Capítulo especial para mi Sister y mis niñas… Gracias por sus comentarios. A ver qué tal…

Capítulo XX

Después de todo

La mano de Regina se levantó, y lanzó una cachetada directa al rostro de Emma. Todos se quedaron estáticos, sin pronunciar palabra. Graham estaba sorprendido, no más que Emma; sorprendida y dolida.

Graham no sabía qué sentir. Se sentía engañado por Regina. ¿Sería eso de lo que tanto quería hablarle?, pero ¿por qué no se lo dijo la noche anterior? No estaba molesto con Emma, ella lo había hecho abrir los ojos, aunque no de la mejor manera. Y era evidente que lo había hecho para separarlos. Esa faceta que estaba descubriendo en Regina, su ira, lo dejaba sin palabras.

De los ojos de Emma, que miraba con dolor y sorpresa a Regina, empezó a brotar el llanto sin control, mientras se sujetaba la cara, donde había sido envestida.

En cambio Regina, estaba furiosa. En sus ojos marrón oscuro había cólera, e indignación. Pareció no inmutarse por lo que acababa de hacer; y también se podría decir que olvidó que Graham estaba allí.

- ¡Re… Regina! – Emma rompió el silencio y se fue en llanto – ¿Cómo has podido…? Tú nunca…

- ¡Suficiente Emma! ¡Suficiente! – respondió una Regina colérica – Te he dicho que guardes silencio… ¿Qué has hecho tú? Aparte de arruinarme… Desobedecerme. Y eso, tu traición, eso ¡no se me va a olvidar! – La miraba llena de ira

- ¡Pero…! – Quedó en shock unos minutos. Su llanto seguía brotando, pero no hizo más ruido. Se tumbó en el suelo, a los pies de Regina – ¡Perdóname por favor, te lo suplico Regina! ¡Tú eres mi Reina, mi vida! No quise…

- ¡Ya! ¡Para!… Levántate y espérame en el carro – apretó las palabras en su boca. Su gesto de furia no se doblegaba. Le hablaba como si se tratase de cualquier persona, y no su amor – ¿Cómo has venido?

- ¡En taxi! – Le costaba hablar

- ¡Ya! ¡Deja el drama! – alzó un poco la voz. Luego bajó nuevamente el tono – Vete al carro, y espérame allí. Está en frente, por el local de comida China

- Si… – asintió, tratando de calmarse. Se dirigió a Graham, que se había sentado en el sofá, con cara de tristeza – ¡Lo lamento! – se dio la vuelta, abrió la puerta y se fue.

Regina cerró la puerta con ira. Permaneció de cara a la puerta. Cerró los ojos, resopló y respiró profundo, pegó la cabeza de la madera. No quería voltearse y ver a Graham. Pensó con temor que, todo lo que había oído y visto en esos últimos minutos, marcarían su relación, y le pondría fin para siempre. Lo perdería. Eso sería todo. Empezó a llorar desconsolada. Ya no le importaba que él la corriera de su casa… Pero de su vida… Se calló de rodillas frente a la puerta, en la misma posición que estaba.

Se sobresaltó al sentir la mano de Graham sobre su hombro. Se volteó a mirarlo con dolor. Sus ojos suplicaban perdón, pero ella no dijo ni una palabra.

Él le dio su mano, la ayudó a levantarse. Trataba de mirarla con indiferencia, pero no podía. Estaba furioso con ella, pero no podía verla sufrir así.

- ¡Vamos! – la abrazó

- ¡Graham, perdóname! – se aferró a él

El guardó silencio, y ella supo lo que significaba. Su llanto se intensificó, pero Graham no la soltó, hasta que ya estuvo más calmada

- Te están esperando… Además… creo que debes irte… No quiero que hablemos, hasta que pueda procesar lo que está pasando – Acarició con su dedo los labios de Regina, y paró en su cicatriz, que tan sexy la hacía lucir. Luego la soltó suavemente y ella lo dejó

Asintió con dolor en su rostro. Volvía a llorar, mientras recogía sus cosas y Graham se iba al cuarto, para no verla marcharse.

Salió del apartamento, y cerró la puerta. Casi se cae en el pasillo del dolor. Se privó en llanto. Sentía un dolor físico en el pecho. Por primera vez experimentó lo que era que te partieran el corazón. Graham sin querer, y Emma con toda la intensión, habían fracturado su alma en mil pedazos.

- ¡Te amo Graham! – dijo en voz baja y se retiró

Él la vio marcharse. Apenas cruzó la puerta y la cerró, la observó por el ojo mágico, la escuchó decirle que lo amaba. Él le respondió mentalmente, y cuando ya no la divisó, se dirigió a la alcoba y se tumbó en la cama. Se llevó las manos a la cara, y se dio cuenta de que, por primera vez, se sentía realmente solo. Estaba solo, no necesitaba ser fuerte… podía llorarla.

Cuando llegó al carro, Emma estaba esperando. Seguía llorando. Guardó su equipaje ligero, y se dirigió a llevar a la rubia.

Durante el camino no pronunciaron palabra. Emma trataba de calmarse, de no hacer ruido al llorar, pues sabía que esto podía alterar aún más a la morena.

No era necesario que hablara. Su ceño estaba contraído, su mirada fría, fija en el camino. Sus labios apretados, rígidos. Ese gesto de leve molestia, neutral, que asustaba más que si estuviese hecha una furia.

De vez en cuando, por el inexpresivo rostro corría una lágrima, que ágilmente limpiaba. Se les hizo una eternidad llegar. Al fin cruzó a la izquierda, siguió el sendero, y llegó a la enorme casa azul celeste y blanca.

Henry jugaba en el porche con su niñera. Intentaba patear una pelota, con su aún torpe equilibrio. Al verlo, Regina soltó su equipaje a un lado, lo tomó en brazos y lo atrajo a su pecho.

- ¡Ven acá bebé! ¡Mamá te ama! – lo abrazaba fuerte, y al ver su rostro, el llanto afloró

- ¡La madrina está feliz de verte! – dijo Emma, gimoteando

Ambas se miraron entonces. Regina con ternura y dolor, mientras apretaba a Henry contra su pecho, y éste torpemente le decía "Ya tía". Emma le suplicaba con sus ojos azules que la perdonara.

- Mariam – le dijo a la mujer que las veía desde la entrada, esperando instrucciones – Lleva las cosas de la Señora Regina a su cuarto.

- ¡En seguida Señora! – Bajó la cabeza, y tomó el maletín, y el sobre con la ropa – El almuerzo está listo – Anunció

- ¡Gracias!

Regina no soltaba a Henry, pese a que la criatura se resistía a seguir cargado. Le mostró un juguete, y esto pareció calmar sus ímpetus. Lo miraba, le hablaba dulcemente, le hacía cariños y lo besaba. La criatura parecía corresponderle, pese a su corta edad de año y medio. Puso sus manitas en su cara, ella le ofrecía un beso, y él se lo dio.

- ¡Se ve tan tierna! – susurró Emma, recostada del marco - ¡El almuerzo está! ¿Tienes hambre? – Preguntó apenada, sin mirarla a los ojos

- Tengo que comer… además la cabeza me va a estallar – bailaba a Henry en sus brazos

- ¡Tete! – dijo el bebé en su tono más dulce

Ambas rieron, y el bebé se les unió, dándoles de esas carcajadas contagiosas, como sólo los niños pueden reír.

- Creo que alguien es muy inteligente y sabe que es hora de comer… – siguió sonriendo y moviendo a Henry – ¡Te amo… mamá te ama! ¡Eres especial! ¡Eres hermoso, y tus mamás te aman Henry! – lo besó, y se lo dio a su nana.

- ¡Te ves hermosa! – alcanzó a murmurar Emma, mientras se llevaban a Henry, mirándola con tristeza y nostalgia

- ¿Qué? – no habían querido hablar, más que lo común sobre Henry – Nada de esto es para mí – bajó la cabeza, con menos molestia en sus ojos. El dolor la estaba matando

- Vamos a comer… un poco de sopa, por lo menos. Te tomas un analgésico y te recuestas

- No me voy a quedar Emma, ¿o se te olvida que Jefferson me está esperando? – ese gesto inexpresivo volvió a embargar su cara

- ¡No! – bajó la cabeza, y la mirada – No se me ha olvidado… Pero precisamente. Mira sé que no estás de ánimos para verme, ni para hacerme favores… Killiam no está, no va a venir hasta mañana, y yo no quiero estar sola – Viendo que estaba a punto de perder su tiempo, se apresuró a decir – Además, estoy muy cansada con el embarazo, y quiero que su madre arrulle a Henry – La miró con ojos de cordero – ¡Así que di que te quedas! Por fis…

- Emma… No soy el remplazo de Killiam, y en lo que Henry se duerma, me retiro. Jefferson me espera, y según imagino, debe estar alcoholizado en mi apartamento, así que mejor me voy y enfrento la situación, de una vez por todas – sonaba a que trataba de ser paciente, pero la paciencia no era algo que le sobrara en ese momento

- ¡Está bien! Entiendo. Vamos a comer, y luego vamos al cuarto con Henry… – bajó la vista nuevamente – Tengo miedo de que te haga algo…

- ¿Quién? – tardó unos segundos en dejar de pensar en Graham, y entender que se trataba de Jefferson – ¿Jefferson? – Soltó una carcajada, irónica, cargada de cinismo y maldad – Jefferson el "muñeco", ¿hacerme daño?… ¿A mí?

- ¡Tú no lo viste Regina! – la miró a los ojos con temor – estaba fuera de sí, como nunca lo había visto

- Si me toca un cabello… ¿sabes lo que le pasará no?... Sin contar lo que mi padre le haría – la miró desafiante y con seguridad, tratando de calmarla

Emma asintió. Un rato pasó, y ya habían terminado de almorzar. La nada de Henry, una señora muy dulce, que también crió a Emma, lo había bañado y le había dado su tetero. Sólo esperaba porque alguna de sus madres lo durmiera. La siesta le encantaba.

La rubia dejó a Regina meciendo al bebé en la cuna, y se fue a recostar. Mientras, la morena lo acariciaba y le cantaba una canción para relajarlo y que durmiera. Cuando hacía esto, bostezó… Se sintió agotada, por todo lo que había sucedido, bueno y malo, y por lo que iba a enfrentar. Recordó la terrible posibilidad de perder a Graham. Y el llanto la abordó.

Ver a su bebé dormir, la hizo sentir frágil, débil. Y ya no quiso irse. No quería tener que lidiar con Jefferson en el estado de embriaguez impertinente, en el que seguro lo iba a encontrar. Besó a Henry en la frente. Se retiró en absoluto silencio. Escribió unas instrucciones para "campanita", y decidió buscar a Emma.

- ¡Emma! ¿Emma? ¿Dónde estás? – se deslizó por el pasillo, mirando en todas las direcciones, mientras se dirigía a la recámara de ésta

- ¡Aquí estoy! – se escuchó desde uno de los cuartos de huéspedes, que usualmente se le asignaba a Regina

Se dirigió al cuarto, y encontró a la rubia recostada, con las manos en la cabeza y los pies en alto. En la mesita de noche había un vaso con agua y analgésicos fuertes.

- Sé que debes estar aguantando el dolor… Tómate uno. Te esperaba para dormir la siesta – le dijo la chica, viéndola de reojo

- ¡Emma! No estoy de humor…

- ¿Para qué? ¿Para tomar pastillas o para dormir? – se quitó las manos de la cara, se dio la vuelta y la miró, suplicante – Sé que estás agotada. ¡Vamos! Te pido una siesta, no que me perdones – se volteó mirando al techo

No dijo nada. Se acercó a la mesita, tomó la pastilla, el agua. Se quitó la ropa, tomó su pijama – el que solía usar allí, antes de mudarse a su apartamento, y cuando iba ocasionalmente – y se tendió al lado de Emma, viendo el techo.

Permanecieron en silencio. No había mucho que Emma pudiese hacer para hacerla sentir mejor, al contrario. Regina, de forma abrupta, rompió en llanto. Un llanto desconsolado, irracional, que no le permitía respirar. Emma estaba estática. Sólo alcanzó a buscar su mano, y a morderse los labios para que no la escuchara sollozar. Ella le correspondió agarrándole la mano, fuertemente.

Se quedaron dormidas un rato, y luego Emma se despertó con ganas de orinar. Fue al baño de ese cuarto. Sintió mucho calor, así que decidió bañarse, se quitó la ropa, y se metió en la ducha. Un rato estuvo mojando su cabeza, para luego sentirse observada.

- ¡Regina! Me asustaste – dijo, tratando de relajar su rostro – No me mires ¡Por favor!, que estoy gorda

- Por favor Emma, si eres tú, con pancita… Nada más. Y para tu información te ves hermosa, y adorable – bajó la mirada y sonrió

- ¡Si, claro! ¡Gracias! – bajó la cabeza apenada – ¿Quieres… quieres ayudarme? – Le hizo un gesto para que se uniera con ella en el baño

- ¡Emma! Por favor… Yo…

- ¡Vamos! Anda… Sabes que hay que complacer a las mujeres embarazadas – y le lanzó una sonrisa maliciosa, de medio lado

- ¡Ok! – se sonrió. Trancó las puertas, se desvistió, y entró con ella al baño – Hay algo que he querido hacer, desde que me dijiste que estabas embarazada ¿puedo?

- ¡Si! ¡Claro! – Emma la miró un poco extrañada

El agua las mojaba, empapaba sus cabellos. Regina se colocó frente a Emma, la miró a los ojos, puso sus manos en su cintura, y vio cómo, con ese simple gesto, la rubia comenzaba a excitarse. Se fue agachando, y deslizó sus manos hasta los mulos de la chica. La sintió estremecerse. Una vez allí, la besó dulcemente en la barriga de cinco meses de embazado.

- ¡Hola bebé! Sé que me escuchas… Soy tu mami Regina. Te amamos mucho y te esperamos – la volvió a besar, y rozó sus labios por un trayecto – Te voy a amar tanto como amo a mi Henry y a tu mamá. Tanto, como me vas a dejar que la ame, justo ahora – Regina levantó la mirada, y se encontró con la de Emma. Ambas cargadas de deseo.

Regina se levantó, la tomó de la cintura y del cuello, y la besó con urgencia y necesidad. A Emma se le salieron unas lágrimas de felicidad en el proceso, y no pudo resistir poner sus manos a cada lado del rostro de la morena, y atraerla hacia ella.

- ¡Clama Emma, con calma! – se rió con malicia, mientras le acariciaba la barriga – Yo me encargo de todo. Vamos, pásame el jabón…

Empezó a bañarla. Rozaba el jabón por todo el cuerpo de la chica, por el suyo, y luego nuevamente por el de Emma. La tomó de medio lado, para sentirla pegada a ella, pues con la barriga, sentirse de frente era complejo... Rieron.

Llevó el jabón íntimo hasta su sexo, y empezó a lavarlo. Notó la humedad que se resistía a desaparecer… Por lo que le hizo una cara a Emma.

- ¿Qué? – le dijo divertida – estoy embarazada, no muerta.

Continuaron riendo. Le lavó el cabello. Se dejó bañar por donde la rubia podía alcanzar, sin que corriera muchos riesgos. Se agachó nuevamente, pero esta vez, la hizo sentarse en el muro interno de la ducha, le abrió las piernas y le dijo

- Con tu permiso Emma, tengo que hacer esto – la pasión nubló su razón – ¡perdón mi niña! – refiriéndose a la bebé que Emma esperaba

Lamió la cara interna de sus muslos, sus labios mayores, luego los menores. Abrió su sexo con sus manos y lo besó con intensidad, tomando su clítoris entre sus labios y dientes, y presionándolo y frotándolo con su lengua, constantemente.

La rubia estaba visiblemente excitada, y sentible a causa del embarazo. Trataba de mantenerse relajada, de no hacer movimientos bruscos. Minutos después, la fricción constante de la lengua de Regina, la hicieron tensarte, arquearse, perder la razón. Dio unos gemidos ahogados, y se perdió en el placer del clímax al que la morena la condujo.

- ¡Regina! – terminaba el éxtasis, y se sentía en sus torpes palabras y gemidos constantes – Te… Te amo…

La mujer la dejó tranquila, y le dio un beso tierno sobre su sexo palpitante.

- ¡Calma Emma, calma! – hizo sonidos para sosegarla

- ¡Sí! – hizo respiraciones profundas – Es que estando embarazada… las hormonas – respiraba agitada

- Shhhh… Shhhh… ¡Vamos! – La ayudó a levantarse, y terminó de lavarla.

Una vez listo el baño, Regina se colocó su pijama nuevamente, abrió la cama, y prendió la TV. Luego, fue a buscar en su cuna a Henry, que ya llevaba un rato despierto. ¡Era un niño tan tranquilo!

Mientras, Emma se despabilaba de lo que había ocurrido hacía unos instantes, y se preguntaba por qué Regina no la dejó hacer más. Se puso también la pijama. Tomó su celular he hizo unas llamadas, entre ellas a Killiam, para decirle que lo amaba.

Cuando llegó al cuarto, Regina estaba acostada en la cama, levantando a Henry en sus brazos, haciéndole mofas y sonidos, subiéndolo y bajando.

- ¿Estás entrenando?… ¡Sí que eres fuerte!

- Desde siempre… Para amar a Henry no necesito entrenamiento. Él es adorable… ¿Quién es un bebé adorable? ¿Quién? ¿A quién ama mamá más que nadie en el mundo? ¡Si… a Henry! – ponía voces graciosas al hablarle, y el bebé se reía con ella

- Te van a doler los brazos mañana, jajajaja…

Pasaron la noche los tres. Henry dormía plácidamente entre las madres, y por fin Regina sintió paz, en ese día tan horrible.

A la mañana siguiente, estaba a las siete ya vestida en la sala de estar, leyendo el periódico, y tomando café. Estaba acostumbraba a levantarse temprano y a dormir muy poco; salvo por los días en la que lo había hecho en compañía de Graham, que había conseguido dormir más de ocho horas seguidas.

Había tomado a Henry en sus brazos, y lo había dejado en su cuna. Tanto a Emma como a él, los había besado en la frente. Sus cosas la esperaban en el carro, para cuando terminara de desayunar. En eso sonó la puerta… Era Killiam que llegaba de su viaje de trabajo. Al voltear y ver a Regina, su cara cambió de expresión a una ligera molestia, que trató de disimular, pero que Regina conocía de sobra.

- Hola Regina ¿cómo estás? – se acercó y le hizo un gesto con la cabeza

- Hola Killiam. Pues, digamos que bien – se notaba cansada – ¿Cómo te ha ido? – siempre trataban de ser corteses el uno con el otro

- Pues bastante bien… Main tiene gran potencial… Pero no quiero aburrirte con esas cosas

- No lo haces… ¿Por qué no me acompañas con un café? – estaba en total tregua con el joven

- Si… Claro… – no estaba muy seguro de lo que estaba pasando, y arrastró las palabras – Mariam… Me traes un café por favor, y un croissant de chocolate – hizo una de sus clásicas sonrisas de niño para Regina, que tanto le gustaban a Emma.

Por primera vez, y aunque siempre respetó la relación de ellos, y la decisión de Emma, entendió por qué la rubia lo amaba.

- Y… ¿Te quedaste anoche? – bajó la mirada y disimuló revolver el café

- Si… Emma insistió, con eso de que tú no estabas, de que a las embarazadas hay que ayudarlas… Y luego me chantajeó con Henry… – lo miró con vergüenza inusual – Sabes cómo es ella…

- Si, lo sé – bajó la vista nuevamente – ¿Viste qué grande está Henry? Es mi campeón

- Si… ¡Lo amo!

- Lo sé Regina – La miró con sus profundos ojos azules – Hay… ¿Hay algo más que te moleste? – la miró con atención

- Estoy en un pequeño problema Killiam… Graham está aquí en la ciudad… Nos reencontramos. Para hacerte el cuento corto, Jefferson supo algo – lo miró desde abajo, con vergüenza y como si hablara de cualquier cosa – así que me voy hoy, que está más calmado

- ¡Regina! – estaba sorprendido, tanto por la confesión, como por que la misma se diera – ¿Quieres que te acompañe a lidiar con Jefferson? Puede ser impertinente al tomar

- No Killiam, gracias – bajó el rostro, luego lo miró con seriedad – Lo que te pido es que no pierdas a Emma de vista. Que se quede aquí, contigo. Es que en su condición, lo menos que necesito es que trate de ayudarme…

- Sí, claro – se sentía extrañado por la petición

- Y, sé que esto va a sonar aún más raro… Pero si escuchas que por casualidad habla con mi mamá, interrúmpela, y me avisas… Eso sí, sin meterte en problemas con Emma, no es mi intención

El hombre asintió. Ella le agradeció, terminaron lo que estaban comiendo y la escoltó hasta el carro. Se montó, lo encendió, y bajó el vidrio

- Nos vemos Killiam…

- ¡Cuídate Regina!… Cualquier cosa me informas – se hicieron gestos de entendimiento – ¡Ah! Regina… ¡Graham me agrada!

Ella le dedicó una sonrisa y una mirada de ternura, que nunca pensó que le otorgaría a ese hombre, que después de todo, al igual que Graham, no era culpable del trasfondo de su relación con Emma, y de la vida que habían llevado.