hacía lo que parecía una eternidad –cuando todavía no sabía su secreto.

Observé a las dos mujeres por unos segundos y me percaté de que estaban esperando pacientemente que me esfumara.

Asentí. Me di media vuelta y caminé por el pasillo a la sala para después salir afuera y sentarme en el mismo escalón del porche en el cual me había dispuesto a esperar a Rosalie después de llamarla. Me incliné hacia adelante para apoyar los codos en mis rodillas y poner mi cabeza en mis manos.

Respiré hondo un par de veces para aclarar mi mente… No sirvió absolutamente de nada.

Dejé escapar un gruñido de frustración.

Maldición.

¿Qué mierda íbamos a hacer si el test daba positivo? Jenna estaba estudiando y trabajando, cómo carajo iba a hacer para balancear semejante responsabilidad con el resto de su vida. ¿Cómo iba a criar a una creatura si la mitad del tiempo trabajaba y la otra estudiaba? Tendría que dejar una de las dos, y si venía un bebé en camino no dejaría su trabajo. Ella siempre había querido ser una diseñadora de interiores, tenía un ojo para hacer de una mediocridad un simple lujo… y ahora tendría que dejarlo.

No tenía la más mínima duda de que sería una madre maravillosa, pero mi cabeza me decía que este no era el momento. Los ojos me picaban con la necesidad de dejar libres a las lágrimas que estaban intentando desbordar.

Maldición.

¿Y quién carajo era el padre? Una ola de calor me bajó por la espalda. Juro por mis difuntos abuelos que mataría al desgraciado que se había animado a tocar a mi hermana. Le metí un puño con fuerza al tirante que sostenía el techo del porche sin sentir el dolor que sabía lógicamente que estaba presente. Lo único que sentía era la aplastante angustia en el centro de mi pecho.

–Ya le expliqué cómo hacer la prueba –anunció Rosalie, sorprendiéndome cuando se sentó a mi lado sin reparos–. Ahora le di un poco de privacidad. Lo único que resta es esperar –agregó abrazando sus piernas contra su pecho.

–Gracias –lo dije con verdadera gratitud, agradeciendo también que no comentara sobre mi pequeño ensañamiento con la columna de madera, que estaba seguro había alcanzado a presenciar.

No dijo nada, meramente se limitó a mirar hacia la calle con gesto pensativo. Me pareció raro, pero decidí restarle importancia a la falta de algún comentario cruel de su parte hacia mi existencia. Bajé la mirada hacia mis manos, observando que todavía las tenía algo ennegrecidas con la grasa del taller. Restándole importancia, rebusqué con mi mano derecha en mis bolsillos en busca de mi encendedor mientras sacaba con la otra el paquete de cigarrillos. Miré la calle con una sensación de anhelo. Con tanta angustia me preguntaba cuánto tardaría en ser arrollado por un auto si me acostara sobre el pavimento frío. Seguro, dolería horrores, pero al menos no tendría que pensar en nada de esto, y teniendo a Carlisle en el hospital de Forks, sabía que no moriría bajo su vigilia.

En medio de mis cavilaciones había encendido el cigarrillo casi sin tener que pensar en lo que hacía. Le di la primera pitada perdido en mis pensamientos. Miré a mi alrededor; estábamos solos– era perfecto para aclarar el aire entre la rubia y yo. Total había que matar el tiempo, ¿no? Además sentía que el silencio me volvería loco en cualquier momento.

Me aclaré la garganta, solté el humo en mis pulmones y me giré con determinación hacia ella.

–Rosalie… ¿por qué eres tan perra conmigo?

Hice una mueca ni bien cerré la boca. De acuerdo, eso salió con menos tacto del que tenía planeado y más valentía de la que realmente sentía.

–¿Debo recordarte que podría aplastarte con asombrosa facilidad?

Hice rodar mis ojos.

–Estoy preguntando en serio –dije llevando la mirada al frente y el pucho a mi boca para darle una pitada–. ¿Por qué me odias tanto? ¿Qué te hice?

–¿La verdad?

–¿Mentirías? –pregunté mirándola con escepticismo mientras el humo se colaba hacia el aire nocturno por entre mis labios.

–Touché –se le escapó una pequeña sonrisa, luego se enserió–. No te odio, Edward… te envidio. Tienes la única cosa que yo no puedo tener.

Fruncí el ceño y estudié de soslayo su expresión con detenimiento. ¿Qué podría tener yo que Rosalie Cullen no pudiese tener?

Solté lo primero que se me vino a la mente.

–¿Un pene? –por supuesto que era broma, pero lo dije con una seriedad absoluta en mi rostro.

La rubia se volvió hacia mí con los ojos bien abiertos en estupefacción para después percatarse de mi expresión. Fruncí mis labios y miré hacia otro lado para no reírme en su cara. Me sorprendió cuando soltó una carcajada corta. Wow, estaba haciendo reír a Rosalie Hale Cullen– merecía un puta medalla de parte de toda la maldita humanidad.

–No, no te envidio un pene, Edward –dijo sacudiendo su cabeza.

–Deberías, son muy prácticos… o al menos es lo que todas las mujeres me reprochan… podrías orinar parada –agregué.

–Te envidio –siguió, ignorando el comentario– porque tienes una vida humana, y la estás dejando de lado… no estás tomando la decisión correcta.

–¿Puedes explicarte un poco más?

–¿De verdad no lo entiendes? –me miró exasperada; todo vestigio de broma se había esfumado–. ¿Qué es lo que persigues con Bella? Tú no perteneces a nuestro mundo –enfatizó, pero a diferencia de otras veces no había malicia en su voz, sólo honestidad tajante. Su vista viajó a la puerta por un segundo y volvió hacia mí. Bajó la voz para que únicamente yo pudiese escucharla–. ¿Qué pasará dentro de diez años cuando la edad se alcance contigo? ¿O acaso piensas convertirte en uno de nosotros?

La verdad no había pensado en eso. Mi corazón se disparó en alarma al entender la gravedad de lo que me estaba diciendo. Pero aun así, no le daría la satisfacción de tener razón en esto– no cuando ponía en juicio mis sentimientos hacia Isabella.

Tomé aire profundamente para armarme de valor para decir las siguientes palabras.

–Si convertirme en… –miré por encima de mi hombro a la puerta y bajé la voz al igual que ella– si convertirme en un vampiro es lo que cuesta, lo acepto –respondí con convicción.

–No sabes lo que dices –siseó–, no sabes a lo que te estás comprometiendo. No tienes idea de lo que quieres. Eres sólo un niño en comparación a nosotros.

–Lo único que quiero es a Bella –cercioré.

–Es lo que quieres ahora, ¿pero puedes decirme honestamente que eso no puede cambiar? ¿Qué es lo que pasará dentro de diez años cuando quieras empezar una familia? –preguntó con un dejo de amargura–. Nuestros cuerpos están congelados, no pueden cambiar, no podemos tener hijos.

¿Qué cara…? Hice una pausa mientras mi cabeza intentaba asimilar esa palabra tan usada sin discreción alguna.

–¿Hijos? –escupí con incredulidad, casi como si fuera una palabrota–. ¿Tú crees que yo quiero tener hijos Rosalie?

–Quizás no ahora, pero créeme, los querrás –aseguró como quien sabe de lo que habla.

Pero yo no era como las demás personas.

–No, yo no, Rosalie –mi voz había perdido toda emoción, ahora era fría como el hielo, lo cual atrajo toda la atención de la vampira–. ¿Honestamente, crees que yo querría traer a un niño a mi jodida vida?… Dime, ¿cómo carajo le explico por qué no tiene una abuela que lo pueda cuidar mientras voy a trabajar? ¿Cómo le explico que no puede ver a su abuelo porque él puede lastimarlo de por vida? ¿Cómo le digo que su papi es un maldito drogadicto?… –la amargura se había trepado gradualmente a mi voz con cada pregunta. Cuando terminé, otra vez la helada calma se hizo presente–. Te equivocas Rosalie, yo no obligaría a un niño a tener que cargar con el legado de mi jodida familia, no sería tan egoísta como para hacerlo sufrir las cosas que yo mismo sufrí.

Rosalie se quedó mirándome fijamente con sus penetrantes ojos dorados. Estaba estudiándome, midiéndome atentamente. Trasladé mi vista al frente para concentrarme en cualquier otra cosa. Normalmente hubiera aceptado el concurso de miradas, pero hoy estaba fundido, no tenía voluntad para sacarle pecho a nadie.

Además, el tema 'tener familia' era algo delicado. Sue Clearwather, la madre de Leah, siempre quiso que me juntara con su hija, haciendo comentarios como 'imagínate lo lindo que serían tus hijos con ella'. Imagínense ustedes como le habrá caído el balde de agua fría en el cuello cuando le dije que yo nunca tendría hijos. Por alguna razón decir que uno no quiere tener hijos quedaba mal visto– te tildan de un insensible que lo único que quiere es coger sin compromisos hasta el último día de su vida. Por suerte Sue me conocía lo bastante bien como para entender de dónde venían mis sentimientos en el tema.

–Ya tendría que estar terminando –anunció la vampira, efectivamente sacándome de mis pensamientos.

La conversación quedó en el olvido con esas cinco palabras.

Se incorporó con su gracia habitual y se dio media vuelta para entrar en la casa. Yo la seguí, aunque ni con la mitad de la gracia que ella había puesto sin esfuerzo. Jenna estaba afuera del baño, caminando en círculos con una mano entre sus cabellos y la otra en su cadera.

–La prueba ya debería estar lista –le dijo Rosalie con la voz suave.

Jenna asintió y tomó unas cuantas bocanadas de aire profundo. Antes de que pudiera dar un paso para entrar al baño, me adelanté y puse mis manos sobre sus hombros para mirarla fijamente.

–Jenna… sea lo que sea… si es positivo… sabes que yo… –no podía sacar las palabras con el nudo en mi garganta de por medio.

Por fortuna, mi hermana entendió el sentimiento que quería expresar. Puso una mano en mi mejilla, la acarició, y me sonrió levemente.

–Lo sé.

Desapareció por la puerta del baño y yo largué un suspiro tembloroso. Cerré mis manos en puños bien apretados cuando me percaté de que las puntas de mis dedos temblaban. Lamentablemente eso no evitó que los tremores corrieran hacia arriba por mis brazos. Me latían los putos oídos como si alguien me los estuviera tapando con unas manos gigantes.

Sentí una ligera presión en mi hombro izquierdo, fría pero no incómoda. Levanté la mirada del suelo, en una mezcla de sorpresa y confusión. Rosalie no me miraba, pero su mano ofrecía un gesto mudo e incondicional. Vi el gesto por lo que era– una rama de olivo extendida hacia mí. Era una ofrenda de paz. Teníamos nuestras diferencias, no aprobábamos las decisiones personales del otro, pero sentía que habíamos llegado a un entendimiento. Sin mirarla –porque entendía que era un acuerdo tácito y porque ninguno de los dos era bueno con las palabras–, subí mi mano derecha para apoyarla encima de la de ella en agradecimiento.

Pasaron solo unos cuantos segundos, que me parecieron horas, hasta que finalmente Jenna apareció por la puerta con el test de embarazo en manos. El corazón se me agolpó en la garganta. En sus ojos había temor, lo veía, pero era eclipsado por una emoción mucho más dominante. Felicidad– o algo parecido a eso.

No necesitaba mirar la prueba para saber qué resultado había arrojado el test.

Los miedos y preocupaciones que habían abrumado mi mente un rato atrás se esfumaron. No importaban ahora, ya los sortearíamos cuando se presentaran; ahora teníamos en nuestras manos algo que precedía todo lo demás. Una sonrisa empezó a formarse lenta e involuntariamente en mis labios, hasta que terminó por salir por completo– la sentí llegar hasta mis ojos. Jenna, al ver mi expresión, soltó una risa que en ese momento tan silencioso me pareció celestial, se cubrió su boca mientras lágrimas caían de sus hermosos ojos y la mano que todavía sostenía el test descansó sobre su vientre.

Di el paso que me separaba de ella con los brazos abiertos. Jenna se acomodó entre ellos con facilidad, sollozando contra mi cuello– pero eran lágrimas de felicidad, como las mías. Estiré mi brazo hacia atrás, tanteando hasta encontrar el cuerpo frío de Rosalie. Tiré de la blusa que traía puesta, sin encontrar resistencia, para unirla al abrazo, sólo porque no podía contener la intensa sensación dentro de mi pecho.

No importaba lo que pasara, de alguna manera haría que todo funcionara. Lo había prometido. De alguna manera, sabía que estaríamos bien.

Un niño siempre es una bendición, solía decir mi abuela.


Espero que les haya gustado gustado el capi, si es así, dejen un review por favor :)

Saludos!