Capítulo 21. Lynn.
En una de las islas que pasaron, Reizar, acompañado por Tetra y Link, bajaron a tierra y se hicieron con una provisión de fruta, maderas y animales, que el rey se negó a tocar. Lo cierto es que tuvo que romper su promesa de comer carne, pues en el barco no había otra cosa que no fuera pescado y carne reseca. Aún así, estaba adelgazando a tal velocidad que Zelda temía que iba a desaparecer antes de alcanzar tierra.
La noche en la que Link tuvo un sueño con Kafei (Leclas declaró que él no se acordaba de nada de eso), Zelda regresó al puente de mando y asió el timón, con duda. Tetra la seguía, y se puso a mirar con el astrolabio.
- Hay que corregir el rumbo... El barco ha virado unos cuantos grados al sur. Si seguimos así, no llegaremos a la península de Labrynnia en años.
- Usted perdone, capitana. – Zelda se apartó y Tetra tomó el mando. – La próxima vez que crea que nos atacan, usted podrá ocuparse de los intrusos. Supongo que al menos sabrá escupir.
No sabía que le pasaba. Zelda deseaba de verdad que sus palabras le dolieran a Tetra, y que esta acabara rompiendo la serenidad que la caracterizaba, pero en su lugar, la princesa de Gadia se echó a reír, de buen humor.
- Eres muy graciosa. ¿Quién nos va a atacar en alta mar? – Tetra dejó de reír. – Por cierto, aún no te he preguntado algo... Bueno, son varias cosas. La primera de todas es¿por qué tienes el pelo rojo¿Es tu color natural, verdad?
Zelda agitó la melena. Vale, la suya no formaba los bucles tan perfectos como los de la princesa, a pesar de llevar recogido el cabello en una larga coleta. De hecho, debido a la humedad, el cabello de Zelda estaba erizado, como si estuviera asustada.
- Sí. Es mi color. – se cruzó de brazos. - ¿Algo más?
- ¿Eres hechicera¿Cómo te transformarte en pájaro para rescatarme?
- Es una habilidad que tengo. – Zelda empezaba a sentirse irritada. Tetra le hacía las preguntas, pero siempre con una sonrisa bailando en los labios, como si aquello fuera una charla entre dos amigas de toda la vida.
- ¿Link y tú sois realmente hermanos?
- Tanto como Reizar y tú sois viejos amigos de familia.
Tetra volvió a reírse a carcajadas.
- Tocada y hundida. Lo cierto es que no os parecéis mucho. Debí suponerlo. – Tetra la miró por encima del hombro, de reojo pues tenía que controlar la dirección.- Ya me contaréis la verdad, cuando queráis. Sé que no sois mala gente, y que hay un motivo para todo esto. Reizar seguro que se ha puesto melodrámatico y os ha dicho que no sé asumir la realidad, pero cuando quiero, puedo sobrevivir a los golpes.
Zelda se mordió la lengua. El primer impulso que tuvo fue gritarle algo, un insulto. Luego, el deseo de arrojarla por la borda fue verdaderamente poderoso. Durante el día se preguntó porqué no la dejó morir a manos del tiburón tigre... y entonces recordó que para ella en ese momento, era solo una desconocida oculta bajo una capucha. "Si lo llego a saber..."
- Presiento que tú y yo no hemos empezado bien¿cierto? - insistió Tetra. Ante el silencio de Zelda, volvió a preguntar. - ¿Fue algo que te dije? Soy un poco desastre, no se me da bien hablar con la gente, la verdad. Si es así, perdóname.
- Otra que tal baila...
- ¿Cómo?
- Oye, Tetra, Altea, o como te guste que te llamen: no me has hecho nada. No vayas por ahí pidiendo disculpas, se supone que eres una princesa, y las princesas no son humildes.
Tetra volvió a echarse a reír, y por un segundo Zelda estuvo tentada a seguirla. Pero luego recordó como la princesa miraba a Link en el puente de mando, y el dolor en el estómago regresó.
- Puedes irte a dormir, yo puedo ocuparme de esto. Queda muy poco para el turno de Reizar. Si le ves despierto, dile que puede ir subiendo.
Zelda bajó del puente de mando, y se encontró con Reizar, sentado en la sombra que formaba la barandilla y la escalera de bajada. "Seguro que nos ha escuchado" pensó Zelda, y la prueba de esta duda le llegó cuando vio que Reizar se ponía en pie y, tras desearle buenas noches, subía hacia el timón.
"Tenía que haber interrogado a la princesita sobre su relación con el mercenario saca cuartos este... pero la verdad es que tengo sueño"
Al día siguiente, Link se lavó el pelo. Tardó mucho en quitarse el tinte oscuro, incrustado en los cabellos como brea. Se le hizo extraño mirarse en el espejo y ver de nuevo su rostro, el cabello rubio como siempre y los ojos azules... rodeados por unas ojeras permanentes.
Cuando Tetra le vio, contuvo la exclamación. Entonces, Link, apoyado por Zelda y por Leclas, se atrevió a contarle todo. Empezó de esta forma:
- Mi nombre verdadero es Link V Barnerak, y soy rey de Hyrule, de la dinastía de los Barnerak... Mi madre fue la Reina Estrella, y mi padre fue Lion II el Rey Rojo. – y todo comenzó. Le contó brevemente como Zelda, caballero de Hyrule, y Leclas, sabio del bosque, le ayudaron años atrás a sellar a Ganon en el mundo oscuro. También le contó la conspiración, la aparición de Vaati y la traición de Aganhim. Llegados a este punto, Tetra ya estaba sentada en el suelo, escuchando la historia con el rostro absorto.
- Y esto es todo. Ahora nos diriguimos a Lynn, en la península de Labrynnia para averiguar donde está el siguiente orbe. – Link esperó a que Tetra hablara, pero está, en vez de preguntar o decir algo, miró hacia Reizar. Este asintió, y entonces la princesa de Gadia dijo lo siguiente:
- Tú eres... el rey Link. ¿De verdad?
- Sí, si estás dispuesta a creerlo. Siento los problemas que están causando en mi nombre.
- Pero eres... tan joven para ser rey.
Link, que había mantenido cierta dignidad, se puso muy rojo. Detrás de él, Leclas se echó a reír a carcajadas.
- Aganhim no es mala persona, me sorprende que haya traicionado la confianza de mi abuelo el rey. – Tetra se tiró de la coleta. – La que lamenta los problemas que te ha causado soy yo. Has tenido que huir de tu reino, eres un proscrito, y encima debes parar los pies a un mal mayor. Al menos, que mis conocimientos te sirvan de ayuda. – Tetra hizo una ligera reverencia, y por unos segundos, sus ojos se concentraron en los ojos de Link. El rey se puso más colorado aún. - ¿Dices que te quitaron... el Libro de Mudora¿Existe realmente?
- Sí...
- ¿Y lo encontraste en una biblioteca de un pueblo? – Tetra reflexionó unos segundos. – Es un libro legendario, muy valioso.
- ¿Qué sabes de él? – preguntó Link, muy intrigado.
- Solo aquel que posee la verdad puede traducirlo. Las diosas lo dictaron a un gran sabio de la antigüedad, con el fin de contener todo el conocimiento de la creación del mundo y los hechizos que emplearon.
- Los hechizos... de los dioses. – Link tocó su flauta plateada. – Los hechizos que empleo, en su mayoría, los extraje del libro de Mudora.
- Entonces eres un gran mago. – Tetra le miró con admiración. – Ojalá lo hubiera sabido en Salamance¿sabes? Podríamos haber acudido a las escuelas de magia, y seguro que te habrían ayudado en algo...
- No nos sirve. – intervino Zelda, cada vez más enfadada. – Ahora, nos interesa evitar que Vaati se haga con todos los orbes. Nosotros le llevamos ventaja: tenemos ya tres. Y no estamos del todo seguros que esté en Lynn.
- Habrá que confiar en mis poderes adivinatorios. Si tuve ese sueño con la torre de Ambi, entonces debemos probar. - dijo Link. Tetra asintió, y declaró que, al ritmo que llevaban, llegarían en unos cinco días.
Con la verdad ya dicha y con la sensación de haberse quitado un peso de encima, Link ayudó a Tetra con las tareas de navegación, mientras Leclas y Reizar desplegaban las velas y ataban los cabos. Aislada en lo más alto del mástil, medio arreglado por las manos del carpintero, Zelda contemplaba el horizonte.
- "Entonces eres un gran mago", "que mis conocimientos os sirvan de ayuda", "Es un libro legendario"... – Zelda imitaba la voz de Tetra, exagerando el acento gadiano y el tono pedante de la muchacha. Cuando lo hacía sentía dolor en el pecho, pero al mismo tiempo, era la única forma que tenía para descargarse. Reizar defendería a su princesita, Leclas la miraba embobado (y más cuando Tetra le llamaba "maese Leclas"), y Link... bueno a él no podía decirle porqué odiaba a la princesa.
"Si quieres yo te lo digo" se escuchó pensar. Zelda apartó ese pensamiento y se concentró en la línea azul a lo lejos.
- ¡Eh, Zelda!
La labrynnesa casi se cae del susto. Leclas estaba sentado en una de las traviesas. Abajo, Reizar se ocupaba de asegurar las velas.
- Dime, Leclas. – Zelda no estaba de humor: aquella forma de aparecer de repente a su lado justo cuando estaba pensando le hizo recordar a Urbión y su manía de colarse en sus pensamientos y asustarla.
- ¿Cómo es tu casa¿Es grande¿Hay chicas guapas en Labrynnia, o son todas pelirrojas como tú?
Zelda sonrió.
- ¿Desde cuando te interesan tanto las chicas, Leclas?
- No quiero ser el único soltero del grupo.
Leclas se deslizó por la traviesa hasta acercarse a Zelda.
- ¿El único soltero?
- Sí... Kafei tiene a Maple, Reizar parece muy encariñado contigo, y Link y Tetra hacen una pareja ideal y muy "real". – y se echó a reír.
Zelda miró hacia abajo, en la dirección que señaló Leclas. Tetra se estaba riendo con algo que le había dicho Link, y dejaba caer atrás la larga coleta rubia. Visto así, los dos rubios, los dos con los ojos claros, la sonrisa ancha, las orejas largas de hylians... parecían hechos el uno para el otro. Hasta Tetra era justo de la misma estatura que Link.
- Tienes mala cara. ¿No te estarás mareando? – Leclas llegó a la plataforma improvisada para el ojeador. – Puedes bajar, yo me quedo.
- No, estoy bien. Tú ayuda a Reizar. – Zelda logró sonreír. – Ah, por cierto, en Lynn hay chicas guapas, y yo soy la única pelirroja.
Siguió escuchando la risa de Leclas hasta un buen rato después. "A veces me pregunto que me diría si yo le contara que su amigo Urbión no fue un santo, que él era el mismo señor de los infiernos, y que ahora yace escondido en el Mundo Oscuro convertido en estatua... por mi culpa". Zelda se abrazó las rodillas, y ni aún así fue capaz de quitarse de encima el frío en el corazón.
Pero se le pasó pronto. "¿Qué ha dicho Leclas, que Reizar está encariñado conmigo?"
La silueta de la península de Labrynnia se recortó en el horizonte. Emocionada, Zelda aspiró el aire que empezaba a oler a las flores de su ciudad. Unas gaviotas sobrevolaron la nave, sacudiendo el aire con sus gritos. Desde la posición aventajada del mástil principal, la labrynnesa se dejó arrastrar por una emoción conocida, la sensación de estar camino de su casa.
Adoraba viajar, le encantaba conocer nuevos lugares y nuevas gentes, otras culturas... y sin embargo, cuanto más viajaba, más le gustaba regresar a Lynn, a la casa donde creció, a los brazos de su padre, a su cuarto donde, al amanecer, las paredes se teñían de color melocotón.
Alguien estaba a su lado: un chico rubio. Tan concentrada estaba en el horizonte, que se sorprendió de ver a Link subiendo la escalera de cuerda. El rey avanzaba de forma torpe, enredándose los pies en los agujeros y con las manos temblorosas. Zelda se inclinó para ofrecerle la mano.
- Ey, alteza, pensé que un contramaestre estaría demasiado ocupado para subir aquí arriba.
- Ah... – Link temblaba como una hoja. Aceptó la ayuda de Zelda y se sentó, sano y salvo en la plataforma. – Sí... yo... – se limpió el sudor de la frente.
El aire marino le sentaba bien: la piel del rey tenía un tono más sonrosado de lo habitual, y sus ojeras habían desaparecido esos días. Desde que habían embarcado, no había vuelto a tener sueños extraños (excepto el de Kafei).
- ¿Te dan miedo las alturas? – le preguntó Zelda, sorprendida.
- No sé... Nunca había escalado una cosa de estas. ¿No se mueve mucho? – Link apoyó la mano en el mástil y apretó, como si quisiera abrazarse a él y no quisiera, por temor a quedar como un cobarde.
- Mira... Eso es Labrynnia. – Zelda señaló la forma de la tierra. – Esa montaña que se ve ahí se llama "Muro de la Restauración", y es el pico más grande de la península. Al norte se encuentra el Cinturón de las Diosas, una gran falla volcánica que hace impracticable todas las vías. Por ese motivo, para llegar a Labrynnia, siempre hay que ir en barco. Es como una isla, pero sin serlo.
- Sabes muchas cosas de tu país. – Link sonrió.
- Aunque no lo aparento, yo era de las más inteligentes de mi clase. – Zelda frunció el ceño, aparentemente irritada por el comentario.
- Estoy seguro de ello. – Link se relajó un poco, tras comprobar que la plataforma no era lo que se movía, sino todo el barco. Dejó las piernas colgando fuera de la estructura de madera. – Es la primera vez que vengo. ¿Tú crees que debería entrar con toques de trompetas y subido a un palanquín¿O mejor voy a pie, con una pequeña comitiva de soldados?
Zelda se echó a reír, sorprendida por el tono irónico del rey. No era frecuente que Link usara ese tipo de ironía. A la vez, percibió un tono amargo.
- Creo que una entrada discreta, sería lo mejor. – Zelda le dio un golpe cariñoso en el hombro. – Aunque sería algo triunfal que bajaras al muelle sobre los hombros de Reizar, con una corona de hojas. Leclas podría hacer de vocenero, cantando tus virtudes, y Tetra y yo bailaríamos una danza lanzando pétalos de flores.
Le llegó el turno de reír a Link. Cuando las carcajadas fueron cesando, Zelda percibió que su tristeza y su rabia se habían marchado. Había recuperado algo que empezaba a dar por perdido: la complicidad que tenía con Link, y que con nadie más tenía. "Una vez sí la tuve con alguien más... con Urbión" Este pensamiento terminó con su risa de repente.
- Bueno, tendrás que conformarte con que mi padre nos haga algo de comer. Se le da bien la cocina, y le encanta lucirse delante de invitados.
- Tu padre... ¿aún está convaleciente, cierto? Espero que no seamos una molestia...
- No te preocupes por eso... Ya nos tocará pringar en algo.
- Lo haré encantado. – Link movió los pies en el aire. El viento le desordenaba los cabellos rubios. Mirándole de perfil, Zelda se dio cuenta que la cara del rey ya no le parecía tan redonda y aniñada como antes. Los pómulos se marcaban, y la nariz, larga y estrecha, parecía más firme. Hasta la barbilla empezaba a parecer la de un chico adulto. En la mejilla derecha tenía una ligera cicatriz, el arañazo que le hizo Vaati aún permanecía como un mal recuerdo.
Zelda quiso levantar la mano y tocar aquella marca. Lo deseó con tanta intensidad que, antes siquiera de pensar en que quería hacer, ya había levantado la mano.
- ¡Link!
El rey y la caballero se sobresaltaron. Abajo, con las manos en jarras, estaba Tetra.
- ¡Te necesito aquí abajo¡Zelda, Leclas me ha dicho que te releva! Ayúdale a bajar.
- Ya está, la capitana tapón. – Zelda torció el gesto, enrabietada. La mano, que se había quedado a medio camino, acabó en su regazo, cerrada en un puño.
- ¿Capitana Tapón? – Link se puso en pie, sujetándose al mástil. - ¿Por qué llamas así a Tetra? Ella nos está ayudando mu...
El barco se balanceó, y una ráfaga de viento golpeó al rey. Link se quedó al borde de la pasarela, sin nada a lo que aferrarse. Su cuerpo se inclinó hacia atrás y por unos segundos, cayó al vacío.
Por fortuna para él, Zelda se colocó la máscara de orni y le sujetó empleando las patas. Le depositó en la cubierta, y se apartó. Link respiraba muy nervioso, pero llegó a darle las gracias. Zelda respondió con un seco "de nada", y se marchó al interior del barco, tras anunciar que quería bañarse.
La llegada al puerto de Labrynnia causó bastante expectación. Desde las torres de vígia del pequeño puerto, el viejo que observaba el océano vio la nave, que se movía de forma oscilante. Enseguida, se prepararon tanto para lo bueno como para lo peor. Reizar, que oteaba la costa empleando un catalejo, fue el primero en decirles que en Lynn estaban preparando cañones.
- Que raro... – comentó Zelda. – Si son muy pacíficos.
- A lo mejor se piensan que somos piratas. – dijo Link. - ¿Y si ponemos una bandera blanca, en señal de paz?
- No es mala idea. Vamos, hay que tender lo que tengamos de color blanco. Tiene que ser lo bastante grande para que lo vean desde el puerto... – Tetra enseguida organizó como iban a hacer el amarre, ganándose con ello el resto de las antipatías de Zelda.
El barco llegó al fin al puerto. Tetra, con las manos apoyadas con firmeza en el timón, dirigió la operación, ayudada por el resto de la tripulación. Zelda le había advertido que la entrada a puerto era muy estrecha, y la gran mayoría de los barcos que llegaban a la península solían amarrar un poco más lejos y bajar en botes. El "Brisa Nocturna" no tenía botes salvavidas, pues los marineros debieron tirarlos, para dejarles más a la deriva. Sin embargo, era providencial que Tetra estuviera con ellos. Antes de que el barco enfilara hacia el muelle, la princesa de Gadia comentó que su padre le enseñó algunos trucos para controlar un barco del tamaño que fuera y hacerle pasar por lugares estrechos.
Cuando el barco se detuvo, Zelda y Reizar se ocuparon de colocar la pasarela. En el muelle se había congregado una multitud de gente. Link se asomó, y se quedó impresionado por ver tantas caras morenas y ojos grandes que observaban expectante. La gran mayoría era humanos, pero también reconoció familias enteras poseedoras de las largas orejas y los cuerpos esbeltos de los hylians.
- Anda, dejad que yo baje primero. – comentó la guerrero. – Por si se piensan que somos una panda de lunáticos.
En cuanto Zelda puso un pie en la pasarela y comenzó a descender, se escucharon murmullos y gestos de sorpresa. Un hombre gordo llegó corriendo al final de la pasarela, mientras se ponía una chaqueta de terciopelo. Se detuvo y exclamó:
- ¡Lady Zelda Esparaván! – hizo un ligero gesto de reverencia.
- Buenos días, mayor. – Zelda estrechó la mano y el señor gordo sonrió.
- Disculpenos, cuando el vígia avistó un barco acercándose a nuestros muelles, creímos que ya venían a por nosotros...
- ¿Cómo? – la expresión de alegría por el recibimiento se tornó arrugada, debido a la preocupación. Zelda se giró para observar el rostro de la mayoría de los habitantes de Lynn. Todos parecían expectantes y asustados. - ¿Venir a por vosotros?
- ¿No lo sabes? – el mayor se acercó a Zelda para preguntarle algo más en voz baja. Al terminar, Zelda miró hacia atrás, hacia el resto de la tripulación de la Brisa Nocturna, y sobre todo, al chico más bajo del grupo. Link sintió la mirada de Zelda y supo enseguida que lo que le había dicho el alcalde estaba relacionado con él.
Zelda hizo un gesto afirmativo, pidió al resto que se acercaran, y entonces, corriendo entre la multitud, distinguió la figura de su padre.Radge Esparaván llegó hasta la altura del alcalde, miró a su hija con gesto en su rostro entre la incredulidad y la alegría y luego la abrazó.
- Cada vez que te veo, estás más alta. – comentó, alborotando los cabellos rojos. Luego, fijó su mirada en el resto del grupo. Reconoció enseguida a Link, y fue al mirarle cuando Radge puso una cara de contrariedad y sorpresa.
"Es muy expresivo, más que su hija" pensó el rey. Hacía cinco años que no veía en persona a Radge Esparaván, desde el lejano día en que Link fue nombrado rey de Hyrule. Tenía en su mente el recuerdo de un hombre muy alto, el cabello castaño con una veta blanca; los ojos, del mismo color que los de su hija pero más redondos. Ahora, era mucho más delgado y también le pareció más bajo (¿o había sido él quién había crecido?). El cabello estaba totalmente encanecido, y unas arrugas profundas le marcaban la frente y los pómulos.
En menos de una fracción de segundo, Radge alzó los brazos y abrazó a Link con tanto impetú que le levantó como si fuera de aire. El rey se quedó sin resuello, y apenas atendió a lo que dijo después el efusivo padre de Zelda.
- Ah, mi sobrino favorito... y esta bella joven es mi sobrina... ¿Cómo no me has avisado que vendrían, Zelda?
- Quería darte una sorpresa. – comentó la muchacha, mientras Radge abrazaba a Tetra con la misma fuerza que a Link. La princesa no pudo evitar echarse a reír, pero una frase, murmurada a su oído, la dejó consternada.
- Perdona, sigue la corriente. – y Radge la soltó.
Reizar se adelantó.
- Señor Esparaván, puede que ya no me recuerde. Soy el hijo de un primo de la señora Esparaván. Me ofrecí voluntario para acompañar a mis familiares en este largo viaje, y este de aquí... es Leclas, un amigo. – Reizar le dio un golpe al sabio del bosque, que asistía atónito a toda la extraña escena.
- Es una alegría recibir parientes de la bella señora Esparaván. – el alcalde estrechó su mano con la de Link, quién aún no había abierto la boca. – Un placer, su nombre es...
Zelda había observado que el rostro de Link había palidecido en cuestión de segundos. El rey puso los ojos en blanco y estuvo a punto de caer desplomado sobre el alcalde. Zelda y Reizar le sujetaron a tiempo.
- ¿Qué le pasa? – preguntó Radge, muy preocupado.
- Que eres un burro, eso pasa. Mi primo es alguien muy delicado, y el viaje le ha dejado exhausto... será mejor que descansemos. – Zelda hizo una reverencia al alcalde. – Señor, luego iré a verle, para que me explique lo de esos rumores con más detalle. Papá, vamos a casa.
Link no paraba de decir que lo sentía. Zelda le pidió que siguiera tumbado en el banco (más que pedir, se lo ordenó).
- Mi padre es un comediante de tomo a lomo, y exagera siempre la nota. Hasta yo escuché como te hizo crujir las costillas.
- Ha funcionado, el alcalde se ha creído que sois parte de la familia de la madre de Zelda. – Radge se movía de un lado para otro en la gran cocina. – Leclas, esos zapatos, aún no te los has quitado.
El sabio del bosque emitió un gruñido. La casa de Zelda era extraña, diferente a las que había en Hyrule. Para empezar, las puertas se deslizaban hacia un lado. Para secundar, la entrada conducía a un patio abierto. Alrededor de este patio, se distribuían pequeños edificios, todos ellos unidos por una pasarela de madera. Al entrar en el edificio más grande, Radge les pidió a todos que se quitaran los zapatos. Zelda ya lo había hecho, y extrajo, de un mueble de madera bajo, un montón de sandalias de yecla. Leclas miró esas sandalias, le parecieron muy incómodas y decidió pasar de la recomendación de su amiga.
Link había despertado en la cocina, cuando Tetra le aplicó un trapo húmedo en la frente. A excepción de la palidez, el rey decía encontrarse bien.
- Es la tercera vez que te ocurre. – comentó preocupada Zelda.
- Debería verte un médico. – añadió Tetra.
- Estoy bien... siento... el espectáculo que he dado en el puerto.
- No ha pasado nada, y hasta nos ha venido bien. Así, nadie ha metido la pata. – Zelda se sentó en un cojín en el suelo. Su padre había puesto una gran olla encima del hornillo de cerámica y cortaba verduras a una velocidad de vértigo. Tetra, al verle trabajar tanto, se ofreció voluntaria, pero el señor Esparaván se negó.
- Es un placer que me llenes la casa de gente, Zelda. Es más, me alegra tener al rey Link en mi casa. – Radge hizo un amago de reverencia, y Link se echó a reír, aunque su carcajada sonó muy débil. – Hasta al malhumorado de Leclas...
- Señor, yo soy Reizar, y esta chica a la que ha abrazado tan efusivamente es...
- Tetra, capitana. – la princesa se adelantó y tendió la mano. – Le agradecemos su hospitalidad.
- Es un placer. Lamento las circunstancias. – Radge hizo una señal con la barbilla a Zelda y ella, con una rapidez pasmosa, puso sobre una mesa platos y cuencos, en cuestión de segundos. Radge iba a comer caldo, pero al ver tanta gente, sacó una pierna de cordero y un montón de verduras para hacer un gran asado.
- ¿Circunstancias? – Link se incorporó un poco, hasta sentarse en el banco. – Tiene que ver con...
- No pasa nada... – Radge le tendió un tazón de caldo a Link, pero el rey lo rechazó. Estaba mortalmente pálido, nada que ver con los últimos días en el mar.
- Sí que pasa. Señor Esparaván, puede que usted me siga viendo como un niño, pero le recuerdo que soy rey, y por tanto, debo estar preparado para recibir cualquier noticia. – Link tomó aire y se limpió la frente. De repente, tenía mucho calor. – Señor, creo que sé de qué se trata.
Radge miró de reojo a su hija antes de hablar.
- Zelda, tenías algo de razón en tu última carta. Parece más adulto. – Radge dejó el cuenco, se sentó y, tras observar a todos los presentes, dijo: - Hace menos de dos semanas, el señor Boticario estaba en Términa, llevando a cabo un negocio, cuando se enteró que el rey Link V Barnerak estaba reclutando a soldados para invadir la península de Labrynnia. No pudo enterarse de nada más, solo que hay un grupo criminal que pretendía atentar contra la vida del rey y que se ocultaba en nuestro pacífico reino. Boticario vino nada más escuchar esas noticias, y los ancianos han aconsejado cerrar el puerto y vigilar. Mientras, una delegación ha partido hacia Kakariko, para ofrecer su ayuda en la búsqueda de esos criminales, antes de llegar a la lucha armada.
El silencio se adueñó de la cocina. Link se sentó en el banco y, tras cruzar las manos y apretar los dedos, anunció:
- Vaati se dirigue hacia aquí, y esto es una advertencia. Cuanto antes consigamos el pendiente que se oculta en la Torre de Ambi, mejor será para Labrynnia.
Todos se mostraron de acuerdo, y no supieron que añadir a continuación. Radge servió el estofado, ayudado por Zelda, y comieron alrededor de la mesa baja. El señor Esparaván trató de mantener arriba los ánimos, y para ello lo único que se le ocurrió fue preguntarle a su hija por la enorme espada que portaba. La biggoron yacía, junto con las botas y las capas, en la entrada. Zelda empezó a relatarle todo lo que había pasado, y al hacerlo, la caballero empezó a sentirse más relajada.
Al acabar, Leclas y Tetra, como si estuvieran conectados, saltaron al mismo tiempo para anunciar que ellos fregarían los platos. Mientras Reizar trataba de convencerles para que le dejaran a él, Zelda se percató de que Link no había tocado su plato para nada.
- Sigues con mala cara. – comentó.
- Como siempre. – Link se pasó la mano por el rostro. – Zelda, ha sido muy extraño... De repente, he tenido una visión.
- Se supone que puedes ver el futuro, es lógico.
- Hasta ahora, todas mis visiones las he tenido mientras dormía, jamás estando despierto. Ha sido darle la mano a tu alcalde y ver... ver... – Link se detuvo. El rey suspiró, y apartó el plato, asqueado.
- No es la primera vez que ves destrucción en tus sueños. Y sobre la videncia... – Zelda se acomodó. – Pues eso significa que tus poderes se van desarrollando. Saharasala dijo algo de que tus poderes aumentaban, así que...
Link asintió, aunque al hacerlo Zelda percibió que tenía los ojos enrojecidos y la piel macilenta. Radge también se dio cuenta, y propuso al rey que se echara a dormir la siesta mientras el resto del grupo visitaba la torre Ambi. Link empezó a quejarse, diciendo que no quería ser una carga y que debía ir él también a la torre, pero Zelda le cortó enseguida:
- Chico, la torre Ambi pertenece a la familia Ralph, herederos de la reina. El señor Raph es el único que tiene la llave, y hay que pedirle permiso.
- ¿Por qué no lo has dicho antes? - Leclas intervino, enfadado.
- Es un detalle sin importancia. Anda, Link, tú te echas un rato y luego seguimos hablando. – Zelda se puso en pie.
- Puedes usar el dormitorio de mi hija, es el único que tiene cama. Esta tarde puedo poner los sacos. – Radge explicó que, desde hacia muchos años, no recibía a tanta gente en la casa. Zelda acompañó a Link entre las pasarelas hacia la antigua habitación de la chica.
- ¿Y tú, dónde...? – Link pasó a la habitación, grande y con pocos muebles.
- Yo no duermo nunca aquí. – Zelda señaló con la cabeza hacia el jardín que se veía al otro lado de la ventana. Allí, había una hamaca.
- Es cierto, tú siempre... – Link se sentó en la cama. - ... duermes al aire libre. Me sorprende que no te hayas puesto enferma.
Zelda sonrió. Miró los rincones de su habitación, mirada que compartió con Link. Era un lugar luminoso, cuadrado y ancho, con paredes blancas. En un rincón, un tocador de madera con un taburete era la única concesión femenina al lugar. El resto, desde la cama, una simple tarima con un colchón, el armario (una cómoda cuadrada y simple), hasta el suelo respiraba austeridad. Colgadas en un gancho, había distintos tipos de espadas de madera, y sobre una pequeña estantería, una colección de frascos de semillas, cuchillos y libros. Link inclinó la cabeza y pudo leer algunos de los títulos: Antología de cuentos, poemas épicos clásicos, un atlas, una enciclopedia... Sobre la estantería, apoyado en la pared, había un cuadro muy extraño.
- Sabía que, de todas las cosas de esta habitación, esa te iba a llamar la atención. – Zelda tomó el cuadro y lo acercó a Link: - Es una lámina, y según me dijo mi padre, perteneció a mi madre. Cuando me nombraste caballero, la enmarcó y me la regaló. Ah... Y aquí está la brújula que me regalaste. Suerte que me la olvidé el día que regresé a Kakariko. Si no, me la habría quitado ese vejestorio.
- Es el héroe del tiempo. – Link miró el cuadro, admirado. Era un grabado sencillo, hecho con trazos largos y angulosos, poco frecuentes. Mostraba a un niño, de orejas puntiagudas y cabellos largos. Justo sobre su cabeza, estaba el símbolo que había captado la mirada del rey: – Esto de aquí es el Triforce.
Mientras Link pasaba la yema de los dedos por la forma del triforce, sintió a mirada de Zelda sobre él.
- ¿Piensas mucho en él, verdad? – se atrevió a preguntar Link.
- ¿En quién? – Zelda le quitó el cuadro de las manos.
- En Urbión. – Link bostezó. Zelda miraba al exterior, con los brazos cruzados sobre el pecho. A la brillante luz del mediodía labrynnes, su cabello era de un rojo tan vivo como la sangre. Se dio cuenta entonces el rey de que Zelda tenía unos hombros frágiles y pequeños, algo que normalmente no se veía por las hombreras protectoras o porque estaba en tensión. Ahora estaba triste, y eso se veía por el ligero temblor que le recorría el cuerpo. – Siento haber sacado el tema...
- No pasa nada.
- En el sueño que suelo tener, al que veo siempre es a Urbión, nunca a Vaati o a Aganhim. – otro bostezo deformó la voz del rey. – Y también veo... veo...
Zelda se limpió una lágrima. Era algo que, a pesar de todos los años que habían pasado, permanecía en ella y sus sentimientos. Cuando pensaba en Urbión, recordaba dos cosas: el día que la abrazó por primera vez, y el día que descubrió sus verdaderas intenciones. Y a pesar de saber que había sido su enemigo, que la traicionó; su pecho le dolía casi tanto como cuando veía a Link con Tetra.
- ¿Alteza? – Zelda se giró, pues se había percatado de que Link dejó de hablar. Con razón, pues se había quedado dormido, echado de lado, con las sandalias aún puestas. Se acercó y se agachó para quitárselas. Al hacerlo, se le escapó un suspiro. - ¿Qué va a ser de nosotros?
Mientras Link dormía como un leño en el dormitorio de Zelda, la caballero, acompañada por Leclas y Reizar, caminó hacia una de las mejores casas de Lyn. Incluso desde la distancia, podía verse: una gran casa con las paredes encaladas y el tejado de un brillante color terroso. Fue construida sobre un acantilado. Al acercarse, pudieron ver las estatuas que decoraban la entrada, y los mosaicos que recubrían los antepechos de las ventanas. Se detuvieron frente a la puerta principal, la verja labrada en formas vegetales que rodeaba el lugar.
- Esta gente tiene pasta. – comentó Reizar, con un brillo ambicioso en los ojos.
- Y lo dice el tipo que es amigo de una princesa. – añadió Leclas.
A Zelda se le escapó una risa, pero enseguida percibió que a Reizar no le había hecho gracia ese comentario. Con todo lo que había pasado desde el inicio de la travesía en el mar, la guerrero no había tenido ocasión para preguntarle al mercenario por su relación con la princesa. ¿Cómo se habían conocido¿Era ella la razón por la que tuvo de huir de Salamance? Aunque Zelda creía que no había huido jamás de esa ciudad, sino, no hubiera propuesto regresar. ¿Entonces, qué pasaba con él?
Por lo menos, se había desecho de ella por unas horas, pues Zelda le propuso que permaneciera en la casa de los Esparaván hasta que Link despertara. Por supuesto, a "la capitana" le faltaron segundos para aceptar la proposición.
- Bien, esto es la casa de la familia Ralph. – dijo Zelda. Tiró de una cuerda y la campana de bronce tañó dos veces.
Una criada vestida de uniforme negro con un brillante delantal blanco llegó por el largo camino de grava, arrastrando los pies. Se detuvo a pocos metros, y luego, con el ceño fruncido, se acercó a la entrada.
- Zelda, que alegría verte.
Habría sonado más creíble si la criada hubiera sonreído o abierto de inmediato la puerta. En su lugar, se detuvo a pocos metros de la verja. Zelda sonrió de lado.
- ¿Está Miranda?
- La señorita está descansando, venga luego.
- Nos está esperando. – Zelda se apoyó en la puerta. – Vamos, Sigfel, no me obligue a recordar viejos tiempos...
La criada sonrió al fin. Descorrió el pasador y tiró de la verja. Mientras todo el grupo pasaba, comentó:
- No, por las diosas... Otro jarrón roto, no... Pasen, señores. Veré si la señorita Miranda está en condiciones de recibir visitas.
La criada avanzó despacio hacia la puerta trasera, y Zelda la siguió, con las manos en los bolsillos.
- Sigfel, por favor, por la entrada del servicio, no. – gritó alguien. Su voz les llegó desde algún lugar en las alturas, y el grupo levantó la vista. La única que no se sorprendió ante la situación fue Zelda.
- Hola, Miranda.
La chica estaba asomada a la ventana. Tenía un cabello negro tan largo que parecía colgar hasta el mismo suelo.
- Hola, Zelda. Mi padre me contó lo de esta mañana... ¿Estos son tus primos?
Zelda asintió.
- Ahora te los presento. – Zelda, con las manos en el bolsillo, caminó más aprisa. Abrió la puerta de la entrada principal y penetró en el gran vestíbulo decorado con maderas nobles. Leclas, detrás de ella, estaba bastante colorado.
- Eh, tenías razón. Hay chicas guapas en Lynn. – Leclas se giraba para mirar a la ventana otra vez. – Es un bellezón... ¿Es gordita o delgada¿Alta o baja? Eh, Zelda, di algo.
Zelda se giró tan bruscamente que asustó a los dos chicos.
- Leclas, Miranda...
- Perdonad, ahora bajo.
Otra vez les hablaba desde las alturas. La chica estaba sentada en una silla con unas ruedas a los lados. Movió las ruedas y colocó la silla sobre una plataforma de madera. Sigfel, la criada, tomó una manivela y empezó a girar. La plataforma descendió lentamente hasta el suelo. Miranda Ralph, con una gran sonrisa, empujó la silla hasta llegar frente a Zelda.
- Miranda, estos son Leclas y Reizar de Beele...
- ¿Este es Leclas? – Miranda tomó la mano del susodicho y la apretó con firmeza. – Zelda me escribe cartas muy divertidas, y siempre me río con sus anécdotas.
El chico no sabía como reaccionar. Primero, con sorpresa, y luego, con pena. Miranda no podía tener más de unos 16 o 17 años. Las manos eran suaves y blancas, la piel hermosa ligeramente bronceada, y los chispeantes ojos dorados impresionaban a cualquiera. Ver a alguien tan hermoso atrapado en una silla le había provocado un sentimiento de lástima que a duras penas supo contener.
- Es un placer conocerte, Miranda. – Leclas apretó la mano.
- Mir, siento mucho molestarte a la hora de la siesta. ¿Podemos hablar en privado? – Zelda fue directa al grano. Miranda asintió. Pidió a Sigfel que les llevara té frío a la biblioteca.
Zelda empujó la silla, mientras Miranda hablaba de cosas intrascendentes, como la boda reciente de una compañera de la escuela, la jubilación de la señorita Mariposa, y la muerte por culpa de unas fiebres malignas del alcalde de Ciudad Simetría. Durante la charla, Leclas y Reizar caminaban detrás, aún sorprendido por la belleza y también por la desgracia de Miranda Ralph.
Ya en la biblioteca, una estancia pequeña en comparación con el resto de la casa, pero mucho más acogedora, Zelda cerró la puerta.
- Mir, necesitamos convencer a tu padre para que nos deje la llave de la Torre Ambi.
Miranda apretó los dedos. Su expresión risueña y divertida se había transformado en algo más dura y severa.
- La torre Ambi... ¿Por qué quieres volver a ese sitio? – Miranda miró a los supuestos primos de Zelda.
- Hay un motivo, y tiene que ver con mi tarea de caballero de Hyrule.
- ¿Tiene también que ver con las noticias de tu amigo el rey Link y su intención de invadirnos? – Miranda seguía hablando con un tono duro y frío. - ¿Servirá de algo que te de la llave?
- No te lo puedo asegurar, pero ayudaría bastante.
Sigfel interrumpió la conversación. Entró con una gran bandeja con unos vasos altos de cristal fino tallado, y, sin decir nada más, se marchó. Leclas vio como la criada se quedaba apoyada al otro lado de la puerta, antes de que esta se cerrase.
- Veré lo que puedo hacer... – Miranda miró hacia la ventana con los ojos soñadores. – A mi padre no le gusta que te mencione.
Zelda suspiró. Reizar, que permanecía de pie evidentemente incómodo, observaba las reacciones de la guerrero. Desde la distancia, Reizar pensó que Zelda se mostraba impasible, calmada, pero sus ojos rasgados estaban semicerrados. De lo poco que conocía a la muchacha, ese gesto indicaba que trataba de ocultar lo que pensaba.
- Hace dos semanas, hizo un descubrimiento asombroso. – Miranda señaló con a los invitados que podían tomar los vasos de té frío. – La torre Ambi fue construida por la reina Ambi, de la cual soy descendiente. Cuenta la leyenda que mandó construirla para alcanzar a los dioses. Para ello, empleó como esclavos a todos los habitantes de la península de Labrynnia. Su locura se debía a que un espíritu llamado Devian se había apoderado de ella.
- El Héroe del Tiempo deshizo el entuerto. – recitó Zelda. – La maestra Mariposa solía contarnos esa historia todos los años.
- Exactamente: el Héroe, atravesando las puertas del tiempo y el espacio, apareció en Labrynnia y venció al espíritu malvado. La torre se quedó a medio camino, la reina Ambi agradecida hizo crear una estatua en honor al héroe, y cedió el poder de la corona al pueblo de Lynn. Por ese motivo, el reino de Labrynnia es independiente del reino de Hyrule. – Miranda dejó de hablar para beber un poco de té. – Mi padre está obsesionado con esa historia, y se dedica a investigar los restos de la torre Ambi. Desde hace dos semanas, desde el descubrimiento, actúa de una forma extraña, absorbido por la tarea.
A Leclas, quién la historia le interesaba normalmente poco, entendió una cosa, y era que el antepasado de Zelda, el héroe del Tiempo, y la antepasada de Miranda, la reina Ambi, habían sido amigos y enemigos. Era bastante curioso que ambas chicas fueran amigas.
- ¿Qué descubrió tu padre, hace dos semanas? – preguntó Reizar.
- Una estancia nueva, desconocida, en la última planta... Allí dentro lo único que hay es un espejo asombroso, con un marco dorado que se conserva en perfecto estado, a pesar de tener casi más de 1000 años. – Miranda lo dijo como si fuera algo habitual en su vida, pero Zelda dio un ligero respingo.
El resto también se sobresaltó, pues Sigfel entró sin avisar.
- Señora, creo que su padre... viene hacia aquí.
- Ja, como en los viejos tiempos. – Miranda movió la silla de ruedas. – Perdonen, mi padre tiene un humor de perros. Por favor, tenéis que...
- Sí, lo sé, lo sé... – Zelda hizo un gesto hacia la ventana, y Leclas y Reizar, que habían permanecido mudos todo el rato, la siguieron. Los tres saltaron por la ventana de la biblioteca y corrieron hacia la verja. Escucharon como Miranda le pedía a Sigfel que recogiera los vasos antes de que llegara el señor. La chica se asomó por la ventana y dijo:
- ¡A las ocho en la puerta de la torre!
Zelda le hizo un gesto de confirmación, y Miranda se apartó de la ventana.
Tetra, sola en la cocina de los Esparaván, ojeaba un libro de botánica. Las ilustraciones estaban firmadas por una tal Malon Esparavan, y eran bastante antiguas. Según Radge, habían estado en la familia desde tiempos lejanos.
- A mi esposa le gustaba mucho mirarlas. – comentó Reizar.
- ¿La madre de Zelda? – Tetra miró hacia un retrato que estaba colgado en un rincón. Cuando lo miró antes, pudo comprobar que los ojos rasgados y el cabello rojo eran la herencia que Clara Esparaván hizo a su única hija.
- Sí... Tetra¿eres de Gadia, verdad?
- Sí, señor, de Ciudad Salamance.
Radge se sentó en la mesa y observó a la joven hyliana. Tetra había fingido que solo era una marinera, pero los ojos observadores de Radge habían detectado que ocultaba algún secreto. El grupo formado por Zelda, Reizar y Leclas llevaban varias horas fuera. Link seguía dormido, tal y como comprobó Tetra al pasar por el dormitorio. La chica estaba algo enfadada porque Reizar le pidió que se quedara. A ella no le importaba hacer compañía al señor Esparaván, y tampoco cuidar de Link. Podía entender la reacción de Reizar. Si iban a la torre y encontraban algo peligroso, ella no sería de mucha ayuda.
Un barullo de pasos y un golpe seco distrajeron a Tetra de estos pensamientos. Link, con una sandalia en la mano y otra en el pie, abrió de repente la puerta corredera.
- Per... perdón. – recuperada toda su vitalidad, Link entró en la cocina. - ¿Cuánto tiempo he estado dormiendo¿Dónde están Zelda y Leclas¿Y Reizar?
- Antes que nada, siéntate y respira hondo. – Radge le cedió su sitio sobre el cojín. Al ver la vacilación del chico, le dijo: - No hay peligro alguno, vamos, siéntate.
Link obedeció al fin. Se había despertado en el dormitorio de Zelda, tan confuso al principio que no sabía ni donde estaba ni porqué. La habitación entera estaba teñida de un color entre rosado y anaranjado, y la luz mortecina del sol le había dado de lleno en los ojos. Entonces, el rey recordó que estaban en Lynn, península de Labrynnia, que debían entrar en la Torre de Ambi y encontrar el siguiente orbe, y que en unos días, su homólogo asesinaría a todos los ciudadanos de la villa. Por ese motivo, salió con precipitación de la estancia. Como no estaba acostumbrado a usar sandalias y mucho menos a correr con ellas, se había tropezado antes de llegar.
- Mi hija ha ido a pedirle la llave de la torre a una amiga, Miranda Ralph. – Reizar colocó una fuente con galletas de avena y un vaso de zumo. Link negó con cortesía, pero el señor Esparaván le insistió para que cogiera al menos una. – ¿No os ha contado nada sobre la torre de Ambi, verdad?
- ¿Quién, Zelda? Poco, creo que ya estuvo dentro, hace tiempo. – Link recordó que Zelda no había sido capaz de localizar el lugar del sueño hasta que leyó los lugares donde había columnas retorcidas.
Radge encendió una pipa, observó a los dos chicos que tenía enfrente. Los dos eran rubios, hylians y encima, tenían la misma forma de mirar. Sin embargo, Tetra parecía sana; Link, a su lado, con las mejillas hundidas y las ojeras parecía un fantasma.
- Ralphie, digo, Ralph es el dueño de la torre, y está cerrada con llave, rodeada por una verja de alambres de espino y cristales. Solo él y su ayudante entran en la torre para realizar sus investigaciones sobre la arquitectura o los objetos que encuentran. – Radge miró hacia el retrato de Clara.
- No lo sabíamos, Zelda no me ha comentado nada. – Link mordisqueó una galleta, pensativo.
- No me sorprende. Mi hija no habla jamás de esa torre, y estoy seguro de que, de no ser por sus tareas como caballero, no entraría otra vez. – Radge se mordió la lengua. Había hablado demasiado, como siempre.
- ¿Qué le pasó a Zelda en la torre? – inquirió Tetra.
- Um... – Radge tuvo que aspirar y soltar cuatro veces humo de la pipa para atreverse a hablar. – Si mi hija no os lo ha contado, creo que yo no tengo derecho. Pero para ella debe ser duro estar ahí. Por eso, si te encuentras bien, quizá deberías reunirte con el resto. Además, Ralph no soporta a mi hija, como la vea merodeando la torre...
Link asintió. Se metió en la boca tres o cuatro galletas y se puso las botas. Tetra le había seguido, pero sin saber exactamente qué iba a hacer.
- ¿No vienes?
- Yo... Solo te acompañaré hasta la torre. No creo que sea de mucha utilidad. – Tetra se puso sus zapatos con vacilación.
- Claro que serás de utilidad. Al menos, me harás compañía. – Link se mordió el labio. Su arco, el carcaj con flechas y la flauta estaban guardadas en el armario de la entrada. Tomó los dos primeros objetos y se los tendió a Tetra. – Toma, con esto te defenderás.
- Pero si yo... sé muy poco de manejar un arco. – Tetra denegó el regalo, pero Link insistió.
- El arco fue mi primera arma, y me ha sido muy útil. Yo usaré esto. – Guardó la flauta en un bolsillo interior de la túnica. – Vamos.
Tetra sonrió. Colocó el carcaj a la espalda y sostuvo el sencillo arco en alto, para medir la tensión de las cuerdas. Le sorprendió comprobar que la cuerda estaba muy tensa, y se preguntó como era posible que alguien con el aspecto delicado de Link podía sostener las cuerdas y apuntar.
Al salir de la casa, Link se detuvo frente a un hermoso reloj de sol. Las líneas indicaban que acababan de dar las 8 y media de la tarde.
