CAPÍTULO 20 SÍNDROME DE ABSTINENCIA
La mañana estaba resultando ser de lo más extraña.
Aún me costaba un poco digerir todo lo que había pasado en la habitación negra. Me había levantado envuelta en esas sábanas negras y con el olor a vainilla de Edward inundando mis fosas nasales. Realmente no sabía por qué Edward me había decorado una de las habitaciones para mí; pasaba más tiempo en este cuarto negro que en la bonita habitación con vistas al Central Park.
Tras estirarme y comprobar que mis músculos y articulaciones reaccionaban como era debido después de la sesión Zorra versus Bestia decidí hacer algo mucho menos pervertido y sí, muy necesario para mí y para mi conciencia.
Tras ducharme hablé de nuevo con Matt vía Skype.
Las emociones más tiernas vinieron de nuevo a mí dejando de lado el mundo de perversión en el que me sumergía cada noche. Lloré mientras veía su carita a través de la pantalla, me reí cuando me contó cómo se cayó de nuevo en el parque y me dio pena cuando Sue me contó como mi padre lo ignoraba deliberadamente.
Luego estaba Edward.
Su mirada ya no estaba triste o perdida como anoche; ahora en la mañana volvía a tener ese matiz felino y peligroso que hacía que me hundiera aún más en el asiento cuando me miraba. A riesgo de parecer un poco cruel añoraba en cierto modo esa mirada que me dedicó en el jacuzzi mientras hablábamos de su pasado, o al menos parte de él. Esa mirada lejana, suavizada y casi derrotada….
Tonterías. Edward Cullen jamás podría ser derrotado. Podrían herirle, pero jamás vencerle.
Apenas me habló. Murmuró un buenos días casi inaudible y desayunamos en total silencio. El camino hasta Cullen Inc. se hizo de la misma manera, obviamente. No sabía cómo actuar. Me parecía un poco surrealista que después de semejante noche volviéramos de nuevo casi al principio. Mi parte atrevida, mi parte Zorra quería acudir a él, quería volver a romper esa maldita coraza que lo cubría de nuevo. Usaría las uñas si fuera necesario. Pero mi parte racional, esa voz de mi conciencia con los pies en el suelo me aconsejó que fuera mejor que las cosas siguieran su curso natural. Sin forzar.
Así que aquí me encontraba yo, en el enorme despacho de Edward sentada frente a él y mirándolo mientras se peleaba con las teclas del ordenador mientras y esperábamos al enviado de mi padre. Sólo faltaba un empleado de esos plagados de odio contra los Swan para rematar mi mañana. Bendita Ley de Murphy.
— ¿Cómo has dormido? – parpadeé rápidamente al escuchar las palabras de Edward.
— Siempre me preguntas lo mismo – murmuré. Edward dejó de lado el teclado y me miró.
— Dormir bien es una buena base para afrontar el día, Isabella. Para algunas personas dormir bien es un reto diario que a veces no son capaces de lograr – susurró.
— He…He dormido bien, Edward – jugué con mis manos — ¿Acaso tú no duermes bien? – apretó la mandíbula.
No me contestó porque el teléfono de la mesa se puso a sonar, aunque estaba segura de que sin interrupción también me habría quedado sin respuesta por su parte.
— Señor Cullen, el enviado del señor Swan ya está aquí – suspiré sonoramente.
— Que pase – la puerta emitió dos golpecitos antes de abrirse.
— Buenos días, señor Cullen.
Me giré violentamente al escuchar esa voz tan conocida para mí.
— ¿Jake?
Este abrió los ojos como platos y ensanchó su sonrisa. Casi corrió hasta mi asiento sin importarle la dura presencia del "Señor Cullen".
— Bella, no sabes cómo me alegro de verte – me besó en ambas mejillas sin darme tiempo a levantarme para saludarme – se echa mucho de menos tu presencia en la oficina. Todo aquello está mucho más gris desde que no estás y…
Ambos nos sobresaltamos por el golpe que Edward dio con las manos a la madera del escritorio. Giré poco a poco la cabeza hasta quedar cara a cara con el gran Edward. No se le veía para nada feliz. Sólo le faltaba echar humo por la nariz como un toro. Y lo peor de todo es que no me estaba mirando a mí; su ira tenía una diana y esta era la cara risueña de Jacob.
Dos polos totalmente opuestos. Absolutamente en todo.
— ¿Podemos dejar para después las muestras efusivas de amistad para centrarnos en lo que nos interesa? ¿Me puedes decir al menos tu nombre? – Jacob dejó de sonreír para tragar en seco.
— Claro….eh, soy Jacob Black. Perdóneme, señor Cullen…lo que pasa es que no me imaginaba encontrarme a Bella por…aquí – murmuró.
— Isabella – dijo alargando de manera exagerada la última sílaba – viene aquí todos los días. No la tengo encadenada y encerrada en mi casa como si fuera una maldita prisionera – gruñó. Las mejillas de mi amigo se colorearon ligeramente.
— Lo…siento – Edward se pasó las manos por el pelo mientras suspiraba.
— ¿A qué área de la empresa perteneces?
— Al…al área de administración – dijo Jake mientras se sentaba en el sillón que estaba a mi lado – por mis manos pasan todos los contratos, transacciones y documentos que el señor Swan ordena redactar – Edward me miró como preguntándome en silencio si todo lo que había oído era cierto.
— Así es – susurré. Edward volvió a mirar a Jake.
— Quiero que me cuentes todo lo que se cuece en las oficinas de Charlie.
— Me….me siento como si fuera a traicionar al señor Swan….Al fin y al cabo es mi jefe. Ya sabe….nunca muerdas la mano que te da de comer – Edward apoyó las manos sobre la mesa y las cruzó.
— Si Charlie Swan te está pagando es gracias a mi dinero, muchacho. Ahora me debes lealtad a mi – Jacob apretó los labios.
— El ambiente está un poco raro en la oficina – dijo al fin – Los trabajadores no sabemos realmente cual es el problema, pero todos nos miramos de reojo cada vez que el jefe se pasea por las oficinas – negó con la cabeza – El señor Swan está aún más raro que de costumbre, si eso es posible — me miró de soslayo – El otro día un compañero escuchó sin querer una conversación del…del jefe – Edward alzó una ceja – Parece ser que Charlie Swan quiere echar a la maldita calle a un veinte por ciento de la plantilla. Y esos son muchos trabajadores. Entre las sucursales que hay repartidas por diferentes puntos del país y los trabajadores que estamos en la central podemos ser unos mil doscientos. De ser eso cierto dejaría sin trabajo a cientos de personas.
— ¿Pero por qué? – dije pasando a formar parte activa de la conversación. Ambos hombres centraron sus ojos en mí.
— Es mi teoría, pero…reducción de la plantilla mas aumento de las horas de trabajo….igual a menos gastos por mes.
— ¿Por qué crees que Charlie quiere reducir gastos? – le preguntó Edward.
— No he podido hablar con nadie de contabilidad, pero puedo hacerlo – Edward asintió – Quizás no esté llegando a los objetivos económicos que él desea – se encogió de hombros.
— ¿Para cuando tiene previsto ese supuesto despido masivo? — Jake negó.
— No lo sé, ya le he dicho que no hay nada oficial. Por ahora es solo un rumor.
— Cuando el río suena, agua lleva – murmuré. Edward me miró y asintió de manera casi imperceptible.
— Charlie no tiene permiso ni para mover un puñetero mueble de su oficina y mucho menos para hacer tremendo movimiento en la empresa a no ser que yo lo autorice antes – gruñó.
— ¿Qué vas a hacer? – pregunté con un poco de miedo.
— Si por mí fuera cogería ahora mismo el avión, viajaría hasta Seattle y le dejaría bien claro quien tiene el poder. Quien demonios es el dueño de todo lo que posee – sí, por su mirada estaba más que claro que a mi me había incluido en el lote de pertenencias de mi padre – Lamentándolo mucho no puedo hacerlo – el tono de su voz se normalizó un poco – En menos de dos horas Alice y yo tenemos que estar en el aeropuerto. Tenemos que viajar a Londres – mi boca se abrió hasta casi chocar contra el suelo.
— ¿A…Londres?
Edward me miró y luego hizo lo mismo con Jacob. Suspiró sonoramente y descolgó el teléfono fijo.
— Tanya, haz el favor de llevar al señor Black a la sala de juntas.
Jake se levantó sin tener que decirle nada. Me miró y me dedicó un gesto extraño con la boca que pretendía ser una sonrisa. Escuché los pasos de mi amigo y la puerta al cerrarse. Sólo entonces miré a Edward.
— Este viaje es muy importante para la empresa, Isabella – murmuró.
— ¿Cuándo….cuándo supiste que tenías que viajar?
— Ayer, todo está organizado desde ayer – asentí despacio.
— No hace falta que pregunte, ¿verdad? Yo…yo no iré contigo…. — negó con la cabeza – No…no quieres que vaya – murmuré.
— No, no quiero que vengas, Isabella.
Volví a asentir mientras oía un sonoro crack. No quiero que vengas. Cuatro palabras. Cuatro simples palabras eran las culpables que mi corazón estuviera cayendo trocito a trocito sobre la tarima flotante del despacho de Edward. ¿Por qué me había dolido tanto escuchar eso de sus labios? ¿Por qué mi corazón se había parado? ¿Por qué dolía tanto? Me levanté del sillón muy despacio y me giré para marcharme de allí. No sabía dónde demonios iba a ir, pero tenía que dejar de ver a Edward y esos penetrantes ojos verdes. No podía con su mirada después de lo que me había dicho.
— Siéntate, Isabella – gruñó. Me di la vuelta y le miré con el ceño fruncido.
— Es mejor que te deje solo, así puedes terminar de ultimar tu viaje tranquilo.
Volví a girarme para huir de allí, pero esta vez Edward fue más rápido. Se levantó y llegó hasta a mi en un abrir y cerrar de ojos y me cogió por la cintura. Me obligó a andar de nuevo hasta la mesa. Sólo paramos cuando mi trasero chocó contra la madera. Me abrió las piernas y se coló entre ellas haciendo que se viera el encaje de mis medias.
— No quiero que vengas a Londres conmigo, Isabella – pasó sus manos por mis muslos, amasando y acariciando la piel que encontraba a su paso – Eres una distracción muy grande para mi….y no me gusta distraerme cuando estoy trabajado – empujó sus caderas contra las mías para que notara el estado en el que se encontraba — Créeme, Isabella…nada me gustaría más que tumbarte sobre esta mesa y follarte hasta que te oyeran los del edificio de enfrente….pero no es posible. Necesito aire – susurró.
Me agarré a sus poderosos hombros cuando me besó en la boca. Esa puta lengua era mortal de necesidad. Me agarró del trasero para acercarme aún más a él mientras su lengua seguía haciendo delicias con la mía.
Sobraba decir que el dolor que había sentido en mi maltrecho corazón estaba desapareciendo con cada movimiento de sus labios.
— No me hace gracia dejarte sola con Jacob, el chico "sonrisa profident" – dijo mientras me pellizcaba en el interior del muslo, muy, muy cerca de mi foco del placer.
— ¿Sonrisa profident? – murmuré mientras mis manos vagaban por su espalda.
— Sí, tiene una sonrisa estúpida que no me gusta nada…. — me agarró de la barbilla con fuerza y echó mi cabeza hacia atrás — ¿Habéis tenido algo? – fruncí los labios.
— ¡No! Te dije que sólo había estado con una persona. ¿Por qué vuelves a preguntarme eso?
— Porque te mira como si quisiera devorarte – murmuró – Aquí el único que te puede devorar soy yo, Isabella….
Me mordió el labio y me lo chupó mientras me acariciaba las piernas…Gemí de frustración cuando alguien golpeó la puerta. Edward estrechó los ojos antes de separarse de mí. Apenas me dio tiempo a bajarme de la mesa y acomodarme la falda.
— Hola, Edward – dijo Alice.
Venía ataviada con un bonito traje de chaqueta y pantalón y con una pequeña maleta de ruedas. Estaba perfectamente maquillada y peinada, como siempre. Me miró de arriba abajo con su habitual cara de "buenos" amigos y murmuró algo que pretendió ser un saludo de buenos días.
Sabía que algo escondía.
¿Alice también había vivido en un centro de menores como Edward? ¿También había sufrido los delirios psicópatas de un chalado? La reacción que tuvo anoche no fue muy normal. Quizás actuaba de esta forma tan extraña por una buena razón….
— Tenemos que ir saliendo ya, Edward – dijo sin volver a mirarme.
— Espérame fuera, Alice. Tengo que ultimar un par de detalles.
— Claro...ultimar detalles – susurró.
La chica salió del despacho dando un pequeño portazo; Edward suspiró alto y fuerte y volvió a centrarse en mí.
— Mañana quiero que vengas a estudiar aquí aunque yo no esté – me ordenó – No me hace gracia dejarte sola y cerca de ese Jacob – espetó – así que Sam estará cuidando de ti.
— No soy una niña pequeña.
— Ahora mismo sí eres una niña pequeña. Sola y desvalida y con un lobo acechando a tu alrededor – gruñó – No es el entorno ideal para dejarte sola…pero no me queda otra – recogió rápidamente su portátil y su maletín y caminó hasta mi – Pórtate bien, Isabella – me susurró muy muy cerca de mis labios – Sé buena….
Me besó rápidamente en la boca dejándome con ganas de más para después salir de ese bendito despacho. Me giré y me quedé mirando esa puerta cerrada como si me fuera a hablar.
Edward se había ido.
Me había dejado al cuidado de su guardaespaldas como si fuera una niña pequeña. No sabía si maldecirle por no fiarse de mi o adorarle por preocuparse por mi….Cogí mi portátil y salí de allí rápidamente; ese despacho se me hacía muy grande sin Edward en él. Además, el simple hecho de mirar esa enorme mesa de caoba me hacía recordar dónde habían estado las manos de Edward minutos antes….
Al salir al pasillo ya no había ni rastro de Edward. Me hubiera gustado decirle que me llamara o que me mandara un mensaje cuando llegaran a Londres, pero me había dejado tan aturdida con sus palabras y sus actos que no me había dado oportunidad a abrir la boca.
Fui hasta la sala de juntas ante la atenta mirada de Tanya. Jacob seguía ahí; estaba sentado en la gran mesa con un montón de papeles a su alrededor. Al parecer Edward le había dejado trabajo.
— Bella – dijo cuando levantó la cabeza de tanto papeleo — ¿Esto es normal? – me senté a su lado y saqué el portátil.
— Aclárame que es "esto" y defíneme qué es normal para ti – dije suspirando.
— Todo – abrió las manos señalando la sala – Ese Cullen… ¿es así siempre?
¿Así? Me dieron ganas que me definiera la palabra "así", pero me callé. Así…. ¿Cómo? Brusco, rudo, fuerte, malhablado, vengativo, poderoso, irresistible, sexy, a veces delicado…..Sí, todo eso era Edward Cullen….
— ¿Bella? – miré a Jacob cuando volví al presente.
— Edward es un poco bipolar.
— ¿No me digas? – dijo mi amigo con un marcado tono sarcástico — ¿Ya te has acostumbrado a él? – alcé una ceja.
— Vivo con él, Jake….No es tan….cruel como lo quieren hacer ver – dije acordándome de lo de anoche. Ahora sí Jacob me puso cara de incredulidad total.
— La empresa de tu padre está bajo su tiranía, Bella. Te usó como moneda de cambio para cerrar un trato – abrí mucho los ojos – Todos sabemos que no estás aquí para trabajar, precisamente. Al menos no en la oficina.
— ¿Qué estás queriendo decir? – dije un poco enfadada.
— Quiero decir que Edward Cullen no te ha traído aquí con fines limpios, Bella. Te va a usar. A tu padre y a ti, hasta conseguir lo que quiera…. — fruncí los labios.
— No me ha tratado mal desde que llegué aquí, Jake. Tú no sabes nada – suspiré – Mejor cambiemos de tema, no quiero enfadarme y menos contigo. Sería lo único que me quedara por hacer esta mañana – Jake asintió.
— Lo siento. Supongo que no estás pasando por la época más tranquila de tu vida…. ¿Cómo estás?
— Bien….bien….Estoy ubicándome aún, pero bien.
— ¿Es verdad eso? ¿Cullen te trata bien?
— Sí – menos cuando te azota el trasero….bah, descubriste que te encantaba, pervertida – Claro que me trata bien. ¿Tan mal están las cosas con mi padre? – dejó los papeles a un lado y me miró con intensidad.
— Sí. Si tu padre es raro ahora se ha superado — negó con la cabeza – No estoy para nada de acuerdo con el despido de tanta gente. No sé ni por qué ni para qué, pero tu padre necesita grandes cantidades de dinero en sus cuentas, Bella. Y no logro entenderlo. Se supone que Edward ha inyectado capital suficiente para que la empresa reflote. A no ser….
— A no ser que necesite dinero a título personal – murmuré – Quizás se ha metido en una inversión personal y anda escaso de fondos – Jacob se encogió de hombros.
— No lo sé, pero todo esto es muy raro, Bella. No me siento a gusto con el lugar en el que me han colocado. Siento que estoy en el puñetero medio de todo….Ahora mismo me siento como un traidor, Dios….me encantaría estar sentado en mi escritorio aburrido mientras redacto nóminas – me mordí el labio.
— No te sientas así, Jake….todo lo que hace Edward lo hace por un motivo. Si te ha mandado investigar un poco sobre contabilidad…hazlo.
— Ya no sé quién es el enemigo, Bella….
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La frase de Jacob se quedó suspendida en mi mente durante el resto del día.
Yo tampoco sabía quien era el enemigo.
Había visto actuar a mi padre; era agresivo tanto en los negocios como en la vida real. Edward también lo era, salvo por un detalle. Edward en la vida real se había comportado como su apodo le definía. Era una bestia. Su rencor y su rabia habían traído de vuelta sus demonios personales y les había dado la venganza que se merecían.
Cada día dudaba menos que mi padre también era una pieza clave en esa venganza.
¿Pero de qué manera? ¿Y hasta qué punto?
Lo único que sabía era que se conocían desde hacía tiempo, sólo ese pequeño detalle que se le escapó a mi padre durante ese primer contacto que tuvimos en aquella cena. Y siendo sincera, tampoco me atrevía a preguntar por ese tema tabú. No, gracias.
Llegué a casa acompañada de Seth.
Me comí la elaborada cena que había preparado Emily. Después de terminarme la cena me fui al salón a ver un rato la televisión e intentar relajarme; si me ponía a pensarlo no podía recordar cuando fue la última vez que vi una película sentada tranquilamente en el sofá de casa. Quizás fue una película de Disney acompañada por Matt, aunque la tranquilidad no nos duraba mucho. Siempre teníamos que oír al gran Charlie gritando a través del teléfono.
Me quité los zapatos altos y me acurruqué en el sofá mientras veía "La Vida es Bella". No era la película idónea para elevar los ánimos de una persona un poco decaída, pero era una obra maestra en cuanto a sentimientos, amor y odio, mezclados y a la vez separados. Siempre lloraba cuando ese pequeño niño encontraba al fin el regalo en forma de tanque. La manera en la que el protagonista cambia la realidad para su hijo, algo horrible y doloroso lo convertía en un juego. Lo malo por lo bueno. El bueno muere….
La vida a veces era injusta.
Había personas que tenían que luchar toda su maldita vida por seguir adelante, que tenía que luchar por sus derechos más básicos, por la comida diaria, por un techo….Yo tenía todo eso y más. Durante toda mi vida había tenido todo lo necesario, todos los lujos….pero no había tenido el cariño de mi padre y para colmo tuve que sobrevivir a la muerte prematura de mi madre. Ahora me pasaba lo mismo. Me quedaba Matt, pero le tenía a miles de kilómetros de mí….
Miré a mí alrededor.
¿Ahora qué tenía aquí? ¿Qué me quedaba? ¿Qué tenía que pudiera acariciar con las manos? No me interesaba nada de esto, no importaba el lujo en el que estaba rodeada porque ya no me parecía tan interesante si Edward no estaba en la ecuación.
Y eso era porque le echaba de menos.
Podía haberme llevado con él a Londres. Podía haberme quedado en el hotel mientras él y Alice hacían las gestiones necesarias para el nuevo proyecto. Podía haberlo esperado allí, en la habitación. Dispuesta y entregada por y para él. La Zorra saliendo de su escondite para complacerle en todo lo que él quisiera.
Me moría de ganas por estar con él.
Necesitaba estar con él.
Quería gritar por no estar donde estaba él.
¿Qué demonios estás pensando, Bella? ¿Por qué caminos está viajando tu mente corrompida por las perversiones? ¿Por qué demonios le echas tanto de menos? ¿Por qué te hace tanta falta? Era…era como estar pasando por un puñetero síndrome de abstinencia. Una llamada, un mísero mensaje me valía para sacarme esta espina que sentía en mi interior. Un mensaje que no me había enviado, una llamada que estaba segura que no iba a realizar….
Sentía celos.
No sabía ni dónde estaba, ni con quién. Nada. Y yo aquí sola, viendo esta obra maestra lacrimógena del séptimo arte mientras echaba de menos a la puta Bestia.
Maldito Edward por hacerme sentir así de ansiosa. Nerviosa. Desesperada. Maldito seas.
El sonido del teléfono me sobresaltó. Cogí mi móvil con dedos temblorosos y descolgué.
— ¿Diga?
— Bella, soy yo – reconozco que me llevé la desilusión de la noche al oír la voz de Phil a través de la línea. Mi parte ilusa, es decir, yo por completo, creyó por un momento que podría ser Edward.
— Hola, Phil. ¿Cómo estás?
— Todo lo bien que puedo estar sin recibir ninguna llamada tuya — me sentí un poco mal por olvidarme del hombre que se preocupaba tanto por mi.
— No sé cómo decirte que lo siento, tío Phil – oí una risa triste.
— Ahora me llamas tío, ¿eh? Es para que no me enfade tanto contigo…..— bromeó — Dime cómo te van las cosas, Bella… ¿Sabes algo de tu….padre? – suspiré.
— No, no se nada…aunque tampoco me interesa mucho….Hablo con Matt casi todos los días…
— ¿Estás bien, Bella? — miré a la enorme sala vacía que tenía ante mi. Me sentía sola. Sola y confundida. Y para colmo echaba de menos a Edward. Oh, Dios...— ¿Bella?
— Phil, ahora mismo no sé cómo me siento...
— ¿Acaso te trata mal ese hombre?
— ¡No! No, por Dios...— el problema viene cuando me trata tan, tan bien...es imposible odiarlo aunque quisiera, pensé...
— Bella, si me entero de que ese hombre te trata mal o se porta mal contigo no me va a importar que sea un hombre poderoso. Me enfrentaré a él si hace falta – sonreí. Dios, este hombre se preocupaba más por mí que quien debería hacerlo.
— Te aseguro que me trata bien, Phil. No me falta de nada y la convivencia con él se puede definir como…— sensual, adictiva, erótica — correcta – cerré los ojos al darme cuenta del calificativo que había usado.
— Está bien – suspiró – Ahora tengo trabajo acumulado, pero espero poder tener un hueco para viajar a Nueva York. Tengo ganas de verte, pequeña.
— Y yo a ti, Phil. Gracias por llamarme.
— Sabes que siempre que quieras puedes llamarme tú. No importa ni el día ni la hora, Bella. Si me necesitas me llamas.
Cuando colgué me sorprendí a mi misma reprimiendo las lágrimas. La llamada de Phill había sido el detonante para una noche sentimental y asquerosamente llorona.
Subí a mi habitación aun secándome la cara. Llorica de mierda, Bella. Cuando entré a mi habitación y miré la cama apenas la recordé; llevaba más días de los que creía durmiendo en la habitación negra. Miré a mí alrededor y vi la escultura que Edward me había regalado. Edward era rudo, pero detalles como estos eran lo que hacían que mi corazón se alterara y jugara a dar saltos en mi interior.
Miré de nuevo el maldito teléfono odiándole por no sonar cuando más le necesitaba.
Quería escucharle, quería oír su maldita voz….
Me tiré sobre la cama presa de un ataque de rabia contra mi misma. Estúpida. Estúpida Bella….
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A la mañana siguiente no me levanté mucho mejor.
Había llorado hasta hartarme por la noche antes de dormirme. Mi parte sentimental estaba en todo su apogeo, mejor que nunca. La película de anoche, la llamada de Phil, las palabras de Edward que se agolpaban en mi mente una y otra vez. "Eres una distracción muy grande para mi…."
Incluso desayunando me sentía rara. Me había acostumbrado a sentirme nerviosa por la mirada y la presencia de Edward durante el desayuno. Echaba de menos ese cosquilleo en el estómago cada vez que Edward desviaba los ojos para mirarme.
Sin duda iba a estar hundida en la miseria hasta que Edward regresara de ese viaje y no me gustaba sentirme así, no me gustaba sentirme dependiente de ese hombre del que me despediría pasado un año.
Esto, fuera lo que fuera, tenía fecha de caducidad. Al menos me quedaba el consuelo de haber sobrevivido a la primera noche sin Edward.
Esta vez el camino lo hice acompañada de Seth, Sam y el dial de noticias saliendo por los altavoces del Quatroporte. Mucho me temía que hoy Sam iba a ejercer de mi niñero.
Y así fue.
En cuanto llegamos a la última planta Sam se sentó en uno de los sillones de cuero cerca del escritorio de Tanya. Esta le miró por encima de las gafas para después seguir con su trabajo.
— Señorita Swan – dijo sin mirarme – Puede ir a la sala de juntas, está abierta.
— ¿Y…y Jacob? – ahora sí la chica levantó la mirada del teclado y me miró.
— Está trabajando en otra área de la empresa – asentí.
— Entiendo….
En otra área de la empresa. Quizás ya estaba trabajando con el equipo de contabilidad de Edward. O quizás era Edward el que lo había mandado lejos de la última planta por mi "seguridad".
Intenté ignorar a todos y a todo.
Me fui hacia la sala de juntas sin mirar de nuevo a Tanya y sin pensar que iba a tener el pobre Sam todo el día pegado a mí. Abrí mis libros y mi ordenador y me puse a estudiar para el primer trabajo que tenía que mandar a la universidad.
Agradecí este entretenimiento.
La mañana se me pasó volando. Adelanté parte de mi trabajo y logré estudiar los próximos temas. Si seguía así podría terminar el curso incluso antes de tiempo….
La puerta sonó ligeramente.
— ¿Se puede?
Cerré mi portátil justo cuando Emmet entraba por la puerta. Y no venía solo. Aparte de las bolsas de comida que traía del restaurante italiano de enfrente venía acompañado por una guapa rubia. No la había visto antes, así que no podía deducir si era o no de la empresa.
No, no pertenecía a la empresa.
Y eso me quedó claro cuando Emmet agarró de la cintura a la rubia para ayudarle a sentarse en una de las sillas de la sala de juntas. La chica tendría unos veinticinco años, su cuerpo era escultural y lleno de curvas. Delicada. Vaya….Emmet y esa chica eran diametralmente opuestos aparentemente en todo, pero a la vez se complementaban de maravilla. Al menos físicamente.
— Bella, te traigo refuerzos. No hay nada mejor que una buena comida para una mente estudiante – dijo sonriendo.
— Gracias – miré de soslayo a la chica.
— Oh, Bella esta es Rosalie Hale….futura señora McCarthy – Rosalie le dedicó una sonrisa radiante para luego centrarse en mi.
— Encantada, Bella. Aunque por tu parte no hacían falta las presentaciones. Sé quien eres – agaché la cabeza.
— Oh.
— Eres mucho más guapa en persona – levanté de nuevo mis ojos y miré a Rosalie; no había rastro alguno de sarcasmo en su frase. De hecho, me estaba sonriendo con aparente simpatía.
— Decir eso es un sacrilegio viniendo de alguien como tu – murmuré. La chica negó mientras sonreía.
— ¿Cómo te has adaptado a la vida de Nueva York? – sonreí mientras revolvía mi comida.
— Ahora estoy un poco más centrada….Ha sido un poco…impactante – susurré. Rosalie asintió.
— Emmet, ¿me puedes traer un refresco de esos de fresa que venden en el puesto de abajo? – el moreno sonrió ampliamente.
— Claro, preciosa. ¿Quieres algo, Bella? – negué con la cabeza. Rosalie esperó a que la puerta se cerrara para volver a hablar.
— Al principio me sentía culpable de usar ese método para librarme de Emmet – sonrió – Pero a veces es necesario para las chicas tener un rato a solas, ¿no?
— Supongo.
— ¿Qué tal con Edward? – bien, otra persona totalmente directa….
— Eh….bien. Bueno….sí, bien – la carcajada que emitió fue totalmente musical.
— Sí, aún estás desconcertada…. — asentí mientras revolvía mis tallarines – Es normal. Edward es una persona muy compleja. A cada año que pasa eso se agudiza.
— ¿Le conoces desde hace mucho?
— Sí, los conocí a ambos en la universidad – fruncí el ceño.
— ¿A Edward y Emmet? – asintió – Pues debiste de conocerlos por casualidad….tú eres más joven que ellos…. — negó de nuevo.
— Tengo la misma edad que Emmet, estoy a punto de cumplir los treinta – sí, ahora mismo envidiaba la buena genética de Rosalie; aparentaba al menos cinco años menos – Por aquel entonces Edward ya era un chico algo…difícil de entender.
— Vaya, su evolución entonces ha tenido que ser interesante…. — asintió.
— Y tanto.
— ¿Llevas todo este tiempo con Emmet?
— No – sonrió – A mi al principio no me gustaba nada Emmet – sonreí – En realidad me gustaba Edward – dejé de sonreír.
— ¿Estuvisteis juntos? – pareció pensárselo un poco.
— Yo no lo llamaría así. Estuvimos juntos el tiempo necesario como para comprobar que no éramos compatibles en nada…. — la puerta de la sala se abrió. Era Emmet con un refresco de fresa en la mano – Después de eso encontré a mi media naranja – le dedicó a Emmet la mayor sonrisa del mundo.
— No sé de qué estáis hablando, pero me gusta lo que estás diciendo…. — lo besó de manera delicada en la punta de la nariz.
— Le estoy contando a Bella un poco nuestra historia – se levantó con el vaso en la mano – Te he contado esto para que sepas que puedes hablar conmigo cuando quieras, Bella. Vengo de vez en cuando por aquí con Emmet... – sonreí a duras penas – El mundo ya es lo suficientemente difícil para que lo compliquemos nosotros aún más.
Después de ese consejo y esas palabras de apoyo se marcharon.
¿Cómo tenía yo que responder a esto? Me acababa de enterar que la futura mujer de Emmet había estado liada con Edward. O al menos habían tenido algo que ver. Eso me provocó una ligera punzada de celos, aunque se evaporó pronto al recordar el tremendo anillo de diamantes que rodeaba el dedo de la rubia.
Al menos había venido en son de paz.
La guapa rubia había resultado ser una persona con la que era fácil hablar y de mirada amable.
Recuerda, Bella. Ella y Edward estuvieron juntos...
Decidí olvidarme de eso y seguir con mi comida. No tenía que preocuparme por lo que Rosalie me había contado...eso había pasado hace mucho...
Cuando termine de comer tire las sobras a la papelera y recogí la mesa. Estaba lista pata volver a mi sesión de estudios cuando sonó la melodía de un mensaje en el móvil.
Sonreí como una idiota cuando vi que era Edward.
"Isabella, todo esta yendo sobre ruedas por aquí. Te mando una foto para que veas lo mucho que te echo de menos..."
Abrí el archivo que contenía el mensaje.
Y mi corazón volvió a romperse. En la foto salía un hombre y una mujer. Ambos se estaban abrazando. La boca del hombre quedaba muy cerca de la mujer rubia a la que tenia agarrada por la cintura.
La...la boca de Edward quedaba muy cerca de los labios de esa rubia desconocida.
"Para que veas lo mucho que te echo de menos..."
Por el amor de Dios...
