XXI

Deidara debía admitir que se sentía levemente impresionado. Pero no lo haría en voz alta, eso sería ridículo.

Con la adrenalina recorriendo sus venas e intentando que la situación no lo dominara, el rubio sacó su arma tomando tiempo que no tenía para inventar un plan perfecto. Giró sobre sus talones lentamente y al estar frente a la puerta y su perseguidor ya había logrado pensar en algo. Decidió que sería de la manera rápida y se alegraba de que nadie supiera de este tonto e insignificante accidente.

Apuntó sin dudar al cazador. Sabía que a pesar de que aún tenía que terminar su trabajo no podía darse el lujo de quedarse unos minutos a hablar. No obstante, no podía irse sin antes saber de quién se trataba y por qué le perseguía. Ese fue el motivo por el cual el artista se limitó a apuntar y no disparar; estaba dispuesto a retrasar el secuestro para deleitarse con un primer plato de sadismo.

El reloj que se acomodaba en el dintel de la puerta anunciaba, por lo poco que lograba ver, que había pasado una hora y cinco minutos desde su arribo. Si todo funcionaba bien en ocho minutos el individuo que estaba justo debajo del objeto de las manecillas estaría muerto. Suponía que ese sería tiempo suficiente para saber de quién se trataba y qué objetivo perseguía, además de torturarlo y asesinarlo los últimos dos minutos para borrar la evidencia en sesenta segundos y desaparecer de ahí. Podía hacer que pareciera un suicidio si dejaba su arma y se las arreglaría después para amenazar a Sakura y hacer todo de manera óptima.

Desde el otro lado y ajeno a los pensamientos del rubio, la silueta pareció no inmutarse con el arma que la señalaba. De hecho ni se movió, exasperando al artista. La poca luz que le aportaba la ventana próxima logró que se diera cuenta de que se trataba de un chico alto, de piel nívea y cabellos oscuros. Le miraba serio, de una manera casi perturbadora. Obviando las increíbles similitudes, no se trataba de un Uchiha. Entonces Deidara rio para sus adentros, asegurándose la victoria al pronunciar su nombre.

—Sai.

Como si se hubiese tratado de una señal, el aludido se adelantó un par de pasos hasta que su rostro fue despojado de la oscura y etérea manta que le cubría. Efectivamente se trataba del antipático chico que trabajaba junto al rubio en el museo. Mientras el artista de las esculturas sentía cómo el alivio se apoderaba de su ser, bajó el arma lentamente. Si bien no había retrocedido ante su decisión de asesinar al enemigo, sabía que Sai no era más que un artista de irrisoria importancia, a veces enfermizo y de poca fuerza aparente. Su presencia no significaba una amenaza inmediata.

Acto seguido el moreno sonrió.

—Qué bueno es haberte atrapado, Deidara —cortó con su voz el silencio imperante.

—¿Atraparme? —se rio fuerte, haciendo burla de las palabras de su acompañante— La organización para la que trabajas fue sobornada por Akatsuki. No hay nada que puedas hacer en nombre de Raíz.

Lo cierto es que el rubio artista sabía que Sai no era un hombre de fiar. Desde el primer minuto le pareció sospechoso y realmente le molestaba que Madara lo hubiera contratado. El viejo Uchiha lo quiso trabajando para el museo porque así las probabilidades de ser descubiertos serían menores. Él estaba al tanto de que el joven moreno pertenecía a Raíz, organización secreta que recorría todo Japón y que perseguía personas a sueldo, y que si bien el arte era su gran pasión, era ante todo un agente. Para evitarse problemas, Madara compró su posible persecución al gremio, de manera tal que no aceptaran ningún trabajo relacionado con Akatsuki. Así se aseguró de no ser perseguidos por Raíz y que la policía no sospechara de la reducida cantidad de artistas que exhibían ahí.

Sintiéndose ganador, el rubio dio un paso adelante en ademán de querer irse de la habitación; le iba a perdonar la vida por ser tan idiota. Era un evento inédito, Deidara terminaba lo que se proponía, empero el moreno no era más que una rata inútil. No podía hacer nada. Cuando iba a dar su segundo paso, Sai lo detuvo asegurando su postura.

—Siento decirte que no vengo en nombre de Raíz —señaló esta vez serio, ganándose la atención de su oyente—. Estoy aquí por voluntad propia.

Deidara volvió a reír.

—¿Y qué se supone que harás tú?

—Nada especial —solucionó con sencillez—, solo hacer que pierdas tu tiempo.

El tenso silencio que se formuló fue interrumpido por el rechinar de los dientes del artista de las esculturas. No se lo esperaba. Preveía alguna estupidez como que le intentara esposar o quizá que comenzaran una pelea; algo que le tomara un poco más de trabajo a Sai. El rubio, encendido por lo estúpido que le había hecho ver, cortó la distancia entre ellos intentando asestarle un puñetazo en la mejilla izquierda al tiempo que le maldecía en voz alta. Y antes de que pudiera hacer nada, el chico de cabellos negros ya había detenido la mano empuñada de su acompañante en el aire a milímetros de alcanzar su cara.

—Esta es la habitación que registró Sasuke a nombre de Naruto, sin embargo, lo hizo para despistar a quien siguiera los movimientos de la tarjeta bancaria de su amigo. Bastante inteligente, ¿no? —reconoció Sai, irritando al rubio—. En este hotel hay doscientas veinte habitaciones, incluyendo la suite presidencial. Te queda por revisar doscientas diecinueve habitaciones, si es que no la encuentras antes.

El artista de las esculturas tiró para que el moreno le soltase.

—O probablemente ya se ha ido en todo este tiempo que te tuve retenido —agregó sonriendo. Sai sacó su teléfono celular enseñándole el registro de llamadas. Deidara miró confundido y lo siguiente que dijo el moreno lo enfureció aún más—. Espero que llegue la policía antes de que encuentres a Sakura.

Chasqueó la lengua maldiciendo su suerte. Airado atrapó a su acompañante contra la pared, agarrando su cuello con el antebrazo y haciendo que los pies del moreno quedaran a un par de centímetros del suelo. Los azules ojos miraban enrabiados los inexpresivos negros. El rubio tensó su agarre y su compañero se quejó bajito.

—Maldito seas —articuló en un oscuro y resentido susurro, seguido de una risilla macabra y su respiración errática—. ¿Para qué mierda estás aquí?

—Ya… t-te lo dije —respondió con dificultad—, para… detenerte.

Esa fue la sentencia de Sai. El rubio le soltó sacando su pistola y el silenciador. Deidara quería conocer el propósito que perseguía con detenerlo y sabía que insistir en la pregunta sería contraproducente. Como agente, el moreno hacía buen trabajo; como persona que ama su vida, no tanto. Mientras unía el silenciador al arma, los azules ojos buscaron la expresión de su acompañante. Esperaba un poco de miedo en su rostro mas encontró lo mismo de siempre; una línea recta que surcaba su rostro, justo debajo de la nariz, y ojos displicentes. Sai masajeaba suavemente su garganta, señal de que el agarre había sido fuerte.

En la ciudad de Matsuyama todo había acontecido de manera normal en esa calurosa mañana de verano. Por las calles el tráfico estaba relativamente despejado y los peatones caminaban con tranquilidad por las veredas.

Hasta que el silencio matinal se quebró por las alarmas de los coches de policía y la ambulancia que se dirigían al mejor hotel de la ciudad, y la gente, conmocionada y curiosa, se juntaba fuera del edificio para saber qué había pasado. Rápidamente dos paramédicos antecedidos por el primer grupo de agentes de policía se adentraron en el hotel, mientras que el segundo bloque de uniformados cerraba el perímetro y mantenía a los curiosos a raya. Así y sucesivamente comenzaron a llegar más coches de policías que entraban al edificio como refuerzo.

Sasuke dobló en la esquina regresando al hotel, cuando la ambulancia giró en dirección al mismo lugar. Observó a la multitud aglomerada a los pies del edificio y algunos oficiales fuera de él, mientras otros debían estar revisando el lugar. El Uchiha se tensó y comenzó a correr en el mismo segundo en que el vehículo del hospital curvaba su camino. Era la recreación más fiel de alguna pesadilla que Sasuke hubiera tenido sobre cómo Daichi y Sakura fueron secuestrados. Corría y sentía cómo su corazón latía con algo parecido al miedo; hubiera querido despertar en el mismo minuto en que giró en la esquina, cuando contempló la entrada del hotel lleno de gente y junto a él, en la calle, aparecía una ambulancia a toda velocidad y se detenía en la vereda frente al edificio, pero en el minuto en que comenzó a correr se dio cuenta de que no era, ni de lejos, una pesadilla. Era horriblemente real.

"¿Ya habían llegado? Era demasiado temprano o quizás él se había demorado mucho en la estación de trenes y la farmacia. Revisó la hora; no le había tomado más de quince minutos. Siempre existía la probabilidad de que esa hubiese sido una simple —sádica y molesta— coincidencia. Sasuke frunció el ceño violentamente a punto de darse una reprimenda mental debido a lo absurdo de su último pensamiento; es decir, ¿cuántas veces en la vida van a concordar en un mismo hotel dos o más tragedias?"Mierda, los subestimó. Al principio no había entendido la presencia de los paramédicos en el lugar. Los policías debían estar persiguiendo a Akatsuki mas el hospital estaba, aparentemente, injustificado.

En un rápida conclusión, Sasuke ya se encontraba entre la muchedumbre, abriéndose paso sin dejar atrás la bolsa con los pedidos de Sakura y los boletos para el tren en el bolsillo trasero de sus vaqueros. Una ambulancia no se iba a presentar por un recién nacido con un resfriado reciente; si estaban allí era porque había un accidentado. Probablemente habían encontrado a la Haruno y a Daichi en la habitación y le habían disparado a ella. O tal vez a ambos. El pelinegro empuñó la mano, apretando la bolsa. Y aunque no los hubiesen asesinado, algo terrible había pasado y no existían otras personas en ese hotel a las que estuvieran siguiendo, según él.

Cuando la despeinada y oscura cabeza estuvo al frente de la cinta, intentó cruzarla, pero un oficial se acercó a él haciéndole retroceder.

—Está prohibido el paso —pronunció de manera mecánica, casi como un robot. Ante el gesto de inconformismo del hombre pelinegro, completó:—. No queremos que entorpezca nuestro trabajo la gente curiosa.

—Me estoy hospedando aquí —arguyó Sasuke con deje de inquietud—, mi pareja e hijo también. Déjame pasar.

El policía se quedó en silencio meditando la situación mientras Sasuke lo asesinaba con la mirada por pensárselo tanto. Había una mujer, un bebé y un psicópata de Madara dentro, no había mucho que considerar; sin embargo, el silencio pausaba las manecillas del reloj y el pelinegro se tensaba cada vez más. Pasados uno segundos el agente volvió la vista al joven, quien estaba impaciente por respuesta, y negó con la cabeza.

—Hay alguien muy peligroso dentro y mis superiores indicaron que nadie puede entrar o salir del hotel. Debe guardar calma, la policía ya está aquí.

El Uchiha gruñó. Ante el obtuso comentario del policía quiso golpearle, mas eso haría que sus problemas fueran en aumento. ¿Cómo se suponía que se quedaría tranquilo? Ni siquiera sabía si en realidad los habían atacado y estaba seguro de que, si no fue así, pronto lo sería. Buscó rápidamente entre sus ropas su teléfono celular. Encontró entre ellas su cartera, un poco de dinero suelto y los boletos del tren.

El móvil de Sasuke vibró en la mesita de noche de la habitación doscientos tres. Sakura salió del baño envuelta en una toalla, mientras su hijo dormía profundamente con las mejillas aún arreboladas. Al observar que el teléfono oscilaba en la mesilla se acercó a curiosear. Sujetó con su mano izquierda su toalla, a la altura del pecho, y con la otra agarró el móvil y vio que el hermano mayor de los Uchiha era quien llamaba. Como sabía que a Sasuke no le iba a gustar que ella husmeara en su teléfono dudó un momento, mas recordó que Itachi siempre estaba preocupado por su hermano por lo que decidió atender, más que nada, por cortesía.

—¿Sasuke? —pronunció con la rareza de que le hayan contestado.

—No —rio ella con nerviosismo contra el micrófono—, soy Sakura. Sasuke fue a la farmacia a por cosas que le pedí; debe estar cerca.

Itachi permaneció en silencio un momento.

La chica atravesó la habitación hasta llegar a la ventana y observó a la calle. Frunció el entrecejo al ver al gentío acopiado ahí y se asustó al reparar en la policía y la ambulancia. Dio pasos confundidos hasta la cama, encontrándose con su hijo. Daichi abrió pesadamente los ojos y bostezó. La chica lo tomó entre sus brazos y comenzó a tambalear el pie contra el piso de la habitación.

Así que tenía razón. Ese era el motivo por el cual el Uchiha estaba tan apurado por salir de Uchiko y después de esa ciudad, el porqué había registrado dos habitaciones y pagaba la mitad de los gastos con la tarjeta de Naruto. En el momento que la chica lo había dicho no pensaba que fuese tan cierto como que la policía estaba, precisamente en ese minuto, fuera del hotel. Ella creía que tal vez a su familia no le gustaba la idea de que haya escapado de la boda para buscar a su ex novia al otro lado de Japón y que por ese motivo estaban siguiendo sus movimientos, para estar seguros de que era ese viaje lo que hacía y que se encontraba bien, pues era obvio que él no iba a llamar a sus padres por nada menor a una emergencia.

Mas aparentemente se equivocaba en la mitad. Estaba ocurriendo algo mil veces más inicuo, fuera de cualquier situación que ella pudo haber imaginado. Se preguntaba si era normal sentirse tan nerviosa al mismo tiempo que abrazaba a Daichi. Demonios, sí. Lo era porque, a pesar de no estar al tanto de qué estaba ocurriendo, sabía que estaba relacionado con ella. Algo le iba a pasar a ella. Y se sentía aun peor estar arrastrando a su hijo a la situación.

Ratificando sus conclusiones, el hermano mayor habló.

—Sakura, es imperativo que estés siempre cerca de Sasuke.

En un suspiro que acabó con todo su aire, la chica comenzó a temblar. ¿Qué se supone que tenía que hacer? El menor de los Uchiha no estaba ahí con ella y como si fuera poco, la policía estaba en el lugar. Probablemente debería sentirse un poco más tranquila por la presencia de los uniformados, pero ella no hacía más que estar sentada en la cama abrazando a Daichi y tiritar de los nervios.

Se produjo una pausa en la conversación dadas las palabras del chico. La Haruno se quedó en blanco, mirando al vacío, intentando respirar. Había olvidado por completo inspirar y no podía permitirse un desmayo en ese minuto. Rasguñó con poca fuerza su pierna desnuda y volvió a ser consciente de la realidad. Entendía que no podía estar tranquila por lo obvio pero debía pensar con calma por lo menos un segundo para lograr hacer algo.

—¿Por qué? ¿Qué ocurre, Itachi? —suplicó saber.

Empero la respuesta no llegó desde la voz del aludido, sino de la puerta de la habitación que se abría lentamente.