Jack se volvió hacia él y, tras cruzar una última mirada con Elsa, asintió y posicionó su bastón frente a él. Estaba listo. Elsa estaba allí. Entonces, Sombra levantó las dos manos y dejó salir de ellas una docena de caballos de arena oscura, que cabalgaron por el puente y por el aire, cercando a Jack. El rey vio lo que se le venía encima y convocó al viento, saltando por encima de las criaturas. Los caballos relincharon y le siguieron. Jack voló por toda la caverna sin conseguir mucho. Solo un par de caballos acabaron por estrellarse contra la roca. Jack se dejó caer en el suelo de la caverna, junto a Elsa. Se había alejado demasiado de ella, pero sabía que, con la cantidad de fuerza y poder que Sombra estaba enfocando sobre él, no sería capaz de hacerle daño a Elsa. Cuando sintió los primeros cascos de arena sobre él, Jack levantó un escudo de hielo que hizo trizas los caballos de arena de Sombra, haciéndolos desaparecer como el polvo.

Sombra apretó los dientes y convocó una ola negra, tan grande que no se distinguía su final entre la oscuridad de la caverna. La ola cubrió todos los ángulos de escape de Jack y, en el momento en que Sombra bajó sus brazos, la ola se cernió sobre la cabeza de Jack. Furioso, el joven rey de Arendelle alzó su bastón. Su cuerpo comenzó a brillar como si fuera una estrella y miles de millones de diminutos dardos de hielo salieron despedidos de la punta del bastón en todas direcciones. El encuentros entre las dos materias provocó que se pudiera ver una fina línea que separaba el hielo blanco de la arena negra, un espectáculo abrumador que hizo que a Elsa le temblaran las piernas y Sombra temiera por el futuro de sus reservas de arena. Esta se regeneraba, pero tardaba todavía un poco. Su magia no era eterna, como tampoco lo era la de Jack.

Cuando los dardos de hielo acabaron con la ola gigante, tanto Sombra como Jack se dejaron caer un poco al suelo. Estaban agotados. Sus ataques y defensas habían sido extremadamente potentes y su energía se consumía poco a poco. Jack contaba con la reserva de Elsa, pero no quería usarla hasta que supiera que podía dar el golpe final para acabar con aquella locura. Sin embargo, sopesó sus opciones. Dentro de poco tendría que echar mano de esa magia si no quería morir antes. Se arrodilló en el suelo para coger aire, asegurándose de que Sombra no le atacaba por la espalda. Respiró hondo. ¿Cuánto más podría aguantar sin ceder al cansancio y al agotamiento… e, incluso, a la muerte? ¿Qué posibilidades tenía de vencer en aquella batalla? ¿Y Sombra? ¿Estaría él seguro de su victoria? ¿Qué pasaría con Elsa si él caía en el empeño de salvar el mundo que conocían? ¿Qué esperanza podía albergar? Su poder era fuerte, ya lo había visto, pero Sombra tampoco se quedaba atrás y, a medida que se sentía más débil, Jack comprendía que la profecía que Gran Pabi le había comunicado hacía unos días se iba a cumplir aquel día. Uno de los dos caería. Y una extraña certeza se apoderaba de su mente y acariciaba la muerte como la única salvación. Si tenía que morir para salvar a Elsa, que así fuera.

La aceptación de su más que probable destino le dio un último soplo de aire y le impulsó hacia arriba. Jack se puso en pie y clavó su bastón de en el suelo con fuerza. Una gruesa capa de hielo comenzó a cubrir la piedra del puente hasta llegar a los pies de Sombra, que alzó los ojos con cierto temor. Sin esperar un segundo más, Jack dio una fuerte patada al suelo y el hielo penetró de forma visible en la roca más profunda. La mitad del puente se cubrió completamente de hielo. La piedra merced de la congelación. Incluso los pies de Sombra empezaron a helarse poco a poco. Jack vio aquello como una señal. Su magia había penetrado en un ser incorpóreo, aunque no comprendía bien por qué ni cómo lo había hecho. Sin embargo, no pensaba desperdiciar aquella oportunidad. Era ahora o nunca.

Jack alzó el báculo hacia las alturas de la caverna. Clavó sus pies con seguridad y fuerza en su propio hielo y con un alarido inhumano, convocó al viento, que se sumergió en el hielo a través del bastón al mismo tiempo que más magia de Jack viajaba por el para afianzar su posición sobre el puente. En medio de la oscuridad se oyó un fuerte crujido. La mitad del puente comenzó a desprenderse de ambos lados. A Sombra no le dio tiempo de hacer nada, pues todo pasó en menos de lo que dura un parpadeo. El hielo hizo añicos la unión del puente con el vestíbulo de la caverna y la gravedad hizo el resto del trabajo. Sombra desapareció en su propia oscuridad con un grito ahogado, tan agotado que era incapaz de salvarse a sí mismo.

Cuando el rumor de la caída de la roca helada dejó de escucharse, Jack se permitió caer al suelo. Elsa, al ver que Jack no podía más, corrió a su lado y se arrojó al suelo. Observó cómo la respiración de Jack comenzó a hacerse cada vez más costosa. Elsa, asustada por cómo se estaban desarrollando los acontecimientos, centró sus ojos en Jack y le cogió la cabeza, apoyándola sobre sus piernas. Frente a ella, Kristoff comenzaba a despertar, Hiccup se refugiaba en Desdentao y Anna parecía cobrar consciencia de todo lo que había ocurrido. Pero para la reina de Arendelle nada de eso importaba en ese instante. Jack estaba sufriendo y ella no podía hacer nada por remediarlo.

-Jack… Jack…-musitaba Elsa con la voz rota, conteniendo los sollozos que amenazaban con hacer aparición.

Elsa acariciaba la cara de Jack como si fuera lo más valioso del mundo, y así era para ella. Agarró una mano de Jack y se la llevó a los labios para besarle los dedos. El bastón cayó del regazo de Jack al suelo y ahí permaneció, quieto. Los ojos de Jack se abrieron un poco y enfocaron con dificultad el rostro de Elsa. Una débil sonrisa se dibujó en su rostro y acarició con la yema de sus dedos la mejilla derecha de Elsa, recogiendo una lágrima que se había escapado de sus ojos, traicionera.

-Jack…-sollozó Elsa al verle abrir los ojos por fin- Te pondrás bien, Jack. Ya lo verás…

Sin embargo, el joven rey de Arendelle negó con la cabeza.

-No…-dijo Jack con un hilo de voz- Tenía que hacerlo, Elsa. Lo he hecho por ti, amor mío.

Elsa negó con la cabeza, asustada. Abrió mucho los ojos.

-No. No te despidas, por favor. No… No puedes dejarme…

-Nunca lo haré, cariño-repuso Jack, respirando con dificultad.

El destino se cumplía. La profecía llegaba a su fin.

-Siempre estaré contigo-prosiguió Jack con las pocas fuerzas que le quedaban-. Siempre estaré cuidándote. Te prometo que nada te pasará mientras estés en la Tierra. Y…-tosió un poco, sintiendo que su vida se iba derramando como el agua en un río que busca su salida al mar- Y cuando tú y yo nos volvamos a encontrar, no habrá fuerza en este mundo ni en el siguiente que pueda alejarme de ti.

-Jack, por favor… No puedes irte…-Elsa enterró su rostro en el pecho de Jack y lloró con fuerza, sintiendo cómo la mano izquierda de Jack le acariciaba el pelo levemente- No puedes irte ahora…-Elsa alzó la cabeza y miró a Jack a los ojos- Estoy embarazada, Jack. Vamos a tener un bebé…

Jack abrió un poco más los ojos y sonrió. Una pequeña lágrima cristalina brotó de los ojos de Jack y cayó al suelo, transformándose en una rosa helada.

-Siempre sabes cómo sorprenderme, Elsa…

Ella sonrió con tristeza.

-Seguro que será tan hermoso como su madre…

-Y tan valiente como su padre-añadió Elsa.

Jack asintió, pero paró al gesto al volver a toser. La tos se hizo cada vez más profunda y, a los pocos segundos de tranquilizarse, Jack cerró los ojos. Apretó con debilidad la mano de Elsa y suspiró.

-Te amo con toda mi alma, Elsa de Arendelle.

Y dicho aquello, soltó su último aliento ante la mirada destrozada de Elsa, la que ahora era la reina viuda de Arendelle.