N/A:¡Hola! Sed bienvenidos y gracias por leer _Suelo poner las notas al final del capítulo, pero creo oportuno avisar antes de leer en esta ocasión, pues en este capítulo utilizo lenguaje explícito y, si bien no va a haber ninguna escena especialmente fuerte (todos: oooooooooooh…), si va a ser subida de tono. Por lo tanto, si algún lector es especialmente sensible o le da vergüenza o yo-que-sé, le recomiendo que deje de leer y nos veremos, si quiere, el viernes que viene por aquí.Sin más, os dejo con el capítulo y espero que sea de vuestro agrado.
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—¿Qué haces sin camiseta?
Él curvó los labios de puro nerviosismo y emoción. Dieciocho enterró la cara en el hueco entre el cuello y su hombro, sonriendo también.
—No tienes remedio —murmuró y besó imperceptiblemente su piel.
Krilin cerró los ojos y acarició la cabeza de ella, sin pensar en otra cosa que en la ternura que desprendía la muchacha que cubría con sus brazos, y en conciliar el sueño de ambos.
Como contrapunto al silencio reinante en la habitación, la lluvia seguía poniendo la banda sonora, de trasfondo, a una noche que no terminaba, pues Dieciocho no se dormía. En la curva que formaba su garganta, Krilin sentía las pestañas de la androide moviéndose cada interminables minutos en un lento vaivén, al igual que cuando estaba despierta.
—¿Sucede algo, Dieciocho? —preguntó en susurros, sin abrir los ojos, besando luego la sien de ella.
—No —respondió contra su piel, estremeciéndolo entero con su particular todo de voz, aunque sonaba una octava por debajo de lo habitual—, es sólo que tengo curiosidad.
"Ay, Dios", se dijo Krilin temiendo saber de lo que se trataba.
—¿So-Sobre qué, amor?
No tenía ningún sentido marear la perdiz, iría directa al grano:
—Sobre el sexo —dijo en una exhalación. De pronto, se sintió abrazada a una estatua.
Esperó un poco a que reaccionara. Había previsto que eso pasaría. Por su parte, el corazón de Krilin había entrado en arritmia.
Consiguió hablar luego de conseguir estabilizar su respiración y centrar la mente:
—¿Q-Qué quieres saber exactamente?
Dieciocho sonrió divertida pegada a la piel de Krilin, sintiendo a través de ésta el torbellino de emociones que intentaba controlar: las pulsaciones se habían detenido unos breves instantes y, acto seguido, se habían acelerado hasta un punto casi preocupante; su pecho se agitaba sin sentido al respirar, y su piel… ardía.
—Pues… qué se siente.
—Oh —"¡Mierda, mierda, mierda!"—… em… Es difícil de explicar —dijo dubitativo. Si quería ser consecuente, debía evitar a toda costa la palabra mágica para ella: divertido—… Es como un cosquilleo intenso y no quieres que se detenga.
—¿Es… divertido? —ella también quiso evitar esa palabra y deseaba con toda su alma que le dijera que no para perder su atención en ello.
—Es posible —dijo Krilin en un hilo de voz y después de una pausa. Notó el cuerpo de la muchacha tensándose entre sus brazos. Era lo peor que podría decirle, pero ¿cómo mentirle? Ahorra tocaba la parte más dura, explicarle porqué no podrían probarlo esa noche—. Mira, Dieciocho, pienso que es precipitado hacer nada hoy. No estoy preparado y tenía la ilusión de reservar nuestra primera vez, si es que se daba, para una ocasión más especial. Espero que no te enfades.
—Está bien —accedió ella, dándole un pequeño beso en la mandíbula—. Ya tiene que ser divertido y especial si te da tanto reparo no guardarlo —dijo tranquila y contagió esa calma a su compañero. Al fin—. Pero…
"Por Kami, ¿pero qué?", pensó antes de decir en voz alta, no sin maldecirse internamente varias veces:
—¿Qué ocurre?
—Pues que qué pasaría si no me gusta. O sea, si al final no es lo que esperaba y sólo te diviertes tú, no tendrá gracia. ¿Cómo puedo saber que yo también lo disfrutaré?
Era muy buena pregunta y a Krilin se le ocurrían muchas formas en las que ella podría probar si el sexo era algo interesante para ella. Sin embargo, le daba vergüenza proponerle siquiera que permitiera ponerle un dedo encima y, además, estaba su propio aguante. ¿Resistiría la tentación? ¿Soportaría la simple imagen de tener a Dieciocho desnuda delante de él? Si de imaginarlo casi alcanzaba su límite.
No, debía ser fuerte y resistir. Esto debía ser otro reto a superar como si de un entrenamiento se tratase. ¿O es que se iba a pasar el tiempo que estuviera a su lado sin tocarla por miedo a no durar lo suficiente? Tragó saliva. Le sugeriría a Dieciocho una pequeña prueba… para ambos.
—Tienes razón, sería frustrante para los dos que marquemos una fecha en el calendario y que todo saliera mal cuando llegara el día —tanteó.
—Desembucha, hombrecillo —le dijo ella, directa—. Sé que tienes algo en mente.
Él rio nervioso y se tensó un poco.
—No… yo… bueno… me preguntaba si… pensaba que… Maldición —titubeó intimidado. Había llegado la hora de la verdad—. Ahí va: podemos hacer una pequeña prueba, te doy algunas caricias y saldremos de dudas.
—¿Qué caricias? ¿Cómo las de la cabeza para dormir? Pues vaya birria de diversión.
—No —soltó una tímida risilla que resonó en el oído de Dieciocho—. Son… otro tipo de caricias. Si te molestan o te incomodan, me lo dices, o sea, ¡no me pegues! Y lo dejamos como está, ¿de acuerdo?
—Y… ¿si me gustan? —quiso saber ella.
—Pues habrá que rezar porque yo tengo un límite y, ahora mismo, está muy bajo —dijo Krilin más para sí mismo que para su novia.
—¿Qué has querido decir con eso?
—Nada, no me hagas caso —respondió rápidamente. Inspiró profundamente. Llevó la mano que rodeaba la espalda de la androide hasta su cuello, tomando aquél como punto de partida de su improvisada prueba—. ¿Estás lista? —musitó acercándose al oído y besó con ternura el hueco entre su mandíbula y el lóbulo de su oreja.
—¿Es que tengo que estarlo? —su voz tenía un aire retador.
—Tienes la fea costumbre de subestimarme —dijo él detrás de una sonrisa traviesa.
Llevó los dedos de su mano por un largo viaje, uno que se extendía desde el cálido valle de su cuello y su nuca hasta la empinada cumbre de su hombro. Sobre la tela de algodón de su camiseta, fue paseando a todo lo extenso de su brazo, tomó su mano con delicadeza y la atrajo hasta su boca para repartir caricias con sus labios por la fina piel de su muñeca y su antebrazo, al tiempo que deslizaba con lentitud la tela hasta el codo para descubrirlo y dejar un reguero de besos pausados por la cara interior de éste.
Dieciocho no se había movido un milímetro del cobijo que le aportaba el hombro de Krilin y dejó escapar muy despacio, desde la nariz, el aire que contenían sus pulmones.
El hombrecillo curvó los labios contra la piel del brazo, que reposaba sobre su cuello entonces, y posó la mano en la base de la nuca de Dieciocho.
—¿Todo bien? —sondeó.
—Nada del otro mundo —restó importancia al estremecimiento que le había recorrido su piel y que había avivado el aleteo de las mariposas en su vientre.
No era un experto, no sabía realmente cómo proceder ni lo que a una chica corriente podría gustarle. Y, aunque lo supiera, Dieciocho no era una de ellas, por lo tanto se despreocupó de su falta de experiencia y se centró en esperar las reacciones de ella al rozar algunas zonas. Exploraría sobre el terreno y elaboraría un mapa mental de las zonas erógenas de su chica, una gran ayuda de cara al futuro, sin duda.
Continuó, entonces, recorriendo la columna vertebral de ella con el dedo corazón y llegó a la hondonada que daba un acceso rápido a su cintura, la cual se descubría debajo de la camiseta parcialmente levantada. Deslizó, pues, los dedos en torno a ella y por debajo de la tela, y Dieciocho hizo un movimiento involuntario de la cadera hacia ese lado.
—Creía que no tenías cosquillas —se burló Krilin en su oído.
—Cállate —se quejó ella, avergonzada. Por suerte no le veía la cara, si no tendría que aguantar bromas a costa de su sonrojo durante semanas.
Él sonrió, pero se mordió el labio antes de continuar. Lo que quería hacer luego, estaba vetado hasta en sus mejores sueños y no sabía cómo iba a ser la reacción, tanto la suya como la de ella. Lo más sensato sería advertirle:
—Dieciocho… no voy a hacer nada que te moleste, ¿de acuerdo?
—Cuando molestes, te lo haré saber —aseveró.
No lo había hecho hasta el momento, en realidad todo era bastante agradable, pero nada especial como le había dicho su chico antes. Esperaría a ver dónde llegaba todo eso antes de tomar una decisión, aunque todo pintaba que iba a ser más bien aburrido, tranquilo.
Dejó que Krilin sumergiera la mano bajo su prenda superior, sintiendo su palma completa recorriendo con lentitud el tramo del costado que abarcaba la cintura y la axila, tentando de paso y con algo de disimulo la base del pecho con el pulgar. Eso era nuevo y sentía que el guerrero se tensaba sobre ella con el pasar de los segundos. Intuía que ese toque no sólo tenía como objetivo darle placer a ella, sino que para él también era algo que deseaba hacer y que se reprimía al profundizar en ciertas áreas.
Respiraba agitado y las suaves caricias del principio se estaban convirtiendo en torpes movimientos que evitaban a costa tocar un sitio en particular.
—Si has llegado hasta aquí, no te detengas ahora.
Dieciocho buscó por encima de la ropa la mano rígida de Krilin y la colocó justo donde le apetecía más sentirla. Él estaba paralizado. Casi le costaba respirar y su autocontrol se había empezado a tambalear cuando había encontrado, en mitad del camino de sus caricias, el pecho izquierdo de Dieciocho, libre, sin ninguna otra prenda que lo pusiera sobre aviso: sin sostén. No lo había esperado, pero peor fue cuando hubo rozado superficialmente la piel extremadamente suave que lo recubría, habiéndose bloqueado por completo. Si no fuera porque la mano de ella había venido en su ayuda, aún seguiría en la misma posición durante horas.
Entonces, cayó en la cuenta de lo que eso significaba: eso le gustaba. Sostuvo con una mano ese seno, pequeño pero turgente, suave y tierno como nunca pensó que pudiera ser. Lo apretó un poco, disfrutando de su firmeza, y sintió el aliento intrépido de Dieciocho chocando contra su cuerpo a la misma vez. Eso era mil veces mejor que autocomplecerse y, de forma inmediata, suspiró con ella de placer.
Se moría de ganas de arrancarle la camiseta, ver esos hermosos pechos con sus ojos y comérselos sin contemplaciones. Pero la idea inicial era prepararse y saber contenerse, así que optó por dibujar con las yemas de sus dedos la forma de uno de ellos, poniendo nombre y un nuevo relieve a su particular mapa mental del exquisito cuerpo de Dieciocho.
Pequeño y bien formado, lleno, aterciopelado. Redondo en su parte inferior y, palpando el centro, topó con la cúspide de un diminuto pezón que hizo reaccionar la garganta de la androide con ese mínimo gesto de cariño.
Sí, Dieciocho acababa de ahogar un gemido. No fue agudo, tampoco una exclamación por encima del tono habitual de su voz, pero fue corto e involuntario. Cuando notó el estímulo en esa diminuta parte de su cuerpo, una corriente intensa la traspasó y pudo sentir el mismo hormigueo en otro minúsculo punto de su cuerpo, uno del que no sabía de su existencia siquiera. Y lo volvió a sentir. Y volvió a gemir, esta vez dándole vía libre por su boca, amortiguando el sonido en la habitación por el cuello de Krilin.
Él se retiró un poco y ella pensó que quería mirar su cara abochornada y reírse de esos estúpidos grititos que le estaba costando callar. Sin embargo, él buscaba sus labios, quería notar la ternura de su boca para acallar la sed y el hambre que le provocaba el tocar un cuerpo que no quería sentir por completo.
Estaba ansioso, Dieciocho lo sabía, y notaba también que se estaba conteniendo. Krilin trataba de besarla despacio, pero sus labios volvían rígidos e intentaban no apretar los suyos. Su respiración se estaba volviendo violenta y, en ese momento, decidió tomar ella las riendas del beso para aplacarlo. Sin embargo, cada vez que intentaba marcar el ritmo y hacer que él le siguiera, Krilin daba un pequeño pellizco a su pezón, descontrolándola a ella y perdiendo el hilo de lo que hacía. Tampoco podía poner mucho remedio a esas ruidosas exhalaciones que terminaba vertiendo en la boca de él y que no ayudaban en nada al autocontrol del muchacho.
Cada vez que le apretaba era un latigazo a su columna, a su cerebro y a esa diminuta cosa que se escondía entre sus piernas y que no recordaba haber localizado antes. ¿Qué sería y qué pasaría si él llegaba a tocar ahí? Sin duda, ese era el misterio que aguardaba el sexo para ella.
La otra mano de Krilin, debajo de su cabeza, se enredaba en su pelo, gentil pero firme. Luchaba consigo mismo para no morder esos labios que trataban de dominarle y él… que quería que le dominaran, en pos de seguir un plan inicial que se tambaleaba por momentos.
Descendió la mano para seguir su camino explorador, sin despegar los dedos de la piel de ella, por la profundidad existente entre sus pechos. Sintió ahí la vibración del latir inquieto de su corazón y arribó al nuevo puerto, yendo a tentar con el pulgar el nuevo pezón nada más llegar.
Los suspiros de Dieciocho le arrebataban el conocimiento. Echó las caderas hacia atrás en un mínimo resquicio de lucidez para alejar la tentación y, sin querer, con ese movimiento adelantó una rodilla que se introdujo entre los muslos de Dieciocho.
Ese roce la tomó por completa sorpresa, e involuntariamente, adelantó su pelvis hacia Krilin, rozándola de paso por la pierna de él. La sensación de cosquilleo fue increíblemente placentera y la necesidad de aumentar la presión en esa zona creció tanto que no se dio cuenta de que había hundido los dedos en la carne del pecho y la cabeza de su novio.
—¡Auch! —se quejó Krilin, retirando su contacto de ella con algo de brusquedad.
—Quejica —le dijo ella abriendo los ojos y comprobando con ellos que no se había propasado.
Él se rio. Hasta el momento, las reacciones de Dieciocho le parecían las más naturales y humanas que se podía esperar, y le halagaba saber que las había conseguido hacer aflorar. Cuando pensaba que no podía estar más enamorado de ella y lo afortunado que era por ser correspondido, la vida lo obsequiaba con otra nueva experiencia que le hacía caer en las más profundas redes de su corazón.
Ella estaba inquieta, ansiosa de sentir las manos del hombrecillo otra vez. Se revolvió sobre la cama, quedando de cara al techo. Estiró su espalda, alzó sus brazos por encima de su cabeza y contrajo los músculos de sus caderas y sus piernas, liberando la tensión que se había creado en ellas. Aunque no era suficiente. Sentía la piel quemarle y las manos de Krilin eran causa y remedio para esa desazón, unas manos que permanecían entrelazadas lejos de ella, bajo la barbilla del hombre que la miraba atentamente.
Tendido boca abajo junto a su novia, analizando sus reacciones y sopesando las posibilidades de salir ileso de allí, Krilin se mordía el labio inferior de pura indecisión. Había llegado muy lejos, había dejado en conocimiento de Dieciocho necesidades humanas que permanecían ocultas en su ser, no sólo las de esa noche, sino prácticamente todas las que había descubierto desde que se conocieron: comer, dormir, relajarse en la playa, divertirse escuchando música, enamorarse... Ahora debía medir muy bien sus pasos, porque la androide se había quedado con ganas de culminar y, si bien cualquiera podría terminar de mal humor si no lo consigue, en Dieciocho eso podía significar una amenaza de apocalipsis inminente.
Qué bochorno cuando se pusiera a destruir ciudades como en el futuro de Trunks y llegaran los guerreros Z a preguntar qué estaba pasando. ¿Con qué cara les diría que privó a Dieciocho de su primer orgasmo?
—¿Qué miras con esa sonrisa torcida? —preguntó ella haciendo brillar sus ojos azules en la penumbra.
La luz difusa de las farolas enmarcaban los hombros y la cabeza de Krilin.
—A ti. Pero no te miro: te admiro.
Nunca cambiaría. Siempre sabía cómo hacerle para sacar los colores y acelerar el hormigueo de su vientre, que ahora se extendía febril por la zona más íntima de su anatomía.
—Ven aquí, tontito.
Lo agarró del cuello y lo atrajo hasta sus labios para succionarlos con avidez, aplacando el fuego que ardía vivo en ellos.
Krilin temblaba sobre ella. No quería llegar tan lejos esa noche, debía sacar redaños de donde casi no le quedaban para manejar la situación de alguna forma.
—Dieciocho, espera —musitó contra sus labios, sin poder despegarse de ellos por la pasión descubierta por la androide—… Por favor, un momento…
Como pudo, se irguió sobre los brazos, apoyados a cada costado de su chica, y la miró desde arriba. No veía más que sombras y sus brillantes ojos azules traspasando la oscuridad, pero notaba su respiración entrecortada y urgente.
—Esto marcha, pero estamos llegando al punto que yo estaba temiendo todo este tiempo.
—Oh, ¡no me jodas, Krilin! —protestó y él se envaró—. ¿Para qué me enseñas nada si me vas a dejar así? Oye…
—Tranquila, tranquila —le dijo y le acarició la mejilla. Ella entornó los ojos con intención asesina—… No te voy a dejar así, pero es que no tienes ni idea de cómo estoy yo y… no quiero estropearlo, Dieciocho.
—¿Qué mierda quieres decir, Krilin? Explícate.
—Eso intento —sonrió nervioso—. Vo-Voy a… diablos… Voy a ayudarte, pero necesito que te estés quieta, porque yo me intento controlar, pero si tú haces un gesto que no prevea, puede que terminemos como no esperamos y…
—Y, ¿qué?
—Que no lo quiero así, amor —suplicó.
Puede que Krilin no distinguiera bien su rostro en la oscuridad, pero ella observó a la perfección el rostro decepcionado de su chico. La necesidad del contacto la consumía, pero desestimar el ceño entristecido de Krilin era un crimen. No podía dejarlo así. No con la cantidad de placeres ocultos que estaba descubriendo de su mano, literalmente.
Acarició el dorso de la mano de él sobre su rostro y la llevó con dulzura a sus labios para besar sus dedos.
—Adelante —aceptó al fin.
Él la besó en los labios, entusiasmado. Era tan sumamente feliz.
Descendió los besos por la barbilla de Dieciocho, su garganta, su clavícula… y los acompañaba de su agradable y suave tacto hasta llegar al busto de ella.
Recostó la cabeza en su escote y dejó que la mano siguiera el curso que se había propuesto, descubriendo los nuevos derroteros a los que, si Kami quería, se tendría que acostumbrarse a caminar las veces que a ella le apeteciera.
La camiseta la tenía remangada al nivel de la cintura y el tacto de Krilin tomó la directa a su ombligo. No tenía prisa, disfrutaba de esa llanura que siempre había querido palpar directamente. La firmeza y la textura de su piel no tenía comparación con absolutamente nada en el universo.
Abrió la palma y traspasó su calor a todo lo ancho del bajo vientre de ella, subiendo y bajando con su respiración y sus latidos.
Faltaba poco para llegar y no quería hacer ningún movimiento en falso, sólo los justos para que ella temblara de placer, concienciado de que aquello supondría una tortura para él.
"Allá voy", se alentó.
Desplazó la mano por la piel de Dieciocho aún más abajo, topando con la cinturilla de sus jeans. Con el índice y el pulgar, desabrochó el botón y bajó la cremallera, facilitando su acceso pero sin exponerla del todo… y poniendo barreras a su propio deseo.
Ella se estremeció con el gesto, moviendo las caderas comedida. ¿Estaría nerviosa? Desde esa posición, Krilin podía escuchar con total claridad el tamborileo alocado en el interior de Dieciocho, cada vez más trepidante.
En silencio, sólo con el repiqueteo incesante de la lluvia en los cristales, con las respiraciones de ambos contenidas, Krilin palpó con indecisión, con la punta de las yemas de dos dedos, la ropa interior que cubría la intimidad de Dieciocho.
Si Krilin hubiera sabido, en ese preciso instante, el revoltijo de sensaciones nuevas que afloraron desde ese punto exacto del cuerpo de Dieciocho, probablemente habría llorado de la emoción. Pero ella silenciaba, como podía, el aire que pugnaba por salir de su pecho a borbotones, conteniendo sus movimientos para no asustar al hombre que se moría por besar y apretar contra sí.
Y aún no había tocado directamente lo que había debajo, pero los dedos de Krilin notaron con bastante rapidez la humedad que traspasaba la delicada tela de algodón.
Desde la cima de los pechos de Dieciocho, oteaba los movimientos de su propia mano, imperceptibles, delegando la tarea de rozar y presionar, comedido, la ternura de los labios mayores de la mujer. Ojalá sus malditos principios no le impidieran hacer lo que anhelaba, bajar su boca hasta allí y saborear ese preciado líquido, deleitarse con el sabor de la carne más tierna y deliciosa de la creación.
Se mordió el labio y tragó saliva. Dieciocho estaba poniendo de su parte y él no lo iba a estropear ahora, no cuando faltaba tan poco para enseñarle a la androide porqué era aquello algo tan especial.
Extendiendo los dedos, atravesó la barrera del elástico superior de sus braguitas, sintiendo el palpitar del corazón de ella ahí mismo. El tacto era maravilloso, la calidez abrumadora, y la suavidad del escaso vello simulaba al terciopelo. Hasta en sus partes más íntimas, las que mucha gente consideraba sucias o feas, ella era la excepción a cualquier regla.
La acarició como si fuera un animalillo delicado al principio, luego adelantó los dedos y llegó allí donde brotaba su flujo, apretando con sutileza los labios, deslizándose sobre la apertura vertical hacia arriba, buscando el tesoro que se escondía en aquel lugar, esa perla que tendría el poder de hacerla retorcerse de placer con sólo palparla.
—¡Ah! —gimió ella al fin, en un fuerte suspiro que retumbó en su caja torácica y en la cabeza que reposaba sobre ella.
Krilin rezaba porque terminara rápido. No podría aguantar que otro sonido como aquél se colaba en su interior y avivara su fuego interno como una ventisca en un incendio.
Ya había encontrado su botón de placer, y se guio por él para deslizar su dedo corazón por la apertura entre sus labios mayores hasta las mismísima puertas del cielo, donde se hundió en toda su profundidad en cuanto la halló, como quien resbala por un agujero. Sólo que aquél simbolizaba el paraíso.
Otro gemido, su espalda arqueada y las caderas en movimiento. Tragó saliva otra vez y cerró los ojos para no presenciar el baile de Dieciocho en la penumbra y bajo sus manos. Quería estar allí al completo, lo necesitaba, imaginando la presión que sentiría en su entrepierna sabiendo cómo estrujaba uno sólo de sus dedos.
Las manos de Dieciocho, hasta entonces enredadas en las sábanas de la cama, fueron al encuentro de la espalda y la cabeza de su amado. Lo apretó más contra su cuerpo, que bullía de gozo, diciéndole sin palabras lo mucho que lo necesitaba.
Ella jadeaba, Krilin se tensó bajos sus manos demandantes, y se envalentonó para hurgar despacio el interior de Dieciocho. Sacaba el dedo, acariciaba su entrada, se introducía otra vez y volvía a salir para presionar la perla ya no tan oculta de su clítoris. Así empezó un ciclo de caricias, gemidos y vaivenes de pelvis que embotaron los sentidos de ambos.
El guerrero estaba a punto de tirar por la borda sus ideales en el momento en que Dieciocho se subió la camiseta del todo y dejó disponibles a la vista y al tacto los pechos más hermosos que hubiera visto hombre. Y eran enteros para Krilin, que se lanzó a devorar uno de ellos de un bocado, como el que se come un pastelito de durazno, saboreando con avidez el mismo pezón que rato antes había imaginado con los dedos. Pequeño, duro, caliente y sabroso, paseó la lengua por él sin cansarse, olvidándose de seguir moviendo la mano que enterraba en los pliegues de su entrepierna.
Pero no había problema con ello. Deiciocho se movía por él, extasiada por la estimulación repentina de esos dos puntos tan novedosos como placenteros. Miraba al techo, pero no veía nada, todo parecía un mundo diferente donde su alma parecía irse alejando poco a poco de su cuerpo. Jadeaba y no controlaba ya su voz ni su cuerpo, no tenía sentido. Era más divertido hacerle caso al intenso cosquilleo que le brindaba la mano de Krilin en un lado y su boca por otro, un cosquilleo que al poco tiempo se transformaron en algo parecido a descargas eléctricas, que la iban azotando en pulsos intensos e intermitentes desde el interior de su vientre, justo donde Krilin pulsaba en ese preciso momento. Luego, flotó.
Las descargas se intensificaron y pudo sentir como si, finalmente, su alma y su cuerpo se separaran unos instantes. En ellos, escuchaba pero no oía, miraba pero no veía, y el calor lo inundaba todo.
Volvió en sí, respirando con dificultad, sus dedos arañando la piel de la espalda y nuca de Krilin, que permanecía estático sobre su cuerpo, con su mano aún inmersa en su interior.
Acarició los rasguños, lamentándose de lo que había hecho en ese breve instante de inconsciencia.
—Oh, Krilin —lo llamó casi sin aliento.
No se movía ni contestaba. No era realmente tan debilucho como ella le decía siempre, pero sabía que le podría partir el cuello sin enterarse en un estado similar al anterior.
Se enderezó y, al erguirse un poco, hizo que él se incorporara a medias también. Entonces le vio la cara: estaba bien, pero parecía paralizado. Lo zarandeó por un hombro.
—¡Krilin!
Entonces reaccionó, le dedicó una mirada fugaz y salió disparado, saltando por encima de ella, hacia el baño.
La puerta se cerró con fuerza a sus espaldas y ni siquiera le dio tiempo a encender la luz. ¿Qué mierda le pasaba?
Sin haber pasado ni medio segundo, lo escuchó gritar desde dentro. No parecía que fuera de dolor, o sí tal vez, aunque parecía más bien de alivio y fue perdiendo fuerza con el paso del tiempo. Porque no fue corto precisamente.
Dieciocho forzó la puerta para entrar, alarmada. Encendió la luz y encontró a Krilin tirado en el suelo, junto al inodoro, con la espalda apoyada en la pared y algo en su regazo.
Krilin, que tenía los ojos cerrados y una sonrisa de felicidad que no se quitaría de encima en bastante tiempo, abrió uno de los ojillos cuando sintió encenderse la luz.
—¿Estás bien? —la voz de Dieciocho parecía afectada y sonaba junto a él.
—Mejor que nunca —balbuceó.
—Y, ¿qué es eso, entonces?
Estaba tan a gusto que había pasado por alto lo que agarraba y había manchado su mano.
"¡Rayos!".
