Disclaimer:Inazuma Eleven pertenece exclusivamente a Level-5 y esta historia está creada sin ningún fin de lucro.
Nuevamente, disculpen por la demora, pero espero que disfruten el capítulo~
"Ángeles y Demonios"
Capítulo 20: Romper las reglas por amor
— ¿Yo? ¿Un ángel guardián? —balbuceé. ¿Yo? ¿Realmente podría… bajar al mundo humano? Por todos los cielos, ¡qué emoción! Desde que nací hace ya algún tiempo (no sabría precisar, aquí en el cielo no tenemos la necesidad de contabilizar algo tan banal como aquello) he querido saber cómo son las cosas allá abajo, pero por desgracia mi deber no se encontraba fuera de estas nubes.
— Sí. Ya estás listo —me comunicó Aphrodi, mirándome con esa bella sonrisa que siempre portaba en su rostro.
¡Sí! ¡Por fin! ¡Estoy tan emocionado! ¿Cómo serán los humanos? ¿Serán buenos? Sé que son indefensos y necesitan nuestra ayuda, pero qué más podré aprender de ellos, no sé. Esto es como una gran nueva aventura para mí.
— ¡Muchas gracias, Aphrodi! —le agradecí, aleteando fuertemente intentando demostrarle mi agradecimiento. Él me volvió a sonreír y juntó sus manos a la altura de su pecho, enseñándome las palmas. Pronto, una lucecita brillante y rosada emergió y se acercó hasta a mí.
— Este espíritu te guiará hasta tu humana —me dijo, pero yo estaba muy entretenido viendo la lucecita jugando alrededor mío— Nacerá hoy y será una niña. Reina Yagami. Te la encargamos mucho.
— ¡Confía en mí!
Poco a poco comenzó a recuperar débilmente la consciencia. Abrió los ojos con pesadez y cansancio, y no pudo evitar sentir un agudo e insoportable dolor en todo su cuerpo. La forma en que pintaban a los ángeles los humanos no podía ser más errada. ¿No sufrir dolor alguno? ¡Ja! Ojalá fuera así. Sentía más dolor que nunca, estando vivo o no. No necesitaba terminales nerviosas para eso. La mera oscuridad perforándole la piel y quemándosela con su tacto bastaba para hacerlo vivir un suplicio.
¿Dónde… dóndeestoy?Se preguntó mientras intentaba enfocar la vista. Estoes…
A su alrededor, todo estaba en silencio. Aunque los colores estaban trastocados por una densa capa oscura que no sabía bien de dónde venía, podía ver cómo todo lo que lo rodeaba parecía estar excelentemente cuidado y que lo que mayormente habían eran pisos de fina baldosa y murales creados por maestros artistas, quizás del Renacimiento, del Barroco o el Gótico. Eran excelentes pinturas de gran calidad y realismo, todas retratando hermosos ángeles, pasajes bíblicos y santos. Debía estar dentro de algún tipo de iglesia.
— ¿H-Ho-Hola? —llamó tímidamente, recibiendo sólo un eco como respuesta.
Intentó moverse, pero el lacerante dolor en su cuerpo se lo impidió. Apretó los dientes para no gritar, pero de todos modos un lastimero quejido se escapó de su garganta. Intentó saber dónde estaba y por qué todo se coloreaba oscuro, por lo que simplemente, en lugar de mover todo su cuerpo, extendió su brazo para poder encontrar alguna superficie. Con horror vio como su palma estaba agujerada y cómo un tinte negruzco manchaba su piel alrededor de la herida.
— Os-c-curidad… ¡AAH!
Al tocar sus dedos, la punta de ellos, la superficie negra que lo encerraba, una descarga eléctrica lo aturdió. Su brazo cayó inmediatamente y no pudo evitar soltar traviesas lágrimas de dolor. Sin embargo, ahora que estaba completamente tirado en lo que sería el piso de lo que lo encerraba, al enfocar bien la vista pudo distinguir algo que lo horrorizó y le hirió el alma hasta lo más profundo.
— N-No… no…
Frente a él, un hombre se encontraba tirado, muerto y mirándolo con ojos colmados de miedo y pánico. Todo el cuerpo estaba bañado en sangre de dudosa procedencia (estaba tirado de estómago, por lo que no podía ver si había alguna herida mortal) y en su mano empuñaba fuertemente un rosario, cuyas cuentas se encontraban regadas en el piso, flotando en la sangre. Era un sacerdote. Y a si miraba un poco más allá del cadáver del clérigo, podría encontrar a muchos más. Más de una docena. Todos muertos, algunos descuartizados y otros simplemente con un rostro perpetuo de agonía y terror.
Todos asesinados por el mismo demonio.
Las ropas claras, blancas con adornos rojos y joyería de oro de uno de los cadáveres le dio la pista final a Handa para descifrar dónde se encontraba.
Estaba en el Vaticano.
La primera vez que bajé al mundo humano fue simplemente una experiencia fantástica. Era todo tal y como los otros ángeles lo relataban y mucho mejor. Los humanos eran curiosas criaturas que me costaba algo entender, pero que decidí que serían mi reto personal. El lugar tenía una belleza particular, muy diferente a la de los cielos, pero no por eso no me gustaba. Me encantaba el verde de la naturaleza, los animales que vivían junto a los humanos, el viento que, al materializarme, me acariciaba el rostro, el sol calentando mi piel… Todo era como una pequeña utopía para mí.
Pero lo mejor vendría cuando finalmente te conocí. Eras pequeña, un bebé apenas, pero cuando tus ojos se posaron en mí y supe que tú sí me veías a diferencia de los otros humanos que no podían vernos, supe que eras la criatura más maravillosa que llegaría a conocer en toda mi eterna existencia. Te cuidé desde el día en que conociste la vida y procuré hacerlo lo mejor que pude.
Los años pasaron y tú ahora eras una niña más grande. Seis años recién cumplidos.
— Shin'ichi —me llamaste mientras trenzabas el cabello de una de tus muñecas— ¿Cómo es el cielo? —me preguntaste.
— Es un lugar muy lindo, lleno de ángeles como yo —te respondí sonriendo. Me encantaba que hablaras conmigo y más ahora que poco a poco los humanos adultos intentaban convencerte que tu "amigo imaginario", es decir yo, no existía. No quería que Reina me olvidara.
— ¿Y mis papás también están ahí?
— Yo creo que sí. Ellos eran buenas personas, así que no veo razón para que no lo estén —los padres de Reina habían fallecido hace dos años tras el brote de lo que los humanos llaman "enfermedad". Me dolía ver que Reina ahora viviera en una casa hogar con otras niñas, porque ellas eran malas con mi niña en un comienzo, por lo que ahora era menos alegre que antes. Pero yo no puedo interferir en esas cosas, por lo que me limito en estar allí para reconfortala.
— ¿Y yo iré allí algún día?
No quería mentirle. Las almas humanas que, después de su estancia en el limbo, no iban al purgatorio simplemente reencarnaban en un nuevo ser. No iban al cielo— Claro que sí —, pero no pude romper sus ilusiones.
— ¿Y tú estarás allí para recibirme? —sus bellos ojos azules brillaban con la idea.
— Por supuesto que sí.
— ¡Promételo! —me dijo alzando el meñique. Yo reí y acerqué el mío y aunque no podíamos tocarnos hicimos como si sí pudiéramos estrechando nuestros meñiques.
— Lo prometo, Reina.
Al principio sólo caminaban a paso rápido, después comenzaron a trotar y ahora corrían cuán rápido sus cuerpos se los permitían. Tanto Endou como Tsunami crispaban sus rostros en señal de dolor, puesto que de la batalla anterior aún no se encontraban recuperados ni descansados. Sus músculos ardían ante el esfuerzo, pero no se detenían ni verbalizaban sus quejas. No era el momento.
En la cabecera iban ambos paladines, pues aunque estaban heridos seguían siendo más hábiles y ágiles que los humanos corrientes, después iban Nagumo, Suzuno y Gouenji, tras ellos iban Max, Hiroto y Midorikawa y finalmente iban Osamu y Hiroto cuidándoles las espaldas. El guardián del purgatorio los había cubierto a todos con un manto de oscuridad que evitaba que el ojo humano común pudiera verlos, puesto que no sólo no querían espectadores ni que alguien los siguiera, sino también porque su destino no era precisamente un lugar accesible para todos. Se dirigían al Estado Vaticano, quizás uno de los lugares más custodiados en el mundo.
Como estaban escondidos bajo un manto oscuro, las personas no sentían más que brisas de viento al pasar ellos corriendo por su lado. Avanzaban imparables, firmes en su paso y con la determinación de llegar lo antes posible. Si las suposiciones de Osamu eran correctas, las probabilidades de que Desuta decidiera actuar ahora para atraer a Midorikawa eran muy altas y eso sólo significaba que todos los secuestrados correrían gran peligro.
— Osamu —llamó Hiroto mientras volaba junto al demonio— ¿Tú crees que el Dios Demonio realmente exista?
El demonio guardó silencio, pero terminó respondiendo de todas formas— Sí —fue una respuesta seca— Si no existiera, Desuta no estaría haciendo todo esto. Él no es de los que hacen las cosas por nada.
La preocupación cruzó los ojos del ángel. Si realmente los mitos sobre ese ser eran reales y el ritual de invocación del Dios Demonio era completado, todos podrían darse por muertos. Pero tenía fe. La esperanza era lo último que se perdía.
Cuando divisaron a la lejanía la Basílica de San Pedro ya estaba lloviendo a cántaros y los truenos resonaban fuertemente en el aire al tiempo que los relámpagos iluminaban la oscura noche. Apenas se dieron cuenta de lo mojados que estaban; sus mentes estaban completamente enfocadas en procesar una pequeña y casi invisible imagen que se proyectaba a la lejanía, en el cielo.
— ¿Qué es eso? —preguntó Max intentando ver a través de la lluvia sin mucho éxito. Sólo cuando los relámpagos iluminaban podía notar una cosa poca.
— Desuta —fue la única respuesta de Osamu. Podía sentir las latentes ondas de su energía oscura en el aire, cosa que lo impresionó. Eran muy potentes, incluso a esa gran distancia.
Siguieron corriendo por la Plaza de San Pedro, notando lo silencioso que estaba todo y lo vacío que lucía el lugar. Bueno, no esperaban que todos estuvieran de fiesta, después de todo estaban en la Santa Sede y no habían más que religiosos, pero aún así no se percibía ni un alma a la redonda. Todo era demasiado inquietante, demasiado sospechoso como para bajar la guardia. Como precaución, Endou y Tsunami convocaron sus almas materializadas como armas por si algo los llegase a atacar, mientras que los demás concentraban pequeñas cantidades de su propio poder en las palmas de sus manos, aunque para Nagumo y Gouenji era más difícil mantenerlo activo por estar lloviendo.
Aunque Midorikawa quería sacar sus alas por si algo llegase a ocurrir, le había quedado claro que estaba tajantemente prohibido para él. Si lo hiciese, revelaría su presencia en aquel lugar no sólo como demonio, sino también como el último de los Antiguos que faltaba para el ritual y eso era precisamente lo que no necesitaban que ocurriese.
A medida que avanzaban, los sonidos de la batalla entre Fubuki y Desuta se volvía más audible entre el ruido que hacía la lluvia, el viento y la tormenta eléctrica. Aunque eran iluminados intermitentemente por las luces de los relámpagos y uno que otro rayo que caía peligrosamente al suelo, ninguno podía ver claramente lo que ocurría entre los dos; no hubieran siquiera sabido que se trataba de Fubuki de no ser por Hiroto y Osamu, que sentían su aura híbrida pulsando en el aire. Cuando por fin estuvieron relativamente cerca de la basílica, se detuvieron.
— Tenemos que llegar hasta Desuta —dijo Tsunami alzando la mirada, sin importarle que el agua le cayera dentro de los ojos, cosa extraña ya que su talento era el fuego y la lluvia debería molestarle tanto como a Gouenji y a Nagumo.
— Osamu y yo iremos. Ustedes no pueden volar —dijo Hiroto lógicamente. Donde se encontraban los combatientes no era otro lugar que la cúspide de la cúpula de la basílica, la cual estaba a casi 140 metros del suelo. La cúpula más alta del mundo, de hecho.
— Huelo a un demonio aparte de Desuta —dijo Endou arrugando la nariz por el fuerte olor a azufre que había en el lugar— Ni siquiera la lluvia puede camuflar su hedor.
— ¿Hacia dónde? —preguntó Max mostrando signos de impaciencia. Si había demonios, había altas probabilidades de encontrar a Handa.
— Definitivamente allí dentro —respondió Tsunami mirando en dirección a la entrada de la basílica.
— Bien, ustedes vayan hacia allá mientras nosotros nos encargamos de Desuta —continuó Hiroto, mirando con preocupación al pelirrojo de ojos jade y al ya no tan alegre portero de Raimon— Por favor, cuídense —dijo a todos, pero refiriéndose especialmente al par.
Todos asintieron ante sus palabras, percibiendo los sentimientos puros del ángel en ellas— Ustedes también. Por favor, vuelvan sanos y salvos —pidió Midorikawa mirando a Hiroto y a Osamu, con verdadero cariño y ruego en sus ojos negros. Ambos sonrieron ante su gesto y Osamu, para sorpresa de la mayoría, lo miró con un infinito cariño y le desordenó tiernamente el cabello mientras le decía "Nos vemos, Ryuuji" y emprendía el vuelo.
Cuando ambas criaturas estuvieron fuera de su alcance visual –cosa rápida por la pobre visibilidad que tenían por culpa de la tormenta– Midorikawa se llevó las manos a su cabeza y sonrió con algo de tristeza. Había extrañado esos gestos tiernos y cariñosos que Osamu le regalaba cuando eran pequeños. Porque para él, el demonio siempre había sido alguien muy importante. Cuando había llegado a Sun Garden con apenas tres años tras la muerte de sus padres biológicos, el mayor había sido el primero en recibirlo y decirle que no se preocupara, que no estaría solo nunca más. Le había invitado a ser parte de la familia de Sun Garden y lo cuidó como si fuera su hermano menor. Había extrañado mucho al demonio luego que partió "misteriosamente" sin dejar noticia alguna de su parte, especialmente cuando descubrió su condición como semi-demonio. Y desde que se reunieron nuevamente ahora no habían tenido oportunidad para estar sólo ellos, por lo que por un momento pensó que Osamu lo había olvidado. Su corazón se llenó de regocijo al comprobar que sí lo recordaba y seguía queriéndolo como antes.
No perdieron más tiempo y retomaron camino. Fueron hasta el pórtico de la basílica, en donde por fin encontraron refugio para la lluvia y, por algún motivo, sintieron el ambiente enrarecido. Como presintiendo el peligro, comenzaron a caminar sólo oyendo sus pasos resonando mientras oían la tormenta detrás de ellos. Allí se dieron cuenta que habían cinco grandes puertas y que todas estaban entreabiertas, como invitándolos a pasar. Desde su posición, sólo podían ver oscuridad hacia dentro.
— ¿Qué hacemos? —preguntó Hiroto al ver las cinco entradas.
— Tch, pues separarnos es la peor idea. Si han visto películas de terror, sabrán que todo acaba mal una vez que el grupo se separa —dijo Nagumo viendo con desconfianza el lugar.
— Quizás, pero es lo único que podemos hacer ahora —dijo Gouenji mirando de izquierda a derecha las cinco puertas— No hay forma de saber por cuál entraron, así que tenemos que revisarlas todas y separándonos lo haremos más rápido.
— Y si la televisión no miente, seguramente todas terminarán conduciendo al mismo lugar tarde o temprano —mencionó Max, yéndose hacia la puerta de la extrema derecha— Yo iré por esta.
— Y yo por esta —dijo Gouenji tomando la dirección contraria a la de Max; es decir, la puerta de la extrema izquierda.
— Yo tomaré la segunda —dijo Tsunami, pero antes de encaminarse hacia ella, se volteó a ver a Endou— Llévate al Antiguo contigo. La última vez que hablé con Aphrodi, me dijo que te había dejado a cargo de él —Endou simplemente asintió. Por supuesto que no lo había olvidado.
— Bien. Midorikawa, Hiroto, vengan conmigo —dijo el castaño yéndose hacia la cuarta puerta, la que estaba junto a Max.
— ¡Ey! ¿Por qué tengo que quedarme yo con Gazelle? —reclamó Nagumo más para esconder su vergüenza de estar solo con el albino que por verdadera molestia. El susodicho, por supuesto, entendió justo lo que el pelirrojo quería aparentar y aunque se sintió herido, simplemente lo mató con la mirada como si a él también le enojara estar con él, cuando era todo lo contrario.
— Por favor, Nagumo. Te lo encargo —pidió el otro pelirrojo, sabiendo que Nagumo entendería a qué se refería. El recuerdo de su muerte aún era demasiado vívido como para dejar solo al albino, aunque a éste no le gustase ser tratado así.
— Yo no necesito al tulipán como niñera, Gran —le respondió fríamente Suzuno, sintiendo sobre sí la mirada iracunda del mencionado. Por supuesto, lo ignoró y se colocó frente a la entrada que les correspondía a ambos: la central.
De izquierda a derecha, el orden había quedado de la siguiente manera. Gouenji en la Puerta de la Muerte, Tsunami en la Puerta del Bien y el Mal, Nagumo y Suzuno en la Puerta de Filarete, el trío de Endou, Hiroto y Midorikawa en la Puerta de los Sacramentos y finalmente Max en la Puerta Santa. Ninguno avanzaba, dudando por primera vez desde que cayó la noche en entrar, pero repentinamente todos vieron unas lucecitas pequeñas de colores dorados y violáceos flotando hacia ellos y luego avanzando lentamente como haciéndoles de linterna y guía. Voltearon a ver quién la había convocado y descubrieron a Hiroto con las manos extendidas frente a él, con las palmas mirando al cielo.
El chico no dijo nada, sino que simplemente avanzó mientras abría la puerta completamente, adentrándose al interior de la basílica. Los demás le imitaron, usando la tímida luz de estrella que Hiroto les había dado como lámpara, y cada uno se adentró por sus respectivas puertas hacia lo que sería quizás su tumba por la eternidad.
La había visto crecer. La vi dejar de ser una bebé para ser una tierna y activa niña, luego una estudiosa adolescente y finalmente, años después, ser la bella mujer que era ahora. Para mí, Reina era el ser más hermoso y puro de todo el universo, y no me importaba que los otros ángeles me dijeran que era una "simple humana más", porque ella era mi humana y yo la cuidaría con mi vida si era necesario.
En ese momento no supe lo que realmente significaba ese pensamiento. Ese deseo porque ella fuera constantemente feliz. Nosotros como ángeles no conocíamos los sentimientos humanos. Yo no sabía lo que era el amor. Pero ni así pude evitarlo. Estaba profundamente enamorado de Reina, pero ella… ella… con los años dejó de verme. Olvidó mi existencia, como si nunca hubiera existido. Creí que era el peor dolor que podía sentir, pero estaba equivocado.
Un día llegó él. Izuno Yuu o, como lo conoció primero, Wheeze. En un comienzo parecía un tipo difícil de tratar, no quería que mi Reina se involucrara con él. Pero pronto, él mostró otra faceta. Una más dulce, más tierna… una que enamoró a Reina. La alejó de mí, pero ella se veía tan feliz a su lado, su sonrisa simplemente irradiaba felicidad… la más bella que había visto en mucho. Y no soy quien para negarle la felicidad. Aunque destruyera mi corazón, yo iba a permitir que mi Reina fuera feliz.
— Shin'ichi —me llamó Mamoru, un ángel que había nacido más o menos cuando yo lo había hecho— ¿Sabes que no te puedes enamorar de ella, cierto?
— …¿Cómo lo supiste? —¿Era tan obvio?
— …Experiencia propia, quizás —lo vi con algo de sorpresa, pero sólo noté la tímida sonrisa que tenía en su rostro. ¿Experiencia propia?
Su mirada se enfocó en otro punto no muy lejano a donde estábamos. Seguí sus ojos y noté que con la misma mirada que creo que yo miraba a mi humana, él estaba mirando a un ángel que llevaba poco tiempo de nacido. Era de cabello largo y azulado, y la inocencia propia de los recién nacidos, esa que era aún más brillante que en un ángel normal, le brillaba en el rostro e incluso en las alas. Si mal no recordaba, su nombre era Kazemaru Ichirouta, y si Mamoru lo estaba mirando, significaba que…
— Pero está prohibido —me dijo, volviendo su sonrisa triste— No puedes enamorarte de Reina.
— No puedo evitarlo, Mamoru, realmente no puedo.
— Sé que no, Shin'ichi, pero esas son las reglas del cielo.
Suspiré— Lo sé, Mamoru, lo sé…
En lo que había recobrado la consciencia y la calma tras la horrorosa visión que se extendía frente a él, Handa se dejó caer sobre la burbuja oscura que lo aprisionaba y, evitando tocar las paredes para no recibir una descarga como la que sufrió la primera vez, miró a su alrededor intentando hallar algo más que cadáveres y sangre. En un comienzo le costó, porque la oscuridad que lo encerraba le impedía ver con claridad lo que había en su entorno, pero gracias a los anillos verde neón que rodeaban a la esfera negra y que despedían una luz iridiscente pudo visualizar a duras penas a quienes se encontraban a su alrededor.
A su izquierda vio al mesías, al paladín y al demonio sin poder reconocer realmente a ninguno. A su derecha vio al humano y al ángel, a quienes tampoco reconoció. Sin embargo, notó que los únicos que podía recordar que habían estado capturados con él en sus breves y febriles momentos de consciencia no estaban. Los buscó con la vista sin éxito, pero logrando hallar algo mucho más interesante.
Frente a los cuatro pilares que sostenían la cúpula de la basílica se encontraban colocadas cuatro mesas de mármol, evidentemente puestas ahí a propósito ya que parecían ser de un material distinto al que se usó para construir aquella cámara. Sobre tres de las cuatro mesas habían tres seres alados, dos celestiales y uno demoniaco, que estaban presos en las mesas por una pantalla traslúcida de oscuridad, muy parecida a la de la esfera que lo capturaba a él mismo. Pronto, gracias al resplandor de los halos verde brillante y el vapor nebuloso del mismo tono, Handa pudo por fin distinguir una de las figuras que yacía allí tumbadas, sorprendiéndose.
— ¿Ta-Tachimukai? —preguntó incrédulo al reconocer el cabello del pequeño potero y su particular peinado. Le impresionaba ver en él esas grandes alas blancas de ángel— ¡Tachimukai! ¡Tachimukai! —pero el chico no contestaba.
— Es inútil, no puede escucharte —alguien respondió.
— ¿E-Eh? ¿Quién es? —volteó a todos los lados posibles, notando que la voz provenía de una de las esferas aledañas a la suya propia.
— No te asustes. Mi nombre es Yuuichi y soy un prisionero, como tú —se presentó el demonio con una sonrisa afable y derrochando un carisma impropio de los de su especie.
— ¿Yuuichi? …un… demonio… —repitió en voz alta, notando rápidamente lo tonto (y algo irrespetuoso) que había sonado— ¡A-Ah! Yo… disculpa, es que…
La suave risa del otro lo calló— No te preocupes. Entiendo que no te amigues mucho con demonios como yo. No es que los tratemos muy bien que digamos —dijo sonriéndole. Aunque hablaba en plural, se notaba a leguas que él mismo no era así— Pero te digo, es inútil llamarlos. Están como dormidos, no oyen nada.
— ¿Dormidos? Espera, ¿pero por qué los tienen aquí? —preguntó realmente confundido. Cuando había visto a los otros seres encerrados en las burbujas ya había visto a un ángel y a un demonio (Yuuchi), además de otras especies más, entonces no entendía para qué necesitarían más seres alados como ellos. Otros como él o como el humano no habían, entonces ya realmente no comprendía qué pretendían quienes fueran los que los tuviesen atrapados.
— Es que ellos son… los Antiguos —completó Yuuichi viendo a los susodichos.
— ¡¿Los Antiguos? —preguntó atónito Handa. Miró con prisas a Tachimukai, simplemente viéndolo como el de siempre, el que recordaba del instituto, pero con grandes alas blancas. ¿Tachimukai uno de los Cuatro Antiguos? ¡Tenían que estar mintiéndole! Es que ese niño tan pequeño e indefenso no podía ser una criatura tan ancestral y poderosa como aquel demonio le estaba diciendo.
No, no podía creerle. Las memorias que él guardaba de aquel año escolar en el cual Tachimukai y Tsunami se integraron al grupo volaron a su mente. Aunque el niño siempre se mostró tan puro como lo eran los ángeles (y eso lo sabía él de primera mano, porque él había sido un ángel de nacimiento con todas sus letras) para él simplemente era un pequeño humano que quizás tenía el corazón más gentil de lo que debería dentro de la hostil sociedad. Sin embargo, para eso estaba Tsunami a su lado, ¿no? Para protegerlo… ¿Protegerlo?
¡Cómo no me di cuenta antes! Se reprochó. ¡Por supuesto! ¡La clave había sido siempre Tsunami! Ahora que veía las alas blancas del castaño entendía el porqué del comportamiento del surfista hacia él. Era su protector, su guardián. Entonces… ¿realmente Tachimukai podía ser un… Antiguo? ¿Realmente nuestro Tachimukai podía ser uno de los Antiguos celestiales? Se cuestionaba.
No obstante, el sonido de unas pisadas resonó en la basílica. Tanto Handa como Yuuichi voltearon hacia la fuente del sonido, encontrándose con un par de luces flotantes –una dorada con toques violáceos y otra anaranjada, como fuego– que brillaban tímidamente entre aquella tétrica oscuridad. Los pasos se acallaron cuando ambas criaturas supusieron que los dueños de aquellas pisadas contemplaron el panorama que se extendía frente a ellos. Como estaban dentro de las esferas oscuras, ninguno pudo realmente ver con la misma atroz claridad con que Nagumo y Suzuno contemplaron aquella escena. Aunque ambos se consideraban emocionalmente fuertes (por lo menos más que la mayoría de los que conformaban el grupo que se hallaba en Italia), no pudieron evitar sentir pánico al ver los cuerpos descuartizados y el suelo inundado de la sangre de los sacerdotes que habían perdido la vida intentando proteger su santuario sagrado.
Ninguno pronunció palabra alguna, pero la mano de Nagumo buscó la de Suzuno inconscientemente, siendo bien recibida por la del albino. Se estrecharon con fuerza, intentando no retroceder de la impresión, y ambos arrugaban las narices al percibir el potente olor metálico que manaba del río de sangre que había en el lugar. Aunque sintieron arcadas, hicieron todo lo posible por no vomitar.
Habían caminado derecho por el pasillo que le seguía a la Puerta de Filarete. En un comienzo, los caminos que conducían las cinco puertas no estaban más que separados por algunos pilares, pero luego unas paredes dividieron los caminos, quizás dirigiéndose a distintas Naves (1) del capitolio. Como no vieron a nadie más mientras se internaban en aquella tétrica basílica, perturbadoramente silenciosa, vacía y oscura, supusieron que más adelante se volverían a juntar los caminos, pero finalmente fueron los primeros en arribar al corazón de la gran edificación: la girola.
Cuando divisaron el final del camino y notaron que había luces verdosas que destellaban allí, ambos apresuraron el paso y Nagumo encendió una pequeña llama que seguía en el aire la luz que había invocado Hiroto para poder alumbrar más el camino. Empero, se detuvieron en seco al poder contemplar con horrorosa claridad la masacre que había tenido lugar en el deambulatorio. Eran por lo menos dos decenas de cuerpos mutilados, muertos en el corazón de la basílica. ¿Cómo enfrentar una visión así? Eran esos momentos los que te hacían querer creer que todo era una pesadilla de la que despertarías sudado y con la respiración entrecortada, pero a salvo en tu cama y sabiendo que todo era producto de tu imaginación. Lástima que aunque se pellizcaran siguieran tan despiertos como antes.
— ¡Gazelle, cuidado! —espetó de la nada Nagumo empujando al susodicho, quien cayó de espaldas al suelo y vio desde allí como Nagumo convocaba una llamarada de fuego que incineraba a una extraña sombra que, al parecer, les había saltado desde uno de los rincones más oscuros de la girola.
— ¿Qué es esa cosa? —preguntó el albino incorporándose mientras veía a la sombra de forma indefinida consumiéndose en el fuego de Nagumo.
— No sé, pero quizás salgan más —dijo el pelirrojo, notando recién la presencia de los sacrificios encarcelados en esferas oscuras— ¡Eh! ¡Gazelle! Mira allá —dijo apuntando hacia donde estaban Yuuichi y Handa, quienes lamentablemente no podían moverse si no querían ser nuevamente electrocutados.
Dudaron en acercarse. El camino estaba regado de cadáveres y más sombras como la anterior podían atacarlos, ¿pero qué otra cosa podían hacer? El pelirrojo iba a dar el primer paso, manchando su zapato con la oscura sangre de aquellos hombres asesinados, cuando sintió el frío tacto del albino. Volteó a ver los brillantes zafiros de Suzuno, sintiendo la sangre subírsele aceleradamente al rostro cuando comenzó a sentir el acercamiento del otro hacia él. Iba directo a su rostro. ¡¿Qué pretendía hacer?
Sopesó la posibilidad de alejarse, recriminándole lo que iba a hacer (o por lo menos lo que él creía que iba a hacer), o quedarse quieto y recibir el roce que, según él, Suzuno quería darle cuando sintió el frío aliento del chico cosquillearle el oído al tiempo que él le susurraba unas palabras en voz baja. Al escucharlo completamente, se sintió el ser más estúpido del mundo. ¡Suzuno sólo le estaba pidiendo que invocara más llamas para ver si salían más sombras y atacarlas de una vez! Se sentía estúpido por haber pensado que el albino quería besarlo, pero se sentía aún más avergonzado al notar cómo claramente estaba decepcionado de que aquello no se cumpliera.
— Vamos tulipán, no tenemos todo el día —le apresuró el de ojos azules sin notar lo azorado que había dejado al pelirrojo por sus imprudentes acciones. Por supuesto, él no había tenido ninguna segunda intención con Nagumo al acercársele y por ello no se había dado cuenta del pensamiento que cruzó por la mente de éste.
— Ya voy, ya voy, no me ordenes —gruñó el de ojos ámbar, aún molesto con él mismo y algo molesto con Suzuno por su "inocencia".
Estiró ambas manos, mostrando sus palmas hacia lados opuestos. Rápidamente emergieron unas llamaradas que describieron órbitas curveadas, delineando la forma circular que tenía la girola, iluminando todo el lugar con la luz del fuego. No había terminado de botar llamas cuando un sinfín de sombras negras de formas dudosas emergieron de la oscuridad, saltando hacia ellos tan pronto como la luz los alcanzó. Nagumo, ante el repentino ataque, no pudo controlar por más tiempo su fuego y éste se descontroló, comenzando a quemar cuanto encontrara en el camino, incluyendo los cadáveres de los sacerdotes. Suzuno, en un intento por atacar y regular a Nagumo al mismo tiempo, posó sus manos en el suelo e hizo que éste fuera recubierto por una capa de hielo del cual sobresalían unas estalactitas de hielo de las que manaba un vapor gélido que apagaba el fuego de los cuerpos. Las estalactitas, al aparecer de la nada, empalaron a unas cuantas sombras que se retorcieron al ser atravesadas por el hielo de Suzuno, pero la capa de hielo comenzó a derretirse al tiempo que intentaba apaciguar el fuego, haciendo que una nube de vapor comenzara a llenar la estancia.
Aún así, la mayor parte de las sombras no fue ni quemada ni empalada, por lo que ambos se cubrieron mutuamente las espaldas para seguir atacando. Para Nagumo era mucho más rápido quemar sombras, especialmente por el poco control (que no admitiría) que tenía sobre su habilidad, pero aún así Suzuno se mostraba muy capaz de defenderse a sí mismo. No obstante, repentinamente ambos fueron bruscamente separados por los ataques de las sombras, cayendo en lugares diferentes. Nagumo se dio de cara contra una pared, apenas alcanzando a mascullar una maldición antes de rodearse de fuego para quemar las sombras que lo iban a atacar por la espalda, y Suzuno cayó sobre los cuerpos, manchándose de sangre y apenas teniendo tiempo para sentir algo más allá del asco al ser nuevamente atacado por unas sombras. Aquellas le golpearon la espalda y luego el costado, quitándole el aliento y aprovechando ese momento para pegársele en piernas y brazos como si fueran sanguijuelas.
— B-Burn… —mascullaba intentando librarse al extender hielo desde sus manos hacia sus brazos, pero la presión era cada vez mayor, haciéndole sentir dolor. Lo habían atacado con la guardia baja— Na… N-Nagumo —lo llamaba, pero el chico tenía sus propios problemas.
Repentinamente sintió un extraño calor y de la nada la presión desapareció al tiempo que un fuerte viento llegaba desde uno de los pasillos, volando a algunas sombras, pero extendiendo el fuego. Alguien lo levantó rápidamente y cuando pudo ver, notó que se trataba de Tsunami, quien con su espada recta envuelta en llamas estaba cortando cada sombra que le saltaba encima. Se notaba que tenía experiencia en la batalla, porque sus movimientos eran fluidos y continuados. Tenía un excelente balance y cada vez que esquivaba, parecía como si estuviera remontando una ola en el mar.
— ¡Disculpen la demora! —dijo él sonriendo mientras atrás de él aparecía Max, quien a su alrededor mantenía una barrera de aire que repelía a las sombras que intentaban atacarlo en cualquier ángulo.
— ¡MAX! —escucharon gritar a alguien, pero no pudieron ni ver de dónde provenía ni identificar la voz, puesto que los fuertes vientos que el de sombrero de gato lanzaba de vez en vez distorsionaban los sonidos.
— ¡Son muchos! —decía Max mientras deshacía rápidamente su burbuja de aire al notar cómo el fuego comenzaba a alimentarse del oxígeno y comenzaba a rodearlo peligrosamente— ¡Y si hago un tornado podría salirse de control! —le decía a Tsunami simplemente repeliendo con proyectiles de aire a las múltiples sombras que había a su alrededor, notando cómo comenzaban a aprovecharse de su propia sombra, escondiéndose allí y atrapándolo por los pies. De no ser por Tsunami, ya lo habían tirado al suelo varias veces.
— ¡Tenemos que llegar hasta allá! ¡Veo algo y podrían estar ellos allí! —decía, pero en su mente lo único que pensaba era en la posibilidad de recuperar a Tachimukai. Su sentido del peligro de guardián le indicaba que su protegido estaba cerca y que seguía en peligro, pero era tanto el caos que imperaba que no podía descifrar hacia dónde tenía que ir.
— ¡AH! ¡MALDITA SEA! —maldijo Nagumo en voz alta al sentir como una sombra se le aferraba al brazo y cambiaba de forma, enterrándosele en la piel— ¡QUÍTATE, MIERDA! —pero su grito fue eclipsado por el sonido de una especie de explosión de vidrios arriba de ellos.
Un gran número de vidrios y escombros les llovió desde el techo y ellos no pudieron esquivarlos por estar pendientes de las sombras que no se veían afectadas por el contacto físico. Ninguno salió exento de los cortes o golpes, algunos más serios que otros como Max, a quien se le incrustó un gran trozo de vidrio en el hombro o Nagumo, quien recibió un golpe seco en la espalda de un gran trozo de escombro que lo tiró al piso, pero no pudieron detenerse a observar cuán graves estaban. Junto con los restos de la cúpula, un cuerpo cayó rápidamente al suelo, claramente siendo impulsado por una fuerza externa, y la tormenta que se desataba en el exterior, ingresó a la girola por el agujero que ahora había sobre ellos.
Fubuki no tuvo tiempo para nada, puesto que aunque ahora Desuta, luego de tirarlo contra la cúpula con una gran bola de energía oscura, estaba "entretenido" lidiando con Hiroto y Osamu, un rayo como caído de la nada no sólo lo paralizó, sino que también cayó muy cerca de él, transmitiéndole su peligroso calor. Era evidente que aquella tormenta no era un suceso natural, no sólo por su inesperada llegada ni su descontrolada fuerza, sino también por el hecho que los rayos tenían un distinguible color azul, lo cual no era precisamente algo normal en los rayos que solían ser blancos y con apenas destellos de otros colores, pero de manera muy discreta.
El híbrido, hecho ovillo en el piso, sudaba copiosamente. Estaba tan concentrado en el sentimiento que ahora lo embargaba por el potente ruido de los rayos que ni siquiera se daba cuenta que estaba tirado entre sangre y miembros humanos. Con algo de dificultad se comenzó a levantar, dispuesto a alzar el vuelo hacia donde se encontraba Desuta, cuando unas sombras lo atraparon.
— ¿Qué… qué se supone que es esto? —se preguntó Fubuki mirando con sus ojos dorados las sombras que intentaban atraparlo completamente. Invocó un potente viento que logró separarlo de esas sombras, pero que también levantó vidrio y escombros nuevamente al aire en un pequeño remolino.
— ¡Detente! —le gritaba Shirou, cuya voz apenas era un mero murmullo sin mucha potencia— ¡Los estás lastimando!
— ¿Qué importa ahora, Shirou? ¡Ese maldito de Desuta tiene a Kogure! ¡No se lo voy a perdonar! —le respondía Atsuya, quien también parecía ser un eco lejano en la mente de Fubuki.
Éste sonrió apenas. Quedaba poco y nada para lograrlo. Las conciencias de Shirou y Atsuya eran cada vez más lejanas, más tenues… Lo lograrían. Serían perfectos. Sólo unos rayos más y…
— ¡SHIROU! —escuchó a alguien llamando al pequeño angelito etéreo de su hombro, el cual ya no era más que una silueta casi invisible en la caricatura de su mente— ¡ESPERA, SHIROU!
Siendo dominado repentinamente por el impulso de mirar hacia la fuente de aquella voz, Fubuki volteó y vio, entre la lluvia que ahora le caía encima, el viento y los múltiples ataques que los otros lanzaban hacia las sombras, al arcángel Aphrodi volando tras de Gouenji, quien venía corriendo mientras de sus manos emergían grandes llamaradas que intentaban mantener a raya a las sombras que se le lanzaban encima a medida que avanzaba. ¿Cuándo habían aparecido (pregunta dirigida con especial interés hacia el arcángel)? Fubuki chasqueó la lengua al reconocerlo y dejó de verlo al sentir como nuevamente las sombras lo atrapaban de la cintura hacia abajo con más fuerza que antes. Miró al cielo y, pese a que la lluvia le caía a la cara, pudo ver el destello de los ojos verdes de Desuta viéndolo por un momento. Seguramente el muy maldito las está controlando pensó al notar como las sombras parecían ahora retenerlo mejor.
Apretó los dientes al sentir cómo las sombras se metamorfoseaban en tentáculos con espinas, incrustándose en su piel profundamente para hacerle daño. Sentía la sangre de sus piernas bajar, pero convocó la oscuridad del demonio Atsuya para poder luchar contra las sombras.
— ¡SHIROU! —gritó Gouenji.
Estaba harto de oír ese nombre. ¡Harto! ¡Él no era Shirou! ¡Él era Fubuki! ¡Un ser perfecto! ¡PERFECTO!
— ¡Shirou ya no existe! ¡Ni él, ni Atsuya! Ahora somos uno, un ser perfecto como siempre debimos ser —respondió el híbrido, mirándolo de soslayo con superioridad pese a la situación en la que él mismo se encontraba— ¡Ahora sólo soy Fubuki!
Pero él se negaba a eso. ¡Él no había terminado! ¡No había llegado tan lejos para nada! ¡Él traería a Shirou de vuelta costara lo que costara! Miró a Aphrodi, quien luchaba intentando mantener algo de su atención en ellos y alejar a las sombras de los otros (por supuesto, él era un arcángel y podía más fácilmente con estos inferiores demonios de bajo nivel), y recordó sus palabras. Mantén sus consciencias separadas había dicho cuando estuvo con él y con Someoka. Y si el temor a los rayos de ambos los hacía unirse, algo en lo que discreparan fuertemente podría mantenerlos separados. Era la única solución al conflicto.
Sólo se le ocurrió una cosa para poder mantener separadas las consciencias de ambos muchachos (y eso que él ignoraba el poco tiempo que le quedaba), pero debía intentarlo. Quemó a una de las sombras que le aprisionaba el pie, casi cayendo en el proceso, y corrió hasta donde el híbrido se hallaba, intentando librarse de los tentáculos oscuros que querían capturarlo. Incineró a las sombras que aprisionaban a Fubuki como había hecho con las que lo atrapaban a él, las cuales estaban más débiles por los ataques oscuros que el híbrido hacía, y, al liberarlo, lo tomó violentamente del brazo para acercarlo a él.
— ¡¿QUÉ HAC-?
Y lo calló con un beso.
Me habían llamado desde el cielo. Era Kazuya, el ángel guía. Cuando lo encontré se encontraba platicando con el arcángel Gabriel, pero en cuanto me vio, se disculpó amablemente y fue hasta mí. Me guió hasta donde estaba el arcángel Aphrodi, dándome un mal presentimiento de lo que iba a ocurrir.
— Shin'ichi, toma —me dijo y nuevamente invocó una tierna luz rosada, pequeña pero juguetona y brillante, que voló hacia mí con gracia y belleza. Igual que cuando me habían asignado a Reina para cuidar— Esta luz te guiará hacia tu nuevo humano. Nacerá hoy. Su nombre es Mistrene Callous.
— ¿Q-Qué? ¿C-Cómo que mi nuevo humano?
Ambos se miraron mutuamente, quizás sabiendo que yo no entendería por ser Reina mi primera humana a cuidar como ángel. Kazuya se acercó a mí y posó su mano sobre mi hombro, imitando esa señal de apoyo que los humanos se regalaban en momentos difíciles.
— Shin'ichi, bien sabes que en el mundo humano todo tiene un ciclo de vida, incluyendo ellos mismo —me dijo. ¿Acaso Reina…?— Todos deben partir en algún momento y ustedes como ángeles guardianes deben velar por su bien hasta que ese día llegue. Hoy es ese día, pero siempre que se extingue una luz, una nueva aparece.
No, no, no, no… ¡NO! ¡No podían estar diciendo que ella, que mi Reina iba a morir! ¡Me niego a creer lo que me dicen!
Ignorando los gritos que escuché a mis espaldas, abandoné volando el cielo cuán rápido mis alas me lo permitieron. Volé y volé buscando a Reina, esperando que no fuera muy tarde. El corazón se me hacía un muño y aunque me impulsara con rápidas ráfagas de viento, mis esfuerzos parecían ser completamente vanos. No encontraba a Reina por ningún lado y sentía como el tiempo se me acababa.
Finalmente la hallé. Estaba caminando de la mano de Izuno, riendo feliz de la vida, ignorando que su final estaba tan cerca. Mientras más me acercaba, más me daba cuenta de cómo moriría. Caminaban cerca de una gran avenida y a lo lejos oí un automóvil –artefactos infernales de los humanos– descarrilado que iba a gran velocidad. Los sonidos de las bocinas me hicieron volar cada vez más rápido, hasta que me materialicé completamente para poder empujar a Reina y a Izuno fuera del camino de un conductor loco que iba a ser el responsable de quitarle la vida a mi amada humana.
Ambos se salvaron. Me volví etéreo rápidamente para que no fueran capaces de verme, pero ambos estaban tan impactados y en un estado de shock tan grande que no tenían tiempo para saber quién los había salvado. Izuno abrazaba fuertemente a Reina, quien temblaba nerviosamente al haber sentido la muerte tan cerca.
¿Y yo? Simplemente miraba.
— No debiste hacerlo —escuché a Kazuya, quien de la nada estaba a mi lado— Has roto las reglas, ¿sabes qué significa eso?
Realmente no lo había pensado… pero ver a Reina a salvo me hacía creer que todo había valido la pena.
— Ella no sabe que existes. Ella no te ama —me dijo y aunque sus palabras me acuchillaban el corazón, sé que él no lo decía con esas intenciones— Morirá. Todos lo hacen.
— Lo sé.
— ¿Entonces?
— …No sé. Simplemente actué —le dije mientras sentía un extraño líquido bajar por mis ojos y mojar mis mejillas— El amor no tiene explicaciones, ¿o sí?
Kazuya se lo pensó, pero no me respondió. Miró la escena del accidente y vio el alma del desdichado conductor mirando desorientado a todos lados, impactándose al ver su propio cadáver al interior del vehículo que chocó unos metros más adelante de donde Reina e Izuno estaban. Kazuya iba a ir hacia él, pero antes de hacerlo me miró de soslayo y me dedicó una sonrisa triste.
— No. Por lo que he oído y ahora visto, el amor no tiene explicaciones. Simplemente es.
Y se marchó.
Bajé la mirada y noté cómo algo me pesaba en el cuerpo. Era el dolor en mi corazón, el cual era mucho más potente que antes. Mi hermosa Reina no me amaba, nunca me amó, no sabía que existía y yo… la salvé de lo que no debía salvarla. Y pese a todo nada había cambiado. Seguía solo, con un dolor en el pecho insoportable, con ganas de olvidar todo y con las recién descubiertas lágrimas cayendo por mis ojos. Sabiendo que ya no tenía nada más que hacer y que regresar al cielo no era una opción, simplemente tomé una pluma que había en el suelo y, sin dejarme ver, me acerqué discretamente hacia donde estaba ella y deposité la pluma cerca de su mano en señal de adiós.
Dejando atrás a mi amada y a mi lugar como ángel, me dispuse a descender al único lugar donde podrían aceptarme. Después de todo, este era mi castigo al haberme convertido en un caído.
Continuará~
(1) Naves: El espacio interior de la basílica se divide en tres espacios que se denominan naves. Hay tres: la Nave central, la Nave la epístola y la Nave del evangelio.
Si leíste hasta aquí, muchas gracias~
N/A: ¿Muy larga la demora nuevamente? ^^U Perdonen, en serio, pero pido comprensión. Aquí estamos a final de año escolar y estaba hecha un lío porque es mi último año en el colegio y quería terminar bien mi último año para salir con un buen promedio y un buen NEM para la Universidad. Afortunadamente, todo el tiempo invertido me permitió terminar con excelentes calificaciones finales (7,0 final en 4to medio, la máxima calificación), lo cual me permitió llegar al NEM 6,9. TTwTT *llora de felicidad*
Pero dejando de lado mis problemas personales, aquí les traje el capítulo 20. Intenté alargarlo para compensar la demora (porque sabía que iba a demorar bastante, por lo que terminé escribiendo aproximadamente dos mil palabras más para ustedes con todo mi amor~) y personalmente me gustó el capítulo. Finalmente di a conocer lo que muchos querían: el pasado de Handa. Y me dio más pena que el de Kazemaru... no sé por qué xD Quizás porque el de Handa fue un amor completamente no correspondido~ Y como ven, para la descripción del lugar de la última batalla me documenté bastante sobre la infraestructura del lugar (gracias Wikipedia, hohoho~) aunque de todos modos tuve que hacer algunas modificaciones. Lo admito, me encanta matar cosas en mis historias, así que el matar a todos esos inocentes civiles fue un deleite para mis dedos xD Soy una sádica, lo sé.
Si aquí alguien es católico: NO LO HICE PARA OFENDER A NADIE, SINO QUE SIMPLEMENTE PARA SEGUIR EL GUIÓN ORIGINAL DE MI HISTORIA. No hay motivos ulteriores ni satánicos ni nada, pero para que sepan, escogí un lugar como el Estado Vaticano para hacer la última pelea porque esta historia trata finalmente de ÁNGELES Y DEMONIOS y considerando las creencias que tienen los católicos sobre estas criaturas, me pareció un buen detalle ambientarlo en ese lugar. SI OFENDÍ A ALGUIEN, DISCULPEN. NO ERA LA INTENCIÓN.
Y ahora mi rinconcito de agradecimientos. Como siempre, me encanta leer sus comentarios y esta vez me busqué el tiempo para contestarles a cada uno personalmente, porque ya me sentía muy mal de no hacerlo. Muchísimas gracias a Eirin Stiva, MizuKi-chan-18, TTaacchhii, La Dama Azul de Konoha, featheredmoonwings y Starbell Cat por sus comentarios. Les mando muchos abrazos apretados desde aquí en agradecimiento. Hacen a mi corazoncito de escritora muy feliz ;w;
No prometo nada para la próxima actualización porque la PRÓXIMA SEMANA ME GRADÚO! :DD Y en dos semanas es la PSU (ugh... "OTL) así que el panorama está complicado. Pero después del 13 de diciembre es la LIBERTAAD TOTAL, así que espero terminar esto para ese entonces (si no es antes). No dejo adelanto porque realmente no lo he comenzado a escribir y quiero dejarles esto ahora que puedo~
Beesooos~ :]
