Candy dormía placidamente cuando un tintineo interrumpió su sueño. Abriendo uno de sus ojos verdes notó que las gotas de lluvia caían con fuerza contra las ventanas de su habitación. Una sonrisa perezosa se dibujó en su rostro mientras pensaba en quedarse acurrucada entre las sábanas mientras durara el aguacero.

"Nada mejor que la lluvia para dormir un poco más" – se dijo antes de abrir los ojos con alarma y levantarse de un salto hacia su balcón.

Grandes nubes negras opacaban la luz del sol, las ramas de los árboles se sacudían al ritmo del viento y la lluvia. Un solitario pajarito se detuvo en la cornisa de la ventana y protegido momentáneamente de la lluvia, se sacudió el plumaje.

"¡Por todos los cielos! ¡Annie debe estar preocupadísima!"

El día de la boda Cornwall-Brighton había llegado y la ceremonia debía llevarse a cabo en los hermosos jardines de Lakewood. Nerviosa, Candy se mordió el labio preguntándose si su mejor amiga tenía un plan de contingencia. Un leve toque a su puerta interrumpió sus pensamientos y Dorothy no tardó en aparecer.

"Buenos días señorita. El chofer de los Brighton la espera abajo."

"¿Tan pronto?" – preguntó sorprendida – "Annie dijo que lo enviaría por mi a las diez para el desayuno con las damas."

"Tengo entendido que la señorita Annie está…" – se detuvo un instante para buscar la palabra apropiada – "teniendo una crisis por culpa de la lluvia."

"Me lo imaginaba" – dijo yendo hacia su sala de baño – "Dile al chofer que bajaré en unos minutos.

Quince minutos después Candy bajaba los escalones seguida de Dorothy, quien llevaba una pequeña maleta en la mano. Terrence la esperaba al pie del vestíbulo y levantó una ceja, intrigado al ver el equipaje. La mucama lo saludó antes de salir por la puerta principal mientras que Candy bajaba la mirada. Aquello no sorprendió al hombre porque ella evitaba encontrarse con él desde la noche que habían dormido juntos.

"¿Has decidido abandonarme, Candy?" - preguntó con humor.

"Lo he contemplado" – dijo ella en el mismo tono – "pero no tienes tanta suerte."

"No consideraría tu ausencia suerte, querida mía" – respondió tomando su mano para besar el dorso – "más bien sería una tortura."

La joven contuvo la respiración por un minuto sorprendida ante sus palabras. Terrence la soltó y se acercó a la ventana.

"Llueve a cántaros, Candy. ¿Crees que sea seguro que salgas?"

"Debo ir con Annie. Hoy es su boda, ¿recuerdas?"

"¡Ah, por supuesto! Pero, ¿no era el desayuno a las diez?"

Candy se sorprendió ante su buena memoria. Estaba claro que él la escuchaba.

"Annie está teniendo una pequeña crisis de nervios. Su boda debía ser en los jardines de Lakewood pero la lluvia lo ha estropeado todo."

"No sabía que era en Lakewood" – dijo con seriedad.

Ella sabía que le hacía una acusación silenciosa; era un detalle que había omitido en sus conversaciones.

"Annie le pidió casarse en el jardín porque fue ahí donde lo vio por primera vez. Hicieron construir una hermosa pérgola y la decorarían con flores y tul…no quiero ni imaginarme cómo estará ahora. ¡No puedo creer que esté lloviendo! Ayer estaba tan soleado."

"El clima como el amor es impredecible, Candy."

Algo en su tono de voz la hizo turbarse y se encaminó hacia la puerta.

"Debo marcharme, Terrence. El chofer de los Brighton me espera."

"Que tengas un buen día, Candy. Te veré por la noche."

"No me esperes despierto. Las fiestas de los Andrey siempre se extienden hasta el amanecer."

"No" – dijo impidiéndole el paso – "No me has entendido. Te veré esta noche porque iré a la boda."

"¿Irás a la boda?" - preguntó en un susurro.

"¿Tienes algo en contra?" - contestó frunciendo – "Por si te has olvidado, he sido invitado."

"Sí, lo sé."

"Lamento desilusionarte, Candy. Soy tu esposo y no estaría bien que estuvieras sola en un compromiso social tan importante."

Una risilla se escapó de los labios de la joven.

"¿De qué te ríes?"

"No te ofendas, Terrence. Es que me da gracia cuánto has cambiado, nunca te importaron los convencionalismos."

"Supongo que es verdad" – dijo tomando su gabardina del perchero.

"¿Saldrás también?"

"Debo ir a la ciudad. Tengo una reunión importante con Edwards y unos banqueros."

"¿Crees que ellos llegaran con este clima?"

"Nadie se atrevería a dejar plantado al Duque de Grandchester" – dijo con algo de arrogancia.

"Claro que no" – dijo ella con una venia pronunciada.

"Ahora te burlas de mi."

Ella soltó una carcajada mientras se levantaba y se encontró con los ojos azules. Candy sintió su corazón latir con fuerza, especialmente cuando Terrence rodeó su cintura con los brazos. La joven lo miró nerviosamente.

"No te asustes" – susurró el duque pegando su frente a la suya – "sólo quería decirte que me encanta cuando ríes."

Sus labios depositaron un beso casto sobre su mejilla antes de soltarla.

"Hasta pronto" – dijo antes de abrir la puerta.

Pequeñas gotas de lluvia cayeron sobre el rostro pecoso y el chofer de los Brighton se apresuró a abrir un paraguas sobre su cabeza.

"¡Buen día, señora!"

"Buenos días" – repuso ella siguiendo con la mirada el vehiculo de Terrence que empezaba a alejarse.

El hombre la ayudó a subir al auto donde Dorothy ya la esperaba. La rubia se sentó a su lado y dejó escapar un suspiro mientras el chofer arrancaba hacia la casa de Annie. La mucama la miró con atención.

"¿Le sucede algo, señorita?"

A mi me gusta mucho este fic espero que sigas escribiendo

trato decisivo, aunque seria para mi si es una pena que escoja a terry, anthony esta vivo y y eso irrefutable, te sigo, soy fan de anthony

"Nada de importancia, Dorothy."

La joven pelirroja no estaba muy convencida de aquello. Desde la partida de Eleanor, su patrona parecía estar algo nerviosa, particularmente cuando Terrence estaba cerca. Tenía la impresión que ella intentaba evitarlo. Candy volvió el rostro hacia la ventanilla y por un instante vio su reflejo antes de verse entre los brazos de Terrence. Cerró los ojos con rapidez para deshacerse de aquella imagen pero su memoria no la dejó olvidar.

Terrence entrelazó su mano en la Candy y la llevó hacia su cabellera. Ella comprendió que él deseaba que le acariciara la cabeza como alguna vez vio hacer a Eleanor.

"Mientras me necesites…" – dijo apreciando la suavidad de sus cabellos oscuros.

"Bien…" – balbuceó antes de respirar con profundidad.

Candy permaneció a su lado hasta estar segura que dormía y fue entonces que dejó resbalar el dorso de su mano por la mejilla masculina, preguntándose si algún día llevaría barba como lo hizo Sir Richard. Por lo que podía apreciar, Terrence no necesitaba rasurase a diario. Avergonzada por su proceder y pensamientos alejó su mano como si su piel quemara. Intentó levantarse pero él protestó entre sueños, ella decidió permanecer quieta sin advertir que empezaba a quedarse dormida.

Un búho se escuchó en la inmensidad de la noche y Terrence parpadeó pesadamente, preguntándose porqué su almohada era tan tibia; no le tomó más de unos segundos descubrir que descansaba en el regazo de Candy. Moviéndose con cuidado, se levantó para mirar a la joven que dormía sentada. La luz de la luna iluminaba su rostro y lo primero que él pensó fue que ella parecía un hada de los bosques. Un extraño cosquilleo lo recorrió y llevado por un impulso se acercó para tomarla en brazos.

Candy no se percató que él la levantaba ni que la depositaba con mucha gentileza sobre las sábanas antes de quitarle los zapatos. Apenas dejó escapar un suspiro y se volvió de medio lado, la mejilla sobre la almohada, un brazo debajo de ella cual si fuera una niña pequeña acurrucándose.

Terrence se acostó junto a ella, su pecho juntándose a la espalda femenina mientras su brazo rodeaba la diminuta cintura de la joven. Su cabeza oscura descansó junto a la rubia y dejó que su nariz se perdiera entre los rizos. Aspiró con profundidad y exhaló con lentitud pensando en lo afortunado que era de tener un ángel entre sus brazos. Sonriendo, cerró los ojos.

La joven soñaba que era niña y que la abrazaban, no había razón para temerle a la oscuridad porque los brazos fuertes que la rodeaban la protegerían de todo mal. Se acurrucó un poco más y alcanzó a escuchar un suave tambor a la distancia. No, eran los latidos de un corazón ¡pero no eran los suyos! Perpleja, abrió los ojos para encontrarse recostada entre los brazos de Terrence. De reojo miró a su alrededor para descubrir que estaba en la habitación ducal.

Conteniendo la respiración, se movió con lentitud para alejarse de él, no tenía idea de cómo había llegado a su cama pero sabía que debía alejarse. Logró apartar el brazo del hombre y giró para darle la espalda pero antes que lograra deslizarse fuera de la cama, el brazo de Terrence volvió a rodearla para nuevamente acercarla.

"Quédate conmigo" – pidió él junto a su oído.

Candy tragó en seco, nerviosa y confundida.

"No quiero estar solo" – dijo enlazando sus dedos con la mano femenina que reposaba sobre la sábana

"No debo estar aquí" – balbuceó ella.

"No me dejes…"

La sintió estremecer.

"No haré nada que no quieras" – prometió él – "sólo déjame tenerte en mis brazos."

La joven no supo contestar y tras unos segundos de vacilación se relajó entre sus brazos. Terrence no terminaba de comprender porqué su esposa parecía temerle pero decidió que eso podría descubrirlo otro día, ahora quería disfrutar su cercanía. Complacido, besó su mejilla antes de volver a depositar su oscura cabellera junto a los rizos rubios esparcidos sobre la almohada.

Candy podía sentir la respiración masculina sobre su hombro y se preguntó porqué no había huido. Tal vez la respuesta estaba en la tristeza latente en la petición de Terrence. Era obvio que estaba muy afectado por la partida de Eleanor y lo más lógico era que buscara consuelo en su esposa. ¿Acaso no era una de sus obligaciones ayudarlo? Esperaba sentir repulsión ante la cercanía de cualquier hombre que no fuera Anthony y ¡le estaba ocurriendo exactamente lo opuesto! La joven sintió sus mejillas llenarse de rubor.

El duque sabía que ella no dormía y sus manos ansiaban tocarla tanto como su boca besarla pero sabía que si realizaba la acción equivocada Candy huiría y perdería el terreno que acababa de ganar. Tendría paciencia, ganaría su confianza y luego la seduciría. Ese fue su último pensamiento antes de volver a dormir, tan profundamente que no se percató cuando ella abandonó su lado.

"Hemos llegado" – dijo Dorothy palmeando el brazo de la rubia.

"Oh gracias" – repuso ella algo sorprendida.

El chofer abrió la puerta y antes que él pudiera ofrecerle un paraguas, ella corrió bajo la lluvia hacia la casa. Era un camino breve pero la lluvia caía con suficiente fuerza para que ella se empapara. Entró al salón familiar destilando agua por los rizos pero Annie no pareció percatarse de eso, se lanzó en sus brazos con un gesto dramático y lloró en su hombro.

"¡Tantos preparativos para nada!" – sollozó la morena – "Mi boda será un fracaso."

"No digas eso. Seguro que la lluvia se detendrá y…"

"Aunque se detenga todo estará empapado, Candy. Nadie podrá caminar por el pasto sin hundirse o llenarse de lodo."

"Seguro que Archi está resolviendo todo" – dijo mirando a su amiga.

"¿Archibald? Es verdad que mi prometido tiene buen gusto pero estamos hablando de ropa, hermana, no de decoración."

Súbitamente, Annie chasqueó los dedos.

"¡Ya sé! ¡Debes ir a Lakewood y ver cómo va todo!"

"Debes estar bromeando" – respondió Candy con los ojos muy abiertos – "sabes muy bien que no soy bienvenida."

"¿Anthony te sigue ignorando?"

"Rotundamente."

"No sabes cuánto lo siento pero ¡tienes que ir! ¡Eres la única que puede salvar mi boda!"

"Annie…"

"¡Dime que sí!" – pidió con ojos llenos de lágrimas.

"¿Acaso no confías en tu prometido?"

"Confío más en ti. ¿Irás?"

"De acuerdo" – asintió sucumbiendo a los ruegos de su amiga.

Annie se levantó de un salto, dando brinquitos y aplaudiendo.

"Es sorprendente como pasas de un estado de ánimo al otro, querida" – se burló la rubia.

La morena le mostró la lengua.

"Tal vez debas cambiarte, Candy, estás empapada."

"Será una pérdida de tiempo, tan sólo volveré a mojarme."

"¿Segura?"

"No te preocupes, nunca me resfrío."

La lluvia se había convertido en tormenta cuando Candy llegó a Lakewood. El mayordomo principal se sorprendió al verla pero le dio la bienvenida con cortesía. Ella le pidió hablar con Archi pero antes que respondiera observó a la servidumbre corriendo de un lado para otro. Alejándose del hombre, avanzó por el hall hasta llegar al salón de fiestas para encontrarse con Albert, que dirigía toda la actividad. Él notó su presencia y la invitó a acercarse.

"¡¿Qué haces aquí?"

Por un momento pensó que era tía Elroy pero la voz era demasiado juvenil. Se volvió para encontrarse con Elisa Leagan que la observaba de pies a cabeza con infinito desprecio.

"Te hice una pregunta, Candy."

"La respuesta no te concierne, Elisa."

"Todo lo que concierna los visitantes de Lakewood es asunto mío."

"Por supuesto…siempre has anhelado ser la señora de este lugar. ¡Lástima que ninguno de los primos te quiera!"

La rubia juraría que escuchó el maullido enojado de un gato antes de que la mano de Elisa se levantara por los aires para abofetearla. Candy se encogió lista para recibir el golpe pero una sombra se cruzó en su camino. Era Albert que sostenía con fuerza la muñeca de su sobrina.

"¿Qué te ocurre, Elisa? Tus padres no invirtieron su dinero en tu educación para que te comportes así con una invitada."

"¡Ella me ha insultado!"

"¿Qué hiciste para provocarla?"

El jefe de la familia Andrey la miró con seriedad.

"Sólo quería saber qué hace aquí."

"Por si lo has olvidado, Candy es la dama de honor de Annie, imagino que vino a ver cómo van los preparativos."

"Así es" – afirmó ella.

"Cualquier excusa es buena para ver a Anthony, ¿verdad señora Grandchester? Debería darle vergüenza."

"Eso no es asunto tuyo, Elisa" – la regañó Albert – "Ahora, por favor déjanos solos."

La heredera de los Leagan contuvo los deseos de mandarlo al cuerno porque sabía que no podía ofender al patriarca de la familia. Fingió avergonzarse bajando la mirada y se alejó tal cual él le pidió. Su actuación no engañó a Albert, que tomó un respiro antes de volverse hacia Candy.

"¿Qué te trae por aquí, pecosa?"

"Lo que dijiste. Annie me envió a ver los preparativos. Ella esperaba que su prometido estuviera a cargo y no tú."

"¿Te sorprende? Soy más talentoso de lo que todos esperan. Además, mi sobrino prefirió ir a jugar rugby y delegarme esta tarea."

"¿Y la servidumbre?"

"Son muy capaces pero necesitan la dirección apropiada y bueno, yo estaba tumbado en la cama leyendo cuando Archi llegó a pedirme ayuda. No pude negarme."

"Eres un magnifico tío."

"Eso dicen" – dijo sonriendo – "¿Crees que a Annie le agrade?"

Los ojos verdes recorrieron el salón apreciando las numerosas plantas que decoraban el salón y la pérgola rodeada de tul, tal cual Annie había soñado. Había enredaderas rodeando las columnas de mármol y hermosos arreglos florales decorando las mesas. Una orquesta empezaba a colocar sus instrumentos a un costado del salón y junto a ellos se adecuaba el piso para el baile.

"Estará encantada."

"Me alegro de tener tu aprobación" – le sonrió.

"¿Cómo hiciste para salvar la pérgola?"

"Tenía el presentimiento que llovería y anoche ordené a la servidumbre meterla al salón."

"¿Predecir el clima es otro de tus talentos? Podrías hacer mucho dinero de esa manera" – le bromeó.

"Prefiero usarlo para entablar conversaciones con muchachas lindas como tú."

Ella lo miró sin saber cómo responder a su halago. Algo en él la turbaba. Los ojos celestes se posaron en los suyos.

"¿Cómo van las cosas con Terrence?"

"Sigue amnésico pero se ha mostrado muy diligente con sus responsabilidades."

"¿Y contigo?"

"Es amable y cordial."

"Ah."

"¿Ah? ¿Qué quiere decir eso?"

"Nada. Sólo me preguntaba si ha intentado meterse en su cama."

"¡Albert!"

"Perdona Candy pero es que sería lo más lógico. Estará amnésico pero sigue siendo hombre y tú eres su esposa…o al menos eso es lo que cree."

El rubor subió a su rostro con fuerza, particularmente al recordar la noche que durmieron juntos. ¿Sería cierto lo que decía Albert? Pero Terrence sólo le había pedido que no lo dejara solo, ni siquiera intentó besarla o tocarla.

"Dudo mucho que tenga interés en mi."

El hombre quiso objetar a su comentario pero unas risotadas en el pasillo les llamaron la atención. Eran los primos que entraban del jardín, completamente empapados y llenos de lodo. Stear fue el primero en percatarse de la presencia de Candy y prácticamente corrió hacia ella para tomarla en sus brazos.

"¡Pequeña Candy, que hermosa que estás!" – dijo besando su mejilla.

"¡Stear, que bueno verte!"

El inventor se alejó de ella y con horror se percató que había manchado su vestido de lodo. Ella se rió y le dijo que no se preocupara pero Stear le ofreció un liquido quitamanchas que había inventado.

"¡Ni se te ocurra!" - exclamó Archi acercándose – "Te hará huecos en el vestido."

"Ya te expliqué que usé el producto sin diluir…por eso se estropeó tu camisa."

"Hiciste desaparecer la tela, Stear, se quemó."

"¿Por qué no puedes confiar en mi como lo hace Candy?"

"¿Quién dijo que confío en ti?" – repuso ella.

El rostro del inventor se desencajó y todos rieron de buen gusto, menos Anthony que los observaba en silencio.

"H-hola" – se atrevió a decir la joven.

El no respondió pero la saludó con un gesto de la cabeza.

"¿Qué haces aquí, Candy? Es de mala suerte verte antes de la boda" – preguntó Archi.

"Eso es con la novia, tonto" – respondió Stear.

"Annie me pidió que viniera, quería que te ayudara" – mintió.

"¿Ayudarme?"

"Tu prometida pensó que estaría arreglando el salón no que estarías jugando rugby. Estaba convencida que te preocuparías por arreglar la boda ya que la lluvia estropeó todos sus planes."

"Quieres hacerme sentir culpable."

"Jamás" – se burló ella.

"Estos bárbaro me invitaron a un partido de rugby y no podía negarme" – dijo echando un brazo alrededor del cuello de su hermano para intentar arrojarlo al suelo.

Stear no dudó en sujetar el brazo del novio e inclinarse hacia delante para hacerlo caer. Archi esperaba esa reacción de su hermano, enlazó su pie con la pantorrilla del inventor y ambos cayeron estrepitosamente al suelo en un mar de puños y risotadas.

"Críos" – rezongó Anthony conteniendo una risa.

Por respuesta, los hermanos Cornwall lo tumbaron al suelo.

"¡Pide perdón!" – ordenó Archi.

"¡Estás loco!"

"¡Pide perdón!" – repitió.

"¿Por qué?"

"Por todas las veces que nos castigaron por tu culpa."

"¡Es cierto! Tía Elroy siempre te perdonaba porque decía que era incapaz de hacer travesuras y ¡eras el peor de todos!"

Archi y Stear le cayeron a puños mientras el rubio intentaba escabullirse. Candy los miraba con los ojos abiertos, nunca los había visto así. Albert sólo meneaba la cabeza.

"¿No los detendrás?" – preguntó ella.

"Cuando alguno haya perdido un diente."

Archibald dejó escapar un estornudo tan fuerte que retumbó por el pasillo. Los ojos de Candy se abrieron con preocupación.

"Será mejor que te cambies" – le pidió –"No sea que pases tu luna de miel."

"Pero si eso es exactamente lo que quiero"- repuso con picardía.

"¡Archi, no me hables de esa manera! Me refiero a que te puede dar gripe."

"Tienes razón" – dijo apartándose de su hermano y primo – "¿Le darás un buen reporte a Annie, Candy? ¿Le dirás que me he esmerado en darle la mejor boda del siglo?"

"Por supuesto. Le diré que tu tío ha hecho un magnifico trabajo."

"¡Oh vamos! Compartirás el crédito conmigo, ¿verdad Albert?"

"¿Acaso tengo otro remedio?" – contestó con sarcasmo.

Sonriendo, Archi le dio un beso ruidoso a Candy en la mejilla y se encaminó hacia su habitación. Stear lo imitó y después de darle un abrazo a su amiga, corrió hacia las escaleras. Albert miró a su sobrino.

"Faltas tú, Tony. Supongo que tampoco quieres pescar una gripe."

"Estás mojada, Candy" – comentó mirando a la rubia.

"No es nada, ya casi estoy seca."

"Ven conmigo. Te daré una toalla."

"No te preocupes. Ya debo irme."

"Por favor acompáñame…quisiera decirte algo."

Candy asintió y se despidió de Albert antes de seguir al rubio. Sin decir palabra, Anthony la llevó hacia uno de los salones y cerró la puerta tras ellos. Abriendo uno de los muebles, alcanzó dos toallas y le dio una.

"Anthony yo…"

"Cállate" – dijo estrechándola con fuerza entre los brazos – "Sólo déjame abrazarte."

Sólo déjame tenerte en mis brazos…

Candy sacudió la cabeza para borrar esa voz de su memoria y se derritió entre sus brazos.

"Te he extrañado tanto" – murmuró él entre sus cabellos.

"No has respondido a mis mensajes."

"Lo sé…hice todo lo posible para evitarte…para olvidarme de tu sonrisa, de la suavidad de tu piel pero me es imposible. Te amo demasiado."

"Anthony…"

"Lamento no haber sido más comprensivo pero debes entender que me vuelve loco de celos saber que estás atada a Grandchester."

"Es sólo temporal."

"Insistes en decir eso pero para un hombre enamorado unos días son como un siglo."

"¿Aún me amas?" – preguntó ella con una sonrisa.

"Sabes que sí. Lo que quiero saber es si aún tú me amas."

"Por supuesto que sí."

¿Es cierto?

"Entonces huye conmigo."

"¿Huir?"

"Vámonos de aquí. Lejos donde nadie nos conozca y tú no tengas responsabilidades familiares."

"Eso destruiría a los Grandchester, a Terrence, su reputación."

"¿A quien le importa?" – dijo tomando su rostro entre las manos.

Candy podía ver la súplica en su mirada y sintió su corazón encogerse ante la respuesta que debía darle.

"No puedo hacerlo eso a Sir Richard."

"Pero… ¿si puedes hacerme esto a mi? ¿Acaso Grandchester ha recuperado la memoria?"

"No, pero cada día entiende más sobre los negocios de su padre. Se está afianzando en su nueva posición y no puedo ser la causante de su fracaso. Te amo, es lo único que debes saber."

"Deberíamos ser nosotros lo que se casan, Candy. Quiero que sepas que cuando Annie y mi primo estén diciendo sus votos, estaré pensando en ti y en mi, en nuestro casamiento."

Él besó sus labios.

"Hoy quiero tenerte junto a mi en el altar y en salón de baile. Promete que estarás conmigo."

"Por supuesto.

Te veré esta noche en la boda, le dijo una voz en silencio.

Sin darle tiempo a decir algo más, Anthony la besó, bloqueando cualquier preocupación en su mente.

"Edwards, ¿qué me puede decir del origen de Candy?"

El abogado miró a su joven patrón con desconcierto.

"¿El origen de Candy?"

"¿Por qué la sorpresa? Es lógico que quiera saber sobre el origen de mi esposa, ¿no le parece?"

"¿Qué desea saber, mi lord?"

"Lo que sepa" – dijo mirándolo con intensidad.

"No hay mucho que decir. Candy nació en Escocia, su madre murió al dar a luz y su abuelo la cuidó antes de fallecer del corazón."

"¡Que tragedia!"

"Mucho para una niña tan pequeña pero tuvo mucha suerte al ser adoptada por su padre."

"Indudablemente pero ¿qué hay de su padre?"

"Abandonó a la madre tan pronto supo que ella estaba embarazada. Es otra historia trágica de una joven enamorada que confía en su novio sólo para quedarse sola cuando llegan las responsabilidades. Dicen que el corazón de Mina, la madre de Candy, se debilitó mucho por la tristeza."

"¡Desgraciado!"

"Lo mismo opinaba Sir Richard y por el aprecio que guardaba con Peter White, el abuelo de Candy, decidió hacerse cargo de ella."

"¿Cómo lo tomó Cecile?"

"Casi se muere de la rabia y de los celos."

"¿Por qué celos?"

"Porque si ella no podía tener el amor de Sir Richard no quería que nadie lo tuviera."

"¿Y yo? ¿Cómo tomé la noticia?"

"Usted estaba internado cuando ella llegó y poco después decidió no regresar al castillo. Nunca hubo la oportunidad que se conocieran."

"¿Qué sucedió cuando me enteré?"

"Fue algo gracioso, mi lord. Al heredar la fortuna de los Grandchester, también heredó la pupila de su padre. Usted inmediatamente creyó que era una niña; no me permitió explicarle que era una jovencita."

"¿Me enamoré de mi pupila?"

"No lo sé mi lord, ¿lo hizo?" – preguntó con cautela Edwards.

"Quisiera saberlo" – repuso pensativamente – "¿Sabe? No entiendo porqué me casé con Candy."

"Su padre lo deseaba."

"¿Me casé para darle gusto a mi padre? ¿A un padre que no había visto en años?"

"Son los misterios de la vida, mi lord."

Terrence lo miró con fijeza, poco convencido ante las palabras del abogado.

"¿Tiene alguna otra pregunta, duque?"

"Sí" – dijo chasqueando los dedos – "¿Sabes que hay una caja fuerte en la habitación ducal?"

"Por supuesto. Es ahí donde su padre guardaba sus cosas más preciadas."

"¿Conoces la combinación?"

"No, mi lord."

"¿No?" – repitió desilusionado.

"Lo lamento mucho, joven. ¿Tal vez, Candy la conozca?"

"Ya se lo pregunté pero me ha dicho que no."

"Puedo buscar a un experto para que la abra."

El duque sacudió la cabeza.

"No…tal vez deba permanecer cerrada por algún tiempo más. Quizás mi "otro yo" conozca la combinación."

"Puede ser. ¿Cómo se ha sentido?"

"No puedo quejarme. No he recordado algo en particular pero Candy dice que mis actitudes le recuerdan mi "viejo yo" sólo que esta vez soy más educado y amable" – concluyó con una mueca.

Edwards sonrió ligeramente.

"Parece estar de acuerdo con ella, abogado. ¿Debo recordarle del lado de quien debe mantenerse si quiere conservar su empleo?" – se burló Terrence.

"Claro que no, su señoría. Eso lo tengo muy en claro."

"Más le vale, Edwards" – sonrió – "Ahora, dígame, ¿a qué hora tenemos programada la reunión con los accionistas?"

"A las tres de la tarde, señor."

"Espero que sean puntuales, Edwards. Tengo una cita esta noche y no puedo llegar tarde."

"¿Una cita?" – se sorprendió el abogado.

"No ponga esa cara" – dijo palmeando su hombro – "Es con mi esposa."

"¿Ah si?"

"Hoy es la boda de Annie Brighton y debo acompañarla."

"Por supuesto, eso es lo que hace un buen esposo."

"Y será la perfecta oportunidad de conocer un poco más de sus amistades."

El abogado se preguntó que tan buena idea sería esa, en particular que Anthony Brown y Terrence estuvieran frente a frente nuevamente considerando que su patrón se estaba enamorando de su joven esposa.

"Richard, amigo mío, si supieras el lío en el que este se ha convertido" – pensó tomando un sorbo de café.

Sólo esperaba que Candy empezara a sentir lo mismo.

La lluvia por fin había cesado pero aun caían gotas de agua de los árboles y tejados. El cielo no estaba claro pero una tenue luz iluminaba la tarde. El carruaje de Annie llegó al portón principal de Lakewood y ella sonrió a ver los listones que decoraban la entrada así como la alfombra roja que esperaba su arribo.

Candy, como dama de honor, fue la primera en bajar del carruaje y con ayuda del señor Brighton lograron que Annie descendiera sin mojar la falda de su traje. Las otras damas llegaron en diversos autos y ante la señal de la rubia se apresuraron a formarse delate de la novia para su entrada.

"¿Estás lista querida amiga?" – le preguntó a Annie a través de su velo.

"¡Muy lista!" – sonrió ella.

A la distancia, escucharon los acordes de la marcha nupcial y las damas prosiguieron al hall. Tras ellas entró Candy, seguida de Annie y su padre.

"Esto es bellísimo" – susurró Annie al notar la decoración del pasillo.

"Espera que veas el salón" – respondió la rubia.

Una exclamación de asombro se escuchó cuando las puertas del salón se abrieron: los invitados admirando a Annie, que parecía una princesa y Annie admirando la belleza del salón. Sus ojos se humedecieron al ver la pérgola al final del camino, decorada tal cual ella había soñado y compartido con Archi. Una lágrima resbaló por su rostro al hallar la mirada de su prometido y observarlo formar las palabras "Te amo" en los labios. Ella le sonrió ampliamente y él le guiñó. El señor Brighton se detuvo junto a Archi y con una palmada en el hombro le hizo entrega de su tesoro más valioso.

Candy ocupó su lugar a un costado de la novia junto a las damas y sostuvo el ramo mientras que los novios se tomaban de las manos. El cura los bendijo y dio inicio a la ceremonia. Los ojos verdes se encontraron con los celestes de Anthony y fue el turno de él para guiñarle. Ella devolvió el gesto antes de preguntarse si Terrence estaría entre el público. Tratando de controlar su nerviosismo, recorrió con la mirada a los invitados y respiró aliviada al percatarse que él no había llegado.

Desde su asiento, Elisa apretó las mandíbulas. El intercambio de guiños de los rubios no pasó desapercibido para ella. Era probable que nadie más lo notara, después de todo estaban concentrados en los novios pero ella no. Candy era lo único que la separaba de convertirse en la próxima señora Brown. Que Anthony no la amara no le preocupaba; sabía que podría mantenerlo interesado de otras maneras más placenteras y satisfactorias.

"Si tan sólo te fueras" – pensó con enojo.

Esa misma noche tendría que hacer algo para desaparecer a Candy o comprometer a Anthony lo suficiente para que se casara con ella.

"¿Cuál será más sencilla?" – se preguntó.

Candy sentía un nudo en la garganta mientras el cura realizaba la ceremonia matrimonial y los novios repetían los votos. Su mirada se cruzó con la de Anthony y supo que él le prometía lo mismo.

Tú ya le prometiste eso a otro, le dijo esa vocecilla molesta que la perseguía.

"No exactamente" – pensó.

Terrence y ella no habían tenido una ceremonia eclesiástica, bueno, ni siquiera una ceremonia. Fue una simple colocación de firmas sobre un documento en un cuarto de hospital – pero hecha para proteger a los Grandchester de la maldad de Lionel, sobre todo porque el heredero sufría de amnesia y ella asumió el rol de su protectora.

Tanto que hasta duermes con él, la atormentó su conciencia nuevamente.

Una ronda de aplausos interrumpió sus pensamientos. Annie y Archi se besaban con dulzura. La música empezó a sonar nuevamente y la pareja se dirigió hacia la pista que Albert había hecho colocar a un costado del salón. Archi no dudó en rodear a su esposa con los brazos y empezaron a danzar mientras se besaban nuevamente. La corte de honor no tardó en unirse a ellos y Anthony tomó a Candy entre sus brazos.

"Te amo" – le dijo él.

Ella se revolvió entre sus brazos con el mayor disimulo posible.

"¿Qué sucede?"

"Terrence puede llegar en cualquier minuto."

"¿Terrence?" – repitió con disgusto.

"La madre de Annie lo invitó."

"¿Por qué no me lo dijiste?" – preguntó entre dientes.

"Precisamente por eso, porque te disgustarías."

Alguien tocó el brazo de Anthony y él se volvió dispuesto a darle un puño.

"¡Albert!"

"¿A quien esperaba?"

"A nadie" – mintió.

"Cambio de parejas, sobrino, ¿me permites bailar con Candy?"

"Por supuesto."

Albert tomó la mano de la joven entre las suyas y la hizo dar un giro antes de posar un brazo alrededor de su espalda.

"Lamento haberlos interrumpido pero para cualquier observador era evidente que algo transcurre entre ustedes."

"¿Vienes a proteger mi honor, Albert?"

"Alguien debe hacerlo, Candy. Eres una mujer casada después de todo."

"No es necesario"

"Por supuesto que lo es. No sé cuánto tiempo más estarás con Grandchester pero cuando regreses con Anthony habrá suficientes habladurías. No necesitan echar leña al fuego antes de tiempo."

Ella guardó silencio considerando las palabras de Albert pero al ver que Anthony salía del salón decidió seguirlo. Los ojos del jefe del clan la siguieron con algo de preocupación. Tenía un mal presentimiento y no lo podía sacudir.

"¡Que vivan los novios!"

"¡Salud por los novios!"

Vestido en un smoking, Terrence Duque de Grandchester hizo su entrada en la mansión Lakewood. Dio un atisbo a su reloj de muñeca y se percató que estaba llegando con bastante atraso. Entró al salón sintiendo una ansiedad inexplicable, buscando a Candy pero no la veía entre el mar de gente que bailaba y platicaba con copas de champán en la mano.

"¿Dónde estará?" – se preguntó pasando una mano por su cabello.

Elisa sintió sus rodillas flaquear ante este gesto tan sencillo pero tan sensual del duque. ¿Cómo era posible que esa recogida tuviera tanta suerte? Pero aquello iba a terminar esa noche si todo salía como esperaba. Armándose de valor, se acercó a Terrence.

"Hola, querido, ¿cómo has estado?"

El duque la miró con curiosidad, preguntándose porqué ella lo trataría con tanta familiaridad.

"Espero que me hayas perdonado por aquel…incidente en la fiesta de la Cruz Roja. Sabes que fue una broma."

Terrence arrugó el ceño, un gesto reflexivo que tenía cuando intentaba recordar algo de su pasado. Era obvio que esa mujer no sabía lo que pasaba.

"Sí, por supuesto. Ya lo he olvidado."

"Te ves muy bien."

"Gracias. Tú también" – dijo sin mentir. La pelirroja era físicamente atractiva si bien algo en ella lo hacía sentir desconfianza.

"Imagino que buscas a Candy…"

"¿La has visto?"

Elisa bajó la mirada fingiendo un bochorno que no sentía.

"Lamento decir que sí."

"¿Qué sucede?"

"Nos conocemos hace mucho, Terrence, y es por eso que se me hace tan difícil decirte esto" – tomó una bocanada de aire con algo de dramatismo – "Tu mujer te está siendo infiel."

Las palabras de la pelirroja fueron como un balde de agua fría para el hombre que inmediatamente se irguió en toda su esplendorosa estatura. Ella no tuvo que pronunciar un hombre para que él supiera exactamente quien podría ser el amante de Candy. Apretó uno de sus puños para controlar su ira.

"Ella y Anthony se han seguido viendo…a pesar de tu matrimonio con ella. Cualquier excusa es buena y sólo puedes imaginarte—"

"No quiero imaginarme" – dijo con voz gélida – "¿Dónde están?"

"Te llevaré con ellos."

Terrence siguió a Elisa a través del salón y hacia la terraza. Descendieron los escalones que los llevaban al jardín de las rosas y la mujer apuntó hacia un gazebo que descansaba en medio. Oculto entre las sombras, el duque avanzó y se detuvo para observar dos figuras abrazadas. Sintió la sangre hervir al ver que se besaban y casi pierde el control cuando Anthony recostó a Candy sobre uno de los asientos. Podía escuchar sus respiraciones agitadas en medio de la noche y rechinó sus dientes antes de avanzar hacia ellos.

"Candy."

La palabra fue pronunciada sin emoción y fue eso mismo lo que asustó a la muchacha. Anthony volvió el rostro hacia el hombre pero no la soltó. Los ojos azules de Terrence se entrecerraron peligrosamente.

"Suéltala de inmediato."

Nuevamente aquella parquedad en su voz afligió a Candy. Ella se apartó del rubio y se puso de pie.

"Terrence" – murmuró ella alarmada.

Él levantó la mano para hacerla callar y ella lo hizo. El gesto disgustó al rubio que se puso de pie, listo para pelear.

"Espérame en el auto" – le ordenó a Candy mirándola con fijeza.

Ella dudó unos segundos pero decidió obedecerlo. Podía sentir la furia que emanaba del cuerpo de Terrence y prefería no acrecentarla. Sin darle una mirada a Anthony, se alejó de ellos. El joven hizo el intento de seguirla pero Terrence lo tomó del brazo.

"Suéltame o te romperé la boca" – lo amenazó el futuro doctor.

"Soy yo el que debería estar ofendido, Anthony."

"¡Poco me importa lo que piensas, Grandchester!"

"Ya me he dado cuenta" – repuso con tranquilidad.

"¡He dicho que me sueltes!" – dijo lanzando un puño.

Las habilidades pugilísticas de Terrence afloraron. El duque se agachó para evitar el golpe y se levantó con rapidez para tomar al joven por el cuello de la camisa y empujarlo hacia una de las columnas del gazebo. Lo sujetó con calmada violencia.

"Candy es MI esposa. Entiéndelo de una vez."

"Será tu esposa pero ¿acaso es tu mujer?"

Las palabras calaron hondo en el hombre que perdió el control y estrelló su puño en la quijada de Anthony. El joven soltó una exclamación mientras caía al suelo pero Terrence lo detuvo y lo estampó contra la estructura.

"No permitiré que un niño como tú se interponga en mi camino. Si te vuelves a cruzar en mi camino, te destruiré, ¿me entiendes, Brown? Acabaré contigo y todo lo tuyo."

"Valdrá la pena si logro alejarla de ti" – repuso escupiendo sangre.

"Nunca la dejaré ir. Métete eso en la cabeza. ¡Candy es mía por ley y de hecho!" – mintió.

Fue el turno de Anthony de sentir un puñal en el corazón pero reaccionó de manera similar.

"¡Fue mía antes que tuya!" – mintió Anthony también – "¿qué se siente ser plato de segunda mesa?"

"¡No me importa el pasado! ¡Candy es mía y si tengo que pelear por ella lo haré!"

"¡También yo!"

"Entonces te romperé cada hueso de tu cuerpo" – y como muestra volvió a lanzar un puño pero esta vez contra sus costillas.

El golpe le robó el aliento y al soltarlo Terrence, Anthony se deslizó hacia el suelo. El duque tuvo todo los deseos de golpearlo hasta dejarlo inconciente pero sabía que Candy nunca se lo perdonaría.

"Y debería importarme un rábano lo que ella piensa" – se dijo alejándose del jardín de rosas.

Desde su escondite, Elisa sonreía en silencio. Su plan había resultado mejor de lo que esperaba. Candy estaba en vergüenza y seguro que Terrence haría que se arrepintiera. Mientras tanto, ella se encargaría de consolar a Anthony.

El hombre de cabellos oscuros avanzaba por el jardín solitario esperando no encontrarse con nadie por lo cual se sorprendió al toparse con Candy.

"Dije que me esperaras en el auto" – dijo con frialdad.

"Lo sé pero estaba preocupada."

"Tu Anthony está vivo. No lo he lastimado…mucho" – dijo con crueldad.

"¿Qué le has hecho?"

"Creo que deberías estar preocupada por mi, Candy. Después de todo, soy el esposo ofendido. ¿Cómo te sentirías si yo te engañara? No sabia que podías ser tan falsa."

"No quiero escucharte más" – dijo intentando pasar a su lado.

"¿Dónde crees que vas?" – repuso sosteniendo su brazo – "te dije que fueras al auto."

"¡No quiero!"

"No me obligues a avergonzarte, Candy. Lo haré si es necesario."

"¡Suéltame!"

"No" – dijo entre dientes y apretando su brazo – "Vendrás conmigo ¡ahora!"

Candy prácticamente sintió que la arrastraban hacia el estacionamiento. Sin esperar a que el chofer abriera la puerta del pasajero, Terrence lo hizo y empujó a Candy dentro. Ella prácticamente rebotó contra el asiento. El chofer ocultó la sorpresa en sus ojos bajo su gorra y se apresuró a encender los motores. El duque le dio una orden y subió junto a la joven.

El auto llevaba un rato desplazándose por el camino cuando Candy intentó hablar. Terrence hizo un gesto para acallarla pero ella reaccionó con enojo.

"¡No me trates así! No soy un perro que responde a tus señales."

"Pero te comportas como una perra" – dijo con monotonía.

"¡¿Cómo te atreves?"

Iracunda, se lanzó contra él pero Terrence la hizo retroceder con una bofetada certera. La palma masculina se estrelló contra la mejilla femenina, deshaciendo su peinado. Ella levantó la mirada hacia él, los ojos verdes llenos de lágrimas.

"¿Cómo…pudiste?" – preguntó azorada.

"Sugiero que te calles, Candy. No estás en posición de hacer preguntas ni hacer demandas."

Alterada y avergonzada, la joven se hundió en un profundo silencio. Terrence podía escuchar los suspiros que ella soltaba de cuando en cuando y supo que lloraba pero no hizo ni el más mínimo esfuerzo por consolarla. Prefirió mirarla de reojo preguntándose cómo alguien con ese rostro tan angelical podía ser tan falsa.

"Soy un imbécil" – se dijo cerrando los ojos y apoyando la frente en su mano.

Albert no pudo ocultar su sorpresa al ver el estado en que su sobrino regresaba del jardín. Lo único que podía suponer es que alguien lo había asaltado.

"¿Estás bien, Anthony?"

"Perfectamente."

"¿Qué te ha sucedido?"

"Grandchester."

El hombre cerró los ojos en un gesto de lamentación.

"Nos ha visto, a mi y a Candy. Lo ha tomado bastante mal."

"¿Los ha visto?"

"En el gazebo."

"No quiero ni saber lo que hacían."

"Espero que eso le baste para dejarla. Será un imbécil si no la deja regresar a mi."

"Espero que eso no represente otra paliza para ti, sobrino."

"¿Paliza?"

"Creo que debo invertir en unas clase de boxeo para ti."

"Me tomó por sorpresa, ¿acaso tú podrías hacerlo mejor?"

"Es probable pero basta de pláticas. ¿Quieres que busque un médico?"

"Yo soy uno."

"Uno de verdad, sobrino."

"Ja, ja" – dijo con sarcasmo – "No lo necesito. Iré a mi habitación, no quiero que nadie me vea ni me haga preguntas. Por favor excúsame si alguien pregunta por mi."

"Por supuesto."

El hombre rubio vio alejarse a su sobrino y se preguntó si en realidad su situación con Candy habría cambiado.

"Despierta" – ordenó Terrence dándole un empellón.

Ella apenas alcanzó a abrir los ojos cuando él la halaba del brazo fuera del vehiculo. Parpadeando pesadamente, Candy se dio cuenta que no estaban en la mansión y sintió pánico.

"¿Dónde me has traído?"

"No hagas preguntas y sígueme."

"¡No!" – dijo asustada – "¡No iré contigo!"

Terrence entrecerró los ojos y la haló hacia su cuerpo para levantarla y echarla sobre sus hombros. Con agilidad, el duque cruzó la plataforma y subió a la nave.

"Buenas noches, milord."

"Quiero partir a la brevedad posible, capitán."

"Por supuesto" – contestó con una venia e ignorando el escándalo que Candy hacía, golpeando la espalda de Terrence con sus puños, pidiendo que la soltara.

El hombre la ignoró completamente y avanzó con ella por la cubierta del yate hasta llegar a una puerta que lo conduciría a los camarotes. Candy escuchó la aceleración de los motores y comprendió que Terrence pretendía llevársela lejos. Su boca se posó sobre el hombro del duque y lo mordió con saña. El duque soltó un improperio mientras abría una puerta y arrojaba a Candy sobre la cama.

"Por lo visto te gusta rudo, ¿eh Candy?" – preguntó mientras cerraba la puerta con llave y la arrojaba al suelo de la habitación.

Levantándose de un salto, ella intentó buscarla pero él la tomó del brazo. Candy le dio un puntapié y corrió hacia la claraboya pero también la halló cerrada. Una vibración bajo sus pies la alertó que el yate se movía.

"¡Déjame salir! ¡No me puedes llevar contra mi voluntad! ¡Esto se llama secuestro!"

"No digas estupideces, Candy. Eres mi esposa y puedo llevarte donde quiera."

"¡Haz que se detenga!"

"De ninguna manera" – dijo avanzando hacia ella.

"¡No te atrevas a tocarme!"

"¡Por supuesto que lo haré!" – dijo tomándola por los hombros – "Sé que prefieres las caricias de Anthony pero esta noche no se trata de ti sino de mi y lo que YO quiera."

La sangre de Candy se fue a sus pies y retrocedió unos pasos, sólo para que él la rodeara con los brazos.

"Te advertí que no soportaría infidelidades" – susurró a su oído – "Ahora tendrás que pagar por tu ofensa. Esta noche quiero tu cuerpo desnudo junto al mío."

La rubia intentó separarse de él con la ayuda de sus manos pero Terrence la sostenía con demasiada fuerza. Con sorpresa sintió que él la aprisionaba contra la pared y formaba una jaula con su cuerpo. La boca del duque la besaba con violencia, mordisqueándola, obligándola a entreabrirlos. La lengua de Terrence se deslizó entre sus labios y recorrió su paladar así como el suave interior. Ella intentaba rechazarlo pero él era demasiado fuerte. El hombre presionó su cuerpo contra el de su esposa. Un gemido lleno de angustia se escapó de los labios de la joven al sentir la evidencia del deseo del duque.

Eso inflamó aún más al hombre que acto seguido la tomó por la muñecas y la tumbó sobre la cama, su cuerpo aprisionándola contra el colchón. Sin mucho esfuerzo, Terrence logró asir ambas muñecas con una mano y con la otra haló el frente de su vestido. La tela se rasgó bajo la furia de las manos del hombre y los delicados pechos quedaron al descubierto. Los ojos azules la observaron con avidez.

"Eres hermosa" – murmuró complacido.

"¡Por favor detente!" – dijo intentado cubrirse con sus brazos pero él los forzó sobre su cabeza.

"¡Si compartes tus favores con otro, lo puedes hacer conmigo!"

"¡No, estás equivocado!"

"Tu amante me lo confirmó así que no lo niegues" – dijo recorriendo el valle entre sus senos con la punta de su lengua.

Candy intentó comprender las palabras del hombre mientras intentaba alejarse de sus caricias. Terrence soltó sus manos y ella empezó a golpearlo en el pecho pero eso no impidió que él las deslizara bajo la falda de su vestido.

"¡Me has negado tus favores demasiado tiempo, Candy y ahora debes cumplir con tu deber de esposa!"

Horrorizada, ella lo vio desajustarse los pantalones antes de separar los muslos femeninos con rudeza. Una vez más intentó escabullirse pero Terrence estaba demasiado excitado para dejarla ir. Desesperada, la joven tomó el rostro del hombre entre sus manos y lo miró a los ojos.

"¡Por favor detente! ¡No lo hagas! ¡No así!" – suplicó.

"¿No así?" – repitió burlonamente – "¿Quieres que me ponga una peluca rubia?"

"¡No!" – dijo llorando – "No puedes hacerme esto."

"Claro que puedo…"