Disclaimer: Esta historia no me pertenece. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de TouchofPixieDust, yo sólo la traduzco.
Capítulo veintiuno: La nota de la profesora
—Estamos perdidos.
Inuyasha tuvo la desfachatez de reírse, ganándose una mirada furiosa de Kagome. Lo empujó no muy gentilmente para apartarlo de en medio y entró a la habitación con una resolución propia de un guerrero. Podemos hacerlo. Podemos.
—Ay, ¿a quién pretendo engañar? ¡Es imposible!
El hanyou se dirigió al centro de la habitación. Miró alrededor estudiando el cuarto y su contenido con desdén.
—Vamos a tirarlo todo —dijo decididamente—. Así acabaremos para la hora de la comida.
Kagome chilló y se lanzó protectoramente contra la caja a la que se estaba acercando.
—¡No! —Lo miró furiosamente—. ¡Estos son tesoros muy valiosos para mí!
Inuyasha se acercó a una caja abierta con una mirada de incredulidad y sacó una vieja revista.
—¿Esto es un tesoro valioso? —La agitó un poco y miró con asco cómo empezaban a volar partículas amarillentas y deterioradas.
—Oh vale, BIEN. Algunas cosas son basura, pero la mayoría es importante. —Lloriqueó un poco mientras gesticulaba hacia la habitación—. ¡No puedes tirar todas mis cosas! —Mientras su voz se elevaba, sus ojos se empañaban—. ¡Éstas son partes de mi vida! ¡Recuerdos! ¡Recordatorios de momentos especiales de mi vida!
Arrugó la nariz y hojeó otra vez la revista.
—¿Sí?
Le quitó furiosa la revista de las manos y la tiró al suelo.
—¡LA REVISTA NO, idiota!
Inuyasha suspiró pesadamente.
—El libro dijo que estarías más irritable de lo normal.
Kagome emitió un gruñido fiero que hizo que Inuyasha parpadeara con sorpresa. Iba a hacer que lo matara. Le había jurado que si le mencionaba AQUEL LIBRO UNA VEZ MÁS lo mataría. Cerró los puños y trató de controlarse antes de que su cuerpo volviera a adquirir, otra vez, un resplandor rosa. Me va a volver loca. Gruñó otra vez. No, se regañó, sólo está preocupado. Después, sus ojos se llenaron de lágrimas y empezó a sollozar. Aquí está él, siendo cariñoso y yo estoy… Se le escaparon unas cuantas lágrimas, que rodaron por sus mejillas. Cuando vio la mirada horrorizada y llena de pánico de Inuyasha, empezó a reír, mejorando su humor considerablemente.
Estúpidas hormonas confusas.
Dio una palmada y compuso una sonrisa alegre, estaba preparada para volver al trabajo. Se dirigió hacia donde había caído la revista, ignorando sus cambios de humor irracionales. Le supuso un valiente esfuerzo evitar reírse mientras Inuyasha la miraba con recelo. Su hanyou había elegido la cosa más tonta a la que temer.
—Amontonaremos la basura ahí. Luego la empaquetaremos. Las cajas con las que nos quedemos las pondremos al lado de la puerta y luego las bajaremos al almacén. —Lo miró con dureza, tenía que recordárselo—. Asegúrate de enseñarme todo antes de que lo tires para comprobar si es basura. Ni se te ocurra tirar y romper cosas a lo loco.
Inuyasha gruñó y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas.
—Entonces, ¿no sería más fácil que lo hicieras tú sola?
En sus ojos centelleó la irritación. Cuando parpadeó ya no estaba, fue reemplazada por una mirada inocente. Kagome respondió batiendo sus pestañas y sonriendo dulcemente:
—Probablemente tengas razón, Inuyasha. ¿Por qué no te tomas algo, o juegas con Souta, o Buyo, o haces algo mientras ordeno todas estas pesadas cajas yo sola?
Su gruñido aumentó de volumen mientras apartaba su mano de la caja que estaba intentando mover. Se la quitó de las manos y la colocó donde ella le indicó. No le dijo ni una sola palabra durante la hora siguiente, sólo la miraba a veces, mientras le decía qué tirar y qué guardar. Su abuelo y su hermano habían ido minutos antes para asegurarse de que Kagome no estaba tirando SUS tesoros. Se puso de mal humor con sus comentarios e Inuyasha se rió disimuladamente.
Se sentía un poco dolorida por todas las flexiones que había hecho para ordenar las cajas, así que se levantó y se estiró, esperando que desaparecieran los dolores. El montón de basura había crecido considerablemente. ¿Quién me iba a decir que guardábamos toda esta basura? ¿Qué somos? ¿Un puñado de ratas? Se preguntaba en qué había estado pensando su familia cuando abrió una caja que contenía recortes de recetas de los periódicos que estaban medio podridas. Haciendo una nota mental de comprarle a su madre un libro de cocina, levantó la caja para llevarla al montón de la basura.
Por lo menos, ése era su plan.
Un plan rápidamente frustrado por un enfadado medio demonio.
—¿QUÉ ESTÁS HACIENDO? —le gritó mientras le apartaba la caja y la lanzaba hacia la otra punta de la habitación antes de agarrarla por los hombros y mirarla furiosamente con su mejor mirada de regaño—. ¿ESTÁS LOCA O ERES SIMPLEMENTE ESTÚPIDA? —De verdad, de verdad, DE VERDAD que quería zarandearla.
—Inuyasha…
—El libro dice que no puedes levantar cosas pesadas —gruñó, endureciendo ligeramente su agarre—. No lo hagas otra vez.
Se encogió de hombros mientras ponía los ojos en blanco, sabiendo que era mejor no discutir con él cuando estaba de ESE humor. Durante las últimas semanas había aprendido que no se podía razonar con él y que no se podía, de ninguna manera, contradecir al Libro.
—Bien, no importa, entonces empezaré a empaquetar la basura.
No le debería haber sorprendido que, el haberse frotado la espalda inconscientemente, hubiera provocado que el amor de su vida entrara en pánico. Últimamente parecía estar siempre asustado.
—¿Estás herida? —La cogió en brazos y se sentó en el suelo, poniéndola muy suavemente en su regazo. Empezó a inspeccionarla metódicamente, buscando una herida.
—Estoy bien, Inuyasha. —Se rió cuando tocó una zona particularmente cosquillosa.
Después de inspeccionarla una vez más, la depositó a su lado y se levantó para irse.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó mientras intentaba levantarse. Se podría haber levantado si él no le hubiera puesto las manos en los hombros y si no la hubiera forzado amablemente a volver a sentarse.
—Sólo voy a mirar el libro para comprobar si el dolor de espalda es normal.
No pudo evitarlo, Kagome estalló en carcajadas. Estaba medio agradecida de que su madre le hubiera dado el estúpido libro. No sólo le había dado el libro para que pudiera estudiar las fotos y los gráficos, también se lo había dado en cinta para que pudiera escucharlo obsesivamente. Sonrió mientras pensaba en lo serio que parecía mientras estudiaba el libro. ¿Quién iba a saber que un libro para premamás sería también un instrumento para volver locos de preocupación a los prepapás? Aun así, era terriblemente lindo.
—Sólo estoy embarazada de unas semanas, Inuyasha. No soy una inválida.
Carraspeó, obviamente recordando las horas que había pasado sujetándole el pelo mientras vomitaba. También recordó las súplicas en medio de la noche para que le trajese la comida que quería. Claro que se podía haber quejado cuando lo enviaba a través del pozo, quinientos años hacia atrás (o hacia delante, dependiendo de dónde estuvieran) para traer una cosa u otra, pero siempre iba. Podría negarlo hasta el día en que lo enterraran, pero estaba siendo increíblemente dulce. Incluso sus amenazas de muerte hacia cualquiera que estuviera dentro de su espacio vital eran algo dulces.
—Además —dijo—. De verdad que necesitamos acabar de limpiar esta habitación si la vamos a usar como habitación para los niños. Puede que mamá ya esté comprando los muebles mientras hablamos.
—Nah, prometió que esperaría por nosotros. Está fuera comprando más ropa de bebé. —Miró la habitación e hizo crujir los nudillos, dirigiéndoles a las cajas la misma mirada que les solía dirigir a los demonios justo antes de destrozarlos—. ¡Hora de ponerse a trabajar!
Otra hora se fue volando, y el montón para tirar contenía el doble de cajas de las que iban a guardar. La mitad de la habitación estaba casi vacía. Inuyasha se estaba divirtiendo con su nuevo descubrimiento. Había cajas y cajas de papeles de aquel miserable, torturante, peligroso y malvado lugar que lo había mantenido apartado de Kagome durante tanto tiempo. Estaba a punto de lanzar otra caja de antiguos trabajos cuando algo lo detuvo. Antes, había disfrutado mucho al destruir toda prueba de su colegio a la vez que la tiraba al montón de la basura (ella le había dado su completa aprobación para que dispusiera de sus viejos trabajos como mejor le pareciera), pero aquella le había llamado la atención. Abrió la carpetilla y sonrió.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó Kagome con curiosidad mientras se sacudía el polvo de las manos.
—Mikomi —le dijo.
Kagome sonrió y le quitó la carpetilla de las manos. La abrió para ver su diario, el cuaderno de recortes, y la respuesta de la profesora. Después de hojear el cuaderno de recortes y el diario, leyó la nota.
Kagome:
Aunque simpatizo con tu falta de sueño, tengo que preguntarme por qué no usaste la opción de Cuidados. Un giro de la Llave de Cuidados y podrías tener seis horas de tiempo libre para hacer los deberes y dormir.
Oh, ¿se me olvidó mencionar la opción de la Llave de Cuidados cuando os entregué las muñecas? Fue, por supuesto, una lamentable equivocación. Aunque la opción se mencionaba en el manual de instrucciones que venía con las muñecas. ¿Tu muñeca no vino con uno? Sería muy extraño si así fuera. Otra lamentable equivocación.
Has recibido un Aprobado.
Y, como sabes, cualquier nota menor de Notable Alto te impedirá graduarte.
Tu significante número de ausencias cuentan pesadamente en tu contra. Tus hipótesis de que todos los profesores están involucrados en algún tipo de conspiración diabólica no se reflejan, de ninguna manera, en tu nota. De verdad, Kagome, tienes mucha imaginación. Me gustaría averiguar con quién pudiste haber discutido estas teorías.
Debe de ser bastante frustrante y aterrorizador saber que todo tu futuro depende de unos cuantos puntos. Y pensar que haber asistido a clase unas cuantas veces más supondría la diferencia entre graduarte con tus compañeros y repetir curso. A lo mejor te tomas este momento para pensar en las cosas que son realmente importantes en tu vida. Piensa en ello como en una lección de vida.
Sin embargo, es obvio que has pasado mucho tiempo pensando en este proyecto. Trataste el proyecto como se requería, una prueba del futuro. La mayor parte del resto de estudiantes no se involucraron de una manera tan emocional como parece que lo has hecho tú. Tus entradas en el diario, aunque fueron demasiado dramáticas, indicaban que te habías tomado en serio el proyecto. Por ello y por todo el trabajo extra que has hecho, te doy unos puntos extras.
Espero que hayas aprendido algunas lecciones valiosas de este trabajo. Algo, además de la privación de sueño. Aunque aprecio los artículos sobre los desafortunados efectos secundarios, los de a largo y a corto plazo, de la privación de sueño que has sufrido, he sido incapaz de añadirlos a tu nota final. Estoy segura de que, si hubieras puesto tanto esfuerzo en todos tus trabajos, no estarías tan deprimida mientras tratabas de averiguar si ibas a graduarte o no este año.
Por favor, ten en cuenta lo que te adjunto. Son los nombres de tres famosos psicólogos que se especializan en el control de la ira, puede que quieras llamarles.
Nota Final: Sobresaliente Bajo.
—¿Sabes? Creo que, después de todo, voy a conservar éste. —Metió el archivo de Mikomi en la caja que tenía detrás, donde estaba guardando las cosas que eran importantes para ella.
Kagome sonrió mientras hacía lo que le pedía la profesora. Pensó en las cosas que eran realmente importantes en su vida. Y daba la casualidad de que las dos cosas más importantes de su vida estaban en la misma habitación que ella. Puso su mano sobre su vientre y le dirigió a su compañero su sonrisa más luminosa. Sus ojos se volvieron cálidos mientras colocaba su mano sobre las suyas, inclinándose protectoramente hacia ella.
—Keh.
OOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOOooOO
El final
…y el comienzo de algo nuevo…
