Nico
Sensaciones
Desperté con unos golpes insistentes en la puerta. Al abrir los ojos me quedé un momento pensando dónde estaba… hasta que me acordé de lo sucedido el día anterior. Mi despertar en la Colina Mestiza, la charla con Quirón…
Los golpecitos en la puerta volvieron a sonar. Rápidamente me levanté, me puse una camiseta y fui corriendo a abrir.
- Dioses, al fin. Llevo diez minutos llamando a la puerta como una idiota. Duermes como un lirón con cabeza de alcornoque.
Hice caso omiso al comentario. Ángela me miraba con el ceño levemente fruncido, como si hubiera hecho algo mal a parte de tenerla diez minutos llamando a la puerta sin recibir respuesta. Llevaba puesta la camiseta naranja del campamento y unos shorts, en su cuello se veía la cuerda del collar de las cuentas de arcilla, pero caía por dentro de la camiseta de modo que no podía ver cuántas cuentas tenía ni cuánto tiempo había estado en el campamento.
- Te…- vaciló- Te he traído esto. Ayer por la tarde volví a la colina y lo encontré en tirado en la hierba, supongo que se habrá caído de tus bolsillos.
Me tendió un pequeño aparatito negro rectangular. Un reproductor de música.
Me quedé un poco embobado mirando el aparato con curiosidad en la mano de Ángela. ¿Era mío? Por su puesto no lo recordaba, pero si así era… en ese caso era importante. Lo cogí y mis dedos rozaron los de Ángela. Durante un instante me pareció vislumbrar en un recodo de mi mente… algo, una imagen. Una chica sentada en una mesa llena de gente, se giraba hacia atrás y… Nada, la imagen se fue tan pronto como había llegado, apenas un segundo. Me quedé un momento pensando en ello hasta que recordé que tenía que decirle algo a Ángela.
- Gracias- respondí. Ella se encogió de hombros como toda respuesta. Estaba a punto de darse la vuelta e irse cuando reaccioné-. ¿Quieres pasar?
Ella me miró, cogida por sorpresa. Tal vez estaba sonando algo desesperado pero supongo que en el fondo lo estaba, quería llegar a conocer a esa chica, por alguna razón que se me escapaba sentía que era… distinta, importante. Me aparté hacia un lado y abrí del todo la puerta, invitándola a pasar. Ella dudo, pero finalmente entró y cerré la puerta.
- Anoche le estuve echando un vistazo a las canciones- dijo, refiriéndose al MP3 que ahora descansaba en la mesilla de noche-. Cuando estés solo escúchalas, a lo mejor te ayuda a recordar algo o… no sé, a lo mejor te ayuda de alguna forma.
- ¿Cómo?
- Bueno…- pensó un momento-. La música es una constante absoluta, por eso tenemos una conexión tan visceral con ella. Porque una canción puede llevarte instantáneamente a un lugar o un momento- me miró de soslayo-, o incluso una persona. No importa si todo lo demás ha cambiado en ti o en el mundo, esa canción seguirá siendo la misma, justo como en aquel momento. Lo cual es alucinante si te paras a pensarlo.
Aquel razonamiento me parecía familiar. Sonaba como… como algo que ya hubiera pasado antes por mi cabeza. Últimamente sentía como si cada cosa que me rodease fuese un detalle importante, una señal. Pero no eran más que eso, sensaciones, por mucho que me esforzase nunca conseguía recordar nada. Ángela malinterpretó mi silencio.
- Lo siento, es una estupidez- dijo.
- No- me apresuré a decir-. Es solo que… todo esto es tan extraño. Hay momentos en los que creo que estoy a punto de recordar algo, pero entonces nada. Se desvanece.
Me senté en la cama, abatido, y oculté la cara entre las manos. Me dolía la cabeza.
- A lo mejor- dijo ella, sentándose a mi lado en la cama- deberías dejar de intentar recordar, de forzar tu mente. Deja que venga solo y cuando lo haga… bueno, aférrate a ello con todas tus fuerzas. Luego ve atando cabos. Como un puzzle.
Lo pensé. Tal vez no era tan mala idea. La miré. Sus ojos azules brillaban y no pude evitar fijarme en que aún sostenían ese deje de tristeza y añoranza, como si hubieran perdido ese algo que los hacía especiales. Y era triste, porque eran unos ojos preciosos, demasiado bonitos para dejar que vean la pena.
- Tus ojos- dije sin pensar. Ella me miró, curiosa.
- ¿Qué?
- Tus ojos- repetí, ya sin poder contenerme-, son… hermosos y tristes.
Levanté una mano y le acaricié la mejilla. Sentí un enloquecido revoloteo en el estómago y unas ganas tremendas de besarla y abrazarla. Pero me contuve. No sabía nada sobre ella y sin embargo… era tan cálida esa sensación que me albergaba desde el día anterior cuando había sentido su abrazo al despertarme en la colina… no, antes de eso, cuando tenía la cabeza apoyada en su regazo. Una parte de mí me obligaba a pensar con coherencia (no sabes nada de esta chica, no sabes su apellido, su tiempo en el campamento, sus gustos… no sabes nada), pero había otra parte que sin embargo no paraba de animarme a acercarme a ella (sabes que es importante, sabes que ella es distinta y tratas casi desesperadamente de saber más acerca ella, más cosas, su apellido, su tiempo en el campamento, sus gustos… y sientes que deberías saberlo). No sabía cuál de las dos voces era la más certera. Simplemente, estaba hecho un completo lío.
Mi mano seguía sobre su mejilla y ella no se había apartado. Cualquier chico con dos dedos de frente habría aprovechado aquella magnífica ocasión para acercarse más y besar aquellos labios, pero yo no. Aquí va un dato curioso y que todos deberíais saber: cuando uno pierde la memoria todo a su alrededor resulta más difícil. Tenía varias cosas en la cabeza, una de ellas era la imagen que había cruzado por mi mente hacía un par de minutos, otra (bastante pequeña) se centraba en la idea de ir a averiguar acerca de mi antigua vida pese a no tener ganas de ello, y otra (tan grande como el Olimpo) no paraba de pensar en que los ojos de Ángela brillaban. Brillaban… anegados en lágrimas.
- Ángela…- musité mientras recogía con el dorso de la mano una lágrima que resbalaba, solitaria, por su mejilla.
Ella se apartó y se puso en pie. Su rostro había vuelto a adoptar aquella máscara de dureza y, en el fondo, algo de tristeza. Me puse de pie también y traté de acercarme pero ella empezó a caminar hacia la puerta.
- Espera- la cogí de la muñeca, deteniéndola.
Ella se giró hacia mí, indignada y molesta, y tiró para zafarse de mi agarre. Ya no lloraba, simplemente se veía reflejado en ella el abatimiento y la tristeza, lo cual era peor.
- ¿Qué sucede?- pregunté. Ella negó con la cabeza, mirándome con fiereza.
- Dos campistas no pueden estar solos en la misma cabaña- masculló antes de darse la vuelta y desaparecer por la puerta, dejándome solo con mi incertidumbre y mis preguntas acerca de qué mierda había hecho mal.
Me senté en la cama, abatido. Dioses, ¿por qué tenía que pasar esto? ¿Era necesario perder la memoria? ¿Era necesario permanecer en el inframundo? ¿Era necesario robarme mi vida?
Me toqué el collar del campamento. Cuatro cuentas. Cuatro años. Saber no siempre es bueno había dicho Quirón. A la mierda. Quería saber. Necesitaba saber algo de mi pasado, de mi vida. Necesitaba saber que había pertenecido a algún sitio. Pero he aquí la cuestión: ¿Por dónde empezaba?
Unos golpes en la puerta me hicieron salir de mi ensimismamiento. Por un momento glorioso tuve la inocente idea de que era Ángela y me precipité hacia la puerta como si no hubiera mañana.
- Oye, tu eres el amnésico, ¿verdad?
Imbécil, ¿en serio creías que sería ella?
Delante de mí se encontraba el chico latino con aspecto de elfo que había visto la noche anterior junto con Ángela y la otra chica. A la luz del día podía ver mejor aquellos ojos de chiflado que te inspiraban a no dejar objetos afilados a su alcance y aquella sonrisa pícara que te decía que serías objeto de muchas bromas. De su cintura colgaba un cinturón portaherramientas que parecía estar vacío.
- Leo Valdez- se presentó, tendiéndome una mano con unos dedos largos y delgados, algo chamuscados también-, hijo de Hefesto y usuario de fuego.
- ¿Usuario de fuego?- pregunté con curiosidad.
- Sí, un don superpoderoso y ultramolón que me permite hacer cosas megaincreíbles como está.
Puso una mano delante de mi cara (y cuando digo delante, me refiero a prácticamente encima de mis semidivinas narices) y de pronto se prendió fuego. Di un paso atrás, sorprendido, mientras Leo jugueteaba con la bola de fuego entre sus manos, pasándosela de una mano a otra como si fuera una simple pelotita de goma, sin hacerse ningún daño.
- Increíble, ¿verdad?- dijo, extinguiendo la llama- Y tú eres…
- Nico di Angelo- me presenté, sin tenderle la mano-, hijo de Hades.
- Lo sé- sonrió-. Casi todo el campamento habla sobre ti, ¿sabes?
- ¿A sí?
- Síp- contestó-, no todos los días llega al campamento un mestizo con falta de memoria- me miró-. Y, sin duda, no todos son cuidados así de bien por Ángela, ya sabes a lo que me refiero. Si no fuera porque ella reaccionó a tiempo con el néctar y la ambrosía, aún seguirías inconsciente.
Me quedé un momento pensando. En serio, ¿por qué esa chica tenía que actuar tan raro?
- Ella…- vacilé- ¿He hecho algo que la molestara? Por que las dos veces que hemos hablado no…
- No te preocupes- dijo Leo-. Solo necesita acept… Osea, le cuesta confiar en gente nueva.
Un momento.
- Estabas a punto de decir otra cosa- dije, receloso.
- ¿Yo? No, que va. Solo decía que le cuesta confiar en la gente a veces. Yo la conozco desde hace un tiempo y es realmente fantástica.
No me lo tragué. Leo había estado a punto de decir algo y por algún motivo se lo había callado, una persona no se calla a mitad de una frase a menos que esta no fuera importante.
- Entonces…- comencé, pensando en cómo se reía Ángela la noche anterior ante los comentarios de Leo- Ángela y tú sois novios.
El usuario de fuego estalló en carcajadas. Me habría sentido ofendido de no haber sido porque la sensación de alivio ocupó todo mi ser.
- No- contestó-. A ver, ella es genial y todo eso, pero es mi amiga. No te voy a negar que en otras circunstancias tal vez… Pero no, ese no es el caso. Lo cual es un alivio, si llegara a enamorarme de ella estaría condenado.
En esa frase había un deje de… insinuación, como si detrás de esas palabras hubiera un historia que debería saber (que todo el mundo sabe, excepto yo) La cabeza comenzó a dolerme de nuevo, era como punzadas detrás de los ojos, como si un enjambre de abejas dentro de mi cabeza intentaran llamar mi atención.
- Bueno- dijo Leo, sacándome de mis pensamientos-. Será mejor que vayamos a entrenar, habrá que ponerte en forma. ¿Qué se te da bien?
- Pues…- la única arma que llevaba era aquella espada negra que había traído colgada del cinto, pero no estaba muy seguro de recordar cómo se empuñaba una espada- No lo sé.
- Ah, ya, claro, la amnesia. Bueno, pues será mejor que lo descubramos. Estoy seguro de que si tenías una espada será porque sabías utilizarla. Vamos.
No le di más vueltas, solo quería estar ocupado haciendo cualquier cosa para mantener la mente despejada.
Cinco minutos más tarde salía de mi cabaña después de vestirme y asearme, con mi espada negra colgada del cinto y un nervioso Leo a mi lado que me presentaba a todo semidiós que se nos cruzaba.
- El ruedo de arena está ocupado ahora, así que mejor dejamos la espada para más tarde y así puedes entrenar con los autómatas. Vamos primero con…- miró a su alrededor, buscando algo que hacer-. ¡Ah! Tiro con arco. Vamos, seguro que te gustará.
Nos encaminamos hacia un verde claro con un montón de dianas puestas en fila, a un costado había un pequeño cobertizo que supuse sería donde guardaban los arcos y los carcaj. En el claro había varios campistas entrenando su puntería, algunos volteaban al vernos pasar a Leo y a mí. Supuse que lo hacían porque era raro ver a un hijo de Hades en el campamento, claro que tenía la corazonada de que…
- Los hijos de Apolo son los mejores arqueros, por lo general las clases de tiro con arco las da Will Solace, líder de la cabaña; pero en ocasiones viene también Quirón, él es como una especie de comodín: está en todas las actividades.
Leo se situó en la penúltima diana de la fila y yo en la última, tan alejado de los demás campistas como me fuera posible. No es que quisiera alejarme de ellos, sino porque había un ligero zumbido en mi cabeza que me impulsaba a cerciorarme de que no hubiera nadie alrededor cuando yo cogía un arco. Llámame idiota.
- Vamos, aliento de muerto, no es tan difícil- dijo Leo. En su cara estaba dibujada una sonrisa malévola, pícara, como si estuviera a punto de gastar una broma que sabía de antemano qué iba a pasar. No me gustó.
Hice caso omiso y me concentré en la diana. Puse una flecha en el arco, apunté, tensé… fffffsssssspp…
- Σκατά!- escuché que gritaba una voz de chica al tiempo que mi flecha se perdía en la copa de un árbol que había ahí al lado.
Genial, acabaré matando a algún campista en mi primer día. Miré el árbol. Entonces, de entre las hojas de la copa asomó una chica de rasgos élficos y la piel de un suave color verde, sus largos cabellos lisos eran de color miel con algunas motas verdes y llevaba puesto un vestido que parecía hecho de hojas y flores suaves y delicadas. Una ninfa. Y me miraba con furia. Con mucha furia. Casi como si necesitara ir a terapia.
- ¡Ah, no!- me gritó, viniendo hacia mí con la flecha en la mano- ¡No, no, no! ¡Y no!- se puso delante de mí y me golpeó con un dedo acusatorio- Estoy hasta las narices que las flechas siempre acaben en mi árbol. ¡¿Se puede saber qué, en el nombre de Pan, te he hecho?! ¡Te crees muy guay por ser un semidiós ¿verdad?! ¡Pues no! ¡Me tienes hasta las narices! ¡Todos los malditos días una flecha acaba en la copa de mi árbol! ¿Tienes idea de lo que pican tus flechas? ¡Es peor que tener termitas!
- Esto… no era mi intención…- intenté excusarme, pero la ninfa no me dejó acabar, lo cual era un tanto humillante ya que le sacaba por lo menos una cabeza y ella tenía que levantar la cabeza para mirarme a los ojos.
- ¡No me pongas excusas!- exclamó- Ahora que por fin he tenido unos meses de tranquilidad, ¿qué ocurre? ¡BAM! ¡Vienes!
- Pero…
- Te estoy vigilando, mestizo, no querrás vértelas conmigo otra vez- dijo, entornando los ojos-. ¡Ya he tenido demasiada paciencia contigo!
Tiró la flecha al suelo con rabia, se dio media vuelta y se fue a su árbol, conservando su orgullo intacto. Ya, bueno… mi orgullo… quedó reducido al tamaño de una termita.
A mi lado Leo se reía a carcajadas. Miré a mí alrededor y pude ver cómo algunos campistas se aguantaban la risa como podían.
- Tío- rió Leo, secándose una lágrima-, esa ninfa te acaba de echar la bronca del siglo.
No lo entendía. Pero si solo había sido una flecha, ¿por qué se cabreaba tanto? A lo mejor era que las ninfas tenían un carácter delicado… ¡Ya he tenido demasiada paciencia contigo! Conmigo… como si…
Como si ya hubiera tenido más problemas conmigo.
- Anda- dijo Leo, sacándome de mis pensamientos-, vamos al ruedo de arena, seguro que ya esta desocupado.
Fuimos caminando hasta allí. Nada más cruzar las puertas… me tumbaron en el suelo. Y había babas. Muchas babas.
- ¡Señorita O'Leary!- gritó Leo- ¿Qué tal, chica? ¿Saludando a tu paisano?
Me levanté y me sacudí la tierra. La perra era enorme, de color negro y parecía bastante juguetona. Sin duda la perra del infierno más simpática del inframundo. ¡Ja! ¡Qué irónico!
- ¿Paisano?- pregunté, antes de caer en la cuenta- Ah… ya, los dos llegados del inframundo, muy gracioso, Valdez.
Leo sonrió antes de dirigirse hacia el centro del ruedo. La Señorita O'Leary se quedó en un rincón, mordisqueando un hueso del tamaño de mi brazo… No quería saber de qué era el hueso.
- ¡Caramba!- exclamó Leo- ¿De dónde proviene esa luz? ¿Qué ser celestial es capaz de producir semejante brillo y resplandor? ¡Oh, ángel caído del cielo! ¿Sois vos? ¿Acaso venís a arrebatarme el alma? Pues ante tal belleza lo único que soy capaz de decir es que vuestros ojos me cautivan, vuestra voz me llena, vuestra sonrisa…
- Cállate, Leo- rió una voz femenina que reconocí al instante.
- Como gustéis, ángel de luz- dijo el aludido, haciendo una reverencia exagerada.
Ángela puso los ojos en blanco, pero no dejó de sonreír, como si estuviera acostumbrada a tratar a menudo las tonterías del hijo de Hefesto. La miré. Si había estado luchando no daba signos de ello, llevaba la camiseta naranja del campamento, unos shorts y se había recogido el pelo en un noño desordenado, de forma que algunos mechones rizados le caían a ambos lados del rostro, estaba guapísima. Entonces sus ojos se encontraron con los míos y su sonrisa se atenuó hasta ser tan solo un simple fantasma. Apartó la vista y recogió su espada del suelo, la hizo girar por el mango y antes de que me diera cuenta se había transformado en una pulsera de plata trenzada que se ajustaba perfectamente a su muñeca.
- Yo ya me iba- dio un par de pasos hacia la salida.
- Oye- la llamó Leo-, espera. Quédate, Nico necesita entrenar con la espada y le vendrá bien hacerlo contigo, los autómatas son muy sosos, habría que reformatearlos, y yo… bueno, la espada no es lo mío. Venga…
- Leo…- objetó ella con voz cansada.
- Vamos- insistió-. Además, estoy seguro de que daréis un buen espectáculo.
Pues yo estoy seguro de que me dará una paliza monumental, pensé para mis adentros.
- Leo- dijo Ángela, seria-, ¿podemos hablar un momento a solas?
Se apartaron un poco y se pusieron a hablar. Caminé hacia las gradas y me senté. No me gustaba que me hubieran descartado tan rápido, probablemente estaban hablando de mí, de seguro Ángela se estaría quejando diciendo que yo era un pesado. Me sentía como… una carga, desplazado, apartado. Como si no estuviera ahí.
Un poco más allá, Ángela escuchaba atentamente lo que Leo decía, desde donde yo estaba no podía oírlos, pero parecía que Leo le estuviera echando en cara algo… parecía que la estuviera… regañando. Ella se limitaba a cruzar los brazos y mantener la cabeza gacha, como si quisiera desaparecer. Entonces dijo algo… y Leo se calló inmediatamente y bajó la cabeza, con una mano cogió el mentó de Ángela y la obligó a mirarlo. Por un momento creí que iba a besarla y una parte de mí cundió en pánico sin motivo alguno, otra parte… se puso furiosa, de repente tenía unas ganas tremendas de ir, darle un puñetazo a Leo y… ¿Y qué? Ni que Ángela fuera mi novia.
Aggghhhh, mierda. Me palpé las sienes, el dolor era inaguantable a veces. Esperaba que no fuera nada grave.
Volví a míralos, Leo le dijo algo a ella mientras le secaba una lágrima furtiva de la mejilla. Entonces, no por primera vez, me pregunté qué había pasado para que aquella chica tuviera que aguantar tanto dolor, tanta tristeza. Debía de ser horrible. Entonces ella recuperó la compostura, asintió a algo que Leo le había dicho y se dirigió hacia el centro del ruedo mientras Leo se iba hacia donde estaban los autómatas, seguramente para reformatearlos.
- ¡Eh, di Angelo!- me llamó Ángela, parada en el centro del ruedo con la espada plateada ya lista en su mano- ¿Vienes o qué?
Reprimí una sonrisa, me levanté y caminé hasta situarme en frente de ella. Me miró mientras desenvainaba mi espada negra… Hierro Estigia. El nombre vino a mí como tirado por la costumbre. Sonreí. Miré a Ángela. Su expresión se suavizó.
- Muy bien- dijo, levantando su espada-. Lucha como sepas. Y ante todo, no me dejes ganar.
Y descargó el primer golpe.
¡Dioses! ¿Cuánto ha pasado? ¿Un mes? ¿Dos? Me han parecido años. Bueno, ante todo... no voy a disculparme porque todos sabéis que no sirve de nada, he estado liada con las clases y todo eso y no he tenido tiempo de actualizar. Peeero, todos sabéis que no voy a dejar esta historia a la mitad. Así que no cunda el pánico, people.
Muy bien, para entrar en materia y volver a calentar los motores he puesto este capítulo, ya sé que no tiene mucho jugo, pero necesitaba calentar. En el siguiente narrará Ángela, porque lo voy echando de menos. Y ya se lo que me vais a decir muchos: ¿Cómo vas a solucionar eso? El Leteo borra todo tus recuerdos y bla,bla, bla... Pues bien, eso ya lo tengo pensado así que no desesperéis mis pequeños retoños, todo a su tiempo (le dijo la sarten al cazo)
Ahhhhh, La Marca de Atenea... Ha salido hace nada en mi país y ya la he leído, ni que decir tiene que me encantó. Peeero, tengo un pequeño mensaje que transmitir, algo que durará toda la eternidad, algo que sabrán nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos y es que... RICK RIORDAN ES UN PUTO TROLL! perdón por el Leng-I (Lenguaje Insultante) pero no he podido contenerme, juro que tengo ganas de aaaaaaggggghhhh...
Vale, ya me tranquilicé. Al fin y al cabo... lo peor de la saga aún está por venir, ese final de LMdA me ha dejado muy claro que esto solo es el principio de algo grande.
Bueno, aquí me despido, gente. Ya me he puesto a escribir el capitulo 22 y a lo mejor lo tengo para las fechas de Navidades o... para la semana que viene, no lo sé, pero no tardaré demasiado (le dijo la sartén al cazo ¬¬)
Bueno,
Un beso
Con cariño,
Yo
P.D: ¿Alguna queja, sugerencia o amenaza de muerte/insultos a las madres? ¡Deja tu review! :)
