Aquí estoy con el siguiente :D Tengo la sensación de que tenía muchas cosas para introducir este capitulo... pero como que se me han olvidado todas... serían mentira. Espero que os guste esta actualización ;)

Capítulo 21. Vértigo

No perdió tiempo, en cuanto el otro se despistó, con una risilla de gnomo malvado fue a su cuarto, se desnudó y se tiró. Al entrar su novio; luego de haberle llamado y buscado por toda la casa; lo encontró así, tal cual, con la cabeza colgando de los pies de la cama. Éste tuvo que resoplar.

–Eres inagotable.

El chico marcó un exagerado y aniñado puchero.

–Eso significa que no lo vamos hacer.

Law no pudo evitar que le viniera una risa. Como siempre, ese crío hacía lo que quería con él.

–Tú ganas –dijo, con falsa molestia y resignación.

Caminó hasta los pies de la cama. Se arrodilló y sus labios quedaron muy cerca de lo labios de Luffy, sostuvo su cabeza para acercarle. A la inversa el uno del otro, se besaron.

Al separarse el chico soltó una carcajada a media voz.

–Que raro del revés.

Law sonrió, volvieron a besarse. El chico estiró los brazos hacia el cuello del médico, al principio sólo para enlazarla las manos en su cogote y profundizar el beso, pero en breve se dedicó a intentar quitarle la camiseta. En la posición de ambos era complicado, así que fue Law quién se descubrió el torso.

El médico apoyó las manos en la orilla, avanzó hacía delante, poco a poco, a la vez que bajaba por el cuerpo de Luffy, acariciándolo con sus besos: el cuello, el hombro, el pecho; de manera reciproca, puesto que el chico también lo besaba y acariciaba. Se adentró así en la cama; flanqueando a su compañero con entre su cuatro extremidades; y llegó hasta al nacimiento de las piernas del menor.

Luffy cerró los ojos, inspiró, al sentir el aliento de Law en su ingle. Dejó escapar pequeños suspiros, cortos gemidos que apenas salían de su garganta, al notar como el otro besaba y daba pequeños mordiscos.

La mano derecha del médico tomó su virilidad. Dio una pequeña lamida en la punta, consiguiendo que un estremecimiento subiera por la columna vertebral del chico; luego, la cubrió con la calidez de su boca.

–Mm... Torao...

Los dedos izquierdos de Law buscaron su entrada y la acariciaron con las yemas, disfrutando de como ésta se contraía por el tacto. Éstos decidieron subir de nivel, uno de ellos traspasó el anillo. El cuerpo del Luffy se arqueó, el chico tenía la respiración cada vez más entrecortada gracias a los estímulos del médico. No quiso quedarse atrás. El botón del los vaqueros del médico estaba sobre su cabeza, llevó las manos hasta ahí y lo desabrochó, algo nervioso. Quedó entonces, la virilidad de Law, tan liberada y expuesta como la suya. Se relamió y levantó la cabeza. La engulló, a la vez que oía un ronco gemido por parte del otro. De haber podido, el chico hubiese sonreído satisfecho.

Se dedicaron el otro como si se tratase de ellos mismos, de manera egoísta y entregada a a la vez. En ambos emergió la idea de que estaban compitiendo y no repararon en gastos en cuanto a energías por complacer. Estaban muy igualados, pero al final Law ganó terreno y fue el primero en sentir el sabor de Luffy; aunque por poco, puesto que degustarlo, a la vez que notaba como la boca y entrada del chico se contraría, fue lo último que necesitaba para irse el también.

Todavía embriagado por el placer, Law se quitó de encima de Luffy y se recostó el colchón, con la cabeza en la almohada. Se limpió un poco con el dorso de la mano y miró desde ahí la cara ruborizada y sudada del chico, que se había puesto de lado, así como un poco ovillado, con los ojos hacia él. Sonrió, le gustaba demasiado esa expresión.

Luffy, por su parte, también sonreía; tocó uno de los pies de Law que estaban al lado de su cara, los tenía fríos, y lo acarició para pasarle algo de calor. Sin dejar mirar a los ojos del otro. "Te quiero", le hubiese dicho, llenaban tanto esas dos palabras su pecho que poco faltó para que no cruzaran el límite y salieran de su boca. Pero en su lugar...

–¿En qué piensas, Torao?

Law se le quedó mirando, manteniendo su sonrisa. Acarició al chico por encima de la rodilla.

–En que hace tan sólo unos meses ni se me hubiese ocurrido pensar en un momento como este.

–¿Como este? –sabía a que se refería, pero quería seguir oyéndole hablar.

–En un momento que te haces mio –dijo, con voz suave.

Pero al contrario de lo supuesto, Luffy le frunció el ceño. Dejó los pies de Law, se puso bocarriba, cruzado de brazos y con la mirada en el techo.

–Yo no soy tuyo, Torao.

Law le observó, un tanto sorprendido.

–No quería decir que me pertenecieras como una cosa, o algo parecido, eh.

–Ya lo sé. Pero aún así: yo no puedo ser tuyo –hizo una pausa. Sonrió, con inocencia y, tal vez, con ganas de chinchar–. Porque tú ya eres mio.

Law se tomó su tiempo en contestar; enrojecido y temiendo que se sus latidos se pasaran de decibelios. Sin embargo, cuándo lo hizo, sonrió relajado, felizmente resignado.

–Vale.

Luffy, perplejo, creyó no haber entendido bien, levantó la cabeza para mirar al médico a la cara. Law se encogió de hombros.

–Soy tuyo.

Le ardieron las mejillas, el cuerpo entero le tembló, su mente se quedó en blanco. De golpe, se incorporó y plantó su culo en el estómago de Law, lo que sacó otro gemido ronco, pero sin ninguna intención que pudiera interpretarse como sexual. El chico sujetó sus muñecas, sobre la almohada a ambos lados de la cabeza del médico. Le miró firme. Luego carcajeo.

–Eres mío.

Hasta Law, molesto por el golpe, se contagió rápidamente de esa luz que desprendía Luffy. Volvieron a besarse y volvieron a tocarse. Tenían que aprovechar que era fin de semana y ningún peliverde obsesionado con el trabajo estaba ahí para decirle que bajaran el volumen o se fueran a un motel.


Se abrió la puerta del cuarto de baño, con una bocanada de vapor de agua. Zoro salió descalzo, vestido con unos pantalones de deporte y una camiseta, a la vez que se frotaba el pelo con una toalla. Dejó ésta sobre sus hombros, agitó la cabeza para finiquitar el secado; tomó aire y exhaló de gusto. El agua caliente le había sentado demasiado bien, hasta se notaba medio atontado.

Oyó trajín fuera de la habitación pocos segundos antes de percibir un olor extraño; extraño porque era dulce y ni Mihawk ni él eran muy aficionados a ese tipo de comidas. Tras tirar el gurruño toalla húmeda sobre la cama, traspasó la puerta del dormitorio y fue a la cocina. Al ver lo que el mayor estaba haciendo no pudo evitar sorprenderse, como tampoco soltar una risa corta que llamó la atención de éste.

–No te pega nada hacer tortitas para la cena.

Mihawk le correspondió la sonrisa, aunque con cierta rigidez. Le apartó la mirada para echar más masa de tortitas sobre la sartén.

–Ha sido involuntario, cuando he querido darme cuenta ya las estaba haciendo.

–¿Hum? ¿Y esto? –preguntó al acercarse y recoger un bote de la encimera–. Sirope de chocolate... ¿teníamos de esto por aquí?

El otro no respondió, al menos no en el tiempo en que el peliverde cogía un plato limpio para servirse unas cuantas tortitas, junto con unos cubiertos y el sirope, y se sentaba en la mesa de la cocina a comer.

–En realidad he bajado al supermercado mientras te duchabas –confesó un poco incómodo.

Zoro casi se atraganta.

–¿En serio? –preguntó con la boca llena–. ¿Pero qué tienes, un antojo?

Mihawk resopló con cierto desespero.

–Es una vieja manía –sacó con la paleta de cocina otra tortita recién hecha y vertió más masa–. Cuando mi hija era pequeña le daban grandes berrinches; en esa época no sabía como lidiar con ella, me ponía muy nervioso; esta era la única manera de calmarla a ella y que, por efecto encadenado, me calmara yo. Supongo que todo aquello se me quedó grabado, cada vez que siento agobio o ansiedad... Es como si al terminarlas los berrinches de mi cabeza se disiparan.

Zoro se le quedó mirando. No era lo común verle así: como un padre. En cierto modo le costaba imaginarlo.

–A veces se me olvida que tienes una hija –comentó con simpleza mientra comía–. Aunque, bueno, a tu edad sería raro que no la tuvieras.

El mayor le miró de reojo una última vez antes de hacer la última tanda de tortitas y sentarse con él.

–Supongo que, a veces, a mi también se me olvida que te duplico en años. Deberás verme como un viejo.

–¿Viejo? ¿En qué planeta del espacio exterior se te podría ver como un viejo? –le replicó–. Más posibilidades tengo yo de que me llamen niñato que a ti viejo. Y que conste que no digo que yo lo sea. ¿Qué pasa?

Preguntó esto último al ver que Mihawk se le había quedado mirando con los ojos muy abiertos, no muy diferente de como se hubiese quedado con una aparición fantasmagórica. En un repullo, el mayor se espabiló.

–Nada –recogió sus propios cubiertos–. Cosas mías.

El peliverde se extrañó. Pero se encogió de hombros y no dijo nada. Dieron un par de bocados más en silencio.

–¿Y por qué estás tan nervioso? –preguntó. Mihawk no pareció entenderle–. Has dicho que cuando preparas tortitas es porque estás agobiado, ¿no? Será por algo.

Con la mirada en otro punto de la cocina, el mayor quedó pensativo unos segundos. Se pasó la mano por la barba un par de veces, como si no supiera por donde empezar, y se echó lo cabello de la frente hacía atrás; al final se decidió, tomó aire y fue a abrir los labios para hablar.

Pero al volverse se quedó quieto, justo cuando sus pupilas se encontraron con el rostro peliverde. Sin que pudiese evitarlo, se le fue formando un sonrisa que intentó contener; tuvo que taparse la boca para cubrir risa que quedó en suspiro.

–Será mejor que vayas a por una servilleta.

El joven profirió una especie de gruñido entre interrogaciones.

–Te has manchado chocolate –se señaló en la comisura para indicar dónde, pero lo hizo de manera que se entendiera que la mancha en cuestión cubría bastante terreno.

Zoro arrancó a levantarse, rápido, hacia la encimera, donde estaba el servilletero. Muerto de la vergüenza y sin mirar al mayor, se limpió con ganas. Había que joderse, ¡ni que fuera un crío! Encima justo cuando había afirmado que no era un niñato.

–¿Ya? –preguntó más que molesto–, ¿se me ha quitado? –le mostró primero un lado de la cara y luego el otro.

Mihawk sonrió una vez más.

–Casi –le dijo en un tono suave, antes de levantarse y acercar su mano a tomar la barbilla del joven–. Creo que sigues teniendo un poco aquí.

Zoro cerró los ojos al notar los labios de Mihawk sobre mejilla, luego sobre su comisura y finalmente en su boca, la cual abrió para él, a la vez que se echaba un poco hacia atrás para apoyarse de manos en la encimera; dudaba de que siguiera teniendo algo de chocolate, pero la verdad es que pasó a darle absolutamente igual. El mayor dio un último beso en su cuello, un mero toque que duró lo que el peliverde sintió el roce de la respiración del otro sobre su piel. Luego, abrazó al joven y apoyó la cabeza en su hombro.

–Todavía no entiendo como cada momento contigo siempre se vuelve perfecto –susurró.

El joven sintió como algo cálido crecía en su pecho al oír eso; enrojecido por aquella declaración, sonrió. Correspondió el abrazo, con su mano izquierda en la nuca del mayor para acariciarle un poco de sus cabellos

–Yo tampoco –le besó en el oído–. Excepto por aquella vez que te diste el gusto a mi costa y me dejaste más tieso que un mástil de barco –le tono cambió drásticamente a reproche.

Mihawk tragó saliva.

–Creo que ya te pedí perdón por eso –le recordó.

–Sí, y me regalaste unos pendientes para compensarme. Un detalle.

El mayor alzó cabeza. Le entrecerró los ojos.

–Si no te gustan no te los pongas.

–Lo haría, pero habrá que tenerte contento.

Se mantuvieron la mirada afilada unos segundos. Seguidamente, rieron entre dientes. Mihawk juntó frente con frente. Zoro acarició su barba y pasó su pulgar por uno de sus bigotes.

–Como te gusta provocarme.

–Como si a ti no te gustara que te provoque.


Law fue el segundo en meterse en la ducha, aunque no tardó demasiado en salir; o al menos no tanto como lo había hecho Luffy, que se había pasado en el cuarto de baño dos horas y media, era un derrochador nato.

Al volver a la habitación se encontró al chico en la misma posición que antes, con la cabeza a los pies de la cama y los pies hacia el cabecero; por suerte, en esta ocasión no estaba desnudo y se entretenía viendo alguna tontería en el móvil con los auriculares puestos.

Luffy cortó una carcajada en seco cuando vio que el médico recogía un bote de crema hidratante y, sentado a su lado, se lo echaba en los brazos, más concretamente por las partes marcadas con tinta.

–¿Qué haces, Torao? –se giró en la cama para apoyarse de codos y quitarse uno uno de lo auriculares.

–¿Hum? Con los años los tatuajes siempre se estropean y hay que retocarlos, pero si se cuidan como es debido más tiempo pasaran en buen estado.

–¿En serio? –dijo con pesadez–. Yo creía que bastaba con hacértelo y ya.

–Tampoco es demasiado trabajo: Hidratante después de cada ducha y solar de protección alta cuando te va a dar mucho el sol.

Luffy resopló con una pedorreta, cosa que el médico prefirió ignorar y seguir a lo suyo; había terminado con los brazos y manos, empezó con el pecho. El chico se fijó en el tatuaje de su espalda; profirió una risilla.

–Torao, a la espalda no llegas, ¿verdad? Si quieres puedo echártela yo –y en un gesto inocente, extendió los brazos hacia él para que le diera el bote.

Law, casi de acto reflejo, alargó el brazo para pasarle la hidratante a Luffy; sólo que, en el último segundo, le vio las orejas al lobo. Retiró el bote antes de que el otro lo cogiera.

–Sin obscenidades. Estoy cansado.

Luffy marcó un exagerado y feo mohín de los suyos, de plena decepción. Como siempre, resultaba demasiado transparente. Aún así:

–Vaaale.

Se sentó en posición de loto a la espalda del médico, el cual le pasó, esta vez sí, el bote.

–No vayas a gastarlo entero. Con que cubras las lineas está más que bien.

–Vaaale.

Law, con los codos sobre la rodillas, esperó a ver si el chico no hacía uno de sus estropicios de bruto. De alguna milagrosa manera, Luffy entendió lo que el médico le había dicho y le puso la crema con bastante cuidado, con bastante mimo, sin segundas intenciones. Resopló de alivio, apoyó la barbilla en su mano.

–No es como si me arrepintiera, pero debí haber imaginado esta faceta sexual tuya. Eres todo gula.

–¿Gula? ¿No debería ser lujuria?

–Como yo lo entiendo la lujuria es priorizar el placer por encima de todo, y el placer no tiene que ser sólo el sexo; y la gula por su parte es una ansia inhumana por consumir, no tiene que ser sólo en cuestión de comida.

–Pero entonces sí sería la lujuria.

–Tú eres la gula porque estas obsesionado en consumirme como si fuera un bufet libre –giró la cabeza por encima del hombro para hablarle con ese reproche tajante.

A Luffy le dio risa esa comparación.

–Es que estas "muy bueno".

A pesar de que el comentario le enrojeció y le obligó de nuevo a mirar al frente, resopló una vez más, el chico no tenía remedio.

–Torao –le llamó un poco aniñado.

–Dime.

–La semana que viene es mi cumpleaños.

–Ya lo sé, ya te dije que iba a ir. No se me ha olvidado.

–Es que no pareces muy fiestero.

–No hables tan a la ligera, yo ya sabía lo que era un fiesta de verdad cuando tú apenas empezabas la primaria.

–Oh, ¿de verdad? Entonces... si te digo que será una superfiesta ¿vendrás?

–Sí.

–¿En un local con terraza y discoteca?

–Sí...

–¿Con mucha comida, bebida y gente?

–Que sí.

–¿En el ático del rascacielos de hotel recién inaugurado?

–Te digo que... ¿¡Pero que mierda de niño de papá millonario eres tú!?

–¿Qué dices? ¡Pero si Shanks estás encantado! –carcajeó–. Fue él mismo el que me dijo que lo hiciera en ese sitio.

A Law le dio un tic en la ceja izquierda.

–Te lo pone todo por delante, por lo que veo.

–Sí, siempre me ha cuidado mucho, aunque a veces es un poco gilipollas, como lo que pasó con Zoro.

–Me acuerdo –y no le extrañaba que le hiciera encuesta al peliverde, más teniendo en cuenta la repentina inquina que le cogió el pelirrojo al enterarse de que era el novio de Luffy–. Se ve que tenéis buen relación, nada más por lo que hablas y como hablas de él –se acordó del otro hombre que había en casa de Luffy, moreno y de ojos amarillos–. Oye, de tu otro padre no dices demasiado.

–¿Qué otro? Ah, Mihawk. Mm... La verdad es que no tenemos mucha relación. De pequeño me echaba alguna que otra bronca, era muy estricto, pero Shanks se metió en medio para que no lo hiciera. Más que eso nada. Siendo sincero, me cuesta verlo como padre. A Perona pasa lo mismo con Shanks, Se lleva bien, pero ni le hace caso.

Y tampoco, por lo que pudo apreciar Law, parecía que entre Perona y Luffy se hubiese formado nada que se asemejara a una relación fraterna. Le panorama era más bien de dos familias monoparentales que compartían piso diplomáticamente.

–Suena todo muy impersonal.

–¡Qué va! ¡Si Shanks y Mihawk se quieren mucho! Y llevan juntos toooda una vida, que hasta yo le pregunté a Shanks que si no se cansaba; sobre todo porque Mihawk es un poco aburrido y como que meh... –se encogió de hombros–. Pero él me dijo que jamás podría aburrirse porque eso significaba estar enamorado. En ese momento no le entendí y le llamé cursi, pero ahora si lo entiendo. ¿Y sabes por qué? –hizo una pausa dramatica, esperando a que el médico se girara para cruzar miradas. Sonrió–. Pues que yo también pasaría mi vida entera contigo, Torao.

Le abrazó con fuerza, con la misma fuerza que el rubor abrasó a Law.

–¡Quieres ponerme la crema y dejar de decir tonterías!

Lo intentó apartar, pero solo no lo consiguió sino que Luffy aprovechó para meterle mano descaradamente: con la boca marcando su hombro, la mano izquierda en el pecho del médico y la derecha en su entrepierna.

–¡Deja de violarme!


Zoro llegó a Entrevista sin disimular, para nada, un desafinado bostezo. Al cerrar la boca y abrir los ojos llorosos de legañas se topó de frente con Yasopp, de brazos cruzados y mirada severa. El peliverde se esperó algunos de sus rutinarios sermones; por llegar tarde, por bostezar, por lo que fuera. No obstante, lo que hizo el jefe de entrevistas, fue abrazarle de una manera que daba tanto vergüenza ajena como propia.

–Como te voy a echar de menos, mi pequeño y estúpido impertinente –dijo, conmocionado.

–Yasopp... Puedes soltarme, tengo trabajo que hacer –le parecía absurdo ser él el que se lo dijera a su superior.

–Claro, claro –se soltó y dio dos palmadas de ánimo, que más bien era él el que las necesitaba–. Haz cualquier mierda que tengas que hacer, no se te vayan a acumular y se te retrase aún más tu traspaso a Competiciones.

Zoro vio como se iba, gimoteando; se le anuló su capacidad hasta para comentarlo.

–Parece que tu marcha le ha afectado más de lo que quiere reconocer –le dijo Robin.

–Ya veo, ya...

–Aunque no será el único, yo también extrañaré hacer equipo contigo –le sonrió amable.

Aquello le pilló desprevenido, tanto que, en vez de actuar como una persona normal, se fue por esa vena de tipo duro y mosqueado.

–Tampoco es como si me fuera a morir, soló cambio de piso.

De suerte, Robin ya se lo conocía y se lo tomó como un "y yo también a ti".

–Bueno, será mejor que me vaya a trabajar, se me hace tarde y no quiero interrumpir tu visita.

La mujer se dio la vuelta antes de que el peliverde pudiese preguntar nada; de todas formas, comprendió rápido al darle Ace una voz al oído a la vez que le tomaba de los hombros, con la evidente intención de asustarle.

–¡Hey! ¿Cómo está mi arbusto viviente favorito? –le traqueteó sin ánimo de lucro–. ¿Ansioso por tu nueva vida en Competiciones? ¿Asustado? ¿Emocionado? ¿Impaciente?

–De momento lo que estoy es ansioso porque me sueltes.

Ace se rió y le dejó un poco de espacio para respirar.

–Sólo quería recordarte lo de la fiesta de Luffy.

–¿Lo de su cumpleaños? Lo tengo en mente –ya había hablado incluso con Mihawk puesto que caía en sábado. El mayor le dijo que estaría en el piso de todos modos, por si se hartaba antes de tiempo y quería descansar.

–Bien, bien. Luffy está muy ilusionado con que vengas, creo que también quiere celebrar tu traspaso.

–Pff... No debería esforzarse tanto. A mi con que me den una botella ya me apaño la fiesta.

–Me lo imaginaba, pero por esta vez síguele el juego –miró la hora en el móvil–. Tengo que irme. Ya nos vamos viendo. Ye recuerda que Luffy no es el único que se alegra de lo que has conseguido.


Apenas hacía cinco segundos que había llegado a la fiesta y Law se sentía fuera de lugar. El piso superior de un hotel, recién inaugurado, estaba conformado por paneles de cristal que describían la forma de una cúpula, lo que; más que bonito por su vista al inmenso cielo; creaba un efecto de "cerrado al vacío". Por lo menos el arquitecto pertinente pensó de antemano en ello y algunos de esos paneles podían desplazarse o desplegarse para hacer de puerta o ventana, respectivamente, y dejar pasar una sutil brisa. En la terraza, por su parte, entre plantas tropicales y estanques, había una mezcla de selva y patio japones que por algún milagro conseguían no desentonar la una con la otra, al menos no del todo. Y como era de esperar, estaba todo petado de gente, sentados entre fuera y dentro, que iban de las mesas a la barra central, de la pista de baile al escenario. Comiendo, bebiendo, bailando.

–Oye, hermanito –le dijo Lami, la cual también había sido invitada–. ¿Luffy no tendrá otro hermano igual de rico por ahí escondido?

–Tiene una hermana.

–Mmm... entonces quizás pruebe cambiar de gustos una temporada –de repente dio un grito ahogado, agarró el brazo de su hermano clavándole las uñas–. ¡Law, mira ahí, por el escenario! ¿Ese no es el cantante Eustass Kid?

–Ni lo sé ni me importa –pero nada más que por como lo miraba su hermana ya le caía mal.

–¡Voy para allá a pedirle una autografo!

–¡Quieta ahí!

Fue rápido a sujetarla, pero ella fue más rápida. Se llevó la mano a la frente para resoplar.

–¿Así nada más llegar, Torao? –le habló una voz femenina, al girarse se encontró con Nami–. El homenajeado ni siquiera ha llegado.

–Sí, sí, lo que tu digas. Por cierto, ¿dónde ésta?

–Sus hermanos se encargaban de traerle.

–¿Hermanos? ¿Creí que sólo tenía una hermana?

Por alguna razón, la pelirroja sonrió con suficiencia.

–Así que no los conoces –se encogió de hombros–. Bueno, ya los verás, es cierto que no son hermanos de verdad, pero para ti... incluso podría decirse que son peores.

Law se preguntó cuándo esa chica dejaría de empeñarse en irritarle cada vez que se veían, sobre todo en ese momento que estaba ahí, manteniendo el tipo, mientras el momento de presentarse en sociedad como "el novio de Luffy" se acercaba de manera inminente. No estaba para acertijos.

–Ey, Law, Nami –apareció Zoro. Al médico le extrañó verle algo más arreglado de la cuenta; vaqueros, camiseta y chaqueta de vestir junto con la placa que siempre llevaba de colgante, además de un poco más peinado que de costumbre; en realidad, en comparación con los demás iba bastante más austero, pero de igual manera, ni cuando salía de fiesta por su cuenta Law le había visto tanto esmero en su buena presencia. Seguramente, al peliverde, se le había pasado por la cabeza ir un poco más tarde a la casa de ese hombre con el que estaba, para que le viera "así de guapo". A veces resultaba tan transparente como Luffy–. Ya estáis los dos aquí, creí que os habíais perdido –bebió de la botella de cerveza que tenía en mano.

–Tendrás cara –le regañó ella–. Si eres tú el que siempre te pierdes. ¿Cómo has llegado aquí tan pronto? ¿No tenías que hacer una entrevista en nosédónde?

–¡Ha sido gracias a mi! –apareció alguien a la espalda de Zoro, alguien con una nariz prominente–. ¡El mejor amigo de sus amigos! ¡El gran Usopp! –rió con los brazos en jarra–. O mejor dicho: ¡El gran piloto de fórmula 1 Usopp! –y se volvió a reír.

–Veo que ya conseguiste el carnet –comentó Nami.

–Oh, sí –respondió Zoro con sarcasmo–. Desde luego tiene talento para estar al volante, a punto hemos estado de estrellarnos como cuatro veces porque no dejaba de temblar como un flan.

–¡Eran temblores de emoción!

–De lo que fueran –dio otro trago–. Tu padre y tú sois como el agua y el aceite.

–¡Oye!

El tal Usopp se puso a cantarle indignaciones en el oído a Zoro, éste a ignorarle y seguir bebiendo. Nami se rió por lo bajini.

–Tu cara parece un cuadro. Y eso que todavía no has conocido a Sanji.

–¿Sanji?

–Sí, ahora mismo estará en la cocina con los últimos preparativos del pastel; junto con él, nosotros somos la tripulación de Luffy. Tenemos más posibilidades de pasarnos con él toda la vida que tú.

–¿Vas a seguir con la pullas toda la noche?

–Si quieres te dejo en paz –sonrió amable–, pero te costara lo suyo.

A punto estuvo de mandarla a freír espárragos, no obstante, fueron interrumpidos por un sonoro vozarrón que no podía ser de otra persona que no fuese ese niño mitad mono, mitad desastre:

–¡BUENAS NOCHES A TODOS! ¡YA ESTOY AQUÍ!

Hubo aplausos y vítores generalizadas, expresadas con muchas ganas y cariño. Aunque en esos casos, casi siempre, unos destacaban más que otros:

–¡Luffy! –dio un paso adelante una alta y exuberante mujer de larga y lisa melena oscura. Law recordaba haberla visto hacía menos de un instante dando imperativas a diestro y siniestro, con el pecho sacado de una manera tan exagerada que resultaba más ridícula que digna; ahora, su expresión y hechura era igual de intensas, pero en vez de impasible y cabreada se mostraba melosa y feliz. Empujó de bruces contra el suelo a dos jóvenes que iban cerca de Luffy; uno rubio y otro moreno con pecas; y abrazó al chico estampando lo que venía siendo su pechuga contra su cara–. ¡Como te he echado de menos amor mío!

Si a Law le hubiese dado tiempo a servirse algo, el hipotético vaso hubiese estallado en su mano de la presión.

–Uuuh... –Nami se llevó la mano a la boca para teatralizar una falsa preocupación–. Diría que nadie te ha hablado de Hancock.

–¿Hancock?

–Es la jefa de sección Mujer de Grand Line, está perdidamente enamorada de Luffy. Suerte con ella, ni yo como novia podía hacerle frente, ni Shanks como padre puede hacerle frente; quizás ni siquiera los servicios sociales como protectores de menores puedan hacerle frente.

Toda esa información era preocupante, pero lo que en realidad le preocupaba al médico no era aquella mujer que con gusto le hubiese arrancado esos senos como a las brujas de la Edad Media, sino la de Luffy. ¿Por qué no la apartaba? ¿Por qué se dejaba manosear delante de todo el mundo? Más sabiendo que Law estaba ahí, por él, esa noche, como su novio, como el novio homosexual que iba a quedar expuesto delante de ese innecesariamente opulento público. Una cosa era que el chico no le hubiese dado vueltas al asunto y otra que le valiera menos que un cero a la izquierda y se fuera a ligar delante de sus narices. Algo pinchó su pecho, ¿y si era para aparentar? ¿y si en realidad le daba vergüenza decir que le gustaban los hombres? ¿y si...?

–¡Torao! –gritó Luffy tras librearse de la mujer.

El chico rebasó la distancia como un corredor olímpico y saltó a los brazos del médico; que de poco no consigue ni sostenerle al vuelo ni sostenerse sobre sus piernas. Se enganchó, entonces, al cuerpo de Law, enlazando sus brazos la cabeza del médico y sus piernas a la cintura. Luego le miró, sonriente hasta mostrar las encías y le besó con un arrebato que llegó hasta su traquea.

El nuevo aplauso emocionado ante tamaña muestra de romanticismo fue unánime. Se evaporó cualquier tipo de neura.


La fiesta siguió su curso, junto con el cumpleañero, que el tener pareja no quitaba que fuera de un lado a otro como un hurácan. Mientras, el resto de la gente fue a presentarse y conocer a Law, en especial tres personas: Por un lado, Hancock, que no tuvo reparos en demostrarle su infinito desprecio y señalarle como el rival que un día insistiría en lamer sus tacones mientras ella lo pateaba como una cría de foca; por otro, Ace y Sabo, que lo flanquearon como dos guardias pretorianos.

–Vaya, vaya, así que tu eres el novio de nuestro querido hermanito –empezó el pecoso con una sonrisa helada–. Que alegría conocerte.

–Estamos seguros de que lo harás muy feliz –fue el rubio por el otro lado–. Porque si no tendrías un gran problema.

Law, a esas especie de clones de Zipi y Zape, pudo haberles respondido barbaridades en formas de pulla, pero dio la casualidad de que, en ese momento, Lami pasó junto a ese cantante punki pelirrojo frente de sus ojos.

–Así que tu apellido es Trafalgar –le decía el tipo a su hermana–. Resulta de lo más atractivo.

–Gracias –respondió Law al cortarle el paso–. Me viene de familia.

–¿¡Otra vez, Law!? –le reprendió la chica–. Déjame tener una vida.

Ese pequeño sketch valió para que los dos hermanos postizos de Luffy sintieran algo de empatía por el médico y se fueran a sus propios asuntos; sobre todo Sabo, que no podía ni quería descuidar mucho a Koala, mas hacía dos semanas que habían formalizado la relación y todavía estaban en esa etapa de pegajoso apego. Los hermanos pactaron atacar en otra ocasión en la que no se sintieran tan identificados.


El auge de la fiesta había pasado, se presentaba, a esas horas consideradas de madrugada, un ambiente de calma. En este contexto, el novio y los amigos más cercanos a Luffy, su tripulación, se sentaron en una misma mesa, acompañados por el mismo cumpleañero.

–Esta tarta está buenísima, Sanji –hablaba el chico con la boca llena–. La comería todos los días.

–Yo también –secundó Usopp, tragando sin parar–. Te has lucido.

–Le he puesto lo mejor de lo mejor –se jactó–, como no podrías ser menos para mi querida Nami –miró empalagoso a la pelirroja.

–Menudo viejo verde –comentó Zoro.

–Para verde tu pelo, cabeza cactus –se volvió hacía él de mal humor.

–¿Has dicho algo, ceja pasada de permanente?

Sus miradas de odio hacían saltar chispas; no tardaron mucho que agarrarse del cuello y liarse a mamporros. Nami les silenció con dos cogotazos.

–Oye, Torao –le llamó Luffy–. ¿Y Lami? Hace un rato que no la veo.

–El lunes tiene un examen, por eso no ha querido quedarse hasta muy tarde –para su suerte, pensó, porque ese punki pelirrojo se le había puesto más chulo de lo que su paciencia dictaba–. Me ha dicho que te de las gracias por invitarla.

–¡Dile que de nada! ¡Es una risa! –carcajeó.

–Ahora que me acuerdo, Luffy –le dijo Nami–. No he visto a Perona por aquí.

Zoro por poco no escupe la cerveza por la nariz al escuchar ese nombre. Miró de reojo a su amiga pelirroja, luego a Luffy. No era sólo la sorpresa de oír hablar de la hija de Mihawk en ese contexto, sino el porqué le preguntaba al chico por ella. No tenía sentido.

–Pues no sé –se hurgó la nariz con sólida desgana e indiferencia–. Esa niña viene y va. Creo que se fue de viaje a Transilvania. Creo. Pregúntale a ella.

El peliverde se relajó al oírle hablar así, deshizo de ese mal rollo y se rió de si mismo. Claro que tenía sentido, Shanks y Mihawk eran bastante íntimos, Luffy tenía que conocer a Perona por fuerza. Suspiró y en mente se reprendió, las cosas no pillarle siempre tan desprevenido.

–¡Zoro!

–¡Ah! ¡No me pongas la mano encima cuando te la acabas de meter en la napia!

–Siempre tan remilgado...

–¡Y tú tan cerdo! ¿Te crees que puedes ir pegándole las velas a la gente?

–De hecho –intervino Usopp– hasta es capaz de echarlas en los vasos que bebe la gente –e hizo que la mayoría recordara la vez que plantó un moco en el vaso de Zoro; éste le obligó a tragar su propia guarrería. Law, que era la minoría, prefirió fingir que era sordo.

–¡Y lo que nos reímos ese día! –carcajeó de nuevo–. Pero antes de que se nos olvide: tenemos que hacer un brindis.

–¿Otro más? –se cansó el narizotas–. ¿Cuántos brindis a ti mismo quieres?

–A mi mismo no, que pareces idiota. A Zoro –giró la cabeza hacía el peliverde para sonreirle–. Todavía no lo hemos celebrado que entraste en Competiciones.

–¡Bien! –se levantó Usopp con vaso en mano alzada–. ¡En ese caso procedamos oficialmente a celebrar que uno de los nuestros por fin a conseguido su objetivo!

–¿"Uno de los nuestros"? –repitió el peliverde–. ¿Somos una secta o algo?

–Tú a callar y a brindar –le mandó el rubio–, cabeza de alga desagradecida, encima que lo hacemos por ti...

–Es que resulta que a ti nadie te ha pedido que hagas nada por mi, ceja de shushi.

–Cierto, porque su tú me pidieras algo no lo haría.

–¿¡Queréis parar ya!? –le cortó de nuevo la chica.

De una forma o de otra, el brindis se efectuó con un gran choque de vasos, grandes tragos y grandes carcajadas.

–¡Otra vez! ¡Hasta que no quede ni el fondo!

–¡Arriba! ¡Al centro! ¡Y pa dentro!

Tras una exhalación general y una última carcajada, se terminó el brindis y continuó la fiesta.

–¡Ey, Luffy! ¡Mira quién viene ahí! –le señaló el narizotas–. Si estaba de viaje de trabajo, ¿no?

–¡Bon Clay! –se levantó de golpe–. ¡Seguro que Shanks ha metido baza!

Y tanto el chico como su amigo narizotas fueron a ver al recién llegado. Los que se habían quedado en la mesa observaron como se encontraban en la pista de baile, se abrazaban locos de alegría girando cual tiovivo y se ponían a danzar al estilo cancán, pero sin cancán.

Somos

lo chicos de la revista,

queremos ser artistas

¡para no trabajar!

Cantaban a pleno pulmón.

–Cómo son... Incluso se ha olvidado de que estábamos brindando por un amigo –suspiró la chica–. Aunque, bueno, también se ha olvidado de que tiene un novio –miró a Law–. ¿Que tal? ¿Como llevas la noche? Seguro que te has sorprendido de que en una simple fiesta de cumpleaños haya más gente que en un festival de música ¿Crees que podrás hacer frente al poder de convocatoria Luffy?

–Sí tú lo hacías no creo que sea tan complicado –y se quedó tan pancho, inmune a la mirada asesina de Nami.

–Como sea –se recompuso ella y encogió de hombros. Le sonrió al peliverde–, enhorabuena, Zoro. Eres un ariscón y un bruto, pero todos sabemos lo que te has esforzado, te lo mereces.

El peliverde correspondió la sonrisa. Fue a decir algo.

–Sí, en verdad hay que reconocerte el mérito –interrumpió el cocinero encendiéndose un cigarrillo–. No es tan fácil llegar a donde has llegado siendo medio tonto.

Se marcó un gesto de irritación en la cara de Zoro.

–Gracias, te diría lo mismo, pero no veo que hayas llegado a nada.

–¡Serás...!

–Y ahora a ver como te las apañas con Bellemer –interrumpió Nami–. Vas a tener que ir con la entereza a doscientos por cien o más.

–Bueno, no creo que haya de que preocuparme tanto –dijo con cierto aire de prepotencia–. Ya me la voy conociendo un poco, sabré manejar la situación.

La pelirroja soltó un risa.

–Es más dura de lo que crees, ¿sabes? Si en algún momento te has creído que es fachada mejor ándate con ojo. Cuando menos te lo esperes te dará un revés.

–Ya, ya... –asintió despreocupado–. Menuda manera de hablar de tu ex-suegra ¿no te parece?

Vio como las tres personas con quien compartía mesa daban un repullo de extrañeza y, uno a uno, fijaban su vista en él como un dardo a una diana.

–¿Pero qué mierda dices, musgo con patas? –se adelantó Sanji a preguntar–. ¿Cómo iba a ser la bella Bellemer suegra de mi maravillosa Nami?

–Pues como que estuvo saliendo con Luffy, pingüino oxigenado.

–Zoro... –intervino la chica–. Tú sabías que Bellemere es mi madre, ¿no?

El cerebro del peliverde se quedó en punto muerto.

–¿Qué? –realizó esa pregunta en automático.

–Que Bellemere es mi madre.

–Pero... ¿No es la madre de Luffy?

–Al final vas a ser más tonto completo que medio tonto –le espetó el cocinero–. Es imposible que un bella mujer como Bellemer engendre a un primate extraterrestre como Luffy; la belleza sólo da a luz a más belleza, como lo son Nami y Noyiko, es la lógica natural de las cosas.

–Pero... –no lograba arrancar del todo–. Espera que me aclare. Un día subí a los despachos de Grand Line y pillé a Shanks y a Bellemere abrazados. Muy abrazados –especificó.

–Son amigos íntimos de casi toda la vida –explicó ella simpleza–, aparte de que Shanks es como Luffy y tiende a invadir el espacio personal.

–Pero... –iba a decir que Bellemere le confirmó que tenía una relación con el pelirrojo, pero eso no era cierto; ella no le confirmó nada, él lo había dado por hecho.

A alguien se le escapó una risa. Todos miraron a Law, que se tapaba la boca con el dorso de la mano.

–Luffy y tú no sois iguales, pero hay que reconocer que en más de una estáis cortados por el mismo patrón. A él le pasó lo mismo conmigo, por algún motivo creyó que Lami no era mi hermana, sino alguna especie de antigua novia que me quería ligar. Si no llega a estallar de celos todavía sigue con esa idea en la cabeza.

Nami y Sanji asumieron la anécdota en su cabeza. No tardaron en sucumbir a la carcajadas.

–¡Venga ya! ¡Pero que par de idiotas! –decía ella dando golpes en la mesa–. ¡Tal para cual!

–¡Dios los crea y ellos se juntan! –habló también el rubio doblado por el estómago de la risa.

Zoro, con el ceño fruncido y lo colores sacados, no sabía ni como defenderse, se sometió a esperar a que se cansara; aunque el que Law, más disimulado, se sumara a la burla tampoco ayudaba mucho.

–Ah, que risa más buena –fue tranquilizándose la pelirroja a la vez que se apartaba las lagrimas–. ¿Hum? ¿Eso que suena es una canción lenta?

–Así es, mi querida Nami. ¿Me concede este baile?

–Creo que por hoy te diré que si.

Sanji le tendió la mano y ella, amoldándose al gesto caballeresco, dejó caer la suya sobre ésta con elegancia. Juntos se fueron a la pista, donde Luffy, Usopp y Bon Clay se cachondeaban de la melodía de turno parodiando el Lago de los cisnes.

Zoro y Law, una vez solos, se miraron. El médico tuvo que apartarle la cara para disimular.

–¡Deja de reírte! No es para tanto.

–Eso según como se entienda que una persona de veintiún años, hecha y derecha, vea a un hombre y una mujer abrazados y deduzca de ello que están casados y con hijos.

–... –se ruborizó aún más–. Bah, me da lo mismo –vio como el otro se levantaba–. ¿Vas a bailar tu también?

–Ni muerto. Me voy a la terraza, necesito algo de silencio y aire libre.

–Si hace un frio de tres carajos.

–Mi sangre de vikingo norteño me servirá de chaqueta térmica –se despidió con la mano conforme caminaba.

–Ya...

Resopló, tanto por la boca como por la nariz. Apoyó su barbilla en su mano izquierda y llevó su vista hasta la pista de baile. Observó sin ver, simplemente embobado con el movimiento. La música estaba a un elevado volumen, pero aún así, en su cabeza, los sonidos empezaron a entumecerse, a no oírse. Excepto por los rítmicos golpes en su pecho.

Quiso no prestarle atención, espabilarse. Buscó con tanteos en la mesa y recogió una botella que aún le quedaba un poco de cerveza. Se la acercó a la boca, pero antes de tocar sus labios se detuvo. Sentía un nudo en la garganta, su estómago revuelto; de dar aunque fuese un misero trago, lo más posible es que hubiese vomitado. Dejó la botella en la mesa. Volvió a apoyar su barbilla, esta vez en su puño, tapando su boca. Sus manos temblaban.

¿Qué hacía Shanks en el piso de Mihawk?

En destellos se le vinieron los recuerdos de aquella tarde. El pelirrojo sacando sus libros como si fuese su propia casa; ese aire de amenaza que sintió nada más se encontraron; la mirada de sorpresa que puso cuando mencionó a la mujer de Mihawk. ¿Qué hacía allí?

Notó el peso de una mano en su hombro. Despertó y, al girar el rostro, se encontró con Ace.

–Aquí sólito haciéndote el interesante, ¿eh?

Se obligó a reirle le gracia, por suerte convenció al pecoso de su falsa naturalidad.

–¿Y tú? ¿Dónde estabas? Creí que ya te habrías largado a casa.

–No, no. Que va –tomó una silla por el respaldo y la acercó a la del peliverde para sentarse a su lado–. He bajado con Sabo y Koala al bar del primer piso. El cerebro nos iba a estallar como no escapáramos un rato de esta especie de rave de alto standing. Ellos dos se han ido ya, querían "descansar" –enfatizó en tono de broma.

–No, si aquí nadie pierde el tiempo...

Ace rió; se fijó en su cara.

–Eh, ¿estás bien? Te veo un poco pálido.

–Claro –mintió con un encogimiento de hombros–. Serán las luces –se refirió tanto a las de la pista de baile como a las del cielo nocturno.

–Sí, puede ser –se convenció. De seguido, se mostró dudoso, incluso se mordió los labios–. Zoro, sé que me arriesgo a parecer demasiado sobreprotector, pero me gustaría preguntarte cómo es Law. Tú le conoces, ¿no? Sois compañeros de piso.

–Ah, bueno –miró para otro lado, se llevó la mano a los pendientes de su oreja–. En cuestión de tareas en casa, pagos del alquiler y convivencia nos llevamos bien, nos complementamos, pero no se puede decir que seamos amigos. No tenemos ese tipo de confianza –hizo una pausa–. Aún así puedo decirte que no creo que tengas de que preocuparte, al menos no por Luffy; por Law no te puedo asegurar que el niño no consiga que le de un infarto.

El pecoso soltó otra risa.

–Bueno, está bien saberlo.

Callaron un par de segundos. Zoro continuaba sin mirarle; el mantener una conversación le había evadido un poco, un instante.

–Ace, ¿sabes si Shanks y... –se pensó el nombre que iba a decir– Bellemere tuvieron, alguna vez, una relación?

–¿Hum? –de repente sonrió con burla–. No me digas: a ti también te la han colado. ¡Qué inocente!

–¡No empieces tú también! Bastante que me la han liado Nami y el imbécil de Sanji cuando se han enterado –incluso Law–. ¿y cómo que colado? ¿lo hacen a posta o qué?

–Más bien les gusta ser ambiguos. O, mejor dicho, tienen que serlo –suspiró entre cansado el pecoso–. Ya no se nos encierra en prisión ni se nos dan descargas eléctricas para curarnos. Pero de cara al mundo todavía no está bonito que los jefes de una revista de deportes tengan ciertos gustos.

–¿Gustos? ¿Qué quieres decir?

Ace curvó sus labios con un deje de misterio.

–Es un secreto a voces en Gran Line que todo el mundo guarda, si algún rumor sale podría ser fatal, así que no te diré más que esto: Shanks está casado, pero no con Bellemere –comentó divertido. Bajó el volumen a uno más–: Las mujeres no son su tipo.

Zoro tuvo la sensación de respirar afilados cuchillos. Sus latidos se agravaron.

–¿Sorprendido?

–Un poco –notó un pellizco en la voz pero logró mantener la calma–. Aunque siempre me ha parecido que Shanks tiene cara de que le gusta tanto la carne como el pescado.

–¡Tienes razón! –rió y observó al peliverde, se preocupó–. ¿De verdad que estás bien? Tu cara empeora por momentos.

Y por poco no se desmorona delante suya. Se frotó a la frente con la mano, tenia sudor.

–La verdad es que me duele un poco la cabeza.

–Quizás sea cansancio atrasado –miró la hora–. Son casi las tres de la mañana, como amigo de Luffy ya has cumplido. Deberías irte . ¿Quieres que te acompañe?

–Que responsable y atento eres –se metió con él a la vez que se levantaba–. Mejor quédate y despídete por mi. Si lo hago yo seguro que me retiene.

–Está bien. Nos vemos en el trabajo entonces.

–Nos vemos –se despidió con un alzamiento de barbilla, caminó para alearse.

Fue un milagro que se pudiese sostener en pie, que pudiese seguir avanzando. Sus piernas temblaban, sus articulaciones amenazaban con tambalearse; iba por una cuerda floja imaginaria a más de diez mil metros de altura. Y el vértigo era horrible.

Llegó al ascensor. Una vez cerrada la cabina y él libre de miradas indiscretas se apoyó de manos en la pared y dio una profunda bocanada. La presión del pecho le iba a matar. Agarró la placa de su cuello, con tanta fuerza que se le quedaron las marcas.

Tuvo un último destello, pero no de imagen, si no de una voz. Era la del maestro Koshiro, por teléfono, le avisaba de que Kuina había tenido un accidente, que estaban en el hospital. Empezó a sentir algo extraño, poco usual en él, pero que reconoció en seguida. Miedo.

Cuando las puertas volvieron a abrirse, salió corriendo, a la calle, a la carretera.

–¡Taxi!


Aún sudaba y regulaba su aliento afixiado cuando se plantó delante de la puerta. Tomó las llaves y las encajó en la cerradura. Se detuvo. Estaba más calmado, pero no mucho mejor que antes; su cuerpo temblaba de pies a cabeza, las nauseas y el nudo en la garganta eran cada vez peores, la presión en el pecho era un arpón. Ni tan siquiera sabía que iba hacer una vez entrara en ese piso. Con aprensión, giró la muñeca y empujó.

El apartamento estaba oscuro en gran parte, entre las sombras Zoro encontró una única luz de tono cálido que provenía del salón. Mihawk estaba ahí, dormido en el sillón y con un libro abierto en el regazo, su respiración era relaja y profunda. Cualquiera hubiera deducido que se había quedado esperando al peliverde; cualquiera echaría tierra al asunto y olvidaría; cualquiera sería incapaz de relacionar lo que acababa de escuchar con el hombre que tenía ahí delante.

Sin embargo, el arpón de su pecho se retorció.

Con una mano en su hombro, despertó al mayor. Mihawk profirió una queja entre dientes y, sin abrirlos aún, se frotó los ojos. Alzó la mirada hacia el peliverde, le sonrió y habló con esa suavidad que tantas veces les había desarmado.

–Creí que no vendrías.

Pero sólo consiguió que le embargara un frío emponzoñado.

–¿Qué ocurre? –le preguntó.

Sus puños se apretaron. Fue incapaz de decir nada, absolutamente nada. Mientras, el semblante de Mihawk se tornaba más preocupado; se levantó y acercó a él. Zoro se mantuvo firme para no dar un paso atrás.

–¿Estás bien?

Tomó el rostro del peliverde con cuidado, un contacto que el joven temió y esperó por igual. Al notar la yema de sus dedos, el calor de sus manos, su pecho se quebró. Lo único que sintió eran unas infinitas ganas de que dejara de tocarle.

Mihawk debió saberlo, la inquietud asomaba en el dorado de los ojos por los que le analizaba. Las manos del mayor, incluso con perceptible contención, se apretaron en el rostro de Zoro. De un tironazo sus bocas se juntaron.

La lengua del mayor cruzó el vano de sus labio, le invadió. Al mismo tiempo, su manos recorrieron el cuerpo del joven, entre caricias y agarres, reteniéndole. No era la primera vez. El sexo repentino o agresivo no era nada nuevo para ellos dos, era imposible contar cuantas veces se habían asaltado el uno al otro de esa manera. Pero no era lo mismo. Todo se perdía, todo lo que había sido Mihawk para él se estaba muriendo y transformando. Sus roces se hacía arenas movedizas apresando su cuerpo, besarle era como besar a una serpiente de viscosa lengua. Quería que se le quitara de encima.

Aún así no hizo nada para apartarle, no el indicó en ningún momento que se detuviera, se forzó a actuar como si nada. A pesar de aquel asco y repulsión que subía en forma de marea para intentar ahogarle, estaba desesperado por sentir de nuevo aquel cobijo sobreprotector de Mihawk le había regalado durante tanto tiempo, aquellas maneras de robarle el aliento. Quería sentirlo, pero no sentía nada.

El mayor le arrastró hasta que se topó de espaldas con la mesa. Mihawk le hizo girarse, le agarró del pelo y le obligó a inclinar de torso para arriba sobre la mesa. Se deshizo rápido del cinturón del joven y bajó los pantalones. Zoro se mordió lo labio, con ambas manos se agarró a los dos bordes de la mesa, pegó la frente a la madera. No hubo preparación previa, el dolor le abrasó, tensó los músculos de sus hombros y espalda, se le dobló la columna vertebral. No era la primera vez que tenía sexo de esa manera, aún así...

Aguantó las estocadas como pudo, mientras seguía sujeto a la mesa que traqueteaba con cada golpe. Hubo un momento que incluso se puso a contarlas, a pensar cuándo terminaría. Al final, su interior se llenó de líquido caliente. Le supo a agrio.

–¿Qué ocurre? –volvió a sonar la voz del mayor, tal vez más nerviosa, tal vez algo quebrada.

Su cuerpo seguía temblando. Por el contrario, su vértigo se había ido, la caída en picado había finalizado, se había estrellado con el asfalto. La presión del pechó se vistió de decepción y angustia. Apretó los párpados y la mandíbula. Su voz salió queda:

–¿Por qué no me dijiste que estabas casado con Shanks Akagami?

Se sucedió casi medio minuto de silencio después de esa pregunta. Mihawk tomó con cuidado sus caderas y, delicado, salió de su interior. Tambíen se preocupó de subirle los pantalones y ajustarle el cinturón donde estaba. Le acarició la espalda. Respondió:

–Porque no me fiaba de ti.

Se le abrieron los párpados con incredulidad. Se irguió al instante y le dio un empujón al mayor para apartarlo; se retiró a una distancia prudencial. Le miró, lleno de ira, dolido.

–¿Qué quieres decir con eso? –Mihawk no le había hablado de su mujer después de Londres, sino cuando se conocieron, sino al amanecer después aquella primera noche que estuvieron juntos–. Fuiste tú el que empezó, el que me dio coba en mitad de esa mierda de vuelo de regreso.

Aunque el mayor mantuvo su gesto y posición, su boca formó una mueca, su ceño se frunció.

–No me vengas con el juego de hacerte el inocente ahora. ¿De verdad esperas que crea que no lo sabías?

A cada palabra pronunciada la realidad se le hacía más difícil de entender.

–¡Pues claro que no lo sabía, imbécil! ¡Jamás se me abría pasado por la cabeza hacerle eso a Luffy!

El otro le observó serio, impertérrito, pero con los ojos cargados de furia.

–¿Quieres hablar de Luffy? En ese caso bien: Luffy, que parlotea de todo lo que puede y más, te considera su mejor amigo; su novio es tu compañero de piso, el cual estuvo en mi casa, me vio y habló conmigo. Incluso si llego a creer que en el viaje a Londres todavía no sabías nada de Shanks, es imposible que te hayas enterado ahora mismo, después de más de medio año.

Las manos le temblaban, apretó los puños. Consiguió hablar firme, pero no tanto como le hubiese gustado.

–Eres un cretino. ¡Si tan poco te fiabas de mi lo hubiese tenido muy fácil para buscarte a cualquier otro!

Mihawk se mantuvo callado un par de segundos.

–Pensé que te negarías –apartó la mirada–. Que en tus planes no entraban una relación de este tipo.

Se le atravesó otro arpón. Para mal, entendió perfectamente que quería decir con eso. "Sí has llegado a esa conclusión es que debes de estar bastante acostumbrado a hacer tratos así", es fue lo que el mayor le dijo cuando le regaló los pendientes. Mihawk siempre había ido con una idea preconcebida de él, siempre le había visto como interesado capaz de lo que fuera.

Desde hacía más de dos años.

Sus temblores crecieron, el peso de su colgante le empujaba con la fuerza gravitatoria de una agujero negro. Tuvo que apoyarse en la mesa. Le llenó un vacío infinito. Miró al suelo, sin ser capaz de reaccionar. Se llevó la mano a la frente, quedando su ojo izquierdo tapado.

–¿Por qué mierda creías que estaba contigo?

No se dio cuenta ni se preocupó del quiebro de su voz. Todos sus esfuerzos estaban por intentar mantenerse cuerdo. Perdió su percepción del espacio, del tiempo. Podría haberse pasado así segundos, horas, días, meses, años... Y no hubiese vuelto si no hubiese notado como le agarraban por encima del codo.

–¡No me toques! –le apartó de un matonazo, enfrentó su mirada con rabia–. Ni se te ocurra volver a tocarme. ¿¡Te ha quedado claro!?

No quería saber nada más de él, ni verle ni oírle ni sentirle de ninguna manera. Sólo quería que desapareciera de su vida, en ese mismo instante. Por tanto, no esperó siguiera a ver que hacía o hubiese dicho por esas palabra, fue directo a la puerta, a abandonar ese piso cuanto antes.

Su mano alcanzó el manilla, en una milésima le asaltó un recuerdo parecido, donde Mihawk le detenía con la mano abierta en la puerta para cerrarla. No sucedió tal cosa. Nadie le detuvo. Cuando dio el portazo, supo que se había acabado.


Pasó el trayecto en metro sin moverse, con la cabeza gacha y las uñas clavadas en sus brazos. No sabía que hacer con tanta rabia salvo quedarse quieto hasta que oyera el nombre de su parada. En ocasiones no podía más y gruñía con un deje de angustia, se mordía los labios, se doblaba y acercaba más la cara a sus rodillas. Si hubiese sido otra hora más concurrida, quizás alguien le hubiese llamado la atención, hubiese preguntado si se encontraba bien, pero el borracho que roncaba a un par de asientos era el único pasajero a parte de él y no estaba por la labor.

Al llegar, la calma insonora de la casa le desconcertó. Se fijó en la puerta del cuarto de Law, abierta, el médico aún no había llegado, estaba solo.

Se llevó la mano a la boca al notar una nausea. Quien sabe porqué, intentó aguantarse, tragar. Mientras estaba con eso en tomó el respaldo de la silla que tenía más cerca. El silencio era horrible, inaguantable.

Hizo un fuerte estrépito al lanzar la silla contra el suelo, pero la fiereza del movimiento hizo que una arcada de azotara con fuerza. Se rindió y fue al cuarto de baño.

–¡Argh...!

A pesar del tiempo que pasó con la cabeza metida en el váter, incluso cuando ya sólo podía echar bilis, al terminar no se sintió más ligero. Un nuevo pinchazo dio con su pecho, no era de angustia, de rabia o odio, era mucho peor. Era uno de estos pinchazos que te privan de la fuerza necesaria para levantarte. Aún así, algo de orgullo quedaba para usar, consiguió erguirse, aunque fuese sirviéndose de las piezas del baño o las paredes. Se cargó sobre el lavabo y abrió el grifo; hizo gárgaras y escupió; se echó agua en la cara.

Alzó la barbilla y enfrentó su reflejo. Un brillo plateado en su oreja izquierda le estremeció. Volvió la angustia, la rabia. Se quitó los pendientes de una manera que poco le faltó para arrancarse el lóbulo. Conforme se liberaba de ellos los fue tirando, uno a uno. Sangró y sintió dolor, pero no hizo caso.

Con un gruñido salió del cuarto de baño. Se enfrentó de nuevo a ese silencio. No lo soportaba. Lanzó un grito. El silencio se hizo más denso. Quiso gritar de nuevo, gritar hasta que se le reventaran los pulmones, pero no le llegó la voz. El nudo en la garganta iba ahorcarle.

Quedaba una silla en pie, tensó sus músculos al agarrarla. No podía más. El cristal de la ventana se hizo pedazos.

Continuará...

Notas Finales: Hala, hala. No sé cuanta gente esperaba que se abriera el dique de la mierda, pero sean los que sean disfrutarlo, porque se vienen cascadas enteras y para rato.

Este capítulo se me ha hecho muy difícil de escribir, y no porque sea tan largo como el anterior, si no por precisamente lo que ha pasado. Yo mismas no quería que pasara U_u

En cuanto a otras cosas no tan tristes: la fiesta en mi planteamiento iba a ser mucha locura, muchos personajes. Quería plantar ahí al resto de los Mugiwaras (menos a Jimbei, que no lo considero tal cosa). Pero vi que al final iba a rellenar todo de cosas innecesaria y el capitulo como veis ya ha salido bastante largo sin dicho relleno.

Como sea. Espero que lo hayaís disfrutado y sufrido por igual. Nos vemos en el siguiente ;)