Disclaimer: Ni Monster Musume ni ninguno de sus personajes, conceptos o locaciones predeterminados me pertenecen. Lo único mío son el argumento y personajes originales de esta historia, escrita como un simple pasatiempo sin fines de lucro.
Alarma
Apenas abrió la puerta y bostezó con todas las ganas esperables tras tomar una buena siesta en la sala de descanso ubicada tres puertas más allá, Smith dejó pasar diez a quince segundos antes de volver a colocar todos sus sentidos en marcha. Si caminó con los ojos cerrados hasta su oficina fue porque conocía el undécimo piso de memoria, considerándolo casi una extensión de sí misma. Lo que no esperó, sin embargo, fue hallar el área de trabajo absolutamente vacía salvo por la presencia de Manako, quien estaba regando con cuidado un florerito de orquídeas cuyo delicioso aroma estimulaba a pensar.
-Ya me estaba preguntando cuándo llegarías -dijo la cíclope al sentirla entrar-. ¿Qué tal estuvo tu cita con Morfeo?
-Bien, gracias, pero... -Kuroko pausó, ya absolutamente despierta-. Manakin, ¿dónde están todos?
-¿No te dijeron? Salieron de aquí hace media hora rumbo a la Torre de Tokio. Un caso urgente.
-¿Qué tan urgente?
-Sumamente urgente si la llamada que llegó hace un rato a nuestra central telefónica es indicación -explicó la francotiradora mientras dejaba a un lado su regadera de plástico-. Yo también iba a ir hasta que nos contactó el jefe y dijo que mi presencia no era necesaria, así que me instalé aquí y aproveché de ordenar un poco mi espacio de trabajo.
La liminal no mentía: a corta distancia de su escritorio descansaba una bolsa de plástico llena casi a rebosar con, a juzgar por los bultos en el envoltorio, paquetes y papeles inservibles.
-También te asignaron allí, Smith, así que será mejor que muevas los pies de inmediato.
-Por suerte la Torre está a poco más de tres kilómetros de donde nos encontramos -la pelinegra se puso de inmediato en acción-. Llamaré al garaje para pedir un vehículo.
-¿Y qué hay de tu bólido personal? -Manako arrojó la bolsa al papelero.
-Lo entregué ayer en la planta de revisión técnica; le tocaba por matrícula y lo último que deseo es pagar miles de yenes de multa por transitar en un automóvil no habilitado para ello.
Ambas se estremecieron un pelito; si bien sus sueldos habían aumentado bastante tras la reorganización de la agencia, Japón seguía siendo un país increíblemente estricto a la hora de hacer cumplir las leyes de tránsito. Todas las faltas, desde no llevar chalecos reflectantes en la guantera hasta estacionarse en bermas de carreteras sin ser caso de emergencia, acarreaban durísimas sanciones económicas y los infractores frecuentes podían llegar a perder para siempre su licencia de conducir.
-Garaje -contestó una voz masculina del otro lado del teléfono.
-¿Norihiro? ¿Eres tú? -inquirió la coordinadora.
-El mismo que viste y calza, Smith. ¿En qué puedo serte útil?
-Necesito que me prestes el vehículo más compacto y ágil que tengas. Es por una misión oficial y como no haga acto de presencia...
-Lamentablemente no puedo ayudarte con eso -cortó el encargado de los coches-. Todos los vehículos de la agencia están en terreno; sin ir más lejos Sakurada y tus demás colegas se llevaron el último disponible, un SUV marca Toyota.
-¿En serio? ¿De verdad no tienes nada más?
-Nada de nada, Smith, ni siquiera una bicicleta. Los demás equipos asignados a la capital hicieron efectivas sus reservas desde las ocho de la mañana hasta hace apenas minutos, como te dijera. Créeme que lo siento porque tu única opción, aparte de caminar, es usar transporte público. ¿Dónde debes ir?
-A la Torre de Tokio. Como no llegue en diez o quince minutos me cuelgan, Norihiro -suspiró ella-. Ya sabes cómo son nuestros protocolos.
-Te deseo suerte, entonces. Piensa un poco y ya encontrarás una solución.
Smith colgó el auricular y se dejó caer exasperadamente sobre su poltrona. ¿Por qué estas cosas siempre le pasaban a ella? Una súbita migraña la invadió pero se fue al cabo de dos minutos, haciéndole sudar levemente. El reloj de pared, al que echó un vistazo, marcaba las cuatro y media de la tarde, pistoletazo oficial de salida para la hora punta. Tokio era un caso de manual en lo referente a tráfico infernal, con velocidades de avance promedio comparables a las de París (12 km/h) y Londres (14 km/h).
"Tomar un taxi sería un suicidio para mi ajustado presupuesto porque cobran por kilómetro y por minuto de viaje", meditó Kuroko. "Tampoco gano nada con subirme a un autobús porque ni siquiera tengo tiempo de consultar qué recorridos me dejarían a una distancia pasable de la Torre. ¿Y el metro? Si en horario valle ya es difícil usarlo, ahora es el equivalente a una tortura. Lo último que deseo es que me empujen dentro del vagón como si fuera una sardina... o que a un degenerado se le ocurra toquetearme furtivamente".
Suspiró de pura impotencia. Debía estar allí para apagar esa mecha, sin importar si fue encendida por un humano o una liminal. Esa era su vocación, la misma por la que arriesgó su empleo, su prestigio y no pocas quemadas de pestañas a la hora de concebir el gran proyecto. Pensó de inmediato en Kimihito, tan feliz con sus dos queridas, y en Eddie, aquel canadiense al que admiraba de mil formas y anfitrión de una maravillosa arpía como Pachy. No pudo evitar sonrojarse entera y Manako se dio cuenta, aunque la cíclope lo dejó pasar como una señal del mismo dolor de cabeza.
-¿Te sientes bien, amiga? -inquirió la pequeña.
-Sí, sí. Ya pasó. Ahora que lo... ¡Eureka! -Smith hurgó apresuradamente en sus bolsillos y encontró su teléfono celular-. ¡Ya sé lo que debo hacer!
-¿Qué harás?
-Dame un minuto, Manakin.
Marcó el teléfono que tan bien conocía y a los dos tonos le contestaron.
-Maxon.
-¡Ah, Eddie! ¡Gracias a los dioses que estás ahí! Supongo que no te pillo muy ocupado ahora mismo, ¿verdad?
-De hecho no; me llamaste justo cuando me disponía a marcar tarjeta para cerrar mi turno, Smith. ¿Qué te ocurre? Pareces agitada.
La coordinadora procedió a contarle su estancia actual entre la espada y la pared.
-Estoy metida en un lío del quince, como verás. Por lo mismo quería pedirte, Eddie, si podías avisarle a Pachy para que viniese a buscarme aquí y me llevara hasta la Torre de Tokio. Total, no existe mejor forma de evitar los atascos que volar y le compensaré debidamente por su servicio.
-Estaría encantado, Kuroko, pero Pachy anda en otros asuntos ahora mismo -retrucó Maxon-. Casualmente iba a ir a buscarla donde está para después regresar juntos a casa.
-Oh... -la pelinegra sintió comprimirse un poco su corazón-. Pues no se diga más. Perdóname por haberte molestado, primor. Hasta...
-¡Espera! -el canadiense intercaló de golpe-. Creo que aún podemos solucionar esto. Equípate debidamente y baja al nivel de calle apenas puedas. Del resto me encargo yo.
-Pero...
-Pero nada, amiga -Eddie la corrigió con firmeza pero sin malicia-. Para esto necesito que confíes en mí. Nos vemos al rato, ¿de acuerdo?
Más confundida, si cabe, quedó la coordinadora luego de su breve charla con el anfitrión. Sus sentimientos por aquel maravilloso hombre pudieron más, sin embargo, y le hicieron abrir el cajón para extraer su arma de servicio, la que revisó y cargó con una cartuchera de doce balas antes de colocarle el seguro; lo último que deseaba es que se le disparara por accidente e hiriera a algún inocente (algo bastante frecuente con estos chiches). Sincronizó su reloj de pulsera con el de la pared a las 4:36 y se puso de pie antes de coger su chaqueta blanca con vivos naranjas y caminar hacia la puerta de la oficina.
-Me voy, Manakin -le guiñó levemente el ojo-. Cuando termines lo que te queda, cierra todo con confianza y ve a casa. Del resto nos encargaremos nosotros.
-¿Ya encontraste una forma de llegar? -cuestionó la extraespecie.
-Eso creo.
-Pues que te vaya muy bien -sonrió tenuemente Manako-. Cuéntame todo lo que pasó mañana, ¿vale?
-Considéralo hecho.
Mientras bajaba por el ascensor hacia el vestíbulo del cuartel general de MON, revisó nuevamente su aparato por si había caído alguna llamada o mensaje vía Twitter del resto de su unidad. "Nada", se dijo. "Una de dos: o ya llegaron y están instalando el perímetro de seguridad o todavía están de camino atrapados en uno de los miles de tacos que se arman en este rincón de la ciudad".
Revisó nuevamente el mapa de Ginza en su mente; a través de sus amplias avenidas y estrechas calles extendiéndose cual venas en todas direcciones podía ver con claridad varios distritos: Hibiya al oeste; Chūō al sureste; Shimbashi y Tsukiji hacia el sur. Mucho más abajo aparecía el límite norte de Minato, con su ayuntamiento y el objetivo, la Torre de Tokio, más allá de un hermoso parque.
-Se mire por donde se mire, recorrer tanta distancia en diez o quince minutos, con un oceáno de vehículos como obstáculo y más encima considerando los semáforos, es casi una misión imposible -Smith hablaba consigo misma en voz muy baja, esquivando las miradas furtivas de los pocos colegas aún en la agencia-. No veo cómo Eddie podría llevarme hasta allí a menos que sea con un drone o...
Dejó de hablar al atravesar la puerta automática y ser abrazada sin demora por el intenso calor veraniego, ajustando al mismo tiempo sus lentes para protegerse del brillo del asfalto y manteniendo su pistola bien oculta en un lugar seguro. Determinó ahí mismo que no abandonaría la protección del toldo hasta que compareciera su aliado, ojalá con una solución específicamente diseñada para tan grande problema. La burócrata lucía, además de su polo blanco y falda azul oscuro con stockings del mismo color, zapatos de tacón que le daban un aire muy maduro, realzando su femineidad y belleza ya acentuadas por la cabellera obsidiana cayendo grácilmente sobre sus hombros. Por suerte no llevaba una undershirt demasiado gruesa ni de mangas largas como segunda piel.
No bien el reloj de pulsera dio las cinco menos veinte, una voz familiar la sacó de su aparente sopor.
-¡Hey, Smith!
Nada más abrir sus ojos la chica casi se fue de espaldas. Estacionado sobre la vereda apareció un coche pequeño, estiloso, color azul eléctrico y de aspecto inmaculado. Era un Mini Cooper Cabriolet de tres puertas y con capacidad para cuatro pasajeros cómodamente instalados en cojines y respaldos de cuero en tonos beige y negro. ¿Y el conductor? Nada menos que Edward Corbett Maxon.
-¡Venga, que el tiempo es oro! -la llamó con un movimiento de manos-. ¡Sube!
Lanzando una sonrisa que parecía decir "sólo a ti se te podría haber ocurrido semejante cosa, primor", la aludida corrió hacia allá, abrió la puerta y se instaló en el asiento del copiloto, calzándose al instante su cinturón de seguridad.
-¿Y este prodigio? -inquirió en tono curioso-. Pensaba que sólo manejabas estando fuera de Japón, como me contaste la semana pasada cuando fui a mi inspección de rutina.
-En teoría sí -Eddie respondió, poniendo el coche en marcha y dando una vuelta en U para entrar por la primera esquina a la derecha-. Sin embargo, mis nuevas responsabilidades en la compañía han significado tener que asistir con más frecuencia a exposiciones y seminarios del sector de defensa. Como muchos se hacen en hoteles y/o salones de conferencias aquí en Tokio, es más lógico ir hasta allá por mano propia en vez de estar a merced del metro o taxis que te cobran un ojo de la cara. Además, como este modelo es convertible, tiene suficiente espacio para que Pachy pueda sentarse cómodamente, extender sus alas y disfrutar del paisaje cuando salimos a pasear.
-Veo que has pensado en todo, primor, y te felicito por ello -Smith volvió a sonreír al ver que su amado por fin añadía otro logro a su largo palmarés-. ¿Le avisaste a tu querida sobre el cambio de planes?
-Fue lo primero que hice. Aceptó sin problemas que me tardase un rato más y te mandó saludos.
-Gracias. De vuelta al tema inicial, ¿cuánto te costó esta maravilla?
-No es mío sino de Nakashima -replicó el canadiense-. La empresa paga el permiso de circulación, la matrícula y la revisión técnica anual, así como un tanque de bencina al mes; cualquier consumo adicional corre por cuenta de quien pide el coche y debe rendirse mediante los protocolos regulares para optar a reembolsos. Ojo, esto no significa que deje de moverme a pie la mayoría del tiempo porque los vehículos corporativos sólo pueden usarse bajo muy buenas razones; sin ir más lejos sigo caminando entre la oficina y mi departamento -aclaró-. Después de terminar nuestra conversación y hablar con Pachy fui a ver a Shinya, le expliqué el escenario y me dio su permiso. Mañana tendré que redactar una minuta al respecto y entregársela.
-Entonces le debo una a él tanto como a ti, amigo del alma. Le daré las gracias cuando me toque ir a visitarlo a él y Tali. A todo esto, ¿cómo andan esos dos tortolitos?
-Maravillosamente. Su relación progresa a las mil maravillas aunque eso sólo lo sabemos el viejo Hidetaka, Yuka Tomashino y yo. Lo han mantenido lejos del resto del personal porque ya sabes cómo es eso de erigir barreras de separación entre las dimensiones personal y profesional, Smith.
Conforme hablaban el coche, de transmisión automática y equipado con todo lo esperable de un vehículo lujoso a la vez que práctico, torció a la izquierda luego de un par de cuadras y tras avanzar cincuenta metros llegó a una amplia avenida reconocida de inmediato por ambos como la Carretera Municipal 316 (o el Camino Shōwa, según se prefiera), atravesando Ginza en dirección suroeste-noreste.
-Ahora no viene nada -dijo Maxon una vez comprobó el tráfico yendo de derecha a izquierda-. Podemos pasar.
Lo que vino después derechamente sorprendió a Smith: Eddie aceleró sin previo aviso y alcanzó a colarse en la pista de acceso al túnel paralelo justo antes que un camión cargado con balones de gas ocupara el mismo sitio. Descendieron segundos después, sumergiéndose en una dimensión compuesta de dos carriles por lado, luces, pilares y rendijas.
-Y yo pensaba que eras un conductor prudente, señor Maxon, o al menos bastante más prudente que yo -esbozó ella con sinceridad y una pizca de ironía-. Menos mal que llevaba el cinturón puesto porque si no me habría ido contra la guantera.
-Sólo quédate tranquila, Kuroko, que yo me ocuparé de todo. Estarás en tu destino antes de diez minutos o renuncio para siempre a mi licencia de conducir aquí y en Canadá -sentenció con total seriedad.
Elegir la ruta bajo tierra tenía sentido: así esquivarían semáforos, cruces y bocinazos durante algo más de un kilómetro. El muchacho abandonó la conversación y colocó toda su vista en el camino, dándole a la coordinadora algo más de tiempo para pensar en algo dicho apenas hace instantes. Apartar las dimensiones personal y profesional era difícil, casi imposible en la mayoría de los casos, por lo que prácticamente la totalidad de las empresas grandes y agencias gubernamentales, incluyendo MON, contaban en sus reglamentos con directrices alusivas a no incentivar los vínculos amorosos entre colegas. La camaradería era una cosa y bien aplicada hacía milagros, mejorando no sólo los rendimientos profesionales sino también intangibles como la autoestima, la inventiva y la cooperación.
Atravesar las últimas líneas, eso sí, requería un arrojo especial que ella no creía tener dominado. Cierto, Eddie no era un colega directo pero ella lo consideraba uno gracias a su rol clave en los parámetros operativos de la nueva agencia. Algunas de sus ideas habían sido transparentar los criterios de admisión aplicables a extraespecies y anfitriones a fin de evitar casos como el de Kenichi Shoda; hacer públicos sueldos, viáticos y regalos entregados a los altos mandos, partiendo por el director Narahara y los demás miembros de la mesa; mejorar el sistema de pasantías universitarias a tiempo parcial y completo, remunerándolas debidamente; desarrollar un programa de educación y difusión para ir venciendo la resistencia al programa en ciertos segmentos menos flexibles... Eran esas algunas de las piezas clave en la nueva maquinaria y cada día que pasaba Smith agradecía por ellas. Durante todo el proceso de ideas y desarrollo él se la jugó por entero, quedándose a veces hasta muy tarde en esas reuniones después de acabar su propia jornada laboral. Nunca perdió la sonrisa ni su buen ánimo, mostrándose tal cual era a ojos de la pelinegra, quien ya allí comenzó a sentir la semilla del amor plantándose en su corazón. ¿Cómo no podía haberse prendado de un hombre tan fuera de serie, como expresara a gritos ante Doppel hace tan poco?
Cuando a veces se encontraban por las calles de Ginza y conversaban, él destacaba sinceramente sus virtudes sin darse cuenta que ella, con sólo escucharle, apenas podía contener sus ganas de corresponderle como merecía. Se sonrojaba al sentirlo mirándola, contenía el aliento cuando caminaban lado a lado y se maravillaba con sus descripciones de lo mundano y lo divino. Sin embargo, el espectro de la arpía pelirroja flotaba sobre ella con mirada férrea, brutal, inquisidora, aguardando la más mínima señal de culpa para caerle encima y hacerla trizas. "¡¿Cómo te atreves a desearlo, imbécil?!", rugía Pachylene en su imaginación mientras se elevaba y desaparecía en el cielo. "¡Eddie es mío y ninguna ramera como tú le pondrá sus sucias manos encima!". Después surgía un chorro de sangre que mutaba en torrente, precipitándose al río Tama y tiñendo el mar de rojo oscuro. A veces soñaba con ello, despertándose estremecida, cubierta de sudor, apenas manteniéndose colgada del borde de su cama de plaza y media.
El mismo cielo se encontró con sus ojos desprovistos de gafas, forzándola a entrecerrarlos y volver a la realidad; el túnel corriendo paralelo a la 316 y la Línea Tōei-Asakusa del tren local contaba con "parches" al aire libre para renovar el aire y relajar las mentes. Apenas había nubes allá arriba, flanqueadas por majestuosos edificios de diversas alturas y algunos árboles frondosos cuya sombra ciertamente era la delicia de quienes paseaban por las aceras y cruces del nivel superior, estos últimos debidamente protegidos con sobrias barreras metálicas color ladrillo. Notó Kuroko que Eddie llevaba el Mini Cooper a 70 km/h, esquivando magistralmente a otros vehículos y sin dar señas de desacelerar.
-¿Primor?
-¿Sí, Smith?
-¿No deberías bajar un poco la velocidad? Estás 10 kilómetros por sobre el límite y si te pillan los radares...
-Me dan lo mismo las multas de tránsito -intercaló él con firmeza pero sin mala intención-. Si me llegaran a poner una la pagaré sin chistar, cueste lo que cueste, y también daré cuenta de ella ante Shinya. Lo único en mi mente ahora es que llegues con tus colegas a tiempo y puedas sacar adelante tu misión.
Una vez más la solemnidad de Maxon dejó en silencio a la pelinegra, algo que no pasó inadvertido para el conductor.
-¿Te ocurre algo, Kuroko? Con excepción del tramo inicial has estado muy quieta.
-Sólo tengo muchas cosas en la cabeza, es todo, partiendo por qué tan complicado podría ser lo que me espera -retrucó Smith con absoluta franqueza-. Hay algo más que tiene que ver contigo, Eddie: estás muy distinto a como sueles ser.
-Sé que debes estar sorprendida y hasta cierto punto yo también lo estoy -ahora le tocó a él descubrir sus cartas-. Recordaste correctamente que manejar en Japón no es algo que me agrade demasiado pero si estamos aquí, en esta autopista, es por una razón sencilla: cuando se trata de mis amigos de verdad yo soy capaz de ir hasta el corazón del infierno y volver; conste que esto lo digo siendo agnóstico. Tú eres parte de ese selecto grupo, Smith, así que no te extrañes más. Si tienes otros problemas más adelante y puedo ayudarte, lo haré gustoso y ten por seguro que Pachy también.
-Oh, Eddie...
La coordinadora hubo de apretar los puños para quedarse en el sitio; de otro modo habría saltado encima de él (con cinturón y todo) para cubrirlo de besos y declarar a los cuatro vientos que deseaba ser su compañera, amante y todo lo demás. Inhaló aire hasta lo máximo que dieron los pulmones dos o tres veces antes de tranquilizarse y no pudo haberlo calculado mejor porque en ese preciso instante el ring-ring de su iPhone se dejó sentir.
-Habla Smith -dijo al contestar.
-¡Amiga! -una voz de timbre alto y dulce se escuchó por el auricular-. ¡¿Dónde vienes?!
-En ruta por la 316 hacia el sitio del suceso, Tio. Voy lo más rápido que puedo.
-¿Te las arreglaste para conseguir un taxi a esta hora, Smith? -evidentemente la ogro no daba crédito a sus oídos.
-No, Eddie se apañó para venirme a buscar en un coche de su empresa y darme un aventón -suspiró muy levemente-. ¿Alguna novedad, amiga?
-Ya terminamos de cerrar el perímetro alrededor de la Torre con ayuda de la policía de Minato y desalojamos a todos los visitantes; algunos se resistieron bastante pero nos hicimos respetar.
-¿Tanto? ¿Qué está pasando allá?
-Nos llamaron diciendo que una Melusine claramente trastornada se las arregló, no sé cómo diablos, para abrir una ventana del mirador y amenaza con lanzarse al vacío si no le traen a su anfitrión.
Smith se mordió los labios; evidentemente no esperaba semejante descalabro, ni siquiera bajo los estándares conflictivos asociados a las chicas reptilianas asignadas a familias en la capital. El mirador estaba ubicado a unos trescientos metros sobre el suelo, equivalentes al piso 100 en un rascacielos convencional. Si la chica se llegaba a tirar no sentiría casi nada debido al aire frío y aún menos cuando se estrellara contra el suelo, haciéndose papilla en tantos trozos que no la reconocerían a menos que fuese mediante pruebas de ADN.
-Habrá que prepararnos para negociar. Sakurada y Doppel están coordinándose con los muchachos de azul para mantener a raya a los curiosos que nunca faltan; después los relevaré yo para permitirles negociar con la chica.
-¿Alguna seña de ella en particular?
-Voluptuosa como se espera de su especie; cabellera y escamas verde pasto; rostro duro, coronado por unos ojos fulgurantes. Se llama Tracia, según me contó su familia asignada, y su anfitrión es el hijo mayor de la familia, de nombre Toshio Shinozuka. Al menos eso fue lo que alcancé a entender cuando nos llamaron de la centralita.
-Es imposible colar herramientas al interior de la Torre de Tokio porque hay detectores de metales -razonó Smith, mirando de soslayo a un Eddie muy atento-. Ergo, la única forma en que pudiese hacerse con una llave o algo para romper el cristal y manipular la cerradura es si lo robó de los armarios de mantenimiento. Para ello requeriría un cómplice... o un arrojo notable incluso para los estándares de las lamias o similares. Dile a Doppel o Masaaki que se encarguen de interrogar al personal.
-Así se hará, Smith. ¡Hasta más rato!
-Adiós, Tio, y gracias por tu informe -colgó y devolvió el teléfono a su bolsillo antes de hablar nuevamente con el canadiense-. Esto es peor de lo que imaginaba.
-Soy todo oídos -dijo él.
Siguió otra charla que no tomó más de un par de minutos, el auto continuando a 70 kilómetros por hora y a veces zigzagueando entre el tráfico yendo hacia el suroeste. Maxon agradeció en silencio que ninguna de las liminales conocidas por él fuese así de lunática. Tal vez la Arachne peluda de Okutama calzaría en dicho molde pero ella estaba muerta, tal vez devorada y convertida en un montón de huesos más un exoesqueleto hueco. "Siendo sincero, no sé si podría resolver semejante situación sin cometer un error no forzado", expresó ante el asentimiento de su contraparte.
El túnel llegó a su fin con la aparición de una subida hacia la luz y una salida hacia la izquierda rumbo a una plaza de estacionamiento que cobraba 250 yenes cada 30 minutos de uso. Lo que al principio fue un frenado gradual para no estamparse contra un camión y cambiarse de pista terminó en un cuasi-encajonamiento entre un autobús y un taxi en el carril derecho. Nuevamente en la izquierda, se vieron forzados a detenerse por completo justo bajo un letrero azul; a la distancia se veía un cruce en curva con una pasarela de color celeste, bastante antigua y que incluso desentonaba con las construcciones modernistas a su alrededor.
溜池 - 新橋
品川 (15)
芝浦 (305 海岸通り)
-¿Y ahora qué pasa? -preguntó Eddie, intentando empinarse un poco para ver si pillaba algo-. ¿Por qué no nos movemos?
-Sea cual sea la razón, espero que pase rápido -la coordinadora miró nerviosa su reloj-. ¿Algún indicio de lo que ocurre?
-Creo que sí; basta esperar a que este furgón se cambie de lado... -se sentó y aceleró un poco una vez tuvo espacio-. ¡Gracias, amigo! -le hizo una seña al otro conductor y zigzagueó algo más-. Ahora sí se ve claro: hay un camión de los grandes, con acoplado y todo, bloqueando la pista derecha de la curva justo delante de nosotros. Aún cuando aquí hay tres carriles por lado, en lo que se demoren en ponerlo nuevamente en marcha se va a armar un jaleo de los buenos.
-Apuesto diez contra uno a que es la pana del tonto -sugirió ella, lanzando otro suspiro teñido de exasperación-. Pensar que siempre dicen que hay que fijarse en que el estanque tenga suficiente gasolina... Es una cosa simple, tan simple que casi nadie la hace.
-Incoherencias de los choferes domingueros, como solía decir mi madre cuando le tocaba conducir en Toronto -él la secundó en su gesto-. Ahora lo veo todo claro: si no salimos de aquí ahora, no lo haremos nunca y esa Melusine podría terminar despanzurrada con esa caída de mil y algo pies. Kuroko, sujétate porque vamos a quemar el pavimento.
-¿Eh...?
Nada más él concluyó sus líneas se aferró al volante y encontró un espacio que nadie más vio. Aceleró algo más para deshacerse de tres vehículos y esquivó un cuarto al tiempo que pisaba a fondo el pedal, logrando colarse justo frente a un grupo de cinco o seis coches virando desde la calle perpendicular. Llovieron dos o tres bocinazos más algunos gritos de "¡animal!" pero no los escuchó. Pasó bajo la autopista principal, encontró el ángulo perfecto de giro y logró entrar en la siguiente avenida dos segundos antes del cambio del semáforo a rojo; tal stunt habría quedado bien en cualquier entrega de Fast & Furious.
Una vez dejó atrás dos semáforos más y se encontraron a prudente distancia de la 316, Maxon bajó la velocidad al límite urbano de 60 km/h.
-¡Y listo! -exclamó triunfante-. Creí que no lo lograría pero por suerte conseguimos deshacernos de todos estos obstáculos. ¿Te encuentras bien, amiga?
-Este... Ay, mamá... -por momentos a Smith le costaba recuperar el aliento, su corazón latiendo fuertemente-. Eddie, primor, quisiera pedirte que... no vuelvas a hacer eso. Casi me matas de un infarto.
-Pasé a comprar un par de botellas de limonada y las dejé en la guantera; una de ellas es para ti -señaló él tras cruzar otro grupo de luces en hermoso verde-. Bebe un poco y te sentirás mejor.
-Gracias.
Este camino era otra arteria clave del distrito: la Carretera Nacional 15. Cuatro pistas por lado disectaban el corazón de Shimbashi, barrio en perfecta combinación entre viviendas y oficinas, provisto de tiendas de conveniencia, amplias aceras y cuidados setos ornamentales separando los mundos de automóviles y peatones. La deliciosa sombra proyectada por grandes construcciones dotaba a esta avenida de una atmósfera especial, casi abstraída del frenesí tan típico de distritos como Shinjuku, Roppongi o la misma Minato, cuya frontera empezaba en el mismo cruce donde giraran a la izquierda tras aquella maniobra sacada de un sombrero de mago.
-Vale, ya estoy más compuesta -mencionó la pelinegra una vez puso entre pecho y espalda dos largos tragos-. ¿Te fijaste que aquí no hay tanto tráfico, al menos no si lo comparamos a un día normal?
-Eso está en el cuello de botella que dejamos atrás y por suerte ahora no es nuestro problema -Eddie cambió a la pista derecha para virar en la próxima calle-. Ahora sí creo que podremos recorrer el último tramo a un ritmo más prudente. ¿Qué tal vamos de tiempo?
-Son un cuarto para las cinco -replicó Kuroko tras beber otro trago-. Aún nos queda algo de espacio para respirar. ¿Tienes pajitas por aquí? Si es así podría abrir tu botella y darte algo de beber.
-Gracias a Pachy es que siempre llevo un paquete guardado. Te agradecería el favor.
-No me lo agradezcas -ella sonrió, dejando atrás sus aprehensiones iniciales-. ¿Para qué son los amigos?
Colocándole la tapa a su propia botella antes de encargarse de la de Eddie, Smith halló rápidamente una caja de cartón conteniendo popotes de vivos colores y eligió uno azul eléctrico porque contrastaba con el sobrio traje color tinta china que su aliado llevaba puesto. En medio de todo destacaba una corbata celeste y blanca con motivos invernales que parecían rebajar el intenso calor de la calle por la que ahora iban (dos pistas hacia el oeste, tres en dirección al océano). Su camisa blanca, tejida con finos hilos de algodón, parecía tener la misma omnipotencia de un témpano de hielo pero no rebajaba la calidez de esos ojos castaños que secretamente la volvían loca.
-Ya tenemos puesta la bombilla, así que abre la boca -ordenó ella en tono infantil.
-¡Ahhhh...! -él obedeció en el acto y se tragó casi la mitad del contenido sin parar-. ¡Gracias de nuevo por pensar en esto, Kuroko! Realmente tenía sed.
-Cuando quieras, primor. ¡Ah, ya puedo ver la Torre!
La pelinegra tenía razón. Al llegar a la esquina de la 409 torcieron nuevamente a la siniestra, entrando a un área aún más hermosa gracias a la presencia del Parque Onarimon al otro lado de la calzada. Entre añosos árboles de tupidas hojas perenne formando hermosas copas al compás del verano se veía una estructura metálica de formas idénticas a la famosa Torre Eiffel, pintada de blanco y rojo a intervalos regulares para respetar las convenciones de aviación civil. Ya imponente de entrada, se veía derechamente sobrecogedora perfilada conta el cielo de la tarde, robando la atención de otras tantas bellas construcciones en las cuadras circundantes y de amplísimas áreas verdes extendiéndose desde el Camino Hibiya hacia el oeste, yendo en dirección contraria al Ayuntamiento de Minato por la 301. Este era el sector de Shibakōen, auténtico pulmón y lugar de escape para incontables oficinistas y familias aprisionadas en sus apartamentos o pequeñas casas de dos, tres, quizás cuatro pisos.
Dejaron atrás otro par de pasarelas celestes y Eddie volvió a presionar el acelerador en el último tramo, contando ahora con más espacio para adelantar y acomodarse en el lado diestro de su vía. En su interior Smith debió admitir que aquellos exabruptos al inicio y mitad del recorrido fueron meros camuflajes de su verdadera habilidad tras el volante. Allí cayó en cuenta que no le había preguntado la clase de automóvil que usara durante su viaje a Canadá con Pachylene. ¿Sería un Mini como este o tal vez algo más lujoso? Semejante interrogante debería esperar a una ocasión más propicia.
Cuando ella terminó de darle otro trago de limonada contempló a unos cincuenta metros el semáforo en rojo y pareció estremecerse. Estaban tan cerca que incluso podían sentir el chirriar del metal rojo formando los cimientos de la torre en sus oídos. La angustia fue efímera, sin embargo, una vez la luz cambió a verde y les dio derecho a vía. Vino el último giro, esta vez a la derecha, y ella contempló el inconfundible letrero blanco con caracteres tan azules como la bombilla.
東京タワー通り
Echó una mirada a su reloj y sintió su ánimo flotar más alto que la misma atracción turística: eran las 4:49 más algunos segundos. "¡Lo logramos!", exclamó en silencio. "¡Realmente lo logramos!". Volvió a la realidad una vez el convertible se detuvo justo fuera del cerco policial.
-Hemos llegado -dijo Eddie, abriéndole la puerta con sumo respeto-. ¿Quedamos dentro del límite?
-Sí, primor -Smith liberó sus ansias acumuladas y le dio un enorme abrazo más un par de besos en ambas mejillas; por muy poco acabó frotando su cabeza contra su pecho como lo hiciera cuando él le regalara la cafetera-. Sabía que no me fallarías. Algún día te pagaré este gigantesco favor como es debido.
-Me doy por satisfecho si logras resolver el asunto de la Melusine sin derramamiento de sangre -sonrió el canadiense-. Ahora ve, que tus colegas te esperan.
-Gracias de nuevo, Eddie -la pelinegra le regaló su sonrisa más hermosa-. No te fallaré. Dale mis saludos a Pachy, ¿vale?
-De tu parte.
Subiéndose nuevamente al pequeño auto azul, Eddie miró algo en la pantalla de su propio teléfono y asintió satisfecho; acto seguido dio la vuelta y se marchó para ir a buscar a la pelirroja al punto de reunión previamente convenido. Kuroko Smith lo siguió con la vista hasta que desapareció, respiró hondo y después acudió rauda a hablar con Tio, quien en ese momento conversaba con un oficial de apoyo de la policía. Habían conseguido dispersar, contó este último agente, a casi todos los curiosos, aunque algunos insistían en seguir dando la lata. Felicitando a ambos efectivos por su desempeño, la coordinadora ganó acceso al lobby de la Torre de Tokio y llamó al primer ascensor que pilló mientras le enviaba un mensaje encriptado a Sakurada, cuya respuesta recibió de inmediato mediante Signal.
Ya encontraron a Shinozuka y lo traen en un coche policial. Está dispuesto a colaborar en todo lo que haga falta. En el intertanto te tocará parlamentar con ella; así lo definió Narahara.
Escribió y envió una simple palabra ("conforme"), entró en la caja metálica y marcó el último piso. "No fallaré por ningún motivo", juramentó para sus adentros. "Se lo debo a esa pobre chica trastornada, a mis compañeros de labores... y a ti, corazón". Cubrió el ascenso hasta los 300 metros repasando su repertorio de trucos psicológicos para estas situaciones mientras imaginaba que Eddie Maxon estaba en espíritu con ella, abrazándola e impidiendo que esos incipientes nervios siempre asociados a situaciones tensas se enraizaran en su alma.
Nota del Autor: ¡Saludos! La chicharra suena y el segundo periodo de este proyecto está en marcha con un capítulo que se sale incluso de mis propios estándares. La parte automovilística recibió su inspiración mediante las pruebas de licencia de la saga Gran Turismo, donde cada vez los desafíos eran de mayor dificultad en busca del derecho a codearse con la élite. Si este trayecto fuese una de ellas, lo vería casi al final de la Internacional A por su complejidad y requisitos de tiempo (en la vida real, con tráfico liviano, toma 11 a 13 minutos pasarlo). El conflicto surge de una Smith que ha desterrado definitivamente esa faceta indolente y despreocupada a la que hiciera referencia durante su altercado con Doppel en Admisión. Entre pinceladas de trabajo y paradigmas también se ven las ramificaciones más profundas del vínculo que la une a Eddie, a veces recatado y en otras desequilibrante pero siempre permanente. El canadiense, por su lado, exhibe un lado desconocido al actuar de forma tan arrojada detrás del volante pero sabe que el deber está primero. Su último gesto antes de desaparecer abre dos preguntas. Uno, ¿qué habrá visto en la pantalla? Y dos, ¿habrá captado esas pequeñas cuñas en el actuar de la pelinegra y extraído lo más importante?
Supongo que el tiempo lo dirá. Mientras tanto siéntanse libres de decirme qué les pareció esta historia; con excepción del flaming todo se responde. ¡Hasta muy pronto! O como se dice en japonés, "conduce a la defensiva y con responsabilidad; nosotros no podemos hacerlo por ti".
