.-.-.-.- Capitulo 21 .-.-.-.-
La despertó la claridad del día, que entraba por la ventana. Robin abrió los ojos y se encontró en una habitación que no era la suya. Por un momento se sintió desorientada, pero enseguida recordó que aquel era el dormitorio de... ¡Zoro!
"¡Ay, Mamá!", gimió en silencio. "¿Qué he hecho?"
Sin moverse, trató de comprobar si su vecino estaba en la cama. Oía su acompasada respiración. Seguía dormido. Mejor. Con mucho cuidado salió de la cama. Estaba completamente desnuda. Su ropa interior, las medias y los zapatos sembraban el suelo de la habitación. Se la fue colocando conforme la recogía, tratando de no recordar con qué atrevimiento se la había quitado la noche anterior . Encontró el boxer de Zoro y lo dejó sobre la cama. No; no podía pensar en eso. El alcohol había actuado por ella.
"¿Y la ginebra hizo que tuvieras los orgasmos más fantásticos de tu vida?" Había olvidado lo que era acostarse con un joven de veintiocho años. Su aguante. Ya no recordaba lo que era hacer el amor más de una o dos veces en una noche. "¡Y ni siquiera fue la noche completa!" Se atrevió a mirarlo. Dormía casi despatarrado. El pelo, revuelto, y una sonrisa satisfecha en la cara. Desde luego, tenía motivos para estarlo. En el lado derecho de la cama aún se apreciaba el hueco donde había estado ella. Mudo recuerdo de unas horas de sexo glorioso. ¿Quién iba a pensar que su vecinito supiera hacer todas aquellas cosas? Con un suspiro en los labios, dejó la habitación y salió al pasillo. La luz aún estaba encendida. La ropa que se habían quitado seguía alfombrando el suelo. Su vestido estaba arrugado como una pasa, pero se lo puso de todos modos. Recogió las prendas de Zoro y las fue colocando en los respaldos de las sillas del comedor . Se llevó la camisa a la cara. Todavía olía a su colonia; a él. El aroma despertó recuerdos y sensaciones que la excitaron de nuevo. Le oyó moverse en la cama. No tenía más tiempo. Podría despertarse en cualquier momento y no quería que la pillara aún en su casa. Tomó el abrigo y el bolsito de la mano, y apagó las luces del pasillo antes de abandonar el lugar . Descalza, sin tomarse la molestia de esperar al ascensor, bajó los pisos que la separaban de su hogar . No deseaba alertar a ningún vecino. Su casa solitaria le dio la bienvenida. Noah no volvería hasta la víspera del día de Reyes. Lo iba a echar mucho de menos, pero su padre también tenía derecho a verlo y aunque Law fuese un capullo, no podía acusarlo de ser mal padre. Colgó el abrigo en el armario, junto con los zapatos, y comenzó a desvestirse para ducharse. Olía a sexo, sudor y... satisfacción. ¿Cuánto hacía que no se sentía así? Tanto que ni lo recordaba. De no ser por el remordimiento de haberse acostado con su vecino —mucho más joven que ella—, lo habría disfrutado más. "Deja de comerte el coco con eso", se dijo.
"Habrá pensado que soy una facilona.
"¿Y qué más te da? Él también es un facilón y no pasa nada.
"Ya, pero ¿qué voy a hacer cuando lo vea?
"Pues saludarlo, tonta."
Su conversación interior no la estaba sirviendo de mucho. El sentido de culpa seguía intacto. Había sido un tanto estúpido romper su racha de celibato con un vecino. Iba a ser violento cada vez que se encontraran en el portal o coincidieran por la calle. Ya sin ropa, se metió en la ducha. El agua tibia puso de manifiesto la extrema sensibilidad de su piel tras el encuentro sexual. Hacía tiempo que no la notaba de ese modo. Lavarse fue casi un tormento; su cuerpo reaccionaba al contacto de las manos, excitándose y pidiendo satisfacción. Incluso las zonas que tenía doloridas pedían ese tipo de alivio. No tardó en salir de la ducha para secarse. Deseaba vestirse lo antes posible. El timbre del teléfono rompió el silencio reinante y Robin, pensando que podría ser Noah, corrió a contestar con la toalla enrollada en el cuerpo. Eran las once y diez de la mañana, seguro que era él.
—¡¿Aquel tío bueno era tu vecino?! —gritó Nami cuando ella descolgó—. ¡Joder! Mañana me mudo a tu portal.
—Buenos días. Sí, era Zoro.
—Cuando me dijiste que estaba bien, fuiste demasiado parca. ¡Está para comérselo entero! ¿Y qué es eso de que es tu novio?
Robin suspiró; sabía que tarde o temprano iban a llegar a ese punto.
—Se lo inventó. Había visto lo incómoda que estaba y decidió rescatarme.
—¡Todo un caballero andante! —se burló Nami, ronroneando—. Koldo se quedó plantado y terminó marchándose a buscar pastos más verdes.
—Es un creído insoportable. Espero que Jaime no sea así.
—No, desde luego que no lo es. Es muy agradable y hemos pasado una noche más agradable aún —confesó con voz sugerente—. ¿Y tú? Dime que te lo has montado con tu vecino "tío bueno" —ordenó, esperanzada.
—Sí —confesó Robin en un hilo de voz.
—¡¿Qué?! —El grito casi le taladró el tímpano.
—Nos hemos acostado.
—¡Joder , joder , joder! ¿Y a qué esperabas para llamarme? ¿Qué tal ha sido? ¿Cómo es en la cama?
—No me parece bien hablar de ello, Nami.
—¡Por Dios, no me seas remilgada! —protestó su amiga—. Yo te lo cuento todo.
—Lo sé, pero...
—No hay peros que valgan. Empieza a soltar por esa boquita o voy a tu casa y te lo saco a la fuerza. Espera. —Guardó silencio un momento—. ¿No estará él ahí? —No. Lo he dejado en su casa, dormido.
—¡Qué ingeniosa! Te has escabullido como una ladrona. ¡Ladrona de sexo! Mira, un título estupendo para esas novelas románticas que solemos leer. —Se carcajeó.
—Estás como una cabra. —Rio también.
—Anda, cuéntame qué tal te ha ido —pidió su amiga, una vez que dejó de reír—. ¿Qué tal es acostarse con un tío más joven que tú?
Nami no pararía hasta que le dijera algo.
—Pues como conducir un Ferrari después de haber llevado un utilitario mucho tiempo. O en mi caso, ni siquiera eso. —Bajo la toalla, su cuerpo empezó a reaccionar ante el recuerdo de lo que habían hecho. Apretó las piernas como si de ese modo pudiera contener el latido en el vientre y más abajo—. Fue fantástico. —Suspiró.
—¡Pásame su teléfono! —ordenó Nami. No supo si su amiga lo decía en serio o era una broma; en cualquier caso, no le gustó. La idea de compartirlo era... "No es nada tuyo. Aparte de tu vecino", se dijo, para no pensar en lo que sentía. "Solo ha sido una noche de sexo sin ataduras por ninguna de las dos partes. Seguramente no volverá a ocurrir." —¿Vas a ir a comer a casa de tus padres? —preguntó Nami, como si lo anterior no tuviera importancia—. Yo iré a casa de los míos. Luego he quedado con Jaime. ¿Y tú?
—Sí, comeré con ellos. Luego me vendré a casa.
—¿Con Zoro?
—¡No! Entre él y yo no habrá nada más —contestó, categórica.
—No lo descartes tan rápido. Unos buenos revolcones no vienen mal a nadie. Aprovecha el momento, tonta. No todos los días se te presenta la oportunidad de disfrutar del cuerpo y las aptitudes de un joven tan bien plantado como tu vecino. Si fuera tú, estaría ahora mismo pegándome un polvo mañanero de no te menees.
—Voy a prepararme para ir a casa de mis padres. —Visto de ese modo, su amiga podía tener razón.
—Pues qué mejor manera de aguantar las restricciones de tu madre que ir con el cuerpo satisfecho por haberte follado a un yogurín con el cuerpo del David de Miguel Ángel.
—Es mejor que David —confesó, completamente ruborizada—. Y desde luego está mucho mejor "dotado".
Eran cerca de las diez cuando Zoro llegó a su portal. No había querido quedarse a cenar con sus padres, pese a que su madre se había esmerado en la cocina. En realidad no tenía hambre, al menos no de comida. No conseguía dejar de pensar en Robin desde que se despertó aquella mañana, con el sabor de su cuerpo en la boca y con ganas de volver a repetir lo sucedido entre las sábanas. Lamentablemente, estaba solo en aquella cama. Ella se había ido. A veces, sus mañanas de "el día después" eran complicadas. Algunas chicas se comportaban como si fueran una pareja de mucho tiempo; otras le miraban avergonzadas de encontrarlo en su cama. En cualquier caso, nunca sabías a qué atenerte. Pero hasta ahora, ninguna se había escabullido mientras él dormía. Tal vez porque en contadas ocasiones las había invitado a su casa, pensó. Se llevó la mano al bolsillo y palpó la pinza del pelo, que le había soltado después de hacer el amor. Se sabía la forma de memoria por todo el rato que había pasado observándola desde que la encontrara en el suelo de la habitación. Era un delfín de plata, un animal tan escurridizo como había resultado ser ella. Por alguna razón que desconocía, no había podido dejarlo en casa y se lo había llevado en el bolsillo del pantalón hasta la casa de sus padres.
—Zoro , hijo, estás muy distraído hoy. ¿Tienes resaca? —le había preguntado su madre. Era cierto, estaba distraído. No había podido apartar de su mente lo ocurrido la noche anterior con su vecina. No dejaba de pensar en ello. Ni siquiera la llegada de su primo Bon, con Daz y dos botellas de Moët & Chandon, el champagne preferido de sus padres, había conseguido apartarla de su cabeza. Y eso que traían buenas noticias sobre la operación de Paula Doublefinger. Ni la tristeza que ensombrecía los ojos de su hermana y que cada vez le tenía más preocupado, había logrado que dejara de pensar en su vecina y en todas las cosas que no habían hecho y que se moría por hacer. Ahora, ya en el edificio, subió los dos pisos andando y pulsó su timbre. Esperaba que Robin estuviera en casa. Sabía que Noah se encontraba con su padre...
—Hola —murmuró ella al abrir la puerta. Llevaba su ropa de estar en casa: camiseta holgada, leggins y sus zapatillas rosa con cara de conejo. El pelo recogido en una coleta y las gafas de pasta negra. Hasta él llegó el aroma floral de su colonia. ¡Joder! Se había excitado nada más verla y su olor lo intensificaba.
—Hola. Esta mañana te has olvidado esto. —Sacó la pinza del bolsillo. Prefería no tener que dársela, pero era la excusa para estar allí.
—Yo... —Se puso colorada al cogerla. Le encantaba eso de ella. Su timidez. "No te engañes. Te gusta todo de ella", se dijo.
—¿Puedo pasar? —susurró, metiéndose las manos en los bolsillos del vaquero para disimular la erección que abultaba la parte delantera.
—Yo... No creo que sea buena idea, Zoro . —El sonido de su nombre musitado por ella era tan erótico como el mejor afrodisíaco. ¿Qué tenía esa mujer que lo volvía loco?—. Lo de... anoche... —titubeó, sin apartarse de la puerta. No lo miraba. Bajo aquellas gafas de pasta negra, sus preciosos ojos permanecían ocultos—. Lo de anoche no fue buena idea. No creo que...
—Yo creo que lo fue. Los dos lo pasamos bien —susurró sin tocarla, por mucho que anhelara hacerlo. Le hormigueaban los dedos por las ganas de sentir su piel bajo las yemas—. ¿Podemos hablarlo... dentro? —Miró a la puerta del vecino. Robin pareció pensarlo una eternidad, mientras él desesperaba por besar cada centímetro de su cuerpo. Empezando por la arruga que le aparecía en el ceño por pensar tanto, y continuando por las mejillas hasta su barbilla. La tensión sexual subyacente casi se podía palpar
—Está bien, pasa. —Se apartó de la puerta para dejarle entrar—. Yo... no suelo tener este tipo de relaciones —empezó a decir , al cerrar la puerta tras él—. Y no creo que debamos repetir...
La calló con un beso. Un beso dócil y lento mientras mantenía las manos en los bolsillos para no asustarla. Quería dejar de escuchar sus excusas, no facilitarle motivos como los que parecía buscar para rechazarlo. Cuando al fin la sintió ablandarse, cuando consideró que no iba a apartarle, se permitió abrazarla. Primero con suavidad, para después pegar el cuerpo al de ella y disfrutar , sintiendo sus rotundas curvas contra él. Esas curvas que había acariciado la noche anterior y que no veía la hora de volver a acariciar. El beso se hizo más profundo. Sus lenguas se tocaron y otra vez su sangre se agolpó en la entrepierna, hinchando aún más su endurecido pene. El apremio empezó a adueñarse de la situación. Zoro tardó un rato en darse cuenta de que ella le había metido las manos por debajo de la camiseta y le acariciaba la espalda con las uñas. Lo estaba poniendo a mil. Abandonó su boca para recorrer el cuello y llegar hasta esa hondonada que se le formaba entre las clavículas y que, en ella, le parecía tan erótica. Tomó sus pechos con las manos y los acarició por encima de la camiseta. No se había puesto sujetador y los sentía pesados entre los dedos. El gemido que escapó de los labios de Robin le volvió loco. Si no entraba pronto en ella, iba a tener serios problemas. No tenía fuerzas para contenerse. Como si ella intuyera su apremio —o, más bien, como si tuviera las mismas prisas que él—, sus manos se centraron en soltarle la hebilla del cinturón y los botones de la bragueta del vaquero.
—Joder —masculló, al sentir la mano de Robin que rodeaba su miembro liberado. Comenzó a bajarle los leggins y las braguitas con la torpeza fruto del apresuramiento. Su pulso latía en las sienes y a lo largo de su pene con rapidez inusitada. Estaba a punto de estallar.
—Déjame a mí —oyó que ella decía, terminando de quitarse las prendas casi a patadas. Zoro aprovechó para sacar un condón de la cartera y echarla al suelo, sin molestarse en volver a guardarla en el bolsillo del pantalón. Se colocó el preservativo en tiempo récord. Antes de que pudiera pensar en nada más, alzó a Robin para que lo abrazara por la cintura con las piernas y se introdujo en ella de un solo movimiento. Los dos gimieron. La pared fue el soporte que necesitaban para no caerse y dejar que sus cuerpos se movieran sin problemas, buscando satisfacción. La miró a la cara. Deseaba verla en el momento en que se dejara ir . Quería ver cómo se nublaban sus ojos, vidriosos por la pasión; escuchar su grito, cuando al fin alcanzara la dicha y él pudiera dejarse marchar . Los cristales de las gafas se estaban empañando, como si se burlaran de su deseo. Empujó más adentro, una y otra vez, aumentando el ritmo conforme el placer se extendía por todo su cuerpo. Sentía flojera en las rodillas, pero no podía parar. No ahora que el placer los tenía cautivos. No hasta lograr el premio. El desahogo de los dos llegó antes de lo que hubiera pensado y los dejó laxos contra la pared, respirando entre jadeos, con una sonrisa bobalicona en la cara. Habían vuelto a alcanzar las estrellas. Apoyó la frente en la de ella y le besó la punta de la nariz.
—Bueno, profe, no ha ocurrido como anoche —consiguió recalcar , cuando su respiración se normalizó. Seguía dentro de ella y sin ninguna gana de salir de allí—. Creo que he cumplido con tu deseo. Si nos vamos a la cama, prometo no repetir nada de lo que hicimos en la mía.
¿Crees que así cumpliré con tus condiciones? Se alegró de oírla reír . Su risa era algo ronca, tan sexy como el encaje negro sobre la piel desnuda.
—Eres muy manipulador, pico de oro. ¿Te lo han dicho alguna vez? —dijo ella.
—Nunca así. —Bajó la mirada hasta donde se unían sus cuerpos y la miró con picardía —. ¿Te han dicho alguna vez que tienes una risa muy excitante? A mí me pone a dos mil. ¿Lo notas? —preguntó, moviéndose un poco para que sintiera que ya estaba preparado y listo para volver a repetir.
—¿Otra vez? —preguntó ella con los ojos abiertos bajo los cristales, ya libres de vaho —. ¡Acabarás conmigo!
—No si antes lo haces tú conmigo —aseguró, besándola a conciencia—. Me parece que, bajo esa fachada de maestra, eres una loba insaciable.
—Nunca me habían llamado "loba insaciable". —Volvió a reír y sus movimientos, reflejados en la vagina, le llevaron al límite otra vez.
—Eso es porque no supieron encontrarla dentro de ti.
Zoro caminó hasta el dormitorio con Robin en brazos, trastabillando; los pantalones, a medio muslo. Sin permitirse salir de ella.
—Déjame en el suelo. Terminaremos matándonos.
—Sería una preciosa forma de morir: contigo en mis brazos y clavado en ti —aseguró con total sinceridad.
Continuara…
Volviii… y he aquí un nuevo capitulo… Reviews?
