Amargo despertar

"…cerrando sus ojos una última vez.

Y me pregunto si ella ha soñado como yo lo he hecho."

-¿Por qué no pelean ustedes también esta batalla, es tan suya como nuestra?

-Todas las razas de la Tierra Media han decidido prescindir de nuestro apoyo. De uno u otro modo, nos han decepcionado. Han fallado en sus decisiones y nada puedo hacer.

-Ustedes también han fallado, una y otra vez. Eso significa que deberían hacer algo.

El Valar miraba el horizonte, costas blancas interminables se extendían ante sus ojos y una luz nívea, muy brillante iluminaba la mañana tibia. Águilas de tamaño descomunal sobrevolaban las aguas tranquilas y una tenue brisa acariciaba su rostro.

-No puedo decir que no tengas razón, Nimiel. A menudo me he preguntado si no somos injustos tanto como cobardes. Sin embargo, nada puedo hacer más que aconsejarte. Cuando llegue el momento, la alianza deberá demostrar su valía. Debes estar atenta, sé que te has preparado para esta guerra, que piensas ser algo más que una sanadora. Me alegra que así sea. Pero cuando estés ante el enemigo, lucha con la mente y el corazón. Debes saber cuándo blandir tu espada y cuando sanar, así como cuando debes dejar partir a alguien.

-¿Estás insinuando que debo dejar morir a alguien?

-No, sólo te estoy mostrando los caminos que tendrás frente a ti. Elige con calma cual has de seguir.

Luego, Manwë se desvaneció en el aire y aparecieron frente a Nimiel imágenes de batalla, su armadura y las partes desnudas de su cuerpo cubiertas en sangre negra. Blandía aquella espada que Tarian había hecho forjar para ella y podía sentir la furia navegando por sus venas, mientras repartía mandobles y estocadas a diestra y siniestra. Pero mientras ella estaba allí, a unos metros veía a Elladan y a Elrohir desangrándose. Quería correr hacia ellos para sacarlos de allí y vendar sus heridas. Pero una mano invisible la mantenía quieta en su posición y lo único que podía hacer era defenderse para no caer también.

Nimiel abrió los ojos, agitada y transpirada. Ya no había blancas costas, grandes águilas ni suave brisa. Tampoco sangre, orcos ni gritos. Lo único que percibía era oscuridad. Supo que estaba en su tienda. Palpó a su lado hasta encontrarse con los pectorales desnudos de Elladan. Su respiración era tranquila, por lo cual sintió un poco de envidia hacia su marido. Desde el momento en que partieran desde Amon Sûl junto a Gil-galad, los sueños con Manwë y muertes dolorosas se habían repetido todas las noches. No lograba descansar y durante el día lo lamentaba ampliamente.

A tientas encontró la salida y se dirigió hacia la noche. El cielo estaba encapotado por negros nubarrones que eventualmente se iluminaban con relámpagos. Podía notar el nerviosismo en los caballos que ahora estaban sueltos, pastando entre la poca vegetación de los alrededores. La presencia del mal era indudable hasta en esos detalles. Habían acampado en Sarn Gebir, puesto que los afluentes del río Anduin les facilitaban la pesca, la caza y el suministro de agua, tanto para ellos como para los animales. Podía oír tenuemente el rumor del agua chocando contra las rocas, procedente de los saltos del Rauros. Dirigió su mirada hacia el norte, con el fin de sentirse así más cerca de su pequeña hija. Aguzando la mirada, pudo notar destellos que se desplazaban pesadamente hacia ellos. En un primer momento, temió una emboscada en el medio de la oscuridad de la noche, pero luego, su vista incisiva pudo reconocer siluetas cortas y anchas que al desplazarse emitían sonidos metálicos. Sin duda alguna, supo que se trataba del ejército de los enanos de Moria, que habían aceptado unirse a la cruzada contra Sauron.

Nimiel estaba sorprendida de verlos marchar durante la noche, pero así eran los naugrim, rústicos y faltos de toda belleza y sabiduría, pero eran valientes y resistentes y ni el velo de la oscuridad podía detenerlos. Algunos de los que estaban en el campamento habían despertado ya y observaban el grupo que se aproximaba. Sin embargo, sólo los elfos podían distinguir de quién se trataba. Una figura esbelta se acercó a la sanadora y ella pudo percibirlo y lo contempló por el rabillo del ojo, era Elendil que, por su semblante, no era de los que recién despertaba, sino que más bien había pasado la noche velando por sus caballos y sus hombres.

-Disculpe, sabia dama. Sé que sus ojos ven más allá de los míos, terriblemente humanos, y este viejo ha perdido mucho de su visión. ¿Qué es lo que se aproxima a nosotros? –Nimiel le dedicó una amplia reverencia, a pesar que nadie se lo presentó, sabía que era el rey supremo de los hombres.-

-Es un honor poder servirle, mi señor. El grupo que se dirige hacia nosotros es la delegación de enanos de Moria, que aceptaron gustosos ofrecer sus armas en esta batalla.

-Sin dudas, ha sido una gran idea llamarlos a combate. Algún día, zanjarán sus problemas con los elfos. Pero ahora, cualquier mano del lado del bien es necesaria.

Nimiel se ruborizó un poco, sabía que la idea había sido suya, pero jamás se vanagloriaría por eso, así que trató de disimular. Si algo había aprendido al lado de Elrond y sus hijos, era sobre humildad. Sin embargo, pronto se supo. Los enanos llegaron al campamento con su marcha firme y cuando estuvieron lo suficientemente cerca, expusieron sus condiciones.

-Hemos sido llamados a batalla por una dama. Su mensajero nos dijo que su nombre era Nimiel. Sólo a ella nos dirigiremos.

El elfo que se encontraba más próximo a ellos la señaló y el rubor volvió otra vez a su rostro, mientras el enano que había hablado se acercaba hacia ella. Elendil la contempló sorprendido.

-Bien, veo que estoy ante la dama que tuvo la brillante idea.

-Sólo fue una sugerencia… -Respondió Nimiel avergonzada al rey de los hombres.-

Cuando el naugrim estuvo frente a la elfa, le dedicó una amplia reverencia, haciendo que su barba tocara el suelo reseco. Luego se incorporó y le habló con solemnidad.

-Usted nos ha llamado y hemos acudido. Como he dicho antes, sólo con usted trataremos. Soy Durin IV, señor de los enanos de Moria, hijo de Durin III.

Nimiel posó una mano sobre el hombro del robusto guerrero que, al igual que los demás enanos, iba ataviado con ropas de cuero que daban una mediana protección para cualquier asalto que pudieran sufrir en el camino, pero que les permitía también marchar ligeros. Luego le dedicó una humilde sonrisa.

-Mi señor enano, es un honor contar con el ejército de Moria. Pero yo sólo soy una sanadora y nada sé de cuestiones bélicas. Le pido que por favor confíe en los gallardos señores que me acompañan. –Señaló al hombre a su lado.- Él es Elendil, rey supremo de los hombres. También está entre nosotros Gil-galad, rey supremo de los elfos, y Lord Elrond y Lady Galadriel, cuya sabiduría no debe ser subestimada. –El enano dedicó una sutil reverencia a Elendil, y luego volvió a dirigir su mirada a Nimiel.-

-Hablaré con el humano, y puede que hasta oiga lo que los elfos tengan para decir, pero sólo en su presencia, humilde señora.

-Si así lo deseas, y si los demás lo permiten, así será. Pero mi nombre es Nimiel. –Dio una suave palmadita en su hombro.- Ahora les aconsejo que descansen unas horas. Luego seguiremos camino.

El enano dirigió una nueva reverencia y se fue a reunir con su ejército para disponerse a descansar de algún modo. Nimiel contempló hasta donde sus ojos podían ver. En la vastedad frente a ella, había tiendas, tiendas y más tiendas. Y bajo el negro cielo, hombres y elfos fumando pipas y trazando planes, anhelando ver las estrellas con desesperación y amargura. Porque aquellos oscuros nubarrones eran el presagio de la muerte a la cual habían de enfrentarse. Pero no había modo de evitarlo.

La sanadora se disponía a volver a su tienda cuando sus ojos se encontraron con los de Thranduil. Estaba sentado en una roca, afilando su espada y con la vista perdida en el horizonte hasta que los ojos de Nimiel llamaron su atención. Hacía unos cuantos días no se acercaba a ella y tampoco la veía porque él iba por delante en la formación. Quería evitar cruzarse con ella, pues eso sólo lo sumiría más en la tristeza que lo embargaba. No podía evitar amarla, eso lo tenía muy claro, pero si podía hacer lo posible por no verla junto a su amado esposo.

Sin embargo, como si una necesidad nacida del afecto que se habían tenido mutuamente la llevara hacia él, Nimiel decidió acercarse. Su mirada se veía muy apagada de como ella solía recordarla, llena de vida y sensualidad. Los años habían pasado factura, creía ella, pero la realidad que desconocía es que la oscuridad que lo abrazaba era debido a su distancia.

-Deberías descansar. Luego anhelaras haberlo hecho.

-Quizás tengas razón. –Respondió fríamente el príncipe, mirando aún al horizonte.- El punto es que no puedo, hace unos años me di por vencido con eso. Imaginarás que en estas instancias, es aún más difícil conciliar el sueño.

-Comprendo.

Nimiel hizo ademán de retirarse, ya estaba arrepentida de haberse acercado a él. Por mucho que amara a Elladan, cuando la distancia con Thranduil era tan escasa, el magnetismo entre ellos despertaba y temía no poder negarse a cometer una locura. Pero antes que emprendiera su camino hacia la tienda, al lado de su esposo, Thranduil prosiguió.-

-Deberías estar en su lecho. No quisiera ser causal de problemas, como si ya no tuviéramos suficientes.

La elfa iba a responder, justo en el momento en que un ruido de cascos se oyó en la lejanía. Fueron varios quienes lo advirtieron, pero la oscuridad reinante no dejaba ver más allá de unos pocos metros. Todos quedaron expectantes, hasta que vieron llegar, por el mismo camino por el que habían llegado los enanos, un caballo blanco con pretal verde y marrón. No podía ser más que del bosque de Mirkwood. Thranduil reconoció el andar de la cabalgadura, era hermano de la suya y sólo una persona podía venir a lomos de ese animal. Negó por dentro, como si eso pudiera evitar que fuera quien él creía. Pero fue en vano. Nimiel pudo ver en lontananza una cabellera larga moviéndose suelta al ritmo del galope. A medida que se acercaba, pudo vislumbrar el color castaño del cabello a la luz de las fogatas. Ella también quiso negarlo, pero así parecían ser las cosas: Helluin se dirigía hacia ellos con una marcha triunfante, como si todos la hubieran estado esperando.

Nimiel se mordió el labio por no gritar, y la expresión de confusión en el rostro de Thranduil fue más que evidente. La elfa de Mirkwood siguió su marcha hasta colocarse justo entre Nimiel y Thranduil, como separándolos.

-¡Haira lúmello, meleth nïn!

-¿Qué haces aquí y donde está Legolas? –La ira en el rostro del elfo era tan evidente que dolía.-

-Yo también te he extrañado, ¿sabes? Nuestro hijo ya debe estar a salvo en el valle y un mensaje estará viniendo a confirmarlo, como tú lo sugeriste.

-No fue una sugerencia, fue una orden. Y tú debías ir con él. ¡Por Eru bendito, Helluin, eres su madre. Tu lugar está a su lado, no en esta batalla!

-Él estará bien. Galion no me tolera a mí, pero a Legolas lo adora. Estoy segura que daría su vida por él.

-Su madre eres tú, no Galion. –Ya no se distinguía si en el tono de su voz predominaba la ira o la amargura.- Como algo malo le suceda…

-No seas tan negativo, mi amado. Todo saldrá bien.

Comenzó a bajar con cuidado de su cabalgadura. En ningún momento se molestó en saludar o siquiera mirar a Nimiel, que por aquellas alturas, quería bautizar su espada con la sangre de Helluin. No comprendía como podía abandonar así a su hijo, siendo que no podía aportar nada a la batalla. Habría dado su vida por poder quedarse al lado de su pequeña Mírëanor.

-Vamos, ya, dame un beso. Parece que has visto un fantasma. Soy tu esposa y nada ni nadie me separara de ti.

Se amarró en un abrazo a la espalda de Thranduil. Nimiel se fue, oculta por el caballo en el que había llegado Helluin. Cuando Thranduil logró soltarse y ponerse de pie, ella ya no estaba presente. Se había retirado a su tienda, tratando de hacer el menor ruido posible, sin mover a Elladan, pero a pesar del esfuerzo, el elfo estaba ya despierto.

-¿Todo está bien, mi cielo?

-Han llegado los naugrim. Eru nos ilumina con una tenue esperanza. Y también ha llegado la princesa de Mirkwood. –Elladan largó una carcajada suave, creyendo que era broma.-

-En buen lugar decides ponerte de buen humor, Nimiel.

-No estoy de broma. Dejó a su hijo en Rivendel y vino aquí, al lado de su esposo.

-Muy romántico, pero poco amor de madre. ¿Y qué puede llegar a hacer en esta batalla, es guerrera?

-No que yo sepa, amor. Pero déjalo, abrázame fuerte y tratemos de descansar un poco. No queda mucho para el amanecer.

Nimiel se aferró con devoción a Elladan, como temiendo perderlo. Sentía culpa, mucha culpa por haber cruzado dos palabras con Thranduil. Elladan no era idiota, y pronto debería enfrentarse a la verdad.


Vocabulario.

-¡Haira lúmello, meleth nïn! : ¡Tanto tiempo, amado mío!

Y bueno, qué quieren que les diga, al final Helluin resultó una turra. Estoy segura que, si no fuera la madre de su hijo, Thranduil ya la habría enviado a las estancias de Mandos.

Bien, llegaron los enanos! Ahora se viene la parte amarga, chicos. Ya no lo puedo estirar más. Muchos van a morir y muchos van a vivir. Sólo falta ver a quién le toca cada destino.

Espero que les haya gustado y, como siempre digo, dejar reviews es dar amor. Y cada vez recibo menos... =( *Suenan los violines*

Hasta la próxima, amigos!