Los personajes de VA pertenecen a Richelle Mead

Capítulo XXI

PoV Rose

Era el último día del año y todos en la comunidad estaban de un lado a otro con las preparaciones para la celebración de año nuevo. Esa mañana, cuando me había levantado, me prometí no pensar en la noche anterior o la inoportuna visita de mis amigos. Pero hubo momentos, cuando no estaba ocupada con una tarea concerniente a la fiesta, en la que sus palabras, aquel pedido desesperado, resonaban en las paredes de mi mente.

Dimitri. ¿Él estaba preocupado por mi? ¿Estaba buscándome junto a ellos? ¿Seguiría importándole cuándo pensara que me había marchado para ocultar el hijo de alguien más? ¿Adrian no le había contado a nadie hasta entonces?

Afortunadamente el ajetreo en el campamento no me permitía detenerme mucho tiempo en el país de la autocompasión. Como cualquier otra época festiva el año nuevo se recibía con entusiasmo en la comunidad. No era tanto así en la academia. Quizás tenía que ver con el hecho de que en la comunidad había muchos niños, y era muy difícil no contagiarse de su espíritu festivo cuando pasabas tanto tiempo a su alrededor.

De una manera similar a la fiesta de solsticio, el exterior de la comuna fue decorado con luces de colores, guirnaldas y bolas navideñas. Los niños de la escuela habían echado manos en el asunto creando sus propias decoraciones con ayuda de sus maestras de Artística y fueron bastante ingeniosos y acertados en el estilo invernal al que tuvieron que adaptarse por la nieve.

Meses antes los habían llevado a recorrer los bosques, las huertas y el vivero como parte de su plan de estudios biológicos. En este último sitio fue donde hallaron las bombillas de luz recicladas que una joven comerciante de la comunidad había convertido en huertas diminutas y terrarios. De allí les surgió la idea de de utilizar las bobillas que sus madres desechaban para convertirlas en bolas navideñas, rellenas de agua, flores, nieve o plumas blancas. Todas colgaban de alguno de los arboles que estaban cruzando o lindando el complejo, con ramas sinuosas enraizadas a las luces navideñas que algunos de los mayores habían colgado allí junto a las decoraciones que las mujeres trajeron de la ciudad.

Yo no me había inmiscuido en esas actividades que requerían mucha agilidad física. No estaba para trepar arboles o subir escaleras con el fin de decorar los techos y paredes de las cabañas. Devora me asignó actividades menos agobiantes, aunque estar encerrada en la cocina durante casi diez horas no se alejaba mucho de mi concepto de estrés.

La gran mesada del comedor, donde se cocinaban las comidas de todos los niños del colegio, la guardería, y donde se preparaban los banquetes para celebraciones como aquella, estaba, al final de la tarde, repleta de postres y comidas de todo tipo. Devora había averiguado una cosa importante de tenerme cerca: que yo no sería en un tiempo cercano ninguna chef excepcional, pero que, sin embargo, me las arreglaba bastante bien ayudando en algunas cuestiones que no tenían margen para el error.

En la mañana me había convocado temprano para comenzar con los preparativos del banquete. Muy a mi pesar había comenzado a disfrutar un poco todo aquello, esencialmente porque me mantenían distraída y alejada de las reflexiones negativas. Además, no estábamos solas con todo el trabajo. Eran otras doce mujeres, incluida Lara, quienes estábamos en la cocina.

Al principio fue bastante tedioso. Pelamos papas, cortamos verduras y frutas, y mezclamos salsas y cremas durante horas, sin que nada terminara constituyendo ningún platillo terminado. Pero cuando las cosas comenzaron a tomar forma, y sacamos las primeras tartas del horno dejándolas en las ventanillas para que se enfriaran, y colocamos una variedad incontable de ensaladas en las heladeras nuestros ánimos también empezaron a aflorar.

A medio día nos detuvimos todos para compartir un almuerzo rápido con sándwich de cacahuate, queso y tomates en el salón común, donde varias horas más tarde habría alrededor de sesenta personas, incluidos los niños, esperando el año entrante. Una hora después volvimos todos a nuestros roles de aquel día. Devora también me permitió tener una porción adelantada de su pastel de tres leches antes de reiniciar nuestro laborioso día.

A media tarde ya estaba gran parte de los postres hechos. Además del pastel de Devora, teníamos el pastel de chocolate y naranja de Johana, la mujer de más edad de la comunidad; varias tartas de frutas y cremas; salsas de fresas, de chocolate y otros sabores; buñuelos de banana y trifles de arándanos.

Las comidas frías, como tartaletas de atún o bollos de jamón estaban acabadas y emplatadas varias horas antes. Dos de las mujeres habían pasado varias horas dando forma a decenas de hamburguesas caceras para los niños, que sólo tenían que esperar a ser cocidas en la parrilla cuando llegara el momento. Para ellos, que eran algo quisquillosos con la "comida de adultos" también se hicieron pizzas y salchichas rellenas. Para los más pequeños de todos había purés y papillas de verduras y frutas y algunas sopas.

Cuando Devora nos envió a todas a marcharnos un par de horas antes de la fiesta yo estaba colocando las tostadas y panes caseros en distintas cestas. Ella y Johana se habían quedado a vigilar la pasta y el pavo, que debían estar hechos a últimos momentos.

Cuando llegué a la cabaña eran alrededor de las siete. Dejé que Lara y Nisha usaran el cuarto de baño primero, porque desde que cargaba en mi cuerpo el peso de otro ser, la antes sencilla tarea de ducharse se había vuelto una cosa bastante compleja que hacer. Pese a las dificultades que suponía darse un baño, aquel momento del día era también mi favorito. Llenaba la bañera con agua tibia, que era de las pocas cosas que me relajaban después de un largo día, y la única que aliviaba los dolores que había comenzado a sentir varias semanas antes en la espalda.

─Estas cargando una persona allí adentro, querida ─Me había dicho amablemente Devora cuando le comenté mis preocupaciones algunos días antes. ─ Eso no sucede sin que tengas algunos problemas para caminar y una buena cantidad de molestias en tu cuerpo.

Aquel día también llené la bañera hasta el límite y luego de quitarme toda la ropa, no sin dificultad, me sumergí ansiosamente en ella. La bañera era el lugar donde las conversaciones con mi hija no nacida afloraban de manera natural. Le aseguraba, en murmullos que sólo nosotras podíamos oír, que era lo más precioso de mi vida, que daría todo por mantenerla a salvo y que incluso sin haber llegado aún al mundo me había ensañado tantas cosas.

─En eso te pareces a tu padre ─le dije, cargando en mis manos algo de agua y deslizándolas por la parte de mi vientre que no lograba sumergirse. ─ Todo lo que he aprendido, o al menos gran parte de lo que sé, ha sido por él. Yo he crecido con ustedes, así es como lo veo. Él me ha enseñando mucho más que a luchar, y tú me has hecho conocer un montón de sentimientos que ni siquiera sabía que existían. Por eso es que me cuesta tanto dejarlo atrás. Porque lo amo, bebé. Y él te amaría con todo lo que es si supiera de ti. No puedo dejarte conocerlo, por más que yo quiera, porque eso me haría perderte y entonces moriría. Pero te prometo algo... algo que si puedo darte. Juro que antes de que este año tan difícil acabe yo te dejaré oír su voz. Es todo... es todo lo que puedo ofrecer por ahora.

x*X*x

El salón común había sido transformado desde el momento en que habíamos estado compartiendo un almuerzo rápido varias horas antes. Los encargados de la decoración habían distribuidos varias mesas, sillas y sofás en el salón. Cuando Lara, Nisha y yo llegamos allí, el lugar ya estaba desbordado de personas. Los niños correteaban de un lugar a otro, buscando sus hamburguesas o colándose en la mesa de postres cuando sus madres no estaban viendo.

Pese a mi nostalgia, por pasar una época tan especial del año fuera del hogar en el que me había criado y lejos de las personas que amaba, no podía evitar contagiarme de la alegría que llenaba a esos niños. Mientras los adultos comíamos agrupados en pequeños grupos y entablábamos conversaciones tranquilas, ellos se paseaban por debajo de las mesas, sonriendo por cosas que a nuestros ojos eran incomprensibles y susurrándose secretos infantiles.

Un rato antes de media noche me escabullí de la fiesta para cumplir una promesa. Me dirigí a la cabaña que compartía con las chicas, donde Lara, como había prometido, dejó su teléfono sobre la mesita de té de la pequeña sala. Le dije que quería saludar a una amiga, y no hizo preguntas al respecto, pero creo que entendía perfectamente que mi objetivo no era ese.

Todo estaba oscuro y silencioso en mi habitación. Tuve que estirar mis brazos para no chocar con el mobiliario del bebé. No quería encender la luz tampoco.

Cuando me senté en mi cama, supe inmediatamente que no podría levantarme de allí sin algunos malabares más tarde. Pero en ese momento estaba demasiado centraba en la actividad que tenía por delante. Coloqué varias almohadas en el respaldo de la cama y me senté de la forma más cómoda posible. Tenía el teléfono apretado sobre mi vientre y mis manos jugando nerviosamente con el aparato. Cuando estuve convencida marqué rápidamente los números antes de arrepentirme. Sonó y volvió a sonar unas tres veces, y estaba a punto de colgar cuando oí su voz del otro lado de la línea.

Mi corazón se aceleró, podía sentirlo contra mi pecho, golpeando con ímpetu. Mis manos temblaban mientras él iniciaba una conversación sin respuesta.

─Diga─ Sonaba cansado, como en aquellas ocasiones que tenía que hacer turnos de día y noche en la academia. Parecía que no había dormido en días. Lo primero que llamó mi atención fue el silencio, nada de risas ni fuegos artificiales, como los que yo podía sentir a lo lejos. ─ ¿Alguien está ahí?

Asentí con la cabeza fervientemente antes de darme cuenta de que él no era capaz de verme. Una lágrima silenciosa rodó por mi mejilla cuando su voz insistió nuevamente. Era la misma voz de siempre, firme pero cálida, la misma que daba órdenes y susurraba promesas de amor meses antes. Era capaz de reconocerla en cualquiera parte, incluso a kilómetros de distancia. Pero cuando por fin pude hablar mis palabras salieron en forma de pregunta─ ¿Camarada?─Mi voz era una pequeñez, casi imperceptible para el oído humano. Pero él me escuchó. Lo supe por como su respiración se modificó ligeramente tras mis palabras.

Por un momento permanecí alerta, esperando que cortara con la llamada. Estaba segura que para ese momento Lissa o Adrian, o los dos, ya le habían contado sobre mi embarazo. ¿Qué pensaría de mí? ¿Aún me amaría?

─ ¿Roza?─ Él seguía allí, y no sólo no me había cortado, sino que además me estaba hablando. Su voz trajo una nueva oleada de latido violentos, y una mezcla de alivio y pánico. ─ Roza... Roza... ¿Estás ahí? Háblame, por favor.

─ Lo siento─ susurré. Y realmente lo sentía. Lamentaba tanto haberlo dejado, aunque sabía que era lo mejor para Anna. Pero nunca había sido mi intención provocarle daño. Cuando Adrian lo mencionó en su sueño todos los sentimientos embotellados y contenidos a la fuerza emergieron con violencia, y en ese momento el dolor regresó. Porque la preocupación por la vida de mi bebé y por nuestro futuro, la idea certera de que alejarme era la mejor decisión, no me habían dejado sentir realmente; sentir cuanto lo amaba, sentir cuanto lo extrañaba, sentir cuánto daño y cuan vacía me hacía sentir su ausencia. Porque todo lo que estaba sucediendo nunca había sido parte de mis sueños realmente, pero ahora que estaba Anna en camino me daba cuenta de que si deseaba todo aquello: deseaba una familia, la tranquilidad de los días sentada en un sofá con mi niña, el desorden y los nervios de ser madre, la verdadera vitalidad que sólo con ella podría sentir; pero en todas esas imágenes preconcebidas no estábamos sólo ella y yo, él también formaba parte de mi fantasías. Y saber que nunca podría permitirnos eso me partía el corazón. ─ Camarada, lo siento mucho.

─ Shhh, no llores. Roza, no llores. Pensé... Dios, pensé que no volvería a oír tu voz─ Pude oírlo reír, como si su cuerpo abandonará un carga muy pesada, pero también podía sentir el temblor de su voz y unos sollozos tranquilos. Y sabía que yo era esa risa, pero también era esas lágrimas. Podía imaginar las gotas frías cayendo por sus mejillas, lágrimas que hablaban de mí y del dolor que yo le había provocado. Pero él me estaba hablando, con suavidad y cariño brotando de sus palabras. A veces en inglés, pero también parecía que inconscientemente se olvidaba y comenzaba a murmurar palabras rusas. Fue entonces cuando moví despacio, cerrando mis ojos, el teléfono sobre mi vientre. Lo sostuve allí con paciencia, porque se lo había prometido a mi bebé. Le había dicho que su voz era todo lo que podía darle por el momento, y deseaba que en algún tiempo futuro pudiera ofrecer más que sólo ello. Tenía la esperanza de que ellos pudieran juntarse alguna vez.

Así que dejé de escucharlo, para que mi hija lo hiciera.

Ahora, varios años después, puedo entender la ironía del tiempo. Si hubiese esperado sólo un segundo más o no hubiera estado tan preocupada por cumplir mi promesa, lo habría oído decirme que me amaba, al igual que a nuestra hija. Y eso habría acabado con nuestra distancia de manera inmediata. Ese habría sido el final. Nos habría ahorrado a ambos tanto dolor.

Pero uno sólo es capaz de notar sus errores cuando ya es demasiado tarde para deshacerlos. Luego sólo queda acostumbrarse a convivir con ellos de la mejor manera posible, tratando de no repetirlos, de aprender y no dejar que caigan en el olvido. Porque olvidar los errores que uno comete es el error mayor.

Finalmente, después de unos cuantos segundos, volví a colocar el teléfono en mis oídos. Y él estaba frenético. Su voz desesperada llamaba mi nombre y podía oírlo llorar, como si acabara de perder algo o alguien muy querido. Y mi corazón volvió a romperse. ─ ¡Roza! ¿Rose? ¿Estás ahí? Dime que estás ahí, por favor, dime que estás ahí─ suplicó, y sentí un nudo en mi garganta mientras las lágrimas caían abiertamente por mi rostro, empapando la cima de mi vientre.

─ Estoy aquí─ susurré, y lo oí suspirar de alivio. ─ Pero… pero tengo que irme ya. Lo siento mucho camarada. Nunca quisé hacerte daño... espero que puedas... que puedas perdonarme un día. Tengo que irme.

Y mientras oía sus suplicas del otro lado de la línea. Mientras lo oía gritar mi nombre y pedir mi voz, apreté el botón que me separaba nuevamente de él. Y fue como si hubiera tomado mi corazón entre los dedos y lo hubiera estrujado hasta hacerlo desaparecer, con mucho mucho dolor. Y luego no hubo más que silencio. Ya no tenía su voz, y nuevamente me sentía completamente sola y rota, sin más que hacer que acurrucarme entre mis sábanas, aferrarme a mi hija en el vientre, y llorar.

Porque ahora sí, ahora lo había perdido para siempre.

x*X*x

Necesitaba respirar aire fresco. No me apetecía estar encerrada y sentirme ahogar con mis sentimientos contradictorios y abrumadores. Estaba a punto de amanecer, el cielo ya había comenzado a clarear, y aunque aún había personas rondando por el campus el noventa por ciento de la comunidad se había ido a dormir hace tiempo. Estaba sentada sobre el césped mojado, ignorando como las medias de hilo que tenía bajo mi vestido comenzaban a absorber la humedad.

Inicialmente había planeado ir al oasis de las chicas, pero me había encontrado agotada antes de llegar a la mitad del camino. Nadie hubiera pensado que esa misma muchacha sentada en medio del bosque con la respiración jadeante había estado luchando con una horda de Strigoi varios meses antes. Devora ya me había explicado que cuanto más crecía, más se presionaba contra el diafragma la bebé; pero no podía acostumbrarme a los cambios, incluso cuando el periodo de gestación estaba a sólo un par de semanas de acabar.

Ese era otro pensamiento que me aterraba. Tantas cosas habían pasado recientemente con el ataque y Damián, que casi olvidaba que mi hija estaba ya por ocho meses instalada en mi cuerpo. Eso significaba que en menos de un mes tendría a mi bebé en brazos. La idea era tan emocionante como espeluznante. Los miedos que nunca se fueron realmente estaban asechándome con más intensidad que nunca. ¿Cómo lo haría yo sola? Era diferente tenerla en mi vientre, podía mantener las cosas bajo control mientras tanto, pero una vez que naciera sería más real que nunca. Y nada asustaba más que la realidad.

Esos eran los pensamientos y las divagaciones de mi mente cuando oí los pasos detrás de mí. No era Strigoi, lo supe antes de darme vuelta. La luz del día era leve por el invierno, pero todavía letal para los no muertos. No eran asesinos inmortales mis acosadores, era incluso peor que eso. Eran Moroi. Y las miradas que me estaban dando me decían que estaba a punto de tener problemas.

─ Randall Ivashkov─ gruñí con repulsión, mirando al Moroi desde mi lugar en el suelo. ─ Anton Badica... y no tengo ni una maldita idea de quién demonios eres tú, pero tengo la sensación de que tu presencia me sería tan desagradable como la de esos dos. Así que yo me voy.

Y así, me puse de pie. O intente hacerlo. Había olvidado que tan difícil era eso en realidad. Mi vientre pesaba tanto que era como tener que levantarme con varias cajas pesadas encima. Ignorando las risitas burlonas de mis acompañantes, terminé mi trabajo, tratando de recoger y acorazarme de la dignidad que me quedaba después de eso. Con renuencia permanecí allí por un segundo, oyéndolo hablar.

─ Algunas cosas han cambiado, pequeña zorra. ¿Esto ha ocurrido aquí o ya estabas así cuando llegaste? Ni siquiera recuerdo haber visto ese estorbo en tu cuerpo. Claro que no estaba mirando justo allí ─rió, dándome una mirada lasciva. ─ ¿Qué dices tú Anton? ¿Ella tenía al crío hace un par de meses?

El otro no respondió, sólo continuo mirándome de forma viciosa y mordiendo los labios en el proceso. Apenas estaba unos pasos lejos a mi derecha, pude notar, y Randall justo en frente a unos diez pasos. En mi mente estaba tratando de estructurar frenéticamente un plan de huida, pero las risas cómplices y el movimiento de los individuos continuaban distrayéndome. Calculé silenciosamente, tratando de disimular mi ansiedad, la distancia entre cada uno de ellos y mi única ruta de escape. Ruta que estaba justo detrás de ellos. A mis espaldas estaba el río congelado, las finas capas de hielo peligrosas que podían atraparme en un cajón de cristal mortal si daba un paso en la dirección equivocada. Y como si aquellas no fueran suficientes desventajas, mi capacidad de correr se había reducida de forma casi patética.

Y fueron todos aquellos obstáculos lo que dejaron paralizada a mi mente cuando Randall comenzó a venir hacia mí. Sabía que debería haberme quedado quieta, fingir, y esperar en su distracción mi mejor y única posibilidad. Pero su proximidad me parecía tan repugnante, me asfixiaba tanto, que con sólo tenerlo a un paso lejos de mi me aparte con celeridad. Y ese fue mi primer error.

Randall me miró como si lo hubiese ofendido. No me hubieran importado sus sentimientos de no haber tropezado ante mi arrebato con Anton Badica, quedando mi cuerpo atrapado entre él, Ivashkov, y el Moroi desconocido. Los ojos de Randall me devolvían una mirada peligrosa, diciendo claramente que iba a arrepentirme por la ofensa.

─Ahora, ahora... ¿Estás apurada, querida?─ preguntó con ironía, estirando una mano y jugando con uno de los mechones de mi cabello. Estaba justo frente a mí, su cuerpo prácticamente pegado al mío. Mi espalda podía sentir las manos indebidas de Anton. Y el otro estaba sólo parado ahí, bastante cerca, pero sin mantener contacto o hacer nada. Sólo parecía esperar.

─ Bastante. Devora me envió a descansar por unos minutos, pero se enojará si no vuelvo pronto para ayudarla a organizar todo─ miento, obligándome a mantenerme serena. Al menos en el exterior. ─ Y vendrá a buscarme.

─ ¿Si? No me parece─ susurró, sus manos deslizándose una a cada lado de mi cintura. La cercanía de su cuerpo, de sus manos a Anna, me enloqueció. Lo empujé tan lejos como la fuerza y los nervios me permitieron, que no fue muy lejos, y antes de que pudiera considerar deshacerme de sus acompañantes él estaba de regreso.

Pero ya no estaba siendo amable.

No vi venir su mano, pero sentí la fuerza de su palma azotando mi mejilla. El golpe me tomó desprevenida, y lo recibí todo sobre mi oído derecho. Y fue como si el mundo interior de mi cabeza estallara. Un presión casi insoportable que inicio donde recibí el impacto, repercutió en cada extremo de mi cráneo y me hizo perder el equilibro. Pero no caí, porque el otro Moroi seguía manteniéndome por los hombros desde atrás. Estaba desorientada, pero de alguna manera cuando el segundo golpe llegó, esta vez sobre la mejilla del lado contrario, no puedo sentir nada. Había entrenado durante mucho tiempo aprendiendo las zonas sensibles del cuerpo y las mejores tácticas para inhabilitar a una persona, y sabía que era muy probable que el golpe de Randall hubiera provocado algún daño severo en mis tímpanos.

Cuando la sensibilidad volvió a mi cuerpo, fueron las manos del Moroi lo primero que percibí. Estaban alrededor de mi garganta, presionando lo suficientemente fuerte como para mantenerme en mi lugar pero no para dejarme sin aire. Sus labios estaban rozando y humedeciendo la piel de mi garganta, y de alguna manera sabía lo que seguía, pero mi mundo seguía demasiado desequilibrado como para luchar contra ellos. Y entonces sentí sus colmillos hundiéndose profundamente sobre mi piel.

Mis manos golpearon débilmente su pecho, pero eso no lo detuvo. Podrían haber pasado sólo unos segundos, pero con cada gota de sangre que él me robaba sentía que la fuerza iba abandonándome. Y entonces llegó, breve y no menos doloroso, el segundo de involuntaria éxtasis. Cuando se alejó de mí, los tres como por un acuerdo silencioso apartándose, mi cuerpo cayó sin ceremonias al césped mojado.

Sólo entonces comprendí que los problemas que había logrado conseguir no eran lo que yo tenía en mente. Pensé que tendría que defenderme de algunos insultos indecorosos, pero nunca imaginé un ataque abierto. Beber de la sangre de alguien sin su consentimiento era en nuestra sociedad más o menos equivalente a una violación, y aunque todavía podía ver claramente la distancia entre uno y otro hecho, no pude evitar que mis ojos se humedecieran ante la impotencia de lo que acababa de suceder.

Estaba tratando de sostenerme con ambas manos sobre el suelo cuando llegó el dolor más desgarrador que había sentido en mi vida. El pie de uno de ellos se estrelló contra unos de mis lados, en la cintura, volviendo a dejarme sin aire. Sentí que todo dentro y fuera de mí reaccionaba a su golpe. Mis manos perdieron fuerza, el aire no llegaba a mis pulmones, y la parte más baja de mi espalda se contraía en un espasmo insoportable. Sollocé, tanto por dolor como por miedo. Sabía que el impacto había estado demasiado cerca del lugar donde se alojaba mi bebé, y toda la clase de sensaciones que mi cuerpo estaba experimentando me decía que claramente algo había salido mal.

Y lo peor de todo era que quería pelear. Realmente quería hacerlo. Las intenciones de ellos eran claras a esas alturas y yo me negaba a convertirme en una de esas mujeres, en una víctima, en un número más de una interminable lista olvidada. Y me negaba, por sobre todo, a dejar que mi hija se convirtiera en una de ellas justo antes de haber nacido. Si yo no luchaba ninguna de las dos saldríamos vivas de aquella situación.

Pero todo lo que podía hacer era cubrir mi vientre, envolviendo mis brazos a su alrededor, mientras los golpes seguían llegando uno tras otro. El dolor era abrumador, y por un segundo, sólo por uno, desee que todo se apagara. Pero tenía que proteger a mi hija. Ese era mi deber, eso es lo que le había prometido. No podía, bajo ninguna circunstancia, faltar a mi palabra.

Sólo podía oír mis gritos, los sonidos de las distintas partes de su cuerpo impactando con el mío, los insultos, y los pasos y aclamaciones de ellos.

Y entonces se detuvieron.

Pensé que había acabado, que me dejaría allí en el bosque después de haber tenido su momento de diversión y euforia. Pero sentí que me sacaban de donde estaba hundida en el suelo y me colocaban boca arriba. Aún seguía sollozando, porque el dolor en lugar de amainar se volvía cada segundo más intenso. Sentí una sensación tibia corriendo por mis piernas y supe lo que estaba ocurriendo. Y aquellos dolores, que llegaban de manera reiterada cada determinado tiempo y cada vez de forma más y más prolongada su duración, eran aquellos para los que me había estado preparando por meses.

Randall no perdió tiempo con juegos. Sus manos se deslizaron por debajo de mi vestido, sus manos tocando a tientas. Me sacudí, aunque todo su propósito fuera el verme ridícula. La sensación de su tacto sobre mi piel provocaba que entrara en un extraño estado de desesperación y furia extrema, pero el dolor y el temor por la vida de mi bebé me obligaban a permanecer en una parálisis involuntaria.

Miré hacia arriba, tratando de distraerme con el cielo, pero las copas de los arboles me bloqueaban la visión. Y mientras en mis ojos se empañaban y los otros Moroi tomaban control de mis brazos, y mientras Randall sólo continuaba rasgando ropa y tocando, todo lo que podía pensar era Dimitri. Y lo que daría por volver a verlo sólo una vez. Por primera vez en más de siete meses puse en duda la necesidad de mis elecciones. Me había ido para proteger a Anna, y ahí estaba, a punto de perderla, junto con mi dignidad. Y cada vez que el Moroi se detenía en una parte de mi cuerpo y jugueteaba de forma brutal con él, yo sentía que las caricias de Dimitri y sus atentos cuidados en mi piel eran echados a un lado. Lo veía claramente: ese Moroi se estaba llevando todo, absolutamente todo, con sólo sus manos.

─Dimitri ─susurré, tratando de concentrarme en el medio que me rodeaba. El mundo tambaleaba, todo estaba oculto tras una capa borrosa de confusión. Pero seguía intentando. Seguía intentado que los Moroi dejasen mis manos, que me permitieran luchar, que pronunciar el nombre de Dimitri en voz alta me transmitiera un poco de la fuerza que siempre había admirado. Seguía intentando salvar a mi bebé.

Camarada, no me dejes caer. Pensé en mi desesperación. Por favor, quiero volver a verte. Necesito volver a verte.

Las manos de Randall se deslizaron por mi vientre. Estaba diciendo algo a los otros acerca de él, algo que sonaba a burla o desprecio, pero las palabras no llegaban a mis oídos. Un zumbido constante sonaba del lado en el que había recibido el primer impacto. Y luego, comenzó a jugar con mi ropa interior. Finalmente mis captores se olvidaron de mis manos, dejándolas arrojadas a los lados de mi cabeza para estar más atentos mientras Randall deslizaba mi ropa interior con brusquedad. Y entonces lo miré, a través de la niebla, pero todo el tiempo a sus ojos. Lo miré mientras se arrodilla entre mis piernas y comenzaba a trabajar con su cinturón, deshaciendo la hebilla primero, y luego el botón. Y seguí mirándolo cuando mis manos encontraron a tienda lo que se sentía como una pequeña piedra, diminuta, pero puntiaguda. Y mientras él estaba tratando de descender para terminar de destruirlo todo, evoqué la imagen de Dimitri, feroz y protector, y la de nuestra hija a través del monitor, y sin tener un segundo pensamiento acerca de ello, empujé la piedra con fuerza sobre su ojo.

Fue el izquierdo, nunca olvidaría eso. Así como tampoco olvidaría que aquella mañana vestía un vestido de lana; o que mi mano desocupada apoyada contra el agua congelada del río estaba comenzando a sentirse entumecida; o que mi cuerpo se sentía muerto, cansado, pero a la vez llenó de una energía feroz y primitiva; o que estaba dispuesta a matarlos, uno por uno, de la forma más dolorosa y lenta posible.

Y lo estaba. Lo supe mientras seguía hundiendo más profunda la piedra, incluso mientras su rostro y mis manos seguían llenándose de sangre, mientras oía sus gritos de agonía. Todo lo que quería era verlo arder en el infierno: por lo que me hicieron, por lo que estuvieron a punto de hacer, por haber herido a mi bebé.

Y fue sólo Anna, y el dolor intenso y constante en mi vientre y espalda, lo único que me hizo dejarlo. Él no era un problema ya; pero de sus amigos, uno paralizado y el otro furioso, tenía que encargarme aún. Y entonces estaba allí Anton, sacudiéndome con violencia, preguntándome qué había hecho, insultándome, y presionando sus manos de forma torpe y nerviosa alrededor de mi cuello. Y su ansiedad me permitió deshacerme de él con facilidad. La energía proveniente del deseo de venganza y el objetivo incondicional de sacar a Anna de allí viva, eran mis únicas herramientas de lucha. Lo empujé, y su cuerpo borracho sólo tardó un segundo en caer; me aparté, y luego, atiborrada de un instinto oscuro y salvaje, tomé su cabeza y la empujé una y otra vez contra el tronco de un árbol talado.

Y a pesar de que estaba cansada y adolorida, y mi tercer oponente ni siquiera era una amenaza en su estado de shock, me puse de pie y camine de forma inestable hacia la pila de troncos y ramas taladas. Tomé la más pesada que fuera capaz de levantar, y mientras él -cuyo nombre desconocía- seguía allí mirando conmocionado a Randall Ivashkov sollozando como un niño, impulsé el objeto y lo estrellé contra un lado de su cabeza. Y mientras su cuerpo caía con un ruido seco al piso, todo lo que podía pensar es que no había sido suficiente, que nunca lo sería.

Caí por fin, agotada y atormentada por el dolor, pero también por una ira incontrolable, una oscuridad que había creído mantener al margen por varios meses, pero que siempre había estado latente, esperando al asecho en las sombras, y que por fin había atacado en el momento en el que me podía ser más útil. Mis rodillas golpearon el suelo; miré a mi alrededor y todo lo que veía era sangre y lo que oía eran gritos -los de Randall-, y me miré a mi, mi cuerpo apenas cubierto con un vestido hecho jirones, magullado y herido, la sangre en mis piernas. Y todo ese dolor. Intenté arrastrarme, pero no llegué muy lejos. Con cada oleada de espasmos llegaba un grito, con cada uno de ellos el pánico era mayor.

Y finalmente, abrumada por mis sentimientos contradictorias y el dolor, terminé cediendo a la oscuridad inconstante, aliviada por fin, cuando oí unos pasos frenticos corriendo en mi dirección.

x*X*x

Apenas estaba consciente. Estaba en un vaivén entre la realidad y la oscuridad, pero el dolor seguía estando presente, y curiosamente mi cuerpo sabía cómo responder a él. Estaba en una habitación iluminada, y Devora y varias enfermeras estaban allí. Ella seguía hablándome, dándome aliento, pero todo lo que quería era caer de una vez por toda, y de forma definitiva, en un merecido sueño.

Fue Damián el que me halló y quien me había envuelto protectoramente en su abrigo y sacado del bosque. Y Devora no soltó mi mano en ningún momento mientras mi cuerpo respondía naturalmente a las contracciones. Cuando había llegado allí la mitad del trabajo ya estaba hecho, mi niña ya estaba casi allí, y todo lo que tenía que hacer era un último esfuerzo para permitirle entrar a ese nuevo y aterrador mundo que habitábamos. Y estaba aterrada, porque no sabía si estaba trayendo a la vida a un pequeño ser muerto, o herido de forma irreparable, a causa de la brutalidad despiadada de aquellos Moroi.

El dolor. El dolor no podía compararlo a ninguna otra cosa que hubiera sentido en mi vida. Sentía que moría, pero mi cuerpo trabajaba a la vez de forma independiente, sabiendo que la única vía de escape a todo eso era llegar al final. Y me esmeré por llegar al final, porque lo único peor que el dolor era el temor por la vida de mi hija. Jamás, ni en medio de las batallas contra los Strigoi, había sentido un miedo tan hondo y abrumador, tan real, o tan crudo.

Así que continué, y luché por mantenerme despierta, incluso cuando sentía las garras de la muerte arañando mis espaldas. Y no me dormí hasta que escuché aquel sonido desconocido, pero tan reconfortante e insustituible. Y oírla fue como volver a respirar después de un largo periodo de tiempo sumergida en el agua; su llanto envió una ola de alivio y calma a mi cuerpo, una gratificación después de tanto miedo, soledad y dolor; y por primera vez desde tiempos de ataño, creí que a pesar de todo, estaríamos bien: ella, yo, su padre. No importaba si sentía que me estaba yendo de forma definitiva de la tierra, porque estaba dispuesta a entregar mi vida por ella. Sacrificar mi vida por las personas que amaba era la mejor manera de morir. Nunca el lema de los guardianes había sido tan claro para mí como en aquel momento; por fin, de forma transparente, reconocí quien era primero en mi vida y lo que todo eso implicaba.

Por meses me había lamentado por el cambio radical de mi vida. Temía perder mi esencia y no volver a hacer las cosas para las que tanto me había esforzado. Pero mientras cerraba los ojos escuchado el llanto de Anna, a quien creía que nunca sería capaz de sostener en brazos, la comprensión llegó a mí como una verdad sagrada: morir dando muerte no es para lo que yo estaba destina; morir dando vida era la forma más noble de sacrificio existente, y yo estaba feliz de que ese fuera mi final.

La oscuridad me atrapaba y todo lo que podía pensar era: «ella es lo primero».


(Capítulo reescrito)