Regina Mills

_ ¡No, no! Los manteles tienen que ser azules, o las copas de hielo desentonarán. Mi hermana lleva semanas preparándolo todo para que sea perfecto. Turquesa no vale, tiene que ser celeste._ Le dije al sirviente, pisando contra el suelo.

Antes del hechizo, ninguna de aquellas personas cometía un solo error, o al menos, tenían la decencia de escondérmelo. Había ganado muchas cosas, pero estaba claro que el miedo funcionaba mejor que la lealtad para conseguir aquellos resultados. Aunque esos pensamientos desparecieron pronto de mi mente cuando noté unos brazos rodearme la cintura, y un leve soplo a mi oído que me hizo estremecer.

_ No se inquiete… majestad._ me susurró la rubia al oído._ Le saldrá otra cana.

Si cualquier otra persona hubiese mencionado aquello, probablemente hubiese entrado en cólera. Para tener cincuenta años estaba pero que muy bien, y no permitía que nadie dijese lo contrario. Sin embargo, mi esposa seguía picándome por ello porque sabía que no tendría represalias.

_ Eres mala conmigo… salvadora._ Dije, girándome y dejando que nuestros ojos entrasen en contacto. Me aquellos ojos azules, que me recordaban al cielo, a la libertad.

Ambas nos reímos, y nuestros labios se encontraron para darnos un beso. Aún no sabía cómo había pasado. Sencillamente, amaba a aquella mujer. Y por eso le había puesto un cepo a su coche… por eso la había metido entre rejas. No podía dejar que Emma Swan escapase de mí. La coloqué contra la pared, y ella miró atrás. Por un momento, me había olvidado completamente de que no estábamos solas.

_ ¿Qué tiene que hacer una reina para quedarse a solas con su esposa?

_ Cuando me trajiste aquí… tuvimos tiempo de sobra. Abre otro portal…_ Bromeó Emma.

_ Entonces ni siquiera nos habíamos casado. Recuerdo tus visitas furtivas a mi casa… las extraño._ Dije, acariciándole la nariz._ Además, no pienso tener que ponerme de acuerdo con todos de nuevo. No creo que se quieran trasladar todos… y el conejo no querrá colaborar otra vez.

_ La otra vez sólo tuviste que convencerme a mí._ susurró.

_ Aún no sé cómo lo logré._ susurré. Había oído al sirviente salir para darnos intimidad.

_ ¿Seguro que no lo sabes, Regina?_ Murmuró en mi oído, dándome un suave mordisco. Noté su mano acariciando mi cuello._ Tú me ofreciste algo que nadie más podía.

_ ¿Y qué fue eso?_ Le pregunté, aunque ya lo sabía. Me lo había dicho muchas veces._ Ilumíname.

_ Tú me diste un hogar… Eres la única que hace que me sienta… protegida._ Susurró, empujándome repentinamente sobre la mesa, sobre aquel mantel cuyo color ya no me importaba en lo más mínimo.

La noté besar mis labios, mordiéndolos suavemente, y cerré mis ojos, olvidándome definitivamente de todo lo que había pasado hasta ahora, de viejos recuerdos sobre el masivo viaje que todos habíamos acordado hacer de vuelta al reino encantado por nostalgia. De cómo habíamos recuperado nuestras posiciones con el tiempo. Como me volví a alzar reina junto a Emma y esta vez nadie se opuso. Eran buenos recuerdos, pero no eran para aquel momento.

Cyrus

_ ¿Me estás diciendo que entrar ahí te da miedo? ¿Eres rey, sabes? No es que vayan a acosarte por el dinero que debes ahí dentro, tu deuda está pagada. Anastasia se encargó.

_ Puede que sea rey, pero ahí abajo, no rigen más leyes que las de la oruga.

_ ¿Acaso su majestad, el rey blanco… el paladín de mi Lucrezia, el tan bien relatado Will Scarlett… tiene miedo de lo que un bichito pueda hacerle?

_ Vuelve a llamarme paladín y bajas ahí sólo._ Se quejó la antigua sota._ Está bien, pero que conste que lo hago por Lucrezia.

_ Después de usted, majestad._ dijo el genio, con una reverencia irónica.

Will se metió a través de la seta y yo lo seguí. Abajo, se respiraba el jolgorio habitual. Las copas pasaban, pero nosotros no habíamos venido a beber. Habíamos venido a buscar a una persona, y no tardamos en encontrarlo, bebiendo de la jarra de cerveza como si de agua se tratase. No era la primera vez que lo encontrábamos así, y yo estaba empezando a cansarme.

_ Amigo, creo que ya has bebido bastante._ Dijo Will, haciéndole bajar de la mesa donde se encontraba subido.

_ ¿Entonces por qué no me siento feliz?_ le increpó, mirándolo fijamente.

_ Porque el alcohol no trae la felicidad._ Intervine, tratando de traer algo de lucidez a la conversación.

_ Amigo, sé lo que sientes._ Le dijo Will_ Sé lo que es perder a tu amor verdadero. Como sientes que tu corazón va a hacerse pedazos.

_ No amigo. Tú no te haces una idea de lo que yo siento._ Dijo él, mirándole fijamente._ Saber que tu amor verdadero se ha perdido, es duro. Pero ver cómo ha rehecho su vida con otra persona, y que parece mucho más feliz que lo que fue contigo… eso te destroza el alma. Tú has recuperado a Anastasia. Pero yo jamás podré recuperarla a ella.

_ Pero puedes buscar a otra persona. Se puede encontrar el amor de nuevo, si dejas esa cerveza, y dejas que tu corazón y tu cerebro se mantengan serenos.

_ ¡Lo haría si eso no estuviese destrozándome por dentro!_ Exclamó él, volcando la mesa.

_ Escucha… Bae...

_ ¡Mi nombre es Neal!_ Exclamó él, amenazándome con la jarra de cerveza.

_ Neal… relájate… no es necesario organizar una pelea._ Intervino Will, que ya veía que los ánimos comenzaban a caldearse.

_ Emma fue lo mejor que me pasó en la vida. Y la he perdido porque no fue lo bastante bueno para ella. Porque no llegué a tiempo. Ahora está casada con Regina, criando a mí hijo._ Dijo, poniendo particular énfasis en la palabra mí.

_ Neal, tú no podías hacer nada._ Dije, tratando de que se quitase esa culpa de encima.

_ Podía no haberme pasado los últimos once años atrapado en Nunca jamás_ Exclamó.

Estaba destrozado, lo sabía. Si Lucrezia hubiese estado con otra persona cuando me sacó de la botella, no habría sabido qué hacer. Sencillamente me habría derrumbado, habría muerto sin más, incapaz de vivir. Neal era más valiente que yo, y lo afrontaba como mejor podía para no quitarse la vida. No supe qué decirle, por lo que él siguió hablando.

_ Ninguno de vosotros ha tenido que pasar por lo que yo. Así que dejadme sólo para que pueda compadecerme en paz.

_ Tienes que asistir a una fiesta en palacio, Neal._ Intervine._ Es el cumpleaños de tu hermanastra.

_ Es el palacio de Emma, Cyrus. Estás loco si piensas que voy a asistir.

_ Hemos agotado la vía diplomática._ Dijo Will, y antes de que Neal pudiese reaccionar, le dio un guantazo en toda la cara, dejándolo inconsciente.

_ ¡Eh!_ Exclamé._ Aún podía haberlo convencido.

_ Sólo a ti mismo te engañas, genio.

_ Eso no ha sido muy monárquico, Will.

_ No, pero sí que ha sido la mar de efectivo. Anda, corre. El conejo está esperando.

Lianne Jones

Mis manos aferraban el timón. Sabía que mi padre y Anzu tenían la vista clavada en mí, pero sin embargo, habían tenido la confianza en mí para dejar capitanear el Jolly Roger camino al castillo. Aquel, siempre había sido mi sueño. Sentir el aire en el rostro, el olor a mar. Miré un momento a mi madre, y ella me sonrió. Seguía sintiendo ganas de llorar. Era todo realmente mágico, maravilloso.

El mar abierto se abría ante mí, y la pirata que siempre había estado en mi interior, estaba eufórica. No sabía si quería llegar a tierra y luego al castillo para mi cumpleaños o si, por el contrario, faltar a mi propia fiesta y navegar hacia lo desconocido. Pero aquello estaría mal. Y por ello ante una orden de mi padre giré dos grados a estribor y me coloqué en la dirección correcta. Noté como se acercaba y me colocaba bien el sombrero de tres puntas que llevaba con la mano sana. Podía verle en la cara lo orgulloso que estaba.

_ ¿Soy la única que siente que todo a su alrededor se está moviendo?

Me giré y miré a Grace. No pude evitar soltar una risotada. A diferencia de su hermana menor, que de hecho estaba colgada cabeza abajo del palo mayor ante la atenta mirada de su madre, Grace se había mareado hasta el punto de que daba la impresión de que el rostro estaba tomando un tono verdoso. Si yo llevaba sangre pirata en las venas, estaba claro que ella no había heredado la pasión por el mar que su madre compartía con mi padre.

_ Disculpadme un momento…_ Dijo, girándose hacia el mar. La escuché vomitar.

_ Cariño… juraría que a tu madre no le gusta el trato que le has dado al almuerzo que nos sirvió._ Intervino Henry, con una sonrisa ladina.

Grace se volvió a apoyar en la barandilla y le dedicó a su novio una mirada asesina mientras se colocaba bien el sombrero que por poco se le había caído al mar. Estaban muy graciosos juntos. Lo cierto es que, en mi anterior vida siempre había sabido, por la forma en que Grace me había hablado de Henry, que si no habían tenido una historia era porque Henry había muerto.

_ ¡Tierra a la vista!_ Exclamó la indomable Mérida desde el palo mayor.

Arciria

_ Princesa Arciria… despierte… Es el cumpleaños de su invitada. La llamo como usted me solicitó. Despierte.

Amodorrada, alcé las manos, lanzando inconscientemente dos chorros de nieve que cayeron justo sobre mi cara, despertándome definitivamente. Agité el rostro a ambos lados, limpiándome la humedad de la cara con el dosel azul de mi cama.

_ ¿Para qué dices que te pedí que me despertaras?_ Pregunté, desperezándome.

_ Para el cumpleaños de su invitada, alteza.

_ El cumpleaños… de mi invitada…_ murmuré, observando el vestido azul celeste que había colgado sobre mi biombo._ ¡Oh dios mío! ¡El cumpleaños de Lianne!

Una sonrisa de ilusión apareció en mi rostro. Me puse en pie y pasé por detrás del biombo, cambiándome rápidamente de vestuario. Me coloqué frente a mi tocador, y una sonriente jovencita de veintidós años me devolvió la sonrisa. Desde que Anzu me había dado mi nuevo comienzo, mi nueva infancia y adolescencia, creía que no había día en que estuviese más emocionada. Por algún motivo, tenía el presentimiento de que este sería el día que llevaba once años esperando. Una vez me hallé preparada salí atropelladamente al pasillo y comencé a dar indicaciones.

_ ¡Abrid las ventanas, tiene que entrar la luz!_ Exclamé, mientras llenaba la mesa con platos de hielo.

Al final había conseguido los manteles celestes que quería. A algún desaprensivo se le había ocurrido que no notaría la diferencia si los ponían de color turquesa. Mi hermana había decidido ocuparse del asunto, pero poco después había escuchado risas en su dormitorio y había entendido lo que eso significaba. Comencé a hacer aparecer copas de hielo mientras ayudaba a los camareros a colocar los platos. Me gustaba hacer las cosas yo misma, por poco principesco que eso pudiese ser.

Aquel día esperaba a mucha gente, y quería que todo saliese perfecto. Sin embargo, cuando escuché un sonido de arrastre, me temí lo peor. Suspiré y me dirigí en aquella dirección. Y en efecto, pasó lo que me temía. Cyrus traía a Neal como quien trae un saco de patatas. Me llevé la mano a la cara, avergonzada con aquella situación.

_ En mi defensa diré que el puñetazo se lo pegó Will y que cayó redondo porque llevaba la mitad de la bebida de la taberna en las venas.

_ Anda, vete con Lucrezia, ya me encargo yo.

Cuando Cyrus se hubo ido le lancé un chorro de nieve directamente entre los ojos. Neal se quejó, pero al despertarse estaba más sobrio que si se hubiese bebido todo el café del reino. Nos miramos, yo divertida y él con genuina furia. Se levantó y le dio una patada a un jarrón cercano. Sin embargo, era una de mis creaciones de hielo tintado, y acabó llevándose la mano a la pierna, dolorido.

_ Aprendí de la última vez. Tienes que dejar de patear todo lo esculpo._ Dije, riéndome.

_ A mí no me hace gracia._ Dijo él, mirándome mal._ No puedes traerme aquí cada vez que te apetezca.

_ Tienes razón, tenemos que dejar de vernos así._ Dije, mirándole con expresión divertida._ Pero tenía la esperanza de que quisieras venir al cumpleaños de Lianne. A ella le haría mucha ilusión.

_ ¿Qué parte de que no me agrada ver a Emma con tu hermana no me ha quedado clara?_ Me preguntó.

_ Bueno, tenía la esperanza de que lo hubieses superado.

_ ¿Nunca pierdes la esperanza, acaso?_ Me preguntó, irónico.

_ No suelo, la verdad._ Reconocí._ Anda, vente para el baile. Hazlo por Lianne… y por Henry.

Sabía que con Henry le había tocado la fibra. También estaría su padre, pero pensé que su hijo sería más significativo para él. Y no me había equivocado.

_ ¿Es un baile, verdad?_ Me preguntó, tratando de zafarse.

_ Bueno sí, habrá baile._ Dije, sin darle importancia.

_ Pues no tengo pareja, así que no puedo ir.

_ ¿Puedo decir una locura?

_ Claro… me encantan las locuras._ ironizó Neal.

_ Ven conmigo. Yo tampoco tengo pareja.