Hola volví! y en forma de fichas (?). No tengo demasiado tiempo para escribirles a uds. porque me estoy yendo rajando, pero podrían compartirme en sus páginas ya que se acerca el final. A todo esto, la idea de la corte abierta me la robé vilmente de Recovery, redemption and romance. De todos modos ya lo había hecho el Rey Arturo, pero creo que en tal caso fue un semi-robo jaja. Espero que les guste. Adieu!
Capítulo 21
El alba la encontró sola en su habitación, rabiando porque otra vez le había hecho lo mismo: no decir ni una palabra. Sin embargo, no tuvo demasiado tiempo para enfurecerse, porque enseguida los sirvientes le ayudaron a vestirse y peinarse con las ropas más lujosas que hubiera usado jamás. Estaba acostumbrada a la ropa de montar, o a lo sumo unos vestidos ligeros; pero nunca había tenido un vestido tan enorme y complejo como ese. Predominaba el azul, con algunos detalles en dorado y costuras en rojo; en concordancia con el emblema que adornaba los estandartes de la sala del trono. Mientras entraba, se preguntaba si habría sido un sueño la noche anterior, o cómo diablos la había llevado a su habitación en la mitad de la madrugada sin que nadie lo notara o sin que ella despertara.
Cuando atravesó el umbral, Fingon y Turgon ya estaban allí, en sendos tronos a la izquierda del trono enorme, cómo las elfas le habían adelantado. A paso tembloroso, sin olvidarse de la incomodidad del vestido; avanzó hacia el otro extremo. Recién cuando estuvo sentada logró ver la enorme cantidad de audiencia que iba a tener la Corte Abierta. Seguramente les tomaría todo el día. Se le hizo un nudo en la garganta, miró el trono vacío hacia su izquierda y luego dirigió una mirada furtiva a los hijos de Fingolfin que hacían de consejeros en esa ocasión. Ambos le dedicaron una mirada dulce, pero no supo decir si fue en apoyo o una muestra de lástima; lo cual la hizo ponerse aún más nerviosa. Todas las miradas se dirigieron hacia ella, sintió el color subir a sus mejillas, le ardían mientras sus manos temblaban y el nudo en la garganta se hacía más grande aún.
Cuando sintió que la presión era tanta que tendría un paro cardíaco allí mismo, un sirviente anunció la entrada del rey. La audiencia se abrió para dejarlo pasar, apoyando una rodilla en el suelo a medida que avanzaba. Su mirada era fría y autoritaria, más aun que en otras ocasiones; sólo lo había visto así en su combate con Glorfindel. Una corona de oro y mithril se veía perfecta sobre su larga melena dorada; se veía espléndido, en un traje que combinaba con sus mismos colores de estandarte. Fingon y Turgon fueron los últimos en arrodillarse; mientras Dianna se preguntaba fugazmente su debía hacerlo o no. Recordó aquella vez en que le había dicho que no debía inclinarse ante él, pero aún así; todos lo hacían. Se decidió a hacerlo, era mejor quedar mal por demasiada educación que por ninguna educación en absoluto.
El Alto Rey se quedó de pie a su lado y le tendió su mano derecha, para ayudarla a levantarse, ¿eso quería decir que se había equivocado? Buscó algún indicio en su mirada, pero sólo encontró esa mirada gélida y severa, tan fría como la piel de sus manos. No soltó su mano, y le indicó con la mirada que lo siguiera, que se sentaran al mismo tiempo; recién ahí los demás recobraron su posición. Supo que había notado que estaba temblando de pavor, y hubiera vendido su alma por una palabra de aliento, o una mirada cálida siquiera; pero él simplemente miró al frente y dejó de prestarle atención.
-Amigos míos –comenzó Fingolfin con la voz más fría y potente que hubiera escuchado jamás sobre la tierra-. Bienvenidos. Ante todo, quiero disculparme por mis años de ausencia. Les prometo que ha sido para mejor, por el bien de Beleriand –tomó aire, con evidente tensión-. Además, quiero presentarles a la dama a mi diestra. Dianna ha venido a ofrecer su consejo con criterio y humildad. Deben oírla con atención; ya que su voz es igual a la mía, y cada orden que ella imparta tendrá igual peso que si la hubiera dado yo personalmente –la media elfa sintió aumentar el nudo en su garganta, con la sensación de que la tierra la tragaría en cualquier segundo-. No olviden, además; prestar suma atención a los consejos de los fieles aliados que ya conocen; ya que nunca los han defraudado. Turgon ha manejado sabiamente esta nación, y por eso le estoy sumamente agradecido –inclinó la cabeza en una pequeña reverencia-; mientras que Fingon ha levantado esta ciudad más de una vez con sus valiosos consejos –imitó a su hermano, inclinando la cabeza-. Sin más, declaro inaugurada esta Corte Abierta.
Recién entonces comenzaron a avanzar aquellos individuos que deseaban consultar al rey. La fila era muy larga, puesto que (y recordó lo que había dicho Turgon tiempo atrás) esperaban sólo a Fingolfin para que les diera su consejo. Además, todos los que pasaban se ponían cordialmente al servicio de la elfa, preguntándose si ya la considerarían reina, esposa, o qué. Lo primero, y lo más rápido; eran parejas pidiendo permiso para contraer matrimonio, o presentando a sus hijos. El rey contestaba con pocas palabras, mientras los demás consejeros guardaban silencio. Una hora y media después, comenzaron las verdaderas consultas. Al principio Dianna se limitó a oír a los otros tres, sin atreverse siquiera a pronunciar una palabra. Por eso se sintió desconcertada cuando una dama requirió específicamente su consejo. Intentó deshacer el nudo que tenía en la garganta y contestó con la mejor sonrisa que pudo.
-Estoy a tu servicio; por favor, dime qué te aqueja.
-Tengo un único hijo. Mi esposo ha perecido en la Batalla Gloriosa, y él es todo lo que me queda en este mundo. Pues resulta que se ha enamorado de una humana de Eriador, y requirió mi permiso para viajar a esa lejana tierra y contraer matrimonio con ella. Pero sé que su vida sólo será un momento, si le permito a mi hijo casarse; pronto sucumbirá a la pena. Sin embargo, no tengo corazón para negarle a su único amor. ¿Qué debo hacer? –Dianna se mordió el labio, en verdad era un dilema.
-Dime algo, ¿la humana corresponde a tu hijo? –la dama asintió.
-Existe entre ellos un amor puro y perfecto. Es por eso que me cuesta tanto separarlo de ella –la media elfa sonrió, ante la mirada atenta de Fingolfin, Turgon y Fingon.
-Pues entonces ya es tarde –sentenció-. Si en verdad se aman, ya es tarde para separarlos. Si te niegas ahora, será ahora que se deje hundir por la tristeza; sabiendo que ella está allí, lejos de nuestras fronteras, pero sigue en esta tierra sin poder siquiera observarla. Eso sería tristeza verdadera, extrañar a alguien que se tiene al lado. Cuando la vejez se lleve a la humana, él lo entenderá; puesto que sabe que es esa su naturaleza. Sin embargo, aunque se sienta apenado; también se sentirá agradecido por haber compartido toda su vida con ella –miró fijamente a la dama- ¿Me explico con claridad?
-Por supuesto, mi señora –bajó la cabeza, no pudo mantenerle la mirada; y eso la sorprendió de igual manera que la apenó.
-Mi consejo es que le permitas casarse con la humana –aún sonriendo, volteó su cabeza hacía Fingolfin- ¿Tú qué crees, mi señor?
-Es tu decisión, mi reina –contestó fríamente-. Si crees que es lo correcto, pues tienes mi apoyo, como siempre –por una fracción de segundo le pareció que le dedicaba una mirada dulce, pero enseguida volvía a ser frío. La dama agradeció con una reverencia y se retiró. Bien, quizá no era tan difícil; ya había aconsejado antes, al lado de Turgon. Con los ánimos renovados, logró participar un poco más activamente en los debates que se generaban entre los príncipes y el rey. Pero él siempre tenía la última palabra, y nadie se atrevía a contradecirlo.
Las horas avanzaron con tranquilidad, mientras la fila parecía ser interminable. Siguieron hasta altas horas de la madrugada, porque la Corte Abierta sólo se termina cuando todos hayan efectuado sus consultas. Aunque todos comenzaban a parecer cansados, Fingolfin seguía severo e inflexible; mientras Dianna recordaba lo que habían dicho sus amigas sobre la aparente carencia de sentimientos del rey elfo. Grande fue su sorpresa cuando fue Glorfindel quien se aproximó a pedir su consejo. El rey pareció fulminarlo con una mirada asesina, mientras la elfa a su derecha simplemente esquivaba la mirada. Fingon y Turgon supieron que algo se estaban perdiendo, pero no se atrevieron a meterse en tamaño enfrentamiento entre rey y capitán.
-Deseo solicitar mi antiguo puesto en Angband –dijo con decisión.
-No –respondió resueltamente Fingolfin.
-Insisto, su alteza.
-No. De cualquier modo, ¿qué haces aquí? –siguió, con evidente desprecio.
-He sido absuelto en un juicio justo. No soy de utilidad en las mazmorras, a pesar de eso he acatado la orden de mi señor Turgon.
-Te recuerdo que la última vez que estuviste en Angband abandonaste tu puesto, ¿qué te hace pensar que podría confiar en ti una vez que me has traicionado? –la voz del Alto Rey parecía congelar el aire entre ellos, mientras todos los presentes comenzaron a sentirse intimidados.
-No seré tan ingenuo como para pensar que me dejará sin supervisión por segunda vez –aventuró Glorfindel en voz baja, dejando ver que en verdad se sentía intimidado por el poder del Rey Supremo.
-La respuesta es no. Retírate, ya es tarde y los demás esperan su turno –respondió con voz firme, y el capitán no tuvo otra opción que girar sobre sus tobillos y enfilar para la salida. Pero una voz que no esperaba lo detuvo.
-¡Espera! –gritó Dianna. Eso sobresaltó a todos los presentes, muy especialmente a su amado; quien le clavó una mirada asesina, pero no objetó- Vuelve a tu puesto, todos sabemos que eres un buen capitán; sin embargo, un escuadrón fiel te acompañará. Sabe Eru que no quisieras volver a la cárcel, así que te comportarás –Glorfindel sonrió de triunfo, no podía creerse que justamente ella la hubiera defendido, después de todo lo que le había hecho.
-Bien, como tu voz es igual a la del rey, supongo que es todo. Te lo agradezco, joven Dianna –dicho esto se giró y se retiró sin dar oportunidad a nadie a decir nada más. Fingon y Turgon estaban muy quietos, expectantes; intentando preveer el próximo movimiento del rey elfo. Estaba enfierecido, era palpable. Apretaba sus nudillos y rechinaba sus dientes con fuerza, sin mirar a la elfa sentada a su diestra; con agujas de hielo saliendo de su mirada.
El resto de la Corte Abierto pareció durar tres veces más que todo el resto. Continuó con normalidad, pero algo había cambiado entre ellos. Fingolfin no volvió a dirigirle la mirada, y supo que había arruinado todo. Volvió a sentir ese nudo en la garganta, acompañado por un malestar estomacal que se hacía más hondo según pasaban los minutos. Sintió deseos de llorar, sintió temor de perderlo para siempre; este había sido un día frío pero tolerable y sin embargo ahora se sentía congelarse bajo sus ojos. Se preguntó si había alguna forma de excusarse e irse, pero pudo percibir a Turgon negando suavemente cuando cruzó con él una mirada de súplica.
De repente y sin darse cuenta, todo acabó. El rey fue el primero en retirarse, al igual que había sido el último en llegar. Luego fue el turno de Dianna, quien avanzó entre las multitudes con la cabeza gacha esperando que no pudieran percibir su malestar. Cuando se notó sola descansó su espalda contra una pared y cerró los ojos, intentando respirar con mayor amplitud. Pero alguien la tomó por la muñeca, abrió los ojos para encontrarse con los ojos gélidos de Fingolfin, que parecían intentar asesinarla con la mirada.
-Ven a mi habitación en una hora, tenemos que hablar –esa frase horrible pareció confirmar sus temores, lo había arruinado todo. Aprovechó esa hora para quitarse ese vestido que oprimía su respiración y darse una ducha; antes de plantarse frente a la puerta de su elfo y tomar aire para tocar la puerta. No lograba dejar de temblar.
