¡Nos vemos otra vez con un nuevo capitulo! Les aviso que este capitulo estará un poquito más enfocado en el asunto de Jounouchi y Mai pero es solo por este capitulo, hay detalles importantes que no pueden pasarse por alto porque también se pueden relacionar con Atem y Seto. ¡Detallito!

¡Espero que les guste!


Yo no inventé YGO ni sus respectivos personajes


Semanas pasaron, aquellos que estaban bajo el techo de la mansión vivieron los primeros días del año como si nada hubiese cambiado, sin embargo, algunos quedaron marcados por sus acciones despreocupadas de tal noche. No había espacio para el arrepentimiento, aun así.

Seto se abrazaba al recuerdo de año nuevo, de haber pasado una noche cálida con su amante en la privacidad de su oficina. Con la ausencia de Gozaburo, pudo disfrutar de cada sonido que Atem liberaba en su deleite, con el ojiazul sintiendo sus dedos derretirse en el ardiente tacto de su fina y cálida piel.

No dejaba de distraerse con los deseos de repetir tal momento, de nada más poder ver por unos segundos al tricolor. Tenía muchas cosas de las cuales debía preocuparse.

Estaba en su habitación, por primera vez mirando más allá de las cortinas, habiéndolas movido ligeramente para observar la vaga vista que tenía del cielo y el jardín, lo único bello que irónicamente se encontraba fuera de la mansión y a la vez pertenecía a la misma. En su mano sostenía aquella carta que Atem le había regalado.

El azul del imponente dios en el dibujo resaltaba sobre sus orbes mientras pinchaba su pulgar con los bordes del cartón. Todavía seguía sintiendo que no merecía semejante entrega, pero no iba a negar que le daba cierta fuerza tener un recuerdo físico de la presencia de Atem a su lado.

—Así que, ¿Atem te regaló esa carta? — Mokuba rompió con su silencio, sentado en el borde de su cama, viendo a su hermano cavilar como siempre. Seto asintió nada más. —Es como cuando yo te di ese Dragon Blanco de Ojos Azules mal dibujado, era todo un mocoso. — El niño soltó una risita.

Seto sonrió y se volteó a mirar a su hermano. —Sí, pero fue razón suficiente para seguir adelante. Tú fuiste quien me dio fuerzas. — Mokuba miró al mayor con cierta sorpresa, pues jamás había tenido la oportunidad de entablar una conversación así con él. Así que no sabía realmente los sentimientos de Seto por sus palabras sino por nada más sus gestos.

Era la primera vez que Seto le decía unas palabras tan importantes.

Mokuba apartó su mirada y sonrió ampliamente. —Pero te las ingeniaste para conseguir las versiones originales de ese dragón, y no te has cansado de patear traseros con él. — Comentó, viajando por sus memorias de cuando pasaba los días junto a Seto.

—Ese dragón simboliza mi fortaleza y mi determinación para protegerte. — Seto confesó. Era por ese motivo que dejó la carta de ese dragón al fondo de su cajón, juntando polvo por unos años cuando lo habían separado de Mokuba y le hicieron creer que estaba muerto. Creyó que había fallado como hermano mayor, que su lucha había sido inútil. Pero, Atem le hizo cambiar esa forma de ver, cuando le trajo de nuevo a su hermanito, sobreviviendo a tres semanas con tres jefes diferentes.

Atem era una clara muestra de una verdadera lucha.

—Entonces, al regalarte esa carta, ¿Atem mostró sus deseos de protegerte? — Mokuba dijo de pronto, sobresaltando ligeramente a Seto.

No lo había pensado de esa manera, quizás era por eso por lo que todavía miraba con curiosidad a la carta.

Ese era el mensaje que Atem quería darle. Esa carta simbolizaba su relación, aquella que ambos estaban determinados a proteger.

Atem quería decirle que iba a protegerlo.

Entonces, él debía hacerle saber que lo protegería también.

De pronto, alguien llamó a la puerta. Un guardia se apareció en la habitación, con firmes intenciones de comunicarle algo.

—¿Qué pasa? — Seto preguntó impaciente.

—El señor Gozaburo desea verlo en su oficina ahora mismo, señor.

Tales palabras le dieron a Seto un terrible escalofrío.

~•~

Gozaburo bebía de su café relajadamente, esperando con paciencia a su hijo para que llegara y le brindara esa mirada fría que siempre le traía. No era motivo para que este temblase, desde esa noche de año nuevo, sentía que tenía todo bajo control; sabía que todo estaba bien controlado y sobre sus manos firmes.

Estaba tranquilo.

Seto entró a su oficina con sus manos detrás de su espalda y tal como había predicho, esos ojos azules tan parecidos a los de su madre le estaban lanzando dagas. Gozaburo solo le dio un sorbo a su café.

—¿Qué sucede? — El castaño estaba ansioso, la ya conocida caminata de su habitación hasta el despacho de Gozaburo le resultó demasiado larga. Por primera vez en mucho tiempo sintió que su corazón estaba a punto de salirse por su pecho.

—Necesitaba hablar acerca de los cambios que hiciste recientemente con tus sirvientes. Prohibiste el uso de elementos cortantes. ¿No es así? — Gozaburo decidió no mirarlo, fijaba su atención al líquido que se iba reduciendo en su taza.

Seto asintió. —Sí, es una forma de mejorar la seguridad, además, estoy harto de recibir llamados a la medianoche de que uno de mis sirvientes trató de cortarse las muñecas. — Explicó fríamente. La verdad era que, después de lo sucedido con Yuugi y Marik, deseaba estar seguro de que nada de eso se volvería a repetir.

Y fue una gran excusa para darle a Atem cuando vio que su cúter estaba desaparecido. No podía devolvérselo cuando había rastros de la sangre de Yuugi en ese objeto.

—Y revisaste todas las habitaciones y las cosas de tus sirvientes. — Gozaburo siguió diciendo, como pensativo.

Seto solo asintió.

—¿Por qué lo haces ahora? Esto se supone que se tendría que haber hecho cuando cada sirviente llega a la mansión. — Ahora Gozaburo utilizó un poco más de firmeza en su voz.

Seto tragó saliva.

—Mis guardias revisan a mis sirvientes…— El ojiazul comenzó a explicarse, pero fue interrumpido por un fuerte golpe en la mesa que hizo temblar hasta la taza.

—¡Entonces, no los revisan bien! — Gozaburo alzó la voz. —Pediré que cambien a tus guardias, te daré unos muchísimo mejores. — Dijo mientras tomaba su teléfono.

Seto se sintió sudar frío, lo último que necesitaba era eso. Sus guardias guardaban bien sus secretos, especialmente Isono quien lo había cuidado desde que perdió a Mokuba.

—No puedes intervenir. Son mis guardias. — Seto se atrevió a discutir.

Gozaburo lo miró fijamente. —También fueron míos, y yo los contraté así que yo puedo despedirlos si quiero. Solo unos pocos quedarán, pero la mayoría acabará en las calles. Te estoy haciendo un favor. Ahora, largo de mi oficina. — Gozaburo movió su mano de manera despectiva, haciendo un gesto para que el joven se alejara.

El castaño había apretado sus puños en frustración, sabía que no tenía los argumentos suficientes para contraatacar. Sólo le quedaba rogar que al menos se quedaran unos pocos confiables.

Se volteó a obedecer las órdenes de Gozaburo, sin embargo, cuando su mano quedó rozando el picaporte, la voz firme de este hombre lo detuvo. —Dile a Mai que quiero hablar con ella también. — Esas palabras estremecieron al ojiazul, quien todavía no se borraba el recuerdo de la terrible traición del pasado.

Sin contar que las sospechas que sentía sobre esos dos solo aumentaban su incomodidad.

—¿Puedo saber sobre qué quieres hablar con ella? — Seto preguntó, aun dándole la espalda a su padre.

—No, no puedes.

Seto apretó el picaporte. —¿Por qué? Yo soy su prometido, tengo derecho a saber. — Se esperó que Gozaburo le gritara aún más fuerte o que le lanzara un libro por la nuca, pero lo único que hizo fue…

…responderle con calma.

—Es una sorpresa que tenemos preparados para ti, sobre la boda. Así que, me temo que lo sabrás más tarde. — Seto no sabía si tranquilizarse o sentirse aún más nervioso.

Decidió que sería mejor mantener sus ojos bien abiertos.

—No me gustan las sorpresas. — Murmuró mientras salía de la habitación.

Tarde o temprano terminaría descubriendo lo que planean esos dos.

El silencio de la habitación solo era completado por los ruidos ocasionados por una expulsión violenta que provenía de aquella rubia mujer, quien durante todos estos días solo estuvo enfrentando sus propios mareos, náuseas e intensos vómitos que vagamente le era posible resistir. Mai ya no podía mantener el control sobre los sirvientes porque cada dos minutos debía encerrarse cautelosamente en su baño para expulsar todo el contenido que podía haber en su estómago.

Algunos sirvientes se le acercaban, quizás porque tenían la orden de hacerlo, pero ella los alejaba. Lo último que necesitaba es que muchas cabezas supieran de su estado. Ella pensaba que podría haber sido algo que comió, alguien que la envenenó, pero no había pistas que se acercaran a esa información.

Por lo tanto, lo único que explicaba razonablemente su situación, era la posibilidad que ella menos deseaba, la que menos esperaba y la que hablaba de su pésima suerte. Desde el día de ayer que tiene guardado en su cajón una caja que llevaba algo muy peculiar que determinaría su estadía en la mansión.

Temblaba cada vez que tomaba esa caja, cada vez que pensaba en ella o cada segundo que sentía tales terribles nauseas que solo le recordaban lo descuidada que había sido.

Quería llorar, liberar algo más que aquel acido que raspaba su garganta. Dejar salir todas esas maldiciones que guardaba para ella misma.

Pero sabía que eso no solucionaría nada, por ahora, solo eran teorías. Debía usar el contenido de esa caja para averiguar si su vida corría peligro o no.

Cuando los vómitos cesaron, se lavó la cara y la boca, limpiando todo rastro de su malestar. Con la idea de utilizar aquel contenido, tragando su nerviosismo.

Sin embargo, unos golpes a su puerta la sobresaltaron e interrumpieron sus acciones antes de que pudiera siquiera llegar al cajón. Casi dejó salir un chillido del susto, pero lo resistió, acomodándose la garganta y enderezando su espalda.

—Pase. — Dijo, intentando sonar firme.

La puerta se abrió, apareciendo su prometido, Seto Kaiba, en la habitación. Ella trató de no rodar los ojos con molestia, y forzó una sonrisa seductora, mientras el ojiazul la miraba con cierta confusión. Estaba específicamente mirando a su apariencia.

—¿Todavía no estás vestida? — Seto preguntó con absoluta sorpresa. Eran las nueve de la mañana, y Mai siempre estaba correctamente vestida antes de las siete. Sin contar que estaba pálida y con unas profundas ojeras.

¿Qué le estaba pasando?

Mai estaba vestida en nada más una bata blanca, posiblemente llevaba un corto camisón debajo pero no lo daba por seguro, su cabello estaba suelto y despeinado, sin contar que no había maquillaje que disfrazara su aspecto.

Mai estaba enfermándose. Estaba seguro de eso, y para la mala suerte de Seto, se sentía preocupado al verla así.

Aunque trató de sacudir esos pensamientos.

Mai solo amplió su sonrisa, llevando sus manos a su cintura, deshaciendo ligeramente su bata. —Creo que realmente necesitas verme desvestida. — Le guiñó su ojo.

Seto se volteó, notando más el hecho de que la voz de Mai sonaba raspada. —Será mejor que no, Gozaburo te espera en su despacho. Quiere hablar contigo, aunque no sé de qué. — Al decir esto último, miró a la rubia de reojo.

Mai sintió un revuelto en su estómago al oír ese nombre. Lo último que necesitaba es que Gozaburo la viera, se daría cuenta enseguida de su estado y ella no estaba firme para crear una rápida mentira.

Solo debía decir que estaba enferma, solo eso. El problema era que nunca se había enfermado, excepto por aquella fiesta. Jamás se había mostrado así de frágil frente a Gozaburo, era una fragilidad que a ese hombre no le gustaría, sobre todo porque si no lo mejoraba pronto, el plan se arruinaría.

No es como si ella quisiera llevar a cabo aquel plan, pero no le quedaba otra opción.

—Mai. — La voz firme de su futuro esposo interrumpió sus cavilaciones, ahora Seto estaba mirándola un poco más de cerca. —¿Escuchaste lo que dije?

Seto estaba seguro de que Mai lo había escuchado, y se notaba bastante preocupado, como si su malestar hubiese aumentado cuando mencionó a Gozaburo. ¿Qué estaba pasando por la mente de Mai? El ojiazul realmente deseaba tener el poder de leer su mente con tan solo mirarla fijamente.

Mai oscureció su mirada en sus cabellos rubios, suspirando. —Sí, te escuché. Estaré lista en unos minutos. — La mujer le dio la espalda, y se quitó la bata con despreocupación, revelando su cuerpo enteramente desnudo, pálido, pero no tan delgado.

Seto pensó que la vería hasta los huesos, lo curioso era que incluso hasta daba la imagen de que había subido ligeramente de peso.

—¿Qué te sucede? Te ves pálida. — A pesar de que Seto estaba genuinamente preocupado, decidió ir por sus sentimientos de sospecha para dejar salir nada más una voz fría e indiferente. Vio a la mujer tensar sus musculos ante la pregunta, pronto soltando un gruñido.

—¿Desde cuándo te preocupas por mí? Ve a vigilar a tus sirvientes, ese es tu trabajo. ¿No? — Ladró, mientras se iba colocando la ropa interior.

Seto se cruzó de brazos, esa actitud ofensiva solo confirmaba sus sospechas. Se aseguraría de poner cámaras en la habitación de Mai, vigilarla personalmente y si le quedan algunos guardias confiables, les pediría a ellos que no le quitaran el ojo de encima.

Mai se notaba vulnerable, así que no estaba con su atención en alto. Sería fácil de descubrir.

La pregunta era, ¿por qué? ¿Por qué estaba con la guardia baja?

La mujer deslizó sus brazos por las tiras de su corpiño negro, tratando de hacer oídos sordos a las palabras del hombre detrás suyo. Aun así, su concentración se fue a la basura cuando un terrible y repentino mareo casi lograba que perdiera su posición e hiciera contacto con el suelo, hasta que unos brazos firmes la sostuvieron. Una cálida respiración conocida rozó su oído, estremeciendo sus débiles musculos, quiso emitir una queja, pero sólo tragó saliva al sentir las náuseas haciendo lo peor con su cuerpo. ¿Podía confiarle a Seto su vulnerabilidad? No, no debía seguir molestándolo.

Además, quizás le guardaba rencor; quizás se vengaría por todo el daño que le hizo. Aunque, ella sabe algo de él, un secreto que haría que Gozaburo se lo devorara vivo, así que Mai tenía la ventaja por mantener guardada tal información.

—¿Estas bien? Necesitas ir a un hospital, yo puedo…— Seto comenzó a decir, ya no más mostrando indiferencia, sino dejando salir aquel lado que aún se preocupa por Mai. No pudo terminar su oración cuando la mujer en sus brazos lo interrumpió con un grito.

—¡Déjame en paz!

Sin embargo, Seto no la soltó ni por un segundo, ni siquiera su grito tenía la fortaleza para mostrarse intimidante. Aunque pudo notar cómo se quebraba, hasta que pensó que fue su imaginación porque la expresión de ira que la mujer le estaba lanzando no demostraba su vulnerabilidad.

Seto conocía a Mai mejor que nadie, y sabía que insistiendo no podría lograr nada. Así que lo único que haría es vigilarla hasta descubrir su gran secreto.

De paso, cuidaría de ella en su estado tan débil.

Odiaba el sentir todavía esa preocupación por ella, pero no podía darle la espalda.

Se sorprendió cuando Mai dejó de tensarse, agachando aún más su cabeza. —Por favor, Seto, sólo hazlo… déjame. — Ella susurró en desesperación, sus más honestos deseos de mantener al margen al ojiazul fueron manifestados, y Seto no lo estaba comprendiendo.

Aun así, la soltó. Decidido de sus próximas acciones.

La dejaría sola, pero no la dejaría en paz. Porque hacía bastante que Mai no estaba en paz.

Seto se alejó, sin quitarle el ojo de encima a la mujer. —Dime si necesitas algo. — Le dijo con firmeza, volteándose ahora seguro de que la rubia no caería al suelo.

Sabía que Mai no le diría nada, sabía que era inútil hablar por ahora. Así que actuaría a la fuerza.

~•~

—¿Jounouchi-kun? ¿Estás bien? — Yuugi le preguntó a su amigo, mientras estaban sentados en grupo con Anzu, Honda y Atem en una de las mesas del comedor, habiendo llegado el receso. Jounouchi estaba presentando un comportamiento extraño, distraído, como demasiado preocupado por algo.

Honda era su compañero de cuarto, y era el que más notaba sus problemas para dormir. Cada noche después de año nuevo, Jounouchi se movía de un lado para el otro en la cama. Al principio era exasperante y después preocupante. Era la primera vez en mucho tiempo que lo veía tan inquieto, y le resultaba difícil sacarle el motivo de aquello.

Cuando Yuugi se atrevió a preguntar, Honda supo que Jounouchi estaría en buenas manos. Desde que el pequeño tricolor había llegado a sus vidas que ellos lograron cambiar el rumbo de sus almas por uno más indicado a la esperanza. Tanto Jounouchi como Honda juraron que protegerían a Yuugi, pues él simbolizaba aquello tan preciado.

Pero si Jounouchi no estaba sobre sus cabales, no había nada que se pudiera hacer.

El rubio sacudió levemente su cabeza, mirando hacia otro lado. —Estoy bien, no se preocupen. — Murmuró y recibiendo nada más silencio como respuesta, se sintió observado. —Ya pueden dejar de mirarme. — Se quejó hundido entre sus codos, gruñendo como un niño pequeño.

—Es que no podemos evitar preocuparnos por ti. — Anzu dijo, con genuino interés.

—¿Y eso por qué? Si estoy perfectamente bien. — La voz del rubio quedaba ahogada, al estar enterrada en sus brazos, debido a que el joven estaba recostando su mentón encima de la mesa, con los brazos abrazando su mandíbula.

—No estas siendo… tú, últimamente. — Yuugi añadió con el mismo tono amable de siempre. Jounouchi solo cerró sus ojos y optó por no decir nada.

La verdad era que, algo había cambiado en él, desde que conoció mejor a aquella supervisora—no— a Mai.

Kujaku Mai era una mujer sensible, frágil, vulnerable a las amenazas de su jefe y por eso siempre estaba a la ofensiva. Días después de la noche de año nuevo, aquel maravilloso recuerdo, la rubia se notaba más débil; una palidez que se asociaba a la enfermedad, y eso estaba asustando al muchacho. ¿Qué le sucedía a Mai?

Jounouchi se sentía impotente al no tener oportunidad de acercarse a la mujer, de siempre sentir estar cerca de ella cuando en realidad solo estaba más alejado. La distancia la estaba creando ella por algún motivo en especial, y daba por hecho que tenía que ver con Seto Kaiba, o peor aún, su otro jefe.

El rubio estuvo todos estos días pensando en Mai, la figura de tal mujer se dibujaba en su mente y apuñalaba su corazón en los más dolorosos pensamientos. ¿Qué podía hacer para llegar a ella? ¿Cómo podría protegerla?

Quería hablar de eso con sus amigos, expresarles su preocupación, ser honesto con ellos, pero ¿qué pasaría si decía la verdad? ¿Si pronunciaba todo lo que vio de Mai y lo que hizo con ella? ¿Cómo reaccionarían sus amigos? ¿Se sentirían traicionados?

Después de todo, Mai no fue amable con nadie en la mansión. Jounouchi no tenía forma de probar que fue obligada a portarse así, ni siquiera él mismo estaba completamente seguro, solo le hacía caso a su corazón que latía por ella y su vulnerabilidad.

Por ese canto que pedía protección.

Para colmo, la mujer no se había hecho presente en la mañana, no estaba ahí para gritarles o lanzarles dagas con sus ojos. Jounouchi temía por la seguridad de Mai.

Estaban en receso, eso significaba que tenía libertad para moverse por la mansión, por lo tanto, podría buscar a Mai mientras fuera cauteloso. Así que Jounouchi se preparó para levantarse, apoyando firmemente sus manos sobre la mesa y enderezando su espalda. —Oigan, chicos, yo…— Hasta que su rápidamente planeada excusa fue interrumpida por la voz profunda de dos guardias que dirigieron su mirada escondida en uno de los presentes a su alrededor.

—Atem Mutou. — Al ser llamado, Atem se puso de pie casi de inmediato, para evitar que Yuugi hiciera algún tipo de movimiento.

—Ese soy yo. — Dijo sin temblor.

—Seto Kaiba lo está esperando.

Ante la mención del nombre de su amado, su corazón palpitó emocionado. Atem, aun así, trató de ocultar la intensa energía que recorría su pecho al saber que Seto requería de su presencia, resistiendo a su sonrisa y al brillo que estallaba en sus orbes. Lamentablemente por ahora, la paz que tenía con su jefe era un gran secreto que debía proteger.

Proteger de Yuugi, de sus amigos y especialmente, de Gozaburo.

Atem le dedicó a su grupo una mirada suave, que les decía que todo marchaba bien, que no debían preocuparse, pues en los ojos de todos ya estaba viendo la angustia y detestaba no poder decirles la verdad para calmar sus corazones.

¿Qué pasaría si se los dijera? ¿Lo odiarían? ¿Se sentirían traicionados?

Esa era una duda que no lo dejaba dormir.

Un tirón en su brazo interrumpió sus pensamientos, los guardias decidieron llevarlo a la fuerza ya que este se había pasado mucho tiempo cavilando. Atem se apuró a acomodar su paso para que el tirón no fuera tan doloroso. Intentando no mirar hacia atrás para no enfrentar las miradas tristes de sus amigos, y principalmente, la de su hermano.

Luego de minutos largos de una caminata por los pasillos, Atem se emocionó aún más cuando se dio cuenta de hacia dónde lo 'arrastraban'. El camino era bastante largo como para ser el despacho de Seto, así que la única opción era su habitación. Lo que significaba que los dos tendrían intimidad.

Aunque, seguramente Seto querría hablar de algo importante, pero el simple hecho de estar con él a su lado, sin cámaras que vigilaran cada gesto que realizaba, era sumamente cómodo para Atem.

Finalmente llegaron a la entrada conocida, donde le abrieron la puerta una vez más para darle paso a los aposentos de su jefe. Atem cerró sus ojos por unos segundos, cuando sintió la puerta cerrarse detrás de él, al tener los pies dentro del cuarto; tragó saliva y suspiró, abriendo sus ojos lentamente para admirar de la presencia de su amado.

Quien…

…no estaba ahí.

Llegó a pensar que nadie estaba en la habitación, hasta que escuchó algo inesperado:

—Te estaba esperando, sirviente de prestigio.

Aquella voz femenina provenía del suelo, donde la mujer llevando su cabello rubio atado a una prolija coleta, se arrodillaba servilmente, mirando de reojo al tricolor sobresaltado con cierta picardía. —¿¡Kujaku Mai!?

Atem sintió que el corazón se le escapaba de su pecho. ¿Fue una trampa? ¿Había caído estúpidamente en una trampa? Seto tenía razón, Mai estaba planeando algo y seguramente Gozaburo era el cerebro en todo esto. Y él acababa de hundirse en el barro de ambos.

Quería golpearse a sí mismo por su descuido.

Mai estaba a la altura de sus talones, extendiendo sus piernas cubiertas por unas medias de red de un rojo intenso que acompañaban a las bragas finas que cubrían su zona inferior y llegando más arriba, su torso llevaba encima una blusa trasparente del mismo color que las bragas y las medias. Esa mujer estaba semidesnuda frente a él, brindándole una sonrisa conscientemente seductora.

Atem sintió ganas de vomitar.

—Aléjate de mí. — El tricolor trató de alejarse, pero su espalda pronto encontró su lugar con la pared, deteniendo todos sus pasos. No estaba logrando lo que quería, la rubia iba gateando hasta alcanzar sus pies de nuevo y rozarlos con la punta de sus dedos.

—¿Por qué dices eso? Sé que estabas esperando esto. — Los largos dedos subían por su rodilla. Mai susurraba sensualmente, soltando un ligero ronroneo que causó que Atem sintiera tremendos escalofríos.

—Aléjate. — Atem comenzó a repetir, apretando con fuerza sus puños, observando con horror como la mujer se le acercaba. Se le venían a la mente los recuerdos de cuando Keith Howard se le acercó esa vez.

Su mano llegó a sus muslos. —Soy consciente de cómo me viste aquella noche de año nuevo, no dejabas de mirar mi escote. Y no te voy a negar, me gustó que lo hicieras. — Su pulgar alcanzó a rozar su entrepierna. Atem cerró sus ojos, preguntándose a sí mismo por qué se estaba bloqueando. —¿Y tus celos? Por dios, esos también los noté. Odiabas verme con Seto Kaiba.

Al oír esto, Atem abrió sus ojos. ¿Cómo sabía eso? ¿Acaso ella…?

—Yo te gusto, ¿no es así? — Mai ronroneó de nuevo, acercando su nariz hacia donde su traviesa mano estaba.

Atem hubiera suspirado de alivio al saber que Mai confundió las cosas, pero la tranquilidad no llegó al tener a la mujer tan cerca de su entrepierna, así que se liberó de su bloqueo y con ambas manos la empujó tirándola de los hombros hacia atrás. Un quejido escapó de la mujer, que pronto se tornó una risita juguetona.

Aprovechando la separación, el tricolor buscó la puerta para abrirla y asegurar su escape, sin embargo, una mano ajena la cerró bruscamente. Sorprendido había quedado Atem al ver que Mai se puso de pie con rapidez, mostrando su gran diferencia de altura con el joven sirviente sin quitar su intento de sensualidad.

¿Serviría de algo si le dijera que estaba equivocada? ¿Debía decirle sobre la orientación de sus gustos?

—No podrás escapar de tus impulsos. — La mujer le susurró, acercando al tricolor a su suave busto, tomando ventaja de la falta de balance que había en la posición de este.

Atem estaba demasiado sobresaltado, y consciente de que debía calmarse. No tenía impulsos de hacer nada con esta mujer, no cuando se supone que ella se casaría con Seto.

Seto ya había sufrido una traición, y Atem no quería ser parte de ese perverso plan.

—¿No te casarás con Kaiba? ¿Por qué me estás mirando a mí? Solo soy un flacuchento. — Atem hacía lo mejor que podía para llegar a las intenciones de la rubia, sin lograr nada porque ésta actuaba demasiado bien.

¿Qué planeaba? ¿Qué quería?

¿Acaso quería que él aceptara acostarse con ella en la cama de Seto?

Solo pensar eso le devolvió las náuseas.

Estas personas eran realmente perversas.

Suponiendo que ese fuera el plan. ¿Cuál era el motivo?

Estaba claro que Seto no tenía interés en Mai, y no había forma de que supieran que él estaba en una relación con Atem. ¿Dónde estaba el objetivo en esto?

Sus pensamientos se sacudieron al haber recibido la revancha de Mai. Atem fue empujado contra una pared, quedando acorralado nuevamente.

—Se nota que no te miras al espejo muy a menudo. — Mai respondió juguetonamente, poniéndose de cuclillas. Su nariz de nuevo enfrentaba su hendedura, la cual no delataba reacción de todas sus provocaciones y caricias que el sirviente había recibido. —Enséñame las cualidades que tienes escondidas. — En un movimiento erótico, pasó su lengua por su labio superior.

Mai trató de no verse molestada por la carencia de atracción y comenzó a jugar con el cinturón del tricolor.

Atem sintió sus rodillas temblar, sus nudillos ya teñidos de un pálido color al tener los puños fuertemente apretados. Inhaló para preparar un llamado firme. —¡Ya basta! — Tomó firmemente las muñecas de la mujer, manteniendo su balance con su agarre y separándola de su zona intima.

La rubia pronto se dejó caer al suelo y obligó al tricolor a seguirle el paso por sostenerla con torpeza. Atem quedó arriba de Mai, pudiendo sentir la cálida entrepierna de la mujer abrazar su muslo. Esto ocasionó que el muchacho rápidamente se alejara.

Atem se puso de pie, mientras la mujer seguía entregándose en el suelo, expandiendo sus piernas para limitar a la imaginación. —Vamos, no te resistas. Te dejaré probar solo por esta noche, y será nuestro pequeño secreto. — Mai susurró, pasando su mano por su propia entrepierna, rozando tentadoramente, tratando de llamar la atención del sirviente que la miraba con cierto espanto.

Algo que Atem notó en ambas manos femeninas, era que ninguna llevaba el anillo de compromiso.

Estaba claro que Mai pretendía lastimar a Seto de nuevo.

—¿No tuviste suficiente? Creí que ya te habías divertido al haber traicionado a Seto… Kaiba antes. — Atem masculló. Se dio cuenta que había dado en un punto sensible cuando la rubia arrugó su perfecto rostro al fruncir el ceño.

—¿Cómo sabes eso? — El tono seductor de la dama había desaparecido para tornarse en uno más de sospecha y agresión.

—Yo sé mucho más de lo que Gozaburo y tú pueden imaginar. — Mai se mostró sorprendida ante su respuesta, mirándolo con cierto temor.

Perfecto, quería asustarla con eso.

Atem sonrió ligeramente. Si no podía usar la fuerza bruta con ella, entonces la dañaría con las palabras.

—¿Fue esto lo que hiciste con Gozaburo? ¿Seducirlo? ¿Así fue como terminaste en la cama con él?

—Cállate…

—No negaré que eres una bella mujer, pero acabaste pudriendo todos esos atributos en la perversión de este lugar.

Mai agachaba su cabeza, hundiendo sus dedos en su cabello atado que se iba despeinando. Sus latidos tornándose fuertes como si su pecho fuera a estallar. —¡Cállate! — Exclamó con más rabia.

Atem no se inmutó.

—Seguro viniste buscando fortunas, Mai, y mira lo que recibiste. ¿Eres feliz haciendo sufrir a otras personas? ¿Entregando tu cuerpo como si fuera nada? — Atem podía ver a la mujer tensándose cada vez más, quería presionar hasta que explotara. —¿Eres feliz? ¿Este es el futuro que deseabas? ¡Contéstame!

Lo único que Atem recibió como contestación fue una dolorosa bofetada. Mai se levantó del suelo para estar de nuevo a una altura mayor a la del sirviente, tomando fuertemente de su cuello, presionando su garganta con su pulgar. Atem ya no tenía oportunidad para hablar, pero él sería persistente.

Logró una reacción diferente y esperada de parte de la supervisora.

—Dices saber muchas cosas, pero no sabes nada de mí. — Mai le masculló, apretando un poco más del delgado cuello del joven.

Atem es esforzó por sonreír. —Solo sé que planeas repetir… lo mismo que hiciste con… Gozaburo. — Su voz sonaba ahogada, sin embargo, se escuchó claramente.

Mai lo empujó dolorosamente contra la pared. —¡No fue mi idea! ¡Jamás lo fue!

Bingo. — Atem dijo victoriosamente en su cabeza. —Entonces… — Estaba por insistir un poco más hasta que Mai usó todas sus fuerzas para apretar su garganta y callarlo.

—¡Cállate! ¡No quiero oírte! — La rubia escondió su mirada llena de lágrimas entre sus cabellos, haciendo su mejor esfuerzo por controlarse a pesar de que su voz quebrada la estaba delatando.

Ese sirviente tenía toda la razón en lo que decía excepto cuando hablaba de su felicidad, aquella que había perdido desde que fue lastimada. Entonces, ella lastimó a quienes tenía a su alrededor, especialmente a Seto. Jamás se perdonó por lo sucedido, y tener que repetirlo era lo peor que podía hacer.

Aun así, aceptó. Porque ella ya estaba muerta, no tenía motivo para opinar o estar en desacuerdo con algo que le ordenaban. Eso era lo que pensaba antes de abrir el contenido de aquella caja y recibir la respuesta por ella misma.

Sí, la razón de su desbalance estaba dentro del bolso que había traído a la habitación. Allí estaba su indecisión.

El solo pensar en ello, le provocó mareos. Una intensa presión en su cabeza la obligó a soltar lentamente a Atem, quien comenzó a toser en cuanto fue recuperando el aire. Mai se separó, dando unos torpes pasos hacia atrás, sosteniendo su frente como si le pesara toneladas.

Atem no dijo nada, sólo la observó. Mai se estaba viendo… bastante inestable. ¿Era una actuación acaso?

—Oye…— Probó llamar su atención, aunque fue inútil porque la rubia optó por no contestarle.

Aunque, no era por su enojo, sino porque la mujer de verdad no estaba en condiciones de emitir ni un sonido. Los mareos y las náuseas fueron más fuertes que todo sentimiento, que sus rodillas le fallaron y se encontró en el suelo nuevamente.

Jadeaba pesadamente, se sintió sudar frío. ¿Qué le estaba pasando? ¿Eran estas las consecuencias de sus acciones?

Atem no pudo evitar preocuparse, que se arrodilló para estar a la altura de la supervisora. —¿Te encuentras bien? — Preguntó genuinamente, olvidando con quién estaba tratando. El aspecto que la mujer llevaba definitivamente no era una actuación.

Cuando Mai se esforzó por levantar la mirada, perdió completamente la consciencia, cayendo en brazos del sirviente de prestigio.

~•~

Al tratar de abrir los ojos, sus parpados le pesaban al igual que su pecho, su vista se tornaba borrosa y solo podía alcanzar a reconocer las luces a su alrededor. Apreciaba también la comodidad de una cama amplia y suave, llevando su torpe mirada hacia sus costados para confirmar el lugar en donde se encontraba. Pudo captar unos cabellos rubios alborotados con unos ojos que se fijaban en ella preocupadamente. Los labios de Mai se abrieron levemente para dirigirle unas palabras a esa persona, y al soltar la cadena de su lengua, solo mostró su confusión y dijo nada más un nombre.

—¿Jounouchi?

—¿Uh? — Al oír nada más ese sonido ajeno, proveniente de una persona diferente a la que ella esperaba. La mujer parpadeó insistentemente, buscando aclarar su vista.

Frente a ella estaba ese sirviente de prestigio, con sus amatistas fijos en ella con una mezcla de confusión y preocupación. ¿Por qué la estaba mirando así?

—¿Qué haces aquí? ¿Dónde estoy? — Mai hizo su mejor esfuerzo por sentarse, sin embargo, su cabeza aun le estaba pesando.

—Te desmayaste, aún estamos en la habitación de Se… de Kaiba. — Atem respondió, corrigiendo rápidamente el error que estaba por cometer.

Mai recordaba haber llevado a cabo lo que le ordenaron; acorraló a Atem en la habitación de Seto, pero luego… ¿Qué pasó?

Ella despertó en una cama, eso seguro, y a su lado estaba Atem, pero los dos estaban vestidos.

No sucedió nada de lo planeado. ¿Qué fue lo que la detuvo?

Seguro viniste buscando fortunas, Mai, y mira lo que recibiste. ¿Eres feliz haciendo sufrir a otras personas? ¿Entregando tu cuerpo como si fuera nada?

Y de pronto, comenzó a recordar todo lo que ese sirviente le había escupido. Lo miró de reojo, como si le lanzara dagas.

—¿Cómo te sientes? —Atem ignoró la mirada fría de la mujer y se atrevió a hacerle esa pregunta, ella no había estado mucho tiempo inconsciente, pero el sirviente no iba a negar que sintió que su corazón se escapó de su pecho cuando se le desmayó en sus brazos, que hizo lo posible para subirla a la cama y tratarla. Incluso había terminado el receso, lo cual alteraba más al pequeño tricolor.

Lo último que Atem quería era estar con una mujer semidesnuda desmayada en la habitación de su jefe y amante. ¿Cómo reaccionaría Seto si viera esta escena? ¿Acaso esto también era parte del plan?

Aun con todas esas sospechas, Atem no podía dejarla ahí en el suelo. No se lo hubiera perdonado.

Una carcajada de parte de la rubia hizo eco en el cuarto, alterando al tricolor por unos segundos. —No seas cínico, sirviente. Estas hablando con alguien que solo hace sufrir a las personas, ¿por qué preocuparse?

—No podía darte la espalda. — Atem respondió firmemente, sorprendiendo a la mujer.

—Y si fuera Gozaburo, ¿habrías hecho lo mismo? — Arqueó una ceja.

Ahora era turno de Atem para sorprenderse. Sus ojos se abrieron como platos ante las palabras, y empezaba a sentirse un poco agitado. ¿Habría hecho lo mismo por Gozaburo? ¿O tan solo lo hubiera dejado ahí?

Sacudió su cabeza, no iba a dejar que esa mujer atacara a su punto débil. Así que le devolvió la mirada firme.

—¿Y tú? ¿Lo hubieras salvado?

Los dos fijaron sus vistas, creando un silencio que parecía desafiante.

Mai fue la primera en soltar los ojos y llevarlos hacia otro lado, con una media sonrisa frívola. —Quién sabe. — Murmuró.

Al instante, Atem pudo leer detrás de esas dos indiferentes palabras. Mai definitivamente no hubiera dudado en darle la espalda a Gozaburo si tuviera la oportunidad.

Pero ¿por qué? ¿Venganza? ¿Fortuna? ¿Qué había entre Gozaburo y Mai?

Solo había una forma de averiguarlo.

—¿Quién te dio la idea? — Atem preguntó, recuperando la mirada de la mujer.

—¿Qué idea?

—La de acorralarme, dijiste que tú no tuviste la idea. Entonces, ¿Quién te la dio? ¿Seto Kaiba? — Atem regresó a sus insistencias, sin darle tregua a su supervisora.

—¡No! — Mai respondió inmediatamente a la última pregunta. Atem sabía que Seto no había sido el de la idea, pero descubrir esa reacción, valía todo el oro. Cada vez que mencionaba al ojiazul, Mai reaccionaba con culpa.

—¿Quién fue? — El tricolor insistió.

La mujer frunció profundamente el ceño. —Eso a ti no te importa. — Masculló. Atem se esperaba esa respuesta, tenía un as bajo la manga.

—Bien, hablemos de algo que sí me importa… — Atem inclinó su cabeza, apoyando su mentón sobre su puño, sin dejar escapar ningún gesto de la supervisora. —… ¿qué tienes con Jounouchi-kun?

Mai no se vio venir tal pregunta que su cuerpo reaccionó indebidamente. Sus mejillas ardían bastante y las lágrimas se acumularon en sus ojos.

Atem quedó atónito; con solo la mención de Jounouchi, ella tuvo semejante reacción. Así que de verdad había algo entre ellos dos, o solo ella estaba sintiendo algo. Las dudas solo se acumulaban en su mente y hacían que sintiera una terrible jaqueca que intentó resistir. Quizás esto también respondería al cambio de actitud de Jounouchi.

Los hombros de la mujer temblaban al hundir su rostro lo más que podía, escondiéndose de nuevo en su cabello despeinado.

Ante la falta de respuesta, Atem persistió. —¿Por qué murmuraste su nombre?

—No sé de qué hablas. — Mai contestó débilmente.

—¡No te hagas la estúpida, Mai! ¡Ya estoy harto! — El joven no pudo evitar perder la paciencia, arrugando las sabanas al cerrar su puño sobre la cama.

Mai sintió ese grito como un horrendo zumbido en sus oídos, rompiendo el hilo que mantenía el balance de sus emociones. —¿¡Tú estás harto!? ¿¡Acaso sabes por todo lo que tengo que pasar de ahora en adelante!? ¿¡Sabes lo que debo sacrificar para cumplir con los caprichos de todos!?

Atem pudo notar cierto quiebre en la voz de la rubia, con las lágrimas finalmente escapando de los ojos donde llevaban acumulándose. Se sentía como si hablara con Seto en los primeros días.

—No, no lo sé. Pero si me lo dijeras, quizás podría comprenderte. — El tricolor le contestó suavemente, sabiendo que debía moverse con cuidado.

—Eres tan terco como él. — Mai bufó.

—¿Él?

—Sí, él; Jounouchi. Siempre tan persistente, diciéndome cosas como que se preocupa por mí. ¡Nadie tiene que preocuparse por mí!

Atem se hizo hacia atrás, enderezando su espalda en la silla mientras se cruzaba de brazos. —¿Así que Jounouchi se preocupaba por la supervisora? ¿Será cierto?

—Tú eres su amigo, ¿no? Dile que me deje en paz. ¡Que se olvide de mí! — El nerviosismo en Mai había crecido, desesperada por resolver su problema con Jounouchi, recurrió a la persona que no la obedecería, que posiblemente sospecharía o querría saber más del asunto.

Pronto, Mai se dio cuenta del error que cometió. Pero no le importó, porque ya estaba desesperada.

—¿Por qué habría de decirle eso? — Atem preguntó con cautela.

Esto sonaba a algo más profundo que un engaño. Y explicaba la preocupación de Jounouchi.

—Tú sabes que soy una persona peligrosa, soy engañosa, traicionera. Quiero evitarlo a toda costa. — La voz de la mujer temblaba, casi estaba por rogarle al sirviente.

Atem llevó su mano a su mentón, mostrándose pensativo. —¿Por qué quieres evitarlo? Eres su supervisora, ¿no?

Mai gruñó. —Sabía que no entenderías. — Sacudió ligeramente su cabeza.

—Si tan solo me dijeras qué es lo que sucede, quizás … — Las palabras del sirviente fueron interrumpidas por otro grito quebrado de la mujer.

—¡No quiero lastimar a nadie más!

—Entonces, deja de castigarte a ti misma.

Tanto Mai como Atem se sobresaltaron al oír aquella voz profunda y reconocida del lado de la puerta. Pensando que habían estado solos todo este tiempo, no se habían dado cuenta de que Seto Kaiba estaba posicionado en la habitación.

Atem sintió que le faltaba el aire por unos segundos, viendo a Seto con su mirada fría y brazos cruzados, fijándose en Mai. Vestido con su camisa blanca con los dos botones superiores abiertos y unos vaqueros oscuros ajustados, daba una imagen bastante imponente.

—¿Hace cuánto que estás ahí parado? — Mai preguntó nerviosamente.

—Lo suficiente como para saber que acorralaste a mi sirviente de prestigio. Y que tú no fuiste la que lideró el plan. — Seto respondió, caminando hacia la punta de la cama. Sus azules penetraron sobre las amatistas de Atem. —Hace rato que terminó el receso. ¿No tienes trabajo que hacer? — Dirigió su firmeza de jefe hacia su sirviente.

Atem estaba por insistir, pero pudo leer en sus ojos brillantes que Seto le estaba diciendo: Vete…

Atem sabía que ya no tenía lugar en la conversación, que solo Seto podría controlar esta situación con Mai, a diferencia del ojiamatista que tan bien no la conocía. Así que, el sirviente se levantó de la silla, asintiendo ligeramente a las palabras de su jefe.

Fingiendo indiferencia, pasó a su lado, sintiendo cercano el aroma de Seto.

Cuando el tricolor cerró la puerta, anunciando su ausencia. Seto se atrevió a romper el hielo.

—¿Y bien? ¿Quién fue? — Seto se sentó al lado de Mai, tratando de ignorar el hecho de que había estado semidesnuda con Atem.

Hubo silencio.

Seto apretó los puños con impaciencia. —Mai, será mejor que … — Antes de que pudiera completar su amenaza, Mai inmediatamente respondió, pero no exactamente la pregunta que Seto le estaba haciendo.

—¡Estoy embarazada!

Mai trató de no llorar, hizo su mejor esfuerzo por no quebrarse. Pero esa era la verdad, eso fue lo que la mantuvo tan inestable y lo que no quería creer. Desde que comenzó a sentir los mareos se compró la prueba, pero jamás abrió la caja hasta el día de hoy, en el que la prueba dio positiva.

Ella estaba embarazada, y sabía quién era el padre, es por eso por lo que quería estar lejos de él.

Seto quedó atónito, un sudor frío rozando su espalda al temerle a la respuesta de la nueva pregunta que se formaba en su mente. ¿Acaso el padre era…?

—¿Quién es… el padre? — Su voz casi no salía de su garganta, pero sus palabras salieron fuertes y claras.

Mai se abrazó a sí misma, sin poder mirar a los ojos a su prometido. —Es uno de tus sirvientes. Estoy segura de eso.

—¿Cuál sirviente? — Insistió, a pesar de que estaba aliviado de que no era Gozaburo una de las opciones.

Mai se mostró molesta, harta de que la siguieran interrogando. —¡Es Jounouchi Katsuya! ¡Me acosté con él mientras tú salías con tu querido sirviente de prestigio en Navidad! ¡Ah! ¿Recuerdas cuando me echaste de tu despacho en año nuevo para quedarte a solas con tu adorado sirviente? ¡Esa misma noche también me acosté con él! — Ese fue el momento en que Mai se atrevió a mirar al ojiazul, para gritarle y sentir que le escupiría todo su veneno, pero no lo estaba logrando. El veneno se lo estaba tragando ella misma.

El dolor lo estaba sintiendo ella.

Se sentía perdida.

Seto frunció el ceño. —¿Cómo sabías que yo había salido con Atem en Navidad? ¿Se lo dijiste a Gozaburo? — Ante esta última pregunta, el castaño se atrevió a alzar la voz en un gruñido.

Mai sacudió su cabeza. —No, no se lo dije, sabía lo que significaría para ti y, además, si yo guardaba tu secreto, tú podrías guardar el mío. — Para disfrazar su vulnerabilidad, la rubia trató de mantener una sonrisa maliciosa que mucho no le duró.

—¿Cuál secreto?

Su prometida se echó a reír. —En serio que hacen muchas preguntas, ese sirviente y tú son tal para cual. — Dijo con picardía, luego suspiró y cambió de gesto por uno más melancólico. —Me enamoré de Jounouchi, intenté no hacerlo, pero supongo que no lo pude evitar, y ahora estoy esperando un hijo suyo. Sin embargo, no quiero que le digas nada. Ni a él, ni a Gozaburo.

—No soy estúpido, Mai. — Seto bufó. —Además, supongo que te debo una por no decirle a Gozaburo sobre Atem y yo. Al menos que sea un engaño, lo cual es muy probable viniendo de ti. Ya que todavía no me respondiste quién te pidió que lo acorralaras y por qué. — La miró de reojo.

Mai cerró sus ojos y suspiró, para abrirlos y fijarse en su prometido—no—en Seto, quien se merecía toda su honestidad. Él parecía estar confiando en ella, intentó ayudarla en la mañana, ¿qué derecho tenía ella de no decirle toda la verdad? ¿De no pedirle disculpas?

Era lo mejor que podía hacer.

—Gozaburo quiere matar a Atem, pero primero quería arruinarlo. Es por eso por lo que me pidió a mí que intentara seducirlo para llevarlo a tu cama y que tú nos vieras juntos, así te enfadarías y le darías la espalda. — Mai explicó.

El castaño de pronto dio una patada a la silla, mostrando una clara furia. —¡Dijiste que no le habías contado nada! — Exclamó.

—¡Y no lo hice! Él cree que Atem te está distrayendo, por eso quiere deshacerse de él. Desde aquella fiesta donde los sirvientes fueron envenenados, que Gozaburo desconfiaba de Atem. O quizás antes, quién sabe… — Seto pudo ver en los ojos de su prometida, una preocupación genuina. —Seto, te digo esto por tu propia seguridad, sé que te traicioné, pero no fueron mis verdaderos deseos y hasta el día de hoy me sigo castigando por ello.

—No te castigues, solo dime la verdad. ¿Qué pasó? — Seto calmó su respiración, sabiendo que Mai no tenía la culpa de las perversiones de su propio padre.

Mai tragó saliva, era la primera vez que le contaría toda su historia y la razón por la cual llegó a la mansión. Pero era lo mejor para todos. —Yo tenía un novio antes de conocerte, vivía con él, pero no teníamos dinero y no encontrábamos un buen trabajo. Hasta que encontré esta mansión, y decidí trabajar aquí, te conocí a ti, había aceptado el encierro dando por sentado que algún día saldría de este lugar. Pero jamás llegaba ese día…

—Hasta que conociste a mi padre…— Seto deducía cuál era el tipo de trato que Gozaburo pudo ofrecerle.

—Yo tenía más ventajas que otros sirvientes, siempre trabajaba a tu lado y luego Gozaburo me dio el permiso de salir de la mansión si eso quería, él sabía que yo estaría bien mientras me pagaran. Tú me gustabas, Seto, pero yo estaba enamorada de otro hombre. ¿Recuerdas el día que me propusiste matrimonio? Yo no sabía qué hacer, qué responderte, porque tu amor era genuino, y quería devolverte ese sentimiento, así que no tuve la cara para rechazarte y te dije que sí. Cuando Gozaburo supo de eso, sentía que me lanzaba dagas con sus ojos cada vez que se cruzaba conmigo, creí que al haberme invitado al viaje de negocios podría mejorar la situación con él, sin embargo, fue mucho peor. — Se dio una pausa para acomodar su garganta, secando algunas lágrimas que empezaban a caer sin aviso. —Al regresar, me dijo que me pagaría y me obligó a alejarme de tu vida. Yo acepté.

Seto frunció el ceño. —¿Y cómo es que…? — Mai sabía lo que Seto estaba por preguntar, y apartó su mirada al responderle, avergonzada de siquiera recordarlo.

—Él dijo que no pagaría si no recibía algo a cambio, y el hecho de que yo me alejara de ti, no era suficiente.

Seto se quedó atónito, sabía que Gozaburo no era un hombre que solo buscaba sexo, el plan entero de su padre era arruinarle la moral, no a Mai, sino a su propio hijo. Seto había quedado aún más destrozado luego de la traición de Mai, que él mismo la había echado de la mansión, era todo parte del plan de Gozaburo, así como había planeado que ella se acostase con Atem.

Qué padre que le tocó.

Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, sintiéndose incluso culpable de no haber defendido a Mai en su momento.

Seto hundió su rostro en su mano, enredando sus dedos en su propio cabello. —¿Y por qué regresaste? ¿No tenías un novio acaso?

Mai sacudió débilmente su cabeza. —Cuando salí de la mansión, descubrí que él no había perdido el tiempo. Se estaba casando con otra mujer. — Confesó, casi sin dolor en su voz, como si lo hubiese aceptado. Intentó mostrarse despreocupada estirando sus cabellos con indiferencia. —Y regresé por la misma razón que Gozaburo quiere matar a Atem. Creía que, si yo estaba cada vez más cerca de ti, tú estarías más lejos de Atem, quien parecía estar convirtiéndote en una persona diferente. No sé qué es lo que sabe, o lo que piensa Gozaburo, sólo sé que no es nada bueno. Él prometió que me haría la vida imposible si no le obedecía, supongo que será lo mismo para ti, Seto, ten mucho cuidado. — Al finalizar, la mujer se levantó de la cama, exponiendo su cuerpo semidesnudo. —Ya que te di toda esta información, creo que me merezco una recompensa. — Le guiñó un ojo.

Seto arqueó una ceja. —¿Qué podría ser? — Rodó sus ojos con ironía.

—No es dinero, si es lo que piensas. Sólo necesito que me ayudes a escapar de aquí.

Al oír esto, Seto se levantó de la cama también, atento a su petición. —¿Y te irás de aquí? ¿Sin dinero? ¿Sin ningún lugar a donde quedarte con un bebé?

—Así es, sería el colmo si voy y te pido dinero también. — Mai le sonrió.

Seto suspiró. —No, no me lo pedirás, porque yo te lo estoy dando. Le diré a Isono que te ayude a salir de aquí, y te lleve a uno de los mejores hoteles donde podrás quedarte a salvo. — La rubia le siguió el paso al castaño, quien se había alejado para rodear la cama y sacar algo debajo de ella, algo similar a una maleta.

Al abrirla, de allí sacó una buena cantidad de dinero que puso en un sobre.

—Ni creas que voy a aceptar eso, puedo cuidarme sola. — Mai insistió firmemente.

Seto se le acercó de nuevo para extenderle el sobre. —No te estoy preguntando, Mai, es lo mínimo que puedo hacer por ti. Te debo este favor, y, además, yo también fracasé como prometido en el pasado, al no protegerte. — Dijo suavemente.

Mai no pudo evitar emocionarse un poco al oír tales palabras, al ver que Seto la había perdonado a pesar de su gran traición. Realmente no quería aceptar su dinero, se sentiría sucia, pero saber que esto significaba su perdón, no podía decirle que no. Además, debía ser realista.

Estaba embarazada, y le costaría conseguir un trabajo con buena paga para al menor tener un buen lugar para estar. Quería empezar de nuevo, y Seto la ayudaría a hacerlo.

Sí, Mai decidió conservar al bebé, era el único recuerdo que tendría de Jounouchi y el fruto de su amor, aquello que simbolizaba su decisión, aquella persona que merecía vivir.

Ella cuidaría de su bebé, ese sería su futuro. Así sería feliz.


Adelanto del próximo capitulo:

—¿No vas a decir nada, Seto? ¿Por qué? ¿Por qué haces esto? Podemos salir de esto juntos, yo… — Llevó su mano a su pecho, cediendo a una pequeña lágrima que viajó por su mejilla. —…yo prometí que te protegería. — Murmuró.

Sintió a Seto alejarse unos pocos centímetros, pues parecía más concentrado en sacar algo de su cajonera, aquel cajón de donde solía sacar ese látigo que ya había dejado de usar. Atem no se creyó ni por un segundo que lo que el ojiazul tomaría entre sus manos sería ese mismo objeto que lo había hecho sangrar tantas veces. El tricolor miró con horror al mayor acercarse y estirando ese látigo entre sus largos dedos, por parpadeos pensaba que estaba dentro de una terrible pesadilla una de esas en las que terminaba despertándose con dolor en su pecho y sudando como si hicieran más de cuarenta grados.

Pero no era así, todo era real, la tristeza en su corazón se estaba tornando real. —¿Seto? Tienes que estar bromeando. — La voz de Atem temblaba, y Seto solo se le acercaba con su expresión recta y fría. —¡Di algo, por favor! — Ya no pudo soportarlo, se quebró lo suficiente como para dejar caer una gran cantidad de lágrimas, aquellas que se negaba a mostrar frente a ese látigo.


Muchisimas gracias a mi beta reader (Pharah Kaiba) por sus correcciones aun en días de examenes. ¡Se valora tu inmenso esfuerzo!

Los secretos de Atem y Jounouchi: veran que en una parte de por ahí, mientras estaban en el comedor, repetí las mismas preguntas que Jounouchi se hacía sobre revelar su relación con Mai, cuando Atem se las preguntó. Tanto Atem como Jounouchi padecen la misma encrucijada. A esto me refería con que había una cierta relación con Seto y Atem. La diferencia es que... Jounouchi ahora tiene un hijo del cual no sabe nada. Veremos si aunque sea Atem y Jounouchi confiarán en ellos mismos y se dirán la verdad.

La confesión de Mai: al principio tenía planeado que Mai le dijera toda la verdad a Jounouchi, pero el resultado no me convenció y me pareció más interesante que se mantuviera la amistad entre Seto y Mai a pesar de todo, y que Atem tuviera una conexión con ella también, así como la tuvo con Pegasus en su momento.

¡Gracias por leer! ¡Hasta el próximo viernes!