Mezcla

-Personajes hablan-

-Personajes piensan-


Cuando el sol matutino bañó de luz su habitación, Kagome se removió inquieta en su cama, abriendo los ojos con desgano. Un extraño presentimiento se despertó con ella. Era extraño; no podía decir que fuera bueno, ni malo. Se levantó con parsimonia, pensando en qué debía hacer. Se paró junto a la ventana, corrió las cortinas y el vidrio con el fin de sentir la brisa matutina y aclarar sus pensamientos.

No quería esperar más para verlo, pero al mismo tiempo tenía temor; temor a las diferencias que podría haber entre ellos. Kikyo no había hablado sobre él después de la fusión, aunque ella tampoco había preguntado, no le había explicado si Inuyasha seguiría siendo el mismo joven que había conocido con su corto cabello renegrido y sus cálidos ojos dorados, o si ahora abría cambiado su aspecto radicalmente. Un leve temblor de expectación la recorrió mientras se mordía su labio inferior con nerviosismo.

Decidida a seguir a su corazón, entendió que no podría seguir con esos miedos, su Inuyasha la esperaba, era el que la había enamorado hacía 500 años y quién la había vuelto a enamorar hacía 4 años; había compartido todo con él, hasta… bueno, pensar en ello la sonrojaba en demasía, pero en fin, era el amor de su vida, de eso estaba segura. Sin pensarlo más, y con una gran determinación. Se dirigió a desayunar pensando cuánto tiempo sería prudente esperar.

El desayuno finalizó, al igual que la mañana. El almuerzo estaba más alegre que de costumbre, parecía que la casa entera había dejado atrás finalmente la pesadez que la colmaba desde hacía ya bastante. Sin embargo en ella permanecía la incertidumbre, la… ansiedad; pero todo pensamiento que pudo tener fue bruscamente interrumpido por fuertes ruidos en el exterior de la casa, parecían gritos… golpes. Decidida a salir, su abuelo la detuvo mientras sostenía un gran rifle en sus manos.

- ¿A-Abuelo? ¡¿De… dónde sacaste eso? – Preguntó Kagome entre sorprendida y atemorizada de lo que pudiese hacer con él.

- Lo tenía guardado entre mis cosas Kagome, como el protector del templo debo defenderlo y a ustedes, nadie se meterá con mi familia – Decía teatralmente parado en el umbral de la puerta. El serio discurso fue interrumpido cuando un fuerte golpe lo asustó de tal manera que el rifle se le cayó de las manos, causando una risita de su hija y nietos.

- Abuelo déjame que vaya a ver – Le pidió Kagome recomponiendo su expresión.

- ¡No, no! ¡Nada de eso! – Gritaba impaciente el abuelo tomando nuevamente el rifle con firmeza – Esperen aquí – Dijo saliendo y cerrando la puerta con determinación.

En los segundos siguientes todavía perduraban ahogadas risitas de Kagome, su madre y hermano, pero el ruido de tiros y la entrada del abuelo con expresión solemne los silenció a todos.

- ¿Qué… sucedió? – Preguntó Kagome temerosa.

El abuelo se detuvo los momentos suficientes antes de contestar como para poner de los nervios a todos, pensando que quizá había lastimado, o algo peor, a alguien fuera de su casa. Sin embargo suspiró y dijo:

- Nada – Dijo mientras sonreía y se rascaba la cabeza confuso.

Sota negaba silenciosamente con su cabeza, Kagome lo miraba incrédula y su madre reía tratando de disimularlo con su mano.

- Pe-pero escuchamos tiros – Replicó Kagome.

- Sí, bueno… salí y no vi nada extraño – Relató el abuelo – Y cuando estaba por volver creí ver algo en los arbustos detrás del árbol sagrado por lo que use la escopeta – Dijo con una sonrisa.

- ¿Y? – Preguntó ansiosa Kagome - ¿Encontraste algo? –

- Nada – Volvió a contestar él – Esperé algún sonido o algo, pero no sucedió nada, así que aquí estoy – Finalizó el anciano dejando la escopeta a un lado – Hija, tantas emociones me dieron hambre, ¿Podrías prepararme algo? –

La aludida asintió y junto a su padre se dirigió a la cocina. Kagome y Sota permanecieron en el lugar, mientras ella era invadida por sensaciones de ansiedad extrañas, necesitaba salir de la casa y buscar, estaba segura de que había algo afuera, sus sentidos se lo decían. Sota la miraba extrañado mientras ella hacía distintas morisquetas y movimientos de manos, desde el pensar hasta el hacer.

- Sota, aun creo que hay algo allá afuera – Dijo confiada – Ve adentro y si preguntan por mi diles que me fui a mi habitación a descansar un rato ¿Si? –

- Pero… -

- Pero nada, no tengas miedo, no siento que sea algo malo – Dijo guiñando un ojo – Ve, volveré en un rato – Dijo con una sonrisa dulce –

Su hermano, no se resistió más y tomó el mismo camino que su madre y abuelo, rumbo a la cocina. Kagome con determinación salió de la casa luego de tomar una gran bocanada de aire. Encontró el lugar igual que siempre, la paz del templo era algo casi tangible, y siempre lograba relajarla, excepto hoy.

La ansiedad la estaba poniendo cada vez más tensa, tenía extraños sentimientos en su cuerpo y creía saber el por qué, pero se negaba a tener esperanzas, ya que no encontrar lo que creía saber que había, podría desilusionarla demasiado. Cerró sus ojos y se entregó a las sensaciones, podía sentir cada pequeña cosa en el jardín, el árbol a unos pocos pasos, el banco a su lado, la capilla, el almacén, los pájaros cantar, cada flor reluciendo, cada arbusto moviéndose al compás del viento, todo. Pero eso no importaba ahora, lo que quería era encontrar lo que venía a buscar.

Permaneció inmóvil unos minutos más, hasta que uno de los arbustos detrás del árbol sagrado se movió demasiado como para ser el viento. Un calor suave y tangible se extendió desde sus mejillas hasta la punta de sus pies ¡Lo había encontrado! Con una rapidez inusitada, abrió sus ojos y se echó a correr, atravesó el jardín en pocos segundos, pasó el banco de cemento y al árbol, situándose frente al arbusto que para ella escondía el motivo de su ansiedad y calidez.

Se agachó y atravesó con uno de sus brazos la planta, cuando sintió la brisa fresca del otro lado, comenzó a remover inquieta la mano, comenzando a desilusionarse porque allí no había nada, sin embargo antes de que pudiera sacar el brazo de allí, una fuerte y cálida mano tomó la suya y la entrelazó entre sus dedos. Lo sentía, era él. No podía equivocarse, conocía cada milímetro de su cuerpo, conocía su calor, el calor que tenía hacía 500 años y que seguía teniendo hasta el día de hoy. Era Inuyasha.

Antes de que ella pudiese pensar en siquiera moverse, él apareció frente a ella, impetuosamente como siempre lo hacía. Con su, ahora, largo cabello renegrido y sus mismos ojos dorados cálidos como el mismo sol. Permaneció agachado frente a ella mirándola con una profundidad que la había hecho sonrojar. Pero no pensaba alejarse, no quería, no podía. Su mano libre, pues la otra seguía entrelazada a la de él, se alzó hasta la piel trigueña del rostro de Inuyasha, acarició desde su sien, hasta su cuello y de vuelta a sus mejillas y allí se quedó. Lo observó hasta que las palabras empezaron a salir de sus labios sin control.

- Tu cabello está largo. ¿Estás más alto? Estás muy serio. ¿Por qué tardaste tanto? Te extrañé demasiado. Te amo tanto… – Cada pequeña frase salía una tras otra sin pausa y las últimas la sensibilizaron increíblemente hasta hacerla llorar, con la última palabra que mencionó su contacto visual se rompió, porque ella se abalanzó hacia sus brazos y lo abrazó como su quiera fusionarse con él – Tanto… Te amo tanto Inuyasha – Balbuceaba contra su fornido pecho.

- Y yo a ti Kagome – Murmuró Inuyasha contra su oído.

Su voz… había cambiado era más gutural, aunque había murmurado, se notaba. Era más… salvaje… descarada y… sensual. Su bello se erizó, su cuerpo se estremeció y un escalofrío cruzó su columna de principio a fin. Él había cruzado sus fuertes brazos a su alrededor, y no parecía tener ninguna intención de querer soltarla, aunque… eso, en verdad, no le molestaba nada.

Podrían haber permanecido así por días, pero el crujir del estómago de Inuyasha rompió la tensión sexual creada provocando grandes risotadas de Kagome, las risotadas más limpias, puras y felices que jamás había hecho. Inuyasha contra todo pronóstico se sonrojó y parecía molesto de que eso sucediera en el preciso instante, cosa que no pasó desapercibida para Kagome, ella lo notó más… tierno, irritable, más… impulsivo, más Inuyasha que nunca. Con una gran sonrisa en el rostro se puso de pié y junto a él volvió a la casa, dónde curiosamente nadie parecía sorprendido de verlo. Al parecer todos allí habían estada curioseando desde la entrada.

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Los días pasaban volando y todo volvía a su cauce lentamente. Los padres de Inuyasha habían vuelto a Japón, a su antigua casa y al parecer se las habían arreglado para no tener que volver a irse a vivir a otro país, de ahora en más harían solo viajes cortos de los que Inuyasha por supuesto no participaría. La familia de Kagome se encontraba igual que siempre, alegre y amable. Y por último, Inuyasha y Kagome parecían haber vuelto a empezar. Se veían a diario, tenían citas, simples películas y paseos por distintos parques, pero citas al fin, y juntos se habían integrado otra vez a su grupo de amigos con los que se divertían demasiado.

Los cambios a los que Kagome temía, eran notables, al menos para ella, puesto que sus amigos y familia no había tratado demasiado con el Inuyasha de la época antigua, pero ella que lo conocía como a la palma de su mano, pudo nombrar varias diferencias que en vez de hacerla dudar, por el contrario, hicieron que quedara más prendada que nunca.

El Inuyasha que ella había conocido hacía cuatro años, era un seductor nato, jamás podrías hacerlo sonrojar por nada, no tenía pelos en la lengua para ningún tema, era amable con todos y muy educado y rara vez despertaba ternura, excepto a ella, por supuesto. Ahora se había vuelto más irritable, menos amable, se sonrojaba cada vez que Kagome lo seducía descaradamente y le provocaba tanta ternura que terminaba por ceder a lo que él quisiera que ella haga. Eran una mezcla, ambos Inuyashas, ambas personalidades juntas en un solo cuerpo… ¡Y qué cuerpo!

Cuando un nuevo año daba inicio y ya habían pasado largos meses de aquellas batallas internas y de desesperanza extrema, todo había quedado enterrado, y el futuro se aproximaba con un entusiasmo pocas veces visto. La universidad era para ambos una meta ahora que estaban juntos, los exámenes de admisión eran dentro de poco, por lo que pasaban noches y noches estudiando, algunas solos y otras en grupo, pues sus amigos también planeaban ingresar a esa universidad.

La elección de carreras fue algo confusa pues ambos querían algo relacionado con la medicina, la dulzura de Kagome con los niños, la volvía perfecta para la pediatría, y la rudeza y testarudez de Inuyasha era ideal para algunas ramas médicas que conllevaran el gen de: "No rendirse hasta las últimas consecuencias". Sin embargo las ramas eran muchas y él no podían decidirse, sólo cuando Sota, que a estas alturas era como su hermano, comenzó con algunos problemas de corazón pudo decidirse, sería cardiólogo.

Desgraciadamente, las carreras de medicina, en Japón como en cualquier otro lado son las más complicadas, porque la vida de las personas depende del médico que las atienda, por lo tanto debieron estudiar mucho más duro que sus amigos, quienes habían optado por carreras de derecho, psicología y administración, y con mucha más convicción. Cuando los resultados llegaron, resultó que tanto ellos como sus amigos había entrado, y sus notas habían sido de las mejores. La universidad los esperaba con los brazos abiertos al igual que el futuro frente a ellos. Sabían que sería duro, lleno de altibajos, y tendrían menos tiempo para dedicarse, pero siguiendo sus sueños y haciéndolo juntos, nada podría detenerlos.

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- Oye mi amor, estaba pensando… - Dijo Kagome con lentitud, mientras se encontraba atrapada entre los brazos de Inuyasha en el cómodo sofá de la casa de él, la última semana antes de empezar la universidad.

- ¿Qué pensabas? – Preguntó con esa voz poderosa que la estremecía, no importaba cuánto tiempo él le hablara, siempre la terminaba poniendo de rodillas y aceptando todas sus peticiones.

- Siendo estos nuestros últimos días de paz antes de que locura de la universidad nos deje atrapados en nuestros libros, sería lindo que pudiéramos salir mañana por la noche – Dijo ella, despacio y buscando un tono neutral que no delatara sus verdaderas intenciones – Digo, es viernes, y hace mucho que no nos dedicamos a nosotros una noche de tranquilidad –

La peli-negra lo tenía todo calculado, los padres de Inuyasha estaban de viaje desde el miércoles y volverían exactamente en una semana, la casa estaba sola, y el lunes comenzarían la universidad, por lo tanto ese era el último fin de semana que podrían pasar solos en la casa de él. Y… después de tanto estudio y poco contacto era normal que el deseo surgiera dentro de su cuerpo en grandes oleadas que ella trataba de contener a la vista del poco interés de Inuyasha, cada noche que ella intentaba algo, él se quedaba dormido antes de verla con la lencería que con ayuda de su madre había comprado para él, y salir no habían podido, porque cada fin de semana se la pasaban en familia o con sus amigos. Kagome, estaba lista para desenfundar la artillería pesada el viernes, él caería o… caería.

- ¿Qué te parece? – Preguntó con timidez ante el posible rechazo de Inuyasha, siendo los últimos días que tenía para descansar, le parecía bastante posible que no quisiera acostarse tarde, ni hacer otras cosas.

- ¡Claro! – Respondió el oji-dorado con una amplia sonrisa en sus labios – Estaba por decirte exactamente lo mismo hace unos momentos, bueno, supongo que después de tantas cosas que pasamos juntos es de esperarse que pensemos lo mismo ¿Cierto? –

La peli-negra se estiró sonriendo hasta sus labios, para tomarlos con suma suavidad. Lo besó con lentitud y fuerza, buscaba dejarle en claro que ella necesitaba de él, de su cuerpo sobre el de ella, de su calor. Poco a poco, Kagome ya se hallaba a horcajadas de Inuyasha besándolo con frenesí, al igual que él, sus manos no parecían lo suficientemente cerca como para saciar sus deseos, sin pensarlo demasiado una de las manos de Inuyasha se dirigió a uno de sus senos para apresarlo con poco suavidad, haciéndola suspirar.

Kagome cobró lucidez del momento y se detuvo, muy a su pesar, no quería arruinar todo lo que tenía planeado. Aunque su lívido había quedado demasiado encendido, se convenció a si misma de que mejor sería dejarlo para mañana, para que toda esa pasión que había sentido emanar de él la tomara en el momento y lugar indicado. Ambos quedaron agitados, como si hubiesen corrido una maratón, Inuyasha parecía algo frustrado y no era para menos pues ella había podido sentir su hombría crecer bajo su cuerpo palpitando de necesidad, pero la abrazó de todas maneras y besó con ternura su coronilla, al parecer él tenía algo planeado también, algo que no distaba demasiado de lo que ella quería.

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- ¡Kagome! – Gritaba Inuyasha desde la entrada de la casa de la peli-negra, amaba que ella lo hiciera esperar, pero de verdad tenía hambre y quería tener todo el tiempo que pudiera para poseerla de todas las maneras posibles.

Oyó una puerta abrirse y al instante la vio, deslumbrante y tan, tan hermosa que su hombría volvía a doler como cada mañana al verla con esa lencería nueva que usaba para dormir. Claro que lo que llevaba puesto no era lencería pero ella era tan perfecta que lo hacía relamerse de deseo. Kagome llevaba un vestido negro de satén, entallado a la cintura y con dos simples y no muy gruesas tiras del mismo material enmarcando el pronunciado escote y sosteniendo el vestido que parecía pintado sobre su silueta, largo hasta los tobillos combinado con unos bellos tacones aguja negros. Tenía el cabello negro recogido en un rodete simple enmarcando su rostro con maquillaje suave, aretes y gargantilla plateados, con pequeños brillos, y un sobre que utilizaba de cartera. Era en definitiva una ilusión, una ilusión que lo estaba enloqueciendo.

- ¿Por qué tanto apuro? – Preguntó sensualmente Kagome, besando con suavidad la mejilla masculina - ¿Vamos? –

Inuyasha no podía pronunciar palabra, no al menos una palabra que no fuese una palabrota de esas que desde la fusión se le habían vuelto más habituales que nunca. En silencio y con la mandíbula aún tensa se dirigió al auto, abrió la puerta para dejarla pasar y, ya dentro, empezó a conducir algo más rápido de lo que acostumbraba, al parecer la velocidad también se había vuelto algo común para él luego de la fusión. En poco, y silencioso, tiempo legaron al restaurante que Inuyasha tenía planeado visitar, el mismo al que habían ido en la primera cena.

Kagome había viajado con temor, ya que Inuyasha no había soltado palabra desde que la había visto salir de su habitación. ¿No le había agradado su vestimenta? ¿El mínimo interés de Inuyasha por ella, se debía solo al cansancio o era algo más? Preguntas como esas revoloteaban molestas en su mente y contribuían a aumentar su temor. Cuando aparcaron se bajó silenciosa, y con un deje de tristeza notable, cuando él le abrió con caballerosidad la puerta del auto. Unas fuertes manos sujetaron con ímpetu su cintura y una fuerte figura la aplastó contra el auto, un beso pasional devoró sus labios hasta dejarla sin respiración. Con desesperación cruzó sus brazos tras el cuello de Inuyasha y buscó disfrutar del toque lo más posible, ya que en sus brazos era el único lugar donde cualquier temor dejaba de tener sentido.

La pasión se incrementaba y hacía palpitar de necesidad sus cuerpos, las caricias se tornaban ominosas y los suspiros aumentaban su sonido. Inuyasha fue quien reaccionó esta vez separándose de ella, con una fuerza de voluntad que no era propia de sus nuevos rasgos impetuosos, pero que le vino perfecto en aquella situación, no quería tomarla en el auto, ella se merecía desfrutar de toda una velada, de cena, amor y baile, y nada iba a cambiar sus detallados planes.

- ¿Entramos muñeca? – Preguntó con una sonrisa sensual y ganadora que despejó cualquier temor que Kagome pudiese tener. Llevándola a asentir con fuerza y a caminar con decisión mientras arreglaba su peinado y atuendo desarreglados por la reciente pasión.

Todo parecía un gran dejavú, el mesero volvía a comerse con los ojos a Kagome, Inuyasha volvía a mostrarse irritable cada vez que aparecía en escena, cenaron los mismos platos que aquella vez y el amor que se profesaban continuaba siendo igual de puro. El único agregado fue el baile, los bailes en realidad. Entre cada platillo Inuyasha llevaba a Kagome con insistencia hacia la pista, ella lo complacía porque quería que todas las mujeres de aquel lugar vieran el hombre que tenía a su lado y que solo tenía ojos para ella, mientras que Inuyasha… bueno, lo hacía por la misma razón.

Luego de varias horas de risas, comida, bailes y amor por todos lados se dirigieron al auto para disfrutar la frutilla de la torta, la pasión que llevaban controlando desde hacía meses, la necesidad que inminentemente se desataría como un torbellino sobre ambos y que no podrían controlar por más que así lo quisieran. La tensión sexual era tangente entre ambos y sus manos a penas podían mantenerse en sus respectivos lugares, con poco recato las manos de Kagome masajeaban la entrepierna de su hombre haciendo crecer su hombría hasta casi hacer reventar sus pantalones, Inuyasha que no podía mover sus manos de la palanca de cambio y del volante solo atinaba a conducir lo más rápido que podía para tomarla lo antes posible.

Ni bien estacionó de un solo movimiento se bajó con agilidad y con brusquedad sacó a Kagome del auto besándola al instante y llevando ambas manos hasta su trasero firme y femenino. Con fuerza la alzó cruzando sus piernas sobre su cadera y con rapidez y desesperación la adentró en su casa, subiendo las escaleras con agilidad. No se detuvo hasta entrar a su habitación, donde la dejó en el piso y se separó de ella para observarla unos momentos, su perfección solo podía hacerlo querer más y más.

Kagome comenzó a retroceder sin mirar atrás, conocía esa habitación como la palma de su mano, hasta llegar al pie de la cama doble. Con sensualidad tiró el sobre, luego los aretes y la gargantilla a un costado, y relamiendo sus labios bajó los tirantes dejando caer el vestido al suelo de un solo y grácil movimiento, quedando completamente desnuda. Había pensado en esto buscando que lencería usar para este momento y lo mejor que se le ocurrió fue no usar nada y… parecía haber causado el impacto correcto. Se sentó sobre la cama y dijo con un murmullo sensual:

- ¿Vienes? -

Continuará…


Hola! Cómo están por acá? :)

Millones de años que no traía un nuevo capítulo, pero en mi defensa la facultad me tiene a mil XD Estoy cubierta en apuntes de Anális, Economía e Historia que me llevan al borde del colapso varias veces al día u.u No he tenido tiempo de pensar en nada, y no quería escribir cualquier cosa para publicar, preferí esperar y dedicarle el tiempo que se merece :)

En fin, no voy a dar más vueltas, espero lo disfruten y nos vemos prontito, espero :P

PD: Falta muuuuuy poquito para el final! No voy a decir cuánto pero calculo que lo imaginarán jiji! Un besooo! :D

PD2: Muchas gracias a todos los que me leen, dejen review o no -aunque me encanta que lo hagan -y gracias especiales a: Inuykag4ever, Faby Sama, Kirana-Taisho, MeliLove010 y Serena Tsukino Chiba, Gracias de verdad! n_n