Aparecieron en Londres a las siete de una noche fría, entre los enormes árboles de Bedford Square.

Autos pasaban a treinta metros sobra la vía, contra un fondo de altos edificios viejos, pero muy bien conservados. Los chicos habían cobrado tal experiencia que supieron planificar dónde llegarían y el momento para no ser vistos.

Cruzando la calle, Bedford Square, el bloque de construcciones los separaba del sitio de su interés. El conjunto de departamentos era una muralla de ventanas y puertas de marcos blancos, de fachadas de piedra marrón, que cambiaban al terracota, al gris oscuro. Con seguir el sentido del tránsito y doblar a la izquierda, se llegaba a Great Russell Street, una calle de construcciones más altas, muy arbolada, sorprendentemente estrecha para el enorme edificio que tenía enfrente: el British Museum.

El Museo estaba cerrado al público desde las 17:30 pm. En aquel lugar estaría la tercera pieza y además la bóveda del tesoro. Si el asunto iba por buen camino ahí se decidiría. La única indicación que Pansy dio al Hufflepuff antes de entrar, fue sacudirlo, enfatizando:

—¡No nos metas en una película, Ives!

—No te preocupes -le dio un leve beso en una mejilla-, vamos.

No podían pasar por la entrada del museo y su fachada de tres secciones de majestuosos arcos clásicos, por lo que formularon de nuevo el hechizo, trasladándose al interior.

En un tris aparecieron en uno de los cuartos del Nivel Superior. Tetraedro en palma y varitas en mano, corrieron por el vasto salón de exposición montada dejando grandes espacios para el flujo de los visitantes. Vigilando toda señal, sondearon por la exposición del Temprano Egipto. Habían seleccionado puntos posibles donde podría estar la pieza, en la idea de Pansy que podría ser una asociación lógica: reyes, tesoros, emblemas de poder.

La búsqueda fue infructuosa y fueron a otro de los sitios seleccionados, el cuarto de cerámica china, en el nivel del suelo. Cavendish había elegido las salas basado en la idea de Pansy.

Como sabían, el sitio era enorme pero estando ahí el problema se medía mejor: nueve departamentos, librería y archivos, ocho temas generales divididos en noventa y cinco cuartos de diferentes colecciones, distribuidos en tres niveles, uno de ellos bajo el suelo.

Ningún guardián ni sistema de vigilancia. Scabior debía haberlos desactivado. Ahora mismo debía estarlos buscando. Lo que le convenía, dejar el sitio incomunicado, convenía también a los chicos para pasar lo más desapercibidos.

Aparecieron y desaparecieron en destellos, en seis salas de distintas colecciones; Mesopotamia, Nínive, México, Antigua Sudarabia, Dinero y África. Pasaron cerca de la Puerta de Asurbanipal, de trabajos artesanales, de enormes estatuas de hombres barbados con cuerpo de león y alas de águila. Cronometrados, se terminaron los diez minutos que se dieron para la búsqueda planificada y pasaron al azar: cinco minutos en salas elegidas en el momentos, una en cada uno de los niveles.

Nada, y no había más tiempo, tendrían que salir. Viéndose con gesto de no querer abandonar, pero viéndose obligados, Ives tuvo una idea:

—Con gran probabilidad el dueño de la bóveda era Slytherin, ¿cómo pensaría él, dónde esconderías la bóveda en este edificio?

—En el sitio menos pensado -respondió ella, sin pensar mucho-, donde nadie buscaría.

—Yo la pondría en el subsuelo, en el sitio menos llamativo, pero tú querrías que se perdieran buscando en las noventa y seis salas, creo, ¿dónde nadie buscaría?

¡En la entrada! -Pansy los trasladó al hall principal.

La entrada o pasando la entrada, era la Sala de Lectura, una cúpula dorada y azul cielo con ventanas a lo largo de su circunferencia, sobre anaqueles, biblioteca y escritorios.

Como el museo se preparaba para trasladar la biblioteca a St. Pancras en unos pocos años, el sitio estaba cerrado al público y se le desmontaba, por lo que vistos en detalle, los anaqueles estaban vacíos en gran medida y faltaban muchos muebles, dejando libre grandes zonas del amplio salón.

—¡Ives! -Pansy lo detuvo.

El Tetraedro brillaba, emitiendo esa luz azulosa en anuncio que presentía la cercanía de la pieza. Moviéndose velozmente buscaron la fuente, recibiendo la luz que traspasaba los ventanales de la gigantesca cúpula, en el sitio oscurecido por la noche.

Llegaron al centro de la sala, donde en el acto, un rayo de luz roja descendió del remate de la cúpula.

El rayo se movía, tanteando el ´piso. Pansy colocó el Thetrionen en las baldosas, para que el rayo en movimiento entrara en la abertura correspondiente, en forma de línea vertical, del objeto mágico,

Ives vigilaba en todas direcciones, mientras la chica trataba de hacer coincidir o atrapar el rayo que venía de la cúpula, con el orificio de la última cara libre del Tetraedro.

El rayo rojo desaceleró, girando sobre sí, en círculos cada vez más breves, hasta que la Slytherin lo detuvo, logrando que el haz de luz pasara por la abertura vertical.

Los sobresaltó el retumbar de un tambor gigantesco sobre ellos, apagando algunas de las ventanas de la cúpula.

Levantándose, Pansy miró arriba.

El entorno quedó en quietud, en mayor oscuridad, excepto por el brillo del Tetraedro, cruzado por esa línea luminosa desde la cúpula, que le daba un resplandor interno, resaltando los relieves complicados de cada una de sus tres caras, de adentro hacia fuera. Los grabados complicados y geométricos se notaban mejor. Esa luz contrastó con las rojas de los orificios ocupados por las piezas conseguidas: la esfera de plomo de York, el cristal de cuarzo triangular de Coventry y la luz de Londres.

Los chicos estaban expectantes, sin moverse. Habían dado los tres giros de llave.

Las piezas en las tres caras aumentaron su brillo, una después de otra. Al ver las reunidas, Ives ató cabos.

—Como su nombre indica, el Tetraedro tiene cuatro caras, tetra, cuatro. Son tres caras superiores; la cuarta cara es la base. La tomamos como base porque el duende nos explicó que esa va sobre la palma. ¿Voy bien?

—Yo diría que sí -asintió Pansy, sin perder de vista al objeto mágico..

—Ahora bien, los giros de llave se dan en las caras de arriba, ¿no? Son las únicas con espacios para insertar piezas.

—Si, la esfera de plomo, el triángulo de cristal, la línea vertical para la luz que entra ahora en el Tetraedro.

—Bien, círculo, triángulo y línea vertical son exactamente también los elementos del emblema de la base.

—O sea que lo representan, como supusimos -ratificó ella, mirando a la cúpula; el origen de haz de luz era un punto- Significa que el tesoro está representado por ese emblema. El emblema dice qué clase de tesoro es.

—Así es, y más, Pansy -Ives se vio un poco inseguro-. No podemos saber qué significa exactamente cada figura, pero se puede interpretar por los Elementos. La esfera o Círculo, representa al Agua o mundo. La Línea es "lo que une Arriba y Abajo", es el Aire, alimento de la vida. El Triángulo es el más sencillo, es el Fuego.

—¿Quieres decir que el emblema de la base representa al Agua, Aire y Fuego?

—Me estoy dando cuenta ahora que se encienden las caras… El Triángulo, el Fuego, por lo general representa el mundo de los pensamientos… pero hay algo negativo en todo esto… Me preocupa el orden en que están acomodadas las figuras….

—¿Por qué?

—Porqué están encerradas en el Triángulo, Pansy, ese emblema habla de un pensamiento que aprisiona a la vida y al mundo, decidido a atrapar lo que esté a su alcance: al Aire o soplo de vida, al Agua o mundo… A someterlos a controlarlos…

Ives la tomó de la muñeca, haciéndola dar unos pasos atrás.

—Pansy, el tesoro en la bóveda habla de la Muerte.

—¿De la…?

—Estoy dudando que sea un tesoro. Es un tesoro para el dueño, es un objeto relacionado con el afán antinatural de no morir nunca, a costa de la vida del mundo si es necesario.

Ives no apartaba la mirada del Tetraedro, cuyo brillo aumentaba. Los relieves en cada cara se transparentaban.

—Son Artes Oscuras -afirmó Ives-, es una voluntad de no morir, es la voluntad de vivir por encima de todos los demás. Una voluntad de imponerse a la vida, al respeto por la vida y sus seres.

Como si decirlo echara a andar el mecanismo, el Tetraedro comenzó a girar sobre la base.

—Tal vez debemos detenernos, creo que estamos por liberar un objeto maldi….

Pansy soltó un grito cuando se sintió elevada en el aire.

Ives, incrédulo y asustado, buscó entender de qué se trataba, apuntando con la varita.

Pansy parecía flotar, llevada de un lado a otro; gritaba dando puñetazos y patadas, girando como si fuera un aspa de molino. Poco a poco se distinguió la figura en la penumbra.

Era Scabior.

Scabior dejó la magia para cargar a Pansy, elevarla y pasarla de un brazo a otro, exultante, tanto que rio cuando saludó:

¡Primita! ¡Tanto tiempo sin vernos!

—¡No soy tu prima, maldito, suéltame!

Él reía acunándola; quitó la varita, trozada en el suelo. Scabior carcajeaba:

—¡Oh sí, sí, claro que sí! -la risa arrancó ecos de la Sala de Lectura- ¿Por qué crees que conozco los sitios donde estaban los custodios? ¡Es porque soy descendiente del dueño de la bóveda! ¿Y por qué tú puedes leer el Tetraedro? ¡Porque también eres su descendiente! ¡Tú y yo somos familiares, Pansy! ¡Primos lejanos, pero parientes al fin y al cabo! ¡Que oculte mi apellido no significa que no tenga uno! ¡Esa es la razón de que veamos todo! ¡Y abriste la bóveda para mí!

Ives le lanzó un hechizo, pero Scabior se lo quitó con un movimiento de su varita.

El Hufflepuff se le fue encima, pero Scabior le soltó una bofetada que lo lanzó brutalmente al suelo.

¡No lo toques! -aulló Pansy, blanca de ira- ¡No lo toques, maldito bastardo!

Cavendish parecía noqueado, o más. Bocabajo, los hombros del chico saltaban. ¿Lloraba? Scabior se burló.

—¡Y lloras! ¿Qué tienes por decir, pobrecito nene inútil?

¡Digo que sueltes a Pansy Parkinson porque ES MI NOVIA!

Al gritar "¡Mi novia!", Ives se giró. Sostuvo la mano izquierda, haciendo la derecha hacia atrás y al aflojarla, una piedra filosa azotó a Scabior en un ojo y parte de la frente.

. —¡Ay, mandrágoras! -aulló Scabior, cayendo de espaldas.

Pansy se zafó a patadas furiosas y al ponerse en pie, todavía atinó otra a Scabior debajo del cinturón, haciéndolo doblarse con una protesta:

—¡Ahí no, please!

Ives la tomó del brazo, corriendo hacia atrás.

Pansy vio lo que Cavendish llevaba en la mano: había dado a Scabior una pedrada lanzada con una resortera, regalo del niño malcriado del quiosco de Rotherham, quien hizo aquel berrinche porque su mamá no lo dejaba "tirarle a los pajaritos". Scabior tendría algo que decir sobre eso.

Ives se alejó con Pansy, cubriéndola con un brazo, indignado. La libre silvestre había saltado para morder a la víbora. Pansy veía al Hufflepuff, arrebatada, dejándose llevar en aquel abrazo como si el Hufflepuff mostrara la lengua diciendo: "¡Mía!" La chica tenía cara como si su actor favorito acabara de declarársele.

—Envenenador y francotirador. Eres un condenado delincuente sin redención, amor mío.

Scabior trató de levantar el brillante Tetraedro, pero lo halló como fundido con las baldosas del suelo. Ives estiró el brazo y otra pedrada dio en la sien a Scabior, quien con una mano en su ojo herido y la otra cubriéndose del otro atentado, no tenía ánimo para lanzarles hechizo alguno, sino sólo para tomar aire. Cavendish le tiró otras dos, una de las cuales acertó a Scabior en el cráneo, lo que arrancó a Pansy un grito de satisfacción y dirigió al sujeto algunas palabras muy criminales. Scabior iba casi a saltitos al otro extremo del salón, intercambiando las manos de lugar como no sabiendo qué era más importante, si el ojo o el cráneo o la boca o el apéndice. Más allá tomó la varita y apuntó a los chicos. Ives lo apuntó con la suya cuando una voz aulló.

¡Ni lo sueñes, bestia!

El grito hizo voltear a todos, para encontrarse con Emil Gallant, detrás de una ametralladora pesada Browning 1917 de la Primera Guerra Mundial, que trajo de la Sección 48 del Piso Superior, colección Europa de 1900 al presente.La lechuza a su lado, aleteando, llevaba en las garras la cinta de proyectiles.

Gallant, con el final de sus Polvos Invi había recorrido el museo luego de la hora del cierre, cuando sin pasar mucho tiempo oyó a Scabior ir con uno de los guardianes, que en realidad era el custodio de giro de llave, y preguntarle:

—¿Has visto a dos, tres hogwartianos?

—¿A quiénes? A nadie. ¿Qué haces aq…?

Destello y ruido de caída libre de un cuerpo. Ruido de cuerpo arrastrado y su rodar por escaleras tragando muerte a puños. Veloz trámite. Scabior eliminó a ese otro custodio para lo mismo, no informar el problema y resolverlo. No sé qué les pudo ocurrir, Amo, las malas compañías. Después neutralizó al resto de los guardias y el sistema de vigilancia. Realmente conocía los sitios.

Gallant oyó arribar a Pansy e Ives, pero los dejó trabajar para rápidamente buscar un arma y acabar con Scabior. Los perdió unos minutos, pero los días anteriores le dieron entrenamiento intenso para las pesquisas por lo que dedujo se encontrarían en el área más amplia, tratando de pensar como ellos. Fue bueno, pues halló el arma muggle para atacar a Scabior. El tipo tenía más poder que los tres alumnos juntos, pero menos que un muggle con un arma pesada y oportunidad. Los tres lo habían superado antes por pensar más rápido que él o más complejamente que él, formando equipo (sin querer), mientras que Scabior sólo pensaba en liquidar. Aunque ese seguía siendo el mayor peligro que representaba.

Ahora, armado con la ametralladora Browning M17 de pesado trípode donde descansaba lo que parecía una pistola con cañón para elefantes con sobrepeso, Emil gritó:

¡Transmuta este plomo! -y tiró del gatillo.

La Browning escupió una brutal ráfaga ensordecedora y continua sobre Scabior, que no pudo más que salir corriendo por no tener tiempo de pararse a lanzar ningún hechizo, cortándose con los trozos de anaqueles que volaban por las balas.

Muros y piezas saltaron por los aires en fragmentos de madera, serrín, papel, cuero y metal en una línea que perseguía al bandolero. La ametralladora saltaba con Gallant apretando el gatillo a fondo. La lechuza, aleteando, movía las patas para hacer correr la cinta de proyectiles. Cristales y fragmentos de muro volaron hechos añicos. Los destrozos tapizaron el suelo con restos de materiales nuevos y viejos. Una lámpara voló por los aires y tocada de nuevo, salió disparada al fondo del salón.

A 600 disparos por minuto, Scabior huía de los potentes tiros que hicieron un ruido tremendo, cayendo detrás de un grupo de metales retorcidos.

Gallant soltó el gatillo. La lechuza levantó una cubeta del suelo y volcó el agua fría sobre la Browning, que emitió un chirrido y vapor.

—¡Creo que destruí una cosa muggle llamada El Parteneón! -gritó Emil a los chicos, que llegaron con él.

—El Partenón -corrigió Ives.

—¡Sí, eso, gracias!

El mortífago asomó más atrás, entre anaqueles desmontados.

—Mejor denme el Tetraedro o les irá peor -les advirtió a lo lejos.

—¿Sí? -rio Gallant- ¡No me digas, hijo de tres babosas carnívoras! -Gallant volvió a tirar del gatillo, haciendo saltar el muro detrás de Scabior, derribándole más fragmentos encima

Con un hechizo, Scabior hizo atrás a los muros y el resto de muebles, dejando libre gran parte del salón, aunque escondió la mano debido a más disparos de Emil.

—Creo que es hora de llamar a unos amigos -rio el mortífago.

—Vamos, vamos al otro extremo -los apresuró Emil, jalando la Browning con magia, quedando amigos y enemigos en los extremos del Salón. El Tetraedro continuaba en el centro, pero apagado e inmóvil.

Gallant analizó y les dijo:

—Sí… con la presencia de ese objeto mágico no sólo aparecen seres fantasmales, sino que será posible invocarlos.

Del lado de Scabior, en las sombras que lo cubrían, se escuchó un pisar rítmico de cientos de pares de pies, aproximándose.

Los tres miraron hacia el fondo del Salón, tratando de saber qué era.

Las pisadas, rítmicas, se acercaban desde el fondo de la vasta galería.

Los chicos tomaron sus varitas; Pansy tomó la resortera de Ives.

De las sombras emergió una fila de treinta soldados de casco, escudo y lanzas, con otros soldados más al fondo, formados: casco de bronce que cubría cara y nariz sólo dejando libres los ojos; cada soldado cargando un gran escudo pintado a mano, de muy variados diseños: aves, tigres, medusas, gorgonas, hidras y figuras geométricas; protegidos con espinilleras, peto y coraza de tórax. Cargaban lanzas de más de dos metros de largo, que hicieron atrás con un movimiento de retroceso.

—Hoplitas, son hoplitas -anunció Ives, sacando el dato de sus recuerdos- ¡Cuidado, van a tirar! -colocó a Pansy tras él.

Los hoplitas lanzaron los proyectiles. Por reflejo, los dos de Hogwarts que seguían armados les apuntaron con las varitas: las lanzas, que subieron con una leve parábola, por su peso siguieron camino hacia los chicos.

Al contacto con los haces de luz de las varitas, las lanzas se volatilizaron o reventaron, cayendo en fragmentos al suelo, donde rebotaron. Trataron de atacar con magia a los soldados, pero no surtió efecto.

Los hoplitas, en apariencia impávidos al ocultar sus rostros tras los cascos corintios, llevaron las manos a los cintos, para tomar sus espadas cortas, las xifos.

—Esa no era la táctica griega -recordó Cavendish, fan de los documentales de BBC-, tenían qué atacarnos con las lanzas y sólo si se rompían, sacar las espadas.

—¿Entonces? -preguntó Emil, revisando la ametralladora; la lechuza se había escondido tras unas estatuas.

—Scabior debe dirigirlos. ¿Pero, de dónde los sacó? Claro, es lo que dice Emil, los sacó de este mismo museo ¿Hay vasijas griegas? -preguntó Ives,

—Cuarto 14, Nivel del Suelo -anunció Pansy, que se sabía de memoria el plano.

—Entonces sí, de ahí los sacó, los hoplitas están muy representados en ánforas griegas.

Las espadas de los hoplitas golpearon una vez contra los escudos. Iban a atacar.

—¿Qué les oponemos, Ives? -apremió Emil, dejando la Browning- ¡Si vas a pensar, piensa ya!

—Infantería, infantería más fuerte -consideró el chico-, ¿cuál, falange, legiones? Las legiones fueron la formación más avanzada hasta la Edad Media. No, una más potente… ¡infantería inglesa! ¡Necesitamos Inglaterra del siglo 17 o 18!

—Cuarto 46, Nivel Superior -recordó Pansy sin pensar.

Emil, como el alumno más avanzado, repitió lo que ellos dijeron, junto con el hechizo de Creación de Objetos. Iban a usar lo que tenía el museo para enfrentarse.

Al compás marcial de tambores, desde la pared a espaldas de los chicos salió en marcha firme un bloque decidido de doscientos soldados de sombreros tricornes, apuntando las bayonetas al frente, uniformados con casaca roja, camisa, pantalón y chaleco claros, con polainas, dirigidos por los oficiales.

El bloque se miraba sólido, pero pasó entre los chicos como si careciera de densidad. Pansy los vio al rebasarla, oyendo a los tamborileros a los costados y las flautas marciales que interpretaban la Marcha de los Granaderos.

La Slytherin se sintió en su elemento. Saltando sobre una mesa, recogió una regla, analizando el escenario.

—¡Alto! -ordenó Pansy.

El tambor calló. haciendo parar a los infantes ingleses, con sus banderas entre ellos, hasta la fila de hoplitas que corría a su encuentro, vociferando.

—¡En cuatro filas para disparar! -ordenó como creyó que lo podía resolver; los infantes se prepararn- ¡Disparen por encima del escudo! -indicó Pansy- ¡Fuego!

La descarga de fusilería atravesó los cascos de los primeros hoplitas, derribándolos estrepitosamente. La segunda fila de infantes continuó. Otra salva de disparos hizo caer a los que seguían. Al término de la cuarta salva, yacían en el piso la mitas de los hoplitas. Los ingleses recibieron a los griegos que llegaban. Varios infantes cayeron empujados por los grandes escudos y las espadas; sin embargo, los escudos no permitían maniobrar bien y las bayonetas mostraban más alcance, aunque varios fusiles quedaron inservibles al ser cortados por las espadas. Disparos más cercanos lograron atravesar escudos. Al estirar las manos, los hoplitas las veían ensartadas por las bayonetas. Los disparos cumplieron con su cometido, hasta que los caídos dejaron grandes huecos, donde el resto de los griegos se desorganizó, permitiendo el avance de la infantería inglesa, que los remató a bayonetazos y tiros a quemarropa.

Llegados al centro de la larga sala, la infantería inglesa, sobre los cuerpos de los hoplitas, avanzó hacia Scabior al ritmo de los tambores y banderas de Rules Britannia! para destazarlo a cuchilladas. Scabior mostró en la cara su pensar aceleradamente.

—¡Ajá! ¿Qué te pareció? -gritó Pansy, burlona, en medio del humo de la pólvora de los disparos- ¡Cómete esa, primo!

Scabior hizo un pase hacia los infantes ingleses: traídos del Cuarto 92, Piso Superior, una formación de samuráis llegó en carga de caballería contra el cuadro de a pie, haciendo retumbar el suelo.

Ives pensó rápido; si bien una buena infantería puede detener a jinetes superiores en número, la infantería inglesa tenía el problema de la movilidad de la caballería japonesa, así como que al aparecer de improviso, frente a frente, los ingleses no podían hacer la formación anti-caballería, ni tenían tiempo para recargar los fusiles.

Pansy se dio cuenta que los samuráis iban a rebasar a la infantería inglesa y les caerían encima.

—¡Necesitamos infantería con lanzas y armas de fuego! -gritó Pansy a Ives.

Siguiendo la indicación de Pansy, Cavendish buscó en su mente pasando la orden a Gallant, quien apuntó con la varita al frente y ordenó cuando con graves pérdidas, la caballería japonesa logró romper la formación inglesa y venía sobre ellos, con las katanas listas a degollar:

—¡Cuarto 46, Europa 1400-1800! ¡Tercios españoles!

De su muro salió a la carrera un grupo de soldados que llevaba unas lanzas de más de dos metros de largo entre grandes banderas blancas con una X dentada roja, al ritmo de un tambor frenético, vestidos con peto de cuero y casco de metal, aunque el resto de la ropa era variada.

Pescaron a los samuráis de maravilla. Portando las banderas blancas con la roja Aspa de Borgoña, los soldados de los costados dispararon con arcabuces a la caballería samurái, diezmándola, hasta que los últimos jinetes fueron a estrellarse contras las largas picas del Tercio.

Continuaron invocando a las tropas relacionadas con las colecciones del museo, Emil trayéndolas, Ives identificando lo que Pansy necesitaba y ésta misma haciéndolos marchar o maniobrar.

Los cuerpos caídos de los soldados enfrentados en batallas de minutos, desaparecían al caer.

Los chicos se vieron en varios momentos de aprieto, aunque Pansy con su imaginación maliciosa lo resolvió usando el variado repertorio muggle, desde lluvias de flechas, hasta nubes de gases venenosos.

Acababan de detener el ataque de un grupo de jíbaros usando cien comanches, cuando en medio del bullicio de la tribu, los chicos apenas oyeron a Scabior ordenar: "Cuarto 40, Piso Superior".

En sus caballos, los comanches vieron hacia arriba; del techo del Salón bajaba la quilla de un barco monstruoso, el resto de él en la penumbra del fondo del lugar

Ives lo reconoció como un barco de guerra griego, por los ojos dibujados en la proa, las letras y las dimensiones. Era un barco de guerra de unos ciento veinticinco metros de largo, del que brotaban a los costados densas filas de remos. Como si viniera sobre olas agitadas, se dejó ver en parte y elevado en ángulo. La proa, majestuosa, caía sobre ellos en cuchilla. Ives distinguió en él varios tubos largos, sostenidos por marineros en la cubierta de la nave, que les apuntaría tan pronto como el barco tocara el suelo. Ives lo recordó de un documental. Era un lanzallamas.

—¡Es fuego líquido! -quiso pensar cómo contrarrestarlo.

Gallant también conocía las colecciones del museo y sin esperar, ordenó:

—¡Cuarto 47, Europa 1800-1900, Nivel Superior!

La invocación del Prefecto Supernumerario hizo aparecer un navío de línea.

Si el griego era una nave gigante, el inglés era un mastodonte que sólo se vio de costado, con sus más de 51 cañones en tres niveles sobre las cabezas de los chicos apuntando al buque griego.

Cavendish apenas alcanzó a hacer la seña a Pansy que se cubriera los oídos, pues Gallant ordenó enfatizando con el puño:

¡Fuego!

Los cañones dispararon en un estruendo que reventó los ventanales de la cúpula.

Los obuses reventaron en la quilla del barco griego, haciéndolo añicos como si fuera de madera podrida, cayendo en castillo de naipes, destrozándole los maderos y llevándose el velamen, que se desplomó pesadamente. Más todavía: la explosión dio en el depósito del lanzallamas, causando una explosión potente que deshizo el navío a gajos ardientes.

La nave en llamas se fue hacia atrás, desplomándose sobre Scabior

Tosiendo, Pansy vio a Emil ir al umbral, seguido de la lechuza tiznada de pólvora.

—¡Espera, Gallant! -Ives quiso detenerlo, pero la tos no lo dejó decir más.

Deseoso de parra a Scabior, el Prefecto Supernumerario le lanzó un hechizo, pero debió dar en algo traído de las colecciones sin querer, porque el efecto fue el de un cañonazo que reventó por varias salas del British Museum, llevándose piezas de siglos de antigüedad, haciendo caer carteles y vigas de aluminio. Emil salió corriendo tras el herido Scabior.

La Slytherin y el Hufflepuff terminaron de ponerse en pie, en la humareda disipándose.

Ni rastro de soldados, ni de armas. Pansy levantó su varita trozada, guardándola en la mochila. Ives buscaba el Tetraedro, cuando una línea de luz blanca brotó de la punta del objeto mágico, yendo hacia la cima de la cúpula.

Ambos dieron un salto, atentos a la luz que oscureció sus bordes, ensanchándose y creando la impresión que una puerta se abría en el vacío.

Pansy e Ives no perdían detalle.

La gran puerta seguía abriéndose. La luz se atenuó, pero se volvió más voluminosa.

Los chicos caminaron hacia ella, suspensos, bañados por la luz creciente.

Por fin, luego de tantas peripecias y peligros, lo lograban. La bóveda se abría.

Al terminar de abatirse, en el centro del brillo se insinuó una figura. Los chicos esperaban una presencia misteriosa o amenazante o ambas y en la puerta apareció…

…. un elfo.

Un elfo, serio, grave.

El elfo dio un paso, luego otro.

Frente a los admirados chicos, hizo una reverencia cortesana, se levantó.

Y después, solemne, comenzó a chasquear los dedos, un-dos, un-dos.

El ritmo aumentó, hasta ser el de un tambor que brotaba de la bóveda. A Ives le sonó como de una película de Elvis Presley, un ritmo de rock. Y no estaba imaginado nada.

Al compás cadencioso, por la puerta de la bóveda salió una fila de elfos, igualmente serios, moviéndose rítmicamente, al mismo paso, adornados con coronas de oro, pulseras de plata, collares de diamante, anillos y aretes de piedras preciosas, haciendo las cabezas hacia un lado y hacia el otro, otros atrás y adelante, seguidos por más, que llevaban una mano apuntando adelante y otra atrás, alternándolas. Pies entraban y salían de la procesión.

Pansy e Ives, espalda con espalda, maravillados, quedaron entre dos filas de elfos que salieron de la bóveda bailando en carnaval, subiendo y bajando los brazos, otras bajando y otros alzando las cabezas a manera de pistones, unos volteando a la derecha, otros a la izquierda, unos apenas la sacudiendo la cintura los demás moviendo los brazos rítmicamente, como si corrieran, inexpresivos, pero al mismo compás cadencioso y robótico.

El brillo de la bóveda reveló la salida de un elfo que lucía una diadema pesada, que lanzaba parpadeos de luz, de pie en una base cuadrada con piso de diamantes, cargada por diez elfos repartidos en sus lados. Uno más venía recostado en un trono, también sostenido por otros de su especie. Reventó el sonido de una batería y el de un coro de dentro de la bóveda, acompañando a aquella procesión:

¡54 mil duendes en una colina deciden el destino del mundo,

y deciden que hay que embaucarlo!

¡Shika-tín-shika-tán

oja-oja-nika-tam!

¡Oh, sí, sí, los misterios se ha revelado!

¡Los seres de otros planetas traen la paz,

te curarás respirando,

te alimentarás viendo al sol

el agua de mar te rejuvenece,

no dejes una gota,

porque se acerca el Fin del Mundo!

¡Shika-tín-shika-tán

oja-oja-nika-tam!

¡Cuidado con los tesoros que guardas!

¡Vigila que no sea oro de los tontos!

¡Shika-tín-shika-tán

oja-oja-nika-tam!

¡Los tontos se emocionan con palabras huecas!

¡Los Misterios, los Pequeños Misterios, los Grandes Misterios

y no saben de qué hablan,

porque sólo tienen palabras o inventan en los huecos!

¡Shika-tín-shika-tán

oja-oja-nika-tam!

Los elfos avanzaban en filay cuatro llegaron con Pansy, colocándole una diadema, haciéndole reverencias, llevándola a otra base que traían, donde ella subió, elevándola frente a la procesión de elfos bailadores, que avanzaba en un cuadrado. Ives, contemplándola desde abajo, rodeado de elfos que le tomaban las manos y las movían en ritmo de la música chasqueando los dedos, pensó admirando a la Slytherin: Sólo las de poca imaginación dicen que las princesas son aburridas. Y colocándole un turbante con diamante en su centro, lo alzaron en hombros, sin dejar de bailar. Aunque estaban serios, se les sentía muy felices. Los demás llevaron a Pansy al frente de la procesión, en sentido contrario a la fila del que iba en el trono, para encontrase más adelante. Los elfos cantaban:

Los Vencedores de la Búsqueda,

los Liberadores de los Elfos Prisioneros, cantan:

Shika-tín-shika-tán

oja-oja-nika-tam

El oro de los necios

es su propia vanidad

Shika-tín-shika-tán

oja-oja-nika-tam

El oro de los tontos

es su orgullo sin final

Shika-tín-shika-tán

oja-oja-nika-tam

El oro de los débiles

es su obediencia sin parar

¡Shika-tín-shika-tán

oja-oja-nika-tam!

Bailando, los elfos cesaron de caminar, quedando Pansy frente al elfo del trono, quien llevaba un almohadón de terciopelo morado. En él descansaba un objeto y se lo tendió. La chica, sorprendida, alzó la pieza.

Al hacerlo, la luz azul de la puerta adelgazó, desapareciendo. Los elfos también.

Pansy e Ives cayeron en el suelo, de pie, sin turbante, ni diadema, solos en el sitio.

—El Tetraedro también se esfumó -dijo Ives.

Pansy no respondió. Miraba con interés el objeto que le dieron.

—El tesoro es un guardapelo -susurró-. Y es de Slytherin.

Cavendish se acercó.

Era un objeto para guardar, como recuerdo, un mechón de cabello: Una pieza de ocho lados porque representa el círculo cuadrado; con frente de vidrio, ostentaba la S en forma de serpiente de la Casa de Slytherin.

—Guardémoslo -indicó Ives.

Pansy cerró la mano, mirando a Ives con ira. Era una mirada nueva, que el Hufflepuff nunca le había visto. Furia, codicia, avaricia.

—Pansy -alarmado, hablando lo más amable que podía, el chico sacó el otro estuche de plomo, que compró como repuesto- ¿Lo guardamos, por favor?

Pansy se enojó más. Sintió que desconocía a Cavendish, o que lo conocía por fin. Un advenedizo, un interesado en conseguir el tesoro, eso era, ¡quitarle lo de ella, descendiente del gran dueño de la bóveda, su heredera! ¿Y tú por qué me dices eso?, pensó ella. ¿A quién pretendes darle órdenes, tú, un…. un…?

Pansy soltó el guardapelo lanzándolo directo en la caja de plomo, que Ives cerró y colocó dentro de la primera caja, más amplia, cerrándola con rapidez.

Pansy tomó aire, asustada, sacudida.

—¡Oh, Ives! ¡Ese objeto, es, es…. nunca vayas a tocarlo!

Rápido, el Hufflepuff mojó las manos de la chica con agua, después le echó jabón de sus provisiones, pidiéndole que se lavara las manos, usando toda la provisión de agua que no habían usado. Con magia quemó la pastilla de jabón. Secó las manos de Pansy y también quemó los pañuelos. La abrazó.

—Ha terminado ya -le dijo él-. Tenemos el tesoro, lo llevaremos a Hogwarts, no queremos saber nada de él.

La lechuza regresó y se fue de nuevo, seguramente con Gallant, luego de entregarles una carta que al abrirse emitió un sonido de sirena de policía muggle y dijo:

Scabior escapó, salgan de inmediato sin ser vistos, no sé cómo vamos a explicarnos ante el Tribunal, ¡rápido, viene un equipo de contención auror a arreglar el estropicio! Cranch.

Lo último fue cuando la carta se rompió.

Cavendish repasó la sala esparcida de restos. Estropicio, se lamentó, creo que hemos destruido medio Patrimonio Cultural de la Mugglidad.

Ives tuvo que hacer el hechizo y ambos aparecieron en el punto previamente elegido para escapar, el Parque Crescent, a varios kilómetros al Noroeste del museo.

Caminaron al sitio convenido, saliendo del parque semicircular rodeado por dos bloques de edificios en herradura. Salieron a Marylebone Road, para abordar un taxi con el resto de las libras esterlinas y llegar a Charing Cross.

El aire hizo bien a Pansy, que se despejó y volvió a la normalidad, porque metros allá, rodeados de transeúntes, lo retó con una sonrisa pícara:

—Así que soy tu novia, Cavendish -asintió con la cabeza-, ¿quién lo hubiera creído?

—¿Quién dijo eso? -fingió un tono casual, buscando uno de los taxis negros de Londres. entre las luces de los autos.

Sonriendo, ella le dio un leve puñetazo en un hombro.

—¡Quién sabe, señor! ¡No sabe, porque no se oyó!

Ives sintió que se le terminaba el espacio a dónde huir. O se le terminaban las ganas de huir. Iluminados por los autos, a la orilla de la vía de cinco carriles, Pansy se detuvo frente a él, sonriéndole con mirada intensa, al obligarlo a mirarla. Aun sin varita, era una bruja poderosa.

—¿Te molestó que me tocaran, verdad? -lo intuyó- No te gustó nada que alguien me diera vueltas, me abrazara y me hablara de ese modo.

—No recuerdo haber dicho nada sobre eso.

—Pero si ocurre de nuevo o yo quiero que otro lo haga, lo vas a recordar.

—Eres bastante persuasiva -comentó Cavendish, caminando; nunca habían visto tantos autos juntos; la luz era un río.

—¿Por qué lo dijiste? -insistió la Slytherin, sin dar un paso.

—Fue un…

—Fue un decir -completó Pansy, cooperativa de buen grado.

—Debía defenderte -giró hacia la chica.

—Debías pensar si eso quieres -asintió ella, con esa sonrisa maliciosa-. Que yo haga con otro lo que hago contigo. ¿Eso quieres?

Ives se rascó la nariz sin sentir comezón.

—¿Has pensado en ser abogada? Tienes talento.

—¿Eso quieres?

—¡No, no quiero eso! -admitió.

Ella le mostró el Sigilo.

—¿Me quieres? Firma.

—Hay un tema…

—Es muy fácil. Yo de ti, tú de mí.

—Con la primera parte no tengo problema, la segunda me preocupa.

La Slytherin rio de buena gana, viendo a las ventanas iluminadas un momento.

—¿Te preocupa ser de mí? Sí, me imagino que sí, lindo.

Ives no pudo evitar encontrarla guapa en ese desenfado.

—Ahí lo tienes, me sobresaltas.

—¡Sí, claro! -ironizó ella, de buen humor- Alejaste a Scabior a pedradas, pero te sobresaltas, pobreto. ¿Crees que alguien como tú con esos chispazos se contentará con una Frígyndor?

—Cáspita, no -dio otros pasos hacia ella

—Lo dijiste -asintió ella, mirándolo en las luces secretas de Marylebone- Soy tu novia. Luego entonces eres mi novio.

—¿Quieres asustar a un tejón? No cuidas el sistema nervioso de los mustélidos.

Un grupo de gente se apresuraba en sentido contrario; debían ser turistas tratandi de aprovechar la noche.

—Sí -asintió Pansy-, sí, no lo cuido, porque una fuerza mayor me lleva a ti, algo hay en tu forma de escabullirte de mí, que me atrapa. Creo que es porque lo haces ingenuamente.

—¿Porque no soy Nelms?

Una patrulla de la policía londinense pasó veloz a un lado de ellos, haciendo sonar la sirena. El ulular ocultó dos palabras de Pansy, pero le entendió porque ella llegó a él:

—¿Él te preocupó, verdad? Lo vi en tus ojos. Temiste que tuviera más recursos que tú para gustarme.

—Admito que sí -sonrió él, sin mucho gusto-, siento que vienes de un mundo que desconozco.

—Te diré una cosa y es muy cierta: los pagados de sí mismos, que se creen de mucho mundo, esos que se lucen para conquistar, me caen mal. Creen que soy estúpida para deslumbrarme con sus galeones y olvidar su pobreza en los demás terrenos. Si fueras así conmigo hace mucho que me habría marchado. También si te hubieras ensoberbecido. Al contrario, me has mostrado que me quieres.

Sonó otra sirena, acercándose y alejándose.

—¿Y cuál es mi virtud, para ti? -preguntó él.

Pansy le acomodó las correas de la mochila, repasándolas con los dedos.

—El que juegues con fuego conmigo, me atrae -le alisó las solapas del saco-. El que quieras hacerte el indiferente porque te pongo nervioso, me atrae. Varios aspectos tuyos me estimulan. Esa tentación constante que sientes de besarme. Ese aire dócil que tienes, aunque sé que llevas la música por dentro. Tus gustos raros. Tu dulzura. Tu forma tierna de querer. Cuando me ves con tus ojos ingenuos haces que se me ocurran muchas ideas que, esas sí, puedo asegurarte que no te imaginas, pero creo que las haríamos realidad de un modo maravilloso. Eres tan honestamente ingenuo que me dan ganas de comerte. Dime: ¿no deseas ser abrazado por las vueltas de la Serpiente? Deja de huir, Ives, sabes que te va a gustar.

Ives le dio la razón en todo e iba a responder cuando Pansy miró un momento a la calle, porque el flujo de gente no paraba y había notado algunos tonos de voz tensos, hasta darse cuenta que una fila de patrullas policiales, algunas con jaulas, carros de bomberos y ambulancias, avanzaban haciendo sonar las bocinas y sirenas.

—¿Qué sucede? -preguntaron un señor, los dos al mismo tiempo.

Bañados por la luz cambiante de las torretas de los vehículos policiales y de socorro, grupos de personas se alejaban o buscaban teléfonos públicos.

—¿No lo saben, chicos? -exclamó el señor- ¡Acaba de salir en BBC! ¡Un tren con toneladas de combustible se dirige desbocado a la Estación del Estadio de Wembley! ¡Es sólo una estación al Norte de donde estamos, no hay tiempo de detenerlo, ni llamando al ejército! ¡Abandonen este lugar!