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ஜ۩۞۩ஜ CAPITULO 19 ஜ۩۞۩ஜ

—¡Eh, Anny! —exclamó Candy, refrenando su caballo—. Presiento que estamos cerca. Iremos más despacio, sin hacer ruido.

Su amiga asintió con la cabeza y miró hacia todos lados, muy atenta.

Se habían adentrado en la espesura del bosque y tenían la extraña sensación de que el gorrión cada vez estaba más nervioso.

Condujeron los caballos por entre las secuoyas gigantes mientras el sol penetraba entre sus ramas con las últimas luces del atardecer.

—¡Alto, alto! —Candy le hizo un gesto para que se detuviera—. Allí—le señaló algo unos metros más adelante.

Anny pudo ver parte de una cabaña de madera que emergía entre la espesura y su corazón se aceleró. No había vuelto a ver a Tony desde aquella última paliza... ¿y si estaba allí? ¿Y si él estaba vigilando a la niña?

—No tienes por qué venir conmigo.

La voz de Candy le obligó a apartar los ojos de la construcción para mirarla. Intentó serenarse y eliminar de su cara el gesto de pánico que seguramente Candy había detectado.

—No, no. Entraremos juntas —dijo, cuadrándose de hombros y respirando hondo—. No sabemos lo que podemos encontrar.

Candy desmontó y ató el caballo en un árbol. Sacó su Colt y comprobó la munición. De refilón, Anny se percató de que a su amiga le temblaban las manos.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —le preguntó.

Sus ojos verde se posaron en los de Anny sin un ápice de duda.

—No es que quiera, es que debo hacerlo —arguyó—. No podemos dejar a la niña a merced de esos salvajes. Mira lo que ha hecho Tony contigo... ¿qué hará con ella si no la rescatamos?

Aquellas palabras contagiaron a Anny de la misma necesidad de ayudar a la pequeña. Tenía razón. No podían dejarla en manos de aquel monstruo.

Juntas, recorrieron la distancia hasta la cabaña agachadas, ocultándose en la medida de lo posible entre los árboles. Candy notaba el vuelo del gorrión sobre sus cabezas y, de alguna manera, eso la tranquilizó.

Llegaron a la fachada y se apoyaron en ella, sin resuello. No porque el esfuerzo hubiese sido enorme, sino porque sus corazones golpeteaban con fuerza en el pecho y sus pulmones se estrangulaban con el temor de lo que pudieran encontrar.

Candy se arrastró hasta la pequeña ventana que abría una brecha en aquella pared de madera y asomó la cabeza con precaución. Enseguida localizó a Huyana. Estaba sentada a la mesa, comiendo de un generoso plato de frijoles y arroz. Su captor, un hombre de pelo rizado, moreno, la observaba complacido. Aquella escena la desconcertó. Pero no perdió tiempo examinándola y le hizo un gesto a Anny para que la siguiera.

Con sigilo, bordearon la casa hasta la puerta, que se encontraba cerrada. Candy levantó su Colt y lo amartilló. Tuvo que inspirar varias veces para serenarse. Anny le apretó la mano, infundiéndole ánimos y mostrándole su conformidad con los ojos. Solo entonces, Candy empujó la puerta con el hombro.

Con todas sus fuerzas.

—¡Quieto! —exclamó, apuntando con el arma al hombre.

Este levantó las manos, sorprendido. Dio un paso atrás y señaló a la niña con la cabeza.

—No le hecho nada. Ella está bien.

—Sí, claro —bufó Candy, escéptica—. Solo la tienes aquí secuestrada.

—De verdad... Hasta le he dado de comer.

—¡Oh, qué generoso! —dio un paso hacia él, con el arma fuertemente cogida.

—Él es bueno —les interrumpió de pronto la niña.

Candy la miró de reojo. No quería perder de vista al hombre.

—¿Qué dices, pequeña? ¿Acaso no te retienen contra tu voluntad?—preguntó, sorprendida.

—Los otros no le dejan que se preocupe por mí —explicó la niña—. Pero Charlie lo hace. Charlie quiere cuidarme.

Candy dejó escapar una exclamación ahogada. Centró toda su atención en el hombre.

—Entonces... ¿por qué no la devuelve con su familia?

Charlie tragó saliva. Hundió los hombros y miró a la pequeña con pesar.

—Ellos me matarían —susurró—. Soy un cobarde, lo admito. Y deseaba con todas mis fuerzas que lo que Huyana afirmaba acerca de usted fuera cierto.

—¿De mí?

—Sí. Dijo que la mujer del Este vendría a buscarla... ¿es usted, verdad? La mujer de Omusa.

—¿Omusa? —Candy no entendía nada.

—Creo que se refiere a Terry —aclaró Anny a su espalda.

Claro, Terry. Candy notó un estremecimiento al oír el nombre de su marido. Él era el padrino de la pequeña.

Charlie las miraba a una y a otra alternativamente. En verdad, la niña no se había equivocado. Eran las mujeres más hermosas que había visto jamás. Y, además, eran valientes.

—Llévensela. Ahora mismo, antes de que vuelvan —Charlie sonrió con tristeza—. Estaba deseando que vinieran, de todas maneras. Ya estoy muy cansado de esto. Ella...—señaló a Huyana— es muy especial y no se merece lo que le estamos haciendo.

Candy suspiró aliviada, pero no bajó el arma. Parecía sincero, mas no podía fiarse... No era tan ingenua.

—Muy bien —dijo—. Venga, nena, nos vamos.

Anny corrió hacia la niña y la cogió de la mano. Huyana se metió otra cucharada de comida en la boca antes de levantarse y la joven sonrió.

—Cuando estemos a salvo, te haré un estofado de carne para chuparse los dedos —le prometió.

Candy esperó a que salieran de la cabaña y luego reculó, sin dar la espalda en ningún momento a Charlie. En verdad, el hombre parecía aliviado.

—¿Qué hará usted ahora? —quiso saber.

Él resopló y se pasó la mano por sus rizos oscuros. Movió la cabeza y la miró con la misma sonrisa triste que había exhibido momentos antes.

—Trataré de huir. No sé si lo conseguiré, porque ellos son... muy vengativos. Pero he de intentarlo.

Candy dio otro paso atrás y, de pronto, cayó en la cuenta de que no sabía lo principal.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Para qué querían a esa niña? ¿Qué les ha hecho?

—Por el oro.

Candy no entendía nada.

—¿El oro? ¿Qué oro?

—Hay oro en estas montañas, señora. Averiguamos que existe un importante yacimiento en las tierras de los miwok, pero no fuimos capaces de dar con él. Secuestramos a la niña con la esperanza de que nos dijera dónde está. Ella es... Es un ser muy especial. Sabe cosas que ningún otro ser humano sabe. Pero el oro está en tierra sagrada y nunca nos ha revelado su paradero. Es una niña muy cabezota, hubiese preferido morir antes de confesar.

—Ya no hará falta que muera. Yo la devolveré con su familia—aseguró, bajando el arma por fin—. Que tenga suerte, Charlie.

Se dio la vuelta y salió para reunirse con Anny.

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Terry galopó como nunca para regresar cuanto antes a su hogar. Imaginaba lo que haría en cuanto saltara de su caballo y entrara en la pequeña cabaña. Abrazaría a Candy lo quisiera ella o no y la besaría hasta conseguir que lo perdonara por su comportamiento.

Pero cuando llegó, con el corazón frenético por la carrera y las emociones desatadas, encontró la casa vacía. Aquello era muy extraño; ya estaba atardeciendo y Candy debería estar allí...

Regresó sobre sus pasos y volvió a montar sobre Fuego.

—Lo siento, compañero —le dijo, acariciándole el cuello—, sé que estás agotado. Pero te pido un pequeño esfuerzo más.

Se dirigió al pueblo, mirando en todas direcciones, buscando desesperadamente la figura de su esposa entre los transeúntes que paseaban por las calles. Preguntó a varias mujeres, pero ninguna sabía dónde estaba Candy.

Terry estaba empezando a preocuparse de verdad.

Buscó entonces a Curtis y no se sorprendió cuando lo encontró en el salón de Sussy, otra vez. Desde que él había abandonado sus visitas a la madame, el viejo pasaba gran parte de su tiempo allí.

Loan vio llegar al vaquero y esbozó una sonrisa complacida.

—¡Vaya! Aquí regresa uno de mis mejores vaqueros —tomó un sorbo de su vaso de whisky y luego su sonrisa se ensanchó, divertida—. Por cierto, debes decirle a tu querida esposa que me devuelva los caballos que me ha robado. No sé para qué los quería, ni me importa. Suponía que me los devolvería en cuanto se desfogase un poco, pero ya casi ha anochecido y estoy empezando a preocuparme.

Terry se quitó el sombrero y miró a Curtis con los ojos muy abiertos. Luego posó su mirada en Sussy, sentada junto al viejo, que lo observaba también con aire divertido.

—¿De qué estás hablando? —preguntó.

—¡Demonios, Terry! Tú mejor que nadie deberías saberlo—explicó—. En cuanto te largaste, ella se reunió con su amiga Anny y me robaron dos caballos. Supongo que a tu esposa no le hizo gracia que te marcharas y quería desquitarse, darte una especie de lección. Ya sabes, no es una mujer al uso. Ninguna de las que vinieron lo es. Han demostrado con creces su carácter después de su empeño para llegar hasta aquí. Lo menos que se puede esperar de ellas es que se enfurezcan cuando el hombre que venían buscando no las trata como se merecen —Curtis hizo un alto y tuvo que contener la risa ante la mirada desconcertada de Terry—. Por eso no las detuve cuando me robaron. Candy se merecía ese desahogo y me alegra que buscara el apoyo de su mejor amiga. Al menos no se ha ido sola. Por cierto, son unas pésimas ladronas. La sutileza no es su mejor virtud.

—Pero... —el vaquero no salía de su asombro— ¿me estás diciendo que Candy no se encuentra en Loan's Valley?

La risa bailó en la boca del patrón antes de contestar.

—Veo que la fierecilla con la que te has casado guarda muchas sorpresas. Vamos, ¿no notaste que ella estaba molesta por tu marcha?

—No, no... Ella no... —Terry palideció al recordar su despedida.

Tuvo que sentarse cuando evocó la intensidad con la que Candy defendía la idea de que Huyana seguía con vida. Estaba convencido de que su mujer no había huido para darle un escarmiento a él. No, Candy no era de esa clase de mujeres. Nunca haría algo tan estúpido y tan poco eficaz. Había maneras mucho más inteligentes de llamar su atención por haberse largado de aquella manera. Algo dentro de Terry le decía que la huida de Candy no era en realidad ninguna fuga. ¡Que el cielo lo ayudara! Esa mujer cabezota bien podría haber ido ella misma a buscar a Huyana. Y si era así...

El miedo le cogió por sorpresa.

Sintió un vacío negro en el estómago al pensar que Candy había salido en busca de un imposible, exponiéndose a quién sabía cuántos peligros en el camino. Tenía que habérsela llevado con él. Ahora, lamentaba terriblemente haberla perdido de vista. ¿Y si ella...? ¡Oh, demonios! No podía ni pensarlo. ¿Y si no regresaba? Había pasado junto a ella muy poco tiempo, pero ya sabía que la necesitaba como no había necesitado nada en su vida.

—¿Qué ha dicho Tony de todo esto? —consiguió preguntar, a pesar de que el temor le atenazaba la garganta.

—Pues, para serte sincero, no lo sé. No lo he visto en todo el día—dijo Curtis—. Supongo que habrá ido en su busca. Si alguna de ellas fuera mi mujer, es lo que yo haría. No dejaría escapar un tesoro semejante.

A Terry no le pasó desapercibido el gesto de Sussy. Las palabras de Curtis habían conseguido que la madame se tensara en su silla y sus ojos, verde y azul, se velaran con un anhelo desconocido en su persona. Nunca la había visto así. Por un momento, pensó que tal vez hubiese querido que Curtis pronunciara esas palabras refiriéndose a ella.

No obstante, Terry no perdió tiempo en examinar la extraña actitud de Sussy, porque la revelación del viejo había convertido su miedo en un pánico creciente. Sabía que Tony era peligroso, a él no podía engañarlo. A pesar de su cara atractiva y sus modales exquisitos, Terry sospechaba que no era de fiar. Algo en sus entrañas se lo decía cada vez que se cruzaba con él. Si, como bien había elucubrado Curtis, el matrimonio con Anny no iba todo lo bien que debiera, Tony estaría furioso. Buscaría a las mujeres y cuando las encontrase, lo creía capaz de cometer cualquier atrocidad. Y Anny le preocupaba, pero Candy... Nunca se lo perdonaría si Candy sufría algún daño.

—Debo encontrarlas —dijo de pronto, poniéndose en pie.

—Sí, y yo debería acompañarte. También estoy preocupado por ellas —admitió Curtis, ganándose otra de las extrañas miradas de Sussy—. De alguna manera, me siento responsable de todas las mujeres que he traído hasta aquí.

—No eres su padre —espetó la madame, robándole el vaso para darle un buen trago.

—Cierto, pero bien podría serlo.

—Vamos, no eres tan viejo —ronroneó ella, cambiando de golpe su actitud ante aquel comentario de Curtis.

—Eres una aduladora, querida, y me miras con muy buenos ojos.

Ella le sonrió con un candor que sorprendió a Terry. Y, aunque hacía ya algún tiempo que los asuntos de Sussy habían dejado de importarle, cuando se alejaba en compañía del patrón no pudo morderse la lengua.

—¿Me lo he imaginado, o estabas flirteando con Sussy?

—Lo imaginabas, sin duda —respondió, con los ojos azules brillantes.

—Pero sí que es cierto que pasas mucho tiempo con ella últimamente...

Curtis soltó una carcajada y le palmeó en la espalda.

—Ya que tú estás muy ocupado con tu esposa, alguien tiene que entretener a la madame.

—Eres un mal bicho —susurró Terry, colocándose de nuevo el sombreo antes de salir del local.

CONTINUARA