La peculiar charla de Albus Dumbledore, en cierto modo, había procurado a Eve dos horas de sueño ligero. Ahora, el sol ya se entreveía por la ventana de su habitación pero aún la calma inundaba el castillo. No se sentía cansada aunque su rostro daba a entender todo lo contrario y en su pecho, algo parecido a la punzada de un cuchillo no le dejaba respirar.
Sin ánimos, Eve se levantó de su cama, su mente llegaba poco a poco a ciertas conjuntaras, ahora entendía los motivos de Dumbledore, entendía la ciega confianza y empezaba a comprender qué había detrás de esa faceta de frialdad de Severus Snape. Ese hombre no solo podía odiar sin límites también había amado de la misma forma y todavía lo hacía. Y ella, solo por satisfacer su necesidad de saber había quebrado su confianza y se maldecía por ello, pero aún así, sus sentimientos hacia él no habían cambiado. Le había costado horrores asimilar lo que sentía, seguía sin poder racionalizarlo o dar un motivo por el cual había caído rendida a sus pies pero no había duda alguna, lo amaba.
Esa mañana, el fantasma de Lily Evans, no solo hacia mella en determinado profesor de pociones, a Eve también le perseguía su recuerdo, y más que nada, los sentimientos que había percibido de él en la mente de cierto profesor de pociones, algo con lo que ella no podía ni debía luchar.
A falta de media hora para empezar las clases, los pasillos del castillo de Hogwarts respiraban vida con los andares de alumnos y profesores, en el gran comedor el desayuno terminaba con normalidad.
Eve Riddle no había acudido al Gran Comedor, había pasado gran parte de la mañana caminando por los pasadizos, en su mente solo daba vueltas una sola idea, tener una charla y en cierto modo disculparse delante de Snape. Descartando ya otras opciones se dirigió a la sala de profesores.
En la sala de profesores, Severus Snape permanecía sentado en un sillón inmiscuido en sus pensamientos, a sabiendas que cualquier profesor que entrara en la sala, por muy sorprendido que estuviera de su presencia en ella, no osaría interrumpirlo mientras estuviera sosteniendo un libro en su mano. Sabía que ella, no le buscaría allí, y si llegara a hacerlo quizás ya no quedara tiempo para la inevitable charla y justo pensado esto, la puerta se abrió lentamente.
—Severus… —dijo suavemente Eve.
Con su particular temple, Severus Snape levantó lentamente la mirada hacia el reloj de pared de la sala, y sin dirigir mirada a Eve, se cruzó delante de ella con intención a abandonar la sala.
—Severus… por favor— intentó detenerlo ineficazmente ella, mientras el sonido de un fuerte portazo la dejo sola en la sala de profesores.
Eve, luchaba consigo misma para evitar mostrar sus emociones, rabia, ira, culpa, amor, deseo,… todo aquello era demasiado para soportarlo con dos horas de sueño y sin haber comido nada, se sentía débil y frágil.
Repentinamente un fuerte dolor empezó a hacerse presente. Su respiración empezó a agitarse, sus piernas perdieron su fuerza y lentamente se dejo caer sobre ellas. Eve sabía de qué se trataba y había sido capaz de controlarlo y no perder la conciencia, lo había hecho con él, pero ahora estaba sola y débil. Cerró los ojos y lo que parecía ser una silueta de hombre se dibujo en su mente, la imagen se aclaraba lentamente y podía ver como esa silueta apuntaba con su varita al cielo mientras pronunciaba algo que no logró descifrar. La visión parecía desvanecerse cuando en su mente apareció un rostro, el cual parecía sin vida, con unos ojos rojos penetrantes y pudo escuchar dentro de su cabeza una seseante voz que únicamente pronunció; Eve Sanders.
En los pasillos de Hogwarts, Severus Snape se dirigía hacia su próxima clase evitando perderse en sus pensamientos cuando esa característica punzada en el brazo le hizo detener. Al igual que las últimas veces, su mente viajó hacia ella y sin titubear retrocedió hasta la sala de profesores.
— ¡Eve! —gritó Snape mientras entraba estrepitosamente en la sala y se dirigía hacia Eve que permanecía en el suelo con pánico en su mirada. — ¿Eve, que has visto?... ¿Qué es lo que has visto? — repitió él más seriamente y con cierto temor en vistas de cómo ella estaba reaccionando.
—Lo sabe… Él lo sabe— logró pronunciar ella con un hilo de voz.
— ¿Que ha visto? —preguntó con cierto temor Snape
—No lo sé…, sólo… dijo mi nombre…— le respondió con voz temblorosa Eve.
— ¡Mierda, Riddle!, no debí… Informa a Dumbledore de lo sucedido. Debo ir—dijo él con frialdad mientras se levantaba y se dirigía hacia la puerta.
—Severus, no… no por favor. Te… te matará— le cortó ella agarrándolo por el brazo.
—Mi vida no es importante, Riddle. — apuntó Snape desasiéndose del agarre de ella y dándole la espalda.
— ¡Imbécil, sí lo es, para mí lo es!— gritó con desesperación Eve.
—Deja de decir estupideces y haz lo que te he dicho— dijo Snape fríamente sin girarse.
— ¡No! ¡Que parte es la que no entiendes cretino insensible!— gritó ella con lagrimas en los ojos y la voz entrecortada — ¡Te amo!— soltó al fin junto con las últimas esperanzas que le quedaban para que no se fuera.
Severus Snape permanecía inmóvil de espaldas a Eve, no hubo intención de girarse, no hubo ni un mínimo cambio en su respiración, nada de su cuerpo parecía haber escuchado esas dos últimas palabras pronunciadas por ella y nada dio a entender lo contrario a Eve. Pero, en el rostro escondido del profesor Snape, al igual que de una maldición imperdonable se tratara, si pudo verse el dolor. Quizás ahora lo comprendía todo, esas dos palabras le habían dolido, no por no querer escucharlas, no por no ser pronunciadas por Lily, no por no ser correspondidas… Le habían dolido por no ser capaz de girarse y contestarle que él también la amaba, aunque siguiera negándoselo a sí mismo y a todos, aunque lo hiciera vulnerable y corriesen ambos peligro, aunque la odiase por descubrir su pasado y su máscara. Pero no podía permitírselo, el juego debía de continuar, aunque con ello le fuese la vida.
Severus Snape, sin vacilación alguna, desapareció a través de la puerta, ante la mirada impotente de Eve. Sin poder evitarlo, las lagrimas empezaron a cubrir el rostro de ella nublándole la razón y la objetividad, era incapaz de hacer frente a la reacción de Snape, ese silencio inescrutable dolía mas que cualquier negativa, pero debía de actuar, él se jugaba la vida y debía, por mucho que le doliese, hacer lo que él le había pedido.
Con sus últimas fuerzas salió precipitadamente de la sala de profesores, sin parar atención alguna a su alrededor se dirigió hacia el despacho de Albus Dumbledore, entrecortadamente pronunció la contraseña y entró ruidosamente en él.
— ¡Albus! ¡Él lo sabe,…y Severus… debes detenerlo, por favor!— intentó pronunciar ella agitadamente y aún con lagrimas en los ojos.
—Querida ¿qué ocurre?, debes tranquilizarte— dijo el viejo serenamente intentando calmar a la muchacha.
Con nerviosismo Eve Riddle relató su visión ante Dumbledore, se culpaba por no haber sido capaz de evitarlo y se culpaba por la marcha precipitada de Severus hacia lo que ella creía que sería su muerte. Dumbledore, permaneció atento al relato y no oculto su preocupación ante la situación pero no dudaba de la capacidad se Severus.
—Eve, no puedo interferir entre Severus y sus deberes ante Voldemort, sabe bien lo que se hace, ten confianza. — dijo el viejo en un intento de calmarla.
—Lo amo, Albus— dijo Eve con preocupación y cierta timidez.
—Lo sé, querida, y eso es lo que más me preocupa, si Tom llegó a ver más allá en tu mente o llega a hacerlo, entonces Severus correrá un grave peligro.
