Hak lo ha aprendido con los años, hay mucho más que lo que se ve a simple vista. Pero Hak se niega a ver las señales, se niega aceptar que el Soo-Won que conoció de niño ha ido construyendo máscaras, para ocultar sus deseos, sus afectos.
Hak se niega a creer.
Porque Hak quiere creer que se está dando por vencido antes de intentar luchar, porque él, Soo-Won, esa persona a la que tanto admira, es la mejor para esa otra persona a la que él ama. Porque él los ama a los dos, y está dispuesto a poner su corazón en la línea si es por la felicidad de los dos.
Hak quiere creer que él les servirá, a los dos, que será su espada, que eso será suficiente para llenar el hueco en su corazón. Hak quiere creer, pero Hak ve la duda, la indecisión, danzar en la mirada y en las palabras de Soo-Won y algo se agita en su interior. Y Hak quiere preguntar, pero no lo hace, porque aunque siempre ha considerado a Soo-Won como un hermano, Hak conoce perfectamente su lugar. Y no tiene derecho, ni es su lugar, cuestionarle nada.
Soo-Won sonríe y habla animadamente como siempre y el corazón de Hak se aligera en su pecho, y se convence una vez más que aquellas cosas que cree ver, no son más que producto de su imaginación, de la falta de sueño.
Porque Hak no quiere pensar, no quiere creer en un futuro en el que no sean ellos tres.
