Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es mía.
A leer.
MUSICA DE ESTE CAP.:
Thousand Miles - Tove Lo
"Ya no puedes ver mi rostro en tu corazón,
y dices que ya no te sientes como antes.
Y entonces es cuando corro todos estos kilómetros
para traerte de vuelta."
Capítulo 21: Cuando Todos Se Vayan II.
Lunes, 1 hora después de la re-apertura del Aeropuerto de París.
Bella's POV.
–Sí, gracias a Dios conseguí el boleto –digo a Alice, quien no me ha dejado soltar el teléfono desde que salí de la habitación de Edward… hace tres días.
«Ha sido un milagro. No puedes imaginar toda la gente que hay aquí, Al. Siento que van a tragarme viva» confieso.
–Sabes que puedes regresar ahora mismo y quedarte en mi casa. No tengo ningún problema con eso. Bel, hazlo amiga. ¿Qué se supone que harás en España?
–Averiguar mi pasado. Necesito conocer al hombre que me destruyó la vida.
–La venganza no es buena. Estás sola y no tendrás a nadie a tu lado para brindarte apoyo cuando lo necesites. Bella, recapacita. Es una locura lo que estás haciendo, y puedo adivinar que saldrás destrozada de todo esto.
–Puede que sea así, pero necesito saber por qué ahora mi padre me está buscando. ¿Por qué no lo hizo antes? ¿Por qué dejo que tanto tiempo pasara? Necesito saber de mi madre, ella también tiene su rebanada en este pastel.
–Llamaré diario ¡diario! ¿me oíste? Una llamada que no respondas será suficiente para poner a la Interpol a buscarte, sabes que puedo hacer eso.
Sonrió– Sí, sé que estás tan loca como para hacerlo. Juro contestar siempre. Creo que ahora debo irme. Mi vuelo va a salir ya.
–Te llevas mi corazón y el de Rose contigo, bebé.
–Gracias. Cuida de mi rubia favorita.
Llevo mis maletas a la banda y entrego mi boleto.
OoO
Narrator's POV.
–Volvamos a Los Ángeles, o volvamos a Bahamas, a continuar con el proyecto del Hotel Hilton –casi implora Victoria.
–¡Que no! ¡Vamos a Italia! Si no quieres venir conmigo, perfecto, pero yo me voy.
–¡Pero ella te advirtió, Edward! ¡Te dijo que te haría daño si te acercabas! Se nota que no sabes lo cruel que puede ser una adolescente con el corazón roto.
–Prefiero eso. Lo prefiero mil veces, antes que dejarla… Antes de resignarme a perderla. No puedo dejarla sola, tengo que estar ahí, así eso me mate.
–¡Estás demente! –Victoria toma su bolso y su maleta–. No quiero estar contigo para ver tu propia destrucción. Regreso a Canadá.
Su hermano no está vivo. No hoy. Tampoco lo estuvo ayer, ni hace dos días, ni lo estará dentro de un mes. Él ahora es solo un muerto-viviente que deambula por el mundo y su alimento son las migas de amor y dolor que solo Isabella le puede dar.
Edward se mira al espejo una vez Victoria se ha ido definitivamente.
Recuerda que, al igual que Isabella, su hermana le prometió que no lo dejaría nunca, que estaría siempre para él, pero ella también se fue.
Recuerda las amenazas de su joven esposa; se han guardado en su mente como hierro calentado a fuego.
Como si la hubiera llamado por telequinesis, recibe un mensaje de ella, de su aura.
No me sigas, por favor. No quiero lastimarte más.
No quiero ser como tú.
Él responde de vuelta.
Me da gusto saber que me proteges, que cuidas de mí.
No me importa, igual voy detrás de ti. Soy tu sombra, mi vida,
Y te amo. Te amo, te amo, te amo.
Habría preferido reservar su asiento en el mismo avión de Isabella, pero estar con ella en un espacio tan pequeño y cerrado no era seguro. Acepta que no es dueño de sí mismo ahora, y no sabe de lo que sería capaz con tal de traer a su esposa de vuelta. Sabe que no la merece, que no merece ser feliz junto a ella, pero el humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.
Una vez en Italia, no le será complicado encontrarla, pues sabe que a ella le gustan las ciudades grandes, los lugares llenos de gente. Sabe que su destino es Roma.
OoO
Bella's POV.
A pesar de que me encanta conocer lugares nuevos, no soy fanática de los aviones. Cuando estos despegan, siento que el estómago se queda en tierra y el mareo es inevitable.
Agradezco que solo sean dos horas de viaje, pues no pienso soportar más el llanto del niño del asiento continuo o los ronquidos del hombre de frente. Esto sucede por comprar en clase turista, pero no puedo hacer menos; después de todo, el dinero que estoy ocupando no es mío, es de Edward, y debo gastar lo menos posible. Pienso pagárselo todo algún día.
El hotel Soggiorno Comfort está en el centro de la ciudad, pero un tanto escondido entre los callejones típicos de Italia. Cancelo la habitación por una semana completa y la mujer de la recepción me escolta hacia el cuarto.
La verdad, esperaba bastante menos. El espacio es pequeño, justo para una persona, y tiene lo necesario con una limpieza decente. Al menos las sábanas están limpias y el azulejo del baño no es amarillento.
Recuerdo mi época en el orfanato; comparado con eso, esto es un palacio.
–El desayuno se sirve a las nueve y la cena a las siete. Después de las once, no se le permitirá la entrada al establecimiento; reglas del hotel –reza la mujer, y suena como si se lo supiera de memoria.
–Eso está muy bien. Gracias.
Saco la ropa de la maleta y la coloco en ganchos dentro del ropero. Ahora mismo no tengo ganas de salir ni de empezar a investigar a mi padre. Quisiera retrasar este momento eternamente, porque presiento que una vez sepa toda la verdad estaré destruida.
Es bastante divertido cómo las personas persiguen su propio final.
Mi mejilla toca la almohada y acomodo el antifaz para dormir sobre mis ojos. El celular notifica un mensaje, pero no me molesto en leerlo; sé que es Edward, sé que está aquí, tal vez ahí fuera. Me ha seguido, y no puedo hacer nada para detener a mi corazón delator bombeando como un loco en mi pecho.
Voy a dejar de amarlo, y si para que él se aleje debo lastimarlo del mismo modo en que él lo hizo conmigo… lo haré. Ha sido demasiado sufrimiento, es suficiente.
Respondo el mensaje sin leer el suyo:
Te lo advertí, baby.
OoO
Narrator's POV.
Victoria entrelaza sus dedos con los de su hermano al bajar del avión.
–Gracias por no abandonarme –murmura él, sonriéndole con dulzura.
–Tú has sido todo para mí estos años, no puedo ser tan mal agradecida.
–Te lo debía, Vi. No estuve contigo cuando perdiste al bebé.
–Eras joven –le besa la mejilla–. Estabas dándolo todo en la universidad.
–Pero tú también eras joven, y ese hombre…
–Sht. Eso ya pasó. Ahora mi bebé está en el cielo, ella es feliz, y admito que Isabella… Isabella es como me imagino que sería mi niña ahora.
–Ella es un ángel. Lo supe desde el primer momento en que la vi. Y sé que yo tengo la culpa de todo esto. Yo quería ser un padre para ella, quería hacer lo correcto, pero Bella… me sedujo hasta la locura y yo caí como un adolescente. Si hubiera sido más responsable y hubiera guardado mis sentimientos no-filiales, nada de esto estaría pasando. Las cosas serían diferentes.
–Pero te hubieras negado al amor, hermanito. Seguiste a tu corazón y viviste los meses más felices de tu vida. ¿No piensas que valió la pena?
–No lo sé. Me gustaría regresar el tiempo y ser un padre y amigo para Isabella. Ahora ya no puedo hacer nada; sé lo que es amarla y, cuando la recupere, seguirá siendo mi esposa, así me cueste perder la empresa de la familia, perder mi imagen, perderlo todo, pero no a ella.
–Sé que no te gustará escucharlo pero, eso es lo que debiste hacer desde el principio. Ahora, antes que recuperar a Bella, tienes que protegerla. No sabes qué clase de gente es ese hombre que dice ser su padre. Asegúrate de que ella está a salvo, luego la reconquistas, y yo te ayudaré en ambos.
Edward recibe las llaves del Opel dorado que alquiló por internet, a la salida del aeropuerto.
–Debo haber hecho algo muy bueno para tenerte conmigo, Vicky.
–Ya sé que soy genial, ahora ¿cuál es el siguiente paso? ¿Sabes en dónde está Bella?
–No, pero puedo rastrearla por GPS. Hoy en día, cualquiera con una computadora o celular decente puede hacerlo.
–Pues hazlo. Ella puede estar en un lugar peligroso.
En cuestión de diez minutos, él tiene la ubicación.
–Está en un hotel cerca del Coliseo –se pasa la lengua por los labios y contempla el cielo azul en todo su apogeo.
Le encantaría que este fuera un viaje de placer. Le encantaría haberle dado a Bella una luna de miel como ella merecía, le encantaría haberle dado una boda digna de una princesa, pero no lo hizo, y el tiempo es cruel; no regresa.
Las calles de Roma son un caos, pareciera que la ciudad no se ha resignado a urbanizarse del todo, y los semáforos son pocos, las avenidas pequeñas, y la gente; demasiada. Victoria trata de ser su guía, pues ha estado aquí antes, pero su memoria falla y eso los hace ir a parar a calles cerradas y glorietas confusas.
Él tamborilea los dedos en el volante, está comenzando a hartarse y Victoria también.
–Pararemos en el Coliseo –determina Edward sin lugar a réplica–. Podemos llegar al hostal a pie.
–Van a multarte si estacionas el auto en la vía pública, y todo será peor.
–Bien, tú sabes conducir. Yo me iré caminando y tú hallarás la manera de llevar esta cosa al hotel; no puedo seguir perdiendo tiempo. A estas horas, mi esposa puede estar en las garras del idiota de Bareilles.
Su hermana le muestra las palmas con cejas arqueadas.
–Oh, machote. Tranquilo. Sabemos que tu esposa no está a salvo, pero no tienes que recordar a cada momento que te casaste con ella ¿bueno? Pareces cavernícola.
Lo ve rechinar los dientes.
–Decirlo es la única manera que tengo para convencerme de que ella aún es mía. Antes solía decírmelo todos los días, a cada momento, y yo adoraba eso, así que si sueno como un cavernícola no importa. Soy un hombre enamorado, Victoria; enamorado e idiota.
La pelirroja puede comprenderlo perfectamente; todavía recuerda cuando ella también estaba enamorada hasta la médula, y también recuerda que ella quería la cerca blanca.
–Perdona, no quise sonar tan brusca. Ahora baja del auto, tienes que ir a por ella.
Edward le da un beso en la frente antes de abrir la puerta y echar a correr. Victoria se siente envidiosa. Su hermano la ve como una mujer fuerte y decidida, que se resiste a los adveníos de vida y pasa de ellos como ave fénix, pero esa no es la verdad. Ella se murió el día que vio a su futuro esposo engañándole con otra, se murió el día que todos la apuntaron con el dedo; el día en que su útero no fue capaz de retener a su bebé. Hace años que no siente nada por nadie, y lamenta no haberlo intentado de nuevo. Quisiera conocer a un hombre y formar una familia, no de hijos suyos, porque ella ya no puede tenerlos, pero quiere la alegría de niños y amor en una casa linda y que ella misma decorara. No quiere terminar sola, viviendo de la felicidad de los demás como un tercer espectador.
No hay día en que al menos una vez, ella no se pregunte qué habría pasado si no hubiera ido a esa boda, o si nunca hubiera ido a buscar el pendiente que la novia perdió camino al altar. Si tan solo no se hubiera ofrecido a hacerlo.
Su embarazo era delicado, pero no tanto como para que se le impidiera tomar caminatas cortas, solo no debía hacer esfuerzos. Por eso, cuando la novia, Carmen, estaba en el baile de bodas y se percató que había perdido un arete, ella de inmediato se ofreció a ir a buscarlo.
"Seguramente está en el tocador de mi habitación" dijo Carmen.
Ella solo tenía cinco meses, y aún podía caminar sin tener que colocar un brazo en su espalda. Fue relativamente rápido hacia la pieza de la novia y, al abrir la puerta, descubrió a su prometido y a una mujer que ella no conocía, teniendo sexo sobre la cama.
Lo siguiente es muy borroso en su memoria, solo recuerda la furia ciega que sintió y el dolor físico partir su cuerpo, que cayó al suelo, desmadejado.
Por eso había huido. El dolor, el recuerdo y la vergüenza era algo que ella no pudo soportar. Ni sus padres pudieron convencerla de quedarse.
"Si me quedo, me voy a morir. Necesito olvidarme de todos por un tiempo. Volveré, lo prometo".
Pero no había vuelto en diez, en quince años… Y habría podido no volver nunca, pero Edward, el niño que ella siempre había cuidado, le llamó una madrugada, pidiéndole que volviera.
"Te necesito, Vicky. Esto es un infierno…"
Ella supone que el verlo tan destrozado fue lo que la hizo comprender con tanta facilidad la barbarie que su hermano había cometido; casarse con una adolescente.
Después de una hora, Victoria resuelve serpentear entre el tráfico y encontrar la calle Palermo, número 37.
Sabe que es el lugar correcto porque descubre a Edward, con rostro indeciso y ansioso, recargado sobre la fachada color crema del lugar.
OoO
Bella's POV.
Nunca había sentido tanta soledad en mi vida, ni siquiera cuando estuve en el orfanato. Ahora, esta sensación me cala hasta los huesos, y ni siquiera cubrirme con las mantas funciona para aliviar el frío.
Fuera está soleado, hermoso, azul; pero eso no sirve. No estoy aquí para disfrutar, es más, todo lo contrario, estoy aquí buscando mi propia extinción.
Tumbada de costado, llevo mis rodillas a mi pecho y me envuelvo con mis brazos, sujetados con fuerza por los dedos entrelazados. El antifaz se mantiene sobre mi rostro, se supone para hacerme dormir, pero eso no funciona; no ha funcionado en las últimas cuatro horas. No puedo despejar mi mente y dejarla en blanco, lista para el descanso; ella está hasta el tope de conclusiones inútiles, de teorías crueles, de memorias difusas.
Trato de unir todos los recuerdos que últimamente he tenido, trato de mantenerlos juntos por algún lazo lógico, pero en realidad no hay nada. ¿Quién es el hombre de mis sueños que está muerto dentro de una casa? ¿Quién es la niña que llora a su lado? ¿Quién es la mujer que sostiene mi mano mientras atravieso el patio de ese hogar desconocido?... ¿Será mi madre? No puedo recordar su rostro, ni cómo se llama, y esto me asusta. ¿Por qué no puedo imaginarla? Tenía seis años cuando ella me abandonó, debería recordar a toda mi familia, si es que alguna vez tuve una, y sé que tuve una. Sé que fue una mujer quien me llevó a ese orfanato… ¿cómo era, cómo era? Si era mi madre entonces era como yo; castaña, piel clara, bajita. Pero esto es solo una hipótesis, porque puede que no me parezca en nada a ella, pero sí a mi padre… Mi desesperación es tal que me retuerzo sobre el colchón, empujando las sábanas hacia el suelo, y tirando de mi ropa en alguna especie de ataque de ansiedad.
Me pongo en pie tan rápido que mi cabeza duele y da vueltas, pero alcanzo la cortina de la ventana y la hago hacia un lado, intentando que el aire puro me traiga paz. El sol estampa de lleno mi rostro y mis ojos, que tengo que cubrir con mi brazo para protegerlos. Observo la calle mientras tomo respiraciones pausadas. Abajo, hay pocos transeúntes pasando por allí, y hay un barullo de música y voces en el hotel de frente, que es más caro y bonito. Sin duda el establecimiento tiene muchos huéspedes, pues la acera está llena de autos vistosos. Puedo distinguir las marcas de unos cuantos; un Alfa-Romeo negro, un Ferrari amarillo, un Mercedes blanco, unos cuantos Chevrolet vino tinto, gris y azul y finalmente un Opel dorado.
No puedo evitar buscar a Edward con la mirada, aunque yo misma trate de engañarme diciendo que solo estoy observando la calle. Sé que él está aquí, me lo dijo, y por un fugaz segundo deseo verle para saber que no estoy sola en un continente antiguo. Sin embargo, rápido despejo estos anhelos y suelto la cortina, que cubre de nuevo la ventana con él mainel abierto. Recargo mi frente en la jamba vertical y resisto el impulso de llorar; esto puede sonar patético, incluso tonto, pero nadie puede comprender los sentimientos hasta que los vive. No hay persona en el mundo lo suficientemente empática como para poder ponerse en mis zapatos y saber la angustia que siento por dentro. Angustia de encontrar a mi familia, de descubrir su pasado… el mío; angustia de quedarme sola, de no poder volver a amar a alguien como le amo a él; inclusive tengo angustia de morir… aunque esto último sea injustificado.
Acomodo de nuevo las sábanas y cobertores sobre la cama, hasta que se encuentran lisos de manera perfecta y recojo las esquinas sueltas dentro del colchón; cuando todas las almohadas y cojines están en su lugar, recobro un poco de paz mental sin saber por qué. Quizás estoy volviéndome loca de manera irrevocable.
OoO
Narrator's POV.
Dos días después…
La habitación de Edward y Victoria está directamente frente a la de Bella, y él, que apenas se ha despegado en cuarenta y ocho horas de la mirilla, está a punto del colapso.
–Anda, bajemos a comer –dice Victoria, acomodándose la pashmina alrededor del cuello.
–No voy a salir de aquí hasta que ella no lo haga. ¿Y si le pasó algo? No la he visto ni una sola vez desde que llegamos… Ni siquiera estoy seguro de que su habitación sea esa.
–Oh, no seas ridículo. La viste cuando se asomó por la ventana ¿no? Es la habitación correcta, pero ella no ha salido.
–Eso también me preocupa. No ha comido en dos días… tengo que verla.
–Edward –Victoria posa una mano en su hombro y lo obliga a mirarla–. Ella está bien, quizás quiere descansar un poco antes de enfrentarse al mundo que le espera. Déjala tranquila, no la agobies.
–Me dijiste que me asegurara de que ella estuviera a salvo, y es lo que voy a hacer –determina él, haciéndose a un lado y tomando el teléfono.
«¿Sí? Sé que no tiene servicio a cuarto, pero daré una muy buena propina si me manda una bandeja con lo mejor de su menú… De acuerdo. Habitación 114».
Cuando él cuelga, su hermana balancea la cabeza con los brazos cruzados.
–Siempre haces lo que quieres, ¿verdad?
–Tienes que entenderme –hace un gesto de súplica con las manos–. ¿Ya viste este lugar? Es horrible, y me siento jodido con el hecho de que mi esposa esté en este lugar. Cuidar de ella es lo mejor que puedo hacer ahora.
Uno de los meseros del restaurante de abajo sube con el carrito lleno de comida y toca a la puerta. Es Victoria quien abre y hace un ademán señalando a Edward.
Él camina hacia el mesero y coloca un billete de veinte dólares en su mano, y una tarjeta escrita con su puño y letra a un lado de la taza de café; es una frase para ella, su aura.
–Vaya y entregue esto en la habitación de frente, no le diga a la señorita quién lo manda. Ella lo sabrá, ¿entendido?
–Como ordene.
Victoria cierra la puerta y en dos zancadas su hermano llega de nuevo hasta la mirilla.
–Es muy probable que ella se cambie de hotel cuando sepa que tú también estás aquí –murmura.
–Eso me vendría perfecto. Me encargaría de que se hospedara en el Four Seasons o en el Hilton; de todos modos, ella sabe que la estoy siguiendo –responde, sin distraer su atención de la puerta frente a él.
El mesero toca la puerta gentilmente dos veces, hay un espacio de tiempo antes de que Isabella abra la puerta. Edward casi gira el picaporte y va hasta ella para abrazarla.
Bella está con ropa casual, que él reconoce como el mismo atuendo de hace dos días. Desde luego, ella no ha tomado una ducha y su pelo enredado y sobre su cara lo demuestra.
–Servicio a cuarto, signorina.
Ella se nota confundida, y hace un puchero que provoca la risa en Edward.
–No he pedido nada –farfulla.
–Ya está pagado, no puedo regresar la orden.
–Seguro se equivoca de habitación.
–Me temo que no. Acepte la cena, per favore.
Isabella ve el carrito por un momento y se percata del pequeño papel sobre el plato.
Come, mi vida. Tienes que mantenerte sana.
Te amo.
E.
Edward no puede saberlo, pero a ella le reviven las mariposas en el estómago y su corazón late como la primera vez que lo vio.
–Er… Déjelo aquí –tartamudea–. Grazie.
El mesero se va con una reverencia y ella relee la tarjeta. Casi como si pudiera sentirlo, ella alza el rostro y fija sus ojos en la puerta que está atravesado el pasillo.
Edward desea como nada que Bella pueda verlo, que le ofrezca una sonrisa que sane su alma maltrecha, pero ella se mantiene ecuánime, impertérrita, y solo se limita a jalar el carrito hacia dentro del cuarto y cerrar la puerta.
–¿Satisfecho? –inquiere Victoria, parada a su lado.
–No. ¿Sonará enfermo si te confieso que quiero ir hasta ella y alimentarla yo mismo? También quiero meterla en la tina y luego cepillar su pelo. Estaré satisfecho cuando ella me devuelva a mi Isabella, a miesposa.
La pelirroja le dedica una sonrisa sin ganas. Ella quisiera que un hombre la amara con la misma fuerza con la que su hermano ama a esa niña.
–Si alguien me hubiera amado así, nunca le hubiera dejado ir –admite–. Pero lo que obtuve fue un hombre que me engañó a la primera oportunidad. No entiendo qué hice mal.
Edward le toma las manos y se sienta junto a ella en la cama.
–Estamos jodidos, ¿verdad Vicky? Tal vez somos víctima de alguna maldición de familia.
Pero ella no versa nada. Pasa los brazos por su cuello y se aferra a él como un sediento al agua.
«No te derrumbes ahora, cariño. Tú no, tú eres mi hermanita mayor. Siempre te he visto como mi heroína, no me falles ahora».
–No puedo –solloza–. Isabella… ella me pone tan débil –Siente las lágrimas de Victoria mojar su mejilla–. Quiero a mi bebé, Edward. Quiero a mi bebé conmigo. La extraño como nunca.
.
.
.
Más tarde, cuando la luna ya se ha hecho visible sobre los techos de la Ciudad Eterna* y Victoria al fin se ha quedado dormida luego de tanto llorar, Edward puede deshacer el abrazo de hierro de esta sobre sus hombros e ir hasta la puerta. El corredor está desierto, es casi como si no hubiera nadie en el hotel, y él no puede resistir las ganas de abrir la puerta, caminar cinco pasos y llegar al umbral del cuarto de Isabella.
Descansa su frente en la madera, justo debajo del número metálico, y trata de escuchar lo que sea que ella esté haciendo ahí dentro. Piensa que quizás también esté dormida, pues no puede oír absolutamente nada, y en una idea tonta, él gira la perilla de la puerta, sabiendo que es imposible que…
El picaporte cede en su puño y él tiene un escalofrío general. Los tragaluces de la ventana están de par en par y la cama está sin hacer, pero no hay rastro de Isabella por ningún lado.
–¿Isabella? ¿Isabella? –llama, aunque sabe que es estúpido, porque el espacio es pequeño y el único lugar en el que ella podría estar sería en el baño, pero el servicio está vacío. Saca su celular e intenta con el GPS, pero ella se ha dejado el móvil en el buró.
Cierra la puerta a sus espaldas y va a su propia pieza a tomar las llaves de su auto y su cartera, dejando una nota para Victoria.
Fui a tomar un trago. No tardo.
E.
Miente porque sabe que si le dijera que va a buscar a Isabella, se ganaría una reprimenda peor que las que le daba su madre cuando arruinaba el césped recién podado.
Baja corriendo las escaleras y se monta en el Opel, agitado y nervioso porque no tiene ni idea de a dónde ir. Avanza hacia la derecha, donde se ve un edificio alto de cristal. Da toda la vuelta a la cuadra y un poco más, revisando con mirada de halcón dentro de cada establecimiento que encuentra; Isabella no está.
Regresa al hotel y vuelve a revisar su cuarto, por si ella ha tornado mientras él la buscaba. La habitación sigue yerma y oscura, la ventana de par en par; entonces él baja al Opel y, esta vez, se dirige a la izquierda, a donde una construcción anaranjado desvaído, probablemente otro hotel, sobresale de entre las casas coloniales.
En la intersección con la calle Milano, él gira el rostro hacia un lado y localiza un edificio con andamios junto a un puente de luces verdes que, a esta hora, luce siniestro.
Inhala hondo mientras va hacia el puente. En su cabeza maquina miles de maneras de castigar a Bella si la encuentra en ese lugar.
No puedes arriesgarte tanto, aura. ¿Y si algo te pasa?
Estaciona el vehículo dorado a unos cuantos metros del pontón y tunde la puerta al apearse. En zancadas firmes y manos asidas llega pronto a su destino; sus ojos entrecerrados enfocan a una pareja besándose bajo el resplandor verde. Conforme se aproxima, la figura de la mujer se va haciendo más y más familiar, hasta que está tan cerca que descubre que la fémina no es ninguna mujer, es una niña, y que esa niña, es Bella, su esposa y pupila.
Quiere gritar, pero en su ensimismamiento no encuentra su voz.
El hombre, que tendrá veinte o menos, la besa con pasión y le acaricia los costados y las nalgas. Isabella tiene los ojos cerrados y su rostro luce casi beatífico.
–B…bella –jadea entrecortadamente cuando puede decir algo. Al acto ella abre los ojos, y lo mira fijamente, aún sin dejar de mirar al tipo.
Edward alarga una mano y coge al chico por la playera, este, que no alcanza a comprender lo que pasa, no ve venir el puño directo sobre su nariz. El tipo cae al suelo.
–¡Stupido! ¡E tu! –aúlla cuando ve la sangre en sus manos luego de tocarse la cara.
–¡Fuori di qui o ti ammazzo! –brama Edward en protesta, alargando el brazo.
El hombre se levanta del suelo de pavimento con trastabilles y sosteniendo su nariz.
–¡Stronzo maledetto! –vocifera el tipo conforme se aleja.
Edward tensa la mandíbula y resopla por la nariz, reparando en el rostro de Isabella, que le regresa la mirada con indiferencia.
–¿Cómo… –quiere preguntar él, pero no termina la frase.
Bella le sonríe dulcemente.
–Sabía que vendrías, baby –se mofa.
OoO
*Ciudad Eterna: Nombre alternativo con el que se le conoce a la ciudad de Roma, Italia.
Un beso.
Amy W.
