XX. Debate interno

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No tardamos en comprar lo que necesitaba. La lista que había comenzado escribiendo yo, la había terminado él —me había expulsado de su despacho antes que yo la acabara —. En la tienda de ingredientes tenían absolutamente todo y era cosa de leer y echar en la canasta. Salimos con cuatro grandes bolsas y nos subimos otra vez al carro que nos aguardaba afuera.

Durante toda la compra no nos miramos y si es que alguien lo hacía, debía con reproche, para que nadie sospechara nada, aunque a él le salía natural.

—Me dijiste que seguía castigada, ¿cómo es eso? ¿Ahora tendré que dedicarme a preparar pociones? —comenté con sarcasmo apenas estuvimos encerrados en el carro, camino al colegio.

Terminó de acomodar las bolsas y me observó. Otra vez estábamos frene a frente. Se inclinó hacia adelante y lo mismo hice yo, para besarnos otra vez. Las mariposas que tenía en mi estómago se me habían metido en las venas.

—Ahora te limitarás a estar conmigo —siseó, con la mano en mi barbilla, luego de separarnos.

Iba a poder estar con él.

Mi sueño se había hecho realidad. ¿O no?

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Sí, sí… lo admito: pensé que todo sería mejor, como un cuento de hadas, que estaríamos las tres horas que pasábamos juntos… JUNTOS, abrazados, conversando, besándonos, riendo. Pero no fue tan así. No niego que de saludo y despedida nos besábamos como si jamás nos hubiésemos visto, pero el conversar de cosas tan aburridas como el quehacer diario, o más anécdotas de mí vida, se hacía un poco monótono. Por supuesto, nos "veíamos" cuatro veces a la semana —no debíamos dejarnos llevar, además que siempre podrían darse cabida para las sospechas —, y mi excusa era realizar pociones… pero, esta vez, sí que el castigo era falso: tal vez si hubiese sido buena para la materia, lo hubiera intentado… sin embargo, era mejor dejarlo en manos del experto.

Y, admito también, haber dicho que no haría preguntas personales a Snape. Lo cumplí, por supuesto, pero las ganas me carcomían por dentro. Su misterio me atraía y sus ojos ocultaban algo. ¿Cómo lo sabía? Pues, simple: la manera en que me miraba contenía una dóbleme significado. Su forma de ser, por otra parte era la misma: irónica, sarcástica, burlesca y apasionada a la hora de demostrar afecto físico. Porque, si yo estaba esperando a que me dijera un "te quiero", me iba a llevar una amarga sorpresa. Por eso es que no esperaba aquello, y me dedicaba a disfrutar lo que podía, mientras el buen ánimo le duraba.

No todo era Severus Snape, por supuesto. Gran parte de mi vida continuaba con mis amigos, Shacklebolt y Margaret, quienes, constantemente, me preguntaban hasta cuándo estaría castigada. ¿Qué podía contestar yo?: que hasta que el Profesor de Pociones sintiera que la deuda estuviera saldada. Por otro lado podía, tal vez, salvarme un poco de pociones —estaba claro que Snape siempre me ponía una calificación más alta de la que merecía —, pero de los demás ramos, lo dudaba. Me exprimía el cerebro y las manos para recordar y practicar hechizos de Transformaciones, Botánica, Encantamientos y Defensa Contra las Artes Oscuras.

Y sobre todo de Defensa Contra las Artes Oscuras. La primera semana de diciembre comenzamos con el encantamiento Patronus: lo único que conseguía, en un principio, era que de mi varita salieran unas cuantas volutas plateadas bastante debiluchas. "Piensen en algo alegre, su mejor recuerdo" decía el profesor. Bien, yo pensaba en Severus, en sus besos, en cuando supe que nos correspondíamos. Pero eso no parecía ser suficiente.

Teníamos dos clases a la semana de Defensa, y esas dos clases fueron un fracaso total para la mayoría. La segunda semana, todos mejoramos un poco más, y la tercera, y la última antes de las vacaciones de Navidad —yo me marchaba para mi casa —, la mitad de la clase pudo hacerlo. Entre esas personas, yo, ¡por fin!

—¿Qué es? —inquirió Margaret, mirando con los ojos entrecerrados mi patronus. Yo hacía lo mismo: el animal tenía cabeza de león y…. ¡diablos!, cuerpo de dragón y cola de serpiente. Era…

—Es una quimera —contesté, más sorprendida que ella. Sin querer me sonrojé, aunque no tenía nada que temer.

—¿Una quimera? —saltó Kingsley, emocionado, volviéndose hacia mí —¡Es genial! El mío es un lince —hizo un gesto para que su patronus se acercara.

—El mío es… —comenzó Margaret, pero se había esfumado. Lo hizo otra vez, y resultó ser un oso salvaje.

Estuvimos unos minutos jugando con nuestros adorables patronus, aunque, de todos, el mío era el menos adorable. Varios se mostraron sorprendidos y aterrados al verlo. No obstante, como siempre, Míster Especial tenía que salir con alguna estúpida broma.

—Eh, miren, ¡Nymphadora ha tomado su forma original!

Los cuatro Slytherin presentes se carcajearon. Los demás no le celebraron la gracia, por suerte, pero aún así me ofendió.

—¿Qué te metes, Lockwood? ¿Has logrado crear el tuyo, o te da miedo que sepan que tu patronus tiene la figura de Masterson?

Hubo más carcajadas apoyándome a mí.

—Basta, señores, basta. No se distraigan, continúen los que no lo han logrado, tienen que marcharse a vacaciones habiendo aprendido esto.

Dejamos los insultos con Lockwood, pero al final de clase, apenas estuvimos lejos de los oídos del profesor, continuó con sus idioteces.

—¿Qué prefieres comer, Nymphadora? ¿Intestinos o sesos? ¿O prefieres escupir fuego?

Lo ignoré y continué caminando con mis amigos con normalidad, para ir a la clase de Sprout.

—¡Escuchen todos! A la fenómeno hay que conseguirle una quimera, así satisface sus necesidades.

Me tuvieron que afirmar para que no corriera a golpear sus partes privadas. Y, aunque lo hubiese hecho, no habría impedido que la noticia se propagara por todo el colegio. No era nada grave, pero fue totalmente vergonzoso que, al otro día, viernes, en plena clase Snape se me pusiera a molestar. Lo presentí, sin embargo, apenas pisé el umbral al aula. Había un sofocante ambiente de socarronería.

—Quimera Tonks, ¿podemos llamarla así, ahora? Es mejor que Nymphadora, después de todo—susurró con maldad, sacando carcajadas.

Me puse colorada y lo miré fijamente, tratando de que se diera cuenta que estaba enojándome.

—¿Tendrá algún significado oculto aquel animal? ¿O es porque le gustan las quimeras?

—¿Qué demonios le importa a usted? —contesté poniéndome de pie — No le he hecho nada para que comience a atacarme.

—Ahora sí —replicó él —; tu insolencia será castigada a la vuelta de vacaciones, Nymphadora Tonks. Ahora, pónganse a trabajar.

Sí, claro, excusas. Excusas para tenerme cerca de él. Eso era lo que quería, ¿no?, que yo lo atacara para tener alguna razón. De todas maneras, no me había hecho gracia. Me hacía sentir mal saber que mi patronus tenía la forma de un animal que él había nombrado, aunque fuese refiriéndose a mí. ¿Qué pensaría de mí, ahora? ¿Qué sería capaz de arrástrame por él? Bueno… pero qué pensaba, Dios mío, ¡si desde que supe que me gustaba comencé a hacerlo!

Qué mal me sentí, y durante la clase no paré de dirigirles miradas fulminantes, las cuales fueron omitidas olímpicamente.

Aquella tarde era la última que iba a pasar con Snape antes de irme al otro día a mi casa, pero no fui. No quise, me había bajado una depresión momentánea, la cual atribuí luego al periodo femenino favorito.

—¿No que hoy tienes que seguir haciendo pociones? —inquirió Margaret, a mi lado, cuando eran las seis y media de la tarde y yo seguía allí, a su lado, jugando a hacer trazos abstractos con tinta en un pergamino, con cara larga, en la mesa de la Sala Común. Estábamos solas en ese lugar; los demás ocupaban las butacas cercanas al fuego.

—Sí, pero, ¿qué más da? A vuelta de Año Nuevo tendré que hacer lo mismo.

—Mm… ¿y vas a decir a tu mamá que has pasado este trimestre castigada?

Me topé con sus ojos claros.

—No pienso decirle —declaré.

Margaret suspiró y inclinó hacia a mí, medio temerosa, medio amenazadora.

—Escúchame, Tonks. Sabes que yo no soy la de andar acusando, pero esto ya me tiene harta: ya no pasas tiempo casi con nosotros por estar castigada, tus deberes siempre quedan a medias y tu tiempo libre lo descansas. Soy tu amiga, o eso creo, y si he de hacer lo correcto, entonces le diré a tu madre yo misma. Snape está abusando de ti, por si no te das cuenta. ¿Eres su esclava, acaso? No quiero ser cruel contigo, pero no eres la mejor para las pociones, así que… ¿pretende que intoxiques a la mitad de la población mágica? Además, estás rara, si te preguntamos algo que no tiene ningún doble sentido, de inmediato subes la guardia.

No contesté. No supe que contestar, no me esperaba aquella declaración tan directa. No me ofendía lo de ser mala para las pociones, pero me preocupaba lo de decirle a mi madre. ¿Qué iba a suceder? No lo sabía… Lo peor de todo, a pesar de lo ya dicho, era que hasta Margaret se había dado cuenta del abuso de Snape, y eso que sólo pensaba en el castigo falso. Además, el haberme avergonzado ese mismo día durante la clase, no había sido muy simpático de su parte. Tampoco eso de estarme quitando tiempo. Obviamente teníamos que estar juntos en algún momento, pero había otras formas, más interesantes, más apasionadas, más peligrosas, sin embargo, que dejarían con una sensación amena en el corazón: besarnos a escondidas cuando nos cruzáramos, o… vernos a media noche y no en la tarde. Podrían ser diez minutos, pero los mejores diez minutos de nuestras vidas, y no tres horas aburridas, silenciosas, ambiguas y misteriosas, donde la curiosidad embestía contra mi fuerza de voluntad para mantenerme callada.

¿Le decía a mi madre, o no?

Según como marcharan las cosas en casa… tal vez. Alguna vez había oído que "no hay mal que por bien no venga".