XXI

Sin ataduras

Ginny había pasado algo por alto.

Mientras compraba viveres en el supermercado, recordó cuanto había dicho Harry (con el que se acostó) y la duda volvió a secuestrarla. Tenía que poner fin de alguna manera al tormento que suponía no saber si esperaba un hijo o no. Era tanta la alegría desatada a causa de la carta de Hermione que, sencillamente, olvidó el lazo que lo unía a un hombre. ¿Era ese dicho verdad? ¿Los hijos unen a las personas? Si lo era, tendría que pasar toda su vida junto al hombre con quien quiso desquitarse de la pena y obtuvo más de lo que hubiera deseado. No quería unirse a una persona que no había elegido: era algo parecido a que a la gente no le permitieran elegir a un presidente.

Para sacarse los fantasmas de las disyuntivas, tenía que hacer algo. Por lo mismo, fue a una farmacia, acarreando todas las bolsas donde venían alimentos, detergentes y varias cosas necesarias para el mantenimiento de la casa. Una vez allí, pidió una prueba de embarazo, rogando al cielo que funcionara de la misma manera en brujas. Como dinero le sobraba, compró tres, por si las moscas. Una vez realizada la transacción, Ginny caminaba de vuelta a la casa. Se encontraba prácticamente a la vuelta de la esquina. Supuso que el resto de la familia debía de estar por llegar por lo que apresuró la marcha y entró a su casa, dejó los paquetes sobre la mesa y acudió al baño, tan rápidamente que Harry no tuvo tiempo ni para decir un comentario.

Apenas la puerta del sanitario se cerró, toda la familia Weasley desfiló por la sala de estar, todos con caras sonrientes. Resultaba que los gemelos habían hecho el negocio del año: había un gran local de chascos en el centro de la ciudad y Fred le había sugerido a George que si compraban la susodicha tienda, ganarían más dinero del que se atrevían a imaginar. Cuando le mostraron las cosas que hacían, el dueño del local estaba tan impresionado que decidió vender su tienda, con la condición que él también pudiera trabajar en ella. Los gemelos accedieron y ahora, tenían una sucursal de Sortilegios Weasley en Norteamérica, en pleno funcionamiento.

—Ahora agradezco que no hayan querido seguir estudiando —decía la señora Weasley, palmoteando las espaldas de los dos—. Si hubieran seguido en el colegio, tal vez no se hubieran convertido en empresarios.

—Mamá —decía Fred—, los chascos han sido nuestra pasión por años. No importa si terminamos el colegio o no. Igual nos dedicaríamos a esto. Es lo que los Merodeadores hubieran deseado.

—Lunático, Colagusano, Canuto, Cornamenta —decía George en tono soñador—. Gracias por la inspiración.

Ron y el señor Weasley acababan de entrar. Eran los últimos. Harry notó que su amigo había enrojecido un poco. Decidió hablar con él en privado, cuando todos estuvieran ocupados pero, no tuvo que pasar mucho tiempo para que eso llegara a ocurrir. Ron acompañó a Harry a su pieza y se sentaron sobre la cama.

—¿Qué te sucede? ¿Pasa algo?

—No es nada… es que, mi… ya sabes.

Harry supuso que se refería a su nueva novia.

—¿Qué pasa con Carly?

—Cuando ella se despidió de mí, me dijo que fuera a su casa esta noche. Dijo que me preparara para un momento inolvidable.

Harry enarcó una ceja.

—¿Tú crees que ella quisiera tener sexo conmigo esta noche?

Ron tenía la cara tan roja que su cabello parecía ser una extensión de su rostro.

—Ay Ron. Puede ser muchas cosas. Tratándose de una mujer, no creo que sea lo que tú piensas. Tienes que entender que las mujeres, al menos la mayoría, no andan ofreciendo sexo así como así. Los hombres tienen, por decirlo de alguna manera, ganarse el derecho. Ahora, la forma en que lo haces, va a influír mucho en sus juicios. Por lo tanto, no te desilusiones si el sexo no llega. Si le haces ver que no vas por eso, que asistes por una mera cuestión de cortesía, entonces sí será una noche inolvidable después de todo.

—Es que estoy ilusionado.

—Abandona esa idea Ron —le dijo Harry, serio—. Haz que ella se ilusione, eso es todo.

—¿Cómo?

—Eso, amigo mío, sólo depende de ti.

Harry se levantó de la cama y le dirigió una última sonrisa.

—Pero, anda preparado después de todo.

Justo cuando Harry salió del dormitorio de Ron, la puerta del baño se abrió y Ginny apareció, con cara de haber visto un fantasma. Tenía unas cosas raras en la mano, que centelleaban de azul. La familia Weasley no entendía nada pero Harry sí lo comprendió.

Ginny había usado test de embarazo y, como habían arrojado un tono azulado, significaba que estaba encinta. Fue cuando cayó en la cuenta de algo más grave: ¿con quién habrá tenido relaciones? ¿Cómo pudo Ginny engañar a Hermione de esa manera? Tenía que saber cómo sucedió todo. Le hizo una seña a Ginny para que fuera donde él y le contara todo.

—Fui a un local nocturno y conocí a alguien, alguien que me gustó desde el principio, no sabría cómo explicártelo. Mientras bailábamos, quise ir a su casa y allí, lo hicimos. Lo hice todo como por inercia y no me di cuenta de lo que hice hasta que él me lo sacó en cara. Todo sucedió porque estaba destrozada. Hermione no aparecía y pensé que me había abandonado por otra.

Ginny, al terminar de hablar, comenzó a sollozar y se aferró fuertemente a Harry, arrepentida de haber cometido semejante error. Si hubiera sido más fuerte, haber confiado más en Hermione, no tendría que lamentar este incidente, no estaría esperando un hijo de alguien a quien no amaba en lo absoluto ni menos, verse forzada a unirse a el, en desmedro de lo que pudiera sentir Hermione.

—Tienes que decírselo.

—Lo sé —respondió la pelirroja, tratando de contener las lágrimas.

--O--

Hermione y Jessica salían del aeropuerto e iban a tomar un taxi que las llevaría adonde vivía Ginny. Harry le había dejado un mapa en donde salía marcada con un círculo la casa donde residía la mujer que amaba más que a cualquier otra cosa en el mundo. Jessica abrió la puerta del taxi y permitió que Hermione entrara primero. Luego, el vehículo salía hecho un bólido hacia la costanera. Conducía una mujer cuya meñlena negra sobresalía del asiento.

—¿Adonde desean ir?

—A la costanera, por favor —dijo Hermione.

—Lo lamento, no puedo llevarlas allí.

Ambas dieron un respingo.

—¿Por qué?

—Por orden del Ministerio —respondió con suavidad la mujer.

Hermione tenía una seria sospecha acerca de la identidad de la conductora.

—Harry ya debería estar aquí.

—¿Harry? —preguntó quien conducía.

Esto no hizo más que confirmar lo que pensaba Hermione. Jessica estaba aturdida.

—Pues no queremos ir a la costanera, gracias. —Luego, Hermione sacó su varita y petrificó a la conductora—. Siempre has sido una perdedora. El Ministerio derrocha ineptitud al mandarte a ti a detenernos.

Hermione hizo que el vehículo se detuviera y, con la ayuda de Jessica, dejaron el cuerpo inmóvil de Cho Chang en los asientos de atrás. Fue la amiga de Hermione quien se puso a conducir hacia su destino (Hermione no sabía manejar) pero, no tardaron en darse cuenta que alguien las estaba siguiendo. Jessica miró por el espejo retrovisor y vio a alguien muy feo al volante de un deportivo.

—¿Por casualidad conoces a alguien que tenga el pelo pegado a la cabeza como con pegamento?

—Snape —fue todo lo que dijo Hermione—. ¡Acelera!

Jessica pisó a fondo el acelerador y desvió por una calle céntrica que conducía, según los letreros que pasaban como rayos por encima de ellas, a la costanera. Snape parecía ir más rápido que ellas, al tratarse de un deportivo que costaba decenas de miles de dólares. Ya discurrían por la autopista cuando el profesor de Pociones se puso al lado del taxi y comenzó a embestir el vehículo de costado.

—¡Cuidado! —exclamó Hermione al ver un camión que se había detenido en medio de la calzada. El taxi pasó a escasos centímetros del pesado carguero pero Snape no se veía por ningún lado. El cielo estaba nublado y amenazaba con lluvia. La costanera sólo estaba a ochocientos metros y, justo cuando ellas pensaban que habían perdido a su perseguidor, un fuerte impacto hizo que se fueran hacia delante. Jessica miró por el retrovisor y se llevó las manos a la cara, aterrorizada.

—¡Nos vamos a matar!

—Sólo mira el camino —decía Hermione atropelladamente, al tiempo que miraba hacia atrás. Snape no parecía darles respiro y cada choque iba con más violencia añadida. Jessica vio la salida a la costanera y dio un giro cerrado para tomar el enlace pero Snape eligió ese mismo momento para embestir nuevamente al taxi, lo que hizo que Jessica perdiera el control del vehículo y se precipitara contra una barrera de contención, volcándose con violencia. Mientras tanto, Snape también perdió el control del deportivo y quedó empotrado en la pared del paso bajo que conectaba a la costanera.

Hermione, al llevar cinturón de seguridad, no sufrió heridas de gravedad, sólo unas raspaduras en su brazo y unas cuantas laceraciones en sus piernas. Jessica no corrió con la misma suerte. Al estar en el lugar de la colisión, sus piernas quedaron atrapadas y además, sufrió fracturas en las mismas y una contusión en el cuello que lo le permitía mover la cabeza. Por sus sienes corría un hilo de sangre. Hermione se desató del asiento cuando las primeras gotas de lluvia golpearon el pavimento. La puerta se abrió con un gemido y la castaña salió al aire, con las gotas de lluvia siendo más grandes cada vez.

Estoy cerca se dijo para sí pero, tenía una preocupación.

—Jessica. ¿Estás bien?

—No te preocupes por mí. Me vendrán a buscar. Anda, ve por ella. Se feliz.

—No puedo dejarte aquí.

—Sólo… ve por ella. Yo estaré bien.

Hermione creía que era poco ético dejar a una gran amiga atrapada entre los fierros retorcidos del taxi pero, la decisión de Jessica era firme.

—Está bien.

Hermione caminó hacia el lugar en donde se encontraba la residencia de los Weasley, sintiendo en el corazón que Ginny se encontraba más cerca de lo que ella imaginaba.

--O--

Ginny le había contado al resto de su familia que estaba embarazada y, a juzgar por la cara de pena que tenía, los demás no se lo habían tomado bien. En especial, la señora Weasley, quien estaba histérica y no paraba de gritar, reclamando que ahora tenía que casarse con ese hombre, a sabiendas que amaba a Hermione. El señor Weasley era más comprensivo que los demás, que no alcanzaban a entender el hecho que esperaba un hijo de un hombre, a pesar que ella era lesbiana.

—¡Si no me quieren entender, está bien! —había gritado Ginny, roja como un tomate y pasó como una exhalación hacia la sala de estar y salió a la lluvia.

—Esta noche habrá reunión familiar —sentenció la señora Weasley en un tono que no admitía réplicas.

—Pero —se atrevió a objetar Ron—, mi cita con…

—Tendrá que esperar. ¿Qué acaso lo de tu hermana no es importante?

Ron no halló otra alternativa que callarse. Harry, quien era mudo testigo de la crisis, dio un respingo cuando la señora Weasley se dirigió a él.

—Lamento que tengas que presenciar algo como esto. Por supuesto, tú no tienes culpa de nada. Sólo eres nuestro invitado.

Harry no hallaba qué decir.

Mientras tanto, Ginny caminaba por la costanera entre la lluvia, la cual era tan espesa que no se podía ver nada a más de diez metros. Pensaba en el chanchullo que le había tendido a Hermione al involucrarse con un hombre y luego se puso a pensar en qué diría si Hermione apareciera en ese preciso momento caminando por la costanera.

Una figura difusa se vio en la lejanía.

Ginny se puso en guardia. Sabía que éstas eran ocasiones perfectas para asaltar a alguien. Se quedó parada en medio de la lluvia mientras la figura se acercaba cada vez más. Venía rengueando un poco. Ya estaba a diez metros, más o menos, cuando Ginny observó una familiar forma en lugar de una silueta irreconocible. Se atrevió a dar unos cuantos pasos más, para darse cuenta que Hermione también se acercaba a ella. ¿Era un producto de su imaginación? No podía ser que la hubiera encontrado en tan poco tiempo después de haber recibido la carta. Sin embargo, el rostro de Hermione también se veía iluminado por el hecho de verla a ella caminar hacia ella. Cuando ambas se dieron cuenta que no eran ilusiones, ya no caminaron. Corrieron, aproximándose cada vez más…

El abrazo que sintieron ambas fue como si se soltaran de unas cadenas. No importaba cuántas gotas de lluvia cayeran sobre ellas: el calor que se daban ambas mujeres mitigaba cualquier frío. Daban vueltas mientras se miraban intensamente, como queriendo saber si no era la imaginación que les estaba jugando una mala pasada. El beso que se dieron ambas fue como la respuesta que estuvieran esperando durante cuatro meses. Ninguna de las dos dijo nada mientras se separaban.

Ginny tomó de la mano a Hermione y corrió hacia la playa. La arena mojada dificultaba la marcha pero, después de mucho esfuerzo, llegaron al asilo de una cueva natural que había formado el mar. Ambas se sentaron sobre el suelo y se acariciaron el cuello tiernamente antes de hablar.

—¡Hermione, te engañe, te engañé! ¡Me acosté con un hombre y ahora metí la pata, porque estoy esperando un hijo suyo. Sé que no tengo perdón de Dios por esto. ¡Lo lamento!

Ginny se abrazó a Hermione, quien no parecía enojada en lo absoluto.

—Yo también te engañé, Ginny. Me involucré con una amiga del trabajo e hicimos el amor en su casa después de una fiesta. Mi amiga sabía que tú ibas a hacer algo parecido. —Hizo una pausa para suspirar hondo—. Ambas nos engañamos pero, lo más terrible es que nos engañamos a nosotras mismas. Ahora, ya no tengo dudas. Ginny, es a ti a quien amo y a nadie más. Nada ni nadie me va a convencer de lo contrario y, estoy segura que sentiste lo mismo cuando te llegó la carta, ¿verdad?

Ginny asintió con la cabeza. Luego, el deseo reemplazó a la angustia de verse ambas engañadas. Cuatro meses sin verse era demasiado tiempo y sus cuerpos habían aprendido a vivir juntos y, lo único que deseaban era sentirse otra vez.

—Estás herida —dijo Ginny—. Muéstrame.

Hermione le enseñó el brazo, el cual tenía una magulladura leve pero le dolía al contacto. Ginny le tomó el brazo con una mano y le besó la herida. Luego, miró a Hermione. Estaban solas en una cueva, refugiándose de la lluvia. Era el momento ideal para desatar su amor, después de estar tanto tiempo sin verse y sin tocarse.

—Tengo heridas en mi piernas también —susurró Hermione, sonriendo un poco. Ginny le quitó el pantalón y vio que tenía algunas laceraciones en el muslo. Acarició sus piernas y, como con el brazo, besó la herida pero, esta vez, sus labios se desplazaron hacia arriba y Hermione se quitaba la sudadera y la camiseta con suavidad, dejándose llevar por aquellos labios que hace tiempo que ya habían memorizado su cuerpo…

Continuará…

Nota: No tengo ninguna página de internet. Todavía la estoy diseñando pero tengo intención de subirla.

Espero no haberme demorado demasiado con la actualización.

Gracias.