¡Hola! Antes de comenzar el capítulo quería dar un pequeño aviso (?... Jaja bueno.

El episodio de hoy va dedicado a Grethell Román. ¡Feliz Cumpleaños Grethell! ¡Espero que lo hayas pasado muy bien! :3
Ni sé qué decirte, pero lo intentaré: Gracias por todo el apoyo que me has dado, tus hermosos mensajes o esas preciosas imágenes que comparas con el fic. :3 Sin duda eres una muy buena persona, amable desde el principio. Me encanta hablar contigo siempre que puedo. Cabe decir que también eres una muy buena lectora jaja, se nota a kilómetros como siempre quieres dar ese apoyo a las escritoras. Me fascina eso de ti :3
A ver, a ver... O te saludo muy temprano o te saludo muy tarde... ¿Cómo es eso? xD

Ahora sí, pueden disfrutar del capítulo. (e.e Grethell, lo hice súper largo como regalo Bv)

...

―¿Mikasa? ¿Te sucede algo? ―pregunté extrañado al ver que no le había respondido a Hanji. Me di vuelta y, en cuanto la vi, tapé sus ojos inmediatamente con la palma de mi mano―. Tranquila, tus ojos están cambiando de color―susurré cerca de su oído para que sólo ella pudiera escucharme.

¿Qué mierda le estaba pasando?

¿Necesitaba beber sangre o qué?

―Mikasa, escúchame, respira profundo y cálmate ―dije lo más amable que pude―. No puedes perder la cabeza ahora. No en frente de todos...

Nada.

No respondió absolutamente nada.

Se mantuvo unos segundos de esa manera, hasta que, sin previo aviso, apartó mis manos bruscamente y se dirigió a la puerta del salón a paso apresurado.

Me levanté de mi silla y la seguí hacia donde sea que fuera, pero la suerte no quiso venir conmigo. Cuando Mikasa atravesó la puerta, se llevó puesta a la profesora Riko Brzenzka, la cual se encontraba entrando, haciendo que tirara todas sus cosas.

―¡Ackerman! ¡Vuelva aquí! ―la recriminó, mientras se agachaba para juntar las hojas, marcadores y borradores que se le habían caído.

Sigilosamente, traté de salir para seguirla, pero en cuanto me moví, Riko me detuvo.

―Rivaille, ni se le ocurra salir ―amenazó, poniéndose de pie y acomodándose los lentes―. Si lo hace, se meterá en serios problemas.

―Pero...

―La señorita Ackerman recibirá su castigo mañana, como es debido ―cerró de un portazo. Genial, ya se había enojado― Ahora, YA, vete a sentar.

A regañadientes y entre medio de maldiciones, volví a mi silla, percatándome de cada mirada que me seguía al pasar. Algunos me miraban burlones, entre ellos Jean; otros con miedo, de seguro por la expresión en mi cara, y los demás con..., ¿pena y confusión? En esos últimos estaban Erwin, Sasha y Hanji.

Me dejé caer fuertemente sobre la silla, demostrando lo molesto que me encontraba por no haberla podido seguir y, de inmediato, recibiendo otra mirada de advertencia de la profesora.

Para colmo, la clase duró 3 largas y putas horas, las cuales me parecieron las horas más largas de toda mi vida. Quizás habrá sido porque me hicieron pasar repetidas veces a resolver en el pizarrón o a responder las preguntas en voz alta.

¡Maldita vieja resentida!

Una vez que la estúpida campana del receso sonó, literalmente, salí corriendo del salón empujando a los que me obstruían el camino, buscando a la jodida mocosa. Aunque fue un intento inútil, ya que no estaba por ningún lado; era obvio que ya se había ido hace mucho.

¡Incluso ingresé al baño de las mujeres a buscarla! Claramente, recibiendo un montón de gritos escandalosos de las chicas que se encontraban dentro, como si las hubiera ido a ver a ellas.

Tch. Estúpidas.

.

.

―Oye, Levi... ¿Qué le sucedió hoy a Mikasa? ―preguntó el cejotas cuando por fin salimos de la preparatoria.

―¿Crees que, si lo sabría, estaría tan intranquilo? ―dije alteradamente.

―Tranquilízate, enanín ―Hanji apoyó una de sus manos en mi hombro―. ¿No tienes por lo menos alguna idea?

Lo único que se me venía a la mente era el hecho de que ya era su tiempo límite: Mikasa necesitaba beber sangre.

No imaginaba alguna otra explicación para su comportamiento.

Pero, obviamente, no podía decirles eso a Hanji y Erwin, no podía romper el trato que tenía con Mikasa, y menos arruinar la confianza que ella había puesto en mí; nunca me lo perdonaría si lo hiciera.

―No, ninguna ―respondí luego de un rato, pensándolo detenidamente.

Y, como si el tiempo esta mañana me hubiera jugado una jodida broma, ya habíamos llegado a la pequeña calle que nos separaba de nuestros hogares, en lo que me parecieron segundos. Cejotas y lentes se despidieron de mí, pidiéndome que les avisara si me enteraba sobre alguna novedad de la azabache.

Una vez que llegué al departamento, me desplomé sobre el sillón de la sala, fastidiado por todo el jodido lío con la mocosa.

No entendía una mierda, así de simple.

Sólo esperaba que Mikasa estuviera bien y que mañana fuera con normalidad a la preparatoria. Aunque, como dijo Riko, iban a darle un castigo por escaparse de la clase como si nada, sin dar explicación alguna.

Estaba por levantarme del sillón para irme a bañar, cuando la escena de esta mañana me atacó de la nada: Mikasa sentada a horcajadas sobre mi cuerpo, mientras trataba de sacarme la última galleta que yo le había robado. Sinceramente, no sé cómo es que pude controlar la erección que amenazó con aparecer al sentirla restregarse contra mi regazo, mientras unos dos botones de su camisa se habían desprendido, dándome una perfecta visión de lo que se escondía bajo ella. Pero todo eso no fue nada comparado con...

Me levanté de golpe del sillón, recordando que tenía que hacer algo antes que nada. Rápidamente fui hacia el armario donde guardaba todos mis preciados productos de limpieza y, en definitiva, tenía que ir a comprar más. Hice lo mismo con la comida del refrigerador; con suerte me quedaba un pedazo de carne, dos manzanas y tres huevos.

―Puedo alimentar a un ejército con esto ―hablé para mí mismo, sarcásticamente.

Claro, y no tenía que faltar el toque final: las facturas del agua, de la luz y del gas para pagar, las cuales me habían llegado hace tres días.

Menuda suerte del demonio...

Subí a mi habitación en busca de la jodida caja con el dinero. Una vez que la encontré, tragué nervioso al ver lo poco que le quedaba. Al parecer, calculé mal y, lo único que me quedaba, duraría sólo para cuatro o cinco meses.

―Definitivamente tengo que conseguirme un trabajo ―la sola idea me fastidiaba.

No era vago, es sólo que, con los estudios, el entrenamiento que realizo cuatro veces a la semana, los jodidos de Erwin y Hanji, sumado los problemas con la mocosa, era bastante estresante. Pero bueno, no tenía de otra. Así que, con el dolor que me pesaba, saqué una considerable cantidad de dinero de la caja, el suficiente para pagar todo lo que necesitaba y, finalmente, salí del departamento con una perfecta lista de todo.

No tardé mucho en llegar al supermercado, el cual, para amargarme más el día, se encontraba completamente lleno de gente. Suspiré y me adentré en él, tratando de apartar a todas las personas amontonadas en el pasillo de limpieza.

Para agregarle más alegría a mi fía, me peleé con una mujer, ya que ella quería el último desodorante de pino de mi marca favorita y yo, obviamente, no iba a dejar de insistir hasta tenerlo en mis manos. Luego de estar discutiendo y forcejeando por más de veinte minutos, la mujer que no pasaba de los treinta, se rindió, no sin antes llamarme mocoso insolente.

Tsk. ¿Yo, mocoso? Por favor. Además, esa es MI palabra.

Cuando ya tuve todo en el carro, me apresuré hacia la fila, pero en tanto empuje terminé tirando a dos chicas.

Genial...

―¡Ey, fíjate por donde...! ―la chica papa se levantó del piso y, en cuanto me vio, cortó sus palabras―. ¿Levi? ¡Ey, hola!

―H-hola, Levi ―no me costó adivinar quién era la otra chica a la que había tirado: Petra.

Hice un gesto con la cabeza, a modo de saludo.

―¿Sabes algo de Mikasa? ―preguntó la castaña de repente, mientras caminábamos hacia la fila. Al parecer, se encontraba verdaderamente preocupada por ella.

Negué con la cabeza.

―¿Mikasa? ¿Qué le sucedió? ―preguntó Petra.

―Salió corriendo de la clase ―siguió hablando Sasha―. Se veía mal.

―No es algo anormal en ella. Siempre fue rara ―añadió la oji-miel.

Enarqué una ceja ante su comentario.

―Mikasa no es rara ―atacó la chica papa, molesta―. Ella es una buena persona. No hablará mucho, pero eso no significa que sea rara.

La miré fijo, con una mirada que decía Gracias por preocuparte por ella. Sasha entendió perfectamente, ya que me sonrió y levantó su pulgar en un gesto afirmativo y alentador.

―N-no te alteres de esa forma, Sasha ―se apresuró a decir Petra―. No lo d-digo de mala manera. Mikasa me cae muy bien.

Por alguna razón, no creí ninguna de sus palabras.

Suspiré y seguí avanzando en la fila, por lo que se podía ver, había como diez personas delante de mí. Las dos chicas que se encontraban detrás, siguieron hablando sobre sus cosas de mocosas: ropa, zapatos, chicos, y (de parte de Sasha) sobre un nuevo restaurante que se abriría a tan sólo unas cuadras de aquí.

Ya un poco aburrido, comencé a observar lo que llevaba en el carrito para verificar que no faltara nada de lo que necesitaba. Luego de revisar todo, tenía la sensación de que algo faltaba, pero no tenía idea de qué.

Observé por todos lados, como si con eso pudiera aparecer por arte de magia. Aunque de alguna manera funcionó, pues, al ver el carrito de la chica papa, pude divisar las galletas preferidas de Mikasa: las de chispas de chocolate.

Como un rayo, me salí de la fila, esperando que las otras dos no fueran tan hijas de puta y me guardaran el lugar. Nuevamente, entre tanto empuje, al fin pude hallarlas. Me llevé tres paquetes, aunque sabía que la mocosa me iba a recriminar cuando se las diera. No le gustaba que le comprara cosas, se ponía histérica cuando lo hacía, ya que casi siempre ella misma pagaba. Cuando llegué a mi lugar, por suerte, las dos me lo habían guardado. Al verme, Sasha me dio una mirada de aprobación.

―Muy buena elección de comida, Rivaille ―dijo. Estaba seguro de que ya se le caía la baba―. Esas galletas son un manjar de dioses; la crujiente masa, más las chispas de chocolate derritiéndose en tu boca, es tan...jknaojlnark...

Sí, se le estaba cayendo la baba.

―Cambiando el tema de la comida ―Petra se posicionó delante de Sasha, tapándola y mirándome con completa atención―. ¿Crees que este año realicen la salida escolar como todos los años?

―No lo sé, ¿por qué me lo preguntas a mí? ―pregunté lo obvio―. Yo entré este año a la preparatoria.

―¡O-oh cierto! ―dijo con una risita, rascándose la nuca―. Lo había olvidado.

―Es obvio que realizarán la salida ―opinó la castaña―. Siempre se recaudan muchos fondos, por lo que es conveniente para el director.

Al parecer, la chica papa no estaba hecha sólo de comida, era levemente inteligente.

―Y Levi... ¿Tú vas a ir? ―preguntó Petra, con un leve sonrojo en sus mejillas―. Aunque aún falta mucho, de todas maneras.

Tenía que comprobarlo...

―No lo sé... ―respondí simplemente y luego agregué―: Si va Mikasa, puede que vaya yo también.

La chica oji-miel frunció el ceño y refunfuñó en un tono bajo.

―Por cierto...¿Mikasa y tú son novios? ―preguntó Sasha, curiosa sobre el tema.

―No es algo que debas saber ―respondí simplemente, mientras por fin era mi turno de pagar las cosas.

―Ohh, pero miren qué tenemos aquí ―dijo divertida, codeándome―. Así que Hanji sí tenía razón con eso del "RivaMika".

Escuché otro bufido proveniente de Petra cuando Sasha dijo esas últimas palabras en tono juguetón.

―Tsk, no le sigas la corriente a la cuatro-ojos ―contesté fastidiado. Esta chica era como una Hanji 2.0, pero menos loca.

―No le sigo la corriente―en su frente ya podía verse la palabra mentirosa―. Sólo digo lo que veo.

―Como sea, no empieces. Mikasa y yo somos buenos amigos ―pagué mis cosas, las cuales ya estaban embolsadas, y me dirigí a la salida.

―¡Adiós, Levi! ¡Mándale un saludo a Mikasa de mi parte cuando la veas esta noche! ¡No olvides usar protección! ―gritó Sasha.

Pude ver como unas mujeres me miraban con desaprobación y cubrían los oídos de sus niños.

Tsk. Siempre tengo la culpa yo sobre las estupideces que dicen los locos.

―¡E-espero verte mañana, Levi! ―saludó tímidamente Petra.

Pagué todas las facturas de camino a casa y, una vez dentro, inmediatamente fui a bañarme. La rutina de esa noche fue como siempre (comer, mirar televisión, hacer las tareas, limpiar, bañarme nuevamente e irme a dormir). Cuando por fin estuve en la comodidad de mi cama, mi mente pensaba, evidentemente, en una cosa: la jodida mocosa.

Como había dicho antes, sólo esperaba que se encontrara bien.

No me lo perdonaría si algo le hubiera ocurrido, sabiendo que pude haber hecho algo para impedirlo.

Tomé mi celular y no tardé en mandarle un mensaje.

Yo: 01:29 a.m.

Ey, mocosa. ¿Qué te pasó esta mañana? ¿Estás bien?

Visto.

―Tsk.

.

.

.

Cuando me desperté en la mañana, sentí que mi cuerpo no había descansado nada. Y era verdad, no pude pegar ojo en toda la noche por estar pensando en Mikasa.

¿Qué tenía esa chica que hasta me hacía desvelarme?

En fin, me levanté y me dirigí al baño para ver si no tenía tanta cara de zombi, pero mis esperanzas se fueron cuando me observé al espejo y pude divisar mis ojos rojos y unas bolsas debajo de ellos. Obviamente, me ardieron como el infierno cuando me eché agua a la cara.

Tsk, luego me las pagas, mocosa.

.

.

Ya de camino a la preparatoria, me compré, como siempre, un café cargado para poder espabilar por lo menos un poco y disimular la cara de muerto que cargaba conmigo. Como siempre, fui quince minutos antes al salón, con la esperanza de que Mikasa estuviera allí. Y, para mi alivio, sí se encontraba.

Aunque hubo un detalle que me extrañó muchísimo, ya que se había ido a sentar nuevamente al asiento del rincón, como en las primeras clases. Al parecer, no notó mi presencia, por lo que tuve que llamarla.

―Ey, Mikasa ―me acerqué a ella, dejando el vaso con el café en mi mesa antes de ir.

No respondió.

―¿Te encuentras bi...?

―Es mejor que ya no hablemos ―sentenció de repente, cortante.

―¿Qué? ―pregunté sin creerle mucho―. No bromees, mocosa.

―No estoy bromeando, Rivaille ―levantó la cabeza y, entonces, lo vi: no me observaba como siempre. Ahora su mirada era recelosa y con asco, como desde la primera vez.

―¿Por qué...?

―Simplemente ya me aburrí de estar jugando a que me caes bien ―me interrumpió sin expresión alguna.

Sentí un nudo en mi pecho al escuchar esas palabras.

No me podía estar diciendo esto, sólo era una estúpida broma.

Sí, eso era.

―No me jodas ―apoyé una de mis manos en su mesa, tal vez con demasiada fuerza, ya que sentí la madera crujir―. Dime ahora qué mierda te pasa, Mikasa.

―Estuve pensándolo en los últimos días ―habló, sin apartar su mirada de mí, sin miedo ante mi expresión―. No tiene sentido que esté contigo. Además de amargado, también eres aburrido. ¿No lo crees?

―¿Eso quiere decir que estuviste conmigo sólo por diversión? ―pregunté sin poder evitarlo.

―Exactamente eso ―respondió como si fuese lo más normal del mundo.

Mi mano comenzó a temblar al escuchar esas palabras.

¿En serio me había hecho esto? ¿Sólo era un estúpido juguete? Todo lo que hice por ella, ¿fue en vano?

Apreté mi puño para disimular el temblor y poder controlarme. Respiré hondo repetidas veces antes de seguir hablando.

―No te creo nada ―dije como pude.

Esta no era mi Mikasa.

―No es mi problema si no me crees ―habló con una expresión divertida, como si mi dolor le estuviera causando gracia―. ¿De verdad te creíste mi teatro de "chica dañada" que monté frente a ti?

Mi mano se dirigió instintivamente hacia su cuello, tomando su campera para acercarla más a mí y poder observarla fijamente.

―Dime que me estás mintiendo o si no...

―¿O si no qué? ―preguntó sarcástica―. ¿Vas a contarle mi secreto a todos? ¡Pues adelante, hazlo!

La puerta del salón se abrió y todos nuestros compañeros entraron por ella, murmurando diferentes cosas sobre nosotros en cuanto nos vieron. Pero eso no era importante ahora, por lo que no aparté en ningún momento mi mirada de ella, ni mi mano del cuello de su chaqueta.

Tsk.

¿Cómo podía hacerme esto? ¿Cómo podía jugar así con las personas?

No...

Estaba seguro de que no era así; seguro que algo la impulsaba a actuar de esa manera.

Y yo iba a averiguarlo...

―No lo haré, no tendría sentido contarle a los demás sobre ti -solté su prenda y, a continuación, me acerqué a su oído―. Aunque ya me quedó claro qué clase de persona eres. No eres diferente a todos esos monstruos que tanto odias, eres igual a ellos, Mikasa.

Su cuerpo se tensó por una fracción de segundo y sus ojos se abrieron levemente sorprendidos, para luego volver a su estado actual al escuchar mis palabras. Sabía que le habían dolido, sabía que ella odiaba que la compararan con ellos, sabía que iba a tener esa reacción, ya que me estaba mintiendo.

Lo sabía...

Me reincorporé y, con una última mirada fugaz, me dirigí hacia mi asiento, aunque molesto de todas formas. No entendía qué mierda estaba pasando, todo era un completo lío que rondaba en mi cabeza sin parar.

―Levi ―la mano de Hanji se apoyó en mi hombro―. ¿Por qué estaban peleando? ¿Está todo bien?

Suspiré.

Si tan sólo yo también supiera lo que estaba pasando.

―No, no lo está ―respondí cortante.

Erwin y Hanji se miraron entre ellos. La mano de la cuatro-ojos apretó levemente mi hombro, en un gesto reconfortante y el cejotas me dio una de sus miradas de "Estoy contigo". Les agradecí internamente, pero no quería contarles por dos razones: una porque gran parte de la historia iba en torno a los vampiros, y otra porque simplemente no tenía ganas de hablar.

.

.

.

~Mikasa~

Sentí ganas de romperme al escuchar esas palabras. En parte por lo que dijo, pero también por la persona que las dijo. Levi era lo más importante para mí y oírle decir eso fue una de las cosas más horribles que experimenté.

Pero no iba a llorar.

Yo había elegido la opción de separarme de él, porque era una egoísta. Una maldita egoísta que no pensaba en más que ella misma.

¿Habré hecho lo correcto?

...

~Flashback~

No lo pensé demasiado, sólo salí corriendo del salón sin saber a ciencia cierta qué hacer.

Por descuido tropecé con la profesora, aunque eso ayudó un poco, ya que Levi me venía siguiendo y Riko no lo dejó salir del salón.

Únicamente, corrí. Corrí como nunca lo había hecho, haciendo caer a algunos alumnos por el aire que levanté.

Nunca había estado en ese estado...

Excepto ese día, hace noventa años...

Salí de la preparatoria y el fuerte y molesto sol me dio de seco en la cara, quemándome al instante al sentirlo tan pleno.

Sin embargo, no me importó ni se me pasó por la mente colocarme la capucha, solamente me dediqué a correr, adentrándome en el bosque en segundos.

La luz solar me estaba debilitando, podía sentirlo con cada paso que daba, ya que justo cuando estaba por llegar a mi hogar, una de mis piernas flaqueó, provocando que me tropezara y cayera al piso. Las pequeñas y astilladas piedras rasparon mi piel y rasgaron levemente mi ropa, al igual que el barro me ensucié por completo.

―Menuda mierda...

E hice lo que menos quería hacer: llorar.

Pequeñas lágrimas se colaron, sin pedir permiso para salir, desparramándose por mis mejillas.

Apreté mis puños, tratando de contener el llanto, aunque lo único que logré fue que mis manos quedaran más embarradas de lo que ya estaban.

¿Por qué esto me tenía que pasar a mí?

¿Por qué?... ¿Por qué?... ¿Por qué? ...

¿Por qué estoy condenada a ver morir a lo que más quiero?

Me levanté del suelo como pude, entre tropezones e intentos fallidos, hasta que al fin pude equilibrarme bien y entrar a la mansión.

Una vez que estuve dentro, me recosté en el piso, cansada y jadeando por todo el esfuerzo que había realizado hace segundos. Cuando bajé la vista, mis brazos, cuello y (de seguro) mi cara, estaban completamente rojas y parte de mi ropa se encontraba rota, mostrando pequeños raspones en diferentes partes, los cuales tardaron algunos minutos en regenerarse.

Ardía...

Ardía como los mil infiernos.

No pasó mucho tiempo cuando mi gato apareció, desesperado al verme de esa manera. Se abalanzó sobre mí, mientras buscaba mi rostro y frotaba el suyo contra el mío, en un intento de reconfortarme.

―¿Qué ha pasado, Mika? pensó mi pequeño.

―No es nada, no te preocupes ―dije tomándolo en mis brazos y abrazándolo.

―¡Mikasa! ―no. No podía hablar con ella en este momento―. Mi niña, ¿qué pasó?

―Kuchel... ―no me salían las palabras. Tampoco quería que se enterara sobre qué me pasaba por ahora.

―Esas quemaduras... ―se agachó a mi lado y tocó levemente mi piel quemada, dándome un alivio indescriptible al sentir su tacto helado―. ¿Por qué te expusiste al sol, Mikasa?

―Yo...

―Pasó algo con Levi, ¿cierto? ―indagó, mirándome fijamente.

Odiaba que pudiera leerme tan fácilmente. Era como un libro abierto delante de ella; no había nada que se le escapara y más cuando se trataba de su hijo.

―Es complicado... ―volví a recostarme en el piso, suspirando sonoramente.

―Las dos tenemos todo el tiempo del mundo para que me lo expliques ―dijo con una sonrisa.

Otro puñal se clavó en mi pecho.

―Pero primero, vamos a curarte esas heridas.

―N-no...No hace falta ―comenté en tono bajo―. Ya me recuperaré en unas horas.

―No fue una pregunta, es una orden ―tomó mis manos y me levantó como si nada.

Otra cosa que odiaba era mi peso; cualquier persona podía levantarme con la facilidad con la que se levanta a un infante.

Kuchel rozó una de mis quemaduras en cuanto me tocó, haciendo que una mueca de dolor se apoderara de mi rostro.

Como esperaba, me miró con su cara de te lo dije y yo no pude objetar nada ante eso.

Tiró de mi mano, insistente, obligándome a seguirla. Mi gato, entendía la situación perfectamente y caminaba al frente, como si nos guiara el camino. Kuchel casi me arrastra por toda la casa, llevándome en dirección al baño. Abrió el grifo de la bañera, hasta llenarla con agua completamente helada.

―Iré a buscar ropa a tu habitación ―dijo, volviendo a salir por la puerta―. Mientras tanto, ve a bañarte.

―Kuchel, es que... ―el ruido de la puerta me detuvo, cortando lo que iba a decirle.

Si seguía así, iba a ser más complicado confesarle el porqué de mi comportamiento.

Lentamente, fui sacándome la ropa, con cuidado para que no rozara mi piel, aunque era evidente que algún quejido salió de mi boca por no poder hacerlo correctamente; la sensación era verdaderamente molesta.

Me metí al agua de una sola vez, ya que sabía que, si me tomaba tiempo en hacerlo, mi cuerpo rechazaría lo congelada que estaba. Me era un problema, ya que ahora que tenía una diferente temperatura, cualquier cosa me resultaba inquietante; tanto el agua caliente como el agua fría.

Me senté y abracé mis rodillas como siempre hacía, tratando de buscar alguna solución al tema y en cómo decirle a Kuchel qué me pasaba.

Suspiré, pues sabía que ella no iba a dejar de insistir hasta saberlo.

Sentí como, de a poco, las quemaduras se iban yendo gracias a la regeneración y al agua fría que había ayudado de sobremanera a que el dolor fuera más soportable.

―Si tan sólo mis problemas pudieran solucionarse de la misma manera ―pensé, observando como mi piel volvía a ser pálida y dejaba ese tono rojizo y pelado.

Una vez que estuve completamente bien, salí de la bañera, sacando una toalla de los cajones y enrollándola en mi cuerpo. Pocos minutos después, llegó Kuchel con mi ropa entre sus manos, dedicándome una cálida sonrisa en cuanto me vio.

Maldición.

Esto era cada vez más difícil.

Me cambié en silencio, sin importarme mucho que Kuchel me estuviera viendo. Tenía confianza con ella, aunque supongo que esa confianza se iría a la mierda cuando se entere de lo que voy a hacer. Y, tal vez, sea el peor error de mi vida, pero estoy lista para asumir las consecuencias.

―¿Y bien? ¿Qué pasó con Levi? ―preguntó una vez que salimos del baño y nos encontrábamos en la sala.

Miles de pensamientos cruzaron mi mente. Pero lo que más recordé, fueron las palabras de Hanji:

Dime, Mikasa... ¿Aceptas a Levi como tu esposo, prometes amarlo, cuidarlo y respetarlo hasta que la muerte los separe?

Hasta que la muerte los separe...

Esa era una de las razones por la que no me acercaba a nadie. Yo era inmortal y todas las personas a las que me unía, terminaban muriendo tarde o temprano. Era una maldición que me persiguió desde siempre y nunca podría librarme de ella...

Pero, ahora, volví a caer en lo mismo. Me pegué demasiado a alguien, a tal punto de estar pensando en él todo el maldito día, a cualquier hora y en todo momento, cuando ni siquiera tendría que haber hablado con Levi en primer lugar...

Incluso me enamoré de él, lo que hacía que las cosas se me volvieran más complicadas de lo que ya eran.

Todo esto me está matando...

Y me encanta...

Me encanta estar con él. Es algo que no puedo controlar por mí misma, simplemente, es un sentimiento que nació en mí con el tiempo. Y, ahora que tenía que separarme de Levi, era un terrible sufrimiento.

―Mikasa... ―Kuchel movió su mano frente a mis ojos, tratando de sacarme de mi ensimismamiento.

―¿Eh? ¿Qué?

―Me estabas por decir qué pasó con Levi ―dijo en un tono impaciente.

―Cierto...

―Vamos, tú puedes ―pensó mi pequeño gato, el cual, de seguro, me había leído los pensamientos.

―Kuchel ―suspiré, tomando valor―. Sé que tú quieres que yo esté con Levi, pero...

―¿Pero?

―Pero... No puedo hacerlo ―admití con un nudo en la garganta―. Lo mejor es que ya ni nos dirijamos la palabra.

―¿Qué? ¿Por qué lo dices? ―tomó mis dos manos―. Dime... ¿Levi te hizo algo?

―No, él no me hizo nada ―no sabía cómo decirle―. Él nunca me hizo daño...

―¿Entonces?

―Kuchel. Levi en algún momento va a morir y entonces... ―vi una mirada de comprensión en su rostro―. Volveré a quedar sola...

Egoísta...

Egoísta...

Egoísta...

Esa palabra se repetía una y otra vez en mi mente.

―Soy una maldita egoísta...Sólo estoy pensando en mis sentimientos, sin considerar los de Levi ―sentí mis ojos humedecerse.

―No eres egoísta, Mikasa. Tú si te preocupas por él ―hizo una pausa antes de continuar―. De lo contrario, no lo habrías salvado aquella vez en que casi lo arrolla un auto, aun cuando ni siquiera lo conocías.

―Pero, eso no tiene nada que ver con lo que estamos hablando...

―Claro que lo tiene ―me interrumpió.

―Kuchel, no hace falta que busques alguna excusa ―un pequeño sollozo, casi inaudible, se me escapó―. Simplemente, soy yo la que está condenada a vivir así.

―Eso no es justo y tú lo sabes.

―¿Y qué quieres que haga? ¿Matarme una vez que Levi muera? ―pregunté desesperada―. Si un vampiro se asesina por sí mismo, ni siquiera va al infierno. Su alma va a estar condenada para toda la vida a vagar por el mundo de los vivos, ya que el diablo lo considera un "acto impuro" a la mortalidad que nos concedió. Es la misma estupidez, si muero o no muero, no importa.

Kuchel se quedó callada, sin saber qué responder. Aunque, luego de unos segundos en los cuales ninguna habló, volvió a levantar la cabeza para seguir con la conversación.

―¿Y si conviertes a Levi en...?

―Que ni se te ocurra continuar ―la interrumpí sin poder evitarlo―. ¿Convertir a Levi en vampiro? Con todo respeto, Kuchel, pero eso es lo más estúpido que has dicho.

Pude ver como frunció el ceño, enojada.

―Lo siento, no lo quise decir así ―suspiré― Es sólo que... No quiero que a Levi le ocurra lo mismo que a mí. No quiero que vuelva a perder a sus seres queridos.

―Entonces, eso quiere decir que sí te preocupas por Levi ―dijo como último recurso―. Prefieres quedarte sola a que él se convierta en un vampiro...

―Tu hijo ya sufrió demasiado con tu muerte y la de su tío Kenny ―continué―. Ahora Levi tiene nuevas personas que se preocupan por él. No me lo perdonaría nunca si lo hago sufrir, nuevamente, al ver morir a sus amigos gracias a un capricho mío por no querer quedarme sola.

―Mikasa... Yo...no sé qué decirte.

―No hace falta que digas algo, Kuchel ―lo que iba a decir a continuación era lo más difícil―: Pero creo que deberías ir con Levi y encontrar a otra persona que pueda hacerlo feliz, más que yo.

―Pero...

―Hay una chica que está enamorada de él ―la interrumpí―. Se llama Petra Ral. Ellos se conocen.

Y sin más que decir, me levanté del sillón y salí como rayo de la sala, hasta llegar a mi habitación. Una vez que estuve sola, me dejé caer sobre la cama, mirando el techo de y tomando uno de mis almohadones, apretándolo en un intento inútil de retener mis lágrima.

Nunca pensé que le diría eso, aunque fue mi error, por descuidada, dejar que alguien entrara a mi vida.

A los pocos minutos, sentí a mi gato subirse a la cama. Tocó mi cabeza varias veces con una de sus patitas, para que me dignara a mirarlo. Rendida ante su insistencia, me volteé y lo observé por unos segundos: se veía preocupado y triste.

―Está bien, no te preocupes. Estoy aquí para ti ―pensó mientras frotaba su linda cabeza contra mi rostro.

―Gracias, Levi ―dije, tomándolo en mis brazos y acariciándolo.

Diablos...

Hasta le había puesto su nombre al gato...

.

.

.

~Fin del Flashback~

No, no me estaba equivocando. Esto era lo correcto, así que, mis ganas de llorar por las palabras que Levi me había dicho anteriormente, se fueron de inmediato. No debía romperme, debía mantenerme fuerte...

No sé en qué momento pasó, pero la clase ya había terminado en lo que me parecieron segundos. Todos mis compañeros fueron yéndose del salón, hasta que solamente quedaron Levi, Hanji y Erwin, quienes hablaban animadamente. Pocos minutos después, la puerta se abrió y por ella entró Petra, quien se unió a la conversación.

"Levi se ve raro. ¿Habrá dormido bien?"―pensó la chica de baja estatura, mirando a Levi con preocupación.

Luego de un rato, los cuatro desaparecieron de la sala. Los dos más bajos manteniendo una conversación, mientras que el rubio y la de lentes hablaban sobre la ciencia, por lo que pude escuchar.

Dolía.

Dolía demasiado al verlo, pero era mejor de esa manera.

Me levanté de mi asiento, dirigiéndome a la oficina del director, ya que temprano en la mañana me habían informado que estaba castigada por haber salido del salón sin decir nada el día anterior.

Suspiré.

Sí, había elegido bien.

.

.

~2 meses después~ ~Levi~

Sí, dos putos meses.

Dos putos meses y no he podido ni siquiera hablar con ella de manera civilizada. Siempre me evita o hace algún comentario cruel que, en todas las ocasiones, cava hondo en mí.

A veces, pienso que sí es verdad el hecho de que ya se aburrió de estar y hablar conmigo; lo veía en su mirada fastidiada cada vez que nuestros ojos se encontraban.

Nunca pensé que dolería tanto separarme de esa mocosa...

Pero, por suerte, tenía unos verdaderos amigos, los cuales trataban de devolverme mi ánimo a cada segundo del día. Todas las tardes me obligaban a ir a algún lugar para "divertirnos" según ellos. Admitía que sí me entretenía, pero no era lo mismo...

Incluso Petra había estado pegada a nosotros para tratar de mejorar mi mal humor. Al final, no era tan mala como pensé; todos la conocían como una chica amable, así que no tardé mucho en aceptarla como una amiga más del grupo.

Aunque, tampoco era el único que se encontraba decaído, ya que, la chica papa siempre tenía una mirada triste cada vez que observaba a Mikasa. Ellas casi nunca intercambiaban palabras, más que nada eran gestos, pero, al parecer, Sasha sí la consideraba su amiga. Le fue muy doloroso cuando, en los primeros días, la mocosa la miraba mal y ya ni siquiera la saludaba.

Su actitud me desesperaba. No voy a mentir: la había mandado al demonio en varias ocasiones.

Cada vez me sentía más lejos de ella, lo que me llegaba a asustar, aunque no quiera admitirlo. ¿Por qué todo era tan complicado cuando se trataba de Mikasa? ¿Por qué no podíamos seguir como estábamos?

Maldición...

.

.

.

Cerré la puerta de un portazo, enojado por un comentario reciente de esa mocosa ingrata.

―Ya deja de insistirme, Rivaille. Te ves ridículo ―me dijo hace alrededor de veinte minutos, en la salida de clases.

¿Ridículo, yo? ¡Ridícula ella por estar haciéndome todo esto!

Sin embargo, debía admitir que sí me veía de esa manera cada vez que le insistía.

En serio, ¿qué habían hecho conmigo? Yo no era de insistirle a alguien para que me hablara, yo no era así. ¿Dónde estaba mi orgullo?

Subí rápidamente hacia mi habitación, tratando de sacarme todos esos estúpidos pensamientos de mi cabeza. Busqué una muda de ropa y de inmediato fui a bañarme, ya que habíamos tenido gimnasia esa tarde. Esta vez, me duché con agua completamente fría. Sentía que, de esa manera, iba a irse todo el enojo que ya podía hacerse visible a mi alrededor.

Me sentía como un completo idiota.

¿Por qué simplemente no la dejaba ir?

Ella no quería verme, entonces, ¿por qué?

¿Por qué se me hacía tan difícil dejar de pensar en ella? Pensar en su sonrisa, en su rostro, su suave pelo, sus horribles chistes sobre mi altura, su hermosa expresión cada vez que probaba algo dulce, su tierna risa...¡No! No de nuevo...

Espanté esos pensamientos de mi mente. Lo que necesitaba era olvidarla, no estar recordando a cada segundo cada maldito y perfecto gesto que realizaba.

Terminé de bañarme rápido y enrollé una toalla en mi cintura, al mismo tiempo que escuché la puerta de la sala ser golpeada.

¿Quién mierda es ahora?

Fastidiado, salí del baño y bajé las escaleras hasta la entrada.

―¿Quién es? ―dije sin abrir.

―¡Enanín, soy yo! ¡Tu mejor y más preciada, sin mencionar perfecta, mejor amiga Hanji! ―gritó la cuatro-ojos desde el otro lado.

―Tsk. ¿Qué quieres? ―pregunté irritado―. No tengo humor de salir hoy.

―Sólo sal afuera ―insistió, algo rara.

―NO.

―Es que Levi... ―su tono de voz era triste. Algo pasaba―. Es Erwin... Está en el hospital.

¡¿Qué?!

Inmediatamente, saqué el pasador de la puerta y la abrí, sin importarme que estuviera sólo con una toalla cubriéndome el cuerpo.

―No me jodas. ¿Cómo que está en el hos...?

Nota mental: Matar a Hanji nuevamente.

―¡Ey, enano! ¡Qué buen físico! ―dijo Hanji guiñándome un ojo y levantando su pulgar.

―¡Ah! ―Petra se cubrió los ojos, con el rostro completamente rojo. Aunque pude ver, claramente, que luego separaba uno de sus dedos para espiarme.

―Ey, Levi, hola ―saludó Erwin, quien se encontraba en perfectas condiciones.

―¡¿Para qué putas dices que está en el hospital!? ¡Cuatro-ojos de mierda!

―Ya, ya, no te enojes ―movió sus manos, restándole importancia―. Aunque saliste muy rápido cuando lo dije.

―Tsk. ¿Cómo no voy a hacerlo? Estúpida, es mi mejor amigo.

―Aww...¡Qué tierno salió mi enanito! ―gritó Hanji, para luego reírse junto con Erwin y Petra.

―Si sólo vinieron a amargarme más el día... ―comencé a cerrar la puerta.

―¡No espera! ―dijo entre risas, Hanji―. Veníamos... Veníamos... A... Pff...

Era la única que hasta ahora se seguía riendo como idiota.

―¡Habla ya!

―Por Dios ―se secó una lagrimita―. Vamos a ir a un parque de diversiones. ¿Te sumas?

―No ―les cerré la puerta en la cara.

―¡Vamos, enanín! ¡Por favor! ―comenzó a tocar la puerta repetidas veces.

―No me gustan los parques de diversiones. Además, tengo que estudiar.

―¡Vamos! ¡Será divertido! ―siguió golpeando como desquiciada, lo que me estaba comenzando a asustar―.Ya verás que te podrás distraer...

No pensar en la mocosa...

―Bien. Salgo en diez minutos.

.

.

.

Al final, no me había servido de nada ese estúpido parque. Por empezar: estaba repleto de gente y yo odiaba estar en un lugar con muchas personas, me desesperaba y asfixiaba. La "Casita del terror" fue lo más estúpido que pude haber visto en mi vida. Sólo los tres idiotas que venían conmigo eran los únicos que gritaban como niñas; y más Petra, quien se agarraba de mi brazo en cada ocasión.

Admitía que lo único que si me había gustado fue la montaña rusa o el martillo, pero nada más. Todo lo otro fue completamente ridículo y sin riesgos.

De igual manera, apreciaba el gesto, ya que Erwin, Hanji y Petra tenían transparentes intenciones de levantarme un poco las energías para poder dejar de pensar en Mikasa.
...

Una vez que volvimos a mi departamento, los tres se colaron y comenzaron a inspeccionar y toquetear todo lo que era visible.

Era simplemente, desesperante. No había otra forma de describirlo. Tenía ganas de golpearlos a los tres por andar tocando mis cosas, pero no lo hice; se las debía.

―Levi... ¿Dónde está tu porno? ―preguntó Hanji, abriendo un cajón de mi habitación.

―Tsk, ¿por qué debería tener eso? ―pregunté fastidiado, tratando de controlarme al ver cómo desordenaba.

―Erwin sí tiene. Está escondido debajo de su colchón ―dijo como si nada.

―¡Ey! ¡Yo no digo nada sobre tus imágenes de Strippers Científicos! ―se defendió Erwin.

―¡Lo acabas de decir! ―se volvió Hanji, indignada.

Reí secamente sin poder evitarlo.

¿Cómo es que había acabado siendo amigo de estos dos pervertidos?

―Levi.. ¿Y esto? ―preguntó Petra, quien había revisado otro de mis cajones.

―¿Encontraste el porno, Petra? ―indagó la cuatro-ojos, yendo rápidamente a su encuentro.

―No...Es un dibujo tuyo.

―¿Mío? ―inquirió la cuatro-ojos, confundida.

―No, tonta, de Levi.

Me acerqué a ellas, un poco extrañado por lo que habían dicho.

¿Un dibujo mío?

¿De qué mierda hablaban?

―Debo decir que este trabajo es excelente ―comentó Erwin, quien había tomado la hoja―. No sabía que dibujabas así.

―A ver, dámelo, cejotas ―se lo quité de las manos y lo observé detenidamente.

Sí, en definitiva, era yo. Era completamente idéntico: desde mi típica mirada fastidiada, hasta los detalles de mis ojeras.

El estilo de dibujo se me hacía muy conocido, pero... ¿De dónde?

Mierda.

Odiaba cuando me pasaba esto: sentir que el recuerdo está por llegar a tu cabeza, pero que, en el último momento, se vaya al demonio.

―¿Y? ―preguntaron los tres al mismo tiempo.

―Eh...No lo sé... ―contesté, mirándolo pasmado, sin saber cómo es que llegó a mi cajón.

Hanji, Petra y Erwin se miraron entre ellos. La primera hizo un gesto con su dedo índice, poniéndolo en su cabeza y girándolo levemente en círculos, mientras modulaba "está loquito".

―Cállate, lentes de mierda ―guardé el dibujo nuevamente en mi cajón―. ¿Ya se van a ir?

―¡No! ―respondieron al instante―. ¡Hay que pedir pizza y ver una película!

Los tres comenzaron a reírse, ya que habían sincronizado al hablar.

Yo, sinceramente, no le vi lo gracioso y, gracias a eso, recibí comentarios como "amargado" "gruñón" y "aguafiestas".

Tsk... ¿Quiénes se creían?

Y no alcancé a negarme que ya habían pedido dos cajas de pizza, volvieron a la sala, acomodaron los sillones, prepararos refrescos y algunos dulces, y comenzaron a buscar alguna película en el televisor.

La venita en mi frente se hizo más notoria.

―Vamos Levi, diviértete un rato ―Hanji se encontraba hurgoneando en el mueble de la cocina―. No te viene mal distraerte.

―Hanji, sé que están haciendo todo esto por lo de Mikasa ―suspiré―. Pero no hace falta, en serio.

―Levi ―dijo sin parar de buscar lo que sea que esté buscando―. Tú solo cállate y pásala bien con nosotros.

―Hija de...

―¡Ey! ¿Podemos comer estas galletas? ―preguntó, sacando tres paquetes del mueble.

Sí, eran las putas galletas que le había comprado a Mikasa hace dos meses, pero que nunca me animé a tirar.

Suena estúpido e infantil, pero tenía aún la esperanza de que volviera y las comiéramos juntos.

«Ya deja de insistirme, Rivaille. Te ves ridículo»

―Sí... Pueden comerlas.

―Genial ―Hanji volvió a la sala, dejándome solo en la cocina.

Comencé a ordenar el poco mugrerío que habían dejado allí y, cuando estaba por terminar, una sensación rara me detuvo.

Sentí algo tocarme la espalda, era un tacto frío. Volteé de inmediato, pensando que era alguno de los tres idiotas, pero no había absolutamente nadie.

―Qué extraño...

Iba de camino a la sala y, nuevamente, un ruido me interrumpió. Fijé mi vista en la cocina, encontrando una de las tablas de madera que, anteriormente, se hallaba acomodada sobre la mesada, pero que ahora se localizaba en el piso. No le presté demasiada atención, la levanté y me dirigí con los demás.

.

.

.

~Tres semanas después~

Me encontraba en el salón de clases.

No tenía ganas de salir al receso; quería descansar por algunos minutos. Nos hallábamos en semana de exámenes y me encontraba demasiado cansado que hasta mover un dedo me costaba.

Ok, no tan así, pero mi lado exagerado había salido a la luz.

Estaba a punto de dormirme, cuando la puerta del salón se abrió. No le presté mucha atención a quién era, hasta que su voz me permitió reconocerla.

―Levi... ¿Has dormido bien últimamente? ―preguntó preocupada.

―Sí, Petra ―dije sin abrir los ojos―. Semana de exámenes, es normal que me encuentre cansado.

―Ya lo sé, pero, de todas formas... ―dijo sentándose en el asiento de atrás, por lo que pude escuchar.

El asiento que era de Mikasa...

―No jodas, Ral ―bostecé sin poder evitarlo―. Es mejor que ya vayas a tu salón, el receso está por terminar.

―¡Cierto! ―se colocó pie exageradamente―. Nos vemos luego, Levi.

Intenté decir un "Hm" como respuesta, pero justo sentí a Petra acercándose a mí y besando mi mejilla por unos segundos.

La puerta volvió a abrirse y, esta vez me incorporé por si era la profesora, pero no.

Solamente era la mocosa, quien se quedó observándonos unos segundos, para luego desviar la mirada e irse a sentar a su lugar en el rincón. Un milisetundo después, espabilé, y me di cuenta de que Petra aún estaba besando mi mejilla. Inmediatamente, me hice para atrás, separándola de mí. Ella me sonrió y salió del salón con una sonrisa de oreja a oreja.

Tsk...

―No es lo que piensas, mocosa ―dije, volviendo a mi posición inicial, sin atreverme a mirarla.

Era la primera vez que volvíamos a hablar luego de tres semanas.

―No es como si te hubiera preguntado, Rivaille ―respondió―. Tampoco me interesa si sales con alguien. Total, fuiste divertido por las primeras semanas, ya luego aburriste.

―Oye. ¿Cuál es tu proble...?

No pude terminar porque los demás comenzaron a entrar como avalancha.

Cada palabra que salía de nuestras bocas, me apartaba más de su lado.

Dolía.

Dolía y mucho.

.

.

.

~Una semana después~

Me vanaglorié con la comodidad de mi cama, tapándome con la única colcha que tenía en ese momento, mientras en mi mente rondaba todo lo que había sucedido en la semana.

Para mí suerte, los exámenes ya habían acabado y aprobé cada uno de ellos con excelentes calificaciones. Al final, tanto desvelo por la noche había valido la pena.

No tardé demasiado en dormirme, en serio me encontraba cansado y ahora esto era como un premio para mí.

...

Levi...

No lo hagas...

No te olvides de ella...

―¿Mamá? ―pregunté confundido al escucharla.

No podía divisar nada, todo estaba completamente oscuro y en silencio, excepto por la voz de mi madre, la cual había resonado en todos lados como un eco.

Caminé, pero sólo más oscuridad me recibía.

Corrí, pero al parecer no había salida.

―¡Mamá! ―volví a gritar.

Sólo mi propia voz me respondió.

Comencé a temblar sin saber la razón, sentía que algo me faltaba, pero no tenía idea de qué.

Levi, no la dejes sola...

¡¿A quién?! ¿¡No dejar sola a quién!?

Miré en todas direcciones, buscándola, pero era imposible poder divisar algo en ese lugar.

―Levi... ―susurró su voz a mis espaldas.

Lentamente me volteé, pensando que, si iba más rápido, desaparecería de mi lado otra vez. No obstsnte, mi miedo se dispersó cuando pude ver la viva imagen de mi madre, quien me regalaba una de sus hermosas y reconfortantes sonrisas que tanto extrañé.

Una luz la iluminaba a su alrededor, dejando que sea visible ante mis ojos.

Por el simple hecho de verla, las lágrimas comenzaron a inundarme sin piedad. Traté de ir con ella, pero los pies me pesaban. Trate de hablarle, de decirle mil cosas que nunca llegué a confesarle, pero la voz no me salía para tratar de decir aquello.

―¿D-dejar a q-quién? ―hablé entrecortadamente, mi garganta se hallaba rasposa.

―A Mikasa, hijo ―respondió. Su cuerpo se iba dilatando y haciéndose cada vez menos visible―. No la dejes sola.

―Ey, espera ―no podía moverme―. No, no, no. ¡No te vayas!

.

.

.

―¡Mamá!

Me desperté abruptamente, con la respiración entrecortada. Tardé unos segundos en poder espabilar y tratar de recordar qué había soñado, hasta que por fin el bendito sueño apareció.

Mamá...

Era la primera vez que soñaba con ella luego de mi depresión. Pero... ¿Cómo es que conocía a Mikasa? No tenía sentido.

Aunque bueno, sólo era un sueño, así que algo de sentido no podría tener.

―Qué asco... -―comenté al moverme e, inmediatamente, sentirme todo sudado.

Pasé mis manos repetidas veces por mi rostro, dándome cuenta de que pequeñas lágrimas se encontraban esparcidas en este. Me desconcerté por unos segundos. ¿Había llorado mientras dormía?

―Mierda...

Me levanté de la cama, busqué ropa y me fui a bañar, sin importarme que fuesen las cuatro de la mañana. Una vez limpio, volví a mi habitación, con la esperanza de volver a dormir, aunque dudaba que pudiera pegar ojo luego de ese sueño.

Estaba por apagar la luz, cuando pude divisar uno de los cajones de mi cómoda abierto. Inmediatamente fui a cerrarlo, pero en cuanto vi lo que estaba dentro, la acción quedó en el olvido. El dibujo que había aparecido sin razón alguna se encontraba allí. Lo saqué y me recosté sobre la cama, tratando de recordar dónde vi ese estilo de dibujo.

Se me hacía tan conocido.

«¿Qué estaba dibujando?»

«¿Tan detallado era el dibujo como para que le cueste más de un mes terminarlo?»

Y, entonces, la respuesta llegó q mi cabeza.

¡Mikasa!

¡Qué jodido pánfilo!

¿Cómo es que no me había dado cuenta antes? ¡Todo encajaba!

Ese estilo para dibujar era el mismo que había visto en el último retrato que se encontraba en la mansión de Mikasa, "Elias Ackerman" si no me equivocaba.

¿Ella lo había dibujado?

―Pero qué carajo ―no entendía una mierda.

¿Por qué está este dibujo aquí? ¿Y por qué vino a aparecer justo ahora?

Se supone que la mocosa ya no quiere verme, entonces...¡Agh! Esto era complicado.

«No la dejes sola»

.

.

.

Horas después, me encontraba muy ansioso. Demasiado diría yo. Tanto que hasta no había dormido en lo que restaba de la noche, preparando un plan y sus infinitas posibilidades.

Iba a hablar con ella. Sí, iba a hablar con Mikasa.

Esa corazonada que guqrdaba en mí, sobre que estaba actuando de esa manera porque algo grave le pasaba, era cierta. Podía sentirlo.

Me vestí, desayuné, lavé mis dientes y salí como rayo del departamento. Estaba de buen humor, aunque mi cara no lo expresara. La confianza estaba de mi lado y me hallaba seguro de que, esta vez, íbamos a poder hablar correctamente.

No tardé mucho en llegar a la preparatoria, un poco curioso por saber si ella seguía yendo quince minutos antes. Yo dejé de ir desde la primera vez que discutimos y también gracias a la insistencia de mis amigos, por lo que pensar que Mikasa iba temprano todavía, me hacía sentir contento.

No pude ocultar esa pequeña sonrisa que se me escapó cuando entré al salón y la vi sentada en su lugar.

Y antes de que la primera palabra se escapara de mi boca, sin previo aviso, Petra entró también. Me abrazó como si me conociera de toda la vida (lo que me molestó) y dijo comentarios de "lo guapo que me veía hoy" o "que ya no tenía cara de zombi como otros días"

¡Ya sé que soy guapo, pero ya vete!

¡¿No ves que quiero hablar con la jodida mocosa?!

Para mi mala suerte, me dio charla hasta que todos mis compañeros llegaron, haciendo que largara al caño todo lo que había planeado. Cabe decir que mi mal humor regresó y estuve refunfuñando y maldiciendo toda la maldita clase.

En la segunda clase, la del profesor Nile, por fin mi enojo se había calmado en parte. Pude notarlo porque ya escribía prolijo y despacio en la hoja, y no desastrozo y rápido como lo estuve haciendo las primeras horas.

Justo cuando terminaba de responder la última pregunta que me quedaba, sentí un leve viento apoderarse de mi cuerpo. Pensé que había sido sólo yo, pero pude ver como a otros mocosos les daba escalofríos.

Comencé a pasear mi vista por todo el salón, percatándome de que Mikasa ya no estaba en su asiento, cuando hace segundos sí se encontraba allí. Así que, ahora ya sabía la razón de ese pequeño aire.

―Profesor Nile ―levanté la mano para que me permitiera hablar―. ¿Puedo ir al baño?

Él se quedó observando por unos segundos su reloj y luego dijo:

―Tienes cinco minutos.

Bien...

Salí rápidamente del salón y observé que los pasillos estaban vacíos, sin rastros de la mocosa. Por lo tanto, fui hacia mi única opción: el baño de mujeres.

Tardé más de un minuto en llegar, ya que se encontraba en el segundo piso y, cuando me localicé frente a la puerta, miré a todos lados antes de adentrarme; no necesitaba un castigo porque alguien me vio allí. De seguro me tacharían de pervertido.

Y no me equivoqué en mi elección. Cuando entré al baño, pude divisar a la mocosa frente al tocador, bebiendo de un pequeño frasquito, el cual contenía un líquido rojo: sangre.

Me extrañé un poco, ya que no sintió mi presencia, por lo que me quedé allí, sin hacer ruido, observando cómo luego se enjuagaba la boca con abundante agua.

Y, entonces, al ver que tenía intenciones de irse, me adentré por completo y puse seguro a la puerta. Mikasa se sobresaltó y volteó a mí dirección. Su expresión cambió a una neutra.

―¿Ahora qué quieres? ―preguntó fastidiada.

―Hablar contigo ―respondí simplemente.

―¿No te cansas de eso?

―En absoluto ―comencé a acercarme a ella.

―No sé en qué idioma quieres que te lo diga ―dijo retrocediendo, pero se topó con el tocador. Ya déjame, no quiero saber nada de ti.

―¿Por qué? ―pregunté divertido.

―Porque sí y listo. Ya me aburriste.

―Entonces... ¿Por qué me dibujaste si soy tan aburrido?

―¿Qué? ―preguntó confundida.

―Exactamente eso. Tú hiciste un dibujo de mí.

―No seas ridículo. Además, ¿cómo sabes que yo lo dibujé? ―dijo altanera.

―No lo sé... ¿Por qué será? ―mi tono juguetón no se iba ni aunque se lo pidiera. Ya sé... ¿Por qué es el mismo estilo que usaste en el cuadro de Elias?

Pude ver perfectamente cómo tragó duro, mientras que sus ojos se abrían levemente sorprendidos.
¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Lo sabía!

―Sólo estaba aburrida ese día ―se excusó.

―Claro, claro... ¿Y por eso tardaste más de cuatro meses en terminarlo? Siempre te observé, Mikasa. Y sé que ese dibujo lo has estado haciendo todo este tiempo.

―Mierda... ―la escuché susurrar.

―Mikasa, admítelo. Tú sí quieres estar conmigo ―comenté posicionándome frente a ella, encerrándola entre mi cuerpo y el tocador.

―No es cierto.

―Sí lo es.

―Que no.

―Que sí.

―Dime una razón, genio.

Esperaba con ansias eso...

―¿Por qué dormiste conmigo aquella vez? ―indagué altanero. ¿Por qué acariciaste mi rostro, me observaste cuando dormía y me abrazaste?

―¿Q-Qué? ―se quedó unos segundos sin saber qué decir. Sus mejillas estaban rojas―. ¿Estabas despierto?

―Claramente, mocosa ―dije lo obvio. ¿O qué crees? ¿Que te abracé toda la noche de la cintura porque mi cuerpo reaccionó dormido? Déjame decirte que estaba consciente de lo que hacía ―susurré en su oído.

Sus ojos comenzaron a cambiar de color, mientras que sus piernas y manos temblaban.

Abrió la boca levemente, tratando de decir algo, pero las palabras la abandonaron.

―Mikasa ―ella no respondió, esperando a que continuara―. No te dejaré sola.

Mi mano se movió por instinto, posándose en su nuca, para luego atraerla hacia mí y besarla, juntando nuestros labios en un corto y torpe beso. Sentí cómo apoyaba sus manos en mis hombros, apretando mi chaqueta, a la vez que un sollozo salía de su boca.

Volví a repetir esa acción varias veces, al ver que ella no correspondía y se quedaba tiesa en su lugar, sin saber qué hacer.

Para calmarla, la observé otra vez, divisando una pequeña lágrima en su mejilla que no tardé en limpiar.

―Mocosa, tengo un problema... ―dije sin apartar mi mano, acariciando suavemente su rostro. Estoy loco por ti. Jodidamente enamorado de ti...

No lo dudé y, otra vez, tomé su rostro con ambas manos y volví a estrecharla contra mí, de la misma manera que antes. La diferencia es que ahora no fue un simple beso, sino que, esta vez, me tomé el tiempo de degustar sus labios, saboreándolos como en tantas ocasiones había querido hacer.

Mikasa, al principio, estuvo reacia a responder, pero luego de unos segundos cedió y comenzó a moverse, correspondiendo el beso de la misma manera.

La urgencia con la que me besaba hizo evidente lo mucho que me extrañó, al igual que yo la había extrañado a ella.

Joder, tres meses sin ni siquiera poder hablarle con normalidad era demasiado.

No sé en qué momento pasó, pero ese delicado y dulce beso comenzó a volverse más errático y desenfrenado a medida que pasaban los segundos, aumentando mi deseo cada vez más.

Era como una droga.

Ella era mi droga.

Y me declaraba oficialmente adicto.

Mis manos curiosas e inquietas comenzaron a bajar, delineando su perfecta figura en el proceso, hasta posarse en sus muslos y tomar estos para lograr subirla al lavamanos. Mikasa, en cambio, coló sus manos por mi cabello, acariciándolo por unos instantes y, acto seguido, tiró de él, juntándome (si es que de podía) más a ella. Sus piernas, sutilmente, fueron envolviendo mi cintura, permitiéndome acariciarla.

Jodida mocosa.

Me está volviendo loco.

Mordí su labio inferior sin poder evitarlo, haciendo que de su boca se escapara un pequeño quejido. Aproveché esto último y colé mi lengua en su cavidad.

Cálido; ese fue el primer pensamiento que inundó lo poco que quedaba de mi mente en ese momento. Sentir su lengua jugar contra la mía fue una de las sensaciones más placenteras que había experimentado hasta ahora, se sentía jodidamente bien.

Nos separamos a falta de aire. La observé por unos segundos; sus mejillas estaban pintadas de un hermoso color carmesí, su respiración era entrecortada y sus ojos se encontraban levemente nublados y llorosos. Hermosa. Era una de las cosas más hermosas que había visto.

Volví a limpiar los pequeños rastros de pequeñas lágrimas, pero, al parecer, la mocosa no tenía los mismos planes, ya que tanteó su boca, buscando más contacto con la mía.

Y, como yo obviamente no iba a negarme, tiré de su cabello un poco brusco, repitiendo ese tan deseoso beso.

Mientras, mis dedos viajaba a su espalda baja y hacía presión allí para que sus piernas se cruzaran con más fuerza sobre mí cuerpo. Mikasa entendió el mensaje y, una vez que la tuve bien agarrada, no dudé en caminar un par de pasos y, finalmente, pegarla contra la pared, sintiendo nuestros cuerpos a mucha más proximidad que antes.

Mis dos manos continuaron su recorrido, aventurándose hacia sus largas piernas y rozando esas benditas medias negras que ella tanto amaba. Acaricié con suavidad el pequeño espacio de piel que se mostraba, hasta llegar a su falda, levantándola levemente y apenas tocando el costado de sus bragas, jugando con estas por unos segundos.

―L-Levi ―murmuró contra mis labios al sentir que la tocaba de esa forma.

La besé con más ahínco al escucharle decir mi nombre luego de tanto tiempo. Esa era una de las cosas que más esperaba, pues había odiado de sobremanera que me llamara nuevamente por mi apellido, por lo que escucharla decir Levi fue gratificante.

―Te extrañé, mocosa ―dije luego de separarnos, besando su frente tiernamente.

.

.

.
―Rivaille, le dejé cinco minutos y estuvo por más de media hora en el baño.

.

.

.