Capítulo 20.
"Weakness"
No estaba realmente seguro de cómo fui capaz de dejar ir a Thad de la cafetería. Me habría encantado que hubiera dicho que quería quedarse conmigo y saltarnos el resto de las clases juntos.
La idea era tan emocionante.
Pero, a veces olvidaba que Thad era un niño bueno,… a quien estaba corrompiendo a mi antojo.
¡Vaya! Jamás pensé que… Nah. En realidad estaría mintiéndoles si les dijera que nunca imaginé llegar a hacer algo así de descabellado porque… ni siquiera yo me sabía completamente de lo que era capaz.
Y ahora lo veía.
Tentar a un inocente niño humano, que bien podría terminar muerto si cometía cualquier error o perdía el control solo un poco, era una de las cosas más arriesgadas que jamás había hecho.
Pero, como dice ese viejo dicho: "El amor te hace cometer locuras". Y era muy cierto.
No puedo decirles que hice algo interesante después de que sonara el timbre y el último estudiante saliera de la cafetería.
No iba a entrar a clase de Biología, obviamente. Hoy tocaba hacer la práctica de los grupos sanguíneos, y mucho me costaba de por si controlarme… No podía siquiera concebir estar ahí, sentado entre todos esos estudiantes, mientras exhibían su sangre tentadoramente.
Y menos aún, ahora que tenía a Thad y a su aroma exquisitamente seductor justo a mi lado.
Definitivamente, planeaba mantenerlo con vida tanto como me fuera capaz. Hasta que llegara el momento…
Me quedé unos minutos más ahí, sentado, meditando.
Thad sabía que yo no era normal, él ya sospechaba de mi naturaleza sobrehumana, aunque aún no había dado en el clavo. Debía darle méritos por ser tan creativo. Pero era demasiado ingenuo. ¿No presentía, acaso, lo peligroso que era yo? ¿Lo peligrosos que éramos todos nosotros?
Era esa la principal razón por la que nadie se nos acercaba, independientemente de nuestra hostilidad. Era porque su subconsciente les advertía sobre nosotros, les decía que mantuvieran la distancia y no se fiaran. ¿Acaso su percepción del peligro estaba mal?
Suspiré, decidiéndome finalmente a dar una vuelta por ahí, manteniéndome lo más lejos del laboratorio de Biología como me fuera posible. No tenía intenciones de abandonar las instalaciones, no aún.
Planeaba realmente ver a Thad después de clases. Había descubierto lo increíblemente divertido que puede llegar a ser y lo agradable que me resulta su compañía. Sí, quería conocerlo un poco más, quizás.
Bastó con estar a un par de corredores de distancia para percibir ese efluvio. Mi garganta lo repercutió de inmediato, sintiendo la dolorosa sequedad. Thad había ingresado corriendo a los baños, con el pulso acelerado, despidiendo un intenso aroma a su sangre… ¡Su sangre!
¡Maldición! Salí disparado en su dirección, ignorando las advertencias de mi parte racional. Sabía que sería arriesgado aventurarme a ver qué pasaba con Thad y exponerme a aquél aroma tan penetrante y enloquecedor, pero no podía darme el lujo de quedarme cruzado de brazos cuando mi Thad podía estar herido.
Debió haber sido culpa de esa estúpida práctica.
Apenas entré en el baño, pude sentir el golpe de su sangre como una dolorosa cuchilla en mi garganta. Era endemoniadamente intenso. Debía tener una herida abierta y sangrante, quizás había pinchado mal su dedo y ahora le sangraba en exceso.
- ¡Carajo! – le escuché gemir en un perfecto español, casi con horror, antes de que pudiera hacer nada.
Me congelé, aterrado.
- ¿Thad? – pregunté, intentando modular mi voz.
Me acerqué a la puerta de su cubículo para ver si captaba algo. Al menos escuchaba su acelerado latir, su entrecortada respiración, y el sutil temblar de sus manos. Eso me garantizaba que seguía consciente.
- ¿Thad, eres tú? – insistí, gravemente preocupado.
Sabía perfectamente que se trataba de él. Su sangre era la más dulce y apetitosa que jamás hube olido, que me era inconfundible.
- ¿S-Sebastian? – le escuché decir, con voz débil y temerosa. Suspiré aliviado de escuchar su voz, aunque no me tranquilizaba mucho su tono alterado.
- ¿Está todo bien?
Me apoyé contra la puerta, conteniendo el grandísimo impulso que sentía por derribarla y ver qué pasaba. Me resistí a respirar, o estaba seguro de que terminaría atacándolo.
Escuché que tragaba nerviosamente.
- Aah… Sí. – dijo con un hilo de voz, aunque lo escuché perfectamente.
Titubeé unos segundos. No quería parecer un acosador insistente, pero de verdad estaba angustiado por Thad. Y podía distinguir el nivel de alarma también en su voz. Algo no andaba bien.
- ¿Seguro?
- Estoy bien. – murmuró, después de un par de segundos.
¿Qué estaba pasando ahí dentro? ¡¿Por qué no salía, maldición?! El temor y la preocupación me corroían tan vorazmente que casi hacían olvidarme del ardor de mi garganta.
No me moví. No iba a ir a ninguna parte hasta no estar completamente seguro de que Thad se encontraba bien.
- ¿Hay algo en lo que pueda ayudar?
- N-No, yo… – tartamudeó, notablemente nervioso. – Solo necesito un minuto.
Fruncí el ceño. "Ni sueñes que me voy a ir y dejarte abandonado aquí, Thad". – pensé, con cierto recelo. ¿Se estaba desangrando ahí dentro, acaso? ¿Estaba malherido? ¡Dios! ¿Por qué no salía de una vez y acababa con esta tortura?
Suspiré, intranquilo.
- De acuerdo. – dije, casi con resignación. Mi voz sonaba extrañamente enronquecida debido a la sed. – Esperaré aquí afuera de cualquier forma.
Me alejé lo más que pude del cubículo, recargándome contra la pared y permitiéndome cerrar los ojos. Todo esto era demasiado abrumador, demasiado extraño y demasiado doloroso. La garganta me picaba, pero no más que las ansias de saber que Thad estaba bien.
Se demoró varios segundos dentro del cubículo, antojándoseme como eternos. Cada segundo era un aumento a mi martirio.
¡Sal ya, Thad! Por favor. ¡Sal y dime que estás bien! Solo demuéstrame que sigues con vida.
Finalmente, le oí descorrer el cerrojo y abrir la puerta con timidez. No abrí mis ojos, temía encontrarme con una imagen aterradora, como que Thad agonizara ahí, frente a mí, o que estuviera bañado de su propia sangre, invitándome a beber lo que quedaba en sus venas.
Me esforcé por apartar aquellos horribles pensamientos de mi cabeza.
Fue a los lavabos con pasos vacilantes, abriendo la llave del agua. Entonces, me permití mirar. No había nada fuera de lo normal, nada aparte de ese inquietantemente intenso aroma de su sangre fresca.
Observé cómo torcía el gesto ligeramente mientras lavaba sus manos. Me acerqué con suma cautela, haciendo uso de todo mi autocontrol. No quería lastimar a Thad, sino todo lo contrario.
- ¿Estás bien? – pregunté, sin poder ocultar mi preocupación.
Él asintió, temeroso, sin elevar su mirada hacia mí.
- Luces terriblemente pálido. – dije, sintiéndome alarmado ante este hecho. – ¿Quieres que te acompañe a la enfermería?
- No. – negó con la cabeza, sin despegar la vista de sus pies, mientras tomaba un par de toallas de papel para secarse. – No, yo… Estoy bien.
- ¿Cómo está tu dedo? – no pude evitar preguntarle, mirando su mano en busca de alguna señal que justificara mi asfixiante angustia. – ¿Te duele mucho?
- Me hormiguea un poco, pero casi no lo… – no terminó la frase. En su lugar, frunció el ceño, con desconcierto. Había confusión en su mirada interrogante. – ¿Sabías la actividad en la clase?
¡Demonios! Ahí estaba yo de nuevo, hablando de más, diciendo las cosas sin pensar ni medir mis palabras, enredando más la cabecita de Thad y brindándole mayores sospechas sobre mí.
¡Eres un estúpido, Sebastian! – me reñí internamente.
Lo miré directamente a los ojos, sin saber cómo responder a eso. Sentí una frustrante irritación ante aquellos ojos enormes y castaños, que me miraban curiosos y asustados, aturdidos.
Desvió la mirada de pronto, parpadeando varias veces, esbozando una mueca de dolor que me hizo dar un respingo y ponerme muy alerta. Lo sostuve firmemente de los brazos al notar como perdía ligeramente el equilibrio.
- Ven. – dije, con voz suave pero autoritaria. – Te llevaré a la enfermería.
- No… – protestó, resistiéndose inútilmente a mi agarre. – Estoy bien. – insistió por enésima vez.
¡Dios! Este niño comenzaba a hacerme perder los estribos. ¿Qué quería? ¿Matarse? ¿Por qué no podía cuidar un poquito de sí mismo, tal vez así me ahorraría tantas preocupaciones?
- ¡Thad, deja de ser tan testarudo! – repliqué, impaciente.
De pronto, una tierna serenidad apareció en sus brillantes ojos, logrando apaciguar parte de mi cólera.
- Estoy bien, Sebastian. – repitió, haciéndome sentir una corriente eléctrica cuando pronunció mi nombre con tal suavidad. Casi me hacía flaquear, pero aún notaba la incomodidad disfrazada tras sus ojos. – Solo… me duele un poco el estómago.
- Bueno, eso pasa cuando decides no alimentarte y luego aventurarte a que te saquen sangre. – reproché, sin soltarlo, con la vista clavada en su adorable rostro. – Aún así, creo que deberías ir a la enfermería. Tal vez puedas tomarte algo para sentirte mejor.
Thad asintió levemente. ¡Por fin cedía en algo!
Lo llevé del brazo fuera del baño. No quería que fuera a tropezar o a tener alguna baja de defensas y se desvaneciera ahí mismo.
Odiaba admitirlo, pero me tenía con el corazón pendiendo de un hilo. Estaba sumamente angustiado, tanto que resultaba abrumador.
Solo debía llevarlo a la enfermería.
No quisiera tener que relatarles todo nuestro "hermosísimo" encuentro con Adam Crawford en el pasillo, porque de verdad que no tengo nada lindo ni educado que decir al respecto. Y preferiría no tener que recordarlo.
Thad era mi debilidad, como siempre lo supe desde que lo conocí realmente. Y estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por él, lo protegería de todo, de él mismo si me era posible, incluso de mí.
Se encontraba nervioso y algo inquieto mientras estaba sentado en la camilla de la enfermería, aguardando por que la enfermera volviera con algo para él contra su malestar. Parecía incómodo, presa de un tintineante dolor en su abdomen.
Sentía que algo no andaba bien. Algo en su mirada me decía que estaba pasando por alto algún detalle, una cosa que él se obstinaba por ocultarme. ¿Qué era? ¿Y por qué el aroma a sangre no se iba? Parecía impregnar toda la habitación, bañándola también de sutiles y embriagantes feromonas. ¿Cómo hacía eso?
No había conseguido apartar mis ojos de Thad, me era simplemente imposible. Temía que si me descuidaba, algo podría pasarle.
Traté de tranquilizarme, sintiéndome de pronto la necesidad de hacerle saber cuánto me importaba; tal vez eso le sirviera de ayuda para comenzar a valorar un poco más su vida.
- Debo admitir – comencé a decir, luego de unos segundos de silencio. – que me diste un terrible susto allá en los baños. – sonreí de lado, sintiéndome un poco estúpido y vulnerable diciéndole aquello. Era la primera vez que me sentía así por alguien, todo esto era nuevo para mí. Sus curiosos ojos avellanados se posaron sobre mí. – Creí que te estabas muriendo desangrado ahí dentro.
Pude notar cómo su rostro palidecía al oír mis últimas palabras, y por un momento me preocupé de que se estuviera a punto de sufrir un desmayo. Tragó con dificultad, desviando la mirada con nerviosismo.
Entonces, me arrepentí de haberle confesado tal cosa. ¿Soné muy cruel, o muy directo? ¿Dije algo fuera de lugar? ¿Le incomodaba mi constante atención por él?
- Al menos me alegra haberte encontrado antes. – aseguré con sinceridad, logrando que esos gigantescos y hermosos ojos se volvieran a mí con deliciosa curiosidad.
- ¿Qué hacías en los baños? – me preguntó. – Creí que te habías ido.
- Bueno, – sonreí. – tenía la intención de verte después de clases, así que me puse a perder el tiempo mientras tanto. Caminaba por el pasillo cuando te vi entrar al baño. No hay demasiadas cosas entretenidas por aquí. – dije, a modo de excusarme un poco. – Además, tenías un aspecto terrible.
- Gracias. – respondió con un bufido, rodando los ojos.
No pude evitar reírme entre dientes. Amaba el humor sarcástico de Thad, era adorable el contraste que hacía con su inofensiva apariencia y sus ojos inocentes.
- Apuesto a que Adam se ha enfadado. – comentó de pronto, haciéndome sonreír ampliamente.
- Me aborrece. – agregué, con humor.
Era cierto. Había tenido que soportar en silencio las mil y un maldiciones que el británico me echaba cada vez que me veía con Thad, o cuando me lo topaba ocasionalmente por los pasillos.
Generalmente lo ignoraba, no era alguien que valiera la pena de ninguna manera. Y si sucumbía a mi ira, tampoco terminaría de lo mejor y probablemente estaría en un interrogatorio por misteriosa desaparición, elaborado por el Jefe de policía Harwood; y por el momento, me convenía tener al padre de Thad de mi lado, si es que pretendía llegar a ser más que su amigo algún día.
Lo que me hacía realmente feliz, a pesar de sus insultos mentales, era que estaba condenadamente celoso de mí, ya que sabía que yo podía acaparar fácilmente la atención de Thad, cuando él no lo conseguía.
La enfermera volvió con una compresa fría y una taza de té caliente para Thad. Después de unos minutos, ya se sentía mejor, y lucía mucho mejor, también. Había recobrado el color.
Salimos de la enfermería tan pronto como la mujer le permitió a Thad retirarse, y justo cuando íbamos saliendo, Adam Crawford volvía a hacer aparición. Esta vez, llevaba a rastras a otro chico, James Kirk, si no mal recuerdo, que tenía el rostro amarillento y un infestante aroma a sangre.
Torcí el gesto y tiré de Thad para salir de ahí cuanto antes. Ahora que lo notaba, su sangre me había parecido insoportable, casi podría decir que poco apetitosa. Y es que después de tener ese intenso y delicioso efluvio de la dulce sangre de Thad, ninguna otra persona podía despertar en mí tanta sed. Ningún aroma se comparaba con el suyo. Era… exquisito.
Para mi desgracia, Adam salió detrás de nosotros unos segundos más tarde. Me fulminaba con la mirada, como si fuera remotamente capaz de intimidarme. ¡Ja! ¡Pobre crédulo!
- Luces mejor. – acusó, dirigiendo sus ojos verdes al moreno a mi lado. – ¿Volverás a clase? No hay nadie más sangrando ahora.
- No lo sé. – murmuró Thad, dubitativo. – Eso podría hacerme volver aquí.
- Supongo que sí. – asintió, sin mucho humor. – ¿Vas a venir este fin de semana a la playa?
¿Playa? ¿De qué playa estaban hablando? ¿Con quiénes iría? ¿Y por qué no estaba enterado de eso? Bueno, en realidad, sí había visto varios pensamientos al respecto en la mente de Wes, Richard y David, pero jamás le había prestado importancia alguna.
Me pareció extraño que Adam fuera a salir con los amigos de Thad, ya que, hasta donde tenía entendido, Wes y él eran rivales y no congeniaban. Además de que llevaría al presuntuoso cerebrito de Chandler Kiehl, quien guardaba recelo a Thad simplemente porque Adam se mostraba más interesado en mi castaño que en él.
Al menos saber que irían Trent, Mercedes y David ayudó a calmar un poco mis nervios. No permitiría de ninguna manera que Thad saliera solo con ese… ese tipo. Era repugnante.
- Sí, claro. – Thad respondió, haciendo sonreír al rubio.
- Genial. Nos reuniremos en la tienda de mi padre a las diez.
Me miró despectivamente, preguntándose si habría dado demasiada información, pero me dejó claro que no era ninguna invitación abierta. ¡Por favor! Como si quisiera verle la casa a ese imbécil.
- Allí estaré. – prometió Thad, sin demasiado ánimo.
Eso solo me hizo notar que le incomodaba la presencia del británico. Seguramente comenzaba a darse cuenta de lo cretino que era, y eso me aliviaba. Thad podía ser tan ingenuo a veces.
- Te veo en Gimnasia, entonces. – le sonrió de manera seductora, mirándome fugazmente, como si quisiera alardear de ello.
¡Maldito infeliz! Rechiné los dientes y apreté los puños, queriendo lanzarme contra él y partirle la cara de un golpe (que de hecho, era completamente capaz de hacer, sin esfuerzo). Pero me contuve. No tenía caso. Por más que saliera de paseo con Thad, sabía que él jamás podría fijarse en tu tipo como Adam. Era demasiado bueno para el rubio, no se lo merecía… Aunque yo tampoco lo hacía, pero era afortunado al tener su atención.
Un gemido proveniente de Thad me sacó de mis pensamientos. Me volví de inmediato hacia él.
- ¿Qué sucede?
- No quiero ir a Gimnasia. – se quejó, con un adorable mohín, frunciendo el ceño y arrugando la nariz de forma tan tierna, mientras que su labio inferior mostraba el más hermoso de los pucheros.
Sonreí, divertido y enternecido. Tuve que hacer uso de todo mi control para no abalanzarme contra él, estrechándolo en mis brazos, y besarlo. ¡Era tan lindo!
Okay, cálmate, Sebastian. – me dije.
Me incliné un poco hacia él, procurando no acercarme demasiado, o sabía que caería perdido bajo sus encantos y su aroma y terminaría matándolo.
- Puedo encargarme de eso. – le susurré al oído, cómplice. – Aguarda aquí.
Acto seguido, me adentré en la oficina principal.
