CAPÍTULO 20: EL ÁRBOL NEGRO
—¿Dónde está? —dijo molesto Ron mientras se paseaba una y otra vez por la cabaña—. ¡Hace horas que estamos aquí esperándolo!
—Ya vendrá Ron —dijo Ginny apática y seria—; estará muy entretenido con su amiguita Cho.
Hermione miraba de soslayo a los hermanos y resoplaba en silencio. Aún no podía determinar cuál de los dos hermanos estaba más celoso de Cho; mientras que sus amigos demostraban su nerviosismo emitiendo continuas quejas e improperios, ella se entretenía en morderse las uñas y acariciar la cabeza de Fang, quien se encontraba muy contento apoyado en el regazo de la joven hasta que sus orejas se levantaron y de un salto salió disparado hacia la puerta ladrando y moviendo la cola alegremente, mientras se escuchaba como la puerta era tocada por alguien. Hagrid se levantó y la abrió para permitir la entrada de Harry, quien atravesó el umbral seguido por una mochila de campamento que flotaba a su espalda.
—¿Dónde has estado? —explotó Ron.
—¿Estás bien Harry? —inquirió Hermione con mayor dulzura—. Estábamos preocupados.
—Siento haberlos preocupado amigos, pero creí que tardaría menos tiempo.
—¿Dónde está Cho? —preguntó Ginny con frialdad.
Harry la miró detenidamente con el rostro serio y preocupado.
—En realidad no lo sé, hace horas que nos separamos.
—Si no estabas con Cho —preguntó Hermione con la mayor sutileza que pudo—, ¿dónde estuviste todo este tiempo?
—Ahora lo sabrán —dijo Harry mientras se acercaba a Hagrid—. Siento que te molestemos a estas horas Hagrid, pero necesitaba hablar contigo.
—¿Conmigo? —preguntó extrañado el semi gigante—. ¿De qué se trata?
—Necesito pedirte un favor. ¡Un enorme favor diría yo!
—Lo que quieras Harry —contestó Hagrid.
—Quiero que te vayas de Hogwarts.
—¿QUÉ? —exclamaron anonadados Ron, Hermione y Ginny.
Hagrid permaneció pálido.
—¿Qué quieres decir Harry? No te entiendo.
—Hagrid, Voldemort tomará Hogwarts dentro de muy poco tiempo. Desde que el Ministerio cayó, es sólo cuestión de tiempo de que también caiga Hogwarts. Dentro de algunas horas los mortífagos tomarán el colegio, es por ello que nosotros nos iremos y quiero que tú hagas lo mismo.
—No digas tonterías Harry, ahora menos que nunca puedo irme. ¡Debo quedarme y proteger al Colegio! No permitiré que esos miserables, seguidores del que no debe de ser nombrado, entren en Hogwarts.
—Te conozco Hagrid, y se que morirías antes de permitir que algún mortífago cruzara la entrada del colegio.
—¡EXACTO! —corroboró orgulloso Hagrid.
—Pero tarde o temprano caerás y te harán prisionero o mucho peor… te matarán. Eres demasiado importante para la Orden para malgastar tu vida de esa forma; ahora más que nunca el mundo mágico necesita de magos valientes… la Orden te necesita… yo necesito de tu ayuda.
Hagrid miraba a Harry dubitativo. Sabía que el muchacho tenía razón, pero no podía aceptar que le estuviese pidiendo eso, ya que huir de Hogwarts le parecía la actitud de un cobarde.
—Lo siento Harry pero no puedo irme, debo quedarme para pelear junto con el resto de los profesores.
—Hagrid, los profesores no pelearan, ellos entregarán el colegio sin ofrecer la menor resistencia.
—¿QUÉ? PERO… ¿CÓMO?… ¿PORQUÉ? —exclamaron todos los presentes.
—Porque es la única oportunidad que tenemos de ganar. Necesitamos de todos los magos que estén dispuestos a pelear contra Voldemort, se que los profesores de Hogwarts lo están, pero aún no es el momento de que actúen. Voldemort no los lastimará si deciden rendirse… respetará a todos los profesores excepto a dos: tú eres uno de ellos, el otro es Firenze.
—¿Por qué ellos dos? —preguntó Ginny.
—Porque no son humanos, y por eso serán el principal objetivo de Voldemort, una vez que tome el colegio.
—No puedo abandonar a la profesora McGonagall —argumentó Hagrid.
—Ella también está de acuerdo y considera que es lo mejor para todos.
—¿Hablaste con ella antes que conmigo?
—Así es…
—¿Por qué no lo consultaste antes conmigo? —dijo Hagrid en un tono malhumorado.
—Por que a pesar de que no te agrade la idea, ya sabía la respuesta que me darías. Por algo el profesor Dumbledore confiaba tanto en ti.
Los ojos de Hagrid se inundaron y una sonrisa se dibujo en su rostro. Con una de sus enormes manos tomó a Harry por los hombros y lo enfundó en un abrazo. Cuando lo soltó comenzó a introducir algunos objetos de su casa en una enorme bolsa de mimbre.
—¿A dónde debo ir? —preguntó.
Harry extrajo de su bolsillo un pergamino doblado y se lo entregó a Hagrid. El semi gigante lo abrió apresuradamente y leyó su contenido con detenimiento.
Al terminar miró inquisitivamente al joven.
—Toma —dijo Harry antes de que Hagrid dijera nada, y le entregó un galeón—. Con esta moneda podremos comunicarnos, así lo hacíamos durante la época del ED. Debes partir inmediatamente. ¡Llévate a Fang para que te ayude en todo lo que necesites!
Hagrid miró el pergamino y posteriormente a Harry y tras unos breves segundos de reflexión asintió y se guardó el trozo de papel en su bolsillo.
—Chicos… cuídense mucho —dijo finalmente mientras enfundaba en un abrazo al cuarteto de amigos y salía por la puerta acompañado de Fang.
Durante algunos segundos Ron, Ginny y Hermione miraron por la ventana como se alejaba Hagrid, y cuando la oscuridad no les permitió divisar mucho más, se giraron hacia Harry y lo encontraron sentado en la silla de Hagrid con el rostro desencajado.
—Así que todo este tiempo estuviste con McGonagall.
—No exactamente.
—¿Entonces? —preguntó Ron mientras levantaba una ceja.
—Slughorn se ha ido —dijo sin prestar atención a la última pregunta de Ron—. O mejor dicho: lo obligaron a irse.
—¿De qué hablas? —inquirió Ginny.
—Me refiero a que Slughorn tomó todas sus cosas y huyó del colegio.
—Pero, ¿por qué? ¿Cómo sabes eso?
—Porque Slughorn descubrió al espía de Voldemort. Lo se porque los vi en el mapa del merodeador, ambos estaban juntos en la habitación de Slughorn, y estoy seguro de que esa no fue la primera vez. Esa fue la razón por la que Slughorn se mostraba tan extraño esta tarde, y me temo que fue obligado a hacerlo por él.
—¿Quién? —inquirió Hermione.
—Éaco Centt… ¡Él es el traidor! Él es el espía de Voldemort.
—No es posible —exclamó Hermione—. El profesor Centt no puede ser el espía. Todo el año nos ha ayudado en nuestra búsqueda de los horcruxes.
—Pero tampoco es que nos haya prestado toda su ayuda ¿no creen? —dijo Ron—. Si él sabía tanto de los horcruxes, ¿por qué únicamente se enfocaba en darnos pistas y no iba el mismo a buscarlos?
—Eso es lo que más me preocupa —añadió Harry—. Es como si quisiera asegurarse de que lográramos recuperar los horcruxes nosotros mismos.
—Pero si es un espía de Voldemort, ¿por qué nos ayuda a encontrar las partes de su alma? No creo que Voldemort sea tan temerario para entregarnos algo tan valioso para él.
—A menos de que sean falsos —exclamó Ginny.
—No son falsos —dijo Harry—. Estoy seguro de eso.
—Entonces sólo hay una posible razón: De alguna manera Voldemort cree estar seguro de que no sabemos cómo destruirlos.
Harry se mantuvo en silencio mirando a Ginny: ella tenía razón esa era una posibilidad.
—Está claro —dijo Ron ansioso—. El que no debe de ser nombrado envió al profesor Centt para que se asegurara de que fuéramos en busca de los horcruxes y muriéramos en alguna de esas trampas.
—Si su objetivo era eliminarnos ya ha tenido muchas oportunidades a lo largo de este año. ¿Olvidas la montaña del dragón caído?, o ¿el pasadizo bajo Stonehenge?
—Lupin fue quien nos salvó, no el profesor Centt.
—Al contrario Ron, me temo que Slughorn le contó a Remus donde estábamos siguiendo las órdenes de Éaco Centt. No sólo nos ha ayudado a encontrar los horcruxes, sino que también nos ha salvado la vida cuando estábamos en peligro, la pregunta es: ¿por qué lo hace?
—Esto parece una especie de entrenamiento —señaló Ginny.
—¿Entrenamiento? —preguntó Hermione—. Si Centt actúa bajo las órdenes de Voldemort ¿por qué crees que él quiere que seamos entrenados?
—¡Por venganza! —dijo sobresaltado Ron.
—¿VENGAZA? —preguntaron al unísono Harry, Hermione y Ginny.
—Exacto. ¿No recuerdan lo que nos contó Harry sobre el regreso de ya saben quién? Al volver, reunió a sus seguidores y reto a Harry a un duelo… y perdió. Perdió la oportunidad de matar a su peor enemigo. Un chico de catorce años, rodeado de un grupo de mortífagos, y batiéndose contra el mago oscuro más temible de la última época, pudo salvarse y sobrevivir… ¿no lo ven chicos? Ya- saben- quién fue humillado y burlado por Harry. Ante los ojos de sus seguidores, su gran líder no ha podido derrotar a Harry Potter. No pudo derrotarlo cuando era un bebé y tampoco pudo hacerlo incluso teniendo una enorme ventaja numérica. Debe restaurar su orgullo y credibilidad y luchar contra Harry nuevamente cara a cara.
—¿Qué tiene que ver eso con el supuesto entrenamiento de Éaco Centt?— preguntó Harry confuso.
—¡Que Voldemort quiere asegurarse que tu poder y habilidades se han incrementado antes de matarte! —señaló Hermione sorprendida.
—¿QUÉ?
—Entiendo lo que quiere decir Ron —agregó la muchacha—. Aunque Voldemort logre asesinarte, se recordará que le gano a un niño que no ha tenido el tiempo para aprender la magia por completo, y eso será una humillación para él durante toda su vida. Por eso quiere darte la oportunidad de que mejores todo lo que puedas, para poder demostrarle al mundo que aún con un intenso entrenamiento, y a pesar del incremento de tus poderes, él es mucho más fuerte. Todo este montaje es por eso… por orgullo.
—¿Está arriesgando partes de su alma… por orgullo? —señaló Harry atónito.
—Los más grandes y poderosos imperios han caído por culpa del orgullo —concluyó Hermione.
—Entonces la labor de Éaco Centt consistía en enseñarle a Harry nuevos hechizos y ayudarle a mejorar sus habilidades —concluyó Ginny.
—Por ello es imprescindible que nos vayamos de Hogwarts y nos alejemos de Éaco.
—¿Qué llevas en esa mochila Harry? —inquirió Hermione mientras la miraba de reojo.
—Ropa para todos nosotros, mantas, comida, pociones… en fin, todas las cosas que podremos necesitar para nuestro viaje.
Hermione asintió sonriendo. —Así que lo tenías bien planeado, ¿cuándo lo decidiste?
—Después de nuestra charla con Binns. Necesitaba revisar algunas cosas y hablar con McGonagall, pero antes de eso tenía que asegurarme de enviarlos a un lugar seguro.
—De nuevo estás siendo egoísta —dijo Ginny malhumorada.
—Al contrario Ginny —contestó Harry—. Necesitaba de su ayuda, así que los envié con Hagrid. Si alguien nos espiaba le sería mucho más difícil hacer su trabajo si nos manteníamos separados, y al mismo tiempo me aseguraba de que ustedes estarían a salvo. Todo este asunto es muy delicado, y debía ser tratado con la mayor discreción posible. En pocas palabras los use como señuelos.
—¿A dónde iremos? —preguntó Ron ávido.
—Tomen —dijo Harry mientras extraía unos trozos de papel de la mochila—. Léanlos, no digan nada, y quémenlos cuando terminen.
Todos sujetaron el papel dado por Harry y siguiendo sus instrucciones lo quemaron en cuanto terminaron de leerlo usando su varita mágica.
—Supongo que tendremos que ir a Hogsmeade para desaparecernos —exclamó Ron.
—No podemos hacer eso —señaló Harry—. Es muy peligroso ir a ese lugar, ya que a estas alturas, Hogsmeade ya debe de estar siendo vigilado por los mortífagos.
—¿Entonces cómo saldremos?
—Tomaremos un camino alternativo —señaló Harry—. Rodearemos el castillo y cruzaremos por el cementerio, nos adentraremos en los linderos del bosque prohibido recorriéndolo hasta llegar a campo abierto donde podamos desaparecernos.
—¿Cómo averiguaste ese camino?
—Se lo escuché decir a Dumbledore hace años, sólo que jamás pensé que tendría que usarlo.
—¿Es necesario ir por el cementerio? —señaló Ron contrayendo su rostro al decirlo.
—¿Por qué Ron? —preguntó Ginny mordazmente—, ¿tienes miedo?
—Lo digo por ustedes —contestó Ron alterado—. Estoy preocupado por su seguridad.
—¡Por supuesto! —exclamó Ginny en tono burlón.
—¡Ya dejen eso! —interrumpió Harry—: es hora de irnos.
Harry abandonó la cabaña de Hagrid seguido por sus amigos. Caminaron muy cerca los árboles del bosque prohibido para intentar ocultarse de ojos indiscretos. Ron cerraba la comitiva caminado a un ritmo más lento debido al peso de la mochila. Su rostro se encontraba serio y desencajado. No le agradaba en nada la idea de atravesar el cementerio y mucho menos durante la noche. Tenía un sentimiento de opresión en el pecho que se agudizó cuando divisó las primeras tumbas. Decenas de lápidas coronadas por estatuas y mausoleos se levantaban por doquier incrementando la tensión generada en el cuarteto.
Harry caminaba con sigilo y la varita levantada. Cada uno de sus músculos se encontraba rígido, y sus sentidos alerta. Giraba su cabeza de un lado a otro, agudizando sus oídos intentado escuchar algún sonido ajeno al lugar y entrecerrando sus ojos en un vano intento de mejorar su visión.
De pronto un resplandor iluminó el cementerio tomando a Harry por sorpresa. Su única reacción fue mirar hacia atrás y observar como sus amigos caían inconscientes al suelo. Sus ojos se inundaron de un terrible pánico mientras corría hacia ellos para auxiliarlos, hasta que una luz roja, procedente de la oscuridad de la noche, pasó rozando su oreja derecha. Instintivamente Harry se tiró al suelo mientras comenzaba a rodar, hasta llegar a una lápida en donde pudo refugiarse. Cada vez que intentaba asomarse, un haz de luz pasaba cerca de su cara. La mayor dificultad para Harry residía en que ignoraba la posición de su atacante, le parecía que los haces de luz venían de diferentes sitios, por lo que tuve el temor de ser atacado por diversas personas. Era necesario que iluminara el cementerio para poder determinar con quien (o quienes) se enfrentaba.
Concentrando todas sus fuerzas en un recuerdo feliz gritó: - ¡EXPECTO PATRONUM!
Un alce luminoso emergió de su varita y salió trotando embistiendo a la noche, su luz reveló las tumbas y árboles que permanecían ocultas en las entrañas de la oscuridad, Harry guió a su patronus para que embistiera a su atacante. Un joven con los cabellos rubios, sucios y mugrientos, tez pálida y nariz afilada se materializó ante sus ojos con cierto aire de sorpresa y confusión. Harry no pudo evitar su desconcierto al toparse frente a frente con Draco Malfoy.
Draco reaccionó de su sorpresa y continuó lanzando hechizos con una furia ciega. La agilidad adquirida, por años de duro entrenamiento y peligrosas aventuras, permitió que Harry esquivara algunos hechizos con movimientos de su cuerpo y otros tantos usando su varita.
—¡Expelliarmus! —gritó.
El hechizo rozó el brazo de Malfoy haciendo que este perdiese el equilibrio. Justo cuando Harry se abalanzaba sobre él, Draco reaccionó al peligro gritando: —¡Bombarda!
La explosión golpeó de lleno a Harry lanzándolo contra una lápida. Sentía como si su cabeza fuera a estallar en cuanto intentó incorporarse, mientras notaba un torrente de sangre que emanaba desde el corte de su ceja. Se obligó a incorporarse lo más rápido que pudo y con su varita hizo levitar los trozos de roca de las lápidas que se encontraban esparcidas sobre el suelo, y tras un resoplido las arrojó violentamente hacia su agresor. Malfoy tuvo muchos problemas para esquivar las rocas, hasta que una de ellas le golpeó en su ojo y lo hizo caer.
Harry aprovechó el momento para acercarse más a su rival, pero Malfoy reaccionó con una velocidad inconcebible y comenzó a lanzar hechizos sin piedad. Harry tuvo que detener su acometida para poder concentrarse y formar un escudo que detuviese los hechizos. Draco había mejorado increíblemente: luchaba con una ferocidad impropia de él, y sus ataques cada vez eran más acertados, por ello Harry sabía que no podía cometer ningún error si quería salir airoso de ese duelo.
Una vez incorporado, Draco transformó el suelo en arenas movedizas obligando a Harry a saltar hacia un costado y eliminando su concentración. El joven mago recibió un golpe de lleno en las costillas derribándolo al suelo. Sin siquiera pensar en el dolor que su cuerpo sentía, Harry giró sobre su cuerpo gritando sin cesar "expelliarmus", "expelliarmus". Draco recibió el impacto de los hechizos en su pecho y fue arrojado violentamente contra un árbol que detuvo su movimiento con un ruido seco y estruendoso. Draco permaneció inmóvil recostado contra el árbol mientras un hilo de sangre resbalada por su cabeza, durante algunos minutos se mantuvo de pie, pero finalmente su cuerpo cayó desvanecido hacia el suelo.
Harry se incorporó jadeante y con los músculos magullados, y tras dirigirle una fugaz mirada a su rival caído corrió en dirección a sus amigos para auxiliarlos.
—¡Enervate! —dijo mientras sujetaba la cabeza de Ginny.
La muchacha abrió los ojos confundida.
—¿Te encuentras bien? —preguntó jadeando Harry.
De pronto Ginny palideció mientras sus pupilas se dilataban. —Harry… detrás de ti—. El muchacho se giró justo a tiempo para ver como Malfoy, con la cara empapada en sangre, le apuntaba con su varita mientras gritaba:
—Avada Ke…
—Sectumsempra —gritó furibundo Harry.
El cuerpo de Draco Malfoy comenzó a temblar mientras profundos cortes se multiplicaban por su cuerpo y hacían que la sangre saliera precipitadamente de él. Era la segunda vez que Harry usaba ese hechizo en su contra, pero esta vez no había sido un accidente… no… esta vez Harry Potter deseaba verlo muerto.
Cuando Malfoy cayó al suelo, Harry mantuvo una mirada centellante dirigida a él, y dirigió la varita, aún en alto, hacia el cuerpo moribundo mientras escupía las palabras con la ira avasalladora acumulada en su rostro: —Avada…
Ginny le sujeto la mano y lo detuvo. —¿Pero qué haces? —preguntó desconcertada y aterrada—. Éste no es el Harry Potter que yo conozco y quiero.
Harry bajó su varita, aún con el rostro crispado de ira. —Despierta a los demás —dijo tajante—. Tenemos que irnos cuanto antes.
Mientras Ginny reanimaba a sus compañeros, Harry se mantuvo de pie inmóvil mirando el cuerpo de Malfoy. Su sangre ya formaba una plasta espesa negruzca sobre el césped.
—¿Harry? —increpó Hermione cuando miró el cuerpo caído de Draco.
—¿Pero qué? —agregó Ron con el rostro pálido.
—No hay tiempo para explicaciones —zanjó Harry—. Debemos irnos ya. ¿Pueden caminar? —El trío de amigos asintió y Harry, un poco más aliviado, reanudó su marcha a un paso veloz.
Ginny, Ron y Hermione dedicaron una última mirada a Malfoy mientras seguían a su amigo. Era la última mirada de compasión hacia un compañero, que desde el primer año en Hogwarts se había declarado su enemigo, y se había dedicado a hacerles la vida imposible. No podían decir que sintiera pena por el mortífago caído, pero a pesar de ello no podían dejar de lado el sentimiento de tristeza que les embargaba al ver a un ex compañero, que había tomado un sin fin de malas decisiones, hundirse en el oscuro y profundo abismo de la muerte.
Cuando finalmente el trío se alejó, el cementerio volvió a rodearse de un silencio sepulcral, una ligera brisa nocturna jugueteaba entre las lápidas y la luz albugínea de la luna trataba de colarse por los grandes nubarrones del cielo y proyectaba, sobre el césped del cementerio, pequeñas estelas. De pronto el silencio lúgubre fue roto por el sonido de unos pasos lentos producidos por alguien que se acercaba y que se cesaron al descubrir el cuerpo caído de Malfoy. Éaco Centt miró a Draco y después al firmamento. Harry Potter no había rematado a su enemigo moribundo, ¿debía interpretar eso como un acto de debilidad… de idiotez… de arrogancia, o simplemente era el resultado de un cúmulo de principios morales? Giró su rostro y dirigió nuevamente una mirada inexpresiva al joven caído, quien en ese momento temblaba víctima de un ataque de epilepsia.
—Lo has hecho bien Draco —dijo Éaco Centt—. A pesar de todo lo has hecho bien —emitió una ligera sonrisa mientras le apuntaba con su varita y susurraba su hechizo.
La densa neblina había crecido cada vez más, conforme pasaba la mañana, y en ese momento no era más que una espesa estela opaca que cubría cualquier objeto que se topara con ella.
Ron se mantenía atento y tenso a cualquier movimiento o sonido que apareciese. Lo malo de esa clase de niebla, era que podía ser utilizada como un camuflaje perfecto, tanto para el defensor como para el atacante. Pero a pesar de todo, Ronald Weasley no sólo se mostraba tenso por la situación de vigilante, sino también porque durante las horas que había permanecido expectante, había comenzado a analizar todo lo ocurrido: habían sido atacados por un ex compañero de Hogwarts, pero sobretodo, lo había dejado morir en aquél cementerio; y ese pensamiento no paraba de atormentarlo. La realidad era que Ron estaba aterrado, ya que por primera vez se había dado cuenta de la realidad. Esto ya no era otra aventura peligrosa en la que debían de enfrentarse contra malvados mortífagos, o sortear un sinfín de pruebas con tal de hallar lo que buscaban. No, en lo que ahora estaban inmersos era en una verdadera guerra. Familias luchaban entre ellas, ex compañeros intentaban matar a sus amigos. Harry había tenido que asesinar a Malfoy para que todos pudieran sobrevivir, y era ahí donde residía su mayor temor: ¿cuándo tendría que hacer lo mismo que su amigo y tener que asesinar a alguien para sobrevivir? ¿Y que pasaría si ese alguien resultaba ser un ex compañero o amigo? ¿Una vez que llegara ese momento tendría el valor para hacerlo?
Se levantó y revisó por última vez que todos los sistemas de seguridad anti intrusos estuvieran funcionando, y entró en la tienda de campaña. Tal y como había ocurrido en la copa mundial de quidditch, la tienda de campaña guardaba en su interior dimensiones completamente diferentes a las que se pensaría al verla desde afuera. Parecía una gran sala. En el fondo se encontraba una pequeña cocina con un fogón, una mesa y varias sillas, junto a las paredes se encontraban empotradas cuatro camas… ese era justamente el espacio necesario para refugiarse durante su odisea.
En la cocina Ginny y Hermione preparaban un cuantioso desayuno, mientras que Harry se encontraba trabajando sobre la mesa. Tenía abierto el diario de Regulus, un libro enmohecido, y una libreta llena de apuntes, dibujos y garabatos de su puño y letra. Ron se acercó a él y se sentó en una silla contigua mientras miraba de reojo al extraño libro.
—¿Has descubierto algo nuevo? —preguntó.
—Creo que sí —dijo Harry suspirando.
—¿De que se trata? —comentaron Ginny y Hermione al acercarse.
—Miren. —Harry les mostró el diario de Regulus. Tanto Ginny como Ron se quedaron petrificados al ver el dibujo que se encontraba plasmado en la página: era la misma escena del tapiz que habían visto hacía unas horas en el corredor de Hogwarts.
—Pero… —balbuceó Ron.
—¿Cuándo apareció la imagen? —completó Ginny.
—Hace unas horas, me di cuenta de ello cuando salía del cuarto de los menesteres, específicamente lo descubrí en la habitación de Slughorn, se me ocurrió mirar el diario tras haberme asegurado de que Slughorn había desaparecido.
La única persona que parecía ajena a la charla era Hermione. Mantenía la mirada perdida en el viejo libro enmohecido.
—¿Qué es eso? —preguntó.
Harry la miro extrañada unos segundos hasta que comprendió lo que preguntaba su amiga.
—Es un libro que encontré en la habitación de Slughorn. Era lo único que había dejado. Por eso decidí traerlo para poder revisarlo con calma.
Hermione lo tomó mientras miraba su portada. Era un libro de un tamaño mediano con una cubierta de piel de cordero áspera y agrietada. En su interior las páginas se encontraban amarillentas y en las esquinas el moho había formado una capa verdosa.
La joven pasó las páginas una por una con la mirada seria y concentrada.
—Es griego antiguo —comentó Harry.
—Lo sé —dijo Hermione frunciendo el ceño—. Me es imposible leerlo, y aunque supiera como hacerlo, muchas de las letras se han borrado por el tiempo o la tinta se ha entremezclado haciéndolas ilegibles.
Hermione continuaba pasando las páginas hasta que se topó con un pergamino que no pertenecía al libro, ya que el papel estaba completamente nuevo y la letra no sólo era legible, sino que se encontraba escrito en su idioma.
—¿QUÉ…? —exclamaron los amigos.
—Es… —dijo Harry sorprendido—. La letra de Slughorn. No puedo creer que no haya visto esa página antes.
Hermione tomo el pergamino y comenzó a leer en voz alta:
"La verdad no es lo que parece, ni lo que parece es siempre la verdad"
Continuamos con el camino encubierto
para regresar a mi luminoso mundo
y sin darnos reposo, al descubierto
subimos él primero y yo el segundo
para admirar, por fin, las cosas bellas
del cielo, y desde aquél hueco profundo
subimos a dar vista a las estrellas
cual vil soñador vagabundo.
Las rocas en círculo se levantaban
cual suntuosa y majestuosa utopía
mientras que el mago y sus ojos buscaban
el árbol de los secretos, como un astuto vigía.
¡Qué pobre y mísero me sentí mirando su caminata!
añoranza tuve entonces de la compañía de mi esposa
quien me brindaba tranquilidad con sublime perorata
y calmaba mis miedos con su sonrisa hermosa.
Al arribar al árbol, el anciano giró su cabeza,
comprendí que me llamaba con ilusión inusitada
corriendo mi cuerpo se acercó a él con presteza
y tras darle alcance mi alma quedó anonadada.
Un vetusto árbol grisáceo se erigía
con dominio sobre el valle dormido
ante él, el anciano se arrodillaba cual osada herejía
abriendo una puerta tirando de un tronco torcido…
Hermione resopló y miró a sus amigos: —No hay más texto… es todo.
Harry permaneció impasible y serio durante varios minutos. Las imágenes se aglomeraban en su mente a una velocidad inconcebible. Todo era tan lógico y claro que no podía existir duda alguna.
—Tendremos que regresar a Stonehenge y buscar ese árbol.
—¡No podemos! —exclamó Hermione—. ¿No ves que es una trampa?
—Lo sé Hermione, pero no tenemos ninguna otra pista, así que tendremos que arriesgarnos y participar, en lo que me temo, será de nuevo uno de los juegos de Éaco Centt.
—Si —dijo Ron—, pero ésta vez llevaremos ventaja ya que ya sabemos quien es nuestro enemigo.
—Estoy de acuerdo —señaló Hermione con tristeza—. Pero no sabemos contra lo que nos enfrentaremos.
El resto del día, Harry y sus amigos, lo utilizaron para discutir y analizar sobre la mejor forma de actuar, haciendo conjeturas y suposiciones sobre los posibles peligros que les aguardarían.
A diferencia de sus amigos, Ginny apenas tocó la comida y participó en la discusión. Sentía un nudo en el estómago que le presionaba cada vez más. No podía confesarlo, pero estaba aterrada. Desde el ataque de Malfoy sus piernas no dejaban de temblar, no podía explicarse como era posible que estuviese más asustada en esa ocasión, que cuando fueron atacados por la criatura homo arácnida. Quizá porque esa vez había estado más preocupada por la vida de Harry que por la suya, pero ahora se sentía diferente. La sensación de que la muerte rondaba cada vez más cerca de ella le producía un tremendo sentimiento de desasosiego y aprensión que no le permitía respirar, pero sabía perfectamente que debía ocultar esos sentimientos… por el bien del equipo.
Irrumpió en la habitación con una urgencia impropia de él. Sabía que no le haría mucha gracia esa abrupta interrupción, pero consideraba que el grado de la emergencia claramente podría justificarle.
—¡Ha caído Hogwarts! —dictaminó con un dejo de temor en la voz.
Por primera vez desde hacía mucho tiempo estaba realmente asustado y frustrado; no podía creer que ha pesar de todos sus esfuerzos, hubiese sido imposible evitar que la comunidad mágica de Gran Bretaña cayera en manos de Lord Voldemort.
A pesar de la repentina irrupción, y del mensaje fatalista arrojado por los labios de su adepto, el individuo (que guiaba sus pasos con una marcha pausada) no pareció prestarle la más mínima atención.
—¡SEÑOR! —dijo nuevamente—. ¡Ha caído Hogwarts!
El misterioso individuo se detuvo, y sin dejar de juguetear con el artefacto que tenía en sus manos miró de reojo al mensajero.
—Lo sé —dijo al fin—. Sé lo de Hogwarts.
El enviado se sintió confundido ante esta respuesta. ¿Qué acaso su líder no entendía lo que esto significaba?
—Pero…señor… esto significa que hemos fallado. Significa que no pudimos detenerle.
Finalmente el sujeto levantó la cabeza y le dirigió una mirada con una entremezcla de irritación y resignación.
—¿Crees que por perder Hogwarts perdimos la guerra? Te equivocas, nuestro objetivo va más allá de ganar o perder algún espacio físico. Hemos ganado más de lo que perdimos… te lo aseguro.
Aún lo miraba con el rostro desconcertado y dubitativo, pero su corazón volvía a latir animadamente. Era imposible no creerle, sabía que debía de tener la misma fe ciega que tenían sus compañeros, pero no podía hacerlo tan fácilmente como lo hacían sus compañeros, todo era culpa de su naturaleza inquisitiva y desconfiada.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó apresurado sin siquiera meditar cuidadosamente cómo se escucharían estas palabras.
—Prepararnos para recuperar Hogwarts.
—¿Recuperar? Pero señor —agregó con un dejo de seriedad en el rostro—, jamás hemos tenido Hogwarts.
Una sonrisa se dibujo en los labios del individuo.
—Eso es precisamente lo que quería que pensara el enemigo. —Con lentitud se dirigió hacia la ventana. El sol se encontraba en pleno ocaso, tornando el cielo en una mezcla multicolor—. Llevamos más ventaja de lo que tú crees. Ahora ha llegado el momento de culminar la obra.
Muy lejos de ahí, Lord Voldemort divisaba la misma puesta de sol con una sonrisa de satisfacción. En su mano aún sujetaba la última edición del diario francés "L'alchimisteen" en cuyas páginas iniciales se encontraba la necrología de Madame Maxime. Las investigaciones de los aurores hablaban de que la causa de la muerte había sido un suicidio como consecuencia de un amor perdido.
Con Madame Maxime eliminada se terminaba el peligro de un posible ataque por parte del resto de los países europeos. Su victoria estaba casi completa, y lo único que evitaba que explotara de júbilo era la existencia de Potter.
—Haz hecho un buen trabajo, mi fiel Snape.
—Se lo agradezco mi señor.
—Gracias a ti hemos logrado traer la paz y el orden a este país olvidado por los dioses. Por fin podremos vivir bajo un solo estandarte liderado por mí. Los años oscuros y la decadencia de esta sociedad han quedado atrás. A partir de ahora llevaré a Gran Bretaña hacia el lugar que merece: seremos la nación más poderosa del mundo mágico, y por fin me mostraré ante el mundo como el mago más poderoso de todos los tiempos…
Snape permanecía inmóvil y callado mientras Voldemort continuaba con su perorata. Lucía una imagen deplorable; con los cabellos más largos y grasosos que nunca, profundas ojeras y una descuidad barba de varios días.
Voldemort se sentó en su silla y miró fijamente a su siervo.
—¡Te ves fatal Severus!
—Lamento presentarme con esta apariencia mi amo, pero quería reportarme con usted lo más pronto posible.
—Veo que te causo problema ese monstruo de mujer… vamos, siéntate y cuéntamelo todo —dijo con una sonrisa maliciosa.
Snape miró sorprendido a Lord Voldemort y tras un momento de duda, se sentó y narró su aventura. Sin saber porqué le relató con elocuencia de su incursión en tierras galas, le contó la forma en la que siguió a Madame Maxime de día y de noche. Le contó todo sobre su pelea y la forma en la que logró derribarla. Le contó la forma en la que preparó el cuerpo y las cartas para que los aurores concluyeran que su muerte había sido fruto de un suicidio causado por un desamor.
No sabía porque le explicaba todo esto y mucho menos porqué a Voldemort le interesaría. Pero al parecer el señor tenebroso escuchaba atentamente la historia, asintiendo de vez en cuando y dirigiéndole una sonrisa de aprobación.
Cuando Snape terminó su relato, Voldemort lanzó una carcajada fría y aterradora.
—El mundo se ha librado de otra sangre sucia gracias a ti. Bien Severus, eso es todo… puedes retirarte.
Snape inclinó su cabeza y salió de la habitación.
Lord Voldemort siguió a Snape con la mirada hasta que éste se fue y juntando sus dedos sonrió. Al fin había encontrado a un sirviente leal y útil. Por fin tenía a alguien en quien confiar y ese pensamiento le produjo una ligera sensación de malestar. Pero a pesar de esto sus pensamientos aún permanecían dirigidos hacia cierto muchacho con una cicatriz en su rostro.
Harry se mantenía en cuclillas con la mirada fija en un nudo del viejo árbol. Más que una correosa corteza parecía un forúnculo infectado apunto de estallar, se encontraba mas grueso de lo normal y una sustancia viscosa caía a raudales de él. El nudo que sujetaba la extraña rama no parecía rígido, sino que estaba pensado a modo de un complejo sistema hidráulico que permitía abrir alguna zona oculta de la corteza. Sin embargo estaba claro que dicha apertura no estaba accesible para cualquier persona ya que la rama era inamovible si se pensaba utilizar la fuerza humana (tal y como lo comprobaron los chicos tras varios intentos fallidos), así que Harry había llegado a la sencilla conclusión de que debería de utilizar algún hechizo para hacerlo; y fue así como Hermione, Harry y Ginny gritaron al unísono "carpe retractum" y comenzaron a tirar de las varitas como si fuesen una gruesas cuerdas. El nudo generó un sonido parecido a una cerradura oxidada que comienza a ceder y a abrirse, fue tan estruendoso el sonido que Ron se sobresalto al escucharlo, y tras averiguar el origen del sonido, continuó concentrado en invocar el hechizo escudo que les permitiría detener cualquier hechizo que fuese lanzado contra ellos (siempre y cuando no fuera mortal).
Tras varios minutos de constante esfuerzo, el nudo cedió y la corteza del tronco se resquebrajó poniendo al descubierto una abertura lo suficientemente grande por la cual podría pasar un hombre de complexión normal.
Harry miró fijamente la entrada recién abierta y dijo: —Es mejor entrar lo antes posible. —Y sin vacilación alguna se prestó a adentrase en el tronco. Hermione, Ginny y Ron se miraron entre ellos y asintiendo siguieron a su amigo al interior de las profundidades del misterioso tronco.
El cuarteto se topó con una oscuridad impenetrable atrapada en el árbol; a pesar de la luz que emitían sus varitas, era imposible determinar la extensión del lugar. Harry comenzó a caminar hasta que se topó con una especie de escalera que bajaba haciendo grandes círculos. Los chicos comenzaron un descenso que les pareció eterno, rodeados por una oscuridad impenetrable y un silencio sobrecogedor, únicamente roto por el sonido de sus pisadas y del rechinido del mohoso piso de madera.
Finalmente Harry se detuvo abruptamente manteniendo su cuerpo rígido y tenso. Los chicos que le seguían no pudieron evitar chocarse contra él, y tras recuperarse de la impresión le cuestionaron: —¿Qué ocurre Harry?
—Hemos llegado al final del descenso —dijo ceñudamente el joven de la cicatriz.
Pero no fue el final de la escalera lo que motivó su reacción tan repentina, sino el descubrimiento de que la intensa oscuridad no sólo era rota por la luz emitida de sus varitas, sino por un ligero resplandor que se escapaba por una rendija de lo que parecía ser una puerta.
—Preparen sus varitas —dijo en un susurro Harry—. Vamos a entrar.
Ron, Ginny y Hermione aferraron su varita y la colocaron en posición de ataque mientras Harry extendía su mano izquierda y hacía girar el metálico pomo de la puerta.
Ante ellos se reveló un largo pasillo ricamente iluminado por cientos de candelabros que colgaban en sus paredes. A ninguno de los chicos les sorprendió que el pasillo estuviese iluminado, sino que las paredes estuviesen adornadas por unas estremecedoras pinturas que representaban, casi en su totalidad, escenas de guerras y asesinatos: sangre regada por doquier, espadas atravesando el pecho de los hombres, mujeres colgando de un árbol con una soga en su cuello, el rostro morado, y los ojos saltones, niños sujetos a un tronco en medio de una hoguera encendida…
Aunque el grupo de amigos caminaban con recelo y tensión (siempre en constante alerta) les resultaba difícil no prestar atención a los cuadros a tal grado que, aunque ninguno de ellos habló, todos se percataron que conformen más cuadros recorrían, la dureza y crueldad de los mismos disminuía. Ya no había más imágenes de matanzas, sino de reuniones, festivales y bodas.
Finalmente llegaron al final de pasillo y se adentraron en una habitación de enormes dimensiones, con varios niveles. En la parte más baja se encontraba una mesa atestada de libros, mapas, pergaminos y ropas viejas, no fue hasta que Harry entró en el gran salón que se percató que aquello que había confundido con ropas viejas en realidad sólo era la vestimenta de un vetusto hombre que se encontraba sentado junto a la mesa, mostrando una sonrisa irónica y burlona. Harry lo reconoció, recordó ese rostro marcado por profundas arrugas, recordó ese rostro que emitía una sonrisa que tanto odiaba, recordó esos ojos arrogantes y prepotentes que lo habían fulminado varias veces en Stonehenge, recordó el rostro de la persona que le había enseñado el camino para hallar los horcruxes…
—¿Quién es usted? —preguntó Ginny seria y enérgica.
Harry se sorprendió profundamente. ¿Acaso ese anciano no era un producto de su imaginación? ¿Acaso en verdad existía? ¿O simplemente sus amigos también habían quedado atrapados en la misma alucinación que sufrió en las profundidades de Stonehenge?
—¿Finalmente estas dispuesto a pagar el precio? —preguntó el anciano con una voz ronca y profunda.
Harry lo miró con una mezcla entre asombro e inquietud que no se esperaba este repentino cuestionamiento.
—¿Por qué aún no has usados tu conocimiento adquirido? —continuó el viejo—. ¿Acaso tienes miedo?
—Si —respondió Harry con resolución—. Por eso sólo quiero usar este conocimiento una sola vez.
—Muy sabio de tu parte, pero aún así tendrás que pagar el precio. Lo uses o no, el conocimiento ya te ha sido transmitido.
—¿De qué están hablando? —preguntó Hermione irritada y temerosa.
El anciano le dirigió una mirada penetrante mientras sonreía maliciosamente. —¿Acaso no se le plantea una disyuntiva cada día… señorita?
—¡No entiendo a que se refiere! —exclamó Hermione.
—Al hecho de seguir fiel a una persona que le ha ocultado tantas cosas.
—Yo no… —intento alegar Harry.
El anciano continuó hablando; ignorando el alegato del muchacho. —Durante siglos muchos grandes magos han caído en desgracia por seguir fervientemente a otros magos menos capaces. Amistad, valor, lealtad, no son más que simples palabras vacías si no van unidas de confianza. La total ausencia de ella no es más que el principio del fracaso asegurado.
—CÁLLESE —gritó Harry—. Usted no sabe nada de mí, yo sí que confío en mis amigos.
—De eso no me cabe la menor duda —señaló el anciano mientras adoptaba una cara severa—. De lo que no estoy seguro es de si tus amigos lo saben.
—Basta de eso —interrumpió Ginny—. ¿De qué rayos están hablando?
—Habla de que no les he dicho que ya se como destruir los horcruxes… tan sólo le mencioné algo a Hermione pero no le dije nada más.
El trío se quedó boquiabierto durante algunos segundos.
—Entonces, ¿hablabas en serio? —dijo Hermione—. Creía que lo que me habías dicho era una simple consecuencia del cansancio.
—Pero… ¿por qué no nos lo dijiste a todos Harry? —replicó Ron con una tono severo pero dolido.
—Para protegerlos, por… —Harry enmudeció durante varios segundos. En realidad no tenía la menor idea de porque había callado algo tan importante, quizá era porque llevaba años viviendo de la misma manera: ocultando partes de la información muy importantes y simplemente compartiendo las más generales e intrascendentales.
Cavilando en ese lugar durante algunos segundos comprendió el extraño juego que llevaba haciendo desde hacía varios años. Sin embargo él sabía que esa información que le ocultaba a sus amigos no lo hacía por falta de confianza, ni por el afán de protagonismo que tantos creían que el buscaba; sino porque (aunque no lo quisiera aceptar) toda la historia que giraba en torno a la caída de Voldemort constituían sus únicos recuerdos familiares. Eso era todo lo que le quedaba de sus padres… ¡recuerdos! ¿A quién le importaba que su padre hubiese maltratado a Snape de joven? ¿A quién le importaba que su madre odiara a su padre cuando eran jóvenes? Estos no eran más que sus únicos recuerdos, recuerdos que tuvo que escuchar por persona ajenas a él, recuerdos que no pudieron ser remembrados a él por sus padres… recuerdos que fueron borrados por culpa de Voldemort.
Desde hacía 17 años esto no había sido más que un duelo entre él y Voldemort. Era por ello que Harry se mostraba tan reservado… Harry lo quería sólo para él, aunque estuviese aterrado de lo que podía pasar, una parte muy profunda de su ser lo quería para él, lo quería para vengarse de él. Así se mantuvo, quieto, tenso, como si sus recuerdos le quemasen más que una llama; pero aunque todo su ser deseaba tapar su herida, la parte más oculta de él se aferraba a ese dolor como si fuese algo muy valioso.
Harry levanto lentamente su mirada y por un momento no divisó al mismo viejo desdentado de antes, había cambiado, su rostro ya no generaba la misma sonrisa burlona y la expresión de sus ojos había cambiado: ¡no! Más bien parecía como si su figura estuviese rodeada por un fuego externo brillante. El anciano le devolvía la mirada mientras asentía:
—Por fin lo has entendido… legendario bizarro —concluyó.
El repentino cambio de actitud del anciano sorprendió al trío. Hasta ahora sólo había comprendido pequeñas partes de la conversación y se mostraban ansiosos por saber más, pero algo en el brillo que los ojos del anciano lanzaban les hacía comprender que pronto sus dudas serían satisfechas.
—Estoy preparado para pagar el precio —dijo Harry rompiendo el incómodo silencio generado.
—¿Y tus amigos? —dijo el anciano imperturbable.
—Si lo aceptan compartiré mi conocimiento con ellos.
—¿Qué responden los amigos? —preguntó el viejo.
Ron, Hermione y Ginny miraron inquisitivos a Harry.
—Tengo que decirles que aprender el secreto de la destrucción de los horcruxes tiene un precio. Aún ignoro cuál sea ese precio, pero el horcrux utiliza una magia tan oscura, que el hecho de conocer como puede ser destruido (sin haberlo descubierto uno mismo) tiene sus consecuencias. Puede ser peligroso, por eso deben estar dispuestos a correr el riesgo.
—Nos hemos enfrentado a una centena de dementores, hemos combatido con los mortífagos, hemos sobrevivido a ataques de: dragones, gusanos gigantes y homo arácnidos. ¿En serio crees que nos importa correr un riesgo más? —señaló Hermione con una media sonrisa dibujada en su boca.
Harry asintió con presteza. Estaba convencido de que sus amigos dirían eso, era su fuerza lo que le permitía afrontar esta odisea, sin ellos habría fracasado hacía mucho tiempo.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Después les revelaré el secreto. —Y volviéndose hacia el anciano preguntó—. ¡Ahora necesito saber en donde estamos!
—Ustedes están en el escondite secreto de la Orden de los Hermeticus.
—¿Quién es usted? —preguntó Harry con seriedad.
El anciano sonrió y dejo escapar una risotada que sonaba más bien como un leve silbido. —Yo soy, o mejor dicho fui, un miembro de esta orden.
—¿Es usted un fantasma? —cuestionó Ron.
—No exactamente —contestó el anciano—. Más bien soy un objeto roído.
El cuarteto miró al hombre con profunda extrañeza.
—¿Objeto? —Cuestionaron Harry y Ginny.
—¿Roído? —señaló Ron con sorpresa.
Hermione no dijo nada, pero de pronto sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras balbuceaba: —No…. no puede ser…
—¿Qué ocurre? —preguntó Harry alarmado.
—¡Harry! —Hermione intentaba hablar pero su voz era una mezcla de sorpresa y excitación—: es él… ¡Es el sombrero seleccionador!
