—"Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas"—
=21. Una familia perdida en el tiempo =
—Las cosas más importantes de la vida son tu familia, amigos, salud, buen humor y una actitud positiva hacia la vida. Si tienes todo eso, lo tienes todo. (Anónimo)—
— El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca. Nacido de aquellos que lo desafiaron tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes— las palabras que Sybill Trelawney había pronunciado, no fueron ni por asomo, parecidas a las que hasta ese momento había espetado. Con una voz grave y una mirada perdida, la que se dijera descendiente de Cassandra Trelawney había vaticinado -en un último momento y captando por completo su atención- una verdadera profecía.
Fuera de aquella pequeña y modesta habitación del pub Cabeza de Puerco, la voz de su hermano Aberforth Dumbledore se hizo escuchar con un sonoro — ¡Hey! ¡Mocoso!— que llamó su atención. Un segundo después, se escuchó un jaloneo y Albus tuvo la certeza de que alguien escuchaba a hurtadillas tras la puerta. Estaba por ponerse de pie, cuando Trelawney volvió a abrir la boca. La profecía no acababa de ser vaticinada y Albus se acomodó en su silla, pendiente de cada palabra.
— Y el Señor Tenebroso lo reconocerá como su igual, pero el tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce. Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos vivirá si el otro sobrevive. El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso, nacerá al concluir el séptimo mes…— Sybill se agitó levemente y sus ojos parecieron enfocar un punto tras la cabeza de Dumbledore para luego volverse a sus azulados ojos. Tras carraspear un poco, la vidente recuperó su voz y preguntó:
— Disculpe usted. ¿Ha dicho algo?
— ¿No recuerda nada de lo que me ha dicho?— cuestionó el director con evidente perplejidad, al tiempo que se ponía de pie. Acercándose a la ventana, sus pensamientos trabajaban a mil por hora. La profecía… Un niño que nacería al concluir el séptimo mes… Sus ojos divisaron el exterior, justo cuando una cabellera negra se acomodaba y la capa que cubriera su cuerpo se ondeaba con el viento y el giro de la Desaparición.
— Ah, pues no. ¿Dije algo malo?— preguntó Sybill, apenada. Dumbledore no respondió inmediatamente, sino que siguió mirando por la ventana, al punto donde Severus Snape se había desaparecido. Sí él había sido quién escuchara la profecía, entonces se estaría dirigiendo a dónde el Señor Tenebroso para comunicarle lo escuchado. Y concentrado solo en el porvenir de la pobre Sybill Trelawney, quién fuera incapaz de predecir algo más que aquello, seguramente, se giró y sonrió:
— Queda usted contratada. El castillo de Hogwarts estará encantado de recibirla a primera hora. El nuevo trimestre comienza en Septiembre. Si me disculpa, estaré encantado de recibirla al amanecer— se disculpó. Sybill aún seguía dando brinquitos en su lugar con una sonrisa inocente cuando Albus abandonó el Cabeza de puerco.
Antes de retirarse, dejó dicho a Aberforth que la seguridad de aquella inquilina era imperiosa y que tendría que ser él, en persona, quién la escoltara a primera hora a los terrenos del castillo. Aberforth aceptó de buena gana y lo dejó marcharse, mientras que en su cabeza millones de ideas se agolpaban.
"El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca. Nacido de aquellos que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes"— con tan solo esa líneas, Dumbledore sabía que se trataba de un bebé. Y no de cualquier pequeño. Los padres de este, habrían de haber desafiado a Tom en al menos tres ocasiones y sobrevivido.
Dentro de la Orden, era sabido que la hermana menor de los Prewett, Molly, esperaba un bebé. Alice Longbotton también se hallaba embarazada. Igual que Lily Potter. Para cuando llegó al castillo, Albus estaba seguro, que aquel con el poder para derrotar a Tom Riddle, podía o bien, ser el pequeño de los Longbotton o ser el bebé esperado por los Potter. Alice y Frank Longbotton, junto a James y Lily Potter, habían desafiado ya antes al Lord. Lo habían encarado tres veces en distintos contextos y en distintos tiempos y ambas mujeres aguardaban el nacimiento de sus pequeños para el mes de Julio. El séptimo mes. ¿Quién sería el señalado por la profecía?
Más importante aún. ¿Podría él, uno de los magos más grandes de la época, proteger a los nacidos de sus más allegados alumnos y amigos?
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Escuchó cada palabra dicha por uno de sus más allegados seguidores con atención y sin señal alguna de alteración, cuando Severus acabó por transmitirle la profecía que acababa de realizarse anunciando la llegada de un mago tan poderoso, como para derrotar al Mago Tenebroso más grande de todos los tiempos. Frente a él, su lacayo parecía aguardar alguna respuesta de su parte pero en realidad, Tom Riddle, no tenía nada que decir. Su mente, se hallaba centrada en la frase que Severus le hubiera recitado, mientras que las ideas llegaban a su cabeza con velocidad.
"Nacido de aquellos que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes"— El Lord, no estaba seguro; en esas fechas, eran varias las mujeres que hubieran resultado estar embarazadas. De su lado, la misma Narcissa Malfoy se hallaba en cinta esperando la llegada de un niño, que según lo esperado llegaría al mundo el mes de Septiembre. Y Septiembre no era el séptimo mes. Por obviedad, más que por segura lealtad, Lord Voldemort desechó los embarazados que se hubieran suscitado entre sus seguidores, mientras intentaba señalar a las madres de sus posibles adversarios. Por una parte, podía o bien, tratarse de una mujer del Ministerio o de una de las guerreras del idiota de Dumbledore.
— Severus, amigo mío— comenzó— ¿Quién dices que ha profetizado esta tonta frase?— preguntó entonces.
— Yo… no estoy seguro de quién podría tratarse, pero estoy seguro que se trataba de una vidente. Dumbledore estaba ahí, de eso no tengo ninguna duda, mi Señor. Usted… ¿cree que me atrevería a mentirle a su señoría?— cuestionó el pelinegro, titubeando. Voldemort, clavó entonces sus ojos rojos sobre el Mortífago y sonrió. No era necesario recurrir a sus habilidades en Legeremancia como para deducir, que entre todos sus seguidores, Severus sería el último en llegar a mentirle.
— Tengo que irme. Tengo cosas que hacer… Puedes irte. Gracias por tu lealtad, Severus— respondió entonces y el Mortífago asintió con la cabeza, antes de retirarse del lugar.
Lord Voldemort se puso de pie y acto seguido surcó los cielos con esa habilidad tan suya que poseía. El viento aclaraba sus ideas, aunque no era capaz de precisar, quiénes eran los padres de la criatura que llegaría a finales del séptimo mes, guardando en su interior el poder para derrotarlo. —Pero es ridículo. ¿Cómo es posible que si en todo este tiempo nadie ha logrado si quiera herirme, sea un niño el que podría lograr mi derrota?— se preguntó internamente. La seguridad de que aquello no era más que un error lo invadió de repente, pero no podía permitirse el ignorar tan rotunda señalización de derrota. —Si ha de ser alguien que me ha desafiado un mínimo de tres veces, deberá entonces tratarse de alguien de ese tonto círculo que Dumbledore formó… Y serán todos esos idiotas de los que me deshaga primero— porque de algo estaba seguro. No importaba cuántas veces o quién estuviera por tener un hijo, entre más rápido se deshiciera de todo el séquito de Dumbledore que intentaba derrotarlo, más pronto erradicaría cualquier posible amenaza contra su poder.
Después de todo, solo Lord Voldemort era digno de vivir por siempre.
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Junio arribó al mundo, con la llegada del verano y una última misión que por poco, costó la vida de los hermanos Prewett. Desde hacía un mes, los ataques de Mortífagos se habían incrementado, al punto tal de que los duelos tenían lugar a plena luz del día y las carreras de escape eran cada vez más frecuentes para evitar los lugares repletos de muggles. Dumbledore tomó sus medidas, reunió tanto a los Potter como a los Longbotton y a los Prewett y los alertó de la profecía que se había realizado un mes atrás. Omitió a consciencia su certeza de que había sido Snape quién llevara aquella noticia al Lord, pero con la información dada, las protecciones aumentaron para aquellas mujeres que se presentaban embarazadas.
Pendientes del inminente peligro que corrían las mujeres en cinta, los hermanos Prewett habían optado por volver de La madriguera, el hogar de su pequeña hermana y sus sobrinos, William, Charles y Fred y George; una fortaleza de sortilegios y trampas anti mortífagos, que resultaron tan efectivos como para tranquilizarlos brevemente. Sus visitas se volvieron frecuentes y el mismo Arthur Weasley les planteó dejarle unirse a la Orden, pero Gideon y Fabián, se mostraron inflexivos respecto al único deber de su cuñado: proteger a Molly y al pequeño que llevaba dentro de ella.
Frank había optado por ocultar a Alice en casa de su madre, Augusta; al menos en lo que el último mes de embarazo durara, dado que así aseguraría no solo la seguridad de su esposa, sino también la de su hijo, quién poco después se enteró, llegaría al mundo a finales de Julio o inicios de Agosto. Al tiempo, se dedicaba a buscar un sitio seguro dónde posteriormente llevaría a su familia y que al vencer sobre la guerra, sería su hogar definitivo, aquel dónde Alice criara a un gran mago y su pequeño creciera seguro, sano y desarrollando un gran poder.
James, había decidido junto a Lily proteger más que nunca la mansión Potter y el departamento de Sirius, dónde más de una vez, Lily había tenido que quedarse mientras James arreglaba sus asuntos tanto en la Orden como un nuevo testamento, en el que pronto figuraría la herencia para su hijo, pues si de algo Lily Potter estaba segura, era que su atolondrado marido, movería cielo, mar, tierra, dragones e incluso las mismas Artes Oscuras para asegurar el porvenir del bebé que estaba próximo a llegar. Sirius no se había mostrado en desacuerdo con James y en más de una ocasión lo regañaba por no realizar dos o tres rondas más de sortilegios en sus residencias.
Peter tenía en esas fechas poco contacto con ellos, argumentando que su madre estaba en crisis y que necesitaba estar con ella, pero secretamente intentando llevar la mayor cantidad de información al Lord, quién volviera primordial averiguar quiénes dentro de la Orden se mantenían embarazadas y dónde se ocultaban. Y aunque parecía una misión sencilla, Pettigrew no conocía a detalle las fechas de nacimiento que las embarazadas tendrían y no había logrado que sus compañeros Mortífagos encontraran el momento para acercarse a alguna. Pese a todo, la información respecto a los planes de ataques y cuarteles más conocidos, fue proporcionada y de utilidad para el Señor Tenebroso y Peter disfrutaba de lo más cómodo el poder y la protección de la que gozaba al estar en el otro bando.
Por su parte, en lo que iba del mes, Remus solo había tenido una oportunidad de escapar de su comunidad de Lobos y había puesto en alerta a Sirius de que lo lobos comenzarían a llevar a cabo las actividades más sucias de los mortífagos. Fenrir Greyback desconfiaba en extremo de él, aunque parecía sentir, paralela e irónicamente, cierta afinidad con aquel cachorro –como solía llamarle- al que hubiera mordido ya hacía tantos años. Remus, se las ingeniaba para ganarse la confianza de cuantos pudiera, aun cuando mentía pesimamente respecto a sus verdaderos ideales.
Hacia los inicios de Julio, Dumbledore comenzó a atisbar la posibilidad de que hubiera un traidor entre sus filas, dada la exactitud con que Voldemort averiguaba sus estrategias, así que reservado y frío, comenzaba a crearse la idea de tener que emplear la Legeremancia con aquellos con quiénes no estuviera del todo seguro de sus lealtades, aunque siempre se detenía al último momento, recordándose que la base para derrotar a Tom, era no dejarse cegar por los estragos de la guerra y confiar en el equipo que se tenía.
La mañana del 29 de Julio, Frank y su padre, Algie, protegieron el hogar de los señores Longbotton, mientras que Augusta hacía los preparativos para que una sanadora de confianza viajase inmediatamente, dónde su nuera comenzaría a prepararse para llevar al mundo a un nuevo mago. La tarde corrió sin acontecimientos nuevos, aunque al caer la noche, la fuente se rompió y los dolores se intensificaron al despuntar el amanecer.
Mientras que la mañana del 30 de Julio, Sirius y Remus, quién hubiera dado todo de su parte para escapar y estar presente en un momento tan importante, realizaban las más poderosas protecciones con las que contaran, dado que Lily había anunciado que el heredero de los Potter nacería en cualquier momento. Una sanadora llegó junto a la siempre amable Bathilda Bagshod, aunque la noche cayó sin problemas y sin ningún recién nacido.
En los límites del país, Peter recibió esa misma noche, la misiva de entregar de una vez por todas las cabezas de Dorcas, Caradoc, Benjy, Edgar Bones y los hermanos Prewett, lo más pronto posible, pues estos habían logrado volverse una verdadera molestia ante los planes de Voldemort. Estremecido como se sentía, el pequeño Pettigrew se recluyó en la soledad de su hogar, para echar una mirada a los últimos acontecimientos.
Desde su entrada al círculo del Lord, había gozado no solo de libertades y una protección segura que día a día lo alejaban de la muerte. Voldemort parecía complacido con todos los recursos que le proporcionaba. Sus amigos parecían no reparar en algún cambio en su actitud, aunque a últimas fechas lo único que los mantenía ocupados era la protección del bebé esperado. Llegado a ese punto, Peter se sorprendió y es que a decir verdad, nunca había reparado en que semejante posibilidad pudiera volverse realidad: — ¿Podría ser el hijo de James, el que derrotara al Señor Tenebroso? Habría una posibilidad, de qué en esa, la última semana de Julio, en que él ni por asomo había visto a sus ex-amigos, ¿el niño de la profecía, naciera en el seno del matrimonio Potter?—
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—Julio 31 de 1980—
Los dolores habían ido en aumento de poco en poco al despuntar el amanecer y la fuente se había roto cuando el reloj marcó las 10 de la mañana. Bathilda Bagshod se encerró junto a la sanadora y Lily Potter en la recámara principal, mientras la labor de parto daba comienzo. James –como era de esperarse— había insistido arduamente en permanecer junto a su esposa en todo momento, mientras durara el nacimiento de su primogénito, aunque su excesivo nerviosismo logró que Bathilda lo corriera de la habitación a tan solo 20 minutos de haber entrado.
Así pues, mientras caminaba de un lado a otro frente a la recámara, con las manos en los bolsillos, la ansiedad comiéndolo en vida y la mente concentrada en lo que sucedía detrás de la puerta, el futuro e inminente padre, impregnaba de su nerviosismo a los dos hombres que le acompañaban, quiénes ya se habían resignado a no poder tranquilizarlos y solo habían aceptado sumisos su parte de ansiedad.
Remus como Sirius habían tomado asiento en dos sillas apostadas junto a la puerta de la habitación principal, ambos con permanentes caras de desesperación grabadas en sus rostros y el sentido auditivo alerta de cualquier posible cambio en el ambiente que se escuchaba dentro de la habitación. Mientras que el castaño conjuraba con su varita, nubes de colores para matar el tiempo y distraerse de la creciente ansiedad que se apoderaba de él con el danzar repetitivo de James; y el oji gris se arrancaba las cutículas de las uñas presa de una extraña y poca frecuente ansiedad, las mujeres encerradas en la recámara parecían haberse olvidado de ellos y el reloj conspiraba, con su tic tac que los desesperaba aún más.
La noche anterior, habían recibido el patronus de Frank, quién muy emocionado les había comunicado sobre el nacimiento de su bebé, al que junto a Alice habían decidido nombrar Neville. Su entusiasmo los había contagiado, pero aunque la noticia merecía su atención completa, Remus no podía negar que para él, resultaba mucho más emocionante recibir al bebé de James, quién llevaría en él, los genes de uno de sus mejores amigos y de la única mujer que lo había cautivado con su bondad y su infinito amor, tanto como para considerarla una hermana.
— Cornamenta, por favor, deja de danzar, me estás poniendo nervioso— comentó Sirius exasperado de las mil idas y vueltas de James, mientras miraba aterrado sus uñas, despojadas de cutículas. El de gafas se detuvo solo para mirarlo acusadoramente.
— ¿Qué te pongo nervioso? ¡Canuto! ¡Mi hijo está por nacer y…!— un fuerte grito proveniente de la habitación y de la boca de Lily, lo interrumpió y rápidamente los tres se pegaron a la puerta de madera, pendientes de cualquier nuevo suceso o de algún otro grito que se hiciera presente. En la planta baja, el reloj anunció las 12 del mediodía cuando una nueva oleada de gritos desgarradores, dejó petrificados a los merodeadores, asustados, preocupados y uno de ellos, en extremo desesperado.
Hombro con hombro, con la mirada fija en un pedazo de madera y el corazón latiéndoles a mil por hora, más parecían los tres chiquillos que McGonagall hubiera retado por primera vez a los 11 años, cuando los encontró encantando a las armaduras para perseguir a Mulciber, Avery y Snape, que los maduros adultos en quiénes se habían convertido (en lo que cabía decir) con el paso de los años.
Un nuevo grito fue proferido y acto seguido el único sonido que podría parecerse a la gloria, se hizo escuchar. Una nota aguda, un sonido infantil. El primer llanto. El heredero de los Potter, acababa de llegar al mundo.
Sirius y Remus volvieron instintivamente la vista a James. Con los ojos bien abiertos y una sonrisa de oreja a oreja grabada en sus labios, sus ojos brillaban a causa del reflejo de los cristales de sus gafas, pero bastó un segundo más de observación para que Remus se diera cuenta que las gafas no tenían nada que ver, sino más bien, que James contenía el llanto.
— James…— lo llamaron ambos al unísono poniéndole una mano en el hombro, cada uno. El chico volvió la mirada a sus amigos y sonrió.
— ¿U-Ustedes…? ¿Ta-también lo-lo escucharon?— preguntó tartamudeando.
— Sí, lo escuchamos. Eres padre, ahora— le aseguró Remus con una gran sonrisa. Sirius dio un brinco de felicidad y se arrojó a los brazos de su petrificado y alegre amigo. Remus también se unió a la celebración, seguían dando brincos de alegría, cuando la puerta se abrió y por ella Bathilda se asomó con una sonrisa tatuada en los labios.
— Pasa, querido. Alguien quiere conocerte— le dijo.
Ni tardo ni perezoso, James asintió con la cabeza, antes de dar un paso al frente con Sirius y Remus detrás. Apenas ingresaron, Bathilda y la sanadora abandonaron el lugar. Los instrumentos de trabajo de la sanadora habían desaparecido, las sábanas habían sido cambiadas, inclusive, llegaba a parecer que la luz del sol que entraba por la ventana, se colaba a través de los cristales de una manera en que nunca antes lo había hecho. En el centro de la cama, con una radiante sonrisa, con la frente perlada en sudor y con el cabello rojo un tanto revuelto, pero aun así, tan radiante como James siempre la veía, Lily Potter yacía sentada, cubierta con una fina manta de seda y sujetando un pequeño bulto entre sus brazos.
Sirius y Remus se rezagaron, dejando a James seguir hasta dónde su esposa, en un escenario que les pertenecía solo a ellos y a nadie más. El pelinegro, daba cada paso sintiendo su corazón acelerarse con cada uno y sus manos temblar ante la infinita alegría. A escasos dos pasos, su fuerza flaqueó, de la emoción y se detuvo un momento. Lily alzó el rostro para verlo y le sonrió, instándolo a acercarse por completo y admirar al ser que había llegado al mundo como la prueba verídica del inmenso amor que sus padres se profesaban.
— Mira nada más, la hermosura que hicimos juntos— le dijo Lily. James terminó por acercarse y tomó asiento junto a su mujer, mientras ella movía ligeramente el bulto en sus brazos, envuelto en una fina manta de seda azul cielo.
Acercándose para ver mejor, James contempló finalmente a un pequeño bebé, tan pequeño y frágil que parecía una bella pieza del más trabajado cristal. Sus ojos permanecían cerrados y una densa capa de pestañas negras parecía cubrirlos para evitar que se filtrara la luz. Pese a que hacía solo unos minutos acababa de llegar al mundo, su cabecita estaba tupida de cabello negro como el de su padre y en el remolino en que nacía, el primer mechón indicaba que al crecer sería tan revuelto como lo era el de los Potter. Su piel era blanca, como la de Lily, aunque no había rastro de las pecas características de la pelirroja.
— Hacemos buenas cosas juntos ¿verdad?— comentó sonriente.
— Muy buenas— aseguró la pelirroja con una sonrisa— Venga, cárgale— le pidió y extendió los brazos para que James tomara al bebé. De repente, la sonrisa que había permanecido tatuada en los labios de su marido desapareció y una mueca de pánico se hizo presente.
— Pero… yo… no… es muy frágil… no… yo…— comenzó a excusarse.
— ¡Por Merlín! Eres su padre, tendrás que cargarle alguna vez, venga, vamos, tómalo, lo harás bien— lo retó Lily. A sus espaldas, Sirius y Remus rieron por lo bajo y aquel sonido dio paso a que James finalmente extendiera los brazos y de poco en poco, con extremo cuidado y siguiendo todos los movimientos de Lily, tomara a su bebé entre sus brazos. Apenas se sintió lejos del regazo cálido de su madre, el pequeño bebé se revolvió en los brazos de su padre y sus ojos se movieron hasta que las pestañas se abrieron cual abanicos y revelaron el más hermoso rasgo que su bebé pudiera haber heredado de su madre: sus ojos.
Verdes como las esmeraldas. Cálidos como la esperanza. Brillantes como dos luceros. Grandes y redondos. Aquel par de orbes esmeraldas, era idéntico en color y sentimiento a los de la mujer que lo había llevado al mundo. Su reflejo se vio pronto plasmado en sus pupilas y no pudo sino sonreír, extasiado hasta el límite.
— Tiene tus ojos, Lily…— susurró con dulzura.
— ¿No podía heredar solo rasgos de los Potter, verdad?— se mofó la chica.
— Pues ojalá no haya heredado tú carácter, sería imposible para Cornamenta con dos Evans amargadas y refunfuñonas— rió entonces Sirius, cansado de permanecer en las sombras y decidido a que Remus y él, merecían ya su parte en la escena familiar. Lily lo miró y le lanzó una dura mirada antes de sonreír y negar con la cabeza.
— No es una niña— aseguró entre risas.
— Vengan acá, tontos— los llamó James alzando la mirada de su pequeño que asía sus manitas para que él las sujetara, pues era claro que ya lo había reconocido como su padre— Tenemos un nuevo merodeador—
Sin esperar más, los dos caballeros se acercaron a la cama y tras estar frente a James, se pusieron en cuchillas para poder observar al pequeño que yacía en sus brazos. Como su padre, ambos chicos se quedaron inmediatamente prensados de aquella hermosa imagen, que desde ese momento representó más para ellos, de lo que alguien podría imaginar.
— Se parece a ti, James— lo elogió Remus con una sonrisa.
— Pero con los ojos de Lily…— murmuró Sirius, anonadado.
— ¿Han pensado en un nombre?—
— Sí, de hecho sí— respondió Lily, mientras Remus acercaba su mano para acariciar la mejilla del pequeño— Su nombre es Harry. Harry James Potter—
— ¿Por qué James? Sería mejor Sirius— aseguró el oji gris, ganándose una buena mirada del recién estrenado padre—
— Espero que mi hijo, aspire a algo más que un cachorro molesto— se defendió James con una sonrisa.
— Piénsalo Jimmy. Sirius es más que un cachorro molesto. Es guapura, inteligencia, diversión… Todo lo que tú no eres— refutó el chico con una traviesa sonrisa.
— Canuto, cállate, no me hagas arrepentirme de lo que voy a hacer— le advirtió el de gafas
— ¿De qué?— cuestionó Sirius arqueando una ceja.
— Ya sabes que te elegí como padrino de bodas porque eres mi hermano y estaría dispuesto a dejar mi vida misma en tus manos— se explicó James entonces, poniéndose de pie. Harry se acurrucó en sus brazos y lo miró, atento al sonido grave y aterciopelado de su voz— Así que por eso mismo, Lily y yo queremos hacer oficial, que seas padrino de Harry.
— Sabemos que si algo malo llegara a pasarnos, tú cuidarás de él, lo encarrilarás siempre por el mejor camino y lo alentarás en sus sueños y sus metas. Sabemos que lo protegerás con tu vida y que lo amaras tanto como un corazón puede amar— prosiguió Lily.
— Así que… ¿Qué dices?— preguntó James. Sirius, quién como Remus también se había puesto de pie, echó una nueva mirada al pequeño bebé, quién había vuelto el rostro y lo miraba por encima de la manta de seda.
No necesitaba pensarlo, ni siquiera preguntarse si sería capaz de dar su vida por la de aquel niño. La respuesta era obvia. Nadie, ni siquiera él mismo, dudaba de que hubiera algo a partir de ese momento, que le interesara más, que la vida y seguridad de ese Potter recién nacido.
— Pues claro que sí— aseguró con convicción. James sonrió y agradeció la respuesta.
Pasaron la tarde metidos en la recámara. Remus instó a Lily a comer para reponer energías, ante su negativa de dejarlos marchar y dormir, mientras James cuidaba de Harry y Sirius comenzaba a hacer sus propias conjeturas sobre cómo sería el pequeño al crecer. Acababa de caer la noche, cuando Remus se despidió y Sirius marchó con él a su departamento. James arropó a Harry con una de las pijamas que habían comprado en la espera del bebé y Lily lo depositó en su cuna, colocada en la recámara ya dispuesta para él, que no era otra, más que la habitación que antaño había pertenecido a su padre.
Desde el primer día en que llegó al mundo, Harry Potter fue bendecido con el más grande don y un poder que nadie imaginaba fuera tremendamente poderoso: el amor.
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La noticia se extendió como se extiende el fuego al prenderse la pólvora. Los miembros de la Orden se transmitieron de patronus en patronus la información y en menos de una semana, ya todos estaban enterados sobre los nacimientos llegados al concluir Julio que anunciaban a los posibles candidatos de la profecía realizada.
Peter Pettigrew, quién había mantenido poco contacto con los Merodeadores, se enteró como todos del nacimiento de Neville Longbotton y Harry Potter; lo que terminó por causar que se lamentara por haber perdido aquella semana en compañía de Travers y Yaxley, en vez de estar presente en uno de los acontecimientos que podía ser crucial para la victoria o la derrota de su amo. Pese a todo, no perdió tiempo al enterarse y sin siquiera molestarse en fingir que se ausentaría, se puso en camino dónde Lord Voldemort para hacerle llegar las últimas noticias.
La respuesta del Señor Tenebroso fue inmediata. Ninguno de los dos niños alcanzaría si quiera el primer cumpleaños. La Orden del Fénix caería de una vez por todas. Dumbledore mismo caería ante su poder. Los Longbotton. Los Potter. Neville y Harry. No quedaría nadie. La verdadera caza, daba comienzo.
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Aunque la guerra parecía volverse eterna y el final se miraba lejano, el tiempo parecía no detenerse y contrario a lo esperado se movía con rapidez. Habían pasado tres meses ya de que Neville y Harry llegaran al mundo, las cosas habían tomado un nuevo curso y eran muchas las cosas que habían cambiado en los matrimonios Longbotton y Potter.
Agosto fue un mes por demás agotador para ambos, quiénes no solo tuvieran encima las responsabilidades y angustias de una guerra sino también las nuevas experiencias de ser padres. Durante el primer mes, Lily y Alice lograron recuperarse adecuadamente de sus embarazos, más no así de las ojeras prominentes y las largas desveladas en que los llantos de sus pequeños las mantenían despiertas. James y Frank, tuvieron que imponer nuevos y más poderosos sortilegios en sus hogares, además de aprender a bañar bebés, cambiar pañales, vestir pequeños y dormir a los niños. La Orden conoció a los niños en la primera reunión; Dorcas pareció encantada con Harry tanto como Emmeline se desvivió por Neville. Peter se mostró impresionado por el parecido tan irreal del pequeño Potter con el de James, más no lo suficiente como para sentir que su lealtad al poder de Voldemort podría llegar a flaquear.
Respecto a la guerra, los hombres lobo comenzaron a cazar y secuestrar personal del Ministerio, Remus se dejaba ver poco cada mes, pues era mucho más difícil escapar de su manada y los rumores de que Greyback comenzaba a adquirir un poder impresionante sobre las manadas no tardó en esparcirse. Los gigantes se unieron a la guerra y para Septiembre, corrían los fuertes rumores de que los Dementores comenzaban a dejar los terrenos de Azkabán en multitud.
La caza de los miembros de la Orden cobró fuerza. Sturgis Podmore fue enviado a San Mungo tras sufrir una gran despartición huyendo de los Lestrange, mientras que Caradoc Dearborn tuvo un verdadero duelo frente a Rockwood quién por poco llegara a herirle de gravedad.
En Hogwarts, el nuevo curso comenzó dando la bienvenida a un nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras y a Sybill Trelawney quién fuera a impartir la materia de Adivinación. Los alumnos volvieron al castillo, convencidos de que ahí sería el único lugar dónde permanecerían verdaderamente a salvo, pues era sabido el poder que Dumbledore ejercía sobre Voldemort e incluso, corrieron los rumores, de que serían muchos los que no volvieran a casa para las Navidades, por motivos de protección.
Con la llegada de Octubre, el pequeño Harry dio sus primeros indicios de palabras conocidas, como papá o mamá. Su cabello negro creció y mostró ser tan rebelde como el de su padre, aunque James lamentó que su hijo nunca podría parecer "presentable" como él mismo había pasado, Lily le aseguró que bien podría fingir que le gustaba así porque asimilaba su aspecto al bajarse de una escoba.
— Digas lo que digas, todos sabemos que así te enamoraste de mí— se mofó James cierta tarde, mientras jugaba con su pequeño de ojos verdes, con los hermosos peluches de lobo, perro y ciervo que su padrino le hubiera comprado. —No hay ratas de peluche bonitas. Peter se me está haciendo difícil de encontrar— se había quejado Sirius al llevar los juguetes.
Aquella noche del 31 de Octubre, el Valle de Godric como todo el mundo se había cubierto de luces, adornos y niños que salían de sus hogares envueltos en disfraces a pedir dulces de casa en casa. La Mansión Potter había sido más que reforzada con los mejores sortilegios y Peter y Sirius se habían pasado para celebrar la fecha con Lily, James y Harry. Mientras que Peter terminaba por encender las calabazas que flotaban en el comedor, Sirius ayudaba a Lily en la cocina y James intentaba que Harry no viera el gorrito de mago como un juguete más. Aquel año, quizás sería uno que Harry nunca recordara al crecer, pero para su familia era importante que comenzara a celebrar. Así pues, enfundado en una túnica morada con estrellas doradas y con un gorrito puntiagudo, James y Lily habían optado por darle a Harry el disfraz más sencillo e irónico en el mundo mágico: Harry iba vestido de Merlín.
— ¿No hacen falta las gafas?— preguntó Peter, al ver al pequeño en brazos de su padre, bajando por las escaleras.
— Es que se las ha quitado, creo que hubiera sido mejor disfrazarlo de calabaza— aseguró James, desde el pie de la escalinata.
— Yo creo que se ve mono— aseguró Lily surgiendo de la cocina, con Sirius detrás.
— Además de ponerle gafas, parecería una versión chistosa de Dumbledore. ¡Oh, podríamos conjurarle una barba falsa!— se mofó el oji gris entre risas haciendo a los demás acompañarle.
Cenaron lo que Lily y Sirius habían preparado, Peter los puso al tanto respecto a que su madre había decidido quedarse a vivir en el hogar de su difunta abuela y puesto en venta su hogar. También, hizo de conocimiento público que había adquirido una pequeña cabaña que fuera de su abuelo y la cuál se volvería su refugio oficial. Sirius se mostró reacio a llevar a Remus a la conversación, no lo acababa de perdonar por no haber logrado escapar para Halloween de su comunidad, pero nadie podía negar que no se mostrara preocupado por el castaño. Mientras el postre era servido, Harry se entretuvo jugando con el gato que en el cumpleaños 19 de Lily, Dorcas le hubiera regalado y que desde entonces, había permanecido con ellos. A últimas fechas, el gatito era un gran compañero de juegos de Harry, cuando sus padres parecían no prestarle atención.
— ¿Qué tal si jugamos un rato en el jardín?— cuestionó James con una sonrisa y lanzando una mirada significativa a Lily. La pelirroja pareció no estar convencida de consentir aquella proposición.
— Venga pelirroja, será solo un rato. Harry necesita que le dé el aire de vez en cuando, recuérdalo— aseguró Sirius en pos de abandonar la mansión. Finalmente, la chica cedió y los cuatro dejaron el salón para admirar las luces del pueblo y un cielo tan despejado que las estrellas alcanzaban a distinguirse. Según el reloj la hora apuntaba a dar las 11 pero aun así, eran varios los pequeños que danzaban disfrazados. Sin perder tiempo, Sirius tomó al pequeño Harry de brazos de su padre y echó a correr por el jardín instando a Peter a seguirlos.
— Esto tendremos cuando termine la guerra— le dijo a Lily, al acercarse a ella y pasarle un brazo por los hombros.
— No sabemos cuándo pasará eso…— susurró Lily, un tanto abatida.
— ¿Y? Las guerras no son eternas pelirroja, el final llegará pronto, todos esos tendrán su merecido y tú y yo, finalmente disfrutaremos de nuestra familia— aseguró el pelinegro, su sonrisa genuina y sus ojos brillando ante la ilusión, la hicieron sonreír a ella también y sin poder resistirse plantó un beso en su frente. Sirius, Peter y Harry habían llegado ya al jardín trasero así que tuvieron que seguirles, los encontraron con Harry en el césped y Sirius persiguiendo a Peter apuntándole con su varita. Antes de que Lily llegara dónde su hijo que reía con ganas, James rompió en carcajadas al admirar a Peter enfundado en un mono disfraz de calabaza.
— ¡Canuto!— se quejó el pequeño Pettigrew
— Te miras muy sensual Pete, anda, ríe— respondió Sirius. Peter pareció amedrentar, solo lo suficiente para buscar su varita y lanzar a su amigo el mismo conjuro, pero en aquella ocasión, con un disfraz distinto.
— ¡Colagusano!— refunfuñó Sirius, aunque con un poco de dificultad, pues una capa negra había surgido, sus ropas parecían antiguas y en su boca, dos colmillos brillantes habían aparecido. Peter rió con ganas al ver al oji gris y un segundo después, Lily se unió a ellos.
— Eso disfraces me recuerdan algo…— murmuró la pelirroja.
— ¡Sí! Son los mismos que usaran en segundo curso. Cuando encantamos el comedor— celebró James, de repente, completamente animado.
— Entonces falta algo— Lily había sacado su varita del bolsillo y con un solo movimiento, convirtió las prendas de su marido en el típico disfraz de pirata. James pareció sorprenderse, pero fue la voz de Sirius la que prevaleciera:
— ¡Y decías que no le prestabas atención!— se mofó el oji gris— Creo que alguien puso más atención de la cuenta en lo que llevabas puesto, amigo mío— le dijo a James, el de gafas miró a su esposa con una sonrisa que le hizo recordar las veces en que la miraba desde su lugar en el Gran Comedor o cuando lo retaba por alguna trastada. Lily pareció sonrojarse y de repente, sintió un interés especial por el cuello de la túnica de Harry.
— Bueno, yo también recuerdo lo que alguien llevaba esa noche— murmuró. Su varita había sido sacudida y un preciso vestido bombacho y colorido, enfundó a Lily. Una tiara y algo de brillo y Harry, contempló embelesado a su bella madre, convertida en princesa.
— Y por si te hacía falta saberlo, James no conjuró ningún disfraz a otra chica esa noche. Aunque en ese entonces no te mirara como idiota— aclaró Sirius con una dulce sonrisa. Lily volvió a sonrojarse y James rió ante aquella reacción.
— Y ya que estamos vestidos, ¿podemos pedir dulces?— cuestionó James al cabo de un rato.
— Espera, si saldremos de aquí, hace falta algo— aseguró Sirius— Una sacudida y bastará— con su varita en alto, conjuró unas diminutas gafas, una barba que no causaba comezón y Lily enderezó el gorrito de Harry. Merlín había llegado y se miraba completamente lleno de energías.
Entre risas y chistes, dejaron el jardín para rondar por el pueblo, tocaron a las puertas, recibieron los dulces del pequeño bebé y antes de la media noche volvieron a la mansión para depositar el botín. Harry finalmente se había quedado dormido en brazos de su padrino y tras acostarlo en su cuna, él y Peter se despidieron de los Potter, pues había llegado la hora de volver a casa.
Desaparecieron por la chimenea, hasta sus hogares. Sirius se sentía pleno, pues después de tanto y en medio de incertidumbres que nunca los abandonaban, del temor de saber que podía ocurrir, finalmente había podido pasar un día sin pensar en estrategias y duelos y solo disfrutar el momento en compañía de su familia.
Peter llegó a su guarida, con una sonrisa en los labios. Había accedido a pasar el Halloween con sus ex amigos por cortesía y por la seguridad de que el mantenerse en contacto y fingir que nada había cambiado le permitiría seguir perteneciendo a un círculo dónde sacará algún provecho (y dónde se resguardaría en caso de que algo en su zona de confort saliera mal) más sin embargo, había recordado por un breve momento lo que era estar entre ellos, divertirse, jugar y reír y aunque muchas cosas habían cambiado, aunque su posición era privilegiada en su nuevo círculo, no pudo evitar, añorar los días tranquilos y en los que solo había diversión.
James y Lily se fueron a la cama con la certeza de que al despertar, la guerra volvería a ser primordial, pero seguros de que pese a cualquier obstáculo que pudieran atravesar, era a escenarios como los de esa noche por los que lucharían hasta el final.
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Una docena entera de muggles, se detuvo impactada ante aquella sencilla casa. Sus ojos se mantenían fijos en la enorme figura de humo que se había trabajado sobre el tejado. Muchos rumores se hicieron pronto. Algunos dijeron que eran actos de vandalismo, otros que aquello tenía ver con sectas religiosas, aunque ninguno logró dar con certeza un significado a aquella imagen.
Negra como la tinta, grande como las nubes; una calavera rodeada por una serpiente que le salía de la boca, se había dibujado sobre un pobre hogar dónde un matrimonio fue asesinado. Y aunque los muggles no hubieran dado un significado mayor al asunto, la Comunidad mágica, sí lo hizo.
— Otro ataque— murmuró Sirius desde la ventana de su departamento, en una zona residencial del Londres muggle— Benjy y Emmeline han ido ya hacia el lugar de ataque, ¿necesitarán ayuda?—
— ¿Por qué no vas y te das una vuelta?— le propuso Lily desde el sofá de la sala, con una sonrisa. En sus brazos, Harry de 5 meses cumplidos dormitaba apaciblemente sin ser consciente de lo que en las afueras, acababa de suceder. Sirius se apartó de la ventana y sonrió, mirando a su cuñada.
— No, no, si algo necesitan, nos harán saber. No puedo dejarte aquí, al menos no hasta que James vuelva— aseguró con convicción. Lily no discutió pero su mirada dejó claro que ella también deseaba salir para auxiliar a sus amigos en lo que respectaba al ataque.
— ¿Has logrado contactar con Remus?— preguntó la chica al cabo de un momento, cuando Sirius tomó asiento en el sofá individual y miró directamente el fuego crepitar en la chimenea.
— Sí, parece que podrá dejar a la manada para Navidad, aunque lo cierto es, que no sabe si podrá visitarnos en Año Nuevo— respondió el oji gris, sonriente.
— Pobrecito Remus, me preocupa el tiempo que pasa con los lobos. No quisiera ofender, pero no residen en los mejores lugares—
— Pues a mí lo que me preocupa, es que Cornamenta demore demasiado. No es como que fuera demasiado difícil lo que iba a hacer— se quejó Sirius. Lily rió por lo bajo, cuando el oji gris se preocupaba, refunfuñaba bastante y le causaba gracia. Harry pareció dar señales de despertar, justo cuando un sonoro ¡Crac! se escuchó y James apareció en medio de la entrada, con el abrigo sucio, el cabello revuelto, una bolsa pequeña en la mano y algo de ceniza en la cara. Lily se puso de pie al instante junto a Sirius y no perdieron tiempo al acercarse donde el recién llegado:
— Jimmy ¿qué ha pasado?— preguntó Sirius. El de gafas se quitó el abrigo antes de responder, enderezarse las gafas que llevaba algo torcidas y reír.
— Crabbe y Goyle me vieron cuando salía de Gringotts, así que me dieron una buena carrera. Los perdí detrás de Ollivanders y me eché la Capa encima— narró James divertido— Esos tontos, no han visto venir mi maleficio, salieron del callejón bailando un mono tango— rió el chico.
— ¿Y esa ceniza?— cuestionó Lily, aún preocupada.
— Ah… pase a ver a Florean Fortescue y he traído helado, pero cuando venía hacía acá, el pequeño Mundungus me ha intentado vender un intento de trampa mágica. Lanzaba una buena chispa, pero me ha estropeado el abrigo— se quejó— Quiten esas caras, he dicho que traje helado— sonrió el joven Potter. Sirius pareció conforme con la explicación y recibió el helado que James llevaba en la mano dentro de la bolsa. Lily en cambió rodó los ojos y sacó su varita, limpió la ceniza del rostro de su marido y dejó a Harry en sus brazos, quién al oír la voz de su padre, había despertado en un santiamén.
Mientras James preguntaba sobre el ataque suscitado que vio al conjurarse la marca en el cielo, los tres comieron helado y Harry picó un poco del de la pelirroja. Finalmente, James comentó con alegría que había arreglado los asuntos legales y que en cualquier caso, Harry estaba bien resguardado, por la herencia monetaria que su padre le dejaba. Las buenas nuevas llegaron, cuando Sirius anunció que para el 24 de ese mes, que estaba por llegar en tres noches, Remus estaría con ellos, aunque Peter se había excusado, por pasar Navidad en casa de su madre. Mientras James ayudaba a Lily con la cena, Sirius cuidó de Harry y le conjuró animales de estrellas con su varita. Lo hizo reír y lo gritar de la emoción, pero aquello era típico cuando jugaban padrino y ahijado.
— ¿Emocionado cachorro? Será tu primera Navidad— le dijo Sirius, encantando las mágicas estrellas con la forma de un pino— Verás que será especial, una de esas pocas noches en que podremos olvidar a Lord Tonto y su Ejército de bobos— aseguró el oji gris. Y no estaba exagerando.
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En la cocina, el aroma a pavo y tarta de melaza invitaba a entrar y degustar los deliciosos platillos, mientras que el zumo de calabaza permanecía en la nevera, junto a la cerveza de mantequilla. En la sala, se había sacado una buena botella de Whisky de fuego para brindar y las botas de Navidad ya colgaban de la chimenea dispuestas a amanecer llenas. Lily terminaba de leer la críptica y escueta nota de Navidad que Petunia le enviaba, pues aunque en su último encuentro personal la rubia había dejado en claro que no deseaba saber más de ella, Lily había sido feliz al descubrir que no le ignoraba las cartas que le enviaba y que aunque fuera a secas, una respuesta llegaba a sus manos.
En la sala, James había tomado asiento junto a Harry en la alfombra y ambos sujetando la varita del pelinegro, conjuraban las esferas para colgarlas de las ramas. Los colores, amarillos, rojos, azules y las esferas con forma de snitch dorada prevalecían, pero los pocos lazos verdes y plateados habían comenzado a perderse. Inconscientemente y aunque habían decidido que el árbol de Navidad contendría todos los colores de Hogwarts, el chico sabía arreglárselas para opacar los símbolos de Slytherin.
— Venga Harry, ahora estos cuatro animalitos— le animó James, mientras hacía flotar los detalles con las formas animales de los Merodeadores hacia el árbol. Harry rió al ver los animalitos alzarse por los aires y reposar entre las ramas y James correspondió a sus risas, completamente prensado del hermoso sonido que emanaba de su hijo al estar feliz.
Al cabo de unos minutos, el timbre sonó y Lily se dirigió a abrir. Bajo la nieve del invierno y cubiertos con bonitas capas de viaje, Sirius y Remus hacían acto de presencia y en sus manos, llevaban regalos. La pelirroja los saludó con ánimos y los instó a pasar, Harry y James ya estaban de pie, cuando los caballeros y la dama, aparecieron en la sala.
— ¡Por las barbas de Merlín! ¿Este es Harry Potter? ¡Pero qué grande que estás!— lo alagó Remus al acercarse a él. El pequeño pareció dudar de quién era, pero solo durante una fracción de segundo, pues un momento después se dejaba cargar y abrazar por el castaño, mientras Sirius depositaba los regalos de ambos bajo el árbol, dónde los regalos de los Potter ya habían sido puestos.
— No acapares Lunático, déjame ver a mi ahijado— le riñó Sirius con una sonrisa. Harry pasó entonces de brazos de Remus al regazo de su padrino y no perdió tiempo en comenzar a jugar con los largos cabellos del muchacho.
Entre risas, Lily los invitó a tomar asiento y las cervezas de mantequilla no tardaron en flotar hasta sus manos, mientras las charlas comenzaban. Como en cada fecha especialmente alegre se omitió el tema de la guerra, Lily habló sobre como Alice se había renovado con su embarazo y Sirius y James narraron lo orgulloso que Frank se sentía de su hijo, al que ya habían escuchado hablar y llamar a su padre. Remus sacó de sus bolsillos unas cuantas ranas de chocolate y dio a Harry un pequeño trozo, que pareció saberle delicioso, pues de repente, el pequeño deseaba con ganas estar en brazos de su tío.
Pasaron a cenar cuando el reloj marcaba las 9, James se encargó de que Harry comiera entre muecas graciosas y burlas de sus amigos, pero cuando dejaron que Remus intentara alimentar al pequeño, este no logró más que Harry arqueara las cejas.
— No serás buen padre, Lunático— se mofó Sirius.
— Mira quién lo dice, el que no se anima a tener novia formal— le dijo Lily en defensa del castaño.
— La formalidad sale sobrando— acotó el oji gris— Y aunque tampoco tengo novia informal— aclaró ante las muecas de sorpresa de los presentes— Solo quería dejar en claro ese punto—
— Ya Canuto, déjate de excusas. Aquí todos sabemos que es más probable que Remus siente cabeza a que tú lo hagas y seas padre— le dijo James con burla.
— Y seguramente, de ser padre, yo sería mucho mejor que tú— acoto Remus entonces.
— Deseo ver eso. Un pequeño Remus y un pequeño James, por enviarlos juntos a Hogwarts, no me niego a sentar cabeza— aseguró el chico entre risas. La cena prosiguió y pronto el postre llegó. Lily dejó a James degustar su tarta y fue ella la que siguió cuidando de Harry, la charla se plantó entonces en la ausencia de Peter, aunque no lo lamentaron demasiado, dado que el chico se encontraba con la persona más importante que tenía en su vida: su madre.
Al sonar las 10:30 volvieron a la sala y dejaron a Harry gatear por el lugar, mientras las copas de Whisky eran servidas y el pequeño se divertía con sus juguetes. Lily lo miraba desde su lugar, mientras Harry hacia sonidos parecidos a los que creía que hacían sus peluches.
— ¿Has estado con Harry en tu forma animaga?— cuestionó Sirius a James, al ver a Harry jugar con el minino de los Potter.
— Por supuesto que no— se apresuró James— No me fio de mis propias astas, quizás cuando crezca un poco más—
— Pues cuando lo hagas, quiero estar presente. Sería increíble que no viera de esa forma. Bueno a ti no Remus, tú eres demasiado feo en humano como para verte cuando eres lobo— se mofó el oji gris, restándole importancia a la condición del castaño. Junto a sus amigos, Remus rió y se sintió cómodo hablando de lo que era, pues aunque en la actualidad, convivía demasiado con los lobos, solo con los Merodeadores, lograba sentirse en confianza y verdaderamente a salvo.
— Y bueno ¿esperamos a Santa Claus, o qué? ¡Abramos los regalos!— los instó Black con una sonrisa. Harry pareció entenderle porque reclamó atención y Lily no tardó en concedérsela. James se acercó al árbol de navidad y fue buscando en los regalos el primero que él entregaría. El primer regalo de Harry, de parte de sus padres. Lily recibió la caja azul sujeta por un listón plateado y cuando la abrió, Harry, que ya había metido la cara a la caja, descubrió una preciosa túnica de mago, azul zafiro con detalles acabados en hilo dorado y un puntiagudo gorrito característico de la comunidad. Harry pareció contento con su regalo y tras asir con sus manitas la prenda, descubrió también una snitch dorada con las iniciales de sus padres grabadas en ella:
— Ha pasado un tiempo, así que ya no vuela tan rápido como antes, pero servirá para que juegue— aseguró James con una sonrisa, al tiempo que la pelota extendía sus alas y Harry se divertía intentado encontrarla. Como era de esperarse, la bola dorada ya no era tan veloz, pero pasó un rato antes de que el bebé lograra divisarla sobre la cabeza de su padre. James la cogió y se la dio y Harry comprendió que era mejor no soltarla.
— ¿Es la misma que robaste de la oficina de Madame Hooch?— preguntó Remus
— Exactamente. Mi primera snitch— respondió el de gafas.
El siguiente regalo, fue de Remus para Lily. Algo apresurado, pero sin dejar pasar la ocasión, Remus le había comprado un libro se pastas gastadas y páginas amarillentas, escrito por una autora muggle de la época antigua y que la pelirroja solía leer en Hogwarts cuando había tiempos libres:
— Sentido y Sensibilidad de Janes Austen— rezó Lily con una sonrisa— Muchas gracias Remus. Me agrada el aroma de los libros guardados y desgastados— exclamó ella, llevándose la obra a la cara y saboreando el aroma que de esta emanaba. No era una primera edición, pero ese aroma a antiguo y esa textura frágil, habían logrado hacer completamente feliz a Lily. Sirius se puso de pie y tomó dos cajas, las extendió a James y Remus; al abrirlas los jóvenes sonrieron al encontrarse ambos con un surtido de bengalas del doctor Fillibuster, naipes explosivos, bombas fétidas y una caja de grageas de todos los sabores.
— Para que no se olviden de las herramientas indispensables de un Merodeador— les aseguró.
— Hacía un tiempo que no veía estas bengalas— suspiró Remus.
— Yo estoy seguro que no importa el tiempo, seguirás perdiendo en los naipes, Lunático— le aseguró James, alzando la baraja. Lily rió y tomó otro regalo. Lo extendió a Sirius y lo abrazó para su sorpresa.
— Lo he conseguido, pensando en que hace tiempo que no te veo con una. Quizás se encogió la que tenías— le dijo al oído. Sirius abrió su regalo cual niño ansioso y al quitar la tapa la caja, sus ojos brillaron encontrando una chaqueta de cuero negro, junto a un disco de la banda inglesa The Beatles, que tanto le había gustado al muchacho en su adolescencia.
— Pelirroja, adoro que me conozcas bien— le dijo con una sonrisa. Los siguientes presentes fueron para Remus, un diario encuadernado en piel de dragón y una pluma que pintaba en tinta invisible, pues así le sería fácil ocultar sus secretos de alguien indeseable en su comunidad. James recibió otra túnica y una botella de Hidromiel añejada. Sirius obtuvo una navaja multiusos de parte de Remus y Lily un precioso vestido de parte de su marido, junto a una nueva capa de viaje de parte de Sirius. Las cajas restantes pertenecieron a Harry, Remus le llevó al pequeño un cojín para saltar sin hacerse daño y un bonito teclado que dejaba escuchar las mejores cancioncitas infantiles del mundo mágico. Sirius compró una túnica de Quidditch que parecía más de Gryffindor que de otro equipo y un tren que era la réplica exacta en miniatura del Expreso de Hogwarts.
Pasado un rato, los villancicos comenzaron a escucharse afuera y los fuegos artificiales de los muggles no se hicieron esperar. Los presentes salieron al jardín para admirarlos, con un Harry tan encantado como divertido. Aprovechando, los merodeadores lanzaron unas cuantas bengalas y vieron las luces colorear todo el jardín, cantaron con alegría Un hipogrifo camino a Belén y se divirtieron con la nieve un rato, aunque Lily conjuro la de Harry para que no se fuera a resfriar. Entraron a la casa pasadas las 11:30 y con un Harry que pronto se dejó arrullar por el ronroneo del gato. Remus y Sirius lo arroparon y acostaron y contemplaron como de poco en poco, el pequeño que había llegado para dar luz a sus vidas y una nueva esperanza de un mundo mejor, se quedaba plácidamente dormido, en brazos de Morfeo. Ninguno partió a casa esa noche, entre risas, recuerdos y copas de whisky, se instalaron en la sala y en vez de dejar la chimenea calentarlos, Lily conjuró sus mejores llamas dónde debería estar la mesa de centro y cuando menos sintieron se quedaron dormidos, con una sonrisa en los labios y acurrucados cuales adolescentes, espatarrados en la sala común de Gryffindor.
Por la mañana, cuando el sol comenzó a filtrarse por las ventanas, Harry los despertó a todos con un potente llanto. Los Merodeadores ya estaban en pie y con las manos en los bolsillos dónde guardaban sus varitas (no presentes en ese momento) mientras Lily corría escaleras arriba para asegurarse que nada había pasado a su bebé. Gran fue el alivio al comprobar que Harry Potter solo deseaba comer y que sus sentidos de protección les habían hecho pasar un gran susto.
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Una semana después de celebradas las Navidades, el calendario del departamento de Sirius marcaba el 31 de Diciembre de 1980. Un nuevo año comenzaría a la media noche, pero ese último día comenzó con un ataque de los Mortífagos a la residencia de los hermanos Prewett que fueron trasladados a San Mungo, heridos gravemente pero con esperanzas de salir de ahí, sanos y salvos. Las cenas de Año nuevo se suspendieron y en su lugar, las visitas al hospital se volvieron prioritarias. Molly y Arthur estaban ahí, Moody y Dorcas aparecieron primero y con gran pesar, anunciaron las malas nuevas a la comitiva: Voldemort había reclutado más seguidores. Los Mortífagos aumentaban como dementores en reproducción y quizás para esos momentos, les superaran ya en un gran número que no podrían igualar.
Aunque todos se esforzarían porque las cosas mejoraran y que la guerra se acercara definitivamente a su final, muchos comenzaban a creer que quizás, estuvieran en el lado desventajoso de la balanza y se preguntaban ¿cómo podrían equilibrarla? O mejor aún, dejar en desventaja al enemigo. En honor a los Prewett, con una sonrisa y las esperanzas juntas, las copas se alzaron a la media noche cuando el nuevo año comenzó y el anhelo de que 1981 mejorara la situación, se volvió común.
Nadie era consciente en esos momentos de que el nuevo año marcaría el auge y final de la guerra, pero que no todos, obtendrían un final feliz.
Continuará…
N/F:
* Aquí se muestran las medidas de Dumbledore ante la profecía y también las de Voldemort.
* Quisiera aclarar, que en este capítulo, he detallado poco de la guerra y las dudas que comienzan a formarse por llevar a sus pantallas, las mejores viñetas de los recuerdos que Harry no conservó para rememorar, pero que vivió en ese pequeño lapso que se le permitió vivir.
* Sobre el nacimiento de Neville Longbotton, no he ahondado en él, ya que me ha parecido mejor seguir a los Merodeadores y a su pequeño miembro nuevo.
* Este capítulo, originalmente, marcaría los hechos hasta el 31 de Octubre del 81, pero me ha parecido una mejor idea dividirlo y dejar el último año para el siguiente episodio.
N/A:
Muy buenas noches a todas. Me es un placer llegar con este nuevo capítulo, que he intentado enfocar a escenas puramente familiares y las primeras fechas festivas que Harry vivió con su familia. Para mí, su vida habría seguido igual de alegre y amorosa de no ser por el trágico final de sus padres y en este pequeño lapso, he intentado que se note, la gran familia que habría tenido y lo amado y feliz que habría crecido lejos de sus tíos. Como podrán leer en mi perfil, estos son los capítulos finales, aunque no serán tres, sino cuatro, contando este. Mis actualización, espero sean más frecuentes, pero es que hay momentos en que me quedo sin inspiración. Esperando sus hermosas palabras si desean hacerlas llegar con quejas, opiniones, sugerencias o peticiones, son bien recibidas.
GRACIAS A:
GUEST, candiiventura, Claurs
Con cariño, JulietaG.28.
—¡Obliviate!—
