20
Quédate conmigo
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Disclaimer: Dragon Ball no me pertenece, su propiedad es de Akira Toriyama
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Espero que les guste
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—Nos vemos, cariño. Disfruta tu día de descanso —no fue solamente el beso en los labios lo que dejó paralizado al androide, sino la palabra usada por la zoóloga lo que provocó que no despegará su mirada del televisor hasta que ella se hubo ido.
Cariño.
Era la primera vez que le decía así, y aquello provocaba que su corazón latiera tan rápido como un idiota.
La relación de ambos había mejorado significativamente. Parecían una pareja completamente normal, como solía decir Ren cuando estaban solos. Diecisiete se acostumbró tanto a verla acostada a su lado, desnuda o con ropa, respirando tranquilamente, con los rizos regados por la almohada y su rostro… con su vientre creciendo poco a poco.
Tres meses ya habían pasado desde que comenzaron su relación, y en esos tres meses Diecisiete se sintió tan bien. Se sentía humano, sentía como su corazón latía a mil cuando ella estaba cerca. Cómo jadeaba, cuando la besaba y sentía su piel caliente bajo sus manos.
Apagó el televisor, y decidió salir a al menos sentarse en la porche de su cabaña. Con la primavera llegando, los árboles volvían a restablecerse de hojas, las flores comenzaban a crecer nuevamente, y el viento cálido lo envolvía. Escuchó un estornudo perruno, y miró a la esquina de la cabaña, en el porche, notó a Wild que volvía a bajar su cabeza y apoyarla en el suelo de madera.
—¿No te ordené que patrullaras? —le dijo a la loba. La animal abrió un ojo y lo miró, como acusándolo, como diciéndole ese es tu trabajo. Luego volvió a cerrarlos, acostándose de lado, dejando ver una gran panza—. No juegues —dijo el androide acercándose, Wild no le prestó atención, tan solo siguió durmiendo.
La loba iba tomando más de la cabaña de Diecisiete como su territorio, aún no se atrevía a meterse a la casa, pero ya se refugiaba en el porche. Por suerte para Ren, y para Wild, no le había vuelto a tirar a morder a la zoóloga, solamente le lanzaba miradas con sus ojos amarillos cuando la veía. Y Ren, divertida, le devolvía las miradas sin miedo en sus ojos verdes.
De Diecisiete se dejaba tocar y acariciar, e incluso cargar. Se había acostumbrado tanto a él, y a verlo como un miembro de su manada, o incluso ya lo veía como su amo.
Diecisiete se acercó y tocó la panza de la loba. No tenía que ser veterinario para darse cuenta, podía sentir los pequeños bultos en la panza y los pezones de la loba estaban hinchados.
—Estás preñada —comentó— ¿Cómo no me di cuenta antes? —Wild meneó la cola— ¿Y el padre? ¿Te dejaste coger de un lobo solitario? —como respuesta, la loba volvió a menear la cola— O tú lo abandonaste… —volvió a acariciar el pelaje de la animal y entró a la cabaña. Tomó su walkie que estaba en la mesa del comedor y lo configuró al canal de Ren— ¿Caracol?
La respuesta de Ren llegó enseguida.
—¡Diecisiete! Estaba justamente pensando en ti, cariño —Oh sí, definitivamente le gustaba esa palabra.
—Wild está preñada —le informó. Escuchó su exclamación y la de Kai del otro lado.
—¿Enserio?
—Sí. La acabo de ver, está durmiendo en el porche y pude sentir los cachorros.¿Cuánto es que duran?
—De sesenta a setenta días —informó Kai.
—Y tiene sentido —esta vez la que hablo fue Ren—. Normalmente ellas entran en celo en invierno. Ya debe estar en sus últimas semanas.
—Sí. He estado informando al departamento del aumento de animales por la época de celo. Los lobos no se quedan atrás.
—¿Crees que llegue a ser peligroso si siguen aumentando? —dijo Diecisiete.
—No creo, señor Diecisiete. Los lobos no bajan de la montaña. Wild es la excepción. Pero además, su vida en la intemperie no es muy larga. Cinco o seis años.
—La población de lobos no ha disminuido porque Diecisiete ha espantado a los cazadores… —La voz de Ren tenía un tono de orgullo. Aquello hizo sonreír a Diecisiete
—Ustedes son los zoólogos —dijo Diecisiete. Había vuelto a salir para ver a Wild todavía durmiendo—. Ustedes denle el informe a su departamento.
—Cariño —Ren volvió a dirigirse a él—. ¿Podrías hacerme el favor de ir a la cabaña a inspeccionarla? Necesito saber si le construyeron la habitación que necesito para el bebé.
—Bien —dijo Diecisiete en un gruñido y dejó quieto el walkie. La verdad, no le agradaba la idea de que Ren se fuera a vivir nuevamente a su cabaña, pero ella le había planteado la idea… y es que ella se sentía una invitada todavía en la cabaña del androide, y es que él aún no le había planteado la idea de vivir juntos.
Y él quería que lo hicieran, quería seguir teniéndola ahí, verla todos los días, dormir con ella, junto a ella. O simplemente verla dormir.
Quería que vivieran juntos, solo que no sabía cómo decirle.
Se detuvo, no iría hacia la cabaña. Volvió hacia la suya y tomó su tarjeta de pago que había guardado y, al salir, levantó el vuelo.
Sabía cómo proponerle, sin tener que decirle, la idea de que quería que ella se quedara.
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—Se me hace difícil recorrer largos caminos, se me hinchan los pies —le dijo a Kai mientras éste seguía conduciendo. Se había quitado las botas y se masajeaba los pies. Habían estado inspeccionando al minotauro, monitoreandolo de lejos.
—Bueno, ya tienes ¿Cuánto? ¿Ocho meses?
—Sí. Ya estoy a unas tres semanas de dar a luz —la zoologa se acarició suavemente el vientre, el cual no había crecido mucho desde los cinco meses. La doctora le había dicho que todo estaba bien, que a las mujeres no siempre les crecía mucho el vientre.
—Pareciera que solamente tuvieras seis.
—Lo sé. La doctora dice que todo está bien, el bebé pesa lo que debe pesar, está desarrollado lo que debe estar desarrollado. Que no me preocupe.
—Al menos sabes que está bien —llegaron a la central. Ren miró hacia la cafetería, y casi escupe el agua que estaba bebiendo al ver a una figura conocida sentada, mirándola por la ventana con aquellos ojos grises que hacía tanto tiempo le hacían temblar. Y ahora, solo le causaban desprecio.
—Mierda ¿Ahora qué quiere? —se quejó quitándose el cinturón.
—¿Quieres que te acompañe? —le preguntó Kai también mirando hacia la cafetería. Ren negó con la cabeza.
—No. Ve a darle el informe a Hayato, yo me encargo —se terminó de colocar la bota y bajó del Jeep. Caminó hacia la cafetería y, al entrar saludó a Jason y a Susan, la cual, acarició su vientre como una madre haría.
Luego, dándose cuenta que no podía evadirlo, se dirigió a donde estaba sentado Seth, sin duda esperándola.
—¿Puedo ayudarte en algo? —le dijo. El hombre la miró con molestia y ella le sostuvo la mirada. Se sentó en la silla de enfrente, cruzándose de brazos demostrándole que no la intimidaba.
Seth se sacó algo del saco y se lo rodó por la mesa. Ren lo sostuvo, y se dió cuenta que era una cápsula.
—¿Y esto qué es? —le preguntó.
—Cosas para el bebé —Ren levantó una ceja. Le rodó la cápsula nuevamente hacia él.
—No gracias, yo puedo comprarle las cosas que mi hijo necesita. No quiero nada que venga de ti.
—Tambien es mi hijo, Ren —aquello le hizo soltar una risa, provocando aún más molestia en el hombre.
—Te dije que no. Que fingieras que nada de esto había pasado, que nunca nos casamos, que nunca quedé embarazada. Que me borraras de tu mapa —el hombre soltó un gruñido exasperante, y rodó los ojos—. Nunca voy a olvidar la horrible forma en que me tratabas. Y ahora que por fin estoy embarazada, como tanto deseabas, vienes de los mil amores.
—No vengo por ti, Ren. Vengo a hacerme responsable de mi hijo.
—Y te estoy diciendo que no te necesita. Yo gano lo suficiente para criarlo —Seth volvió a rodar los ojos.
—Puedo pelear la custodia después de que nazca —Ren le sonrió, triunfante.
—No hay custodia que pelear. Tengo la copia del divorcio, no hubo pelea de custodia porque no había hijos de por medio. Hubo adulterio de tu parte, y el divorcio lo pediste tú… querido, si hay pelea de custodia, me la darán a mí —se señaló. Una sonrisa de autosatisfacción adornó su rostro y sus ojos brillaron al notar la ira creciente de su exmarido—. Así que no, Seth. No necesito tu ayuda para criar a mi hijo —y se levantó para salir de la cafetería, dejando al hombre con la sangre subiendole al rostro.
Salió de la cafetería y se dirigió al Jeep. Ahí la estaba esperando Kai, que le preguntaba con la mirada que era lo que había pasado. Ren le sonrió cuando se sentó en el Jeep, y luego explotó en risas sintiendo como el nudo en su garganta se aliviaba.
—¿Me vas a decir que pasó? —preguntó Kai. Ren sentía que el corazón le latía a velocidad por el bajón de adrenalina. Soltó una risa.
—Conduce, te cuento en el camino.
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Ni una gota de sudor dejó caer cuando terminó su labor. Agradecía a que el imbécil de Gero hubiera agregado más cosas a su programación, hacer el diseño de dónde podría poner el cuarto le fue fácil. Y sin duda, construirlo también.
No gastó mucho tiempo, y sonrió orgullosamente cuando entró a la habitación y se dio cuenta que en verdad, resistiría a cualquier cosa, y que definitivamente había quedado bien hecha.
Ahora quedaba solo pintarla.
Abrió el pote de pintura, y sonrió ante el color que había escogido: Verde menta. Un color que le recordaba a los ojos de Ren.
Escuchó el Jeep afuera, y chasqueó los dientes, Ren había llegado antes y no había completado la sorpresa.
Salió de la habitación, y se acercó al sofá cuando la escuchó decirle algo a Wild.
—Oye, mírame bonito que ahora tú y yo estamos en la misma situación —luego, escuchó la puerta abrirse—. No sé qué haré para que esa loba deje de mirarme tan feo —dijo la zoóloga a la sala. Le sonrió enseguida al androide.
—Llegas temprano —Ren se acarició suavemente y con mucho amor el vientre.
—Tenemos hambre… y antojos —se dirigió al sofá, y le dió un corto beso a Diecisiete en los labios. Se dirigió a la cocina y el androide la acompañó.
Ren, sabiendo que Diecisiete no comía, no le exigía que le hiciera la comida. A veces, él la acompañaba en la cocina y la ayudaba con ciertas cosas: A pasarle una verdura, o calentarle el agua.
Sin embargo, ella no tenía ganas de cocinar esa vez, así que solamente tomó un yogurt que había dejado en la nevera y lo abrió para beberlo.
Diecisiete tan solo la miraba, siempre se descubría observándola, admirandola, siempre cuestionando como ella seguía ahí, con él, con una máquina de matar.
—¿Qué tanto me ves? —le preguntó ella, la sangre subiendo a su rostro. Diecisiete enseguida desvío la mirada, mirando hacia el pasillo, agradeciendo que Ren no se haya dado cuenta aún de la puerta que había casi llegando al patio—. ¿Estás sucio de pintura? —le preguntó ella acercándose.
—No —Diecisiete retrocedió cuando ella se adelantó, provocando que soltara una risita—. ¿Me estás ocultando algo, chatarra?
—Por supuesto que no, caracol —le respondió él. Ren enarcó una ceja, terminó su yogurt y dejó la cajita en la cocina. Salió y se fue a dirigir hacia el pasillo, pero Diecisiete la detuvo del brazo—. Vamos a dormir.
—¿Qué me ocultas, Diecisiete? —el androide pudo ver intriga en los ojos de Ren, y suspiró.
No podía negarse a sus ojos.
La soltó, haciéndole señal de que siguiera adelante. Ren se acercó al pasillo y vio la puerta. Miró al androide extrañada y entonces la abrió.
Hizo una exclamación de sorpresa al ver todos los implementos esparcidos, aún sin orden en el lugar.
La cuna, los juguetes, las sábanas… todo esperando a ser usado.
Miró a Diecisiete, que se había adentrado también a la habitación, y había guardado las cosas en una cápsula. Luego, la guardó en su bolsillo y volvió hacia la pintura.
—Diecisiete…
—Quiero que te quedes aquí —le dijo bajando la mirada—. Por eso le hice la habitación al bebé.
Ren lo miró, y Diecisiete pudo ver los ojos verdes de ella brillar. No había cosa que más le gustará a él que ver sus ojos brillar como esmeraldas.
Ella se acercó y enganchó sus brazos alrededor del cuello del androide. Lo conocía, sabía que él era de pocas palabras y mostraba más que todo lo que sentía con gestos. El hacer la habitación del bebé, era un gesto significativo para ella, que decía más que todas las palabras posible.
Entonces ella lo besó, y Diecisiete le devolvió el beso gustoso, sumergiéndose en sus labios y en el placer que sentía cada vez que la besaba.
—Por supuesto que me quedaré —murmuró ella pegada a sus labios.
Y eso era todo lo que el androide necesitó escuchar.
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—La madera que te sobró podrías usarla para construirle un refugio a Wild —le comentó Ren acomodándose en la cama y apoyándose en su hombro. El androide bajó la mirada hacia ella y notó que tenía manchas de pintura en el rostro.
—Pensaba justamente eso. ¿No crees que se ha acostumbrado más a estar en casa?
—Sí. Pero lo importante es que no ha dejado de cazar, como un lobo normal. Si le hacemos el refugio, ella podrá dejar tranquilamente a los cachorros ahí mientras sale a cazar. No tiene manada, no tiene quien le lleve la caza.
Diecisiete soltó de pronto una risita.
—Tendremos pronto una manada de lobos en nuestro patio —Ren también soltó una risita.
—Un grupo de lobos custodiando la casa ¡Nadie se acercaría!
Y luego se quedaron callados por un momento. Ren suspiró, y acarició su vientre sintiendo como su pequeño se movía, Diecisiete tenía la mano cerca, siempre temeroso de tocarla. Pero Ren le colocaba la mano en su vientre y él podía sentir a la criatura.
Estaba viva, dentro de ella.
—Hoy me encontré a Seth en la cafetería de Susan —le mencionó Ren.
—¿Ese sujeto? —preguntó el androide con desagrado, provocando una risita en la zoóloga.
—Me traía cosas para el bebé. Quería hacerse cargo de su hijo… ¿Sabes? A veces me pregunto si estoy haciendo bien… digo, creo que más que todo no quiero que vea al bebé es por la forma en que se comportó conmigo, lo horrible que me trató… porque lo único que quería de mí era a la criatura.
Ella se mordió el labio, y Diecisiete solamente pudo observar en silencio como ella se hacía aquellas preguntas, no sabía cómo responderlas.
—Creo que haces bien —le respondió—. El sujeto es un cabrón, y no te merece. Ni a ti, ni al bebé. Digo, después le enseña sus cosas —Ren soltó una risita y acarició la mejilla del androide. Se acercó y le dio un suave beso.
—¿Qué le enseñarías tú? —Diecisiete hizo una mueca.
—Lo enseñaría a patear traseros de cazadores —Ren volvió a soltar una risita.
—Ren…
—¿Sí?
—¿Qué es en sí el matrimonio? Digo ¿Para que sirve? —Ren levantó la vista y lo vio, mirando hacia el techo con manchas de pintura verde en el rostro.
—¿Me creerías que a pesar haber estado casada, no sé contestarte aquello? —Diecisiete tan solo frunció el ceño y le acarició la cintura—. Creo que es algo más que todo social. La creencia de que el matrimonio fortalece una unión es falsa.
—¿Quieres decir que solamente es para verse bien?
—Sí. Si te digo la verdad, lo que más me emocionaba de mi matrimonio era verme con el vestido de novia —la zoóloga soltó una risita—. Y si te digo la verdad, muchos creen que los hijos dentro del matrimonio o el sexo dentro del matrimonio es lo que está bien visto.
—¿Y no es así? —Ren volvió a soltar una risita y hundió su rostro en el hueco del cuello de Diecisiete, la respiración ella haciéndole cosquillas al androide.
—No. Creo que lo que es el sexo y los hijos importan más cuando es con quién deseas, no porque sea después de haber firmado un papel. Si te digo la verdad… Me siento más feliz contigo, de lo que alguna vez me sentí con Seth.
Aquello provocó una sonrisa en el androide. Apretó un poco más su agarre en la zoóloga, para pegarla a su cuerpo.
—O sea ¿Que no es necesario que nos casemos? —Ren abrió los ojos con sorpresa, y sus mejillas se tornaron de un pequeño rojo. Levantó sus verdes ojos hacia Diecisiete, en cuyos ojos había solamente diversión.
Ella le sonrió. Se levantó un poco y lo besó en los labios.
—No, no es necesario.
—Genial, porque no usaré nuevamente un traje —Ren volvió a reír.
—No te hagas, este fin de semana es la ceremonia de Lisa y Hayato, y usted, señor Ranger, va a ir —Diecisiete hizo una mueca. Ren comenzó a repartirle suave besos en el cuello—. A mí me gusta verte con traje elegante… Digo, me recuerda al día en que por fin confesaste lo que sentías… La primera vez que te abriste a mí —Diecisiete no dijo nada, recordaba ese día a la perfección. Recordaba las palabras, recordaba luego los besos de Ren, sus manos recorriendo su cuerpo.
Tembló. Y luego soltó un suspiro.
—Lo recuerdo —Ren le sonrió.
—Lo sé.
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Normalmente, cuando ninguno de los dos iba a trabajar, se quedaban sentados juntos en el sofá. Ren tomaba una taza de té mientras Diecisiete dejaba descansar su cabeza sobre el regazo de la zoologa. Ren veía más televisión que él, Diecisiete no le gustaba mucho esa entretención de los humanos. Sin embargo, le gustaba verla a ella estar concentrada en la tv- Se sentó con ella cuando el torneo fue efectuado, escuchándola gritar y soltar insultos a cualquiera que no pudiera con el famoso Mr. Satán.
O simplemente ver su rostro calmo cuando pasaban una serie que le gustaba. Ver una sonrisa en sus labios y sus ojos brillar mientras lo veía.
¿Cómo algo tan sencillo como ver tv lograba que Diecisiete viera hasta los más mínimos detalles de ella? ¿QUe se quedara concentrado en su rostro, sintiendo sus caricias de ella viajar por su rostro? Sentir aquella paz, aquel calor que ella le brindaba.
En ese momento estaban como siempre hacían cuando Ren se sentaba a ver su serie. Diecisiete acostado en su regazo, ella acariciando su cabello, su mejilla, su oreja… y luego comenzaba a tararear con voz suave.
"Somos, las gemas de cristal. El mundo hay que salvar, y aunque creas que no, la forma vamos a hallar…"
—¿Enserio estamos viendo esto? —inquirió Diecisiete. Ren soltó una risita y continuó acariciándole la cabeza mientras seguía tarareando el intro de aquella caricatura.
—Me gusta —solamente dijo ella mientras las caricias seguían viajando, de su mejilla hasta su cuello, luego subía y acariciaba el lóbulo de su oreja. Ella seguía jugando con su arete mientras Diecisiete veía su rostro tranquilo, mirando aquella serie infantil—. Steven —dijo finalmente.
—¿Eh? —preguntó el androide, miró a la pantalla para notar que ya había comenzado el capítulo. Volvió a mirar a Ren, le brillaban los ojos.
—El bebé se llamará Steven —Diecisiete rió. Ren había estado buscando el nombre perfecto para el bebé desde hace mucho.
Escucharon un aullido en el patio, Wild estaba en el refugio que Diecisiete le había construido en el patio. La pareja se miró, se levantaron y se dirigieron al patio.
Desde donde estaban, ambos podían ver a Wild lamer algo entre sus patas.
—Felicidades, Diecisiete —Le dijo Ren con una risita—. Eres abuelo.
El androide hizo una mueca, pero sonrió. Cuando miró a Ren de reojo, la pudo ver acariciando su vientre.
Sonrió.
Se sentía tan bien.
Nota: Un capítulo cortito, y llenísimo de azúcar :")
Definitivamente, escribirlos en los momentos más triviales del mundo me hace feliz. Eso quiero demostrar aquí: Diecisiete tiene tranquilidad por fin, no hay monstruos persiguiendolo, no hay un científico loco que desee acabar con su tranquilidad (Maldito Gero, sigue muerto XD), él merece calma, paz, tranquilidad… Y esa fue una de las cosas que quise plasmar aquí :")
Espero que este capítulo les haya gustado.
Los quiero muchísimo y miles de gracias por leer :")
