Los personajes de INUYASHA no me pertenecen sino a RUMIKO TAKAHASHI

Esta obra pertenece a ROGERS ROSEMARY, ha sido adaptada y modificada por mí


(LOS PERSONAJES DE SESSHOMARU, MIROKU, KOGA Y AYAME PUEDEN TENER OoC)


CAPÍTULO 20

Koga POV

Koga había dedicado los años que había pasado en Inglaterra a convertirse en el caballero cultivado que su madre siempre había deseado que fuera, incluso mientras se preparaba en secreto para volver a Francia como soldado.

Bueno, no como un guerrero tradicional capaz de defenderse de una espada o disparar a un hombre a veinte pasos de distancia. Siempre había tontos a los que se podía enseñar a caminar en fila y utilizar un arma sin matarse. Lo que él había desarrollado había sido su talento para manipular a la gente y había descubierto que todos los que le rodeaban podían ser como peones de ajedrez si se les ofrecía los incentivos necesarios. Solo era cuestión de encontrar la debilidad de cada persona y saber explotarla.

Probablemente muchos dirían que ese tipo de maquinaciones no eran propias de un verdadero caballero, pero a él no le afectaba que otros pudieran censurar su comportamiento. Al fin y al cabo había sido un supuesto caballero el que había intentado violar a su madre y había enviado a su padre a la muerte.

Además no se podía poner en duda la efectividad de sus esfuerzos. Había regresado a París siendo un verdadero maestro de la coacción y disponía de una docena de poderosos caballeros ingleses que podían demostrarlo.

Incluyendo al señor Taisho Steel.

Sin embargo el lord de Inugami parecía inmune a sus dotes de manipulador. Muy a su pesar, debía admitir que ese cretino arrogante era demasiado terco como para dejarse manejar.

Pero eso no quería decir que él estuviese dispuesto a reconocer la derrota. Bajó la mirada hasta la pistola que ahora le apuntaba al pecho y con la que Sesshomaru parecía estar retándole tácitamente a intentar escapar para así tener una razón para dispararle.

Por mucho que se esforzase en aparentar lo contrario, el lord no estaba del todo seguro sobre su decisión de delatar a Inuyasha; con el empujón adecuado, podría convencer incluso a aquel inglés obstinado a que cambiara de opinión.

Por desgracia, el sutil ataque dialéctico se vio interrumpido por el sonido de un silbato procedente de la costa que había bajo el acantilado.

Sesshomaru se cuadró de hombros.

—Ya está aquí Miroku con el bote.

Movió la pistola y Koga volvió junto a los demás, buscando instintivamente a Ayame, que permanecía apartada, completamente rígida de miedo.

El cuerpo de Koga respondió con igual temor.

En el aire flotaba la promesa de la violencia y eso le hizo mirar hacia los árboles. No podía ver a sus hombres, pero sentía su presencia. ¿Qué pasaría cuando Sesshomaru intentara obligarlo a bajar de lo alto del acantilado?

La duda le provocó un escalofrío que le sacudió el cuerpo.

Quizá Sesshomaru estuviese pensando lo mismo que él porque se acercó al borde del acantilado y miró a su esposa.

—Baja tú primero, Kagome —al ver que ella no respondía, el lord se tragó su orgullo y añadió—: Por favor.

Kagome titubeó un instante, debatiéndose sin duda entre la necesidad instintiva de proteger a su marido y la certeza de que, mientras ella estuviese cerca, él no podría prestar toda su atención a los soldados que los acechaban.

—Está bien.

Kagome comenzó a caminar y se hizo un silencio ensordecedor que duró hasta que por fin oyeron de nuevo el silbato que anunciaba que la lady había llegado al bote. Sesshomaru miró entonces a su hermano, que vigilaba los árboles apuntando hacia allí con la pistola. Koga contuvo la respiración, pues sabía que aquella rata estaba tan nerviosa que bastaría un pequeño susto para hacerle disparar.

—Inuyasha, tú eres el siguiente.

El menor de los hermanos frunció el ceño.

—No estamos solos.

—Lo sé —aseguró Sesshomaru—. Baja hasta el bote.

Pero Inuyasha meneó la cabeza.

—No. Ve tú con Koga y yo me quedo aquí para cubriros.

Koga soltó una carcajada.

—Sacré bleu. ¿Es posible que el gusano por fin muestre algo de valor?

Los dos hermanos se miraron el uno al otro sin hacerle el menor caso.

—Haz lo que te digo, Inuyasha —insistió Sesshomaru.

—Esta vez no —respondió Inuyasha con obstinación.

—Maldita sea... —Sesshomaru movió la cabeza con evidente frustración y finalmente se dirigió a Koga—. Vamos.

Un nuevo escalofrío le recorrió el cuerpo al mirar a Ayame. Tenía la impresión de estar sobre un polvorín que estallaría al menor movimiento.

No tenía miedo por sí mismo. Dios sabía que, desde que había decidido entregarse a la causa de Francia, había contemplado la idea de morir joven. Hacía mucho que había aceptado que probablemente no viviría lo suficiente para ser testigo del fin de la guerra.

Pero la posibilidad de que Ayame sufriese algún daño le provocaba una presión en el pecho que prácticamente no le dejaba respirar.

Al verla dar un paso hacia él, levantó la mano rápidamente para impedírselo.

—Quédate donde estás, Ayame —le pidió—. Ahí estarás segura.

Ella lo miró con la pasión a la que había acabado por acostumbrarse hasta el punto de no valorarla.

—No quiero estar segura, quiero estar contigo.

—Non, Ayame, no...

Como si el leve movimiento de Ayame hubiese desencadenado la tormenta, se oyó una ráfaga de disparos procedente de los árboles.

Koga no se paró a pensar, el pánico le hizo lanzarse sobre Ayame y derribarla al suelo, donde podía protegerla con su propio cuerpo.

—Arrêtez —ordenó a sus hombres al oír que Sesshomaru e Inuyasha respondían a los disparos. En ese momento sintió una bala que le pasó silbando cerca de la oreja y comenzó a agitar los brazos—. Mon Dieu. Dejad de disparar, idiotas.

Se cernió sobre ellos un intenso silencio y el aire se empapó del olor punzante de la pólvora. Koga se atrevió a mirar a su espalda y llegó a tiempo de ver a Inuyasha caer al suelo con la mano en el pecho, Sesshomaru se arrodilló junto a su hermano herido.

Era ahora o nunca, pensó Koga al tiempo que se ponía en pie y levantaba también a Ayame.

—Aquí —dijo un soldado francés a lo lejos.

Solo dieron un paso antes de que Ayame estuviera a punto de caerse.

—Ayame —dijo, alarmado, estrechándola en sus brazos—. ¿Estás herida?

—Solo es el tobillo —aseguró ella, poniéndole las manos en el pecho—. Ve tú, a mí no me harán nada los ingleses.

—No digas tonterías —murmuró justo antes de levantarla en brazos.

—Koga —protestó, revolviéndose en sus brazos.

—Non, no te muevas.

Echó a andar hacia los árboles, pensando que en cualquier momento lo alcanzaría una bala.

—Pero...

—Calla.

No hizo el menor caso a sus protestas, se limitó a seguir caminando sin apartar la mirada de los árboles. ¿Acaso pensaba que iba a abandonarla?

Por fin llevó al macizo de árboles y vio al primero de sus hombres.

—Voy a necesitar su caballo —informó al joven, que parecía casi un niño.

—Por supuesto.

El muchacho desapareció entre los árboles para aparecer unos segundos después con caballo castaño seguido de otros dos soldados igual de jóvenes que el primero.

—¿Quiere que capturemos a ese cerdo inglés? —le preguntó uno de ellos, con una avidez que revelaba su inocencia. Cualquier hombre que hubiese matado a otro no querría repetir la experiencia,

—Non. No podríamos alcanzarlos y enseguida aparecerá la tripulación de Inugami —subió a Ayame al caballo y luego se montó detrás de ella—. Volveremos a Calais y alertaremos a los soldados para que envíen un buque de guerra tras ellos.

—Como usted ordene.

El soldado no se molestó en ocultar su decepción, pero acató las órdenes tal y como le habían enseñado a hacer.

—Agárrate bien, ma belle —le pidió a Ayame y se puso en movimiento detrás de sus hombres, sin molesstarse en mirar atrás.

Al diablo con el lord de Inugami y su maldito hermano. Si había algo de justicia en el mundo, su barco se hundiría de camino a Inglaterra.

—Perdóname, Koga —una voz femenina interrumpió la agradable fantasía de Sesshomaru hundiéndose en el Canal de la Mancha.

Bajó la mirada hasta los claros ojos de Ayame.

—¿Perdonarte?

—Todo esto... —buscó las palabras adecuadas—. Este desastre, es toda culpa mía.

Koga tuvo que admitir que era una buena descripción de lo ocurrido, pero nadie tenía la culpa excepto él.

—No debería haber ayudado a lord y lady Inugami a escapar del palacio.

La estrechó contra su pecho, admirando la belleza de su rostro a la luz del amanecer.

—Ya ha pasado todo —le aseguró—. No quiero que volvamos a hablar de ello.

—Y esta noche —siguió diciendo, como si necesitara castigarse a sí misma—. Si yo no hubiera entrado, no habrían podido escapar otra vez.

—Estabas preocupada por mí.

—Solo a medias —admitió—. Sabía que estabas con Kagome y, cuando oí que se rompía algo, lo utilicé como excusa para interrumpiros. Me daba miedo que...

—¿Qué?

—Que intentaras llevártela a la cama.

—¿Y pensaste que podrías impedirlo?

—No pensé demasiado, solo seguía a mi corazón —reconoció con tristeza—. No soportaba la idea de que estuvieras con otra.

Aquella inesperada confesión le hizo aminorar el paso. La bella actriz siempre había ocultado sus sentimientos, incluso mientras lo complacía a él en todos sus deseos.

—Ayame.

Ella apartó la mirada hacia el campo que se extendía a ambos lados.

—Sé que no quieres tener que cargar con unos sentimientos que no has alentado —dijo en voz tan baja que apenas se oía—. Pero esta noche he estado a punto de perderte y me he dado cuenta de que no podía aguantar la idea de que murieras sin saber que te amo.

—Yo... —se movió sobre la silla, abrumado por su declaración de amor—. Ya lo hablaremos más tarde —murmuró.

Sintió su tensión entre los brazos.

—No es necesario que hablemos nada, chéri.

Pero a Koga le dolió la resignación que oscureció su rostro. El que prefiriera hablar un tema tan delicado en la comodidad de la casa en lugar de a lomos de un caballo y estando los dos tan cansados no era lo mismo que no volver a hablar de ello.

—¿Estás segura?

—Oui —lo miró a los ojos, sin duda confundida por sus impredecibles reacciones—. Sé que he traspasado los límites de nuestra relación.

—Desconocía que nuestra relación tuviera límites.

Ella frunció el ceño.

—No te burles de mí, Koga.

—No era eso lo que pre...

—La primera lección que aprende una cortesana es a no dejarse llevar nunca por las emociones —lo interrumpió, había un cierto rubor en sus mejillas—. Los caballeros nos buscan por placer, no por obligación.

¿Obligación?

Koga pensó que nada tenía que ver la obligación con el tiempo que habían pasado juntos, tanto dentro como fuera de la cama.

—Lo cierto es que yo nunca te he considerado una obligación, ma belle.

—Y nunca tendrás que hacerlo —Ayame levantó la bien la cabeza—. No debería haber intervenido en tu relación con Kagome. Es evidente que es una dama extraordinaria y, si tú quieres hacerla tuya, yo os desearé que seáis felices.

—¿De verdad? No pareces muy feliz —bromeó Koga.

—Por favor —le imploró, con los ojos llenos de lágrimas.

—No llores, Ayame —le pidió él, sorprendido ante tal vulnerabilidad.

Estaba acostumbrado a que las mujeres trataran de influir en él mediante el llanto, pero jamás había visto llorar a Ayame.

—No estoy llorando —mintió inútilmente—. Yo nunca lloro.

Sintió una profunda ternura al ver cómo se acurrucaba contra su pecho. Parecía increíblemente frágil.

—¿Otra lección de cortesana?

—Oui.

—No tengo ningún deseo de hacer mía a Kagome, ma belle —dijo y en ese momento se dio cuenta de que era cierto. Había sido divertido pensar que la estaba salvando de las garras de su cruel marido y saber que estaba haciendo daño a los nobles ingleses al secuestrar a toda una lady ante sus arrogantes narices. Pero lo cierto era que su corazón pertenecía ya a otra—. No tengo intención de hacer mía a ninguna mujer que no seas tú.

Ayame se estremeció, pero su gesto se volvió duro.

—No digas eso.

¿Por qué se ponía tan difícil? ¿Acaso no acababa de decirle que lo amaba? Sin embargo ahora que él admitía sus sentimientos, se comportaba como si hubiera amenazado con ahogarla en el pozo más cercano.

—¿Aunque sea cierto? —le preguntó.

—No puede ser —apretó los labios para tratar de ocultar unas emociones que hacían brillar sus ojos—. Tú quieres una mujer de la que sentirte orgulloso, no una actriz nacida en los barrios bajos.

Koga enarcó una ceja.

—Creo que olvidas que mi madre también era actriz.

—Y sufriste mucho por ella —le recordó.

Levantó la mirada hacia la ciudad de Calais.

Por difícil que le resultara admitirlo, una parte de él siempre había culpado a su madre de la muerte de su padre. Sabía que era una locura porque su madre no era responsable de su propia belleza, ni de la reacción de su padre, que había hecho que acabara encerrado en la Bastilla.

Pero, obligado a madurar sin su querido padre, Koga no había podido evitar preguntarse cómo habría sido su vida si su madre no hubiera atraído la atención de aquel lujurioso.

¿Era posible que hubiese alejado a Ayame precisamente porque le recordaba a su madre?

La simple idea le provocó un desagradable sentimiento de culpa.

—Non —negó con fuerza—. Sufrí por culpa de un depravado sin moral alguna, por un noble que ahora está tan muerto como mi padre.

—Pero al que no has olvidado —añadió ella suavemente.

—Nunca podré olvidarlo y nunca cejaré en el empeño de acabar con los hombres como él —juró antes de volver a mirarla a los ojos—. ¿Querrás luchar a mi lado, Ayame Linghinton Absalon?

Ella lo miró, consciente de que quería que fuese algo más que su aliada en su guerra contra la clase dirigente.

—Estaré a tu lado mientras tú lo desees, pero...

Koga se inclinó y la besó en la boca apasionadamente.

—Eso es lo único que necesito —se alejó lo justo para mirarla a los ojos—. Tú eres lo único que necesito, ma belle.

—Koga —susurró Ayame a modo de rendición.

El deseo lo invadió tan bruscamente que espoleó al caballo para que fuera más a prisa.

—Es hora de ir a casa.

Sesshomaru POV

En algún lejano rincón de su mente, Sesshomaru era consciente de que Koga se escapaba junto con Ayame y los guardias. Y aún más lejos podía oír a Miroku remando hacia el barco con Kagome a bordo del bote, así que su amigo había tenido el acierto de alejarla de allí en cuanto había oído los disparos.

Pero, al margen de esas tenues percepciones, toda su atención estaba concentrada en su hermano.

Dios.

¿Qué demonios le pasaba a Inuyasha? Debería haberse protegido tras el carruaje al oír el primer disparo, pero en lugar de eso, se había lanzado como un loco y había recibido una bala que de otro modo le habría matado a él.

—Maldita sea, Inuyasha —murmuró al tiempo que lo tumbaba bien en el suelo para poder reconocerlo—. ¿En qué estabas pensando?

—Es evidente que no estaba pensando —respondió y levantó hacia él una mirada vidriosa de dolor.

Al no encontrar ninguna herida a simple vista, Sesshomaru le abrió la chaqueta.

—¿Dónde te han dado?

—Déjalo, Sesshomaru —Inuyasha le apartó la mano y se cerró la chaqueta sobre la sangre que ya le había empapado la camisa—. No puedes hacer nada.

Tenía razón. No tenía nada con que curarle la herida. Su único consuelo era esperar que la bala se hubiese alojado más cerca del hombro que del corazón.

—Miroku se ha llevado a Kagome al barco, pero seguro que el bote que habrá enviado el capitán al principio estará a punto de llegar —dijo, tratando de animar a su hermano.

—¿Y Koga?

Sesshomaru miró a lo lejos y vio que el amanecer ya estaba ahí, inundando el cielo de una luz rosa que lo teñía todo.

—Ha escapado.

—¿Estás seguro? —preguntó e intentó incorporarse para comprobarlo personalmente.

—No te muevas, no seas tonto —le ordenó, aterrado por la palidez de su rostro. Por todos los cielos. Solo unas horas antes había estado seguro de querer delatarlo como espía; ahora sin embargo habría dado la vida para asegurarse de que Inuyasha no perdía la suya—. Koga y sus hombres se han ido, pero seguro que envía a alguien tras nosotros.

Inuyasha dejó caer la cabeza con un suspiro.

—Supongo que no habrás conseguido herirle al menos.

Sesshomaru meneó la cabeza con pesar. Había disparado hacia donde él estaba, pero al ver que Inuyasha caía abatido, se había olvidado de todo lo demás.

—Es una lástima.

Sí que lo era, pero nada comparado con el dolor de ver a su hermano en el suelo con una bala en el pecho.

—¿Por qué lo has hecho, Inuyasha? —quiso saber.

—¿El qué?

Por mucho tiempo que viviera, nunca olvidaría la imagen de su hermano pequeño lanzándose a protegerlo.

—Recibir una bala que iba dirigida a mí.

Inuyasha se quedó callado tanto tiempo que Sesshomaru llegó a pensar que no iba a responder, pero finalmente suspiró y lo miró a los ojos.

—¿Te acuerdas aquel día de Navidad que escapé de la niñera para poder demostrarle a padre que ya era lo bastante mayor para utilizar los patines que tú me habías regalado?

Sesshomaru sintió un escalofrío. Siempre recordaba aquella Navidad. Había comprado aquellos patines sin sospechar en ningún momento que su padre creería que Inuyasha era demasiado irresponsable para usarlos. Pero claro, en cuanto el lord le había prohibido ponérselos, Inuyasha se había empeñado en demostrarle que se equivocaba. Sesshomaru lo había seguido, pero solo había llegado para verlo dirigirse al centro del lago, donde la capa de hielo era más fina.

—Te caíste al lago, bajo el hielo —recordó, volviendo a sentir el terror de ver que su hermano desaparecía bajo el agua.

—Y tú me sacaste —Inuyasha consiguió esbozar una sonrisa—. Ese día me salvaste la vida. Esta noche he pagado la deuda que tenía contigo.

—No existía tal deuda —Sesshomaru frunció el ceño—. Eres mi hermano, irresponsable y haragán pero al fin y al cabo mi hermano, mi deber es protegerte.

—Y siempre lo has intentado, pero nunca pudiste protegerme de mis propios demonios —volvió a sonreír con una nostalgia desgarradoramente triste—. Esos los tenía que afrontar yo solo.

¿Cuántos años llevaba esperando a que su hermano reconociera sus errores? ¿Que por lo menos se diera cuenta de que él mismo creaba los problemas que tenía? Sin embargo ahora que le había oído pronunciar esas palabras que tanto ansiaba escuchar, no sentía la satisfacción que habría imaginado.

De hecho, solo había servido para que se sintiera aún más culpable.

—Debería haber hecho más —murmuró.

—Tú no tenías la culpa —Inuyasha buscó su mano y se la estrechó—. Nunca la tuviste —añadió con sinceridad y una madurez nueva en él.

Pero Sesshomaru no quería hablar de eso con su hermano herido, quizá moribundo, y estando en terreno enemigo y, justo en ese momento, sonó la llamada que anunciaba que había llegado el segundo bote.

—Gracias a Dios —dijo—. Pronto estaremos a salvo.

—Yo no puedo bajar el acantilado.

—No te preocupes. Volveré enseguida con alguien que me ayude a bajarte.

Sesshomaru se disponía a ponerse en pie cuando su hermano lo agarró del brazo con una fuerza sorprendente.

—Espera, Sesshomaru.

—Debemos darnos prisa.

—Tengo que decirte algo ahora.

Sesshomaru volvió a acercarse a él.

—¿Qué?

—Lo siento.

Se le encogió el corazón al oír aquellas dos palabras y ver la culpa que brillaba en los ojos de su hermano.

—Lo sé, Inuyasha, pero ya seguiremos hablando cuando estemos en el barco.

—No, tiene que ser ahora.

Sesshomaru no tuvo más remedio que acceder.

—Está bien. ¿Qué es lo que quieres decirme?

—Mi relación con Koga empezó de una manera muy inocente —le explicó, abochornado.

—Me cuesta asociar a Koga con nada que sea inocente.

—Tienes razón, pero eso fue lo que me pareció a mí en aquel momento. Koga y yo estudiábamos juntos.

—Lo sé —admitió Sesshomaru, lamentando el momento en el que se habían cruzado sus caminos—. Aunque no veo qué podríais tener en común él y tú.

—La verdad es que era demasiado sombrío y estudioso para mi gusto, y nunca trató de ocultar sus simpatías revolucionarías —Inuyasha fue perdiéndose poco a poco en los recuerdos—. Pero una noche se acercó a mí en medio de una desagradable discusión que estaba teniendo con unos alumnos de un curso superior que afirmaban que yo les debía mucho dinero —soltó una carcajada sin fuerza—. Seguramente porque era cierto.

No le sorprendió que su hermano hubiese empezado a tener deudas a tan tierna edad, ni que hubiese desatado la ira de esos compañeros por su incapacidad para afrontar su responsabilidad.

—Koga no solo saldó mis deudas, sino que me llevó a la habitación y me curó las heridas —Inuyasha apretó los labios—. Pensé que tenía que ser mi ángel de la guarda.

—Una manera muy inteligente de ganarse tu lealtad.

—Koga no era ningún tonto.

Desde luego el francés era un hombre implacable e ingenioso, con el instinto de Maquiavelo.

—¿Y qué te pidió a cambio?

—Nada hasta que vio que me disponía a dejar la escuela y ocupar el lugar que me correspondía en la sociedad. Entonces me pidió que le llevara un paquete de cartas a Londres.

—¿De qué cartas se trataba?

—No lo sé —admitió Inuyasha—. Pero no creo que fueran nada relevante.

—¿Por qué estás tan seguro? —¿acaso no había aprendido nada?

—Porque lo que buscaba realmente era que conociera a Juliette —recordó amargamente.

Sesshomaru tardó unos segundos en darse cuenta de que se refería a la voluptuosa viuda francesa de un diplomático inglés. Sabía que entre ellos había habido algo, pero siempre había supuesto que no había sido más que una aventura sin importancia.

Hasta que había descubierto que había viajado a Francia con Inuyasha.

—Madame Martine —adivinó.

—Fui tan tonto... —se lamentó Inuyasha—. Koga sabía que le sería fácil seducirme y después manipularme.

—Nada fuera de lo común en los hombres jóvenes.

—Seguro que a ti no te pasó —lo rebatió.

—Claro que sí. Mi primera amante me convenció para que le comprara varias joyas de gran valor, además de un carruaje con caballos incluidos, todo eso antes de que yo descubriera que no era el único con el que compartía sus encantos.

—Juliette me costó más de lo que recibía de asignación anual —confesó, atormentado por el recuerdo—. Yo estaba tan ansioso por impresionarla con mi dinero y mi temeridad. Y ella siempre alimentó los celos que yo sentía por ti. Habría hecho cualquier cosa para demostrarle que era tan bueno como tú.

Sesshomaru respiró hondo al deducir lo que eso quería decir.

—¿Incluyendo darle a Koga el puesto de pastor de Carrick Park?

—Sí —confirmó Inuyasha y maldijo abiertamente—. Y debo decir que no me resultó nada fácil.

Debería haberle resultado imposible, pensó él, sin querer calcular cuántos religiosos habrían recibido sobornos para hacer la vista gorda con el pastor Wolf.

—Algún día tendrás que contarme cómo lo conseguiste.

—Algún día.

Ahora había otras preguntas que quería hacerle.

—Lo que no entiendo es por qué accediste a casarte con Kagome si ya recibías dinero de Koga.

Inuyasha se ruborizó de vergüenza.

—Tuve un momento de lucidez, pero no te culpo si no me crees. Pensé que el dinero de Higurashi Wells me serviría para romper mi relación con Koga sin salir perjudicado.

—¿Creíste que podrías sobornarlo?

—Es ridículo, lo sé. Pronto descubrí que nunca podría romper mi... alianza con ese maldito francés.

—¿Fue entonces cuando huiste a Calais?

—Sí y, una vez más, te obligué a pagar por mis pecados. Pero no volverá a ocurrir, te lo prometo. He aprendido la lección y a partir de ahora todo será diferente.

Sesshomaru quería creer que había cambiado, pero lo había defraudado tantas veces en el pasado...

—Ya está bien, no malgastes las fuerzas que te quedan y espera a que vaya en busca de ayuda.

—Antes tengo que darte esto —anunció esa vez Inuyasha tratando de sacar algo del bolsillo de la chaqueta.

Sesshomaru abrió el papel que le dio su hermano. Era una lista de nombres entre los que reconoció los de varios caballeros.

—¿Qué es esto?

—Todos los caballeros ingleses que trabajan para Koga.

Aunque ya lo había imaginado, la confirmación le heló la sangre. Algunos de esos hombres eran miembros del parlamento, hombres con poder e influencia y, por tanto, terriblemente peligrosos como espías.

La pregunta era cómo conseguía Koga Wolf que todas esas personas cooperaran con él y traicionaran a su país.

—¿Cómo te hiciste con esto?

Inuyasha se llevó la mano a la herida con gesto de dolor.

—Después de prometerme con Kagome, registré la iglesia de Carrick Park y el despacho de Koga con la intención de destruir la nota que había firmado confesando mi traición. Por desgracia, no pude encontrarla, pero descubrí esto.

—¿Sabe él que lo tienes?

—No —dijo con cierta satisfacción—. Lo copié y volví a dejar el original donde estaba. Pensaba utilizarlo para chantajear a Koga cuando lo necesitara.

Desde luego era una información determinante y Koga estaría dispuesto a cualquier cosa para evitar que no cayera en manos del gobierno inglés.

El hecho de que Inuyasha se lo hubiese dado a él en lugar de quedárselo era casi tan sorprendente como los nombres que componían la lista.

—¿Y ahora? —le preguntó, por si era una trampa.

—Ahora es tuya —dijo, tosiendo de un modo que le heló la sangre a Sesshomaru—. Sé que harás lo que debas. Como siempre.

—No, Inuyasha...

—No era un insulto, Sesshomaru —lo interrumpió casi sin voz—. Siempre he admirado tu integridad, incluso cuando me ponía furioso. Solo espero que algún día estés tan orgulloso de mí como lo he estado yo siempre de ti.

El corazón se le desgarró de dolor.

¿Creía estar a punto de morir? ¿Era por eso por lo que había querido confesar sus pecados y darle esa lista?

No. Sesshomaru meneó la cabeza sin darse cuenta.

No podía permitirlo.

Su hermano tenía que sobrevivir, aunque para ello tuviera que seguirlo hasta el infierno y sacarlo de allí a rastras.

—No te muevas.

Se puso en pie, agarró la pistola que había dejado caer su hermano y se la puso de nuevo en la mano antes de salir corriendo montaña abajo.

—Sesshomaru...

—Volveré lo más rápidamente que pueda.

Siguió caminando sin darle tiempo a decir nada más. Llegó abajo con la chaqueta desgarrada por las rocas que sobresalían y las botas destrozadas, pero por fin estaba frente a dos de los marineros de su barco.

Le ordenó a uno de ellos que lo acompañara y juntos volvieron a subir. Recogerían a Inuyasha y, ya en el barco, el capitán podría limpiarle y vendarle la herida. Le quedaría una cicatriz que mostrar a sus amigos.

Una vez arriba, echó a correr hacia el carruaje. Había tardado menos de un cuarto de hora, pero estaba ansioso por ver a su hermano. Y más ansioso se puso al llegar al lugar donde lo había dejado y descubrir que allí no había ni rastro del carruaje ni de su hermano.

¿Qué demonios?

—¿Ve a buscar al señor Inuyasha entre los árboles? —le ordenó al estupefacto marinero—. Estaba aquí cuando he bajado. Y estaba herido —explicó.

—Muy bien.

El joven obedeció sus órdenes mientras Sesshomaru examinaba el rastro que se alejaba de la explanada.

Encontró algunas gotas de sangre y varias pisadas, pero nada hacía pensar que hubiera habido una pelea. Aunque tampoco esperaba encontrar dichas pruebas.

No. Si lo hubieran atacado mientras él no estaba, lo habría oído gritar, o al menos habría disparado.

La explicación más lógica era que había esperado a que él se fuera y luego había escapado en el carruaje.

Lo había engañado hábilmente.

Una vez más.


P.D: Agradecería su apoyo y si no fuera molesta algunos review.

Gracias de antemano por darse un tiempo en leer esta historia.


TÍPICO DE INUYASHA, ENGAÑAR A SU HERMANO QUE SE PREOCUPA POR EL...

EN ESA ULTIMA PARTE VA LA ORACIÓN "NO ESTABA MUERTO, ANDABA DE PARRANDA"

Traducción del idioma Francés

Arrêtez – detener

ma belle – mi bella